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La díada sobrevive


1. A pesar de que la díada sea continuamente rebatida desde distintas posiciones y con diversos argumentos, y con mayor frecuencia, pero siempre con los mismos argumentos, en estos últimos tiempos de generalizada confusión, los términos «derecha» e «izquier— da» siguen estando vigentes en el lenguaje político. Todos aquellos que los utilizan no dan en absoluto la impresión de usar palabras en balde porque se entienden muy bien entre sí.
En estos últimos años buena parte del discurso político entre escritores políticos y los propios intérpretes de la política, gira, como venimos diciendo, en torno de la pregunta: «Adónde va la izquierda?» Cada vez son más frecuentes, hasta llegar a ser reiterativos y aburridos, los debates sobre el tema «el futuro de la izquierda» o «el renacimiento de la derecha». Se rehacen continuamente las cuentas con la vieja izquierda para intentar fundar una izquierda nueva (pero siempre se trata de la izquierda). Junto a la vieja derecha, derrotada, ha aparecido con deseos de revancha una «nueva derecha». Los sistemas democráticos de muchos partidos todavía se describen como si estuvieran dispuestos en un arco que va de la derecha a la izquierda, o viceversa. No han perdido nada de su fuerza significativa expresiones como « derecha parlamentaria», «izquierda parlamentaria», «gobierno de derechas», «gobierno de izquierdas». En el seno de los mismos partidos a las distintas corrientes que se disputan el derecho directivo
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de acuerdo con los tiempos y las ocasiones históricas, se
las suele llamar con los viejos nombres de «derecha» e
«izquierda». Cuando hablamos de políticos no tenemos
ninguna duda en definir, por ejemplo, a Occhetto de iz quierd y a Berlusconi de derecha.
Siempre hubo y todavía hay una izquierda demo crática En el Movimiento Social destacó hace algunos
años una corriente (Pino Rauti) que declaraba querer ir
hacia la izquierda. Incluso en un partido minúsculo y
exangüe, como el Partido Liberal, los dirigentes se han
dividido siempre en una derecha y en una izquierda.
Si en la crisis de disolución del Partido Comunista
Italiano, los términos «derecha» e «izquierda» se han
utilizado poco o con mucha cautela, se debe al hecho de
que en el seno de un partido que históricamente ha asu mid la dirección de la izquierda en el mundo, sólo la
palabra «izquierda» tiene un significado positivo, y nin gun de las partes que ahora se disputa la dirección del
futuro partido aceptaría de buena gana ser llamada la
derecha del partido, e incluso sería algo embarazoso es tablece cuál de estas dos corrientes, la de los «no» y la
de los «sí», debiera ser considerada la derecha o la iz quierda pudiendo la vieja guardia que rechaza el cam bi radical ser considerada «derecha», en función del
%Ç criterio según ei cual la conservación es de derechas y eL
cambio de izquierdas, pero al mismo tiempoier da en consideraciól en la
lucha anticapitalista que ha caracterizado al movimien t obrero, el gran protagonista durante un siglo de la
¡ izquierda histórica; y viceversa la parte más innovadora
puede reivindicar el nombre de izquierda por ser
más favorable a la renovación, pero con un programa
que basándose en los criterios tradicionales tendría que ¡
considerarse más de derechas. j
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No podemos dejar de sefialar esta paradoja. Por una parte, se multiplican los escritos donde, por una u otra de las razones examinadas en el capítulo anterior, la díada se pone en tela de juicio, se refuta, a menudo se ridiculiza, por otra, nunca en estos últimos tiempos el mundo cultural y político italiano, en su casi totalidad, gracias al referéndum que condenó un sistema electoral que hasta ahora ha impedido la alternancia de gobierno y oposición, característica esencial de los buenos gobiernos representativos, se ha orientado hacía el sistema uninominal que tendría que permitir, o se tiene la ilusión que permita, una drástica reducción de los partidos, el definitivo abandono de los gobiernos de centro, la instauración incluso en nuestro país de la anhelada alternancia. ¿Alternancia entre qué? Pero se entiende, entre una izquierda y una derecha, entre una alianza en torno al PDS (que quiere decir, es inútil explicarlo, Partido Democrático de la Izquierda) y otra alianza alrededor de la Lega, de Alleanza Nazionale (ex MSI) y del movimiento Forza Italia de Berlusconi. ¿Cómo definir a la primera sino de izquierda y a la segunda sino de derecha? Que luego no todos los que se integran en la primera alianza quieran ser llamados de izquierdas y los que entran en la segunda de derechas (cada uno elegirá la etiqueta que crea que le va a proporcionar mayor consenso), no impide que el sistema político italiano tienda a ser un sistema más netamente dividido entre una izquierda y una derecha; más de lo que ha sido hasta ahora.
Así había escrito antes de las elecciones políticas del 26-27 de marzo de 1994. La campaña electoral se desarrolló principalmente entre dos alineaciones, la Alianza progresista y el Polo de la Libertad, pero en el lenguaje de los periódicos y de la gente común el primero representaba la izquierda, el segundo la derecha, con una simplificación sin precedentes en Italia.
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2. Que en un universo como el político, constituido eminentemente por relaciones de antagonismmo entre partes contrapuesta (partidos, grupos de intereses, fracciones, y en las relaciones internacionales, pueblos, gentes, naciones), la manera más natural, simple e incluso común, de representarlos sea una díada o una dicotomía, no debe sorprendernos. Inmediatamente vienen a nuestra mente célebres ejemplos históricos, como patricios-plebeyos, güelfos-gibelinos, Wlhigs-Tories.
La misma categoría de la política se representa con una teoría muy conocida por medio de la díada «amigo- enemigo», que a nivel de la más alta abstracción resume la idea de la política como el lugar del antagonismo, cuya forma extrema es la guerra, que es naturaliter dicotómica (mors tua vita mea). En la guerra, ya sea exterior como interior, no hay sitio para el Tercero. El cual aparece solo, como mediador, para detenerla o bien, como árbitro, para establecer la paz. La guerra, como duelo, no conoce más que dos partners (no importa si cada uno de los dos tiene unos aliados), de los cuales uno está destinado a vencer y el otro a perder. Una guerra donde al final no haya ganadores y perdedores es una guerra que no logra su propósito. Los Terceros, que no participan en el juego, son los llamados neutrales, en el sentido estricto de que no son ni de una parte ni de la otra, y como tales no son beligerantes. En el momento en que se dejan implicar en el conflicto se convierten en aliados o de una parte o de la otra. Las partes en juego, por numerosos que sean los aliados, son siempre solamente dos.
Quedando patente la grande y única dicotomía amigo-enemigo, la inevitable reducción a dos únicas partes en conflicto, o sea el proceso de bipolarización que sigue necesariamente a la atracción de los distintos potenciales contendiente hacia dos únicos polos, se

produce basándose en el principio y en la práctica consecuente, según el cual el amigo de mi enemigo es mi enemigo, o, al revés, el enemigo de mi enemigo es mi amigo. Donde no hay más que dos posibles posiciones, o amigo o enemigo —y es ésta, como ya se ha dicho, la contraposición que expresa mejor que cualquier otra la visión dualista de la política—, se dan cuatro posibles combinaciones allí donde las partes en juego son inicialmente más de dos: amigo puede ser tanto el amigo del amigo como el enemigo del enemigo. Ciertas uniones o alianzas, que en las relaciones internacionales y en las relaciones entre partidos dentro de un único Estado no parecen naturales, son en realidad la consecuencia natural de la lógica dicotómica. En las relaciones humanas, el ejemplo extremo de antítesis lo constituye la guerra; pero la lógica dicotómica, por otra parte, no es ajena a la misma visión tradicional religiosa o metafísica del mundo natural (luz-tinieblas, orden-caos, y en el límite, Dios-demonio).
3. Que en la visión diádica de la política las dos partes de la díada hayan tomado el nombre de «derecha» e «izquierda», depende únicamente de un hecho accidental. Como se sabe, el uso de estas dos palabras se remonta a la Revolución francesa, por lo menos, en lo que concierne a la política interior. Se trata de una metáfora espacial muy banal, cuyo origen es totalmente casual y cuya función, desde hace dos siglos, es sólo la de dar nombre a la persistente, y persistente por esencial, composición dicotómica del universo político. El nombre puede cambiar. La estructura esencial y originariamente dicotómica del universo político permanece.
Si luego la díada derecha-izquierda ha acabado por convertirse en preeminente, tanto es así que sigue

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estando aún hoy vigente, aunque de forma discutida, eso no excluye la presencia de otras metáforas espaciales, que sin embargo tienen menor extensión y sirven sólo en determinados contextos puntuales. Con respecto a la jerarquía es habitual el uso de la díada «alto-bajo»: Cámara Alta y Cámara Baja en el sistema parlamentario inglés; Alto Clero y Clero Bajo en la jerarquía eclesiástica; el poder, según una conocida distinción de gran utilidad en la teoría de las formas de gobierno, puede dimanar de abajo hacia arriba o de arriba hacia abajo. En una visión jerárquica de la política (que tiene su campo de acción junto a la visión antagónica), es necesaria también la díada «delante-detrás»: el princeps es, según la acepción originaria de la palabra, el primero de la fila, al que seguirán los demás, que no por casualidad se llaman seguidores, u hombres del séquito. En la concepción leninista (hay que recordar el moderno Príncipe de Gramsci), que es una visión de la política literalmente principesca, el partido es la vanguardia del proletariado, y la vanguardia implica necesariamente una retaguardia. En cuanto a la visibilidad de quien detenta el poder y a la manera con que se toman las decisiones colectivas, la díada necesaria es superficial-profundo: bajo este aspecto la contraposición históricamente más relevante es la que hay entre el gobierno visible de los Estados democráticos y el invisible, que se ejerce en el despacho secreto del soberano donde se admiten sólo a unos pocos íntimos de confianza, porque los asuntos de Estado deben ser tratados con una profundidad inaccesible para la masa de los súbditos. Respecto a la diferencia de programas o de posiciones en determinadas batallas políticas, entre partidos o movimientos, entra en juego la metáfora espacial más común «cercano-lejano», según la cual se dice que el centro-derecha está próximo a la

derecha así como el centro-izquierda está próximo a la izquierda, y la izquierda está más lejos de la derecha que el centro, y así sucesivamente. En un sistema de partidos muy quebrantado, como lo ha sido hasta ahora el italiano, algunos partidos estaban entre ellos más cercanos, otros más lejanos: el concepto de mayor o menor proximidad entre las partes llega a ser relevante cuando, después de unas elecciones, se examinan los diferentes trasvases de electores de un partido a otro, y se toma en consideración la eventualidad del trasvase entre partidos cercanos como más probable que la que se produce entre partidos lejanos.
De todas estas metáforas algunas reflejan un universo vertical como las de alto-bajo, superficial-profundo; otras, un universo horizontal, como delante-detrás, y cercano-lejano.

4. En el lenguaje político ocupa un lugar muy relevante, además de la metáfora espacial, la temporal, que permite distinguir a los innovadores de los conservadores, los progresistas de los tradicionalistas, los que miran al sol del porvenir de los que actúan guiados por la inagotable luz que viene del pasado. No es cierto que la metáfora espacial, que ha dado origen al binomio derecha-izquierda, no pueda coincidir, en una de sus acepciones más frecuentes, con la temporal.
Sin embargo, hay que añadir enseguida, para evitar preguntas inútiles, que el uso aún prevalente del binomio que indica la antítesis principal de la cual dependen todas las demás en el lenguaje político, no tiene que hacer presuponer que su significado sea unívoco y sobre todo que haya permanecido inmutado en el tiempo. Se atenúan o incluso se extinguen ciertos conflictos, pero surgen otros. Mientras existan conflictos, la visión dicotómica

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no podrá fallar, aunque con el paso del tiempo y con el cambio de las circunstancias la antítesis, que una vez fue principal, podrá convertirse en secundaria y viceversa. A pesar de los grandes cambios históricos de los últimos años, de los que se puede sacar legítimamente la impresión de que uno de los dos ejes haya perdido su fuerza antagónica, la visión dual no ha disminuido: piénsese en la gran antítesis entre el Norte y el Sur del mundo que domina y aún dominará más en un futuro próximo, la escena política, aunque ésta, como todas las díadas aplicadas a un universo complicado, como el de las relaciones de convivencia entre los hombres, es simplificadora.

5. Hasta este momento me he limitado a averiguar su uso continuado. Se trata ahora de darse cuenta de que, como todas las demás palabras del lenguaje político, lenguaje que en general no es riguroso, por estar sacado en gran parte del lenguaje común, también «derecha» e «izquierda» tienen un significado descriptivo y uno valorativo. El significado descriptivo, a pesar de ser variable, nunca lo es tanto como para hacer asumir a la misma palabra dos significados totalmente contrarios. Sólo en el reino del Gran Hermano las palabras tienen el significado opuesto al común, pero el fin de este desbarajuste es el de engañar a los destinatarios del mensaje y por tanto imposibilitar la comprensión de lo que ocurre realmente y la comunicación recíproca entre los súbditos. Por el contrario, en el lenguaje político corriente, el llamado en Italia «politichese», las palabras pueden tener un significado ambiguo, o sea, capaz de producir posibles interpretaciones distintas y quizás incrementar el número de los posibles destinatarios del mensaje, pero no hasta el punto de invertir el significado corriente.

Por el contrario, respecto al significado valorativo, precisamente porque los dos términos describen una antítesis, la connotación positiva de uno implica necesariamente la connotación negativa del otro. Pero sea cual sea, el axiológicamente positivo y el axiológicamente negativo, no depende del significado descriptivo sino de juicios de valor opuestos que se dan sobre cosas descritas. Eso conlieva una notable consecuencia en el uso de «derecha» e «izquierda» en el lenguaje político y en los demás lenguajes, donde, empezando por el lenguaje religioso, «derecha» tiene siempre una connotación positiva e «izquierda» siempre una connotación negativa. No todas las díadas son axiológicamente reversibles. Ciertamente, el binomio derecha-izquierda lo es en el lenguaje ordinario, pero no en el lenguaje político.
Con más exactitud, en la visión diádica de un determinado universo las dos partes en que este universo está dividido son descriptivamente exhaustivas, en el sentido de que cada entidad del universo pertenece necesariamente a una o a otra de las dos partes, y tertiurn non datur, pero al mismo tiempo son también axiológicamente opuestas, en el sentido de que, si se atribuye valor positivo a una de las dos partes, la otra tiene obligatoriamente valor negativo. En base al aut-aut descriptivo cada ente del universo pertenece a una o a otra de las dos partes de la díada. En base al aut-aut axiológico una de las dos partes es de signo opuesto a la otra pero no existe, hablando de forma abstracta, ninguna razón por la cual la una represente siempre el bien y la otra siempre el mal. Queda el hecho de que, cuando una de ellas, cualquiera que fuera, representa el bien, en un determinado contexto, la otra representa necesariamente el mal.
El observador neutral, por ejemplo un historiador o un sociólogo, considera su deber específico ilustrar el

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significado descriptivo, y consecuentemente mostrará qué grupos se consideran, o están considerados en una situación determinada, de derecha o de izquierda. En cambio, los militantes tenderán a atribuir a su programa un valor positivo y al programa de sus adversarios un valor negativo. Esta diferencia entre el observador neutral y el militante hace que no sean siempre atendibles, y por lo tanto de dudosa utilidad, las encuestas que se han hecho repetidamente acerca de lo que entienden los entrevistados por derecha y por izquierda. Precisamente porque la díada tiene una connotación axiológica muy fuerte, quien pertenece a una de las alineaciones tenderá a definir su propia parte con palabras axiológicamente positivas y la otra, por el contrario, con palabras axiológicamente negativas. Para poner un ejemplo claro y de inmediata comprensión, para un militante de la derecha la igualdad como elemento tradicional de la ideología de izquierda se convierte en nivelación; para un militante de la izquierda, la desigualdad, entendida de hecho como un dato sin connotación ideológica, en la definición de la derecha se convierte en un ordenamiento jerárquico.
Sin embargo, incluso teniendo cuidado en utilizar los dos términos con todas las debidas cautelas, las encuestas confirman la presencia continuamente operante y discriminatoria de la díada.

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