Rima G. A. Bécquer






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Y ayer... un año apenas,

pasando como un soplo

con qué exquisita gracia

con qué admirable aplomo,

me dijo al presentarnos

un amigo oficioso:

“Creo que alguna parte

he visto a usted” ¡Ah, bobos

que sois de los salones

comadres de buen tono,

y andáis por allí a caza

de galantes embrollos.

¡Qué historía habéis perdido!

¡Qué manjar tan sabroso!

para ser devorado

“soto voce” en un corro,

detrás de abanico

de plumas de oro!
¡Discreta y casta luna,

copudos y altos olmos,

paredes de su casa,

umbrales de su pórtico,

callad, y que en secreto

no salga con vosotros!

Callad; que por mi parte

lo he vivido todo:

y ella..., ella..., ¡no hay máscara

semejante a su rostro!
RIMA XLI
Tú eras el huracán y yo la alta

torre que desafía su poder:

¡tenías que estrellarte o que abatirme!

¡No pudo ser!
Tú eras el océano y yo la enhiesta

roca que firme aguarda su vaivén:

¡tenías que romperte o que arrancarme! ...

¡No pudo ser!
Hermosa tú, yo altivo; acostumbrados

uno a arrollar, el otro a no ceder:

la senda estrecha, inevitable el choque ...

¡No pudo ser!
RIMA XLII
Cuando me lo contaron sentí el frío

de una hoja de acero en las entrañas,

me apoyé contra el muro, y un instante

la conciencia perdí de donde estaba.
Cayó sobre mi espíritu la noche,

en ira y en piedad se anegó el alma,

¡Y se me revelo por qué se llora,

Y comprendí una vez por qué se mata!
Pasó la nube de dolor..., con pena

logré balbucear breves palabras...

¿Quién me dio la noticia?... Un fiel amigo

¡Me hacia un gran favor!... Le di las gracias.
RIMA XLIII
Dejé la luz a un lado, y en el borde

de la revuelta cama me senté,

Mudo, sombrío, la pupila inmóvil

clavada en la pared.
¿Qué tiempo estuve así? No sé: al dejarme

la embriaguez horrible de dolor,

expiraba la luz y en mis balcones

reía el sol.
Ni sé tampoco en tan terribles horas

en qué pensaba o que pasó por mí;

solo recuerdo que lloré y maldije,

y que en aquella noche envejecí.
RIMA XLIV
Como en un libro abierto

leo de tus pupilas en el fondo;

¿a qué fingir el labio

risas que se desmienten con los ojos?

¡Llora! No te avergüences

de confesar que me quisiste un poco.

¡Llora! Nadie nos mira!

Ya ves: soy un hombre... ¡y también lloro!
RIMA XLV
En la clave del arco ruinoso

cuyas piedras el tiempo enrojeció,

obra de un cincel rudo campeaba

el gótico blasón.
Penacho de su yelmo de granito,

la yedra que colgaba en derredor

daba sombra al escudo en que una mano

tenía un corazón.
A contemplarle en la desierta plaza

nos paramos los dos:

Y, “ése, me dijo, es el cabal emblema

de mi constante amor”.
¡Ay!, y es verdad lo que me dijo entonces:

Verdad que el corazón

lo llevará en la mano..., en cualquier parte....

pero en el pecho, no.
RIMA XLVI
Tu aliento es el aliento de las flores,

tu voz es de los cisnes la armonía;

es tu mirada el esplendor del día,

y el color de la rosa es tu color.

Tú prestas nueva vida y esperanza

a un corazón para el amor ya muerto:

tú creces de mi vida en el desierto

como crece en un páramo la flor.
RIMA XLVII
Yo me he asomado a las profundas simas

de la tierra y del cielo

y les he visto el fin con los ojos

o con el pensamiento.
Mas, ¡ay! de un corazón llegué al abismo,

y me incliné por verlo,

y mi alma y mis ojos se turbaron:

¡tan hondo era y tan negro!

RIMA XLVIII
Alguna vez la encuentro por el mundo

y pasa junto a mí:

y pasa sonriéndose y yo digo

¿Cómo puede reír?
Luego asoma a mi labio otra sonrisa

máscara del dolor,

y entonces pienso: “¡Acaso ella se ríe,

como me río yo!”
RIMA ILIX
¿A qué me lo decís? Lo sé: es mudable,

es altanera y vana y caprichosa:

antes que el sentimiento de su alma

brotará el agua de la estéril roca.
Sé que en su corazón, nido de sierpes,

no hay una fibra que al amor responda;

que es una estatua inanimada...; pero...

¡es tan hermosa!
RIMA L
De lo poco de vida que me resta

diera con gusto los mejores años,

por saber lo que a otros

de mí has hablado.
Y esta vida mortal... y de la eterna

lo que me toque, si me toca algo,

por saber lo que a solas

de mí has pensado.
RIMA LI
Olas gigantes que os rompéis bramando

en las playas desiertas y remotas,

envuelto entre la sábana de espumas,

¡llevadme con vosotras!
Ráfagas de huracán que arrebatáis

del alto bosque las marchitas hojas,

arrastrado en el ciego torbellino,

¡llevadme con vosotras!
Nubes de tempestad que rompe el rayo

y en fuego encienden las sangrientas orlas,

arrebatado entre la niebla oscura,

¡llevadme con vosotras!
Llevadme por piedad a donde el vértigo

con la razón me arranque la memoria.

¡Por piedad!, ¡tengo miedo de quedarme

con mi dolor a solas!
RIMA LII
Volverán las oscuras golondrinas

en tu balcón sus nidos a colgar,

y otra vez con el ala a sus cristales

jugando llamarán.
Pero aquellas que el vuelo refrenaban

tu hermosura y mi dicha a contemplar,

aquellas que aprendieron nuestros nombres,

ésas... ¡no volverán!
Volverán las tupidas madreselvas

de tu jardín las tapias a escalar

y otra vez a la tarde aún más hermosas

sus flores se abrirán.
Pero aquellas cuajadas de rocío

cuyas gotas mirábamos temblar

y caer como lágrimas del día....

ésas... ¡no volverán!
Volverán del amor en tus oídos

las palabras ardientes a sonar,

tu corazón de su profundo sueño

tal vez despertará.
Pero mudo y absorto y de rodillas,

como se adora a Dios ante su altar,

como yo te he querido..., desengáñate,

¡así no te querrán!


RIMA LIII
Cuando volvemos las fugaces horas

del pasado a evocar,

temblando brilla en sus pestañas negras

una lágrima pronta a resbalar.

Y al fin resbala y cae como gota

del rocío al pensar

que cual hoy por ayer, por hoy mañana

volveremos los dos a suspirar.
RIMA LIV
Entre el discorde estruendo de la orgía

acarició mi oído,

como nota de lejana música,

el eco de un suspiro.
El eco de un suspiro que conozco,

formado de un aliento que he bebido,

perfume de una flor que oculta crece

en un claustro sombrío.
Mi adorada de un día, cariñosa,

“¿en qué piensas ?”, me dijo:

“En nada...” “¿En nada, y lloras?” “Es que tengo

alegre la tristeza y triste el vino”.
RIMA LV
Hoy como ayer, mañana como hoy

¡y siempre igual!

Un cielo gris, un horizonte eterno

y andar..., andar.
Moviéndose a compás como una estúpida

máquina, el corazón;

la torpe inteligencia del cerebro

dormida en un rincón.
El alma, que ambiciona un paraíso,

buscándole sin fe;

fatiga sin objeto, ola que rueda

ignorando por qué.
Voz que incesante con el mismo tono

canta el mismo cantar;

gota de agua monótona que cae,

y cae sin cesar.
Así van deslizándose los días

unos de otros en pos,

hoy lo mismo que ayer..., y todos ellos

sin goce ni dolor.
¡Ay!, ¡a veces me acuerdo suspirando

del antiguo sufrir...

Amargo es el dolor; ¡pero siquiera

padecer es vivir!
RIMA LVI
¿Quieres que de ese néctar delicioso

no te amargue la hez?

pues aspírale, acércale a tus labios

y déjale después.
¿Quieres que conservemos una dulce

memoria de este amor?

Pues amémonos hoy mucho y mañana

digámonos ¡adiós!
RIMA LVII
Yo sé cuál el objeto

de tus suspiros es;

yo conozco la causa de tu dulce

secreta languidez.

¿Te ríes?... Algún día

sabrás, niña, por qué:

tú lo sabes apenas

y yo lo sé.
Yo sé cuando tu sueñas,

y lo que en sueños ves;

como en un libro puedo lo que callas

en tu frente leer.

¿Te ríes?... Algún día

sabrás, niña, por qué:

tú lo sabes apenas

y yo lo sé.
Yo sé por qué sonríes

y lloras a la vez.

yo penetro en los senos misteriosos

de tu alma de mujer.

¿Te ríes?... Algún día

sabrás, niña, por qué:

mientras tu sientes mucho y nada sabes,

yo que no siento ya, todo lo sé.

RIMA LVIII
Al ver mis horas de fiebre

e insomnio lentas pasar,

a la orilla de mi lecho,

¿quién se sentará?
Cuando la trémula mano

tienda próximo a expirar

buscando una mano amiga,

¿quién la estrechará?
Cuando la muerte vidríe

de mis ojos el cristal,

mis párpados aún abiertos,

¿quién los cerrará?
Cuando la campana suene

(si suena en mi funeral),

una oración al oírla,

¿quién murmurará?
Cuando mis pálidos restos

oprima la tierra ya,

sobre la olvidada fosa.

¿quién vendar a llorar?
¿Quién en fin al otro día,

cuando el sol vuelva a brillar,

de que pasé por el mundo,

¿quién se acordará?

RIMA LIX
Me ha herido recatándose en las sombras,

sellando con un beso su traición.

Los brazos me echó al cuello y por la espalda

me partió a sangre fría el corazón.
Y ella impávida sigue su camino,

feliz, risueña, impávida, ¿y por qué?

porque no brota sangre de la herida...

¡porque el muerto esta en pie!
RIMA LX
Como se arranca el hierro de una herida

su amor de las entrañas me arranqué,

aunque sentí al hacerlo que la vida

me arrancaba con él!
Del altar que le alcé en el alma mía

la Voluntad su imagen arrojó,

y la luz de la fe que en ella ardía

ante el ara desierta se apagó.
Aún turbando en la noche el firme empeño

vive en la idea la visión tenaz...

¡Cuándo podré dormir con ese sueño

en que acaba el soñar!
RIMA LXI
Este armazón de huesos y pellejo

de pasear una cabeza loca

cansado se halla al fin, y no lo extraño;

pues, aunque es la verdad que no soy viejo,
de la parte de vida que me toca

en la vida del mundo, por mi daño

he hecho un uso tal, que juraría

que he condensado un siglo en cada día.
Así, aunque ahora muriera,

no podría decir que no he vivido;

que el sayo, al parecer nuevo por fuera,

conozco que por dentro ha envejecido.
Ha envejecido, sí, ¡pese a mi estrella!,

harto lo dice ya mi afán doliente;

que hay dolor que al pasar su horrible huella

graba en el corazón, si no en la frente.
RIMA LXII
Primero es un albor trémulo y vago,

raya de inquieta luz que corta el mar;

luego chispea y crece y se difunde

en ardiente explosión de claridad.
La brilladora lumbre es la alegría;

la temerosa sombra es el pesar;

¡Ay!, en la oscura noche de mi alma,

¿cuándo amanecerá?
RIMA LXIII
Como enjambre de abejas irritadas,

de un obscuro rincón de la memoria

salen a perseguirnos los recuerdos

de las pasadas horas.
Yo los quiero ahuyentar. ¡Esfuerzo tan inútil!

Me rodean, me acosan,

y unos tras otros a clavarme vienen

el agudo aguijón que el alma encona.
RIMA LXIV
Como guarda el avaro su tesoro,

guardaba mi dolor;

le quería probar que hay algo eterno

a la que eterno me juró su amor.
Mas hoy le llamo en vano y oigo al tiempo

que le agotó, decir:

“¡Ah, barro miserable, eternamente

no podrás ni aun sufrir!
RIMA LXV
Llegó la noche y no encontré un asilo,

¡y tuve sed...!, mis lágrimas bebí;

¡y tuve hambre! ¡Los hinchados ojos

cerré para morir!
¡Estaba en un desierto! Aunque a mi oído

de las turbas llegaba el ronco hervir,

yo era huérfano y pobre... ¡El mundo estaba

desierto... para mí!
RIMA LXVI
¿De dónde vengo...? El más horrible y áspero

de los senderos busca:

Las huellas de unos pies ensangrentados

sobre la roca dura,

los despojos de un alma hecha jirones

en las zarzas agudas,

te dirán el camino

que conduce a mi cuna.
¿A donde voy? El más sombrío y triste

de los páramos cruza,

valle de eternas nieves y de eternas

melancólicas brumas.
En donde esté una piedra solitaria

sin inscripción alguna,

donde habite el olvido,

allí estará mi tumba.
RIMA LXVII
¡Qué hermoso es ver el día

coronado de fuego levantarse,

y a su beso de lumbre

brillar las olas y encenderse el aire!
¡Qué hermoso es tras la lluvia

del triste otoño en la azulada tarde,

de las húmedas flores

el perfume beber hasta saciarse!
¡Qué hermoso es cuando en copos

la blanca nieve silenciosa cae,

de las inquietas llamas

ver las rojizas lenguas agitarse!
¡Qué hermoso es cuando hay sueño

dormir bien... y roncar como un sochantre...

y comer... y engordar... y qué desgracia

que esto solo no baste!
RIMA LXVIII
No sé lo que he soñado

en la noche pasada;

triste muy triste debió ser el sueño,

pues despierto la angustia me duraba.
Noté al incorporarme

húmeda la almohada,

y por primera vez sentí al notarlo

de un amargo placer henchirse el alma.
Triste cosa es el sueño

que llanto nos arranca,

mas tengo en mi tristeza una alegría...

sé que aún me quedan lágrimas.
RIMA LXIX
Al brillar un relámpago nacemos

y aún dura su fulgor cuando morimos;

tan corto es el vivir.
La gloria y el amor tras que corremos

sombras de un sueño son que perseguimos:

¡Despertar es morir!
RIMA LXX
¡Cuántas veces al pie de las musgosas

paredes que la guardan,

oí la esquila que al mediar la noche

a los maitines llama!
¡Cuántas veces trazo mi silueta

la luna plateada,

junto a la del ciprés que de su huerto

se asoma por las tapias!
Cuando en sombras la iglesia se envolvía,

de su ojiva calada,

¡cuántas veces temblar sobre los vidrios

vi el fulgor de la lámpara!
Aunque el viento en los ángulos oscuros
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