Guia practica de los padres de la iglesia






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Gregorio Niseno (+ hacia 394)


Más misterioso que los otros dos capadocios y tam­bién más desconocido, hasta sus últimos años, Gre­gorio de Nisa aparece hoy, cada vez más, en su ver­dadera dimensión. Su estrella se agranda. Hay que esperar que algún día se le haga justicia nombrándole doctor de la Iglesia. Su nombramiento dará más brillo a otros nombramientos menos brillantes.

Si Basilio es ante todo un hombre de acción y de go­bierno, Gregorio Nacianceno es retórico y poeta, Gre­gorio Niseno es un místico y, fuera de Orígenes, el primer gran teólogo espiritual de la Iglesia. Herma­no de Basilio, pasó por las mismas circunstancias fa­miliares. Pero los hijos de una misma familia no tie­nen necesariamente que parecerse. La familia de Ma­crina conoció logros admirables: tres hijos obispos y cuatro santos. Es un buen cuadro de honor. Pero tam­bién un fracaso resonante con el segundo hijo, que comenzó como asceta y acabó lamentablemente.

Gregorio es muy diferente a su hermano, que le apa­bulla un tanto y parece haberle dado un cierto complejo de inferioridad. Para poder hacerle justicia es preciso considerarle en sí mismo.

Su vida

Poco sabemos de su juventud y de sus estudios. Gre­gorio no habla mucho de sí mismo. Sus padres no le costearon como a Basilio los gastos de estudios prolon­gados. Gregorio no salió de Capadocia. Debió formarse en las escuelas de Cesarea ¿Era quizá menos amado? Parecía entregado a la Iglesia. De joven, es ya lector. En lugar de comprometerse en el estado eclesiástico se hizo retórico. ¿Hubo en ello vacilación, deseo de confirmar su personalidad o inestabilidad de una naturaleza ansiosa? Es difícil decirlo. Da la impre­sión de haber sido seducido por la cultura pagana y más particularmente por Libanio, en el momento en que, bajo Juliano, aquella experimenta un nuevo esplendor.

Gregorio se casó con Teosebia, mujer de grandes cualidades sobrenaturales y de vasta cultura, a la que permanecerá apasionadamente unido. Como Hilario de Poitiers, simultaneó la vida conyugal y episcopal.

No se deberían tomar demasiado a la letra los reproches que se hace en el tratado sobre la virginidad de haber escogido «la vida común»; contienen mucho énfasis. Renunció a la retórica pero no al matrimo­nio. Permanece casado cuando, alrededor del 371, su hermano le nombró obispo de Nisa, en la región oriental de Capadocia. Su vida conyugal no parece haber obstaculizado su evolución espiritual más que la de Poitiers. Teosebia murió hacia el 3R5. Poseemos la carta de pésame que le dirigió el obispo de Na­cianzo, que calificaba a la difunta de «verdadera san­ta y verdadera esposa de sacerdote». Gregorio de Nisa reconoce la legitimidad de las alegrías del matri­monio, de las que nos ha dejado una descripción con­movedora. Las dudas que haya formulado sobre el cuerpo y sobre la vida sexual no parecen venir de su experiencia, si no de su filosofía influenciada por el platonismo.

Estamos poco documentados, por lo demás, sobre la vida de Gregorio. Parece haber vivido con Teosebia, retirado de la vida activa, entregado al estudio y a la vida espiritual, sin juntarse nunca, a pesar de sus llamadas, con su hermano Basilio, que vivía en la so­ledad. Permaneció en constante relación con su her­mana Macrina, con la que estaba muy unida, y que parecía haber heredado el alma de sus abuelas. Esta dirigía una comunidad de mujeres situada en la misma región. Gregorio la llama su «maestra espiritual». En un libro que es una obra maestra de sensibilidad, nos cuenta su vida y su muerte, a la que él asistió.

En esta época y desde el 371, Gregorio ocupaba la sede de Nisa. Aceptó, nos dice él, «forzado» por su hermano Basilio. Este no tenía una confianza abso­luta en la capacidad de su hermano para el gobierno. Además Gregorio ni había mostrado mucha diligen­cia en arreglar la diferencia entre Basilio y un obispo, tío suyo, ni habilidad en apaciguar las dificultades entre su hermano y Gregorio Nacianceno. Pero Ba­silio tenía necesidad de hombres seguros para su or­todoxia. Gregorio se imponía a todos por su cultura teológica. Si como diplomático era mediocre, su fe era irreprochable y su ciencia universalmente reco­nocida. Lo cual era necesario en la época de las lu­chas arrianas.

El pequeño obispado de Nisa no suponía grandes dificultades. Representaba un pequeño arciprestazgo ru­ral de nuestros días. Gregorio acude sin entusiasmo. Hasta se queja de haber sido enviado a un «desierto» y juzga a la población de la villa con poca indulgen­cia. Gregorio fue un obispo celoso, entregado a su comunidad y muy estimado por ella. El teólogo y mís­tico sabe encontrar un lenguaje directo, presentar una enseñanza concreta, cuando predica a sus fieles. El sermón suyo de un día de Epifanía es un modelo de tacto, de sencilla bondad y de catequesis adaptada al auditorio popular (48).

A Gregorio no le olvidaron los arrianizantes. Para deshacerse de él, estos últimos le acusaron de dilapi­dar los bienes de la Iglesia. Curioso reproche para el que había defendido siempre la causa de los pobres. Fue depuesto por algún tiempo y no pudo volver a su ciudad episcopal hasta después de la muerte del em­perador Valente (378). La pequeña ciudad le recibió triunfalmente. Aún se siente conmovido él mismo cuando lo cuenta en una de sus cartas: «Estuvieron a punto de ahogarme por las muestras excesivas de su afecto».

A la muerte de Basilio, Gregorio es el heredero teo­lógico y monástico de su hermano. Esta desaparición parece darle seguridad. En adelante va a desempeñar el primer papel en la defensa de la ortodoxia. Basilio le había impedido mostrar toda su dimensión, no estimándole quizá en su justo valor. Sus temperamentos eran demasiado diferentes y Gregorio de naturaleza demasiado reservada para imponerse.

S
189
us obras


Gregorio comienza a escribir. Su primera obra, De la creación del hombre, quiere completar las homilías de su hermano sobre la creación. En ella desarrolla una antropología cristiana, fuertemente impregnada de fisiología platónica. La redacción es concéntrica más que lógica. Las digresiones son numerosas. El autor desarrolla la teología del hombre, imagen y seme­janza de Dios. Bajo este aspecto «el hombre no es una maravilla del mundo subalterno, sino una realidad que sin duda sobrepasa en grandeza todo lo que conocemos, ya que sólo él, entre los seres, es semejante a Dios» (De op. hom. Car. ord.) Gregorio muestra de un modo maravilloso la unidad de la Humanidad, desde los primeros hombres a los últimos. La Huma­nidad no estará acabada más que con el último ser, cuando el Cristo total estreche a la Humanidad total. En el 379 Gregorio participa en un sínodo de Antio­quía que busca el acercamiento con los occidentales. Le encargaron una gira de inspección por las iglesias del Ponto. Sebaste, en Armenia, quiere incluso conservarle como obispo. El acabó por hacer que eli­gieran a su hermano Pedro. En el 381 participa con su amigo Gregorio Nacianceno en el Concilio de Cons­tantinopla. Está en la cumbre de su carrera. Pronun­cia el discurso de apertura. El emperador le designa como responsable de la ortodoxia de toda la diócesis del Ponto. Este título le confería competencia para juzgar de la ortodoxia de todos los obispos: deponer a los arrianos y elevar a los que admitían la doctrina del Concilio de Nicea.

Durante estos últimos años, investido de la confianza imperial, en fecha difícil de precisar, Gregorio fue encargado de varias misiones. Viaja hasta Arabia y visita Jerusalén. Esta confianza no lc volvió ni más di­plomático ni menos crítico. Tan convencional como se muestra en sus discursos, Gregorio es de un análi­sis acerbo en sus cartas, cuando cuenta su peregrina­ción a Jerusalén. «Los desórdenes, cuenta, prosperan allí más que la piedad. Más vale buscar la soledad que la agitación de las peregrinaciones buscadas».

De esta época datan sus escritos más importantes en el campo dogmático, que confirman su autoridad teológica a la vez que, simplemente, su autoridad. Redacta la Gran catequesis que da una síntesis doctri­nal de las principales verdades de la fe. Es un ma­nual de dogmática que depende del tratado de los Principios de Orígenes, pero sin abrazar ciegamente sus tesis. La obra revela el vigor metafísico de Grego­rio de Nisa. Escribió también la Vida de Macrina, su hermana, de la que ya hemos hablado.

Gregorio no oculta su espíritu de independencia, lo cual no siempre hizo fáciles las relaciones con el su­cesor de su hermano. Hace falta virtud para aceptar el ser superado por un subordinado, y la virtud esca­seaba un poco en el metropolitano; lo cual provocó desacuerdos.

Durante todo este tiempo, Gregorio fue un orador muy reconocido. La ampulosidad y la retórica de su elocuencia, que hoy día nos desagradan, entusiasmaron a Constantinopla. Allí encontró también una mu­jer, de las más notables de aquel tiempo. Olimpia, a quien Juan Crisóstomo dirigirá una abundante co­rrespondencia. Allí pronuncia en esa época numerosas oraciones fúnebres, entre ellas la de la joven prince­sa Pulqueria, en la que describe la desolación de la corte; en ésta pudo inspirarse el tema que Bossuet ha inmortalizado. Habla también en la muerte de la emperatriz Flacilla.

Después, su estrella debe borrarse ante la joven ce­lebridad de Juan Crisóstomo que conoce su primer esplendor. Poco a poco Gregorio es olvidado, relegado de la actualidad. Sufre con ello, lo cual nos vale al­gunas observaciones de desaliento.

Libre de responsabilidades, Gregorio se vuelve hacia la vida interior. Se depura y se consagra a la teología mística. Experiencia y reflexión le permiten alcanzar en este terreno un dominio y una originalidad incom­parable. En este época escribe sus admirables obras sobre la Vida de Moisés y el Cantar de los Cantares, a las que hay que unir su comentario al Padre Nuestro y su tratado sobre las Bienaventuranzas, obras maestras de la teología mística. Volviendo, en el plano espiritual, a la herencia monástica de su hermano, aporta al mo­naquismo la doctrina mística que le faltaba, especial­mente en su libro De instituto christiano.

Gregorio ha llegado ya, como dice él mismo, a la edad de los «cabellos blancos». Siguiendo a Orígenes, describe el avance en la vida espiritual, en los marcos de la Vida de Moisés y en el Cantar de los Cantares, como una marcha incesante, a través de sucesivas purifica­ciones, que son otras tantas aberturas a nuevas gra­cias, hasta el desasimiento total. Allí encontramos las etapas de la vida espiritual, la purificación, la nube y las tinieblas, que utilizarán todos los autores espiri­tuales de la Edad Media. En este total desasimiento, el hombre se abre a Dios, en el éxtasis del puro amor,' donde Dios le reconoce como amigo, «lo cual es para mí la perfección de la vida». Aquí el pensador se re­viste de místico, la reflexión se apoya en la experien­cia. Los gritos que le salen del alma anuncian ya a Santa Teresa de Ávila.

En el 394 Gregorio asistió por última vez a un sí­nodo. Debió morir poco después, quizá en el 395. La historia ha sido injusta con Gregorio Niseno. Su nombre ha sido unido muchas veces a la disputa que atacaba a su maestro Orígenes. Despreciado a menu­do, raramente estimado en su justo valor, Gregorio se impone como uno de los espíritus más vigorosos, en una época rica en teólogos.

Su retrato

Es difícil trazar el retrato de Gregorio tan poco in­clinado a hablar de sí mismo. Sus mismas cartas nos muestran poco de su persona. A lo más, descubrimos en ellas su independencia de espíritu cuando habla de las peregrinaciones. Tiene sentido de la observación y no conoce «ese mínimum de hipocresía» que afecta a los hombres de religión. Gregorio tiene na­turaleza de hombre introvertido, secreto y reservado. No se abre, pero sucede que a veces se muestra de modo estruendoso. Está desprovisto de todo espíritu polí­tico, en ocasiones hasta la torpeza. No quiso, ni pudo afirmarse mientras vivía su hermano Basilio. Dedi­cado a sí mismo, dueño de su pensamiento, y libre de compromisos, se mostró a la altura de sus responsabilidades y de las circunstancias. Consigue la plena madurez de sus posibilidades cuando se retira de la escena, en la hora de los desprendimientos y de profundización espiritual, que es también la hora de la plenitud y del entroje. Se han desvanecido todos los espejismos, ante él está el camino escarpado que le lleva hacia Dios.

Basilio y Gregorio Nacianceno le eclipsaban. Es uno de esos hombres que mejoran al ser conocidos, que no se entregan al primero que llega, sino que son revelados por una asidua frecuentación. Ha sido tachado de platonismo más que ningún otro Padre, lo que ha llevado el descrédito a su obra. Es cierto que había leído íntegramente los autores paganos.

Hay que reconocer su inferioridad literaria. No se ha formado con los métodos de las universidades como sus dos émulos. El es un autodidacta. Un self-made-man. Su frase es pesada, recargada, su estilo carece de co­lorido. No es ningún mago del verbo. Ha sufrido la influencia de la sofística. Su retórica se muestra es­clava de las fórmulas escolares. El estilo —y sobre todo el orador— no es el hombre. Hay que buscarlo más allá.

La grandeza de Gregorio está en la potencia de su pensamiento, y en la profundidad de su elaboración teológica, en la que supera a Basilio y al Nacianceno. Es uno de los pensadores más originales de la historia de la Iglesia. Ningún otro Padre del siglo cuarto ha utilizado en la misma medida la filosofía para pro­fundizar en los misterios de la revelación. Si ha su­frido la influencia del pensamiento platónico, también sabe desprenderse de él cuando se trata de expresar la originalidad del mensaje cristiano. Compara la fi­losofía pagana con la hija del faraón que era estéril. Lo mismo ocurre con la filosofía sin la luz de la reve­lación: «Aborta antes de llegar al conocimiento de Dios». Sabe que la verdad viene de la Biblia. Su ins­piración, como la de su maestro Orígenes, viene de la palabra de Dios.

Gregorio es, en fin, el padre de la teología mística. Es cierto que ha bebido en las fuentes origenianas, pero con la libertad de un espíritu autónomo. Ocupa un lugar importante en la historia de la espiritualidad, que acaba de concedérsele en nuestros días. Une a Filón y Plotino con Dionisio Areopagita y Máximo el Confesor. Influyó profundamente en el monaquismo oriental. La Edad Media occidental que comentaba al pseudo-Dionisio apenas dudaba de que éste depen­diera directamente de Gregorio. Así es como, con vestidos prestados, el obispo de Nisa hizo su entrada en Occidente.

Gregorio presenta ejemplos de la Escri­tura para mostrarnos el cambio de vida que nos impone el Bautismo. Debemos comportarnos como hijos de Dios a pesar de los asaltos del demonio, y cambiar nuestro estilo de vida.

PARA LA FIESTA DE LAS LUCES (21)

Debemos finalizar con los testimonios de la Escritura. Nuestro discurso se prolongaría indefinidamente si quisiéramos enumerar todo para ponerlo en un solo libro. Todos vosotros que os glo­riáis del don del nuevo nacimiento, y estáis orgullosos de vuestra renovación y de vuestra salvación, mostradme después de esta gracia mística el cambio operado en vuestras costumbres; que yo vea en la pureza de vuestra vida todo lo que habéis mejorado. Lo que cae bajo los sentidos no cambia, la forma del cuerpo per­manece igual y nada se modifica en la estructura de la naturaleza visible.

Nos hace falta necesariamente una prueba para discernir al hom­bre nuevo, nos hacen falta signos para distinguir el nuevo hom­bre del viejo. Y estos son, me parece, los movimientos libres del alma que se arranca ella misma de la vida pasada para adoptar un nuevo estilo de vida, mostrando claramente a los que viven con ellos el cambio operado y cómo ya no hay huellas del pasado.

He aquí en qué consiste la transformación, si queréis seguirme y conformar vuestra conducta a mis palabras. Antes del Bautis­mo el hombre era desenfrenado, avaro, ladrón, ofensivo, men­tiroso, calumniador y todo lo que proviene de aquí. Ahora hay que ser moderado, satisfecho con lo que se posee, presto a compartirlo con los pobres, amante de la verdad, respetuoso con los demás y amable; en una palabra: debe practicar todo lo que está bien. Como la luz ahuyenta las tinieblas y la blancura a la negrura, las obras de la justicia ahuyentan al hombre viejo. Ya ves cómo Zaqueo con su cambio de vida ahogó en él al publicano: devolvió el cuádruple a los que había perjudicado; distribuyó a. los pobres lo que antes les había sacado.

Otro publicano, el evangelista Mateo, colega de Zaqueo, in­mediatamente después de su elección dejó su vida pasada como una máscara. Pablo había sido un perseguidor, por la gracia se hizo apóstol y llevó por Cristo, con espíritu de expiación y de penitencia las injustas cadenas que antes había recibido de la Ley para perseguir a los discípulos del Evangelio.

Ved cómo debe presentarse el nuevo nacimiento, extirparse la costumbre del pecado, así es cómo deben vivir los hijos de Dios, porque la gracia nos hace hijos de Dios. Debemos, pues, con­templar exactamente las cualidades de nuestro Creador de modo que nos modelemos según nuestro Padre para llegar a ser hijos verdaderos y legítimos del que por su gracia nos ha llamado a la adopción. Un hijo desnaturalizado y decaído que, con su con­ducta, burla la nobleza de su padre, es un reproche viviente. He aquí por qué, creo yo, el Señor en el Evangelio, al trazar nuestra línea de conducta, dice a sus discípulos: Haced el bien a los que os aborrecen, orad por los que os hieren, y os persiguen, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir el sol sobre malos y buenos y hace llover sobre justos e injustos (Mateo, 5,44-45.). Seréis hijos, dijo, si com­partís la bondad del Padre, expresando en vuestro comporta­miento y en vuestras actuaciones con el prójimo la bondad de Dios.

Ved por qué, una vez revestidos de la dignidad de hijos, el demo­nio nos asalta más fuertemente, porque revienta de envidia cuan­do ve la belleza del hombre nuevo que se encamina hacia la ciu­dad celeste de la que él ha sido arrojado. Enciende en vosotros tentaciones terribles y se esfuerza por despojaros de vuestras se­gundas galas como lo había hecho antes con las primeras. Cuan­do caemos en la cuenta de sus incursiones debemos repetir la frase del apóstol: Todos los que hemos sido bautizados, hemos sido bau­tizados en su muerte (Romanos, 6,3).

Si, pues, estamos muertos, el pecado está muerto para nosotros, ha sido atravesado por la lanza como lo hizo celosamente Fincas con el perverso. Vete, pues, miserable, quieres despojar a un muerto que antes te había seguido y a quien los placeres pasados habían hecho perder el sentido. Un muerto no tiene ningún atrac­tivo hacia un cuerpo, un muerto no es seducido por las riquezas, un muerto no calumnia, un muerto no miente, no toma lo que no le pertenece, no desprecia a los que encuentra.

Yo he cambiado el estilo de vida. He aprendido a despreciar el mundo, a desdeñar los bienes terrenos y a buscar los bienes de allá arriba. Pablo lo ha dicho: el mundo está crucificado para El y El para el mundo (Gálatas, 6,14.). Estas son las palabras de un hombre verdaderamente regenerado, así es como se expresa el hombre nuevo que se acuerda de la profesión de fe hecha a Dios, reci­biendo el misterio, en el que se ha comprometido a despreciar toda pena y todo placer por amor de El.

Esto basta para conmemorar la festividad que el ciclo del año nos presenta. Es conveniente terminar nuestro discurso por aquel que nos hace el don entregándole a cambio un modesto tributo por tantas gracias.

Oración

Tú, Señor, eres verdaderamente un manantial que mana bon­dad sin cesar, tú que nos has rechazado en tu justicia y que has tenido piedad según tu benevolencia. Tú nos has odiado y te has reconciliado con nosotros, nos has maldecido y nos has bendeci­do; nos has echado del paraíso y nos has devuelto a él; nos has vestido con modestas hojas de higuera, el traje de nuestra mise­ria, y nos has echado sobre los hombros la capa de distinción; has abierto la prisión y librado a los condenados, nos has rociado de agua pura y has lavado nuestras manchas.

En adelante, Adán no tendrá por qué enrojecer si le llamas, no tendrá que ocultarse en los arbustos del paraíso bajo el peso de su conciencia. La espada de fuego no cerrará la entrada al pa­raíso para impedir que entren los que se acercan. Todo se ha tro­cado en alegría para los herederos del pecado, el paraíso y el cielo están ahora abiertos al hombre. La creación terrestre y supra- terrestre antes divididas, se han unido en amistad; nosotros, los hombres, nos hemos puesto de acuerdo con los ángeles y comul­gamos en el mismo conocimiento de Dios.

Por todas estas razones, cantemos a Dios el cántico de la ale­gría que pronunciaron un día labios inspirados:

Mi alma se alegrará a causa del Señor,

porque me ha revestido con los ropajes de salvación

como el esposo se cubre con turbante,

como la casada se adorna con sus galas (Isaías, 61,10).
El que adorna a la esposa es por supuesto Cristo, que es, que fue y que será; El es bendito ahora y por los siglos. Amén.

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