Guia practica de los padres de la iglesia






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A. Hamman

GUIA PRACTICA DE LOS PADRES DE LA IGLESIA






CONTENIDO


GUIA PRACTICA DE LOS PADRES DE LA IGLESIA 1

Esos hombres llamados Padres de la Iglesia 3

Siglo II 4

Ignacio de Antioquía (+ hacia 110) 4

Justino de Roma (+ hacia 165) 8

Ireneo de Lyon (+ hacia el 202) 11

Siglo III 16

Tertuliano (+ después del 200) 16

Cipriano de Cartago (+ hacia el 258) 19

Clemente de Alejandría (+ antes del 215) 23

Orígenes (+ 253/54) 27

SIGLO IV 32

Atanasio de Alejandría (+ 373) 33

Hilario de Poitiers (+ 367) 36

Basilio de Cesarea (+379) 39

Gregorio Nacianceno (+ 389/390) 43

Gregorio Niseno (+ hacia 394) 48

Efrén (+373) 51

Cirilo de Jerusalén (+ 386) 53

Juan Crisóstomo (+ 407) 58

Ambrosio de Milán (+397) 61

Jerónimo (+ 420) 64

Agustín de Hipona (+ 430) 68

Siglo V 76

Cirilo de Alejandría (+444) 77

León Magno (+ 461) 80

Las piedras de la Iglesia 84

PRINCIPALES ESCRITOS DE LOSPADRES DE LA IGLESIA 85


Esos hombres llamados Padres de la Iglesia


El hombre cuyo oficios e escribir, es alienado por su obra. Se presenta no como un hombre sino como un libro. Hasta el punto de que se ha forjado la expresión: «Habla como un libro abierto», lo cual no es sin embargo una alabanza. Basta con pensar en los conferenciantes que leen el texto de su po­nencia.

Clemente Alejandría solamente para los doctos es el autor del Pedagogo. Todo el mundo sabe que Agustín escribió Las Confesiones. Algunos, atraídos por el título se aventuran a abrirlas, pero las cierran rápidamente cuando caen en la cuenta de que no desarrollan con indiscreción el film de sus amores ilegítimos. Es una lástima. El lector iba buscando al hombre que se llama Aurelio Agustín.

En lugar de enumerar las obras de un autor, más vale intentar antes descubrir al hombre: descubrir al hombre concreto, vivo, de carne y hueso, apasionado y rencoroso, débil o violento. En definitiva, su obra nos interesa no tanto porque con sus quince volúmenes llena un plúteo en la estantería de la biblioteca, sino porque es la obra de un hombre excepcional que se llama Agustín.

En lugar de enumerar las obras de un autor, más vale intentar antes descubrir al hombre: descubrir al hombre concreto, vivo, de carne y hueso, apasionado y rencoroso que se llama Agustín. Ella nos hace descubrir a un hombre y a un hombre, además, cristiano, lo cual significa: comprometido por la fe en Cristo.

Los escritores de los cinco primeros siglos del cristianismo que llamamos Padres de la Iglesia son fisonomías, caracteres bien definidos, claramente diseñados. Sería fácil aplicarles las clasificaciones de los caracterólogos y ver – con H. Marrou – en Agustín un emotivo activo secundario, y en Juan Crisóstomo un retraído básico.

Más vale, puesto que es necesario desconfiar de todas las clasificaciones, saber simplemente que Gregorio Nacianceno era un angustiado con necesidad de calor y de presencia, Tertuliano un pesimista, independiente e insatisfecho.

En literatura hay que tener en cuenta la geografía. El Africano Cipriano no reacciona como el poitevino Hilario; los griegos tienen una sensibilidad, un vigor filosófico que les permite superar a la mayor parte de los latinos. Y no hablemos de la emotividad, del lirismo de los sirios, de un Efrén, por ejemplo.

Al esculpir la imagen, nos hemos esforzado en levantar el yeso en el que nuestros convencionalismos han levantado estatuas o estos grandes primogénitos, impidiéndoles vivir, respirar, ser ellos mismos. Nuestro constante deseo ha sido encontrar al hombre, que muchas veces hace vibrar el texto o deja caer en él una lágrima, con una sensibilidad y una inteligencia, que, su misma fe pone al servicio del Evangelio.

Si la época en que vivieron Ireneo y Cipriano no es idéntica a la de San Agustín o Gregorio de Nisa, lo es menos aún a la nuestra. Es importante, para comprenderla, acercarla a nosotros, aclarar lo desconocido con lo conocido, las situaciones lejanas con las que nos son más cercanas pero se les parecen. Atanasio e Hilario fueron de la «resistencia». Tuvieron el coraje de decir no al totalitarismo imperial, semejante en sus métodos a todos los totalitarismos. ¿No hemos pensado no­sotros espontáneamente, en el transcurso de los años sombríos de 1940 al 1944, en los tiempos apocalípticos de Agustín, comprendido así mejor su libro sobre la Ciudad de Dios?

Al conocer mejor el hombre y su medio, comprendemos mejor la contribución que su obra aporta a la historia del cristianismo, y quizá nos sintamos tentados a familiarizarnos con la obra misma. Nada vale tanto como el contacto personal con el hom­bre por medio del texto que prolonga su presencia. En Francia felizmente no faltan buenas traducciones, a menudo accesibles.

El retorno a los Padres forma parte de esta vuelta a los orí­genes cristianos que se ha llamado la vuelta a las fuentes. Nosotros, en el transcurso del siglo XX, somos los beneficia­rios del movimiento bíblico y litúrgico. No hay mejor guía que Orígenes o Agustín para llegar al alma y al espíritu de la Escritura, con la condición de no perder jamás de vista los progresos realizados por las ciencias bíblicas.

En lo que concierne a la liturgia, los Padres no se han con­tentado con comentarla a los catecúmenos y a los fieles, sino que la han forjado, la han construido, la han vivido. Ambro­sio y Basilio han desempeñado un papel determinante en la composición de los textos litúrgicos. La renovación bíblica y litúrgica sería incompleta si no fuera acompañada de una vuelta a los Padres de la Iglesia. Nuestra patrología «con­creta» quisiera inclinar hacia ella al público cristiano.

Hemos intentado familiarizarnos con Justino y Ambrosio tratando de dibujar su fisonomía. Nuestros retratos, está de más el precisarlo, no son una reconstrucción romántica, sino una deducción sacada del estudio asiduo y minucioso de sus escritos. Hemos reducido al mínimo las referencias para no sobrecargar el libro ni perder de vista el público at que nos dirigimos. El hombre de la calle verá fácilmente la deuda que hemos contraído ante eruditos como Mgr. Duchesne, A. Puech, P. de Labriolle, G. Bardy, Quasten, H. von Campenhausen (1). Hay que decir que el libro no se dirige a especialistas. No llegaremos hasta el punto de prohibírselo, ya que a veces hace falta llenar los momentos de ocio. Sin embargo, al redactarlo, en el transcurso de dos años de ense­ñanza en la universidad de Quebec, he pretendido intentar que los jóvenes estudiantes descubran a los Padres desde un ángulo visual nuevo, cercano a la vida de ayer y a la de hoy (2).
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