Pregón de la Semana Santa de Zamora, en Madrid. Año 1960






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fecha de publicación07.09.2015
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www.lapasiondezamora.com – La Pasión de Zamora

FEDERICO ACOSTA NORIEGA | Pregonero de la fe

Callejear por la calle Santa Clara era una costumbre cotidiana que Federico Acosta Noriega disfrutaba en compañía de sus amigos más íntimos, comentando las cosas más normales, comunes y sencillas, pero encontrando en todas ellas tema de charla amena y hasta en ocasiones profunda. Acosta era un costumbrista, un observador de la ciudad, de sus rincones, de sus gentes. Los paseos le permitían estar en contacto con las pequeñas cosas que luego, eran los temas que desarrollaba en sus conocidos “Tres minutos ante el micrófono” de Radio Zamora, un programa muy escuchado y en el que no podía disimular su gracejo andaluz y su sentido del humor.

Gran capacidad la de Acosta en sacar punta al lápiz de los aspectos más banales o intrascendentes de la vida. Tenía chispa e imaginación. Unas características que cuando se acercaba la Semana Santa se transformaban en una fe de fuego y una emotiva devoción. Cuando Acosta se quedaba a solas con su pensamiento y daba rienda suelta a los latidos de su corazón aparecía el escritor de prosa apasionada, el poeta de lírica acompasada, sonora y consonante y el hombre sensible capaz de sumirse en un misticismo impresionante.

La sobriedad de las calles zamoranas, el misterio de las luces y las sombras de las procesiones, las escenas de los pasos de la pasión, las músicas tristes de las orquestas, los sordos impactos del Merlú y el repiqueteo de las campanas del barandales, fueron el marco de inspiración de Federico Acosta que se encendía al escrutar las caras de sufrimiento de los Cristos y los gestos de dolor de las Vírgenes.

Era la Semana Santa de Zamora la que con su magia transformaba al hombre en poeta, lo humilde en épico, las estatuas en almas, la tierra en cielo y la muerte en vida. Cuanto más se lee la obra literaria mística de Acosta, más matices se encuentran de su vibrante emotividad.

Sus pregones constituyen una catarata de sentimientos que combinan su admiración por Zamora con el recuerdo de la Pasión. Una elocuente prosa salpicada de versos sentidos que alcanzan en los sonetos una sonoridad especial.

Pregonero habitual de las costumbres zamoranas, Acosta en Semana Santa se transformaba en el místico pregonero de la fe.


Pregón de la Semana Santa de Zamora, en Madrid. Año 1960
Excmo. , y Reverendísimo señor, señoras, señores y amigos míos:

Cuando el Secretario de la Casa de Zamora en Madrid, mi compañero como militar Sr.Chimeno, me visitaba en mi Juzgado de Zamora, para ofrecerme el puesto de Pregonero de la Semana Santa Zamorana en Madrid, no le oculté que me halagaba la idea, aunque era algo insospechado para mí, pues nunca pensé alcanzar tal distinción.

Ser pregonero de la Semana Santa zamorana es un honor difícil de alcanzar. Ser portador de la pieza más sentimental del corazón colectivo zamorano, para ofrecerla abierta de par en par a todo el mundo, era como el cargo simbólico de tesorero de los sentimientos zamoranos y de guardián del joyero más místico que darse puede, de un pueblo repleto de tradición cristiana, de historia gloriosa y de leyendas sublimes.

Nadie mejor que yo, sabe de la humildad de mi inteligencia, de mis escasas virtudes y de mis pocos méritos. Por eso sabía que iba a cometer un fraude, que no era digno del honor que se me otorgaba y de lo difícil que me iba a ser cumplir con tal misión; pero yo quería en mi egoísmo humano, tener una ocasión de devolver a Zamora los muchos afectos que le debo; quería darle lo único que podía, a quien tanto me dio, mi corazón, y eso os traigo. Es un corazón andaluz, que nació entre los olivares de Jaén, los mismos olivares que pisaron los caballeros zamoranos cuando iban a la conquista de Almería, un corazón que siente la alegría de ser cristiano, y que hace muchos años es por propia voluntad prisionero de Zamora.

Yo me alegro en estos momentos, por vosotros mismos, de no ser zamorano; porque si lo fuera, muchos pensarían que me cegaba el amor a la patria chica, que era un testigo con tacha al hablar de la esplendidez de la Semana Santa zamorana y que mi expresión había de estar necesariamente ligada a los intereses locales, y así estoy libre de todo prejuicio materialista, y a mi testimonio de testigo idóneo, se une el de poeta libre, que sólo se deja cautivar por la belleza y por los sentimientos; aunque esto presenta también el grave inconeniente de que por no ser zamorano yo no pueda decir cómo es vuestra Semana Santa, sino tan sólo cómo yo la veo.

Vosotros, mis zamoranos, de la Zamora de mis versos, perdonad a este aventurero, la osadía de comparecer en este acto, y que halle una vez más mi audacia, vuestra hidalga misericordia.

Si todo ocupa un lugar en el espacio; si toda arquitectura necesita de un cimiento en que apoyar, si toda representación dramática necesita un escenario; para poder levantar nuestro telón de la Semana Santa Zamorana, hemos de darle base, solar y escena, porque precisamente el marco en que se encuadre, han de resultar sus efectos.

Las Semanas Santas españolas, no son producto de la improvisación; es necesario formar el espíritu de sus hombres, dotar de vida a las Cofradías, y adquirir el tesoro artístico de los desfiles procesionales y eso no es un instante; eso es labor de años y forja de tradiciones.

Por eso no podemos, si queremos hallar la verdadera esencia de la Semana Santa zamorana, prescindir de Zamora misma.

Zamora es la bien cercada. Lo ha proclamado a los cuatro vientos el romancero, y es la bien cercada, no porque resistiera durante siete meses los embates de Sancho el Fuerte, y de las mesnadas del Cid; no porque ante ellas se estrellaran las incursiones sarracenas; sino porque como había de proclamar Pío XII, era la frontera de la fe. Zamora, fue muchos años la avanzadilla de Covadonga. Su importancia estratégica no venía de sus doradas murallas de granito, venía de su cimentada fe religiosa.

Por eso cuando el pueblo en el siglo XII se amotina contra los nobles en la revuelta del «Motín de la Trucha» y el pueblo quema a los nobles en la iglesia de San Román y huye el pueblo camino de tierras portuguesas, el Rey Fernando II de León, tiene que perdonar al pueblo para conservar la plaza, porque la importancia estratégica del anillo de piedra de sus murallas, era nulo sin los corazones zamoranos donde había anidado la fe cristiana. Murallas si, pero de fe y Zamora frontera de la fe, resiste al Reino musulmán de Badajoz y a todas las incursiones sarracenas. Zamora es en su tradición fuente de fe.

La geografía no quiere desdecir a la Historia y la brillante serpentina del Duero, que besa los heroicos muros de Zamora, va dividiendo su tierra, en las tierras del Pan y del Vino, de las dos sustancias que todos los días se transforman en el Milagro Eterno de la Eucaristía, que había de ser fundado por el mismo Cristo en el primer jueves Santo de la Historia del mundo. Por eso Zamora, en el oro de sus espigas y en la verde esperanza de sus vides, es la promesa de un Jueves Santo. Zamora es Pasión.

Pero Zamora no sólo es Hostia y Geografía, es también vida, y hay que verla penitente, levantando la Iglesia de Santa María la Nueva con un altar de plata para pagar su pecado del «Motín de la Trucha», y hay que verla pobre frente a las demás provincias hermanas, ofreciendo sin embargo el sacrificio de sus tierras a la inundación con hermandad sublime en holocausto del progreso de las demás y cuando por los muchos pecados de nuestra época actual, llena de molicie materialismo y falta de caridad, se indigna el Padre Eterno, para hacer sentir su poder y su advertencia, hace crujir las montañas de la Sanabria, y descender desde su cumbre en tromba apocalíptica el torrente desbordado de las aguas, para sepultar un Ribadelago en el Mar de Castilla, y que tenga realidad la leyenda de que un pueblo fue sepultado en sus aguas, Dios elige para ello la tierra zamorana, porque Zamora es la tierra de sacrificio y penitencia.

Zamora es tierra de fe. Zamora es tierra de Pasión. Y Zamora es tierra de Penitencia. Con estos colores espirituales, heredados por todos sus hombres, poco podía hacerle falta para ser base de una Semana Santa grandiosa; pero aún más, su Historia y su progreso, han dividido la topografía urbana en dos zonas y por eso puede presentar el paso de sus Cristos por calles tortuosas y viejas con la misma propiedad que el desfile de Cristo por las calles de Jerusalén o convertirlas en modernas procesiones en cualquiera de sus avenidas principales.

Esta dualidad de escenarios, dan a la Semana Santa Zamorana dos notas escenciales: Tipismo y Grandiosidad, que difícilmente suelen hallarse reunidas.

Nuestra Semana Santa Zamorana – y perdone que también la llame mía – que por ser zamorana había de ser fe, pasión y penitencia, necesitaba de un corazón, un corazón que no podía ser fisiológico, sino espiritual; pero que por un contrasentido, había de latir de manera vibrante. Su latido está en las campanas del Barandales; en esas campanas que marcan el unísono vibrar de los corazones zamoranos.

Campanas del Barandales…
latido de corazones
yo siento que tú me llamas
con el grito de tus bronces.

Ya está el Barandales en las rúas. La Semana Santa zamorana ya tiene corazón.

Desfiles procesionales
me anuncias con tu tañido,
que mi corazón ha oído
tus campanas, Barandales


Las campanas del Barandales nos han abierto la Semana Santa. Es Domingo de Ramos. Es fácil adivinarlo, al encontrar a los chiquillos con el ramo o la palma. Seguid a cualquiera si queréis saber el lugar de donde ha de partir la procesión.

Es el día de los chiquillos, que van a recibir a Jesús en su triunfal entrada. Son chiquillos sí, porque chiquillos fueron los que en las calles de Jerusalén gritaban: ¡Hosanna al Hijo de David!

En cualquier calle podéis encontraros con Jesús que viene de Betania, y llega a Jerusalén montado en la borriquita; “La Borriquita” así se llama en zamorano al paso de Trapero que personifica la triunfal entrada de Jesús montado en la borriquita. Con Él vienen dos hombres levantando sus palmas; detrás una mujer con un chiquillo en brazos, y dos traviesos muchachos de Jerusalén juegan con el asno que sigue a la borriquita. Chiquillos, muchos chiquillos con túnicas hebreas rodean el paso y luego en dos interminables filas de ordenado desorden , todos los chiquillos de Zamora con sus palmas y ramos. Dejad que los niños se acerquen a mí, y los de Zamora se han acercado todos.

Tienen derecho a la alegría de su procesión, porque los niños de Jerusalén no gritaron «Crucificadlo». Inocentes y puros tienen entrada en el Reino de los Cielos. Cuantos habrán dicho ese día a su madre:

Ponme madre el traje nuevo
que hoy es Domingo de Ramos
y van con «la borriquita»
los chiquillos zamoranos.

Y Dios los quiere muy limpios
y Dios los quiere muy guapos,
y dame madre la palma,
que hoy es Domingo de Ramos.


La fugaz alegría del Domingo de Ramos pasa pronto, el Lunes ya no la verás; pero, venid conmigo, al ponerse el Sol a la calle de Calvo Sotelo; mirad a Poniente, donde el Sol, funde el rojo en morado en un crepúsculo que jamás copiarán los pinceles de los artistas, porque el cielo de Castilla en su ocaso es inimitable.

No os preocupen esos hombres que pasan por la calle, como ocultando algo entre sus ropas; son hermanos de la Cofradía de los Ex combatientes, que van a buscar su procesión a San Lázaro. Yo os podía contar sus historias, porque las conozco todas. Son soldados de España. Ellos se llaman a si mismos ex combatientes; pero no lo son; hoy son también milicia; pero de Dios.

No tengo tiempo de contaros sus historias porque ha caído la noche y ya viene su procesión. Sus túnicas negras y sus altos caperuces negros, juegan el juego de las sombras con las capas blancas. No es la Cruz Laureada de San Fernando, lo que llevan sobre su corazón, son cuatro cruces con la orla de una corona de espinas. Puede ser que bajo sus túnicas lleven cruces: son soldados de España, oficiales estampillados, cruzados de Rusia. Soldados de España ayer, soldados de Cristo hoy. Esos más pequeños son sus hijos, los que han de heredarlos en la Fe de Cristo y en el Honor de España.

Ya vienen las siete banderas de las siete palabras:
Esa es la bandera del Amor: Padre, perdónalos.
Esa es la de La Esperanza: Hoy estarás conmigo en el Paraíso.
Esta es la Bandera Imperial: Mujer este es tu Hijo.
Este es el estandarte del Dolor: Señor, ¿por qué me has abandonado?
Otro estandarte: Sitio. Sed. La Sed de Cristo, aún más intensa que la nuestra en las jornadas de Brunete o en la batalla de la Alfambra.
Consumatum est. El estandarte de la Victoria, porque por el Dolor de Cristo se forjó la Victoria de la Redención.
Y en tus manos mi espíritu… Es la última bandera la de la entrega a Dios, por eso los cruzados de ayer, son los penitentes de hoy.

Mira la despedida de la Virgen. Fíjate en la cara de la Virgen. En ella esculpió Pérez Comendador, la alegría del encuentro y el dolor de la despedida; y en el rostro de Cristo, la serenidad del sacrificio.

Y ahora mira el Cristo de Ex combatientes, es Nuestro Padre Jesús en su Tercera Caída. Un artista vizcaíno – Quintín de la Torre – quiso tallarlo así: caído en el suelo, abrumado de la postura, levanta y contorsiona su cerviz violentamente para mirar al cielo. Dejadme que le hable, porque es mi Cristo de los Ex comatientes:

El peso de la Cruz te arroja al suelo
y erguida tu cerviz contorsionada,
hacia el Cielo dirige la mirada,
enseñando a caer mirando al Cielo.

Tercera vez, del Gólgota en camino
el peso de la Cruz te ha derribado;
levantar y caer me has enseñado
y volver a seguir rumbo al destino.

El Camino y Verdad que da la Vida,
el que enseña a morir a los creyentes
buscando en los Cielos permanentes
el lucero de guardia preferida.

Este es el Cristo Dios de Ex combatientes,
Nuestro Padre Jesús de la Caída.


Tal vez os ha dicho alguien , que el cielo zamorano no es azul, porque lo haya visto un día matizado con el gris perla de las nubes, pero estoy seguro que ese alguien os afirmará, que las noches castellanas de Zamora, tienen un encanto azul que difícilmente se halla en otros cielos.

Yo quiero demostrarlo en una noche de Martes Santo. Venid conmigo al río, al Puente de Piedra, al viejo y al románico puente. Mirad al cielo y veréis una estrella refulgente, más brillante que todas. Yo la conozco, porque la he visto muchas noches. Es la refulgente Sirio. ¿La véis? Es de plata azul. Cada vez que titila, desprende una lágrima de plata azul que parece caer en el río. Mirad al río y lo veréis azul en plena noche, porque el metálico brillo de las ondas de su corriente, es la lágrima azul que se desprendió de Sirio.

Este es el mágico escenario a que os he traído para que podáis admirar la procesión del Vía Crucis.

Yo dije un día, que el Duero se sentía Guadalquivir y San Frontis, Triana. Si me lo negáis, mirad al puente de piedra que va a pasar la procesión. Allí nazareno de blanco sayal y caperuz morado, estandartes morados, y un Cristo con la Cruz a cuestas, es el Cristo de San Frontis. ¿No veis cómo los faroles, que llevan los hermanos, se besan al cruzar el puente? ¿Veis el río? ¿No veis las estalacmitas de luz que riza la corriente? Arriba capiruchos negros, abajo capiruchos de luz. Una saeta de luz que nace en la sinfonía de los faroles. Las orillas del río se bordan de zamoranos para ver cruzar la procesión por el viejo puente; allí está Zamora entera. Detrás del Cristo marcha la Virgen de la Esperanza, la misma Virgen de los Trianeros, quizá la Virgen de los andaluces; por eso me entran ganas de rezar como rezan los poetas, y como vosotros los zamoranos estáis junto a la orilla, quiero rezar también por vosotros:

Mira a tus pies, Magnífica Señora,
a este pueblo sumiso y reverente,
que inclinado ante Ti , su altiva frente,
Tu santa protección, Virgen, implora.

Y acogido a tu sombra protectora,
su alma encendida por amor ardiente,
se viste en la Pasión de penitente
en busca de la gracia redentora.

Si este pueblo Te llama: ¡Madre mía!
si con todo su amor en Ti confía,
si pidiendo con fe todo se alcanza:
cubridlo con amor bajo el encanto,
del verde terciopelo de tu manto,
sublime Majestad de La Esperanza.


Yo creo, sin saber por qué, que la Semana Santa en Zamora tiene su vértice en el Miércoles Santo. Es como si alcanzara la cima el esplendor de las procesiones. El Miércoles es la procesión del Silencio con la figura más importante de toda la imaginería: El Cristo de las Injurias, atribuido a Becerra, aunque algunos ante la grandiosidad de la imagen lo discuten; aunque bien mereciera tamaña escultura la mano maestra de Miguel Ángel. Es Cristo en el momento de la Expiración: y hay quien dice, que si se le observa por un lado está vivo, mientras que por el otro está muerto.

Más no tengo tiempo de detenerme en esto, porque en el ángulo diedro de granito del atrio de la Catedral iluminado por los hachones de mil hermanos, postrados ante el Cristo de las Injurias, acaba de sonar una palabra: ¡Silencio! y el silencio no habla.

El Cristo avanza por las estrechas callejas de la antigüedad. Las bombillas rojas y azules que iluminan la Cruz de los Caídos en San Martín, se estremecen en un guiño de luz a su paso. Se abre un cauce de silencio en la ciudad. Silencio, para que suenen sobre el pavimento los cascos de los engualdrapados caballos que rompen la marcha. Silencio, para que se oiga el rastreo de los pies de los hermanos, que con sus hachones van fabricando una serpentina de luz. Silencio para que se oiga el crepitar del incienso, que perfuma el camino del Cristo. Silencio, para que hable el silencio del dolor sempiterno del pueblo zamorano. Y entre el silencio Cristo que muere.
¡Perdónalos Señor! Muriendo clama
en éxtasis de Amor en su agonía,
porque más que dolor, le consumía
de inextinguible amor ardiente llama.

Del Gólgota en la Cruz, el Hijo muere
y muere por amor, de amor sublime,
un amor generoso que redime
hasta la misma mano que le hiere.

Y esa llama de amor que le ilumina
en su muerte al Señor, es esperanza
de poder alcanzar gracia divina
y es un abrazo clavado en el madero
con los brazos abiertos, la esperanza
de un mensaje de paz al mundo entero.



La procesión del Cristo de las Injurias ha dejado las vacías rúas y al entrar en las nuevas calles, en medio de igual silencio, se hace espléndida y magnífica, hasta refugiarse en la iglesia de San Esteban.

Pero… no os retiréis de las calles mucho tiempo porque el Cristo del Amparo, ha de salir de la Iglesia de Olivares, con la Hermandad de Penitencia.

Es la procesión de los contrastes. No irá ella a buscaros a las grandes avenidas; tendréis que buscarla por las más sencillas y tortuosas callejas. No lleva nazarenos de túnica y caperuz, porque los hermanos se esconden bajo pardas capas alistanas. Sus faroles son rústicos, como rústicos son los zuecos que golpean el empedrado.

El Cristo pasa en la noche por arrugados recovecos de la ciudad y al pie de sus andas, se agrupan las mujeres de Olivares, alumbrando con velas a su Cristo que viene a visitar a Zamora. Es una procesión de pueblo, típica y humilde que irrumpe en medio de la grandiosidad de la Semana Santa Zamorana, para que , por contraste, nos demos cuenta que entre la grandeza del desfile del Cristo de las Injurias, y la humildad de la procesión de pueblo del Cristo del Amparo, hay todavía dos notas comunes: el dolor de Cristo en la Cruz y la devoción única del pueblo zamorano.

Es la procesión del pueblo
de las capas alistanas,
la procesión que se adorna
sólo, con fe de las almas.

Mujericas de Olivares
que vais junto a la peana
alumbrando a vuestro Cristo
musitando una plegaria.

Vuestro Cristo del Amparo
también es Semana Santa
que a su humildad, en grandeza,
nada en el mundo le gana.



Si veis una mañana que cruza la Plaza Mayor el Barandales estallando en agudos sones una campana, vestido con una túnica morada con cordones amarillos, podéis asegurar que es Jueves Santo…

Y en la tarde de Jueves Santo: Mantillas negras que pregonan la aristocracia de la mujer castellana, y en las románicas torres de la ciudad los bronces que callan.

Dolor en Zamora. Túnicas moradas y en la Pasión, la procesión de la Vera Cruz la más antigua de Zamora. Nazareno, Dolorosa, La Cena, El Prendimiento, La Sentencia, con Pilatos y el extraño negrito que le ofrece el lavamanos. La Flagelación, con los sanguinarios sayones de Ramón Álvarez, donde llama la atención el terrible y popular Calvito.


Es la burla procaz de los sayones,
el dolor de tu espalda flagelada,
por espinas tu frente lacerada
y tu carne divina hecha girones.

Es la horrible torsión de los tendones
de tu noble figura al ser clavada,
y tu cuerpo que rasga una lanzada
donde surge la sangre a borbotones.

Y ese horrible dolor y ese tormento
y tu pasión, Señor, no ha terminado
porque vuelve otra vez tu sufrimiento
cada vez que yo caigo en el pecado,
por eso mi Señor, dolor yo siento
por haberos también crucificado.


Quizá la procesión de la tarde de Jueves Santo, para los que no sean zamoranos no tenga un encanto singular; pero yo afirmo que el Jueves Santo zamorano no se borrará nunca de nuestras mentes, porque esa noche, recorre las calles el fúnebre cortejo de Jesús Yacente, que va sembrando el escalofrío al tintineo metálico de sus esquilas. Es una saeta de dolor castellano, y digo saeta porque se clava como un dardo en el corazón. Es el despojo del deicidio llevado en parihuelas, el cadáver del hombre que llevan al sepulcro de José de Arimatea. Una zanja de silencio a su paso se abre entre el ruido de la ciudad, y el corazón te gritará: ¡Era Dios! ¡Así era Cristo! porque la mano de Gregorio Fernández, iluminado y enamorado de Cristo, talló en madera la misma muerte. Podéis correr España entera desde Cantabria a Tarifa, o de Extremadura a Levante, y no hallaréis más noble figura de Cristo muerto, ni procesión más recogida y espectacular, lo mismo cuando marche por las viejas callejas, arrugadas de la ciudad, con sombras de misterio, que cuando desfile espléndida y radiante por la calle de Santa Clara.

Las tétricas esquilas y los golpes sordos de tambor imponen el silencio.

Y en medio del río de silencio abierto,
pasa el cortejo de Jesús Yacente,
y muda de emoción queda la gente,
pensando la verdad en Cristo muerto.



La figura del Yacente, grabada en el alma, no te dará descanso en la noche de Jueves Santo, y el quejido destemplado del "Merlú" te llamará temprano, muy temprano y desde entonces perderás las nociones del tiempo y espacio.

Sabrás sí, que ha sido un Viernes Santo zamorano, pero difícilmente podrás poner un orden en lo que sucede. Las procesiones y los pasos son tantos, que sólo quedarán destellos, notas sueltas en el pensamiento. Un vago recuerdo del Camino del Calvario, porque alguien te dijo que era llamado también el cinco de copas, por su simetría escultórica; y al ver el balanceo de su marcha en impresionante ritmo, averiguarás que lo llevan a hombros, los molineros, que transmiten su puesto de hermano de paso por herencia.

No olvidarás jamás "Redención" -Cristo ayudado por el Cirineo- la pieza más maravillosa de la Semana Santa zamorana, que hizo inmortal al genio de Benlliure. Su madera crema en las sombras de la noche toma vida y el torso desnudo del Redentor que se escapa por la rasgada túnica es una anatomía que respira, y en el rostro de Cristo doblado en expresión por el ingenio del espejo de un círculo metálico de la Cruz, verás que su mirada se pierde en el infinito, buscando el camino de la redención.

Y quedará en tu recuerdo, el humilde semblante de Cristo caído, el dolor de las mujeres que le siguen y la sonrisa picaresca del niño de los clavos, el pilluelo de la cesta; y a tu mente acudirá el Pasmo de Sicilia, el cuadro de Rafael, de donde la inteligencia de Ramón Álvarez lo arrancó, para nuestra Semana Santa.

Pero la belleza serena de La Verónica, del complicado grupo de la Crucifixión, del atrevido de la Elevación de la Cruz y de la Agonía, apenas es dable conseguir ya el recuerdo porque la Soledad, que cierra la procesión te los borró de la memoria. La Soledad, la Virgen de pálido semblante, con sus lágrimas de perlas y sus manos divinas de Madre de Dios; manos para acariciar al Hijo, que Ramón Álvarez modeló para dejar testimonio de su genio de artista.

Y verás que la noche se tiñe rápida en violeta y que la mañana castellana, acude más presurosa que nunca para ver en Zamora la llegada de la Procesión a las Tres Cruces, porque el día en unión de los pasos, tienen que rendirse en secular reverencia ante la Virgen.


Y los grises del amanecer, se vuelven luz y color en la tarde de Viernes Santo y del tafetán negro de los encapuchados de la mañana surge, negro y lujoso terciopelo de los nazarenos que asisten al entierro del Señor.

La procesión se ha hecho lujosa, solemne y oficial y aunque parece romper la línea del tipismo de la Semana Santa zamorana para parecerse a tantas importantes procesiones de España, conserva sin embargo la línea tradicional en sus pasos procesionales, pues los imagineros Ramón Álvarez y Benlliure, los artistas predilectos, siguen dominando con su arte la tónica de las escultoras.

Marcha en cabeza la gran panorámica de Cristo crucificado entre Dimas y Gestas, con Longinos que en encrespado caballo se levanta y hunde la lanza en el divino costado del Redentor, y las piadosas mujeres al pie de la Cruz.

Sensacionalista y atrevido paso, al que van siguiendo otros, como secuencias de un documental de los últimos momentos del drama del Gólgota. El Descendimiento en el mismo momento en que de la Cruz arranca al Redentor José Arimatea, para entregarlo a su divina Madre. El Descendido, el cadáver de Cristo y los piadosos y mujeres al pie de la Cruz. La Conducción al Sepulcro de Cristo, sobre la sábana blanca de su mortaja. Cristo Yacente en su urna funeraria. La Virgen de los Clavos y el Retorno del Sepulcro que cierra el drama.

Es la grandiosa procesión, orgullo de Zamora, espléndida y radiante en la que cada paso merecía un canto de poeta.

Y por último, en la noche que ha olvidado el color, cristaliza la amargura de una Madre en el supremo dolor hecho poesía de la Virgen de las Angustias, que con el cadáver del Hijo entre los brazos recorre las calles de Zamora. Es la procesión nuestra, porque en zamorano, la Virgen de las Angustias es Nuestra Madre, pues el pueblo, no ha encontrado más admirable, más significativa ni más cariñosa palabra que la de madre, para unirse al dolor de la Virgen.

Y ahora se incorpora a la Semana Santa la mujer zamorana que acompaña a la Virgen de las Angustias y el Sábado Santo a la Virgen de la Soledad, la misma imagen del Viernes Santo madrugador, la de las lágrimas de perlas, la de las manos divinas, que ha cambiado su manto de Virgen por el luto de viuda; con ella va la mujer zamorana.

La mujer zamorana acompaña a la Virgen alfombrando el camino con las Ave Marías que caen de sus labios, mientras sus dedos desgranan con amor las cuentas del rosario. La mujer zamorana une los siseos de sus plegarias a los dulces murmullos con que el Duero canta, en los rizos de su corriente. Rezando con los labios, amando con el alma, mujer y castellana, acompaña a la Soledad de la Virgen, fundiendo la quietud de la noche en mística plegaria, en la plegaría azul de los amores de los castos ensueños que duermen en los corazones, nobles y puros, forjados entre los muros de sus iglesias románicas.

Oraciones de amor a la Virgen, que camina solitaria, van formando un río de amores por las calles de la ciudad, para que lo surque la imagen de negras tocas que pregona su Soledad, después de la gran tragedia del Gólgota, para que se sepa que no está sola que está con ella la mujer zamorana.

Oraciones de mujer castellana de corazones inmensos como su planicies sin horizontes.

Oraciones que funden el alma de las mujeres zamoranas en una nube mística, que como incienso se levanta caminando hacia el cielo, donde las estrellas la esperan abiertas en su centelleo, como margaritas de plata.

Y reza Zamora en los claveles de los labios de sus mujeres, con rosas de oración, y porque reza Zamora, reza Castilla en el altar de su meseta, y porque reza Castilla, España reza.

Hierve la Plaza Mayor
de bullicio en la mañana,
y el reloj del Consistorio
suena en ocho campanadas.

Por una calle se escucha
el tamboril y la gaita,
por otra calle trompetas
y tambores de la Banda.

El Resucitado llega
con su manto de escarlata,
entre cofrades que lucen
de flores, llenas las varas.

Por otro lado la Virgen
entra en la Plaza enlutada,
y al encuentro con el Hijo
su manto en azul se cambia.

Cohetes por todas partes
se funden en una traca,
las iglesias en las torres
pregonan con sus campanas:

¡Ha resucitado Cristo!
¡Primavera y Esperanza!


Pero ya no cumpliría con mi obligación de pregonero de nuestra Semana Santa, si no viniera a recordar a los zamoranos ausentes, que este año Zamora se volverá a vestir de penitente, que guardada en el arcón está la túnica que llevó el padre y el abuelo, que los zamoranos son herederos de una tradición sublime que ha ligado a Zamora a la Semana de Pasión y que la Semana Santa zamorana, tiene derecho al título de la Semana Santa mística y espiritual de España; pero, que para continuar con tales destinos, necesitamos del amor y de la fe de todos los zamoranos -presentes y ausentes- ; que nuestros Cristos y nuestras Vírgenes os llaman, porque aún quieren oír una oración de vuestros labios y ver vidriarse vuestros ojos con una lágrima.

Y a todos los que no seáis zamoranos, también Zamora os llama, no con el eco de mis torpes palabras, sino con el corazón abierto como su meseta castellana, para enseñaros el dolor de su Semana Santa, que a falta de otras riquezas, se adorna con el oro de sus sentimientos y las perlas de las lágrimas.

¡Mis zamoranos, mis amigos!, Zamora os aguarda para regalaros otra vez más, el tesoro artístico y espiritual de su Semana Santa.

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