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II. La historia y la geografía




¿Sucedió realmente la guerra de Troya? Los griegos de la épo­ca clásica (500-323 a.C.) e incluso de la helenística (323-31 a.C.) y romana no tenían la menor duda sobre el emplaza­miento de Troya, a la que llamaban, como Homero, Ilión. Desde el siglo VIII se levantaba allí una ciudad griega que pa­só luego al patrimonio romano. La conocemos por descrip­ciones, inscripciones, testimonios arqueológicos y monedas. Según Estrabón, geógrafo contemporáneo de Virgilio y Au­gusto (siglo I a.C.), la Troya homérica se encontraba a pocos kilómetros del lugar. Se mostraba a los turistas la tumba de Aquiles e incluso un santuario consagrado a Héctor. Todavía en la época helenística se observaba una costumbre curiosa. Se decía que Casandra, hija del rey troyano Príamo, había sido violada sobre el altar de Atenea por el griego locrense Áyax, hijo de Oileo. Como penitencia, los locrenses (habitantes de la costa norte del golfo de Corinto) debían enviar cada año a dos niñas para servir como esclavas a Atenea Ilíade, la gran divinidad de la ciudad griega. El gran historiador italiano Arnaldo Momigliano decía con humor que esta costumbre era la única prueba de la guerra de Troya.

El Asia Menor se volvió turca y la colina donde se alzaba Ilión recibió el nombre de Hissarlik. Un comerciante ale­mán, Heinrich Schliemann, aficionado entusiasta y rico que había adquirido la ciudadanía norteamericana después de vender índigo en Rusia, decidió que resolvería este problema mediante excavaciones arqueológicas. Cavó durante tres años, y el 14 de julio de 1873, cuando estaba a punto de poner fin a la campaña, descubrió un objeto de oro y luego muchos más: diademas, aretes, sortijas y pulseras. Era el "Tesoro de Príamo". Poco después, engalanó a su esposa, que era griega, con "joyas de Hécuba" que los aqueos aparentemente habían olvidado en el lugar. Sophia Schliemann dio a luz a una Andrómaca en 1871 y a un Agamenón en 1878. Así se reconci­liaron los adversarios que se habían enfrentado en Troya. Du­rante algún tiempo, el tesoro de Príamo o de Hécuba quedó en Berlín. Desapareció desde 1945 hasta que los rusos revela­ron que ese botín de guerra se encontraba en Moscú. Pero no era el tesoro de Príamo.

La arqueología ha progresado desde los tiempos de Schlie­mann. Once "Troyas" se han sucedido en Hissarlik, de las cuales la octava es griega y la undécima, romana. La del "Te­soro de Príamo" es Troya II, que floreció en los Dardanelos en­tre el 2500 y el 2200 a.C., un milenio largo antes de la guerra de Troya, según la cronología de los antiguos. Para conocer una Troya que existiera en los siglos XIII o XII a.C. y fuera des­truida por los hombres es necesario estudiar las ruinas que los arqueólogos han bautizado Troya VII a una ciudad de escasa importancia, cuyos muros no hubieran resistido un asedio de diez años. Cuesta imaginar que los aqueos se coaligaran para apoderarse de un lugar tan poco imponente. Troya VI es la más atractiva, con murallas un poco más impresionantes (fígura 5). Desgraciadamente, esta ciudad no fue destruida por un asedio sino por un terremoto alrededor de 1275 a.C. Caso contrario, habría que caer en teorías absurdas: imaginar, por ejemplo, que Poseidón, el dios del mar llamado por los grie­gos "el estremecedor de la Tierra", destruyó la ciudad ¡y los si­tiadores le consagraron una ofrenda con forma de caballo!

Es imposible armonizar una epopeya con una excavación. Buscar la Troya de Homero en Troya es tan racional como creer que el cuerno de Rolando se encuentra en Roncesvalles. Quien quiera hacerse una imagen de la Troya homérica no debe viajar a la colina de Hissarlik. Las guías turísticas de Turquía reconocen que el lugar es decepcionante. Conviene más leer La Ilíada o contemplar una colección de vasijas grie­gas, en las que están representados muchos episodios de esa guerra legendaria.

Con todo, Heinrich Schliemman aún habría de asombrar e incluso maravillar al mundo. En 1876, descubrió en Micenas, al noreste del Peloponeso, un conjunto de sepulturas rea­les. Uno de los esqueletos llevaba una máscara de oro, que el excavador atribuyó inmediatamente a Agamenón. Y no de­moró en comunicar al rey de Grecia, Jorge I, que había halla­do la tumba de su predecesor Agamenón.

Nuevamente, igual que en el caso de Troya, las investiga­ciones realizadas durante más de un siglo, tanto en Micenas como en otros lugares del Peloponeso, Grecia central, Creta y otras islas, complicaron el panorama.

¿Cómo se representa hoy la evolución histórica de esas re­giones? Se sabe que a fines del tercer milenio antes de nues­tra era, entre el 2200 y el 2000, una nueva población invade Grecia. Habla una lengua de la cual derivará el griego. Bajo la influencia de la civilización "minoica" que se había desa­rrollado anteriormente en Creta, esta población forja una cultura que aparece a la luz alrededor del 1600. Se construyen fortalezas, se cavan tumbas reales —las descubiertas por Schliemann— y surge todo un arte: frescos, cerámicas, objetos de bronce y oro. Se trata de una civilización militar que con­trasta con la cretense, ya que en ésta no había ciudades ni pa­lacios amurallados. Hacia el 1300 aparecen tumbas reales monumentales con forma de colmena, como el "Tesoro de Atreo" en Micenas; tumbas que se encuentran en muchos lu­gares de Grecia, incluso, por ejemplo, en Cefalenia, en el rei­no de Ulises. Los modernos suelen identificar esas tumbas reales con la presencia de una nueva dinastía, la de los Átridas, cuyo personaje más conocido es Agamenón, comandante de la expedición a Troya según La Ilíada y La Odisea.

Esta civilización (a la que se ha denominado "micénica") desapareció alrededor del 1200 a.C. durante la gran crisis que sacudió el Mediterráneo oriental y que se conoce en docu­mentos egipcios como la invasión de los "pueblos del mar". Así, por ejemplo, desembarcan en lo que más adelante será Palestina unos hombres aparentemente oriundos de Creta llamados filisteos.

Cuando digo que esta civilización "desapareció", no me refiero a los hombres sino a las estructuras económicas y sociales. En el centro de cada lugar de la civilización micéni­ca había un palacio gobernado por un soberano (en griego, ouanax), asistido tal vez por un jefe de guerreros. La autoridad del soberano era absoluta, incluso en lo religioso. Controlaba los recursos agrícolas y el ganado de la región, y disponía de las armas y los carros de guerra. Esas estructuras eran frágiles porque carecían de los recursos de espacio y agua que permi­tieron que la civilización egipcia perdurara durante varios mi­lenios. Así lo demuestra, por ejemplo, el carácter monumen­tal de las tumbas de Micenas, más parecidas a las pirámides que a las necrópolis de la Grecia arcaica y clásica. Apenas en el siglo IV antes de nuestra era reaparecerán en regiones mar­ginales con respecto al mundo de las ciudades griegas los mo­numentos fúnebres de enormes dimensiones, como la tumba del rey Mausolo (el "Mausoleo") en Halicarnaso, Asia Me­nor, y la necrópolis real de Vergina en Macedonia.

¿Es ese mundo micénico el que describe Homero? La Troya de Príamo, la Pilos de Néstor, la Esparta de Menelao, la Micenas de Agamenón, la Ítaca de Ulises, ¿constituyen la reali­dad del segundo milenio? Los estudiosos no se ponen de acuerdo. Daré mi opinión con la mayor claridad posible.

Veamos, por ejemplo, el Cantar de Rolando. No cabe duda de que su autor —de quien sólo sabemos que tal vez se llamaba Turoldo— creía describir el mundo de Carlomagno, pero no es así: sus guerreros se parecen a los del mundo feudal y, para colmo, el poeta deja volar su imaginación.

Sin duda, el Homero autor de La Ilíada, como el de La Odisea, quería representar una sociedad muy antigua. La gran mayoría de los lugares que menciona se encuentran en Gre­cia propiamente dicha o en las islas, incluida Creta, que para él es un mundo distinto, misterioso. Muchos corresponden a lugares donde los arqueólogos han encontrado sitios "micénicos". Algunos sostienen que el "catálogo de las naves" en el canto II de La Ilíada era una suerte de carta geográfica del mundo micénico, lo cual es muy dudoso. Es notable que la Grecia asiática, la patria de Homero, está prácticamente au­sente de La Ilíada. El valle del Caistro sólo aparece en una magnífica imagen:
Y cual en raudo vuelo las bandadas

de chilladoras aves, como grullas, gansos

o cisnes de alongado cuello, en la

verde pradera que a la orilla se

extiende del Caistro por el aire

discurren bulliciosas, y las alas

tienden alegres y con gran ruido, al

fin se posan y retumba el prado...
Mileto, el valle del Meandro y el monte Mícale, que apare­cen desde la ribera de Samos como el frontón de un templo, están presentes en el canto II de La Ilíada, pero como un país "de los carios", cuyos guerreros combaten con los troyanos. La isla de Samos es una mera referencia geográfica, un lugar donde se posa Iris, la mensajera de los dioses, y donde se pue­den vender los prisioneros como esclavos. Esmirna y Quíos están ausentes de la geografía homérica.

Pero el hecho de que Homero haya querido evocar la Gre­cia micénica no significa que la haya descrito. Falta nada menos que la escritura de los escribas y toda la sociedad que ella implica: una sociedad dominada por el palacio del rey. Por cierto, Agamenón es el rey de reyes y Ulises es el rey de Ítaca y algunas islas vecinas, pero en modo alguno son sobe­ranos absolutos. Agamenón no toma decisiones sin reunir la asamblea de los guerreros y el consejo de los reyes. Tanto Alcínoo, rey de los feacios, como Príamo convocan a sus alia­dos. ¿Qué se puede decir del bando aqueo de esta sociedad? Sólo tenemos el cuadro de un ejército en campaña, lejos de las esposas y los hijos, como Telémaco, hijo de Ulises, men­cionado dos veces en La Ilíada y uno de los protagonistas de La Odisea. En el bando aqueo hay un solo anciano, Néstor; los demás, como Peleo, padre de Aquiles, y Laertes, padre de Ulises, están muy lejos. En la época de Homero, hombre de la edad de hierro, un ejército vestido de bronce tendría un aspecto exótico. Pero era en gran medida un ejército imaginario, tanto como el muro construido por los aqueos para proteger sus naves, del cual Homero aclara que desapa­reció por completo. En cuanto a los campesinos, se los men­ciona en La Ilíada, pero solamente en las comparaciones. Nada dice el poema sobre el clima salvo en algunas compa­raciones o, como en el canto XII, en un relato referido a otros tiempos; en el canto XXI se desborda el río Escamandro, pero no porque llueve sino porque intenta ahogar a Aquiles. Una vez más, son las comparaciones, no la narración épica, las que abren una ventana al mundo "real".

No obstante, falta decir que algunos objetos descritos por Homero ya habían desaparecido, según los arqueólogos, en la época en que compuso sus poemas. El ejemplo más notable es el casco que el cretense Meriones coloca sobre la cabeza de Ulises, en el canto X de La Ilíada:
Le puso en la cabeza un yelmo

con las pieles fabricado de

un jabalí. Por dentro revestido

todo estaba con sólidas correas

y por fuera aún los blancos dientes

del animal tenía al duro casco bien ajustados.
En las excavaciones de monumentos de la época micénica se han hallado esa clase de objetos, sean cascos o modelos redu­cidos. ¿Los conoció el poeta, quien destaca la antigüedad de esos objetos, puesto que según él cuatro personajes los habían utilizado antes de Meriones? Es difícil saberlo. Evidentemente, se podría decir que los conoció gracias a la tradición oral, pero no siempre se puede formular esa hipótesis. En el canto XVIII de La Ilíada, Homero describe largamente el escudo forjado por el dios herrero Hefesto para Aquiles. Un objeto de ese género, en el cual aparecen a la vez el mundo entero y dos ciudades muy distintas, jamás ha existido y sería vano imaginar que el poeta se hubiera inspirado en algún modelo.

La Odisea presenta problemas muy complejos. Desde la an­tigüedad se identifica la isla de los feacios como Corcira, la actual Corfú, una de las islas jónicas al oeste de Grecia. En 1797, cuando se apoderó de Corfú, que pertenecía a la Repú­blica de Venecia, Napoleón dijo que "la isla de Corcira era, según Homero, la patria de la princesa Nausícaa" y añadió que el arcipreste local, al recibir al oficial francés que coman­daba las tropas de desembarco, le entregó solemnemente un ejemplar de La Odisea.

Ya en la antigüedad se consideraba que las escalas del via­je de Ulises desde Troya hasta la isla de los feacios (el mundo de la narración) eran en gran medida legendarias. ¿Qué suce­de hoy? Muchos estudiosos se han esforzado por identificar hasta el último peñasco por donde pasó Ulises en su viaje de regreso entre Troya e Ítaca. Un erudito francés, Victor Bérard, que además fue político, tradujo La Odisea y trató de de­mostrar que detrás del poema se podía adivinar un documen­to fenicio —pueblo que habitaba las costas de las actuales Siria y Líbano—, y que cada escala del viaje correspondía a un lu­gar geográfico hallable en un mapa. El resultado más concreto de esta investigación es un cúmulo de fotografías que nos dan a conocer muchos sitios mediterráneos dignos de admi­ración, pero que ni Ulises ni el poeta de La Odisea jamás vi­sitaron.

Para colmo de complicaciones, La Odisea contiene mu­chos relatos directos de viajes narrados por el poeta y otros indirectos, cuando un personaje toma la palabra. Son direc­tos los viajes del mismo Ulises entre la isla de Calipso y la de los feacios, y entre ésta e Ítaca. También lo es el viaje de su hijo Telémaco de Ítaca a Pilos y Lacedemonia, así como el re­greso a la primera. Es indirecto el relato que hace Ulises en el palacio de Alcínoo de sus viajes entre Troya y la isla de Ca­lipso. A éstos se suman el relato de Menelao de su viaje a Egipto, donde el mago Proteo le revela el paradero de Ulises y conoce también la suerte lamentable de Agamenón, asesi­nado a su regreso por su esposa y el amante de ésta, Egisto, así como la de Áyax hijo de Oileo, arrojado al agua por Poseidón. A todo esto se agregan los relatos, teóricamente mentirosos, de Ulises convertido en cretense, quien narra a Eumeo, el porquerizo de Ítaca, sus aventuras en Creta, en la Tróade, en Egipto y Libia, así como en Epiro; también los relata a Penélope antes de darse a conocer. Por no hablar del mismo Eumeo, quien tiene sus propias aventuras en las cuales los feni­cios cumplen un papel importante.

Así como no es historiador, Homero tampoco es geógrafo, aunque se han realizado importantes esfuerzos, tanto en la an­tigüedad como en nuestros días, para reconstruir el mundo imaginado por él. La Odisea no abunda en referencias topográficas. Con todo, sitúa el país de los muertos en el norte, un lu­gar frío, lo cual es lo más natural para un autor mediterráneo.

En mi opinión, no se puede explicar La Odisea formulan­do preguntas de este género. La verdad es que existe un mun­do que, a los ojos de Homero, es real. El signo que denota su "realidad" es el hecho de que los hombres cultivan la tierra y que ésta produce trigo para amasar el pan. Sin duda, Ítaca pertenece al mundo de los hombres. La gran mayoría de los estudiosos la identifican con la isla jónica de Thiaki, cuyo nombre oficial es Ítaca. Allí se encuentra un antiguo culto del héroe Ulises y se ha descubierto una gruta donde se con­servaban numerosos trípodes de bronce. Con todo, los habi­tantes de la vecina Cefalenia, que formaba parte del reino homérico de Ulises, libran una campaña encarnizada para ex­plicar que sólo su isla, por su extensión, paisajes y belleza, es digna de haber sido la Ítaca de Homero.

Telémaco viaja solamente por un mundo "real". De Ítaca viaja a Pilos, donde reina el anciano Néstor, y luego a Esparta, donde los reyes son Menelao y la siempre bella Helena. Durante el viaje de regreso, Menelao y Helena se habían de­tenido en Egipto. Es un país "real" porque la tierra produce trigo, pero también un lugar de magia. Menelao ha obligado a hablar al brujo Proteo, que se había transformado en foca, y Helena ha traído de allí un medicamento eficaz contra el insomnio. Cuando Ulises, haciéndose pasar por cretense, re­lata sus aventuras en Creta, la Tróade, Egipto y Epiro, se ins­pira en un mundo "real".

¿Existe en el mundo de los viajes relatados por Ulises a los feacios un poco de lo que el poeta Jacques Prévert llamaba "atroces grajeas de la realidad"? Troya, el punto de partida, está concebida como algo "real", así como el pueblo de los ciconios, en Tracia, con los cuales combate Ulises y donde reco­ge el vino con el que embriagará al cíclope. A continuación, Ulises navega a lo largo de la costa oriental de Grecia. Después de doblar el cabo Malea, en el extremo austral del Peloponeso, lo alcanza una tempestad y pasa de largo de la isla de Citera. El huracán, que dura diez días, lo arroja a un mundo totalmente distinto, el de la fábula, el de la inhumanidad.

El cultivo del trigo es un criterio absoluto. Las otras dos plantas de lo que se ha dado en llamar la trilogía mediterrá­nea, la viña y el olivo, pueden estar presentes en el mundo sal­vaje, pero no el trigo. Al analizar las etapas del viaje se cons­tata que Ulises conoce personajes por encima, por aparte de la humanidad, y por fuera de la humanidad viva y mortal.

Aparte de las sirenas y de su canto fatal, del que ya he ha­blado, Circe y Calipso son diosas que comparten su lecho con Ulises. Circe es una maga que transforma a los compañeros de Ulises en cerdos (figura 32). Advertido por el dios Hermes, Ulises evita esa suerte, recupera a sus camaradas y obtiene de la diosa buenos consejos para su viaje (figura 31). Calipso le ofrece, aparte de su lecho, lo que podríamos llamar la naturaliza­ción divina. Ulises la rechaza, opta por recuperar a Penélope, por seguir siendo hombre. Esa elección de humanidad es lo que da sentido a todo el poema. Una sola de esas divinidades es masculina: Eolo, amo de los vientos, que los encierra en un odre. Los compañeros de Ulises cometen la imprudencia fa­tal de abrirlo cuando habían avistado Ítaca. Eolo está casado. Tiene seis hijos y otras tantas hijas. Cada uno de sus hijos es­tá casado con una hermana. Entre los hombres, eso se llama incesto, pero nos encontramos en el mundo de los dioses.

También son inmortales las vacas del Sol, animales divi­nos que los compañeros de Ulises descuartizan y cuecen. Pa­garán ese crimen con sus vidas, sólo Ulises sobrevivirá.

Después de la tormenta, Ulises desembarca en el país de los lotófagos, los comedores de loto. Se trata de un fruto que anula la memoria y el deseo de regresar al hogar. La memoria es propia del hombre, Ulises no come lotos.

El cíclope Polifemo es un caníbal, devorador de hombres. Come crudos a varios compañeros de Ulises y sólo lo vence la ebriedad. Sin duda, es un monstruo con un solo ojo, pero lo más importante es que los cíclopes no conocen ni la agri­cultura ni la vida en sociedad. Son criadores nómades, pasto­res. Los lestrigones también son caníbales, pescadores que atrapan a los compañeros de Ulises tal como los griegos, italianos y árabes recogen el atún, entre las mallas de un cerco de redes. Finalmente, Caribdis y Escila, consideradas desde antiguo representantes del estrecho de Messina entre Sicilia y Calabria, la puntera de la bota italiana —una aldea calabresa actual se llama Sicilia—, también son monstruos que devo­ran hombres cuando se les presenta la oportunidad.

Aparte de la humanidad están los muertos, a los que llega Ulises luego de sacrificar una oveja negra. Los muertos no comen pan sino que beben sangre. En ese país, Ulises habla con Tiresias, quien le anuncia sus viajes futuros; también con la sombra impalpable de su madre y las de sus camaradas de ar­mas, así como las de varias mujeres ilustres. Sin duda, es el momento del viaje cuando Ulises está más lejos de la huma­nidad, porque es cuando está más lejos de la vida.

Entre los dioses, los monstruos, los muertos y los países de los hombres "comedores de pan" aparecen personajes inter­mediarios, los habitantes de la isla de los feacios. Son hom­bres, poseen la viña, el olivo y el trigo, pero los dioses frecuen­tan su mesa y en otro tiempo han sido vecinos de los cíclopes. Son navegantes profesionales, pero hacen alarde de desprecio hacia los mercaderes. Viven en fiestas perpetuas como los pre­tendientes instalados en el palacio de Ulises en Ítaca.

Autores posteriores han descrito a Ulises como navegante. Así lo ve Dante en el infierno y el escritor griego Kazantzakis en su continuación de La Odisea. Desde muy antiguo, los ha­bitantes griegos o bárbaros de Italia lo convirtieron en uno de sus héroes. Por ejemplo, cumple un papel muy importante en­tre los etruscos, habitantes de lo que hoy llamamos la Toscana. En pocas palabras, se lo considera un intermediario, y eso es lo que nos transmiten los relatos y leyendas de La Odisea. Ahora bien, el Ulises de Homero no navega ni explora sino por fuerza de las circunstancias. El adivino Tiresias le dice en el In­fierno que encontrará la muerte —una muerte lejos del mar, una muerte muy dulce— tras un último viaje, cuando un hombre se cruce con él y al ver un remo sobre su hombro le pregunte por qué carga una pala para trillar el grano. Es la señal de que su des­tino no está ligado al mar sino a la tierra "proveedora de trigo".
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