Rima G. A. Bécquer






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de la torre silbara,

del coro entre las voces percibía

su voz vibrante y clara.
En las noches de invierno, si un medroso

por la desierta plaza

se atrevía a cruzar, al divisarme,

el paso aceleraba.
Y no faltó una vieja que en el torno

dijese a la mañana

que de algún sacristán muerto en pecado

era yo el alma.
A oscuras conocía los rincones

del atrio y la portada;

de mis pies las ortigas que allí crecen

las huellas tal vez guardan.
Los búhos, que espantados me seguían

con sus ojos de llamas,

llegaron a mirarme con el tiempo

como a un buen camarada.
A mi lado sin miedo los reptiles

se movían a rastras;

¡hasta los mudos santos de granito

creo que me saludaban!
RIMA LXXI
No dormía; vagaba en ese limbo

en que cambian de forma los objetos,

misteriosos espacios que separan

la vigilia del sueño.
Las ideas que en ronda silenciosa

daban vueltas en torno a mi cerebro,

poco a poco en su danza se movían

con un compás más lento.
De la luz que entra al alma por los ojos

los párpados velaban el reflejo;

pero otra luz el mundo de visiones

alumbraba por dentro.
En este punto resonó en mi oído

un rumor semejante al que en el templo

vaga confuso al terminar los fieles

con un amén sus rezos.
Y oí como una voz delgada y triste

que por mi nombre me llamo a lo lejos,

y sentí olor de cirios apagados,

de humedad y de incienso.

.......................................
Pasó la noche, y del olvido en brazos

caí, cual piedra, en su profundo seno.

No obstante al despertar exclamé: “¡Alguno

que yo quería ha muerto!”
RIMA LXXII
Primera voz
Las ondas tienen vaga armonía,

Las violetas suave olor,

brumas de plata la noche fría,

luz y oro el día;

yo algo mejor:

¡yo tengo Amor!
Segunda voz
Aura de aplausos, nube rabiosa,

ola de envidia que besa el pie.

isla de sueños donde reposa

el alma ansiosa.

¡dulce embriaguez

la Gloria es!
Tercera voz
Ascua encendida es el tesoro,

sombra que huye la vanidad,

todo es mentira: la gloria, el oro.

Lo que yo adoro

sólo es verdad:

¡la Libertad!
Así los barqueros pasaban cantando

la eterna canción,

y al golpe del remo saltaba la espuma

y heríala el sol.
“¿Te embarcas?”, gritaban, y yo sonriendo

les dije al pasar:

“ha tiempo lo hice, por cierto que aun tengo

la ropa en la playa tendida a secar.
RIMA LXXIII
Cerraron sus ojos

que aún tenía abiertos,

taparon su cara

con un blanco lienzo,

y unos sollozando,

otros en silencio,

de la triste alcoba

todos se salieron.
La luz que en un vaso

ardía en el suelo,

al muro arrojaba

la sombra del lecho,

y entre aquella sombra

veíase a intérvalos

dibujarse rígida

la forma del cuerpo.
Despertaba el día

y a su albor primero

con sus mil ruidos

despertaba el pueblo.

Ante aquel contraste

de vida y misterio,

de luz y tinieblas,

yo pensé un momento:

“¡Dios mío, qué solos

se quedan los muertos!”
De la casa, en hombros,

lleváronla al templo,

y en una capilla

dejaron el féretro.

Allí rodearon

sus pálidos restos

de amarillas velas

y de paños negros.
Al dar de las ánimas

el toque postrero,

acabó una vieja

sus últimos rezos,

cruzó la ancha nave,

las puertas gimieron

y el santo recinto

quedóse desierto.
De un reloj se oía

compasado el péndulo

y de algunos cirios

el chisporroteo.

Tan medroso y triste,

tan oscuro y yerto

todo se encontraba

que pensé un momento:

“¡Dios mío, qué solos

se quedan los muertos!”
De la alta campana

la lengua de hierro

le dio volteando

su adiós lastimero.

El luto en las ropas,

amigos y deudos

cruzaron en fila,

formando el cortejo.
Del último asilo,

oscuro y estrecho,

abrió la piqueta

el nicho a un extremo;

allí la acostaron,

tapiáronla luego,

y con un saludo

despidióse el duelo.
La piqueta al hombro

el sepulturero,

cantando entre dientes,

se perdió a lo lejos.

La noche se entraba,

el sol se había puesto:

perdido en las sombras

yo pensé un momento:

“¡Dios mío, qué solos

se quedan los muertos!”
En las largas noches

del helado invierno,

cuando las maderas

crujir hace el viento

y azota los vidrios

el fuerte aguacero,

de la pobre niña

a veces me acuerdo.
Allí cae la lluvia

con un son eterno;

allí la combate

el soplo del cierzo.

Del húmedo muro

tendida en el hueco,

¡acaso de frío

se hielan los huesos...!

........................
¿Vuelve el polvo al polvo?

¿Vuela el alma al cielo?

¿Todo es, sin espíritu,

podredumbre y cieno?

¡No sé; pero hay algo

que explicar no puedo,

que al par nos infunde

repugnancia y duelo,

a dejar tan tristes,

tan solos los muertos.
RIMA LXXIV
Las ropas desceñidas,

desnudas las espadas,

en el dintel de oro de la puerta

dos ángeles velaban.
Me aproximé a los hierros

que defienden la entrada,

y de las dobles rejas en el fondo

la vi confusa y blanca.
La vi como la imagen

que en un ensueño pasa,

como un rayo de luz tenue y difuso

que entre tinieblas nada.
Me sentí de un ardiente

deseo llena el alma;

¡como atrae un abismo, aquel misterio

hacía si me arrastraba!
Mas, ¡ay!, que de los ángeles

parecían decirme las miradas:

“¡El umbral de esta puerta

sólo Dios lo traspasa!”
RIMA LXXV
¿Será verdad que cuando toca el sueño

con sus dedos de rosa nuestros ojos,

de la cárcel que habita huye el espíritu

en vuelo presuroso?
¿Será verdad que, huésped de las nieblas,

de la brisa nocturna al tenue soplo,

alado sube a la región vacía

a encontrarse con otros?
¿Y allí desnudo de la humana forma,

allí los lazos terrenales rotos,

breves horas habita de la idea

el mundo silencioso?
¿Y ríe y llora y aborrece y ama

y guarda un rastro del dolor y el gozo,

semejante al que deja cuando cruza

el cielo un meteoro?
¡Yo no sé si ese mundo de visiones

vive fuera o va dentro de nosotros:

lo que sé es que conozco a muchas gentes

a quienes no conozco!
RIMA LXXVI
En la imponente nave

del templo bizantino,

vi la gótica tumba a la indecisa

luz que temblaba en los pintados vidrios.
Las manos sobre el pecho,

y en las manos un libro,

una mujer hermosa reposaba

sobre la urna del cincel prodigio.
Del cuerpo abandonado

al dulce peso hundido,

cual si de blanda pluma y raso fuera

se plegaba su lecho de granito.
De la sonrisa última

el resplandor divino

guardaba el rostro, como el cielo guarda

del sol que muere el rayo fugitivo.
Del cabezal de piedra

sentados en el filo,

dos ángeles, el dedo sobre el labio,

imponían silencio en el recinto.
No parecía muerta;

de los arcos macizos

parecía dormir en la penumbra

y que en sueños veía el paraíso.
Me acerqué de la nave

al ángulo sombrío,

con el callado paso que se llega

junto a la cuna donde duerme un niño.
La contemplé un momento

y aquel resplandor tibio,

aquel lecho de piedra que ofrecía

próximo al muro otro lugar vacío.
En el alma avivaron

la sed de lo infinito,

el ansia de esa vida de la muerte,

para la que un instante son los siglos...

.........................................
Cansado del combate

en que luchando vivo,

alguna vez me acuerdo con envidia

de aquel rincón oscuro y escondido.
De aquella muda y pálida

mujer me acuerdo y digo:

“¡Oh, qué amor tan callado el de la muerte!

¡Qué sueño el del sepulcro tan tranquilo!”
RIMA LXXVII
Es un sueño la vida,

pero un sueño febril que dura un punto;

Cuando de él se despierta,

se ve que todo es vanidad y humo...

¡Ojalá fuera un sueño

muy largo y muy profundo,

un sueño que durara hasta la muerte!...

Yo soñaría con mi amor y el tuyo.
RIMA LXXVIII
Podrá nublarse el sol eternamente;

podrá secarse en un instante el mar;

podrá romperse el eje de la tierra

como un débil cristal.
¡Todo sucederá! Podrá la muerte

cubrirme con su fúnebre crespón;

pero jamás en mí podrá apagarse

la llama de tu amor.
RIMA LXXIX
Mi vida es un erial,

flor que toco se deshoja;

que en mi camino fatal

alguien va sembrando el mal

para que yo lo recoja.

RIMA LXXX
Patriarcas que fuiste la semilla

del árbol de la fe en siglos remotos:

al vencedor divino de la muerte,

rogadle por nosotros.
Profetas que rasgasteis inspirados

del porvenir el velo misterioso:

al que sacó la luz de las tinieblas,

rogadle por nosotros.
Almas cándidas, Santos Inocentes

que aumentáis de los ángeles el coro:

al que llamo a los niños a su lado,

rogadle por nosotros.
Apóstoles que echasteis por el mundo

del la Iglesia el cimiento poderoso:

al que es de verdad depositario,

rogadle por nosotros.
Mártires que ganasteis vuestra palma

en la arena del circo, en sangre rojo:

al que os dio fortaleza en los combates,

rogadle por nosotros.
Vírgenes semejantes a azucenas,

que el venado vistió de nieve y oro:

al que es fuente de la vida hermosura,

rogadle por nosotros.
Monjes que de la vida en el combate

pedisteis paz al claustro silencioso:

al que es iris de calma en las tormentas,

rogadle por nosotros.
Doctores cuyas plumas nos legaron

de virtud y saber rico tesoro:

al que es raudal de ciencia inextinguible,

rogadle por nosotros.
Soldados del ejercito de Cristo

santas y santos todos:

rogadle que perdone nuestras culpas

a Aquel que vive y reina entre vosotros.
RIMA LXXXI
Dices que tienes corazón, y solo

lo dices porque sientes sus latidos;

eso no es corazón... es una máquina

que al compás que se mueve hace ruido.
RIMA LXXXII
Fingiendo realidades

con sombra vana,

delante del deseo

va la esperanza.

y sus mentiras

como el Fénix, renacen

de sus cenizas.
RIMA LXXXIII
Una mujer me ha envenenado el alma,

otra mujer me ha envenenado el cuerpo;

ninguna de las dos vino a buscarme,

yo de ninguna de las dos me quejo.
Como el mundo es redondo, el mundo rueda.

Si mañana, rodando, este veneno

envenena a su vez, ¿por qué acusarme?

¿Puedo dar mas de lo que a mí me dieron?
RIMA LXXXIV
A CASTA
Tu voz es el aliento de las flores,

tu voz es de los cisnes la armonía;

es tu mirada el esplendor del día,

y el color de la rosa es tu color.
Tú prestas nueva vida y esperanza

a un corazón para el amor ya muerto:

tú creces de mi vida en el desierto

como crece en un páramo la flor.
RIMA LXXXV
A ELISA
Para que los leas con tus ojos grises,

para que los cantes con tu clara voz,

para que se llenen de emoción tu pecho

hice mis versos yo.
Para que encuentres en tu pecho asilo

y le des juventud, vida, calor,

tres cosas que yo no puedo darles,

hice mis versos yo.
Para hacerte gozar con mi alegría,

para que sufras tu con mi dolor,

para que sientas palpitar mi vida,

hice mis versos yo.
Para poder poner antes tus plantas

la ofrenda de mi vida y de mi amor,

con alma, sueños rotos, risas, lágrimas

hice mis versos yo.
RIMA LXXXVI
Flores tronchadas, marchitas hojas

arrastra el viento;

en los espacios, tristes gemidos

repite el eco.
..............................
En las nieblas de los pasado,

en las regiones del pensamiento

gemidos tristes, marchitas galas

son mis recuerdos.
RIMA LXXXVII

Es el alba una sombra

de tu sonrisa,

y un rayo de tus ojos

la luz del día;

pero tu alma

es la noche de invierno,

negra y helada.
RIMA LXXXVIII
Errante por el mundo fui gritando:

“La gloria ¿dónde está?”

Y una voz misteriosa contestóme:

“Más allá... más allá...”
En pos de ella perseguí el camino

que la voz me marcó;

halléla al fin, pero en aquel instante

el humo se troncó.
Más el humo, formado denso velo,

se empezó a remontar.

Y penetrando en la azulada esfera

al cielo fue a parar.
RIMA LXXXIX
Negros fantasmas,

nubes sombrías,

huyen ante el destello

de la luz divina.

Esa luz santa,

niña de negros ojos,

es la esperanza.
Al calor de sus rayos

mi fe gigante

contra desdenes lucha

sin amenguarse.

en este empeño

es, si grande el martirio,

mayor el premio.
Y si aún muestras esquiva

alma de nieve,

si aún no me quisieras,

yo no he de quererte:

mi amor es roca

donde se estrellan tímidas

del mal las olas.
RIMA XC
Yo soy el rayo, la dulce brisa,

lágrima ardiente, fresca sonrisa,

flor peregrina, rama tronchada;

yo soy quien vibra, flecha acerada.
Hay en mi esencia, como en las flores

de mil perfumes, suaves vapores,

y su fragancia fascinadora,

trastorna el alma de quien adora.
Yo mis aromas doquier prodigo

ya el más horrible dolor mitigo,

y en grato, dulce, tierno delirio

cambio el más duro, crüel martirio.
¡Ah!, yo encadeno los corazones,

más son de flores los eslabones.

Navego por los mares,

voy por el viento

alejo los pesares

del pensamiento.

yo, en dicha o pena,

reparto a los mortales

con faz serena.
Poder terrible, que en mis antojos
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