Continuamos hoy en nuestra parroquia la experiencia que ya iniciamos hace algún tiempo: Ofrecer unos materiales para poder rezar en casa, durante el tiempo de






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PARTIR EN MISION
"ID Y PREDICAD"
Todo ha cambiado. Las pérdidas ya no son experimentadas como algo que debilite; los dos caminantes que iniciaron su viaje con los rostros abatidos por la tristeza, se miran ahora con los ojos llenos de una nueva luz. El extraño, que acabó convirtiéndose en amigo, les ha entregado su espíritu, el espíritu divino de alegría, paz, valor, esperanza y amor. Ya no hay duda: ¡él está vivo!, pero no como antes, sino como un nuevo aliento dentro de ellos. Cleofás y su amigo se han transformado en personas nuevas. Se les ha dado un nuevo corazón y un nuevo espíritu. Ya no son personas que se ofrecen consuelo y apoyo recíprocos mientras lloran por lo que han perdido, sino personas con una nueva misión y que tienen algo que decir en común, algo importante, algo que no puede permanecer oculto, algo que debe ser proclamado.
¡Qué diferencia entre el modo en que volvían a casa y su apresurado regreso a Jerusalén...! Es la diferencia entre la duda y la fe, entre la desesperación y la esperanza, entre el miedo y el amor. Es la diferencia entre dos seres humanos desalentados que poco menos que se arrastraban por el camino y dos amigos que caminan a toda prisa, incluso a veces corriendo, entusiasmados por la noticia que tienen que dar a sus amigos.
Volver a la ciudad no deja de ser peligroso. Tras la ejecución de Jesús, sus discípulos están paralizados por el miedo, sin saber lo que les espera. Pero, una vez que han reconocido a su Señor, el miedo se esfuma, y ellos se sienten libres para dar testimonio de la resurrección... sin reparar en lo que ello pueda acarrearles. Son conscientes de que la misma gente que odiaba a Jesús puede volver su odio contra ellos; que la misma gente que mató a Jesús puede decidir matarlos a ellos. El regreso puede llegar a costarles la vida Es posible que tengan que dar testimonio, no sólo con sus palabras, sino también con su propia sangre. Pero ya no tienen miedo al martirio: el Señor resucitado, presente en lo más profundo de su ser, los ha llenado de un amor más fuerte que la muerte.
La Eucaristía concluye con una misión: "Id y contadlo". Las palabras latinas "Ite, Missa est", con las que el sacerdote solía concluir la Misa, significan literalmente: "Id, ésta es vuestra misión".
El final no es la Comunión, sino la Misión.
Lo hemos reconocido, sí; pero el reconocimiento no es sólo para saborearlo nosotros solos ni para mantenerlo en secreto. "Id y contadlo". Ésa es la conclusión de la celebración eucarística; y ése es también el llamamiento final de la vida eucarística: "Id y contadlo. Lo que habéis visto y oído es para los hermanos y hermanas y para todos los que estén dispuestos a recibirlo.
Evidentemente, la misión es, ante todo, para nosotros mismos, para nuestra familia, para nuestros amigos y para quienes son parte importante de nuestras vidas. Comprender esto no es nada cómodo: siempre nos resulta más difícil hablar de Jesús con quienes nos conocen íntimamente que con quienes no conocen nuestra "peculiar forma de ser" o de vivir.
Muchas veces oiremos: "¡Vaya, ya está otra vez...! Ya sabemos de qué va... Ya hemos visto ese entusiasmo otras veces... Ya se le pasará, como siempre..." Con frecuencia, hay mucho de verdad en esto. ¿Por qué van a confiar en nosotros cuando corremos a casa llenos de excitación? ¿Por qué tienen que tomarnos en serio? No somos diferentes del resto de nuestros familiares y amigos. Además, el mundo está lleno de historias, de rumores, de evangelizadores. Existen buenas razones para un cierto escepticismo. Quienes no acuden con nosotros a la Eucaristía no son mejores ni peores que nosotros. ¿Y por qué alguien que nos conoce bien, debería creernos de pronto cuando regresamos de la Eucaristía?
Ésa es la razón por la que no es sólo la Eucaristía, sino la vida eucarística, la que marca la diferencia. La celebración eucarística ha resumido para nosotros en qué consiste nuestra vida de fe, y tenemos que volver a casa para vivirla lo más plenamente posible. Y esto es muy difícil, porque todos en casa nos conocen demasiado bien: conocen nuestra impaciencia, nuestras envidias, nuestros resentimientos, nuestras muchas artimañas. Y luego están nuestras relaciones deshechas, nuestras promesas incumplidas, nuestros compromisos rotos... ¿Podemos realmente decir que lo hemos encontrado en el camino, que hemos recibido su cuerpo y su sangre y que nos hemos convertido en cristos vivientes?
Y hay algo más. A los emocionados compañeros que llegaron al lugar donde estaban reunidos sus amigos, les aguarda una gran sorpresa: ¡Ya lo saben! La buena noticia que ellos traen ya no es nueva en absoluto. Y sus compañeros dicen: "¡Es verdad! ¡El Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón!"
Jesús tiene muchas maneras de aparecerse y de hacernos saber que está vivo. Todo esto apunta hacia la comunidad. Los dos amigos necesitaban encontrar a otros que también creyeran que él había resucitado. Necesitaban escuchar sus historias.
¡Es tan fácil reducir a Jesús a nuestro Jesús...! Pero la comunidad de fe es el lugar en el que se cuentan muchas historias sobre el camino de Jesús.
Pero la misión no concluye ahí, sino que apenas acaba de empezar. La narración de la historia de lo acaecido en el camino y en torno a la mesa es el comienzo de una vida de misión que habrá de prolongarse durante todos los días de nuestra vida, hasta que lo veamos a él cara a cara.
La vida vivida eucarísticamente es siempre una vida de misión. Vivimos en un mundo que llora constantemente sus pérdidas. Las guerras que destruyen a las personas y sus países; el hambre, el crimen y la violencia; el cáncer, y otras muchas enfermedades; los terremotos, las inundaciones y los accidentes de tráfico, la crisis...: todo ello constituye la historia de la vida cotidiana que llena las páginas de los periódicos y las pantallas de televisión. Es un mundo de interminables pérdidas y son muchos los seres humanos que caminan por la superficie de este planeta con los rostros abatidos y que, de una u otra manera, se dicen unos a otros: "Nosotros esperábamos que..., pero hemos perdido la esperanza".
Éste es el mundo al que somos enviados. Por supuesto que parece una tarea imposible.
La misión no consiste únicamente en ir y hablar a los demás acerca del Señor resucitado, sino también en recibir ese mismo testimonio de aquellos a quienes hemos sido enviados Muchas veces pensamos en la misión exclusivamente en términos de "dar"; pero la verdadera misión es también "recibir". A la larga, la misión sólo es posible cuando consiste tanto en recibir como en dar, tanto en ser cuidado como en cuidar... No tardaremos en agotarnos si no somos capaces de recibir el Espíritu del Señor de aquellos a los que hemos sido enviados.
Pertenece a la esencia misma de la vida eucarística unirnos a los numerosos viajeros y ayudarles a descubrir que también ellos están llamados a compartir el regalo del amor. Escucharemos historias de soledad, de miedo, de rechazo, de abandono y de tristeza; pero también se nos presentarán oportunidades para decir con palabras o con un simple gesto: "¿No sabes que eso de lo que te quejas puedes vivirlo como un camino hacia algo nuevo?
No todos nos escucharán. El mismo Jesús no sanó a todo el mundo, ni cambió la vida de todos cuantos se acercaron a el.
Ésta ha sido y sigue siendo la experiencia de quienes viven una vida eucarística y consideran que su misión consiste en desafiar constantemente a sus compañeros de camino a elegir el agradecimiento en lugar del resentimiento, y la esperanza en lugar de la desesperación. Ver cómo una sonrisa se abre paso a través de las lágrimas es asistir a un milagro: el milagro de la alegría.
Estadísticamente, nada de esto es demasiado significativo. Quienes preguntan: "¿En cuántas personas has influido? ¿Cuántas conversiones has logrado? ¿Cuántas enfermedades has sanado? ¿Cuánta alegría has repartido?...", siempre recibirán respuestas un tanto decepcionantes. El propio Jesús y sus discípulos no tuvieron demasiado éxito. El mundo sigue siendo un lugar sombrío, lleno de violencia, corrupción, opresión y explotación, y probablemente siempre será así. La cuestión no es: "¿Cuánto y en cuánto tiempo?", sino "¿Dónde y cuándo?".
Por muy pequeña que pueda parecer esta vida eucarística, es como la levadura. Es precisamente eso lo que mantiene vivas la fe, la esperanza y el amor en el mundo.
En último término, la Eucaristía -acción de gracias- ­viene de arriba. Es un regalo que no podemos fabricar nosotros mismos, sino que tenemos que recibirlo. Un regalo que se nos ofrece libremente y que pide ser libremente recibido. Podemos elegir dejar al desconocido que prosiga su viaje y siga siendo un extraño. Pero también podemos invitarlo a nuestra intimidad, dejarle que toque cada partícula de nuestro ser y transforme nuestros resentimientos en agradecimiento. No tenemos por qué hacerlo. De hecho, la mayoría de la gente no lo hace. Pero siempre que lo hacemos, todas las cosas, incluidas las más triviales, se hacen nuevas. Tal es la vida eucarística, la vida en la que cualquier cosa que hagamos es una manera de decir: "Gracias" a Jesús, es decir, a AQUEL que se unió a nosotros en el camino.


LUNES

MAÑANA
Lectura del Salmo 92 (91)
GRANDEZAS DE NUESTRO DIOS
En este canto de acción de gracias, el salmista descubre en su caso personal (vs. 5, 11-12) una manifestación de los designios providenciales de Dios (v. 6). La suerte reservada a los impíos (vs. 8-10) y a los justos (vs. 13-16) revela la profundidad y la justicia de esos designios, que el “insensato” es incapaz de comprender (v. 7). Sin plantear expresamente el problema -como sucede en los Salmos 37; 49; 73- este Salmo da una respuesta a los interrogantes que suscita el aparente triunfo del mal.
TARDE
TÓMAME DE LA MANO
Tú me llevas de la mano,

Tú eres mi auxilio y fortaleza,

contigo se me quitan los miedos

y me vuelves atrevido y osado.

Tú sabes que a veces me siento un gusano,

me veo incapaz de muchas cosas,

pero Tú me potencias y me ilusionas,

y me recuerdas que nunca me abandonas.

En ti, Señor, mi valor aumenta,

y me envías a llevar a los hermanos

agua de la que tienen sed

e ilusión de la que tienen hambre.

Tú eres río, manantial y fuente

que apaga toda mi sed,

que me vuelve fresco.

Tú adornas nuestra vida

con agua, árboles y plantas,

con belleza natural y artesana,

para que, felices, sintamos tu presencia.
MARTES

MAÑANA
Lectura del Salmo 93 (92)
EL SEÑOR, REY DEL ORBE
El tema central de este himno se vuelve a encontrar en un grupo de salmos cultuales, denominados habitualmente “Himnos a la realeza del Señor” (Sal. 47; 96 - 99). Todos estos poemas proclaman al Señor como Rey universal, destacando los diversos motivos en que se funda su realeza. En este caso, la soberanía del Señor aparece fundada en el acto de la creación y afianzamiento del mundo, que los vs. 3-4 describen -con evidentes reminiscencias mitológicas- como una victoria divina sobre las fuerzas del caos. El versículo final alude a la Revelación concedida a Israel, porque la obra creadora de Dios es inseparable de sus manifestaciones salvíficas en la historia.

TARDE
HAZNOS PACIENTES EN LA ESPERA
Danos paciencia:

hasta que el mundo se llene de tu presencia,

hasta que nos amemos,

hasta que veamos las cosas claras,

hasta que oigamos todas las voces,

hasta que renazca lo mejor de cada uno,

hasta que hagas brotar el amor más puro,

hasta que muera en nosotros toda la malicia,

hasta que ayudemos al otro a ser,

hasta que no compitamos unos con otros,

hasta que la ilusión y la paz triunfen,

hasta que el hombre no sea enemigo del hombre.

Mantennos firmes, Señor, y sin quejas,

contentos y satisfechos con lo que somos,

sin ansiar tener más cosas,

sólo deseando compartir con el hermano

todo don que nos ha sido dado

y que se necesita para hacer tu reino.

Sé para nosotros

un estímulo del respeto a la diferencia,

un impulso a darse del todo, sin esperar nada,

una emoción que nos embarga e ilusiona

y llena de sentido nuestra vida.

Tú eres la luz que espera el mundo.


MIERCOLES

MAÑANA

Lectura del Salmo 94 (93)
DIOS, VENGADOR DE LOS SUYOS
El salmista comienza con una angustiosa invocación al Señor, para que se manifieste como Juez de la tierra y castigue a los opresores de su Pueblo (vs 1-7). La segunda parte del Salmo tiene un tono sapiencial, y es un severo reproche a los que ponen en duda el triunfo final de la justicia (vs. 8-15). Por último, el salmista se reconforta a sí mismo, fundado en su propia experiencia de la intervención salvadora de Dios (vs. 16-19) y en la seguridad de que el Señor no puede estar de parte de la injusticia (vs. 20-23).
TARDE
GRACIAS POR LOS PROFETAS
Gracias por los profetas.

Desde el principio de los tiempos,

has ido poniéndonos personas que hablen de ti,

que nos ayuden a entenderte y a seguirte.

Juan llegó a tu tierra y no le conocían.

Él venía a presentarte.

Y le rechazaron, porque nadie puede ser profeta en su tierra.

Te damos gracias por tantos profetas

que nos han ido hablando de ti,

nos han entusiasmado con tu reino,

y contagiado con tus valores.

Profetas sencillos en la escuela,

en la familia, en el barrio, en el trabajo.

Profetas de la vida

que nos han traído hasta hoy,

entusiasmados con tu vida

y con la construcción de otro mundo

más justo, humano y fraterno.

JUEVES

MAÑANA

Lectura del Salmo 95 (94)
VENITE ADOREMUS”
Las dos partes que componen este Salmo corresponden a otros tantos momentos de una solemne acción litúrgica. La primera (vs. 1-7) es un canto procesional dirigido a la comunidad para invitarla a ingresar jubilosamente en la morada del Señor. En la segunda parte (vs. 8-11) se escucha un oráculo del Señor, que exhorta a Israel a no imitar la incredulidad y la rebeldía de sus antepasados en el desierto.
TARDE

.
VOCACIÓN Y MISIÓN DEL SIERVO DE DIOS
Mirad a mi siervo, a quien sostengo;

mi elegido, a quien prefiero.

Sobre él he puesto mi espíritu,

para que traiga el derecho a las naciones.

No gritará, no clamará,

no voceará por las calles.

La caña cascada no la quebrará,

el pábilo vacilante no lo apagará.

Promoverá fielmente el derecho,

no vacilará ni se quebrará,

hasta implantar el derecho en la tierra,

y sus leyes que esperan las islas.

Así dice el Señor Dios,

que creó y desplegó los cielos,

consolidó la tierra con su vegetación,

dio el respiro al pueblo que la habita

y el aliento a los que se mueven en ella:

"Yo, el Señor, te he llamado con justicia,

te he cogido de la mano,

te he formado,

y te he hecho alianza de un pueblo,

luz de las naciones.

Para que abras los ojos de los ciegos,

saques a los cautivos de la prisión,

y de la mazmorra a los que habitan las tinieblas.

Yo soy el Señor, éste es mi nombre;

no cedo mi gloria a ningún otro,

ni mi honor a los ídolos.

Lo antiguo ya ha sucedido,

y algo nuevo yo anuncio,

antes de que brote os lo hago oír".

VIERNES
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