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La distinción rebatida


1. «Derecha e izquierda» son dos términosantitéticos que, desde hace más de dos siglos, se emplean habl tualmete para designar el contraste de las ideologías Y de los movimientos en que está dividido el universo, eminentemente conflictivo, del pensamiento y de las acciones políticas. En cuanto términos antjtticos son, respecto del universo al que se refieren, recíprocamefl te exclusivos y conjuntamente exhaustivos: exclusivos, en el sentido de que ninguna doctrina ni ningún movimiento pueden ser al mismo tiempo de derechas de izquierdas; exhaustivos, porque, al menos en la acepción más rigurosa de ambos términos, tal y como iremos viendo más adelante, una doctrina o movimiento únicamente puede ser de derechas o de izquierdas.
Como a menudo he dicho, a propósito de las que he dado en llamar las «grandes dicotomías» en que está dividido cada campo del saber, incluso de la pareja de términos antitéticos, como derecha e izquierda, se puede hacer un uso descriptivo, un uso axiológico y un U50 histórico: descriptivo, para dar una representación sintética de dos partes en conflicto; valorativo, para expresar un juicio de valor positivo o negativo sobre una de las dos partes; histórico, para marcar el paso de una fase a otra de la vida política de una nación, pudiendo ser el uso histórico a su vez descriptivo o valorativo.
La contraposición de derecha e izquierda represen
ta una típica forma de pensar por díadas, de las que se
han ofrecido las más distintas explicaciones: psicológl
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cas, sociológicas, históricas e, incluso, biológicas. De ellas, conocemos ejemplos en todos los campos del saber. No existe disciplina que no esté dominada por alguna díada omnicomprensiva: en sociología, sociedad- comunidad; en economía, de mercado-planificada; en derecho, privado-público; en estética, clásico-romántico; en filosofia, transcendencia-inmanencia. En la esfera polítici, derecha-izquierda no es la única, aunque sí es cierto que podemos encontrarla en todas partes.
Existen díadas en las que los dos términos son antitéticos; otras, en las que son complementarios. Las primeras nacen de la interpretación de un universo concebido como formado por entidades divergentes que se oponen las unas a las otras; las segundas, de la interpretación de un universo armónico, integrado por entidades convergentes que tienden a encontrarse y a formar juntas una unidad superior. La dicotomía derecha- izquierda pertenece al primer tipo. Puesto que a menudo el pensamiento por tríadas nace del pensamiento por díadas y es, por decirlo de algún modo, un desarrollo de éste, es diferente el paso según se parta de una díada de términos antitéticos o de una de términos complementarios. En el primer caso, el paso se produce por síntesis dialéctica o por negación de la negación; en el segundo, por composición.
Las siguientes reflexiones nacen de la constatación de que, en estos últimos años, se ha venido diciendo repetidamente, hasta convertirlo en un lugar común, que la distinción entre derecha e izquierda que, durante casi dos siglos, desde la Revolución francesa en adelante, sirvió para dividir el universo político en dos partes opuestas, ya no tiene ninguna razón de seguir siendo utilizada. En este sentido es habitual citar a Sartre, quien parece haber sido uno de los primeros en decir

que derecha e izquierda son dos cajas vacías. Ya no tendrían ningún valor ni heurístico ni clasificatorio, y mucho menos estimativo. A menudo se habla de ello con un cierto malestar, como si fuera una más de las muchas trampas lingüísticas en las que cae el debate político.

2. Las causas de esta opinión, que cada vez se va difundiendo más, y sobre la que se podrían aportar infinitos y diarios testimonios, son distintas. Veamos alguna.
En la base y en el origen de las primeras dudas sobre la desaparición, o por lo menos sobre la menor fuerza representativa de la distinción, se encontraría la llamada crisis de las ideologías. Se puede objetar tranquilamente, y de hecho se ha objetado, que las ideologías no han desaparecido en absoluto, al contrario: están más vivas que nunca. Las ideologías del pasado han sido sustituidas por otras nuevas o que pretenden ser nuevas. El árbol de las ideologías siempre está reverdeciendo. Además, no hay nada más ideológico, tal y como ha quedado demostrado muchas veces, que la afirmación de la crisis de las ideologías. Así como que «izquierda» y «derecha» no indican solamente ideologías. Reducirlas a la pura expresión de pensamiento ideológico sería una injusta simplificación: indican programas contra uec va an a e arecer. Naturalmente, se pue e o jetar que los contrastes existen, pero que no son los mismos que los de la época en que nació la distinción y que, durante todo el tiempo en que ésta hizo fortuna, han ido cambiando tanto que han convertido en anacró 50

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1 Cfr. E Adornato, «fa presto a dire sinistra», en La Repubblica,
7 de julio de 1993; ídern, La rivoluzione italiana, 21 de abril de 1993 («Oltre la sinistra, Rizzoli, Milán, 1991. Una definición diferente de la díada derecha-izquierda ha sido sostenida recientemente por Sergio Benvenuto en «Studi critici, II, octubre de 1992, 1-2, págs. 111-125, donde se propone sustituir a la díada derecha-izquierda, ya sin valor después de la crisis del comunismo que ha arrastrado también a la crisis de la socialdemocracia, la díada que retorna la contraposición entre Hermes, dios del comercio, y Hestia, diosa del hogar. A mí me parece que detrás de estas dos figuras míticas se oculta la oposición, notoria para los sociólogos, entre sociedad y comunidad. El ensayo está muy bien documentado y articulado. Pero la vieja y la nueva díada no se excluyen mutuamente. Basta con considerar que existen más izquierdas y más derechas, y nada quita que existan izquierdas y derechas de sociedades y comunitarias. Del mismo Benvenuto, véase «Hestia-Hermes: la filosofia tra Focolare e Angelo», en ant-ant, 258, noviembre-diciembre de 1993, págs. 29-49.

Cfr. A. Panebianco, «La disfida dei due poli. Destra e sinistra, vecchie etichette», en Corriere della Sera, 20 de enero de 1993. El autor, en directa polémica con Alianza Democrática, demuestra ser

intolerante hacia todas «
nicos, y por lo tanto en equívocos, los viejos términos. Pero esto es lo que tendremos que ver más adelante.
Recientemente, se ha sostenido que, como el concepto de izquierda ha reducido drásticamente su propia capacidad connotativa hasta el punto que decir que se es de izquierdas es hoy una de las expresiones menos verificables en el vocabulario político, el viejo binomio podría ser sustituido oportunamente por este otro: progresistas-conservadores’. Sin embargo, ha habido también quien, de una manera más radical, ha rechazado cada perseverante visión dicotómica afirmando que también esta última dicotomía es una de las muchas «bobadas» existentes en el lenguaje político, de las que hay que librarse para crear de ahora en adelante nuevas uniones, no basándose en las posiciones, sino basándose en los problemas2.

3. Se sostiene, en segundo lugar, que en un universo político cada vez más complejo como el de las grandes sociedades y especialmente de las grandes sociedades democráticas, se hace cada vez más inadecuada la separación, excesivamente clara, entre dos únicas partes contrapuestas, y cada vez más insuficiente la visión dicotómica de la política. Sociedades democráticas son las que toleran o, mejor dicho, presuponen la existencia de muchos grupos de opinión y de intereses en competencia entre ellos; estos grupos, a veces se contraponen, otras se sobreponen, en algunos casos se entrelazan para luego separarse, ora se acercan, ora se dan la espalda, como en un movimiento de danza. Se objeta, en fin, que en un pluriverso como el de las grandes sociedades democráticas, donde las partes en juego son muchas, y tienen entre ellas convergencias y divergencias que hacen posibles las más variadas combinaciones de las unas con las otras, ya no se pueden plantear los problemas bajo la forma de antítesis, de

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adopción del sistema electoral proporcional que multi— plica las partes hasta dar origen a una multíada, bien visible en un parlamento con forma de anfiteatro, donde las diferentes posiciones se colocan desde un extremo al otro, y donde, sin embargo, el criterio de la división entre los distintos sectores de los representantes siempre es el de la derecha y el de la izquierda. Mientras en el Parlamento inglés, que refleja la gran díada, se sientan o a la derecha o a la izquierda, en un Parlamento como

el de Montecitorio se colocan desde la derecha hacia la izquierda (o viceversa). Pero al mismo tiempo, la nostalgia de un sistema electoral con colegio uninominal (no importa si en una o dos vueltas) cuyo propósito hiera convertir también en bipolar nuestro sistema político
—nostalgia que desde hace algtin tiempo, después de haberse manifestado durante años en repetidos proyectos de reforma y en un referéndum popular, ha encontrado por fin su realización en una ley del Parlamento— constituye una prueba histórica, se diga lo que se diga, y ante cualquier argumento doctrinal, de la persistencia de la visión dicotómica del universo político, incluso en un sistema que se configura como una línea recta compuesta por varios segmentos. Además, no existe mejor confirmación de la persistencia del modelo dicotómico que la presencia, también en un universo pluralista, de una izquierda que tiende a considerar el centro como una derecha camuflada, o de una derecha que tiende a considerar el mismo centro como la cobertura de una izquierda que no quiere declararse como tal.

5. Distinto del Tercero incluido, si se nos permite esta digresión, es el Tercero incluyente. El Tercero incluido busca un espacio entre dos opuestos, e introduciéndose entre el uno y el otro no los elimina, sino que

los aleja, impide que se toquen y que, si se tocan, lleguen a las manos, o impide la alternativa drástica, o derecha o izquierda, y consiente una tercera solución. El Tercero incluyente tiende a ir más allá de los dos opuestos, englobándolos en una síntesis superior, y por lo tanto, anuhin dolos como tales: dicho de otra manera, haciendo de ellos en lugar de dos totalidades de las cuales cada una’ excluye a la otra, y como el anverso y reverso de la medalla no visibles simultáneamente, dos partes de un todo, de una totalidad dialéctica. Esta se distingue, sea de la totalidad mecánica, donde el todo deriva de la combinación de partes 2 niblesorser compatibles, sea de la totalidad orgánica donde cada una de las partétá en función del todo, y por ello no antitéticas entre ellas sino convergentes hacia el centro. La unidad dia léctic

en cambio se caracteriza por ser el resultado de la síntesis de dos partes opuestas, de las cuales una es la afirmación o tesis, la otra es la negación o antítesis; y la tercera, como negación de la negación es un quid novum, no como compuesto sino como síntesis. Mientras el Tercero incluido puede ser representado por la fórmula «ni ni», el Tercero incluyente encuentra la propia representación abreviada en la fórmula «et et».
En el debate político, el Tercero incluyente se presenta habitualmente como un intento de Tercera vía, o sea, de una posición que, al contrario de la del centro, no está en medio de la derecha y de la izquierda, sino que pretende ir más allá de la una y de la otra. En la práctica, una política de Tercera vía es una política de centro, pero idealmente ésta se plantea no como una forma de compromiso entre dos extremos, sino como una superación contemporánea del uno y del otro y, por lo tanto, como una simultánea aceptación y supresión de éstos (en lugar de, como en la osición del Tercero

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incluido, rechazo y separación) No Tercero-entre, sino Tercero-más allá, donde al Primero y al Segundo, en lugar de estar separados el uno del otro y con la posibilidad de sobrevivir en su Oposición, se les acerca en su interdependencia y se les suprime por su unilateralidad. Cada figura de Tercero presupone siempre los otros dos: mientras el Tercero incluido descubre su propia esencia expulsándolos, el Tercero incluyente se alimenta de ellos. El Tercero incluido se presenta sobre todo como praxis sin doctrina, el Tercero incluyente sobre todo como doctrina en busca de una praxis, que en el momento en que se pone en práctica, se realiza como posición centrista.
De estas Terceras vías el pensamiento, o quizás sería mejor decir el imaginario político, nos ofrece una miríada de ejemplos. Es posible que os haya dinás de lo necesario, porque en estos r í’jQ ettd teniendo un cierto éxito en la izquierda en crisis el ideal &1 socialis p.Jihral_eUil eral_socialismo que es una expreión típica de un pensamiento Terceroincluyente. La combinación triádica nace siempre en el seno de una crisis, y por lo tanto del temido agotamiento de la vitalidad histórica de una antítesis. Toda forma de pensamiento sintético presenta siempre un aspecto algo paradójico, porque intenta conciliar dos sistemas de ideas opuestas, que la historia nos había señalado hasta aquel momento como incompatibles, y por lo tanto alternativos; pero la paradoja esLí justifica por su comprobado y sufrido fracaso, una vez tomados o aplicados unilateralmete.
Otro típico ejemplo histórico de síntesis de los opuestos, que, esta vez, surgió de las filas de la derecha, pero en un periodo de crisis igual de grave, fue el de la ideología de la revolución conservadora, que apareció después de la 1 Guerra Mundial como respuesta desde

la derecha a la revolución subversora que había llevado en un gran país —y parecía estar destinada a difundirse también en otros lugares— a la izquierda al poder. Sin embargo, por lo que concierne a nuestro tema, la contraposición de derecha e izquierda y su desaparición, una teoría Tercero-incluyente puede ser interpretada siempre en sus intenciones como una síntesis de los opuestos, prácticamente como un intento de salvar lo que se pueda salvar de la propia posición atrayendo hacia sí mismo, y por tanto neutralizando, la posición adversaria.

6. Un tercer motivo para declararla en declive y rechazar la vieja díada se encuentra en la observación de que ésta ha perdido gran parte de su valor descriptivo, porque la sociedad en continua transformación y el surgimiento de nuevos problemas políticos —y aquí llamo problemas políticos a aquellos que requieren soluciones a través de los instrumentos tradicionales de la acción política, o sea, de la acción que tiene corno fin la formación de decisiones colectivas que, una vez tomadas, se convierten en vinculantes para toda la colectividad— han hecho que nacieran movimientos que no entran, y ellos mismos consideran o presumen de no entrar, en el esquema tradicional de la contraposición entre derecha e izquierda. El caso actual más interesante es el de los Verdes. ¿Son los Verdes de derechas o son de izquierdas? Teniendo en cuenta unos criterios que normalmente se adoptan para justificar la distinción (sobre la cual volveremos más adelante) parece que puedan ser considerados

Sobre el terna, con especial atención a ttalia, recientemente ha salido la segunda edición, ampliada y puesta al día, del libro de Mar cello Veneziani La rivoluzione conservatrice in Italia, SugarCo, Cama- go (Varese), 1994. La primera edición apareció en 1987.

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unas veces de derechas y otras de izquierdas, o ni de derechas ni de izquierdas. Utilizando un vocablo que ha llegado a ser de uso común en el lenguaje político, aunque con un significado maliciosamente peyorativo, se podría denominar a los Verdes como un movimiento «transversal», en el sentido de que atraviesan los campos enemigos pasando de uno a otro, indiferentemente, por encima y por debajo de ellos, y de esta manera demuestran que remitiéndose a los hechos existe una tercera forma de poner en crisis la díada, además de estar en medio (el Centro), además de ir más allá (la Síntesis), es posible moverse a través: una forma que se resuelve en una atenuación o desautorización de la díada más que en un rechazo o en una superación.
La mayor prueba de esta ubicuidad del movimiento de los Verdes está en el hecho de que todos los partidos se han adueñado poco a poco del tema ecológico, sin cambiar nada de su bagaje usual, en todo caso añadiendo un maletín o un bolso de viaje más. ¿Quién se atrevería hoy a tomar posiciones contrarias a la exigencia de tener en cuenta a los que, a través de una forma, a menudo inconsciente, de antropomorfización de la realidad natural, se definen como los derechos de la naturaleza respecto al

hombre, de los cuales nacen, por la necesaria correlación entre el derecho de aquélla y el deber de éste, unas obligaciones del hombre respecto a la naturaleza (permaneciendo inalterada la cuestión de si la idea del derecho nace antes de la obligación o viceversa)? Sin embargo, existen distintas maneras de justificar este radical cambio de actitud (especialmente del hombre occidental) hacia la naturaleza, por lo que se ha pasado de considerar a la naturaleza como un objeto de mero dominio y dócil instrumento de las necesidades humanas, a la idea de la naturaleza (incluso la inanimada) considerada como sujeto o

como objeto de utilización, sí, pero no arbitrariamente ilimitada. Según un punto de vista más metafísico-religioso, la naturaleza también pertenece a un mundo no creado por el hombre, del que el mismo hombre forma parte como sujeto en medio de otros sJjetos; un punto de vista más pragmático, utilitarista, afirma, por su parte, que en el universo finito donde el hombre está destinado a vivir, se han acabado, incluso, los recursos de los que puede disponer para sobrevivir, y por esto deben ser utilizados siempre teniendo en cuenta su posible agotamiento. Por lo tanto no se puede excluir que, precisamente como consecuencia de estos distintos fundamentos filosóficos que presuponen sistemas de valores opuestos, opuestas creencias y auténticas concepciones antitéticas del mundo, la difusión de los movimientos de los Vérdes ya no esté destinada a convertir en anacrónica la vieja díada sino a reforzarla en el seno de estos mismos movimientos, muy erosionados ya en su interior a pesar de su reciente origen, y en los cuales la distinta inanera de concebir la relación del hombre con la naturaleza
—ya sea de la deuda que el hombre tiene hacia el resto de las entidades no humanas o simplemente de la deuda que tiene hacia los otros hombres, especialmente hacia las generaciones futuras, en otras palabras, de un límite que
- le llega al hombre desde fuera o que el hombre se pone a sí mismo— está abocada a volver a introducir, y en parte ya ha introducido, la distinción entre Verdes de derecha y Verdes de izquierda.

7. La capacidad del hombre cada vez más grande no sólo para aprovecharse de la naturaleza y para someterla a sus propias necesidades, sino también para manipularla y para desviarla de su curso, ha suscitado problemas de una índole moral y jurídica (como aquellos de

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los que se ocupa la bioética) que requieren, y que requerirán aún más en el futuro, decisiones políticas (en el sentido anteriormente definido) que, siendo totalmente nuevas con respecto a cualquier otra decisión del pasado parecería que no se pudieran incluir, cualesquiera que fuesen, en las categorías tradicionales de derecha e izquierda que se han ido formando en una época en que no se podían prever mínimamente que iban a surgir aquellos problemas. Tratándose de problemas eminentemente morales, las dos partes contrapuestas hasta ahora se han dividido de la forma habitual con la que se divide el universo moral, en laxistas y rigoristas. Pero esta distinción entre laxista y rigoristas se adapta mal a ser confrontada con la que existe entre derecha e izquierda. ¿El laxismo es de derechas o de izquierdas? ¿El rigorismo es de izquierdas o de derechas?
De hecho existe una izquierda rigorista y una derecha laxísta, y viceversa. Las dos dicotomías, sin embargo, no se superponen. Respecto a este entrelazado, el problema más incómodo es el del aborto. Generalmente, el rechazo al aborto forma parte de programas políticos de la derecha. La izquierda es primordialmente abortista. Se me ha hecho notar que esta actitud parece estar en contradicción con una de las definiciones más comunes de la izquierda, según la cual ser de izquierdas significa ponerse de parte de los más débiles. En la relación entre la madre y el neonato, ¿quién es el más débil? ¿Acaso no es el segundo? Se podría contestar que. desde luego, éste es más débil respecto a la madre, pero que la mujer es más débil respecto al macho que la obligó, por lo menos en la mayoría de los casos, a quedarse embarazada. No es un hecho casual que la tendencia abortista haya tenido un enorme incremento al difundirse las reivindicaciones de los movimientos feminis tas

que han sido favorecidos por los partidos de iza.

8. Sin embargo, todos los motivos que he ido mencionando hasta aquí son «secundarios». La razón principal por la cual la clásica díada se ha puesto en discuSión es otra; una razón que tanto histórica como políticamente tiene un mayor relieve. Los dos términos de una díada se rigen indisociablemente el uno con el otro: donde no hay derecha ya no hay izquierda, y viceversa. Dicho de otro modo, existe una derecha en cuanto existe una izquierda, y existe una izquierda en tanto y cuanto existe una..detecha.. Consecuentemente, para convertir en irrelevante la distinción, no es necesario demostrar, como se ha visto hasta aquí, su inoportunidad (es inútil seguir dividiendo el universo político basándose en el criterio de las ideologías contrapuestas si ya no existen las ideologías); la imperfección de lo macabado (es insuficiente dividir el campo político en dos polos, una vez constatado que existe también un tercero, no importa si intermedio o superior); el anacronismo (han hecho su aparición en la escena política programas, problemas, movimientos que no existían cuando la díada nació y representó útilmente su papel). Basta con desautorizar uno de los dos términos, dejando ya de reconocerle alguno de sus derechos a existir: si todo es izquierda ya no hay derecha, y, recíprocamente, si todo es derecha ya no hay izquierda.
En cada binomio de términos antitéticos no siempre los dos elementos tienen igual fuerza, y además no se da por hecho que de los dos sea siempre uno el más fuerte y otro el más débil. La fuerza respectiva puede cambiar según los puntos de vista y los criterios para medirla. Existen binomios donde el término fuerte es

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preferentemente sólo uno: en el binomio guerra-paz, el término fuerte ha sido hasta ahora preferentemente «guerra», la prueba es que «paz» ha sido definido tradicionalmente como «no-guerra», como algo que llega después de la guerra (De jure be/li ac pacis de Grozio, Guerra y Paz de Tolstoi), mientras que en el binomio orden-desorden, el término fuerte es «orden». En el binomio antitético derecha-izquierda, circunscrito al lenguaje político, la fuerza respectiva de los dos términos no se da de manera constitutiva —contrariamente a lo que ocurre en el lenguaje biológico, y por extensión en el religioso y ético, donde el término fuerte es «derecha»— sino que depende de la época y de las circunstancias. En la historia italiana posterior a la Unidad, al predominio de la derecha le sucedió el de la izquierda. Sin embargo, predominio no significa exclusión del otro. Tanto en el caso del predominio de la derecha sobre la izquierda, como en el caso contrario, las dos partes siguen existiendo simultáneamente y extrayendo cada una su propia razón de ser de la existencia de la otra, incluso cuando una asciende más alto en la escena política y la otra baja. Cuando el fascismo, considerado como un movimiento de derechas, cayó estruendosamente —y, según gran parte de la opinión pública mundial, justamente—, la izquierda subió por contraste tan alto que pareció que la derecha había desaparecido, o por lo menos que hubiese perdido de tal manera la reputación como para que su supervivencia se hiciese improponible.
En una situación de este género se puede explicar que por parte de grupos o movimientos minoritarios que según la geografía política tradicional y consolidada se hubieran tenido que llamar de derechas, se empezara a sostener que la vieja díada ya no tenía razón de ser, y la lucha política requería ya que se fuese «más allá» de

la derecha y de la izquierda, en un «más allá», atención, que se presentaba n como una síntesis que englobase dos opuestos y englobándolos los convirtiera en verdaderos, sino como su total desconocimiento y su total falsificación. Como se ve, en una situación en la que una de las dos partes llega a ser tan predominante como para dejar a la otra en un espacio demasiado pequeño para que aún se la considere políticamente relevante, la desautorización de la díada se convierte en un expediente natural para ocultar la propia debilidad. ¿Está derrotada la derecha? ¿Pero qué sentido tiene todavía plantear el problema en estos términos —se pregunta el derrotado—, si la distinción entre derecha e izquierda ya ha cumplido su tiempo? En un universo donde las partes contrapuestas son interdependientes, en el sentido de que una existe si existe también la otra, la única manera de devaluar al adversario es devaluándose a sí mismo. Donde todo se ha con-
vertido en aquello de lo que era una parte, quiere decir que la contraposición ha agotado su deber y necesita volver a empezar desde cero, e ir «más allá».

9. Día tras día constatamos ya que, tras los acontecimientos de estos últimos años, que han perturbado el orden mundial disolviendo los regímenes comunistas
—exaltados durante un largo periodo como el imparable avance de una izquierda en la historia y considerados de cualquier modo, incluso por parte de quienes los habían combatido, como la más radical actuación práctica de ideas y movimientos de izquierda—, la relación entre la parte fuerte y la parte débil de la díada se está invirtiendo. Baja la izquierda, sube la derecha. Ya está ocurriendo que quienes sostienen que la vieja díada deber ser guardada en ci desván sean preferentemente grupos y movimientos que ellos mismos se proclama 1

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ron de izquierda, o así eran considerados, juzgados, condenados y vituperados por los adversarios, por lo menos hasta que el viento que impulsa la historia parecía soplar de aquella parte. Hasta hace poco tiempo era corriente oír la pregunta: «Pero, ¿todavía existe la derecha?». Después del derrumbamiento de los regímenes comunistas, se nota cómo asoma con la misma malicia la pregunta inversa: «Pero, ¿aún existe la izquierda?».
Creo que no hay nadie capaz de enumerar y recordar todos los congresos y todos los debates públicos que se han desarrollado en estos últimos años para contestar a estas cuestiones: «La crisis de la izquierda»; «Las dudas de la izquierda y sobre la izquierda»; «La izquierda en dificultades»; «La izquierda agónica». Todas estas preguntas se pueden resumir con el título del congreso que se desarrolló en Turín en diciembre de 1992:
«What is left?», que significa a la vez «Qué es la izquierda?» y «Qué ha quedado de ella?». Pero también en este caso se han dado las respuestas más disparatadas y contradictorias, desde la negativa más radical: «La izquierda ya no existe», «La izquierda ha sido enterrada bajo las ruinas del universo soviético», hasta la confiadamente positiva: «Si la izquierda es lo que significaba tradicionalmente, entonces el colapso del sistema bolchevique es un triunfo para la izquierda a la que se le abren posibilidades que habían sido enterradas bajo aquel sistema de tiranía desde 1917».

Entrevista a Noam Chomsky por Stefano Del Re, «Sfida capitale», en Panorama, 3 de enero de 1993, pág. 133. Las contestaciones de la díada proceden ya, de forma cada vez más frecuente, también de la izquierda; entre las muchas que se podrían citar, y para las que me remito a la bibliografía del apéndice, un ejemplo es el libro de C. Lasch Ilparadiso, ilprogresso e la ma critica, Feltrinelli, Milán 1992. El primer capítulo se titula «L’obsolescenza dei concetti di destra e sinistra», pág. 17 y so.; el autor, que declara haber sido un hombre de

La crisis del sistema soviético habría tenido como consecuencia, en este caso, no el fin de la izquierda sino de una izquierda históricamente bien delimitada en el tiempo. De esta constatación derivaría otra consecuencia sobre la cual el debate está más abierto que nunca:
no existe una única izquierda, existen muchas izquierdas, como, por otro lado, hay muchas derechas6. Naturalmente, afirmar que existen muchas izquierdas significa reafirmar la tesis tradicional según la cual debe haber un criterio para distinguir la izquierda de la derecha; de esa manera la díada habría sobrevivido a la gran crisis. Hay quien ha constatado justamente que en los países del Este europeo las primeras elecciones democráticas ha ocurrido sin que se reprodujera entre los distintos partidos en liza la distinción entre partidos de derecha y partidos de izquierda. Pero también, quien ha aportado esto como un argumento de peso en favor de la desaparición de la díada no ha podido sustraerse a observar y a reconocer lo anómalo de esta situación de transición del totalitarismo a la democracia, y a realizar la previsión de que en un futuro próximo, cuando las instituciones democráticas se hayan estabilizado, es probable que los partidos se congreguen de nuevo en torno a los dos polos tradicionales.

izquierdas, afirma que la reanimación de la derecha lanzó al desbarajuste a la izquierda y puso en evidencia la inutilidad de las viejas etiquetas.

Cfr. N. Urbinati, «L’Unitd, 3 de diciembre de 1992, escrito con motivo del congreso «What is left?».

Saco estas noticias de la revista ToD. The Working Paper Series, International Project: «Transitions to Democracy in a World Perspective», cuyo número de diciembre de 1992 contiene un artículo de Jan Vermeersch, «The Left eastern Europe», págs. 1-20.

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10. Para terminar, el último motivo y, parece, el más decisivo para negar la díada no es el que se refiere a la recíproca controversia, al hecho de que las dos partes de un todo, sea cual sea el sistema político, estén destinadas a caer juntas (si ya no hay derecha, ya no hay izquierda), sino al reconocimiento de que las dos etiquetas se han convertido en meras ficciones, y en realidad frente a la complejidad y a la novedad de los problemas que los movimientos políticos deben afrontar, los «derechistas» y los «izquierdistas» dicen más o menos las mismas cosas, formulan, para uso y consumo de sus electores, más o menos los mismos programas, y se proponen los mismos fines inmediatos. Derecha e izquierda ya no existirían, no tendrían ya razón de existir, no porque hasta un cierto punto haya existido sólo la izquierda, y luego haya habido sólo derecha, sino porque entre una parte y la otra ya no existen aquellas (presuntas) diferencias que merezcan ser consignadas con nombres diferentes. De hecho son sólo estos nombres diferentes los que acaban por engendrar la falsa creencia de que existan todavía unas contraposiciones que en realidad ya no existen, y por alimentar disputas artificiales y engañosas. Esto vale sobre todo para la lucha política en curso en Italia, donde se levantan cada vez más frecuentemente voces de observadores insatisfechos que, estando fuera de la refriega, van afirmando que deberían reducirse los motivos de tanto ensañamiento, porque en las adhesiones opuestas se sostienen a menudo las mismas ideas, o, mejor, que la izquierda, en dificultad, sostiene ideas de la derecha para renovarse, y acaba cancelando el tradicional contraste8.
Me refiero de forma particular a dos artículos de Ernesto Galli della Loggia, «Se la sinistra fa la destra», en Corriere della Sera, 15 de diciembre de 1993, y «La differenza necessaria>, 24 de diciembre de 1993. El tema de la confusión de la izquierda con la derecha y de la

Tal y como se podría probar por otros testimonios, esta confusión, esta autoanulación de la izquierda, no se corresponde del todo con la realidad. Pero para una respuesta concluyente me remito a los capítulos finales donde intento resolver las dudas aquí planteadas.
derecha con la izquierda vuelve en una reciente película del director francés Eric Rohmer, Eliírbol, e/akaldey la mediateca (1993). En la película, el alcalde defiende las razones de la mediateca (progreso) mientras las razones del árbol (naturaleza) son defendidas por el maestro. Entre las dos posiciones, cuál es la de la izquierda y cuál la de la derecha? A la pregunta parece dar respuesta el propio director:
«Este filme “político” no es una película de tesis [...} Más bien los programas de la izquierda y de la derecha se asemejan, sólo que la derecha se ha vuelto tan violenta como era la izquierda de los afios sesenta. Hoy, lo esencial no es imponer este o aquel régimen, todos los regímenes son imperfectos, lo más urgente es salvar la vida sobre el planeta y evitar de todos modos los conflictos entre las personas». Extraigo la cita de la Scheda Aiace, temporada 1993-1994, 14.

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