Repensando el cielo, la resurrección y la vida eterna






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2. Exploración de las opciones
En realidad, se ha venido fluctuando entre los dos polos de opinión, lo cual se puede apreciar con toda facilidad si uno visita cualquier iglesia vieja y observa los monumentos que hay en ella. Algunos conciben la muerte como un terrible enemigo que acecha a su presa. Esto se combina, a menudo, con la proclamación firme que establece que, a pesar de ser una enemiga, la muerte será finalmente derrotada: de ahí que la tradición de inscribir la palabra Resurgam, que quiere decir «Me levantaré», tal como destacáramos en el capítulo anterior, significa que, al igual que en Donne y Kipling, el difunto creía en un sueño intermedio que sería seguido de una nueva vida corporal en algún momento futuro. Es por eso que a la gente se le enterraba mirando hacia el este, de manera que se levantara para saludar al Señor a su llegada. Sin embargo, Stanley Spencer, uno de los pintores más recientes que ilustra la resurrección, ignora ese detalle y se inclina más bien, hacia el semirrealismo de los cadáveres que salen de sus tumbas en todas las direcciones en el cementerio de Cookham. Este aspecto lo volveremos a analizar de manera más específica en el capítulo 10 este libro.
El otro polo de creencia es aquel que representa el himno de San Francisco «Todas las criaturas de nuestro Dios y Rey», con su destacada invocación: «Y tú, mi muy querida y gentil muerte, qué esperas para apagar nuestro último aliento». Muchos himnos, muchas oraciones y muchos sermones han intentado suavizar el golpe al presentar a la muerte como un amigo, que viene para llevarnos a un lugar mejor. Este era un tema muy familiar en el siglo XIX y hace sentir su eco secular en los movimientos modernos que se inclinan hacia la eutanasia voluntaria. Por lo tanto, el pensamiento cristiano ha oscilado entre la corriente que ve a la muerte como un vil enemigo y la que la ve como a una amiga a la que hay que darle la bienvenida.
Claro está que tradicionalmente hemos supuesto que el cristianismo nos enseña acerca del cielo que está arriba y al que van aquellos que han sido salvados o están bendecidos y el infierno que está abajo, esperando a los malvados e impenitentes. Esto es lo que muchos siguen tomando como la línea oficial, tanto en el caso de los que están dentro, como fuera de la Iglesia, aunque sea una línea que ellos pudieran aceptar o no.
Un ejemplo muy destacado al respecto me llegó por correo hace no mucho tiempo: se trataba de un libro, aparentemente uno de los más vendidos de la temporada, que había escrito Maria Shriver, la esposa de Arnold Schwarzenegger y sobrina de John F. Kennedy, que se denomina What’s Heaven? (¿Qué es el cielo?). El libro va dirigido a los niños y tiene muchas ilustraciones grandes de suaves y acolchadas nubes en cielos azules. Cada página de texto tiene una frase que aparece en una letra mucho más grande y que transmite el mensaje básico del libro de una manera muy clara y obvia. Tal como nos dice Maria Shriver en su libro, el cielo
…es algún lugar en el que uno cree... un lugar muy bello en el que te puedes sentar sobre suaves nubes y hablar con las otras personas que están allí. En la noche, puedes sentarte cerca de las estrellas, que son las más brillantes que se pueden ver en todo el universo... Y si eres bueno durante toda tu vida, entonces te puedes ir al cielo... cuando termina tu vida aquí en la Tierra, Dios te envía a sus ángeles a buscarte para que te lleven al cielo a estar con El... [Y mi abuela está] viva dentro de mí... Lo más importante de todo esto es que ella me enseñó a creer en mí misma... Ella está en un lugar seguro, con las estrellas, con Dios y con los ángeles... ella nos está mirando desde allá arriba... «Quiero que todos ustedes sepan [le dice la heroína a su bisabuela] que incluso cuando tú ya no estés aquí, tu espíritu siempre estará vivo dentro de mí».
Sin lugar a dudas, palabras más, palabras menos, esto es exactamente lo que millones de personas han llegado a creer y a aceptar como verdad en el mundo occidental, razón por la que se lo enseñan a sus hijos. Este libro me lo envió un amigo que trabaja con niños que están aquejados por alguna pérdida y me lo describió como «uno de los peores libros para los niños». Al respecto, me dijo lo siguiente: «¡Espero que este libro tan horroroso te sirva de ayuda para saber exactamente qué es lo no se debe decir! ». Es un auténtico y excelente ejemplo de ese género. La verdad de lo que la Biblia nos enseña es muy diferente y es verdaderamente muy diferente en diversos niveles.
A mucha gente le sorprende ampliamente cuando se le dice lo que en realidad es el caso: que es muy poco lo que se menciona en la Biblia sobre «ir al cielo cuando uno muere». Es más, tampoco es mucho lo que dice acerca de un infierno posterior a la muerte. Las imágenes medievales del cielo y del infierno, las cuales fueron estimuladas, aun cuando no fueron creadas por la obra clásica de Dante, han ejercido una inmensa influencia sobre la imaginación cristiana de Occidente. Son muchos los cristianos que crecen bajo la suposición de que en todos aquellos momentos en los que se habla del «cielo» en el Nuevo Testamento, se refiere al lugar al que irán aquellos que se han salvado después de su muerte. En el evangelio según san Mateo, las referencias que hace Jesús al «reino de Dios» aparecen en los otros evangelios como el «reino de los cielos». Ya que muchos leen primero a Mateo, cuando encuentran pasajes en los que Cristo habla de «entrar al reino de los cielos», simplemente confirman sus suposiciones y piensan que en realidad está hablando de «cómo ir al cielo cuando uno muere». Ahora bien, sin lugar a dudas, eso no es precisamente lo que Jesús, así como tampoco Mateo, tenían en mente. Alrededor de esto se han ido tejiendo muchas imágenes mentales que ahora damos por sentadas «como lo que enseña la Biblia» o «aquello en lo que creen los cristianos».
Sin embargo, el lenguaje del cielo en el Nuevo Testamento no opera de esta manera. En las prédicas de Jesús, el «reino de Dios» no se refiere al destino posterior a la muerte, ni a nuestro escape de este mundo hacia otro, sino, más bien, tiene que ver con el reinado soberano de Dios que se ejerce «así en la tierra como en el cielo». Las raíces de este malentendido son bastante profundas y se remontan incluso a las etapas residuales del platonismo que ha infectado escuelas y tendencias completas de pensamiento cristiano y ha llegado a inducir a la gente a creer erróneamente que los cristianos tienen que restarle valor a este mundo presente y a los cuerpos en los que llevan esta vida, debiendo considerarlos deteriorados o dignos de vergüenza.
De igual manera, también se han malentendido ampliamente las imágenes que ilustran el cielo en el libro del Apocalipsis. Muy a pesar de los grandes himnos de Charles Wesley, la fabulosa descripción que aparece en Ap. 4 y 5 de los veinticuatro ancianos que se despojan de sus coronas y las arrojan delante el trono de Dios y del Cordero, al lado del mar transparente semejante al cristal, no es una ilustración del último día en la que todos los redimidos por fin están en el cielo. Es, más bien, una ilustración de la realidad actual, la dimensión celestial de nuestra vida actual. En la Biblia, el cielo no es, a menudo, un destino futuro. Más bien, es la otra dimensión, la dimensión oculta de nuestra vida cotidiana. Por así decirlo, es la dimensión de Dios. Dios hizo el cielo y la tierra. En los últimos días, Él rehará el cielo y la tierra y los unirá para siempre. De igual manera, cuando llegamos a la imagen del verdadero Final en Ap. 21 y 22, no encontramos almas rescatadas que están logrando llegar a un cielo incorpóreo, sino más bien a la Nueva Jerusalén que baja del cielo a la tierra hasta que el cielo y la tierra se unen en un abrazo por siempre.
Mucho me temo que hoy en día la mayoría de los cristianos nunca medita sobre esto, ni siquiera una vez al año. Se sienten satisfechos con lo que es, cuando mucho, una versión truncada y distorsionada de la gran esperanza bíblica. En realidad, la imagen popular se ve reforzada una y otra vez por los diferentes himnos, oraciones, monumentos e, incluso, obras muy serias de teología e historia. Se supone simplemente que la palabra «cielo» es el término adecuado que se utiliza para designar el destino final, el «hogar» final y que el idioma de la «resurrección» y de la nueva tierra, al igual que de los nuevos cielos, debe encajar de alguna manera dentro de ese concepto.
Me parece que lo que hoy en día apreciamos en la Iglesia actual es una combinación confusa de muchos aspectos diferentes. Por un lado, sabemos que se ha venido atacando la antigua visión del cielo y del infierno. Son muchos los que ahora incluso se rehúsan a creer en el infierno. No obstante, en el transcurso del último siglo, a medida que se iba desarrollando esta negativa, también hemos descubierto que paradójicamente esto llevaba a una disminución de la promesa del cielo, ya que si todos están en el mismo camino, sería bastante injusto permitir que algunos vayan directo a su destino en vez de que continúen el largo viaje posterior a la muerte. La idea de tal «viaje» posterior a la muerte ahora es bastante infrecuente aunque, una vez más, casi no encuentra justificación alguna en la Biblia o en el pensamiento cristiano primitivo. También hemos visto la rehabilitación de una versión moderna, aséptica de la antigua idea del purgatorio: en vista de que en el momento de la muerte, todos seguimos estando muy poco preparados para presentarnos ante nuestro Creador, (se sugiere que) necesitaremos, por lo tanto, un período de refinamiento y mejora para poder crecer hacia la luz. (Las personas que piensan hoy en día de esta manera tienden a optar por expresarlo de ese modo, en vez de enfatizar el concepto de «purgar» u otros conceptos igualmente incómodos). Muchos han preferido adoptar un universalismo en el que Dios les ofrecerá por siempre a los que no se han arrepentido todavía la alternativa de elegir la fe, hasta que al fin todos sucumban al llamado del amor divino. Algunos han declarado que el cielo, tal como éste se ha ilustrado de forma tradicional, pareciera ser insufriblemente aburrido con todos sentados en las nubes tocando arpas todo el tiempo y que, bien sea no creen en este tipo de cielo o simplemente no quieren ir al cielo. Otros han declarado, con bastante desdeño, que un Dios que simplemente quiere que la gente lo esté adorando todo el tiempo no es en lo absoluto un personaje que ellos respetarían. Aquellos de nosotros que manifestamos que la figura ortodoxa es la de una vida humana vibrante y activa, que refleja la imagen de Dios en los nuevos cielos y en la nueva tierra, a veces somos acusados de proyectar nuestra vida contemporánea dinámica y decidida en la pantalla del futuro.
3. Los efectos de la confusión
Esta confusión tan compleja y que tiene tantas aristas se refleja e interpreta claramente en los himnos que cantamos, en la manera en la que celebramos el año litúrgico cristiano y en el tipo de funerales y de cremaciones que organizamos. Tan solo unas cuantas palabras que les diga sobre cada uno de estos ejemplos les demostrará claramente a qué me refiero.
Tomemos, en primer lugar, el caso de los himnos. Si echamos un vistazo rápido a cualquier libro convencional de himnos, nos podremos percatar de que se realizan quizás demasiadas referencias a la vida futura más allá de la muerte y que todas éstas se acercan más a Tennyson, o incluso a Shelley, que al cristianismo ortodoxo. Veamos un ejemplo:
Hasta que en el océano de tu amor

Nos perdamos en el cielo que está en las alturas.
Esas son las palabras del piadoso John Keble, pero fue él quien se perdió por un momento aquí, no en el cristianismo, sino en una gota del océano de la escatología budista. ¿Y qué podríamos decir de lo que nos habla este colega del Movimiento de Oxford, John Henry Newman, con su línea casi gnóstica?
Siempre que tu poder me haya bendecido, todavía

Me seguirá guiando,

Más allá de páramos o pantanos, riscos y torrentes, hasta

Que se vaya la noche.

Y al llegar la mañana, esas caras de ángeles sonríen

Aquellos a quienes siempre amé y que por un tiempo había perdido.
¿Acaso Newman creía verdaderamente que él había tenido una vida previa con los ángeles, bien sea antes de haber sido concebido o en los primeros años de su niñez y que volvería a esa vida a su debido tiempo? Y, aunque no cabe duda de que la idea del peregrino solitario que sigue la «amable luz» por páramos y pantanos es una idea romántica y poderosa, igual nos podríamos preguntar si él piensa verdaderamente que el mundo actual y la vida de hoy podrían describirse simplemente como «noche».
De igual manera, ¿qué podría decirse sobre el platonismo abierto y patente del himno «Abide with me» («Mora en mí»), que sigue siendo favorito de algunos círculos?:
Despunta la mañana del cielo y huyen las sombras vanas de la tierra.
Hay una serie de himnos y cánticos que expresan claramente esta línea de pensamiento. Recordemos, por ejemplo, aquel de Vaughan: «My soul, there is a country» («Mi alma, hay un país»), o el de Isaac Watts: «There is a land of pure delight» («Existe una tierra de deleite total»). Prefiero a Watts. Después de todo, está utilizando la tipología bíblica del cruce del Jordán y la entrada en la tierra prometida, mientras que Vaughan lo que nos ofrece es un mundo abiertamente platónico de lo de arriba y lo de abajo que, en realidad y según yo lo veo, tiene poco contenido cristiano más allá de la superficie. En una breve ojeada que le di al libro de himnos, me percaté de que existían docenas de otros ejemplos similares y no todos podían explicarse mediante el proceso de selección en un momento en el que la teología imperante quería decir ese tipo de cosas.
Y qué podríamos decir sobre el himno de Navidad «It came upon the midnight clear» («Apareció claro sobre la media noche»), que declara en su estrofa final lo siguiente:
¡He ahí! Que los días anticipados

Por bardos y profetas están prontos a llegar,

Cuando, con los años que giran sin cesar

Viene por fin la edad de oro.

Cuando la paz extenderá sobre toda la tierra

Su antiguo esplendor,

Y todo el mundo repetirá la canción

Que ahora cantan los ángeles.
Es un villancico de Navidad que a todos les gusta, pero la idea de ciclos de la historia que a la larga vuelven a la edad de oro tampoco es una idea cristiana ni judía. Es, más bien, abiertamente pagana. Y ya que hablamos de villancicos de Navidad, recordemos el que lleva por título «Away in a manger» («Lejos en un pesebre»), que reza lo siguiente: «y haznos dignos de entrar al cielo para que vivamos allá contigo». Ahí no se habla de resurrección, ni de ninguna nueva creación. Tampoco se hace alusión a ningún matrimonio entre el cielo y la tierra. Más aún, cuando encontramos en el libro de himnos el universalismo y la naturaleza-religión abiertamente romántica de Paul Gerhardt, en su poema: «The duteous day now closeth» («El día del deber llega a su fin», incluso hasta se nos puede perdonar por pensar que quien quiera que haya compilado el libro de himnos sólo leyó el primer verso y ni siquiera se tomó el trabajo de verificar la teología que tenía el resto. De lo contrario, no nos cabe duda de que alguien habría levantado una ceja de puro asombro ante la simple sugerencia de que una vida sin fe en el mundo creado presente pudiera llevar a un futuro de salvación en un escape platónico de la creación:
Por el momento su ceguera mortal

Puede pasar por alto a la amorosa amabilidad de Dios

Y andar a tientas en una lucha sin fe;

Pero cuando el día de la vida haya llegado a su fin,

Entonces la noche clara de la muerte descubrirá

Los campos de la vida perdurable.
En el Nuevo Testamento, la muerte nunca es una «noche clara». Es simplemente un enemigo, conquistado por Jesús, pero que sigue a la espera de ser vencido por siempre.
Algunos de los himnos que se aprecian en la tradición evangelista y carismática caen con mucha facilidad en el error fácil que se relaciona, como ya veremos, con las visiones confusas de la «segunda venida» que nos sugieren que Jesús volverá para tomar a su pueblo y sacarlo de la tierra y de su «hogar» para llevarlo al cielo. Es por ello que el fabuloso himno, «How great thou art» («Cuán grande eres»), declara en su estrofa final lo siguiente:
Cuando venga Cristo con su grito de aclamación,

Y me lleve a casa, qué alegría llenará mi corazón.
La segunda línea (lo que permitirá anticipar el argumento que esgrimiré a continuación) pudiera leerse mejor de esta manera: «Y curará a este mundo...». En realidad, la versión sueca original de este himno no habla sobre un Cristo que viene para llevarme a casa. Ésta no es más que la adaptación del traductor. Más bien, menciona que caerán los velos del tiempo y que la fe cambiará a una visión clara y las campanas de la eternidad nos llamarán a nuestro descanso del sábado, todo lo cual permite que se le recomiende mucho más ampliamente.
Sin lugar a dudas, hay algunos himnos que se oponen firmemente a esta tendencia. El himno «Jerusalem the golden» («La dorada Jerusalén») llama la atención hacia los capítulos finales y decisivos del Apocalipsis. Unos cuantos himnos nos expresan que estamos «siendo despertados por la última y temida llamada», o hablan de «elevarnos gloriosos el último día». Un gran himno nos habla de un Dios que se asegura de que su propósito se haga realidad, de manera que «la tierra se llene de la gloria de Dios al cubrir las aguas el mar». Pero el que descolla por encima de todos estos himnos, no es otro que el gran himno del Día de todos los Santos, denominado «For all the saints» («Para todos los santos») cuya secuencia de pensamiento capta a la perfección el énfasis del Nuevo Testamento. Después de conmemorar y celebrar la vida de los santos en sus primeros versos, nuestra comunión con ellos en el cuarto y nuestro fortalecimiento en el quinto, el sexto verso nos habla de cómo nos uniremos a ellos en su morada actual que no es el lugar final de descanso, sino más bien el sitio intermedio de descanso, alegría y refrescamiento, al que se le da por nombre paraíso:
La noche dorada brilla en el Oeste;

Pronto, muy pronto, llegará el descanso a los fieles guerreros:

Dulce es la calma del Paraíso bendito. ¡Aleluya! ¡Aleluya!
Sólo después de esto es cuando ocurre la resurrección:
Pero he ahí que despunta un día aún más glorioso,

Los santos triunfantes se levantan en todo su esplendor,

El Rey de la gloria pasa por aquí en su recorrido. ¡Aleluya! ¡Aleluya!
Y de ahí se nos lleva al verso final, triunfal, a la llegada a la nueva Jerusalén.
Si nuestros himnos revelan la confusión en la que hemos caído, la forma en la que celebramos el año litúrgico cristiano demuestra más o menos lo mismo. He escrito en otra ocasión sobre el simple enredo que en los años recientes ha permitido ese festival de dos días, si así podemos llamarlo, en que se han convertido el Día de todos los Santos y el Día de todos los Muertos, que viene precedido por una fecha que confunde más aún y que no es otra que la de la víspera del Día de todos los Santos o Halloween, como se le conoce en inglés. Muy pocos de aquellos que celebran esta doble (o triple) festividad son los que, en mi opinión, creen en la teología medieval que intentó darle siquiera algún sentido a estas tres fechas. En realidad, lo que refleja esta celebración es la confusión de una Iglesia que ya no cree verdaderamente en el cielo y, probablemente, ni siquiera cree en el infierno; una Iglesia que prefiere, más bien, una suerte de purgatorio blando e indulgente que viene a remplazar a cualquiera de los otros dos y en el que no hay lugar en lo absoluto para la resurrección del cuerpo, la nueva creación o la nueva Jerusalén que desciende del cielo a la tierra.
Ahora bien, esto no es más que parte del enredo. En ciertos esquemas anglicanos recientes, se ha dejado sin definir claramente una sección completa del año cristiano. El Adviento, los cuatro domingos inmediatamente anteriores a la Navidad, solían enfocarse sobre las doctrinas de la segunda venida, del juicio de Dios y del destino final de los seres humanos. Hoy en día, los leccionarios han cambiado todo eso y, más bien, han venido a remplazarlos otros diversos aspectos de preparación para la Navidad. Durante un buen tiempo (en la década de los noventa), ese mes que cubre, más o menos, la liturgia previa al Adviento y que abarca casi en su totalidad el mes de noviembre, fue conocido bajo un nuevo nombre puesto que se le llamó la «Temporada del Reino». Es más, en esa época del año, se procedió a establecer suposiciones bastante peculiares e inconsistentes sobre la muerte y lo que nos espera más allá de la misma. Aunque ya este nombre no se sigue utilizando, no ha sido posible erradicar con la misma facilidad la confusión que trajo y que se ve reflejada en diversas oraciones litúrgicas que hablan de «la luz del reino que disfrutan los santos», como si, a pesar de lo que dice el Nuevo Testamento, el «reino» de Dios fuera un lugar denominado «cielo» al que ya han llegado algunos, aunque no todos los cristianos que han muerto.
Incluso podemos decir que la Navidad en sí ha sobrepasado ampliamente a la Pascua de Resurrección como el verdadero centro de celebración del año litúrgico cristiano, una realidad que revierte por completo el énfasis que le otorga a estas fechas el Nuevo Testamento. En algunas ocasiones, en los himnos, las oraciones y los sermones tratamos de construir toda una teología sobre la Navidad, aunque en realidad no se logre darle sustento a tal situación. De igual modo, celebramos la Cuaresma, la Semana Santa y el Viernes Santo de manera tan rigurosa y esmerada que casi no nos queda energía para la Pascua de Resurrección, excepto para la vigilia y el primer día de pascua. A pesar de ello, la Pascua de Resurrección debe ser el centro de todo. Si la eliminamos, podríamos decir literalmente que no nos queda nada.
Las mismas confusiones se aprecian en la forma en la que se celebran los funerales y entierros. En los años recientes, son muchos los ritos fúnebres que se han escrito y publicado y, a menudo, luego de largos y acalorados debates. Sin embargo, antes de proceder a abordarlos, quisiera decir unas cuantas palabras acerca de la teología implícita que mantienen muchos de aquellos que optan por la cremación en vez del entierro. Claro está que hubo razones de higiene y de hacinamiento que llevaron a los que emprendieron las reformas a fines del siglo pasado a proponer este paso, el cual, aunque quizás no lo sepan todos los cristianos de Occidente, sigue siendo algo a lo que se opone firmemente la ortodoxia del Oriente (a pesar de la escasez de tierras que sufren algunos países, cuando menos Grecia), al igual que los judíos ortodoxos y los musulmanes. Sin embargo, clásicamente la cremación ha tendido a pertenecer más al ámbito de la teología hindú o budista. De igual manera, aunque en menor grado y a nivel popular, la vemos como una cultura que está penetrando con cierta rapidez. Cuando alguien pide que sus cenizas se dispersen en las laderas de una colina que era su favorita o en un río o playa que le gustaba mucho, podemos entender sus sentimientos (aunque al hacerlo, quizás les estaríamos negando a los afligidos deudos un lugar específico al que pueden ir a visitarlo para llorar su tristeza). Sin embargo, la implicación subyacente de un deseo de fundirse simplemente con el mundo creado, sin afirmación alguna de la vida futura de una nueva personificación, desaparece ante la contundencia de la teología cristiana clásica.
Claro está que no pretendo decir que la cremación sea una herejía. Ya hablaré a su debido tiempo sobre la relación que tiene con el cuerpo en la resurrección. Simplemente pretendo destacar que se evidenció un gran cambio en el pensamiento durante el siglo pasado que privilegió la cremación y que éste refleja, cuando menos en parte, algunas de las confusiones que hemos observado, tanto en la Iglesia, como en el mundo en general. Y, ya que estamos abordando este tema, quisiera mencionar que una ceremonia en un edificio que se utiliza únicamente para cremar es un evento muy diferente a un funeral, venga éste seguido, o no, por una cremación, puesto que el funeral se celebra en un edificio que se utiliza diaria y semanalmente para la oración, la eucaristía, la celebración, los bautizos y las bodas y toda la vida de adoración y culto de una comunidad. Por otra parte, viéndolo desde otra perspectiva, podríamos decir que hay algo fabuloso y profundo en el acto de entrar a una iglesia atravesando el cementerio en el que están enterrados todos aquellos que han adorado a Dios duran te siglos en ese lugar. Ahora bien, también, esa es otra historia.
Cuando se trata de los funerales en sí, la confusión de otros ámbitos se refleja también aquí con bastante fidelidad (si ésa es la palabra que podemos utilizar). Es tanto lo que ha sucedido en las diferentes iglesias que sólo puedo hacer comentarios muy selectivos y relativos a mi propia Iglesia (la Iglesia de Inglaterra). Las verificaciones realizadas al azar con respecto a otras iglesias indican que también en ellas es bastante típico lo que les voy a decir. Cuando surgieron las nuevas liturgias fúnebres de la Iglesia de Inglaterra, a fines del siglo xx, se publicaron varios recursos bastante útiles para ayudar al clero a aprovechar las mejores oportunidades pastorales entre una serie de pasajes sensibles, aunque a menudo engañosos. Uno de tales libros que fuera publicado por la editorial oficial de la Iglesia de Inglaterra y con recomendaciones en su prefacio ofrecidas por altos personeros de la Iglesia, nos ofrece una guía fabulosa que nos permite tener una idea de todo lo que quisiéramos saber y hacer, excepto en cuanto al hecho de que, en ningún lugar de este libro se hace mención siquiera una vez a la palabra resurrección. Más aún, quizás esto no nos sorprenda tanto cuando examinemos los nuevos oficios en sí. Afortunadamente, la resurrección no ha desaparecido de ellos, aunque sí se ha apagado su presencia, se le ha restado importancia y, más bien, el tenor general apunta a respaldar la visión, cada día más prevaleciente, de una sola etapa en el destino posterior a la muerte que «convierte la oscuridad de la muerte en el amanecer de una nueva vida y la tristeza de la partida en la dicha del cielo», tal como lo señala una de las oraciones. También podríamos decirlo en otras palabras: si alguien acudiera a uno de estos oficios fúnebres sin tener idea sobre cuáles eran las enseñanzas al respecto de la religión judía y de la religión cristiana clásicas, este funeral haría muy poco para ilustrar a esta persona y, más bien, contribuiría ampliamente a confundirla o confirmarle el enredo mental que ya tenía con respecto a estos ritos.
Las «oraciones en las que se encomienda al difunto» tampoco ayudarían mucho, tal como se aprecia a continuación:
...encomendamos a N a tus brazos de misericordia,

en la creencia de que, al haberle perdonado sus pecados,

él/ella compartirá un lugar de felicidad, luz y paz

en el reino de tu gloria por siempre.
...Dios ahora le da la bienvenida a él/ella a su mesa en el cielo

Para que comparta la vida eterna con todos los santos.
Encomendamos a N a tu misericordia

y te rogamos porque al acercarlo/acercarla a ti,

nos darás tu bendición de paz...
Lo/la encomendamos a tu misericordia,

y rogamos porque nos muestres el camino de la vida,

y la plenitud de la dicha en tu presencia

por toda la eternidad.
En medio de esta secuencia, hay una oración que se destaca por su clara afirmación de lo que los primeros cristianos hubieran querido decir:
Confiando en tu fidelidad,

encomendamos a N a tu misericordia

mientras aguardamos ese gran día

en que tú nos resucites triunfantes con él/ella a la vida

y en que nos presentemos ante ti,

con toda tu creación hecha nueva en él,

en la gloria de tu reino celestial.
Aunque se nos podría excusar por preguntarnos si la última línea no nos quita con la mano izquierda lo que nos acaba de conceder con la derecha, ya que el punto medular de la nueva creación y de la resurrección en sí es que éste es el momento en el que el «reino celestial» llega a la tierra plenamente y finalmente.
Podemos decir, entonces, que el principal oficio funeral de la nueva Iglesia de Inglaterra nos daría un indicio muy poco claro sobre la creencia cristiana clásica. Tampoco nos ayudaría mucho el «entierro de las cenizas», que termina con las tres oraciones que aparecen a continuación:
Padre Celestial,

te agradecemos por todos los que amamos aunque ya no veamos.

Al recordar a N en este lugar,

muéstranos nuestro principio y nuestro final,

el polvo del que venimos

y la muerte a la que nos dirigimos,

con firme esperanza en tu amor eterno y tus propósitos para nosotros,

[éste es el punto en el que en los servicios anteriores se hubiera dicho: «en la certeza y en la esperanza cierta de la resurrección», u otras palabras similares y con el mismo efecto], en Jesucristo nuestro Señor. Amén.
Dios de esperanza,

concédenos que nosotros y todos aquellos que hemos creído en ti,

podamos estar unidos en el pleno conocimiento de tu amor

y en la visión clara y transparente de tu gloria;

a través de Jesucristo nuestro Señor. Amén.
Que la infinita y gloriosa Trinidad,

el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo,

guíe nuestras vidas mediante buenas obras,

y después de nuestro paso por este mundo

nos conceda el descanso eterno con todos los santos. Amén.
Todas estas son oraciones emotivas, humildes y delicadas. Sin embargo, no mencionan en ningún momento la esperanza característica del cristiano. Yo espero que aquellos que toman con seriedad el argumento que pretendo plantear en este libro examinarán la práctica actual de la Iglesia, desde sus liturgias oficia- 1 les hasta todos los textos y pasajes que las rodean, y tratarán de descubrir maneras más frescas y novedosas de expresar, personificar y enseñar lo que verdaderamente enseña el Nuevo Testamento, en vez de aquellas teorías y opiniones desmembradas, que se sostienen vagamente y que entienden a medias lo que estamos viendo en estos dos primeros capítulos. Francamente, no me resta otra cosa que decirles que lo que tenemos en este momento no es, tal como solían decirlo las viejas liturgias, «la esperanza segura y cierta de la resurrección de los muertos», sino el optimismo vago y difuso de que, de alguna manera, las cosas pudieran terminar funcionando al final de cuentas.
Se han suscitado varias discusiones recientes sobre las liturgias contemporáneas para los funerales. Sin embargo, no es el momento, ni contamos aquí con el espacio necesario para debatirlas con amplitud. Simplemente, quisiera destacar que últimamente encontramos una y otra vez lo que ha venido a convertirse en el enredo clásico para aquellos que no han pensado lo que quiere decir verdaderamente la palabra «resurrección», o lo que es igual, el colapso del lenguaje de la «resurrección» en el lenguaje de «ir al cielo». Así, por ejemplo, Paul Sheppy nos ilustra esto en The Word of Resurrection (La Palabra de Resurrección):
Señor, Tú renuevas la faz de la tierra;

Conduce ante ti y reúne contigo a N a quien hemos amado,

Y concédele a ella aquellas cosas

que los ojos no han visto ni los oídos han escuchado,

ni el corazón humano ha imaginado.
Ahora bien, una vez más esto no puede verse como «la esperanza segura y cierta de la resurrección del cuerpo», arraigada y basada en la resurrección de Jesús mismo y ubicada dentro de la promesa de los nuevos cielos y la nueva tierra. Más bien, es la esperanza generalizada y piadosa de una inmortalidad bendita que empieza más o menos al mismo tiempo y continúa en un futuro no diferenciado. Lo que es más, esta incapacidad para distinguir entre el estado bendito, aunque temporal, al que ingresa el pueblo de Dios en la muerte, y la resurrección final por la que sigue esperando toda la creación, se ha logrado reflejar en las oraciones colectas, en las oraciones eucarísticas, devocionarios y otros materiales litúrgicos. A medida que se vaya desarrollando el argumento de este libro, se hará más claro que no es posible simplemente considerar éste como el tipo de problema ante el cual podemos simplemente levantar los hombros y decir bueno, hay diferentes puntos de vista sobre estos temas». Todo lo que digamos sobre la muerte y la resurrección le da forma y color a todo lo demás. Si no tenemos el debido cuidado, simplemente ofreceremos una «esperanza» que ya no es una sorpresa, que ya no logra transformar vidas y comunidades en el presente y que ya no es generada por la resurrección de Jesucristo mismo que nos permite mirar hacia adelante y esperar los nuevos cielos y la nueva tierra prometida.
Los himnos, el año litúrgico cristiano y las ceremonias de la muerte nos cuentan por separado una historia similar. Quizás igualmente importante es la teología más extensa y la visión más amplia del mundo que van mano a mano con este enredo contemporáneo.
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