Guia practica de los padres de la iglesia






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Efrén (+373)


Estamos tan acostumbrados a seguir la expansión del Evangelio de Oriente a Occidente que acabamos por encontrarla inevitable. Olvidamos el movimiento que llevó la evangelización hacia el Extremo Oriente. Podríamos incluso preguntarnos qué hubiera sido del cristianismo si deliberadamente se hubiera fijado en la India o en la remota China.

La evangelización de Persia

Al menos hay que recordar que el cristianismo se extendió de Antioquía hacia la Siria oriental. A prin­cipios del siglo cuarto la Iglesia está sólidamente implantada en la Mesopotamia sasánida. Cruelmente diezmada, deportada hacia Seleucia-Ctesifonte, la Iglesia «persa» siguió desarrollándose en dos mitades, al norte y al sur. Una parte de la población siria, en el momento de la anexión persa, prefirió, como muchas comunidades de hoy puestas en las mismas circuns­tancias, expatriarse para evitar la autoridad del nue­vo dueño.

Santiago de Nísibe gobernaba entonces la iglesia de Nísibe. Era a la vez un asceta y un pastor, que unía la doctrina al ayuno y el trabajo apostólico a la oración. Va a ejercer una duradera influencia en el joven Efrén. Santiago había fundado en Nísibe una escuela teológica, llamada a menudo «la escuela de los per­sas». Era a la vez un seminario instalado en un mo­nasterio y un centro de estudios, especie de universidad católica, en la que se enseñaban la escritura, la lectura, el canto y las Escrituras. La Biblia leída, transcrita, traducida y cantada, era la base de la en­señanza.

En esta Mesopotamia semítica, vemos aparecer un tipo de enseñanza que hace oficial a la lengua del país, el siríaco, la cultura nacional, y representa un lejano vástago de la cultura y de la literatura judeo-cristianas. La liturgia siria ha conservado el patrimonio de esta Iglesia hasta nuestros días.

Lo que nos choca en la literatura siríaca es la riqueza de su lirismo y la importancia de la poesía. Cuando los sirios traducen a los griegos —y lo hacen mucho en esta época— los desarrollan y los parafrasean. Todo tema es materia de infinitas variaciones. El alma la­tina se vigila cuando ora, la siria se abandona.

Gracias a las traducciones siríacas conservamos numerosas obras griegas perdidas hasta hoy. La «es­cuela de los persas», fijada en Nísibe después del de­sastre militar de Juliano el Apóstata, se trasladó a la ciudad de Edesa. Allí es donde el diácono Efrén le confiere un esplendor incomparable.

Su vida

La vida de Efrén la conocemos poco. No porque carezcamos de biografías, que de hecho tenemos de­masiadas, retocadas e interpoladas, hasta tal punto que es difícil distinguir lo verdadero de lo falso. Tan­to más, cuanto que los hombres grandes que eran san­tos se hacían inevitablemente personajes de leyenda y leyendas. El clásico panegírico utilizado por los cristianos podía dispensarse de exactitud histórica. Aquí el fin siempre parece justificar los medios.

Efrén nació hacia el 306. Es, pues, contemporáneo de Hilario y de Basilio, pero también del emperador Cons­tantino el Grande que comenzó a reinar en el 306. Sus padres eran cristianos. De joven sufrió la influencia de Santiago de Nísibe. Aunque llevó vida eremítica, Efrén no vivió entre los monjes más que de modo intermitente. Pero permaneció siempre en relación con los ascetas de Edesa, que ejercieron una profun­da influencia sobre él.

El obispo Santiago se quedó con el brillante Efrén, le ordenó diácono y le confió la dirección de la «es­cuela de los persas». Efrén no abandonó Nísibe más que cuando la ciudad cayó bajo la dominación persa. La leyenda dice que el joven diácono asistió al Con­cilio de Nicea y después visitó a Basilio de Cesarea.

Las obras de San Efrén presentan aún más dificulta­des que su biografía. Por una parte no se han conservado más que en traducciones y nunca han tenido una edición crítica, que plantea dificultades a veces insolubles. Especialmente su poesía, utilizada por la liturgia, ha sufrido el impacto de este uso público. Efrén fue copiado, imitado, amplificado, con un afán insaciable que nos sorprende y que hace particular­mente difícil el trabajo de la crítica.

Asceta severo, el diácono vivía de pan, cebada y legumbres. «Su cuerpo estaba seco sobre los huesos, parecido a una teja de arcilla». Efrén tenía alma de místico. Y la trasvasó a su poesía que construía sobre el silabismo y el paralelismo. Amó la imagen brillante y los colores vivos. El inagotable lirismo de sus poemas, que cansa a nuestros espíritus impacientes, causó estupor en su país.

La producción literaria de Efrén no carecía totalmente de razones. Se había propuesto neutralizar la in­fluencia de los herejes Marción, Bardesanes y Manes, padre del maniqueísmo, que predicaban un sincretismo religioso influenciado por el mazdeísmo iranio. Bardesanes había compuesto himnos, que eran ins­trucciones versificadas con estribillo. Efrén hizo lo mismo y compuso los Memré, poemas destinados a ser recitados y los Madrasjé, himnos para ser cantados. De este modo ejerció una influencia duradera en la liturgia oriental.

Un biógrafo nos cuenta de manera deliciosa y verosímil la pedagogía religiosa del diácono. «Cuando San Efrén vio el gusto que los habitantes de Edesa sentían por los cantos, instituyó la contrapartida de juegos y danzas para jóvenes. Hizo coros de religiosas, a las que hizo aprender himnos divididos en estrofas, con estribillos. En estos himnos metió pensamientos delicados e instrucciones espirituales sobre la Nativi­dad, la Pasión, la Resurrección y la Ascensión, así como sobre los confesores, la penitencia y los difuntos.

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as vírgenes se reunían los domingos, en las fiestas grandes y en las conmemoraciones de los mártires; y él como un padre, se ponía en medio de ellas y les acompañaba con el arpa. Las dividió en coros para los cantos alternados y les enseñó los diferentes aires musicales, de modo que toda la ciudad se reunió alrededor de él y los adversarios llenos de vergüenza desaparecieron».

Menré y Madrasjé son, en principio, narrativos unos y didácticos los otros. En ocasiones el diácono-poeta, con un lirismo completamente oriental, da a estos poemas una forma dramática. Pone en escena un personaje, le da la palabra, hace dialogar a diversas personas, es lo que preludia al misterio litúrgico de la Edad Media. Los diálogos que se establecen entre el auditorio y él, cuando describe la escena del juicio final, la inquietud de las preguntas y la terrible precisión de las respuestas han sido citadas por Vicente de Beauvais en el siglo trece y fueron conocidas indudablemente por Dante.

Obras

De Efrén nos quedan comentarios de la Escritura, sermones sobre la fe y sobre el paraíso. En ellos encontramos las tesis preferidas de la teología siria: la maternidad virginal de María, la importancia de la vir­ginidad, la Iglesia y la fe descritas como una vuelta al paraíso. Cuando comenta la Escritura, cuando polemiza o predica, Efrén bebe siempre en las fuentes de la Biblia. Los himnos a María son frecuentemente paráfrasis de citas bíblicas como Ave Maria, Benedicta tu in mulieribus.

Le gusta desarrollar ternas de la fe y de la vida interior. La imagen de la interioridad la ve en los tres reyes que adoran en silencio. A la fe él junta la caridad y la oración. Canta con fervor la plegaria inte­rior. Como la Virgen, ella no debe dejar su morada.

«El silencio y la paz velan sobre su umbral».

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a oración es un espejo ante tu rostro.

Que sean encuadrados, Señor, tu belleza y tu esplendor.

Que no tenga acceso allí el maligno,

para que no deje su marca y su suciedad.


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El espejo capta la imagen de quien allí se perfila:

Que nuestros pensamientos no invadan nuestra oración!

Que puedan imprimirse en ella los movimientos de tu rostro

y el espejo encuadre tu belleza.


La oración no se separa de la penitencia, que para Efrén es una actitud de vida. La compara a los refugios donde se cobijaban los judíos del Antiguo Testa­mento, pero con la diferencia de que el cristiano debe seguir siempre en ella. La perspectiva del juicio debe avivar este sentimiento: «Representémonos, Señor, llegados a tu puerta, y que aparezca nuestra penitencia en el umbral».

Pero aquí los interpoladores se han divertido. Han cambiado la penitencia en terror. Nace un cierto ma­soquismo en una espiritualidad decadente. Cuando la penitencia no se alimenta en los manantiales de la fe, recurre al coco. Esta es también el recurso en los tiempos modernos de los predicadores de baja clase. El sicoanálisis tendría aquí un terreno de fecunda investigación. El crítico se pregunta qué texto se halla interpolado, el sicólogo busca el porqué.

La proliferación de las traducciones y de las falsificaciones muestra la profunda acción ejercida per el diácono Efrén. No se presta más que a los ricos. Pero los interpoladores ciertamente no han enriquecido el patrimonio efreniano. Jerónimo cuenta que el prestigio de Efrén fue tal que sus obras fueron leídas públicamente en algunas iglesias después de la Escritura. Las traducciones griegas, latinas, armenias, georgianas, eslavas, árabes y siro-palestinenses, marcan la progresión geográfica de su influencia. Influencia ésta que permanecerá aún viva en la Edad Media.

La inmensa producción teológica y lírica de Efrén hizo que le llamaran «la lira del Espíritu Santo». Su influencia en la liturgia bizantina y en la liturgia si­ríaca aún perdura.

La pasión de Jesús nos revela su mise­ricordiosa bondad. Hay que glorificarle y buscar cobijo en él.

ORACION A CRISTO DOLIENTE (22)

Caigo a tus rodillas, Señor, para adorarte. Te doy gracias Dios de bondad, te invoco, oh Dios de santidad. Ante Ti doblo mis rodillas.

Tú amas a los hombres y yo te glorifico, oh Cristo, Hijo único y Señor de todas las cosas, que eres el único sin pecado: por mí, pecador e indigno, te has entregado a la muerte, a la muerte de cruz. De este modo has liberado a las almas de las ligaduras del mal. ¿Qué te devolveré yo a cambio de tanta bondad?

¡Gloria a Ti, amigo de los hombres!

¡Gloria a Ti, oh misericordioso!

¡Gloria a Ti, oh magnánimo!

¡Gloria a Ti, que absuelves los pecados!

¡Gloria a Ti, que has venido para salvar nuestras almas! ¡Gloria a Ti, que te has hecho carne

en el seno de la virgen!

¡Gloria a Ti, que fuiste atado!

¡Gloria a Ti, que fuiste flagelado!

¡Gloria a Ti, que fuiste escarnecido!

¡Gloria a Ti, que fuiste clavado a la cruz!

¡Gloria a Ti, que fuiste sepultado y has resucitado!

¡Gloria a Ti, que fuiste predicado a los hombres

y ellos han creído en Ti!

Gloria a Ti, que has subido al cielo!

Gloria a Ti, que estás sentado a la derecha del Padre; volverás con la majestad del Padre y de los santos ángeles, para juzgar, en esta hora horrorosa y terrible, a todas las almas que han des­preciado tu santa Pasión.

Las potencias del cielo se conmoverán, todos los ángeles, los ar­cángeles, querubines y serafines comparecerán con temor y tem­blor ante tu gloria; los fundamentos de la tierra se bambolearán y todo lo que respira temblará ante tu soberana majestad.

En aquella hora, que tu mano me abrigue bajo tus alas, para salvar mi alma del terrible fuego, del rechinar de dientes, de las tinieblas exteriores y de las lágrimas eternas: que pueda glori­ficarte cantando:

Gloria al que se ha dignado salvar al pecador, por su misericor­diosa bondad.
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