Rima G. A. Bécquer






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brota sonrisas o brota enojos;

poder que abrasa un alma helada,

si airado vibro flecha acerada.
Doy las dulces sonrisas

a las hermosas;

coloro sus mejillas

de nieve y rosas;

humedezco sus labios,

y sus miradas

hago prometer dichas

no imaginadas.
Yo hago amable el reposo,

grato, halagüeño,

o alejo de los seres

el dulce sueño,

todo a mi poderío

rinde homenaje;

todo a mi corona

dan vasallaje.
Soy amor, rey del mundo,

niña tirana,

ámame, y tú la reina

serás mañana.
RIMA XCI
No has sentido en la noche,

cuando reina la sombra

una voz apagada que canta

y una inmensa tristeza que llora?
¿No sentiste en tu oído de virgen

las silentes y trágicas notas

que mis dedos de muerto arrancaban

a la lira rota?
¿No sentiste una lágrima mía

deslizarse en tu boca,

ni sentiste mi mano de nieve

estrechar a la tuya de rosa?
¿No viste entre sueños

por el aire vagar una sombra,

ni sintieron tus labios un beso

que estalló misterioso en la alcoba?
Pues yo juro por ti, vida mía,

que te vi entre mis brazos, miedosa;

que sentí tu aliento de jazmín y nardo

y tu boca pegada a mi boca.
RIMA XCII
Apoyando mi frente calurosa

en el frío cristal de la ventana,

en el silencio de la oscura noche

de su balcón mis ojos no apartaba.

En medio de la sombra misteriosa

su vidriera lucía iluminada,

dejando que mi vista penetrase

en el puro santuario de su estancia.
Pálido como el mármol el semblante;

la blonda cabellera destrenzada,

acariciando sus sedosas ondas,

sus hombros de alabastro y su garganta,

mis ojos la veían, y mis ojos

al verla tan hermosa, se turbaban.
Mirábase al espejo; dulcemente

sonreía a su bella imagen lánguida,

y sus mudas lisonjas al espejo

con un beso dulcísimo pagaba...

Mas la luz se apagó; la visión pura

desvanecióse como sombra vana,

y dormido quedé, dándome celos

el cristal que su boca acariciara.
RIMA XCIII
Si copia tu frente

del río cercano la pura corriente

y miras tu rostro del amor encendido,

soy yo, que me escondo

del agua en el fondo

y, loco de amores, a amar te convido;

soy yo, que, en tu pecho buscada morada,

envío a tus ojos mi ardiente mirada,

mi blanca divina...

y el fuego que siento la faz te ilumina.
Si en medio del valle

en tardo se trueca tu amor animado,

vacila tu planta, se pliega tu talle...

soy yo, dueño amado,

que, en no vistos lazos

de amor anhelante, te estrecho en mis brazos;

soy yo quien te teje la alfombra florida

que vuelve a tu cuerpo la fuerza de la vida;

soy yo, que te sigo

en alas del viento soñando contigo.
Si estando en tu lecho

escuchas acaso celeste armonía

que llena de goces tu cándido pecho,

soy yo, vida mía...;

soy yo, que levanto

al cielo tranquilo mi férvido canto;

soy yo, que, los aires cruzando ligero

por un ignorado, movible sendero,

ansioso de calma,

sediento de amores, penetro en tu alma.
RIMA XCIV
¡Quién fuera luna,

quién fuera brisa,

quién fuera sol!
..................
¡Quién del crepúsculo

fuera la hora,

quién el instante

de tu oración!
¡Quién fuera parte

de la plegaria

que solitaria

mandas a Dios!
¡Quién fuera luna

quién fuera brisa,

quién fuera sol! ...
RIMA XCV
Yo me acogí, como perdido nauta,

a una mujer, para pedirle amor,

y fue su amor cansancio a mis sentidos,

hielo a mi corazón.
Y quedé, de mi vida en la carrera,

que un mundo de esperanza ayer pobló,

como queda un viandante en el desierto:

¡A solas con Dios!
RIMA XCVI
Para encontrar tu rostro

miraba al cielo

que no es bien que tu imagen

se halle en el suelo;

si de allí vino,

el buscaba su origen

no es desvarío.
RIMA XCVII
Esas quejas del piano

a intervalos desprendidas,

sirenas adormecidas

que evoca tu blanca mano,

no esparcen al aire en vano

el melancólico son;

pues de la oculta mansión

en que mi pasión se esconde,

a cada nota responde

un eco del corazón.
RIMA XCVIII
Nave que surca los mares,

y que empuja el vendaval,

y que acaricia la espuma,

de los hombres es la vida;

su puerto, la eternidad.





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