Las dos muertes de miguel ángel bustos






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fecha de publicación06.09.2015
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las dos muertes de miguel ángel bustos




En una habitación hundida por el peso de tres mil libros, en la localidad bonaerense de Carapachay, los Rivarola le enseñaron a rezar a la patrística maldita. Raúl Elfuego se aseguró un lugar entre ellos a fuer de buen prosélito e indiscreto. En aquella época (1969), los poetas se dividían entre los que convertían el dolor en belleza y los que lo hacían al revés. Los Rivarola eran del tipo de los que no aceptaban en su orden ninguna belleza que no fuera degradante y útil para la muerte.
Los Rivarola eran dos, Carlos Rivarola, niño de impecable burbuja, avieso por elección, y su mujer Inés María Osti, un gladiador intelectual, una mujer sin punto de retorno, un ave de presa que no parpadeaba cuando miraba a su interlocutor a los ojos y le decía «Soy la Salamandra Tumultuaria, poeta, anarquista y mentirosa y él es el Árcade Errátil, mi cómplice y la otra soledad que me acompaña. También es la criatura que salió de mi sobaco izquierdo. Salud y fraternidad». Raúl Elfuego quedó rendido ante ellos. Los viernes salía del banco e iba directo a Retiro, donde tomaba el tren hasta Carapachay. Allí se quedaba todo el fin de semana, hablando más de lo soportable, durmiendo menos de lo imprescindible y fascinándole la peluca de Inés o los zapatos lustrados con saliva de Carlos. Los Rivarola eran buscadores de terceros, adiestradores de animales y aurigas de circo anticriollo. El destino de Raúl Elfuego era ser un conejillo más para su laboratorio, pero el cargo de cronista que adoptó en aquel entonces, sin proyecto ni sentido, fue luego la posibilidad de supervivencia que sorteó el sacrificio de dejarlos radicalmente.
Iban los tres a alborotar el ambiente a recitales poéticos y actos culturales que en esos años había por toda la ciudad. Se sentaban siempre en la última fila y chiflaban en los poemas que no les gustaban y en los que les gustaban. Los Rivarola conocieron a Miguel Ángel Bustos en un recital de aquellos, en El Beato Angélico. La pareja se metió con él por desavenencias en el concepto de ‘verosímil’ en la poesía que Bustos acababa de leer: una apología de la muerte ¡y estaba vivo!, o un elogio de la culpa ¡y no hacía nada para ser culpable! Parece que Bustos no reflexionó acerca de las ventajas de la ignorancia y amenazó ahí no más a Inés con la mina de un lápiz que estaba afilada como un verduguillo de diplomático. El episodio acabó en un segundo encuentro en el que Bustos le dedicó a Carlos un ejemplar de Fragmentos fantásticos: «A Carlos Rivarola, alejado de la historia / de diamante y azul». Desde entonces, los arrebatos y bullas que podían desatarse en los esporádicos encuentros con el poeta perdieron efectividad.
Entre tantos fines de semana hubo uno, que si bien no comprometió cambios sustanciales entre la pareja y él, sí hendió en esta historia una singular nota al pie. Raúl Elfuego estaba recostado en el sofá-cama evocando los movimientos de Inés antes de concluirlos —fauces de una estrategia para forzar el pasado—; la mujer dividía en tres platos fideos acartonados, y Carlos bostezaba reunido en el aburrimiento de un clavo en la pared, cuando se interrumpió, miró a Raúl, luego a Inés, luego a Raúl y dijo:
—Miguel Ángel Bustos se ha suicidado.
En el tren de vuelta a la capital, la memoria adelantando el paisaje detrás de la ventanilla para no distraer el pensamiento con primicias, Raúl decide escribir un estudio crítico-biográfico de Bustos como acto vindicativo y recuperación de su obra y su memoria. Ordena los contactos para recopilar material; el vocacional: Leopoldo Marechal y Enrique Wernicke; el de la obra: la imprenta que había hecho Fragmentos fantásticos en la calle Hortiguera; la familia, que decidió dejar para lo último en un acto civil de respeto al duelo. A Hortiguera no fue, a Wernicke lo recordó patibulario y prefirió no localizarlo, y en la casa de Marechal lo atendió un cuñado que le pidió credenciales. A cambio de eso Raúl le dijo sobre sus intenciones de escribir un estudio sobre Bustos. No quería dar demasiados detalles ni pronunciar delante de un desconocido la palabra suicidio, pero en vista de la desinformación que estaba interrumpiendo, no ya el grado avanzado de comunicación, sino el estricto diálogo, tuvo que decírselo y el otro que qué barbaridad está diciendo si anoche había sido el cumpleaños del señor Leopoldo y Miguelito había ido, que se fuera de allí volando porque iba a llamar a la policía.
Raúl no le dio tanta importancia al suceso como al malentendido. Era imposible que Bustos hubiera asistido a la fiesta de cumpleaños de Marechal, porque como bien le habían informado los Rivarola, se había suicidado. Entonces continuó.
Consiguió la dirección y el día de Corpus Christi, con armadura de caballero torvo que querrá demostrar hasta el final que su valor no es de utilería, fue a ver a los familiares. Llovía. Caminó hasta Gaona y Boyacá, en la esquina estaba la parada del 113 que esperó bajo el agua. Llevaba puesto un impermeable y un sombrero —Michael Shayne, por Lloyd Nolan; años cuarenta. Bajó en Cabildo y Juramento y caminó hasta Ciudad de la Paz, buscó el portal y tocó el timbre. Nadie salió.
Entonces se cuela cuando una pareja sale y camina hasta la puerta C de la planta baja; llama. Le abre un tipito insignificante con el pelo cortado de manera irregular, como un cepillo. Raúl Elfuego lo toma por un familiar y comienza a hablarle de su hermano Miguel Ángel. Él lo mira, sin espanto ni curiosidad aparentes, ni siquiera cuando saca el libro de Bustos que lleva en el bolsillo para mostrárselo e inspirarle confianza y cae un caudal de agua que estaba estancada entre las alas del sombrero de detective.
—Vengo a hablar de su hermano —le dijo, tomando aire y eligiendo tan bien las palabras que sólo hallaba las más inconvenientes.
—¿De mi hermano? ¿Para qué?
Hablaba con una voz estertorosa, pero insistía con una rara serenidad.
—Bueno, él le dedicó un libro a un amigo mío y yo quiero escribir sobre él, porque me parece una injusticia que un escritor de esta talla... —Se iba por las ramas porque temía que el hombrecillo se impacientase y se pusiese a gritar como el cuñado o secretario de Marechal o, en el mejor de los casos, lo tomara por loco llegando a su casa en un día de perros como ése, entrara, cerrara la puerta y no lo viera más.
—¿Mi hermano le dedicó un libro a un amigo suyo?
—Sí, vea. Éste.
—Pero mi hermano no escribe —dijo sin mirar el libro.
—¿Cómo que no escribe?
Raúl Elfuego sospechaba que por algún secreto mecanismo se estaba mofando de él.
—No, no escribe.
—¿Y este libro entonces quién lo escribió?
—Ese libro lo escribí yo.
Ahora estaba seguro de que por algún secreto mecanismo se estaba mofando de él.
Cualquier reacción que no fuera creerle era una voluntad de discordia y artificialidad. La víctima y el testimonio le estaban hablando con la misma boca, algo andaba mal. Y sin embargo, no podía creerle porque, según las declaraciones de los Rivarola, Miguel Ángel Bustos se había suicidado, entonces le dice:
—¿Cómo usted si usted está muerto?
Bustos dio un paso atrás, le abrió la puerta de su casa y le propuso cortésmente:
—Venga, entre. Cuénteme los detalles de mi muerte.
Miguel Ángel Bustos había intentado suicidarse disparándose en el pecho. La voz estertorosa era la marca contra el olvido de esa decisión. Se la provocaba una bala alojada cerca del corazón que no le habían podido extraer.
Pasó mucho tiempo hasta que Raúl Elfuego volvió a verlo. Y la próxima fue la última, en la biblioteca de la avenida Córdoba, rodeado de intelectuales y gente con nombres inventados para una historia del país que presumían importante. Había para Raúl algo imperdonable entre eso y el hombre que alrededor de su cama tenía un retablo con fotografías, daguerrotipos y dibujos de toda la familia maldita que había destruido objetos de deseo como piñatas de cumpleaños, con los ojos vendados. ¿Qué hacía ahora rodeado de política, actualidad y «compañero»? En ese escenario lo fustigó por la espalda con el filo de su propia obra: «¿Cómo? ¿Todavía no se ha hundido su esquife en el mar llameante de los espejos?». La pregunta tenía su origen en las consideraciones de Raúl sobre la obra de suicida vocacional de Bustos. En Visión de los Hijos del Mal había escrito: «Escribe poesía infernal con verbo demoníaco o habla del infierno con la alta pureza de un dios. O ahórcate, cumple las dos poesías». Lo había escrito, lo había intentado, tenía una bala en el pecho. Pero seguía vivo. No se ahorcaba.
En cambio, a los Rivarola nunca les pidió explicaciones sobre la mentira de la muerte del poeta.
A la vez flota y se precipita
Hubo algo que lo llevó a ya no querer perderse en la soledad de su casa —soledad engañada por la presencia de una mujer y un hijo— y elegir ser arrojado a la superficie de las ocurrencias históricas de otros.
Miguel Ángel Bustos comenzó a repartir por las calles, a plena luz y en vísperas del golpe de estado, periódicos y revistas del ERP. Los libreros rechazaron aquellas publicaciones —El Combatiente, Estrella Roja— velando con cortesía el pánico; pero alguno entre todos ellos «se quedó con su cara» y lo delató.
Camina Bustos por Corrientes en una acción de memoria que nadie le ordenó. Sostiene como luces las revistas en las manos. Decisión solitaria que al grupo no le conviene y que si acaso supiera provocaría un cisma —inculpándolo por anteponer tribulaciones personales a causas colectivas y desacato de las normas elementales de seguridad que un militante debe observar— y evitaría ahora el seguimiento discreto de dos hombres que no lo abandonan hasta que llega a la puerta de su casa. Pero nada sucede hasta el 31 de mayo por la noche, cuando una patota del GT1 (Grupo de Tareas número 1, Ejército) va a buscarlo en una detención que quiere ser correcta. La puerta quedó intacta, no hubo gritos ni maltrato. Alguno hasta le aconsejó:
—Che, Bustos, llevá una frazada porque a donde vas hace frío.
A su mujer y a su hijo los encerraron en la cocina mientras él se abandonaba a la voluntad de los sicarios por vergüenza a cometer, con su familia del otro lado de la puerta, un franco acto de solidaridad.
Bustos no era importante, sólo imprudente, por eso la vejación no duró mucho tiempo. Le inyectaron 325 mg de Pentotal intravenoso, lo subieron al Fokker F-27 en la I Brigada Aérea de El Palomar y lo arrojaron al mar desnudo, como adelantándoles el banquete a los peces.

Malena Garavaglia Klimberg

(de Decálogo del peregrino)




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