Discurso de Orden con motivo de cumplirse cuatrocientos años de la aparición de la inmortal obra de Miguel de Cervantes Saavedra






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LECTURAS DEL QUIJOTE

Discurso de Orden con motivo de cumplirse cuatrocientos años de la aparición de la inmortal obra de Miguel de Cervantes Saavedra.
Paraninfo del Palacio de las Academias.

Jueves 2 de diciembre del 2004.
El maestro Higinio llegaba, silenciosamente, con la puntualidad de las siete de la mañana, a la puerta de la casa paterna y materna. Vestía de blanco, blanco de algodón, la blusa cerrada, larga, bien abotonada, cuidadoso el pliegue del pantalón a la altura del tobillo; un poco encorvado, sin abuso, enderezaba la cabeza pelada, blancas las orillas, para decir buenos días, sin perder el equilibrio sobre la nariz perfilada los quevedos claros, el metal sutil era un complemento a su grave rostro de buenos días maestro Higinio. Calzaba alpargatas de capellada y suela de cuero curtido en la curtiembre con vaina de dividive en la ciudad lejana y nostálgica llamada en lengua ajagua Carora, por lo gredoso del lecho del río y también con resonancia indígena Morere. Pero las capelladas las tejían en el pueblo abajo las hacendosas manos de las Coronado. El maestro Higinio tenía la modesta costumbre de quitarse las alpargatas en el umbral de la puerta; descalzo, los pies limpios, caminaba empinado hasta la silla labrada en madera y cuero de res por el talabartero Don Pedro Rodríguez. La maestra de escuela no se levantaba de su mecedora de esterilla sino después del cafecito negro. Empezaba la lección.
Esopo era un esclavo frigio. Frigia era una región de Grecia. Un día Esopo fue puesto en venta por su amo a un comerciante tacaño. Como el esclavo Esopo era pequeño, contrahecho, barbudo, valía poco. Pero Esopo era inteligente, de fácil palabra y mucho ingenio. Le dijo al comerciante: “Cómprame, te voy a ser útil, voy a educar a tus muchachos”. Esopo se hizo pedagogo, el que conduce a los niño por la luz de la cultura, como el Maestro Higinio. Así escuché, por primera vez, las Fábulas de Esopo.
¿ Y qué es Don Quijote, el libro por excelencia de nuestra lengua, sino una fábula con muchas fábulas?. Así fue como mi primera maestra, que también era mi mamá, en las vacaciones, que llamábamos vacantes, de Diciembre y las Navidades, de Semana Santa cuando cayera, y las largas desde el 20 de julio hasta el 15 de septiembre, me enseño a leer, como una fábula de fábulas, este libro festejado hoy porque son las vísperas de su cumpleaños 1605 a 2005, cuatrocientos años de persistente esplendor en las Letras universales. Aunque algunos eruditos buscaron rastros de edición anterior, no han dado con ella. Solo es posible saber que nuestro Príncipe de las Letras proyectó y escribió la Primera Parte en 1604, pero en los registros conocidos la primera edición es esa que se conoce: “El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha, compuesto por Miguel de Cervantes Saavedra. Dirigido al Duque de Béjar, Marqués de Gibraleon, Conde de Benalcaçar, y Bañares, Vizconde de la Puebla de Alcozer, Señor de las Villas de Capilla, Curiel, y Burguillos.- Año, 1605 (portada con el emblema del águila y el león enmarcados con la leyenda Spero Lucem post tenebras (escudo o marca del editor). Con privilegio, en Madrid por Juan de la Cuesta – Vendese en casa de Francisco de Robles, librero del Rey nuestro señor”. Lo que pasa, como todo lector sabe, es que la tassa de Juan Gallo de Andrada, escribano de Cámara del Rey –tres maravedis y medio por pliego, doscientos maravedis y medio los ochenta y tres pliegos- está fechada el veinte de diciembre de 1604.
La Real Cédula por la cual se ordena la revisión del libro –“el qual os avia costado mucho trabajo, y era muy util, y provechoso”- está “Fecha en Valladolid, a veynte y seys dias del mes de Setiembre, de mil y seiscientos y quatro años”. El testimonio de erratas lo firma el Licenciado Francisco Murcia de la Llana “En el Colegio de la Madre de Dios de los Teologos de la Universidad de Alcala, en primero de Diziembre, de 1604 Años”. Asegura el Letrado alcalaíno: “Este libro no tiene cosa digna que no corresponda a su original”. Pues a mi me parece que sí tenía una, además de las erratas que con el tiempo han desaparecido a medida que los tipos y las planas y los eruditos y los editores han metido la mano para las enmiendas, sin alterar la letra ni el espíritu de la letra.
Más claro no canta un gallo. Celebramos el cuarto centenario de la escritura y, como galanamente escribe el ilustre académico Don Oscar Sambrano Urdaneta, el inicio del “año quinticentenario de la primera edición de Don Quijote de la Mancha”
En las repisas de sus dos habitaciones sagradas conservaba la maestra de escuela sus libros, un Telémaco en su lengua, la de La Fontaine, uno de los doce libros de Fábulas, un curioso texto de José María Quadrado con el Título de Ensayos Religiosos, un Nebrija de 1862, los tres tomos de Depons de 1806, una Sagrada Biblia, los primeros fascículos de la Historia de José Gil Fortoul, la primera edición de Rafael María Baralt, sus libros para recordar su Bachillerato sola entre sus contemporáneos varones y luego para mitigar los sinsabores de la pobreza que le regaló la temprana viudez. Pero su libro de más entrañable lectura fue el que ponía en mis manos, ella leía pausadamente y yo repetía, cada cesura, cada palabra del Caballero de la Triste Figura, cada frase de su escudero, eruto Sancho, no regüeldo; la libertad, Sancho, por la cual se puede y debe dar la vida; con la iglesia hemos topado.
Los dos tomos no se perdieron en las mudanzas desde la primera casa de la Calle Real del pueblo hasta la última en la esquina de la Plaza sin estatua. Vida y Hechos del Ingenioso Caballero Don Quixote de la Mancha, compuesta por Miguel de Cervantes Saavedra, Parte Primera. Nueva edición, corregida e ilustrada con 32 diferentes Estampas muy donosas, y apropiadas a la materia (Marca del editor, escudo con un león rapante). En Amberes, por Henrico y Cornelio Verdussen, MLCXCVII (1697), Años... Con licencia y privilegio. El primer tomo se ilustra, antes de la portada, con una lámina con Don Quijote en un espléndido caballo, burla de Rocinante, adarga, yelmo y escudo, en el centro, Sancho Panza al lado de pie abrazado a la cabeza de su asno, arriba un medallón de una robusta y bien pintada, medias tetas al descubierto, Dulcinea, escoltado nuestro caballero por dos guerreros, con espada y armadura Amadís, con lanza, yelmo florido y escudo un orgulloso Rolando. Rompe el Tomo con el Prólogo al lector desde la página 3, los Sonetos, La Aprobación de Fray Luis de Pellicer, Lector de Teología y Definidor en “Jesús de Valencia a 18 de Julio de 1605” y la Suma del Privilegio dada por Carlos II a Henrico Verdussen, sin fecha.
La Parte Segunda se abre con una lámina donde un Don Quijote, Cavallero de los Leones, aparece con armadura completa, un león a su izquierda no muy fiero –como el león desdentado del Circo Razzore hace muchos años-, Merlín calvo y barbudo envuelto en un medallón arriba y centro, Dulcinea Encantada y sentada y gorda, frente a Sancho Panza Gobernador con su vara de la justicia en la izquierda, en su silla de aquella Miraflores llamada Barataria, con gorro y barba. Empieza la página 3 con el bravío Prólogo, bien distinto al gozoso de la Primera Parte. “Válame Dios, y con quanta gana”, y su final, “Olvídaseme de dezirte que esperes el Persiles, que ya estoy acabando, y la Segunda Parte de Galatea”. La Aprovación de El Licenciado Márquez y Torres “En Madrid a veynte y siete de Febrero, de mil y seiscientos y quinze”. El Capítulo IV del Libro V termina en la página 36 con una ilustración pequeña, un medallón, cara felina, una paloma acurrucada a la izquierda, un halcón preparado para el ataque a la derecha y la leyenda Concordia Fructus enigmática, pues el asunto trata de las dudas y preguntas con que Sancho Panza satisface al Bachiller Sansón Carrasco tan resabiado. Una viñeta, cesta con hojas y ramas, cierra el volumen; son así catorce láminas y dos viñetas las que ilustran la Segunda Parte; la Primera se ennoblece con 32 estampas.
Si la lectura tuvo por objeto aprender a leer de mano de la maestra de escuela, lo divertido fue, en los años escolares, en las vacaciones desde el Cuarto al Sexto Grados de Primaria, buscar las ilustraciones, hojear los dos tomos para mirar y volver a mirar las gracias y las desgracias –todas afortunadas- como en las fábulas morales de Don Quijote, de Sancho y de los personajes de ese Logos literario y de la vida real que es la Vida y los Hechos del más famoso de los caballeros de la Historia. Logos, la palabra viva, la esencia del idioma; Logos, el todo de la Historia, de los hechos, de aquello que es sustantivo, tal como el otro día, cuando para honrar al creador de ese Logos perdurable, el Día del Idioma, lo ilustró profunda y armoniosamente en esta tribuna y espacio nuestro gran humanista Don Blas Bruni Celli en su Elogio a la palabra Logos.
La edición de 1692 (Tomo I, en 8º, 18 x 11 cm., 9 hojas + 611 páginas + 5 de tabla, 32 estampas; Tomo II, 9 hojas, 649 páginas, salta de la página 572 a la 577, pero no el texto, 16 estampas), que pasó de la repisa a mi biblioteca, tiene su origen en la de 1662 “Nueva edición, corregida e ilustrada con diferentes estampas muy donosas y apropiadas. En Bruselas. De la Imprenta de Juan Mommarte, Impresor jurado” Las ilustraciones están firmadas por F. (Frederique) Bouttets scul. (escultor), no todas, lo cual puede significar que las no firmadas sean del primer ilustrador de 1657, Savry. Ambos pintores señalaron el camino, según la tradición, a los siguientes. También es de 1662 la de Madrid, “En la Imprenta real, por Mateo Fernández, impresor del Rey nuestro Señor.... A costa de Juan Antonio Bonet”. Una reimpresión madrileña del mismo año “A costa de Doña María Armenteros, viuda de Juan Antonio Bonet” y también otra “A costa de Francisco Serrano de Figueroa. Familiar y Notario del Santo Oficio y mercader de libros”. Siguen ediciones que copian las anteriores en 1668, Mateo de la Bastida, 1670 de Amberes “En casa de Geronymo y Juanbautista Verdussen”, 1671 de Bruselas “A costa de Pedro de la Calle”; 1673, de Amberes, por los mismos editores; 1674, de Madrid “con treinta y cuatro láminas”, “A costa de D. María Armenteros”, igual a la de 1662, la primera ilustrada en España; la de 1697, cuto ejemplar llegó a la casa de mi bisabuelo Don Pedro Montero en Carora, es la última de las 24 impresas en el siglo XVII en su idioma. Con motivo del IV Centenario del autor la Editorial Castilla publicó, en cuatro volúmenes la edición de Clemencín, con estudio de Luis Astrana Marín, 356 grabados de Gustavo Doré y un índice con los nombres de los ilustradores, para quien tenga la suerte de mirarla en la Biblioteca de la Real Academia y en otros lugares privilegiados, antes de que termine la cultura del libro anunciada por el monstruo de la tecnología y de la computadora Bill Gates (lunes 22 de noviembre del 2004).
El capítulo XXII, Libro III, de la Primera Parte cuenta el episodio de la libertad que dio Don Quijote a muchos desdichados, que mal de su grado los llevaban donde no quisieran ir. La ilustración al folio 198, con firma de Bouttets, representa la arremetida de Don Quijote al primer guarda de a caballo y escopeta y la trifulca que se arma: ¿Es posible que el Rey haga fuerza a ninguna parte?. Esa fue la punzante pregunta de aquel libertador que no podía tolerar el mal trato, aunque los presos fueran delincuentes. No agradeció ninguno aquel acto de valor personal y moral del iluso desfacedor de entuertos, y menos el Ginés de Pasamonte tan atrevido lenguaraz que sacó la furia del noble pecho del justiciero caballero: “Pues voto a tal, dixo Don Quixote (ya puesto en cólera) Don hijo de la puta, Don Ginesillo de Paropillo, o como os llamays, que aveys de yr vos solo rabo entre piernas, con toda la cadena a cuestas”. Libres quedaron los condenados a galera, cabizbajo el jumento, en pelota Sancho Panza y “Don Quixote mohínissimo de verse tan mal parado, por los mismos a quien tanto bien avía hecho”.
Parece claro que la historia, insólita, expone una constante en la acción del armado caballero: la libertad es una de las condiciones de más alto valor, darle la libertad a los oprimidos esta tarea del Rey, del Magistrado u, en todo caso, la justicia no se administra con cadenas. Un día, mientras expurgaba el empedrado de la calle frente a la casa del pueblo trujillano, entonces honrado Municipio Cuicas del Distrito Carache, con mis hermanos, vimos con gran susto que por la Calle Real venían dos hombres a caballo, uno con sombrero de cogollo, armado de escopeta y rostro sombrío, delante de la fila, otro detrás con igual talante; entre ambos comisarios, llamados entonces policías y en voz baja, temerosa y peligrosa sagrados, esto es, representantes del Gobierno en aquella era del silencio benemérito, tres presos, amarrados la cintura, el cuello y las manos a la espalda, apersogados, la soga sujeta a la silla de las bestias, los presos descalzos, medio cuerpo desnudo, calzones despavoridos; esa era cadena de galeotes roba gallinas y cuatreros camino de la cárcel en la capital del Estado, la ciudad de Trujillo. Una voz clara, y cariñosa ordenó: a la casa. Mucho más tarde, abandonada la infancia, en la Puerta del Sol, en el Madrid del Caudillo de España por la Gracia de Dios, sentí el mismo terror al ver la cadena de galeotes, más de los doce a quienes dio libertad Don Quijote, encadenados, camino de las cárceles: son rojos, dijo con desparpajo un transeúnte. Por la libertad, sancho, así como por la honra –que es la justicia- se puede y debe dar la vida.
En 1950, antes del terremoto del día 3, que no destruyó la ciudad de El Tocuyo, se apareció en Barquisimeto, capital del estado Lara, un ambulante vendedor de libros: Su vigorosa voz castiza delató fácilmente su patria, algún lugar de la Mancha, Castilla La Vieja, que alarmó al gobernante, nada menos que aquel apacible caballero, profesor de Historia en el Liceo Lisandro Alvarado, historiador singular, Director ilustre de la Academia Nacional de la Historia, hidalgo en la amistad Don Carlos Felice Cardot. Como en la biblioteca de mi casa estaba en silencio mi compañero de estudios en el Instituto Pedagógico Nacional, Federico Brito Figueroa, para que no lo encontrara la persecución que ya comenzaba a extender sus negras alas –toda dictadura se convierte en tiranía si se duerme Fuenteovejuna-, recibí al librero sin librería en la Santos Luzardo que había yo inaugurado con libros del gran editor del siglo XX –todavía trabaja sin cansancio- José Agustín Catalá. Tres ejemplares cargaba en sus maletas de una de esas extraordinarias ediciones del libro que aquí nos congrega para nueva celebración.
La edición del Patronato del IV Centenario de Cervantes: El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha de Miguel de Cervantes Saavedra –Nueva edición crítica con el comento refundido y mejorado y mas de mil notas nuevas- Dispuesta por Francisco Rodríguez Marín de las Reales Academias Española y de la Historia –Director de la Biblioteca Nacional- Madrid, Ediciones Atlas, MCMXLVII (1947)- Las ilustraciones son de Gustavo Doré.
Si la primera vez leí la novela, considerada por los historiadores y críticos de la literatura como la fuente de cuantas han sido escritas durante cuatro siglos en las culturas de nuestro mundo, en voz alta como “se hacía en el tiempo del autor”, ahora debía hacerlo como cualquier lector. Mi maestro Don Cecilio Zubillaga Perera (1887-1948) leía en el chinchorro de su cuarto caroreño. Hermann Garmendia, cronista y bohemio, tan bueno en la letra como su hermano Salvador, y yo, comenzamos a leer el Don Quijote anotado minuciosamente por Rodríguez Marín, en la Placita Lara, cada quien por su cuenta, solo nos reuníamos para escudriñar las Notas a pie de página, más largas que el texto. No es para leer de corrido esta edición, sino para tratar de conocer el idioma, cada palabra, cada giro, cada refrán. Es un libro de estudio, donde todos los cervantistas posteriores han empezado y, a veces, solamente repetido o resumido.
Don Francisco Rodríguez Marín (1855-1943) comenzó a editar El Quijote en 1911-1913, en la colección de Clásicos Españoles, siguió en 1916-1917 con la Revista de Archivos, Bibliotecas y Museos. La primera forma parte de los Clásicos Castellanos de Espasa Calpe, en ocho volúmenes, cuyo prólogo está firmado en Madrid el 18 de junio de 1911. El segundo es de 1915 y el último del 4 de octubre de 1927. En su testamento menciona la que se publicará como final: “y encarga a sus herederos que si, llegado o ya su próximo el año mil novecientos cuarenta y siete, cuarto centenario del nacimiento Cervantes, hallaran buena ocasión para reimprimir esta obra, al contratar su reedición atiendan mas a la honra del preclaro nombre de Cervantes que al provecho propio, cuidando de que la dicha reimpresión supere en corrección, elegancia y lujo a las tres que el testador ha sacado a ver a la luz pública”. Así se cumplió. Don Francisco perdió la voz en un momento dado. Pero dejó escritas ciento cincuenta obras en torno a la lengua, a la historia, y a la literatura. Sus ediciones del Quijote ya forman su pedestal como erudito, como sabio de la cultura en lengua castellana que aquí llamamos española.
En 1989 se publicó en Barcelona, la de España naturalmente, una edición Facsímil de la Primera Parte de 1605 y la Segunda de 1615. Allí está fresca la pluma de Cervantes por el privilegio de aquel impresor Juan de la Cuesta, “Desocupado Lector” comienza el Prólogo, y termina “Y con esto, Dios te de salud, y a mi no me olvide” y un Vale como todavía se acostumbra en Alcalá de Henares, su patria, y por los pueblos de Andalucía que le ofrecieron sus decires y donaires. El escritor José María Valverde, con quien me topé alguna vez en los patios de la Universidad catalana, cuando no era obligatorio hablar esa lengua romántica, donde enseñaba una materia de elevada categoría, Estética (no se sí se practica mucho por estas Provincias), escribe un brioso y estético prólogo con el título El milagro de un libro, es decir, “uno de los grande tesoros de la humanidad”. De los tres mil ejemplares publicados atesoro el ejemplar Nº 2492.
Cuando la Maestra de Escuela me expulsó de Barquisimeto –una dictadura puede ser llevadera si eres forastero, pero en tu patria es pesada y peligrosa para el cuerpo y para el alma- no era cuestión de llevar chivos para Coro ni cocos para Cumboto; dejé los dos Quijotes, el antiguo con las donosas estampas, y el moderno con las más de mil nuevas notas críticas. Ya habrá en Madrid otras ediciones, no solo en la Biblioteca Nacional, ni las que bien numeradas conserva la Real Academia, sino también las que circulen por la Facultad de Humanidades de la muy joven Universidad Central que le arrebató lo de Complutense a la añeja de Alcalá. Antigua es la de Salamanca, de donde salieron aquellos Licenciados Don Juan Pérez de Tolosa, Fundador de Caracas, y Don Juan de Frías, su Juez de Residencia, antes de las tres salidas del Ingenioso Hidalgo.
Para aprovechar las 39 horas de vuelo desde la Carlota a Puerto Rico, a Panamaribo, a la Isla de Sal, a Dakar, a Lisboa y a Madrid en aquel entonces, 1951 creo recordar, me llevé, a la mano, un ejemplar de la primera edición del Canto General del gran poeta de todas las lenguas Pablo Neruda; desde México me lo envió Don Ricardo Montilla, un noble Venezolano que andaba, como el poeta, desterrado de su patria. En la tertulia de la Revista Insula, Calle del carmen Nº 9, cerca de la Gran Vía que se resistía al nombre oficial de José Antonio Primo de Rivera, se disputaron el ejemplar mis nuevos, hoy viejos, amigos, muertos pero eternos en la palabra, José Hierro, Jorge Campos, José Luis cano y alguno más. De mano en mano, de poeta en poeta, en silencio que la tiranía es peligrosa, aquel ejemplar se quedo en Madrid. El otro día, viernes de honra y gloria, nuestro Oscar Sambrano Urdaneta armonizó su lúcida voz de escritor con ese Canto General, enaltecido su nombre y el de todos los Venezolanos, con la medalla presidencial Centenario de Pablo Neruda que le enviaron con mensajero de excepción, desde el Palacio de la Moneda de Santiago de Chile.
Ciento noventa y nueve ediciones en el siglo XIX registra aquel bibliógrafo y bibliófilo por excelencia Don Antonio palau y Dulcet en su saqueado, pero también bien utilizado Manual del Librero Hispano Americano (1950) y ciento ochenta y dos en la primera mitad del XX, con sólo enumerarlas tendríamos para los cuatro meses de la tercera y última salida de Don Quijote.
Dos ediciones modernas del Quijote han entretenido mi curiosidad y afición de lector de Cervantes, no solo de su obra por excelencia con la cual se defiende el idioma de nuestra identidad, la identidad de mi pueblo venezolano desde el siglo XVI, que no tiene otra la cultura popular ni la de uso en los Estudios Generales, sino toda su escritura, que habría bastado y sobrado con las Novelas Ejemplares para consagrarlo Príncipe de las Letras Españolas y de los alrededores. La edición crítica y comentario de Vicente Gaos, en tres tomos, de la Editorial Gredos (Madrid 1987) y la que entiendo como primera de este siglo, Editorial Crítica, Madrid, 2001, Edición de Francisco Rico con la colaboración de Joaquín Forradellas, Estudio Preliminar de Fernándo Lázaro Carreter y Prólogos de Jean Canavaggio, Sylvia Roubaud y Anthony Close. El director magnífico que fuera de la Real Academia, Don Lázaro, escribe Las Voces del “Quijote”, un hermoso ensayo sobre el habla, cuyo párrafo final es este: “Y así, picando en todo, hablando cosas de meollo y de sustancia, acuñados como cara y cruz de una medalla de oro, Don Quijote y sancho siguen este milagro secular de reunirnos a mujeres y a hombres a escuchar o a leer o a interpretar su propia y libre palabra nuestra”. Libre, escribe Don Lázaro, porque en cuanto se amordaza la palabra, se acabó la libertad. Canavaggio es, o era, un hispanista autor de una agradable no engalletada, biografía de Cervantes, traducida por Mauro Armiño –no sé quien es- para Espasa, Universidad (Madrid 1986) donde recuerdo con agrado los capítulos de Los Amores Inciertos entre 1580 y 1587 y El Laberinto Andaluz 1587 a 1601, dos incidencias principales en la azarosa existencia del gran escritor, cuya mejor biografía está en sus libros, la del castillo interior, como decía Santa Teresa, la del armario, como quiere Miguel de Unamuno en aquel seguimiento que le hizo en su Vida de Don Quijote y Sancho.
Esa edición ya anuncia el futuro del libro, pues el volumen de 1325 páginas, más la del colofón que es de rigor, está acompañada por una Edición Electrónica, el Disco, el Libro Electrónico que –según el anuncio del genio, magnate y señor de la red de redes, de las computadoras y las tecnologías de la ultracivilización y redefinición de la cultura –ut supra nombrado- sustituirá a partir del 2014 a este libro impreso a la antigua usanza, todavía vigente, de la Biblia de Gutenberg, del Quijote de 1605, 1615, 1637, 1647 y esta millonaria edición que recorre el mundo donde cuatrocientos millones de habitantes hablamos en el noble idioma nacido en San Millán de la Cogolla en una oración de ocho líneas y multiplicado por la historia de España y de América. Tal vez haya un millón de lectores. En Venezuela sólo somos, desde mi infancia, tres mil, que es bueno para empezar. Un Banco de Datos Textual en DBT –versión Beta, al cuidado de Joan Torruella –pronuncio en mi idioma- es la Guía de Uso. Aprendí a leer y a medio escribir con libros impresos. Moriré, cuando Dios quiera, analfabeta electrónico. ¿Y si se va la luz y se apaga la computadora en pleno día?. No conviene quemar los libros impresos. Tres enemigos ha tenido a lo largo de los siglos: la candela que usaron el cura, el barbero y el ama; la polilla hija de la desidia, y la inquisición, quiero decir la dictadura cuando se convierte en tiranía, un solo libro, un solo periódico, un solo palabreo, que Dios nos guarde y favorezca y nos agarre confesaos.
Ahora bien, como ya es público y notorio, Don Quijote se edita en su Primera Parte en 1605, de modo que celebramos hoy sólo vísperas, esto es, el tricentésimo nonagésimo nono año de la escritura y, cuando salga el sol del 2005, habrá tiempo, si no hay espantos, se podrá conmemorar y celebrar con bailes, cohetes y parrandas el cuadrigentésimo aniversario de aquella primera edición.
Como ya lo han advertido los cervantistas, Don Miguel de Cervantes Saavedra se complacía mucho con el éxito de su obra escrita a la llana, sin remilgos ni pulituras y sin mirar para atrás; no corregía pruebas. No se leía. Afortunadamente. Los editores han metido mano, pero no para corregir la plana, sino para entender y hacer comprender a los lectores de cada época.
Copio de la primera edición: “En algún lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que viuía vn hidalgo de los lança en astillero, adarga antigua, rozin flaco, y galpo corredor”. Son las seis primeras líneas.
Comenta Francisco Rodríguez Marín: “Era el galgo respecto del hidalgo de aldea cosa tan sine qua non como indica este refrán: Al hidalgo de aldea que no tiene galgo fáltale algo”.
Anota Vicente Gaos: rocín flaco y galgo corredor”.... A la puerta queda / la mujer de cierto hidalgo / destos de rocín y galgo...” (Lope de Vega El cuerdo en su casa, acto I). “...hasta un rocín y dos galgos, / tres paveses y un lanzón”.... (Calderón, Agradecer y no amar, jorn. II). R.M. (Rodríguez Marín), de quien son estas citas, comenta: “Este era, en efecto, el avío y ajuar de un hidalguete de humilde acomodo”.
La edición de Francisco Rico sólo esto: “el galgo se menciona en cuanto perro de caza”.
Pero ocurre que Don Quijote no tiene perro, no tiene galgo ni en su casa donde vivió y murió “Alonso Quijano el Bueno, llamado comúnmente Don Quijote de la Mancha”, ni en ninguna de sus muchas aventuras.
Las dos partes se publican juntas en 1637 la primera vez. Es la edición que se repite, corrige, comenta e ilustra en la gloriosa marcha del libro, si bien los eruditos cotejan las diversas ediciones, como hizo y ahora vuelve a ello la Real Academia, acompañada en esta oportunidad por la Asociación de Academias, entre ellas la más antigua de esta República. La Academia Venezolana de la Lengua.
Se olvidaron los sabios, los eruditos, los lectores, de la segunda edición conjunta: Primera y Segunda Parte del Ingenioso Hidalgo Don Quixote de la Mancha, compuesta por Miguel de Cervantes y Saavedra. A D. Antonio de Vargas Zapata, Ayala y Manrique, Marqués de la Torre, Vizconde de Linares, señor de la Villa de Ibancrispín, Regidor perpetuo de la ciudad de Toledo y Menino de la Reyna nuestra señora. Año 1647 –Con licencia. En Madrid. En la Imprenta Real.- A costa de Juan Antonio Bonet, y Francisco Serrano, Mercaderes de libros.
Palau y dulcet registra la edición con este comentario: “Es copia algo mejorada, de la edición anterior. La segunda parte empieza en el folio 232, y la numeración salta del 238 al 240”. La edición anterior es la de 1637 (Madrid, en la Imprenta de Francisco Martínez. A costa de Domingo Gonzáles. Mercader de Libros). Comenta el bibliógrafo: “El texto se imprimió con esmero y resultó muy aceptable, sirviendo de modelo a otras ediciones posteriores” (Manual del Librero, tomo tercero, pág. 397, columna 1).
Para celebrar los quinientos años del Descubrimiento de América la Academia Nacional de la Historia –a la cual serví como un buen peón, pobre pero honrado, durante treinta y seis años, 3 de agosto de 1958 al 3 de agosto de 1996, y nueve como arriero sin mandador- publicó una edición facsimilar de aquella segunda edición olvidada de 1647. El ejemplar –debe estar en su sitio de privilegio, si no lo han mudado como ha sucedido con otros libros- lo adquirí, para la Institución vencida la tentación de dejarlo en la estación, armario, estante, donde este estacionario que no es librero sino más bien bibliotecario, el que cuida libros, donde se encuentran los viejos, raros y curiosos, es decir maravillosos (Partida II, Ley XI, Titulo XXXI para encontrar las antiguas palabras), en la Librería para Bibliófilos Luis Bardón Mesa, en la Plaza de Santo Domingo, de mi Madrid, por tres mil doscientos dólares, acompañado por Doña Mary. Entero el ejemplar, sin páginas saltadas. La Prmera Parte y la Segunda Parte completas. La edición venezolana asienta: “Terminose de imprimir este libro El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha en la ciudad de Caracas, Talleres de Italgráfica S.A. durante el mes de mayo de 1992. Año conmemorativo del Quinto Centenario del Descubrimiento de América”. Para mitigar el mal prólogo titulado El Quijote en Venezuela, escrito por un fulano Guillermo Morón, se añadió una Bibliografía Cervantina Venezolana, compilada por el crítico de la literatura y acucioso cuanto culto bibliógrafo Don R.J. Lovera De-Sola. Quiso la Academia patentizar su regocijo a propósito de esta publicación. Con un añadido destinado a ennoblecerla. Un añadido de primera clase: las treinta ilustraciones solicitadas expresamente a los tres maestro de la pintura Don Régulo Pérez, Don Luis Guevara Moreno y Don Pedro León Zapata, “muy donosas y apropiadas”, como obras de tan excelentes artistas venezolanos.
No es oportuno pasar revista a las condiciones, tiempo y editores del original de 1647. Solo quiero citar las cuatro primeras líneas del Capítulo Primero que de memoria citan escritores y escribanos de cualquier aldea manchega, andaluza o criolla: “En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lança en astillero, adarga antigua, rozin flaco, y algo corredor”. En flaco está puesta una coma para destacar la condición del rocín que recibió el nombre de Rocinante después de pensarlo con prudencia su caballero. Era flaco y “algo corredor”. ¿Cuándo echó una carrera ni corta ni larga el caballejo?. Nunca, en ninguna aventura, en ninguna batalla. No corrió al galope Rocinante, Algo corrió, a veces, muy poco y más de las veces se quedó en su sitio y hasta se cayó con caballero y todo. Desde cuando leí, en nuestra edición conmemorativa del Descubrimiento, un par de veces a este Quijote intenté conseguir un galgo, ya que lo había visto pintado hasta por Goya. No lo encontré porque Don Quijote no tiene perro, no era cazador el Hidalgo ni el hidalguete. La palabra galgo sí aparece en el famoso libro, tres veces, a saber:
Primera en las líneas del recitado que da principio a la novela, menos en la corrección de 1647 que acabo de mencionar. (Primera Parte, Capítulo Primero, que trata de la condición y ejercicio del famoso y valiente hidalgo don Quijote de la Mancha).
Segunda, en el capítulo IX donde se concluye y da fin a la estupenda batalla que el gallardo vizcaíno y el valiente manchego tuvieron, a propósito de la reflexión sobre la historia y los historiadores; sobre la primera está su veredicto “... la verdadera relación de la historia, que ninguna es mala como sea verdadera” y sobre quienes la escriben filosofa cuerdamente “...habiendo y debiendo ser los historiadores puntuales, verdaderos y nonada apasionados, y que ni el interés ni el miedo, el rencor ni la afición, no les hagan torcer el camino de la verdad, cuya madre es la historia émula del tiempo, depósito de las acciones, testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo por venir”.
Y esas sabias sentencias las coloca allí como secuencia de la historia que cuenta atribuida a la Historia de don Quijote de la Mancha, escrita por Cide Hamete Benengeli, historiador arábigo que es, como se sabe, su otro yo informador y narrador. De modo que si la historia de la batalla entre el vizcaíno y el manchego resultare chimba, pues no es su culpa: “...y si algo bueno en ella faltare, para mi tengo que fue culpa del galgo de su autor, antes que por falta del sujeto”.

Rodríguez Marín nos ilustra: “Los cristianos llamaban perros a los mohometanos, o , más específicamente, galgos... En la misma moneda, quiero decir, con los mismos denigrantes motes de perros y galgos nos pagaban los musulmanes”, y lo demuestra con Lope de Vega y el mismo Cervantes en Los Baños de Argel. Como no hay galgos por estos lares, usamos el conocido perro y perra para insultarnos sin religiones de por medio. En la edición de Francisco rico, la que dije antes, se repite: “galgo y perro eran insultos que se aplicaban recíprocamente cristianos y musulmanes”.
Tercera, Capítulo XXII, De la libertad que dio don Quijote a muchos..., en la respuesta del tercero de los galeotes, quien si hubiera tenido veinte ducados hubiera untado al escribano de su causa; o “avivado el ingenio del procurador”, de modo que en lugar de las cadenas de su prisión “hoy me viera en mitad de la plaza de Zocodover de Toledo, y no en este camino, atraillado como galgo”, esto es, amarrado como un perro.
Y una cuarta vez, en plural (Segunda Parte, Capítulo XIII, Donde se prosigue la aventura del Caballero del Bosque, con el discreto, nuevo y suave coloquio que pasó entre los dos escuderos): “... ¿ Qué escudero hay tan pobre en el mundo, a quien le falte un rocín y un par de galgos y una caña de pescar, con qué entretenerse en su aldea?”. Pues ya se ve que ni Sancho Panza ni su Don Quijote tenían, en sus historias ni en su aldea, ningún perro, ningún galgo.
Cada pasaje, cada donaire, una a una las frases, los decires y aún con empecinado coraje de filólogo, de crítico, de historiador, cada palabra del libro de Cervantes, ha sido estudiado. Las buenas y las malas palabras, si es que hubiera palabra mala en una obra maestra. En estos días Don Alexis Márquez Rodríguez, maestro del idioma por excelencia, nos ha dado a conocer el primer ensayo, de hondura, sobre la última novela de ese Cervantes tropical que es Gabriel García Márquez, con el genial título de Memoria de mis putas tristes. Nunca fueron tristes las hetairas en los Diálogos Socráticas, en las conversas filosóficas y poéticas de las grandes ciudades de la Grecia antigua, ni en la gran polis de Atenas, con 250.000 ciudadanos en el siglo IV a.c. ni en la pequeña Quíos de tres mil en el VI a.c., donde se escribió la primera constitución de democrática, ni en La Rioja, Castilla La Vieja, donde son llamadas “mujeres de vida alegre”. Una sola vez se ha practicado la democracia en su sentido original, en los días de Pericles, pues todas las demás, desde cuando resucitaron, son sólo apariencias y, a veces, remedos, el gobierno de Sancho Panza y las ansiedades de Don Quijote por la libertad personal y por la justicia colectiva son de novela, no encarnadas en ninguna realidad. Tal vez cuando celebren el sexagésimo centésimo aniversario allá en Marte, reinen la libertad, la honra y la justicia por las cuales se puede y debe dar la vida.
Tiene este escritor de provincia, como cualquier hijo de vecino que se precie de serlo, una aristocracia de amigos. Aristocracia, ya ustedes lo saben, de aristos, el mejor, no por razones vulgares de genealogía –esa ciencia auxiliar- ni menos aún por la fuerza, poderoso Caballero es Don Dinero, sino por mandato del viejo armario en desuso llamado a la antigua el corazón, donde se suponía, y yo lo supongo todavía, tienen los sentimientos del alma su morada. Aquí me honran, al haberme ordenado este deber que no es mi derecho por ser el mínimo entre ellos, más de media docena. Otros y otras viven en mi memoria de pronto, si no hay contraorden, será octogenaria. Y afortunadamente las otras decenas, o docenas, viven con honra y gracia vecinal en pueblos, aldeas y ciudades de esta patria mía y de aquella que Don Mario Briceño Iragorry llamó Patria Arriba y la maestra de escuela nombraba como la Madre Patria, hijo mío.
Pues tengo uno de esa aristocracia de amigos llamado Pedro Pablo Paredes, tan aficionado al libro que queremos hoy y siempre, que puso a circular uno hijo suyo, Leyendas del Quijote. Pues ese prosista vivo y clásico, nacido en el pueblo de La Raya, por estar montado en la que artificialmente divide al Estado Trujillo del vecino y continuo de Mérida, pero estante años ha en el siguiente de Norte Sur sobre los Andes Venezolanos, san Cristóbal, capital del Táchira; solíamos divertirnos en nuestras moradas o por ahí, debajo de los árboles y de los faroles en plazas y ciertos lugares mal-hablados, subrayando esa palabra tan antigua y esencial de la lengua del Quijote, cervantina y garcíamarquiana y común y corriente.
Pudorosamente registra en su Índice de Notas la edición de Francisco Rico una sola de las trece voces que en Don Quijote están bien escritas y usadas: Primera Parte, Capítulo XXV, página 283, cuando Sancho Panza describe a la hija de Lorenzo Corchuelo convertida por el Caballero en la “Señora Dulcinea del Toboso”: “Bien la conozco –dijo Sancho- ....Oh hideputa, qué rejo tiene y qué voz”, y la nota erudita: “hideputa se puede interpretar como exclamación ponderativa de lo que viene a continuación; rejo: complexión fuerte, talle robusto”. Pero no es necesario buscarle erudiciones a la docena restante que ya habíamos conseguido, sin computadora, el elegante sonetista, poeta ensayista y ejemplo de hombre de las letras y de la noble amistad Pedro Pablo Paredes, incluida la directa de Sancho Panza “... pues será mejor que nos estemos quedos, y cada puta hile, y comamos” (Primera Parte, Capítulo XLVI, pág. 534) y estotra de mayor envergadura “y la cabeza cortada es la puta que me parió”, pues estaba enfurecido Sancho escudero por lo del gigante muerto que sólo era un “cuero horadado” y la sangre el “vino tinto que encerraba en su vientre”.
Más decente y apropiado a esta ocasión, con tanta luz de la cultura, sería citar en ringlera las ochenta y dos citas donde brilla la palabra libertad y las cincuenta donde toma cuerpo esotra su compañera la justicia que entrambas le dan sentido a la fábula del Quijote, convertida en historia verdadera para quien quiera leerla y volver a leerla por los siglos de los siglos, antes de que oscurezca, quiero decir antes de que nos apaguen los bombillos que son las estrellas de la justicia y de la libertad, la honra de Don Quijote.

GUILLERMO MORÓN

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