Celebrada por escritores de registros tan dispares como Rubén Darío, Unamuno y Borges, la casi unánime consideración que la crítica ha tenido con María es tan






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títuloCelebrada por escritores de registros tan dispares como Rubén Darío, Unamuno y Borges, la casi unánime consideración que la crítica ha tenido con María es tan
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Veladas de la Quinta, ni las Tardes de la Granja. Iba a volver a leer Atala, pero como has dicho que tiene un pasaje no sé cómo...

Y dirigiéndose a mi hermana que nos precedía algunos pasos:

—Oye, Emma... ¿Qué afán de ir tan aprisa?

Emma se detuvo, sonrió y siguió andando.

—¿Qué estabas haciendo antenoche a las diez?

—¿Antenoche? ¡Ah! —repuso deteniéndose— ¿por qué me lo pregun­tas?

—A esa hora estaba yo muy triste pensando en esas cosas que se piensan y no se dicen.

—No, no; tú sí.

—¿Sí qué?

—Sí puedes decirlas.

—Cuéntame lo que tú hacías, y te las diré.

—Me da miedo.

—¿Miedo?

—Tal vez es una bobería. Estaba sentada con mamá en el corredor de este lado, haciéndole compañía, porque me dijo que no tenía sueño: oímos como que sonaban las hojas de la ventana de tu cuarto, y temerosa yo de que la hubiesen dejado abierta, tomé una luz del salón para ir a ver qué había... ¡Qué tontería: vuelve a darme susto cuando me acuerdo de lo que sucedió!

—Acaba, pues.

—Abrimos la puerta, y vimos posada sobre una de las hojas de la ventana, que agitaba el viento, un ave negra y de tamaño como el de una paloma muy grande: dio un chillido que yo no había oído nunca; pareció encandilarse un momento con la luz que yo tenía en la mano, y la apagó pasando sobre nuestras cabezas a tiempo que íbamos a huir espantadas. Esa noche me soñé... Pero ¿por qué te has quedado así?

—¿Cómo? —le respondí, disimulando la impresión que aquel relato me causaba.

Lo que ella me contaba había pasado a la hora misma en que mi padre y yo leíamos aquella carta malhadada; y el ave negra era la misma que me había azotado las sienes durante la tempestad de la noche en que a María le repitió el acceso; la misma que, sobreco­gido, había oído zumbar ya algunas veces sobre mi cabeza al ocultarse el sol.

—¿Cómo? —me replicó María— veo que he hecho mal en referirte eso.

—¿Y te figuras tal?

—Si no es que me lo figuro.

—¿Qué te soñaste?

—No debo decírtelo.

—¿Ni más tarde?

—¡Ay!, tal vez nunca.

Emma abría ya la puerta del patio.

—Espéranos —le dijo María— oye, que ahora sí es de veras.

Nos reunimos a ella, y las dos anduvieron asidas de las manos lo que nos faltaba para llegar al corredor. Sentíame dominado por un pavor indefinible; tenía miedo de algo, aunque no me era posible adivinar de qué; pero cumpliendo la advertencia de mi padre, traté de dominarme, y estuve lo más tranquilo que me fue dable, hasta que me retiré a mi cuarto con el pretexto de cambiarme el traje de camino.

XXXV

El día siguiente, doce de diciembre, debía verificarse el matri­monio de Tránsito. Después de nuestra llegada se mandó decir a José que estaríamos entre siete y ocho en la parroquia. Habíase resuelto que mi madre, María, Felipe y yo seríamos los del paseo, porque mi hermana debía quedarse arreglando no sé qué regalos que debían enviarse muy de mañana a la montaña, para que los encon­trasen allí los novios a su regreso.

Aquella noche, pasada la cena, mi hermana tocaba guitarra senta­da en uno de los sofás del corredor de mi cuarto, y María y yo conversábamos reclinados en el barandaje.

—Tienes —me decía— algo que te molesta, y no puedo adivinar.

—Pero, ¿qué puede ser? ¿No me has visto contento? ¿No he estado como esperabas que estaría al volver a tu lado?

—No; has hecho esfuerzos para mostrarte así; y sin embargo yo he descubierto lo que nunca en ti: que fingías.

—¿Pero contigo?

—Sí.

—Tienes razón; me veo precisado a vivir fingiendo.

—No, señor, yo no digo que siempre, sino que esta noche.

—Siempre.

—No; ha sido hoy.

—Va para cuatro meses que vivo engañando...

—¿A mí también?... ¿A mí? ¡Engañarme tú a mí!

Y trataba de verme los ojos para confirmar por ellos lo que temía; mas como yo me riese de su afán, dijo como avergonzada de él:

—Explícame eso.

—Si no tiene explicación.

—Por Dios, por... por lo que más quieras, explícamelo.

—Todo es cierto.

—¡No es!

—Pero déjame concluir: para vengarme de lo que acabas de pen­sar, no te lo diré si no me lo ruegas por lo que sabes tú que yo más quiero.

—Yo no sé qué será.

—Pues entonces convéncete de que te he engañado.

—No, no; ya voy a decirte; pero ¿cómo te lo puedo decir?

—Piensa.

—Ya pensé —dijo María después de un momento de pausa.

—Di pues.

—Por lo que quieras más, después de Dios y de tu... que yo deseo que sea a mí.

—No; así no es.

—¿Y cómo entonces? ¡Ah! Es que lo que dices es cierto.

—Di de otro modo.

—Voy a ver; mas si no quieres esta vez...

—¿Qué?

—Nada; oye: no me mires.

—No te miro.

Entonces se resolvió a decir en voz muy baja.

—Por María que te...

—Ama tanto —concluí yo, tomando entre mis manos las suyas que con su ademán confirmaban su inocente súplica.

—Dime ya —insistió.

—He estado engañándote; porque no me he atrevido a confesarte cuánto te amo en realidad.

—¡Más todavía! ¿Y por qué no me lo has dicho? —Porque he tenido temor...

—¿Temor de qué?

—De que tú me ames menos, menos que yo.

—¿Por eso? Entonces el engañado eres tú.

—Si yo te lo hubiera dicho...

—¿Y los ojos no dicen esas cosas sin que uno quiera?

—¿Lo crees así?

—Porque los tuyos me lo han enseñado. Dime ahora la causa por que has estado así esta noche. ¿Has visto al doctor en estos días?

—Sí.

—¿Qué te ha dicho de mí?

—Lo mismo que antes: que no volverás a tener novedad; no hables de eso.

—Una palabra y no más: ¿qué otra cosa ha dicho? El cree que mi enfermedad es la misma de mi madre... y acaso tenga razón.

—¡Oh!, no: nunca lo ha dicho. ¿Y no estás, pues, buena ya?

—Sí; y a pesar de ello muchas veces... muchas veces he pensado con horror en ese mal. Pero tengo fe en que Dios me ha oído: le he pedido con tanto fervor que no me vuelva a dar...

—Quizá no con tanto como yo.

—Pídele siempre.

—Siempre, María. Mira: sí es cierto que hay una causa para que te haya parecido que me esforzaba esta noche por estar sereno; pero ya ves que me la has hecho olvidar hace largo rato.

Le referí la noticia que habíamos recibido hacía dos días.

—¡Y esa ave negra! —dijo luego que concluí; y volvía con terror la vista hacia mi cuarto.

—¿Cómo puedes preocuparte tanto con una casualidad?

—Lo que soñé esa noche es lo que me preocupa.

—¿Persistes en no contarme?

—Hoy no; algún día. Conversemos un rato con Emma antes de irte: es tan buena con nosotros...

A la media hora nos separamos prometiéndonos madrugar mucho para emprender nuestro viaje a la parroquia.

Antes de las cinco llamó Juan Angel a mi puerta. Felipe y él hicieron tal ruido en el corredor previniendo arreos de montar y asegurando caballos, que antes de lo que esperaban acudí en su ayuda.

Preparado todo, abrió María la puerta del salón: presentándome una taza de café, de dos que llevaba Estéfana, me dio los buenos días, y llamó en seguida a Felipe para que recibiese la otra.

—Hoy sí —dijo éste sonriendo maliciosamente—. Lo que es el miedo; y el Retinto está furioso.

Ella estaba tan hechicera como mis ojos debieron de decírselo: un gracioso sombrero de terciopelo negro, adornado con cintas escocesas y abrochado bajo la barba con otras iguales, que en el ala dejaba ver, medio oculta por el velillo azul, una rosa salpi­cada aún de rocío, descansaba sobre las gruesas y lucientes tren­zas cuyas extremidades ocultaba: arrezagaba con una de la manos la falda negra, que ceñía bajo un corpiño del mismo color, un cinturón azul con broche de brillantes, y una ancha capa se le desprendía de los hombros en numerosos pliegues.

—¿En cuál caballo quieres ir? —le pregunté.

—En el Retinto.

—¡Pero eso no puede ser! —respondí sorprendido.

—¿Por qué? ¿Temes que me bote?

—Por supuesto

—Si yo he montado otra vez en él. ¿Acaso soy yo como antes? Pregúntale a Emma si no es verdad que yo soy más guapa que ella. Verás qué mansito es el Retinto conmigo.

—Pero si no permite que se le toque; y haciendo tanto tiempo que no lo montas, puede espantarse con la falda.

—Prometo no mostrarle siquiera el fuete.

Felipe, caballero ya en el Chivo, que tal era el nombre de su caballito castaño, lo atosigaba con sus espolines nuevos, reco­rriendo el patio.

Mi madre estaba también apercibida para partir: la coloqué en su rosillo predilecto, único que, según ella, no era una fiera. No estaba yo muy tranquilo cuando hice montar en el Retinto a María: ella, antes de saltar de la gradilla al galápago, le acarició el cuello al caballo, inquieto hasta entonces: éste se quedó inmóvil esperando su carga, y mordía el freno, atento hasta al más leve ruido del ropaje.

—¿Ves? —me dijo María ya sobre el animal—; él me conoce: cuando papá lo compró para ti, tenía enferma esta mano, y yo hacía que Juan Angel lo curara bien todas las tardes.

El caballo estornudaba desasosegado otra vez, porque seguramente conocía aquella voz acariciadora.

Partimos, y Juan Angel nos siguió conduciendo sobre la cabeza de la silla el lío que contenía los vestidos que necesitaban en el pueblo las señoras.

La cabalgadura de María, ufana con su peso, parecía querer lucir el paso más blando y airoso: sus crines de azabache temblaban sobre el cuello arqueado, y cayendo por medio de las orejas breves e inquietas, le velaban importunas los brillantes ojos. María iba en él con el mismo aire de natural abandono que cuando descansaba sobre una mullida poltrona.

Después de haber andado algunas cuadras, pareció haberle perdido completamente el miedo al caballo; y notando que yo iba intran­quilo por el brío del animal, me decía de modo que mi madre no alcanzase a oírla:

—Voy a darle un fuetazo, uno solo.

—Cuidado con hacerlo.

—Es uno solamente, para que veas que nada hace. Tú eres ingrato con el Retinto, pues quieres más a ese rucio en que vas.

—¡Ahora que ése te conoce tanto, no será así!

—En éste ibas la noche que fuiste a llamar al doctor.

—¡Ah!, sí; es un excelente animal.

—Y después de todo, no lo estimas en lo que merece.

—Tú menos, pues quieres mortificarlo inútilmente.

—Vas a ver que no hace nada.

—¡Cuidado, cuidado, María! Hazme el favor de darme el fuete.

—Lo dejaremos para después, cuando lleguemos a los llanos.

Y se reía de la zozobra en que con tal amenaza me ponía.

—¿Qué es? —preguntó mi madre, que iba ya a nuestro lado, pues yo había acortado el paso con tal fin.

—Nada, señora —respondió María—: que Efraín va persuadido de que el caballo me va a botar.

—Pero si tú... empecé a contestarle, y ella, poniéndose disimu­ladamente el mango del fuetecito sobre los labios en ademán de que callase, me lo entregó en seguida.

—¡Y por qué vas tan valiente hoy! —le preguntó mi madre—. La otra vez que montaste en ese caballo le tuviste miedo.

—Y hubo que cambiártelo —agregó Felipe.

—Ustedes me están haciendo quedar malísimamente —contestó María mirándome sonrojada—: el señor estaba convencido ya de que yo era guapísima.

—¿Conque no tienes miedo hoy? —insistió mi madre.

—Sí tengo —respondióle—; pero no tanto, porque el caballo se ha amansado; y como hay quien lo regañe si se alborota...

Cuando llegamos a las pampas, el sol, rasgadas ya las nieblas que entoldaban las montañas a nuestra espalda, envolvía en res­plandores metálicos los bosques que en fajas tortuosas o en grupos aislados interrumpían a distancia la llanura: las linfas de los riachuelos que vadeábamos, abrillantadas por aquella luz corrían a perderse en las sombras, y las lejanas revueltas del Zabaletas parecían de plata líquida y orladas por florestas azules.

María dejó entonces caer el velillo sobre su rostro, y al través de la inquieta gasa de color de cielo, buscaba algunas veces mis ojos con los suyos, ante los cuales todo el esplendor de la naturaleza que nos rodeaba me era casi indiferente.

Al internarnos en los grandes bosques, atravesada la llanura, hacía largo rato que María y yo guardábamos silencio; solamente Felipe no había interrumpido su charla haciendo mil preguntas a mi madre sobre cuanto veía.

En un momento en que María estuvo cerca de mí, me dijo:

—¿En qué piensas tanto? Vuelves a estar como anoche, y hace un rato que no era así. ¿Es pues tan grande esa desgracia que ha sucedido?

—No pensaba en ella; tú me haces olvidarla.

—¿Es tan irremediable esa pérdida?

—Tal vez no. En lo que he estado pensando es en la felicidad de Braulio.

—¿En la de él solamente?

—Me es más fácil imaginarme la de Braulio. El va a ser desde hoy completamente dichoso; y yo voy a ausentarme, yo voy a dejarte por muchos años.

Ella me había escuchado sin mirarme, y levantando al fin los ojos, en los cuales no se había apagado el brillo de felicidad que en aquella mañana los iluminaba, respondió alzando el veli­llo:

—¿Esa pérdida no es pues muy grande?

—¿Y por qué insistes en hablar de ella?

—¿No lo adivinas? Solamente yo he pensado así, y esto me con­vence de que no debo confiarte mi pensamiento. Prefiero que no estés contento por haberme visto alegre hoy después de lo que me contaste anoche.

—¿Y esa noticia te causó alegría?

—Tristeza cuando me la diste; pero más tarde...

—Más tarde ¿qué?

—Pensé de otro modo.

—Lo cual te hizo pasar de la tristeza a la alegría.

—No tanto, pero...

—Estar como estás hoy.

—¿No digo? Yo sabía que no te podía gustar verme así, y no quiero que me creas capaz de una tontería.

—¿A ti? ¿Y te imaginas que eso puede llegar a suceder?

—¿Por qué no? Yo soy una muchacha capaz, como cualquiera otra, de no ver las cosas serias como deben verse.

—No; tú no eres así.

—Sí, señor, sí; por lo menos hasta que me disculpe. Pero hable­mos un rato con mamá, no sea que extrañe que converses mucho conmigo y mientras tanto yo me resolveré a contártelo todo.

Así lo hicimos; mas después de un cuarto de hora, mi caballo y el de María volvieron a aparearse. Salimos de nuevo a la campaña y veíamos blanquear la torrecilla de la parroquia y colorear los techos de las casas en medio de los follajes de los huertos.

—Di, María —le dije entonces.

—Ya ves que estás deseoso tú mismo de disculparme. ¿Y si el motivo que te voy a decir no es suficiente? Mejor hubiera sido no estar contenta; pero como no has querido enseñarme a fingir...

—¿Cómo enseñarte lo que no sé?

—¡Qué buena memoria! ¿Has olvidado lo que me decías anoche? Voy a aprovecharme de esa lección.

—¿Desde hoy?

—Desde ahora no —respondió sonriéndose de la misma gravedad que trataba de aparentar—. Oye, pues yo no he podido prescindir de estar contenta hoy, porque luego que nos separamos anoche, pensé que de esa pérdida sufrida por papá, puede resultar... Y ¿qué pensaría él de mí si supiera esto?

—Explícate, y yo te diré qué pensaría.

—Si esa suma que se ha perdido es tanta —se resolvió a decirme entonces, peinando las crines del caballo con el mango del fuete, que ya le había devuelto— papá necesitará más de ti..., él con­sentirá en que le ayudes desde ahora...

—Sí, sí —le respondí dominado por su mirada tímida y anhelosa al confesarme lo que tanto recelaba la pudiera mostrar culpable.

—¿Conque es verdad que sí?

—Relevaré a mi padre de la promesa que me tiene hecha de en­viarme a Europa a terminar mis estudios; le prometeré luchar a su lado hasta el fin por salvar su crédito; y él consentirá; debe consentir... Así no nos separaremos tú y yo nunca... no nos separarán. Y entonces pronto...

Sin levantar los ojos me significó que sí; y al través de su velillo, con el cual jugaba la brisa, su pudor era el pudor de un ángel.

Cuando hubimos llegado al pueblo, vino Braulio a saludarnos y a decirnos que el cura nos estaba esperando. Mi madre y María se habían cambiado los vestidos, y salimos.

El anciano cura, al vernos acercar a su casita situada al lado de la iglesia, nos salió al encuentro, invitándonos a almorzar con él, de lo cual nos excusamos cuan finamente pudimos.

Al empezarse la ceremonia, el rostro de Braulio, aunque algún tanto pálido, denunciaba su felicidad. Tránsito miraba tenazmente al suelo, y contestó con voz alterada al llegarle el turno; José, colocado al lado del cura, empuñaba con mano poco firme uno de los cirios; y sus ojos, que pasaban constantemente del rostro del sacerdote al de su hija, si no se podía decir que estaban lloro­sos, sí que habían llorado.

Al tiempo que el ministro bendecía las manos enlazadas de los novios, Tránsito se atrevió a mirar a su marido: en aquella mirada había amor, humildad e inocencia; era la promesa única que podía hacer al hombre que amaba, después de la que acababa de pronunciar ante Dios.

Oímos todos la misa, y al salir de la iglesia nos dijo Braulio que mientras montábamos saldrían ellos del pueblo; pero que no los alcanzaríamos muy lejos.

A la media hora dimos alcance a la linda pareja y a José, quien llevaba por delante la vieja mula rucia en que había conducido con los regalos para el cura, legumbres para el mercado y la ropa de gala de los muchachos. Tránsito iba ya solamente con su vesti­do de domingo, y el de novia no le sentaba mejor: sombrerito de jipijapa, por debajo del cual caían las trenzas sobre el pañolón negro de guardilla morada: la falda de zaraza rosada con muchos boleros y ligeramente recogida para librarla del rocío de los gramales, dejaba ver a veces sus lindos pies, y el embozo, al descubrirse, la camisa blanca bordada de seda negra y roja.

Acortamos el paso para ir con ellos un rato y esperar a mi madre. Tránsito iba al lado de María, quitándole del faldón las pelusas que había recogido en los pajonales: hablaba poco, y en su porte y rostro se descubría un conjunto tal de modestia, reconocimiento y placer, que es difícil imaginar.

Al despedirnos de ellos prometiéndoles ir aquella tarde a la montaña, Tránsito sonrió a María con una dulzura casi hermanal: ésta retuvo entre las suyas la mano que le ofrecía tímidamente su ahijada, diciéndole:

—Me da mucha pena el pensar que vas a hacer todo el camino a pie.

—¿Por qué, señorita?

—¿Señorita?

—Madrina, ¿no?

—Sí, sí.

—Bueno. Nos iremos poco a poco; ¿verdad? —dijo dirigiéndose a los montañeses.

—Sí —respondió Braulio—; y si no te avergüenzas hoy también de apoyarte en mí para subir los repechos, no llegarás tan cansada.

Mi madre, que con Felipe nos dio alcance en ese momento, instó a José para que al día siguiente llevase la familia a comer con nosotros, y él quedó comprometido a empeñarse para que así fuese.

La conversación se hizo general durante el regreso, lo que María y yo procuramos para que se distrajese mi madre, quien se quejaba de cansancio, como siempre que andaba a caballo. Solamente al acercarnos a la casa me dijo María en voz que sólo yo podía oír:

—¿Vas a decir eso hoy a papá?

—Sí.

—No se lo digas hoy.

—¿Por qué?

—Porque no.

—¿Cuándo quieres que se lo diga?

—Si pasados estos ochos días no te habla nada de viaje, busca ocasión para decírselo. ¿Y sabes cuál será la mejor? Un día después de que hayáis trabajado mucho juntos: se le conoce enton­ces a él que está muy agradecido por lo que le ayudas.

—Pero mientras tanto no podré soportar la impaciencia en que me tendrá el no saber si acepta.

—¿Y si él no conviene?

—¿Lo temes?

—Sí.

—¿Y qué haremos entonces?

—Tú, obedecerle.

—¿Y tú?

—¡Ay!, quién sabe.

—Debes creer que aceptará, María.

—No, no; porque si me engañara, sé que ese engaño me haría un mal muy grande. Pero hazlo como te digo: así puede ser que todo salga bien.

XXXVI

Habíamos llegado. Extrañé ver cerradas las ventanas del aposento de mi madre. Le había ayudado a ella a apearse y estaba haciendo lo mismo con María a tiempo que Eloísa salió a recibirnos, insi­nuándonos por señas que no hiciésemos ruido.

—Papá —dijo— se ha vuelto a acostar, porque está enfermo.

Solamente María y yo podíamos suponer la causa, y nuestras miradas se encontraron para decírsela. Ella y mi madre entraron al instante a ver a mi padre; yo las seguí. Como él conoció que nos habíamos preocupado, nos dijo en voz balbuciente por el escalofrío:

—No es nada; tal vez me levanté sin precaución, y me he res­friado.

Tenía las manos y los pies yertos, y calenturienta la frente.

A la media hora, María y mi madre se hallaban ya en traje de casa. Se sirvió el almuerzo, pero ellas no asistieron al comedor. Al levantarme de la mesa, llegó Emma a decirme que mi padre me llamaba.

La fiebre había tomado incremento. María estaba en pie y recos­tada contra una de las columnas de la cama: Emma a su lado y mi madre a la cabecera.

—Apaguen algunas de esas luces —decía mi padre a tiempo que yo entraba.

Sólo una había, y estaba en la mesa que le ocultaban las corti­nas.

—Aquí está ya Efraín —le dijo mi madre.

Nos pareció que no había oído. Pasado un momento, dijo como para sí:

—Esto no tiene sino un remedio. ¿Por qué no viene Efraín para despachar de una vez todo?

Le hice notar que estaba presente.

—Bueno —continuó— tráelas para firmarlas.

Mi madre apoyaba la frente sobre una de las manos. María y Emma trataban de saber, mirándome, si existían realmente tales cartas.

—Así que usted esté más reposado se despachará todo mejor.

—¡Qué hombre!, ¡qué hombre! —murmuró; y se quedó en seguida aletargado.

Llamóme mi madre al salón y me dijo:

—Me parece que debemos llamar al doctor: ¿qué dices?

—Creo que debe llamársele; porque aunque la fiebre pase, nada se pierde con hacer que venga, y si...

—No, no —interrumpió ella—: siempre que alguna enfermedad le empieza así, es grave.

Luego que despaché un paje en busca del médico, volví al lado de mi padre, quien me llamaba otra vez.

—¿A qué hora volvieron? —me preguntó.

—Hace más de una hora.

—¿Dónde está tu madre?

—Voy a llamarla.

—Que no sepa nada.

—Sí, señor, esté usted tranquilo.

—¿Pusiste esa posdata a la carta?

—Sí, señor.

—¿Sacaste del armario aquella correspondencia y los recibos?

Lo dominaba, de seguro, la idea de remediar la pérdida que había sufrido. Había oído mi madre este último diálogo, y como él pareciese quedarse dormido, me preguntó:

—¿Ha tenido tu padre alguna molestia en estos días? ¿Ha recibido alguna mala noticia? ¿Qué es lo que no quiere que yo sepa?

—Nada ha sucedido, nada que se le oculte a usted —le respondí fingiendo la mayor naturalidad que me fue posible.

—Entonces, ¿qué significa ese delirio? ¿Quién es el hombre de quien parece quejarse?... ¿De qué cartas habla tanto?

—No puedo adivinarlo, señora.

Ella no quedó satisfecha de mis contestaciones; pero yo no debía darle otras.

A las cuatro de la tarde llegó el médico. La fiebre no había cedido, y el enfermo continuaba delirando en unos ratos, aletar­gado en otros. Todos los remedios caseros que para el supuesto resfriado se le aplicaron habían sido hasta entonces ineficaces.

Habiendo el doctor dispuesto que se preparase un baño de tina y lo necesario para aplicarle a mi padre unas ventosas, fue conmigo a mi cuarto. Mientras confeccionaba una poción, traté de saber su concepto sobre la enfermedad.

—Es, probablemente, una fiebre cerebral —me dijo.

—¿Y ese dolor de que se queja en la región del hígado?

—No tiene que ver con lo otro, pero no es despreciable.

—¿Le parece a usted muy grave el mal?

—Así suelen empezar estas fiebres, pero si se atacan en tiempo, se logra muchas veces vencerlas. ¿Se ha fatigado mucho su padre en estos días?

—Sí, señor; estuvimos hasta ayer en las haciendas de abajo y tuvo mucho que hacer.

—¿Ha tenido alguna contrariedad, algún disgusto serio?

—Creo que debo hablar a usted con la franqueza que exigen las circunstancias. Hace tres días recibió la noticia de que un negocio suyo con cuyo buen éxito necesitaba contar, se había desgraciado.

—¿Y le hizo aquello mucha impresión? Discúlpeme usted si le hablo de esta manera; creo indispensable hacerlo. Ocasiones tendrá usted durante sus estudios, y más frecuentemente en la práctica, para convencerse de que existen enfermedades que provi­niendo de sufrimientos del ánimo se disfrazan con los síntomas de otras, o se complican con las más conocidas por la ciencia.

—Puede usted estar casi seguro de que esa desgracia de que le he hablado ha sido la causa principal de la enfermedad. Es sí indispensable advertir a usted que mi madre ignora lo ocurrido, porque mi padre así lo ha querido para evitarle el pesar que era consiguiente.

—Está bien: ha hecho usted perfectamente en hablarme de ese modo: esté cierto de que yo sabré aprovecharme prudentemente del secreto. ¡Cuánto siento todo eso! Ahora iremos por camino más conocido. Vamos —agregó poniéndose en pie, y tomando la copa en que había mezclado las drogas—: creo que esto hará muy buen efecto.

Eran ya las dos de la mañana. La fiebre no había cedido un punto.

El doctor, después de velar hasta esa hora, se retiró suplicando lo llamásemos si se presentaba algún síntoma alarmante.

La estancia, alumbrada escasamente, estaba en profundo silencio.

Permanecía mi madre en una butaca cerca de la cabecera: por el movimiento de sus labios y por la dirección de sus miradas, fijas en un eccehomo, colgado sobre la puerta que daba entrada del salón al aposento, podía conocerse que oraba. Ya, por las pala­bras que del delirio de mi padre había anudado, nada de lo ocu­rrido se le ocultaba. A los pies de la cama, arrodillada sobre un sofá, y medio oculta por las cortinas, procuraba María volver el calor a los pies del enfermo, que se había quejado nuevamente de frío. Acerquéme a ella para decirle muy quedo:

—Retírate a descansar un rato.

—¿Por qué? —me respondió levantando la cabeza, que tenía apoya­da en uno de los brazos: cabeza tan bella en el desaliño de la velada como cuando estaba adornada primorosamente en el paseo de la mañana anterior.

—Porque te va a hacer mal pasar toda la noche en vela.

—No lo creas; ¿qué hora es?

—Van a ser las tres.

—Yo no estoy cansada: pronto amanecerá: duerme tú mientras tanto, y si fuere necesario te haré llamar.

—¿Cómo están los pies?

—¡Ay!, muy fríos.

—Deja que te reemplace ahí algún rato, y después me retiraré.

—Está bien —respondió levantándose con tiento para no hacer el menor ruido.

Me entregó el cepillo, sonriendo al enseñarme cómo debía tomarlo para frotar las plantas. Luego que hube tomado su puesto, me dijo:

—No es sino por un momento, mientras voy a ver qué tiene Juan y vuelvo.

El chiquito había despertado y la llamaba, extrañando no verla cerca. Se oyó después la voz callada de María, que decía ternezas a Juan, para lograr que no se levantase, y el ruido de los besos con que lo acariciaba. No tardó el reloj en dar las tres: María tornó a recla­marme su asiento.

—¿Es tiempo de la bebida? —le pregunté.

—Creo que sí.

—Pregúntale a mi madre.

Llevando ésta la poción y yo la luz, nos acercamos al lecho. A nuestros llamamientos abrió mi padre los ojos, notablemente inyectados, y procuró hacerles sombra con una mano, molestado por la luz. Se le instó para que tomase la bebida. Incorporóse vol­viendo a quejarse de dolor en el costado derecho: y después de examinar con mirada incierta cuanto le rodeaba, dijo algunas palabras en las cuales se oyó “sed”.

—Esto la calmará —le observó mi madre presentándole el vaso.

El se dejó caer sobre las almohadas, diciendo al llevarse entrambas manos al cerebro:

—¡Aquí!

Logramos de nuevo que hiciera un esfuerzo para levantarse; pero inútilmen­te.

El semblante de mi madre dejaba conocer lo que aquella postra­ción la acobardaba.

Sentándose María al borde de la cama y apoyada en las almohadas, dijo al enfermo con su voz más cariñosa:

—Papá, procure levantarse para tomar esto; yo voy a ayudarle.

—Veamos, hija —contestó con voz débil.

Ella consiguió recostarlo en su pecho, mientras lo sostenía por la espalda con el brazo izquierdo. Las negras trenzas de María sombrearon aquella cabeza cana y venerable a que tan tiernamente ofrecía ella su seno por cojín.

Una vez tomada la poción, mi madre me entregó el vaso y María volvió a colocar suavemente a mi padre sobre las almohadas.

—¡Ay! ¡Jesús! ¡Cómo se ha postrado! —me dijo ésta en voz muy baja, luego que estuvimos cerca de la mesa donde colocaba ella la luz.

—Esa bebida es narcótica —le indiqué por tranquilizarla.

—Pero el delirio no es tan constante ya. ¿Qué te ha dicho el doctor?

—Que es necesario esperar un poco para hacer remedios más enérgicos.

—Vete a acostar, que con nosotras hay ya; oye, son la tres y media. Yo despertaré a Emma para que me acompañe, y tú consegui­rás que mamá descanse también un rato.

—Te has puesto pálida; esto va a hacerte muchísimo daño.

Ella estaba frente al espejo del tocador de mi madre, y se miró en él pasándose las manos por las sienes para medio arreglarse los cabellos al responderle:

—No tanto: verás cómo nada se me nota.

—Si descansas un rato ahora, puede ser; te haré llamar cuando sea de día.

Conseguí que las tres me dejaran solo, y me senté a la cabecera.

El sueño del enfermo continuó intranquilo, y a veces se le percibían palabras mal articuladas del delirio.

Durante una hora desfilaron en mi imaginación todos los cuadros horrorosos que vendrían en pos de una desgracia, en la cual no podía detenerme a pensar sin que se contrajera mi corazón doloro­samente.

Empezaba a amanecer; algunas líneas luminosas entraban por las rendijas de las puertas y ventanas; la luz de la lámpara fue haciéndose más y más pálida; se oían ya los cantos de los coclíes y los de las aves domésticas.

Entró el doctor.

—¿Lo han llamado a usted? —le pregunté.

—No; es que necesito estar aquí ahora. ¿Cómo ha continuado?

Le indiqué lo que había yo observado; tomó el pulso, mirando al mismo tiempo su reloj.

—Absolutamente nada —dijo como para sí—. ¿La bebida? —añadió.

—La ha tomado una vez más.

—Démosle otra toma; y para no incomodarlo de nuevo, le pondre­mos ahora los cáusticos.

Hicímoslo todo ayudados por Emma.

El médico estaba visiblemente preocupado.

XXXVII

Después de tres días, la fiebre resistía aún a todos los esfuerzos del médico para combatirla: los síntomas eran tan alarmantes, que ni a él mismo le era posible ocultar en ciertos momentos la angustia que le domi­naba.

Eran las doce de la noche. El doctor me llamó disimu-ladamente al salón para decirme:

—Usted no desconoce el peligro en que se halla su padre: no me queda ya otra esperanza que la que tengo en los efectos de una copiosa sangría que voy a darle, para lo cual está preparado convenientemente.

Si ella y los medicamentos que ha tomado esta tarde no producen de aquí al amanecer una excitación y un delirio crecientes, es difícil conseguir ya una crisis. Es tiempo de manifestar a usted —continuó después de alguna pausa— que si al venir el día no se hubiere presentado esa crisis, nada me resta por hacer. Por ahora, haga usted que la señora se retire, porque, suceda o no lo que deseo, ella no debe estar en la habitación: es más de medianoche, y ése es un buen pretexto para suplicarle tome algún descanso. Si usted lo juzga conveniente, ruegue también a las señoritas que nos dejen solos.

Le observé que estaba seguro de que ellas se resistirían y que dado que se consiguiera, aquello podía desconsolar más a mi madre.

—Veo que usted se hace cargo de lo que está pasando, sin perder el valor que el caso requiere —me dijo examinando escrupulosamente, a la luz de la bujía inmediata, las lancetas de su estuche de bolsillo—. No hay que desesperar todavía.

Salimos del salón para ir a poner por obra lo que él estimaba como último recurso.

Mi padre estaba dominado por el mismo sopor: durante el día y lo corrido de la noche no había cesado el delirio. Su inmovilidad tenía algo de la que produce el agotamiento de las últimas fuerzas: casi sordo a todo llama­miento, solamente los ojos, que abría con dificultad algunas veces, dejaban conocer que oía; y su respiración era anhelosa.

Mi madre sollozaba sentada a la cabecera de la cama, apoyada la frente en los almohadones y teniendo entre las manos una de las de mi padre. Emma y María, ayudadas por Luisa, que aquella noche había venido a reemplazar a sus hijas, preparaban los útiles para el baño en que se iba a dar la sangría.

Mayn pidió la luz; María la acercó a la cama: por el rostro le rodaban como a su pesar algunas lágrimas mientras el médico estuvo haciendo el examen que deseaba.

A la hora, terminado ya todo lo que el doctor estimaba como extremo recurso, nos dijo:

—Cuando el reloj dé las dos y media, debo estar aquí; pero si me vence el sueño, que me llamen.

Señalando en seguida al enfermo, añadió:

—Se le debe dejar en completa calma.

Y se retiró después de haber dicho casi risueño alguna chanza a las muchachas sobre la necesidad que tienen los viejos de dormir a tiempo: jovialidad digna de agradecérsele, pues que no tenía más objeto que tranquilizarlas.

Mi madre volvió a ver si lo que durante una hora se había estado haciendo producía algún efecto consolador; pero logramos conven­cerla de que el doctor estaba lleno de esperanzas para el día siguiente; y abrumada por el cansancio, se durmió en el departa­mento de Emma, donde quedó Luisa haciéndole compañía.

Dio las dos el reloj.

María y Emma sabían ya que el doctor deseaba la manifestación de ciertos síntomas, y espiaron largo tiempo con anhelosa curiosidad el sueño de mi padre.

El enfermo parecía más tranquilo, y había pedido una vez agua, aunque con voz muy débil, bastante inteligible, lo cual les hizo concebir esperanza de que la sangría produjera buenos resultados.

Emma, después de inútiles esfuerzos para evitarlo, se durmió en la poltrona que estaba a la cabecera de la cama. María, reclinada al principio en uno de los brazos del pequeño sofá que ocupába­mos, había dejado caer sobre éste, rendida al fin, la cabeza, cuyo perfil resaltaba en el damasco color de púrpura de los almohadones; habiéndosele desembozado el pañolón de seda que llevaba, negreaba rodado sobre el nevado linón de la falda, que con los boleros ajados parecía, a favor de la sombra, formada de espumas. En medio del silencio que nos rodeaba se percibía su respiración, suave como la de un niño que se ha dormido en nues­tros brazos.

Sonaron las tres. El ruido del reloj hizo hacer un ligero movi­miento a María como para incorporarse; pero fue más poderoso otra vez el sueño que su voluntad. Hundida la cintura en el ropaje que de ella descendía a la alfombra, quedaba visible un pie casi infantil, calzado con una chinela roja salpicada de lentejuelas.

Yo la contemplaba con indecible ternura, y mis ojos, vueltos algunas veces hacia el lecho de mi padre, tornaban a buscarla, porque mi alma estaba allí, acariciando esa frente, escuchando los latidos de ese corazón, esperando oír a cada instante alguna palabra que me revelase alguno de sus sueños, porque sus labios como que intentaban balbucirla.

Un quejido doloroso del enfermo interrumpió aquel enajenamiento aliviador de mi espíritu; y la realidad reapareció tan espantosa como era.

Acerquéme al lecho: mi padre, que se apoyaba en uno de sus bra­zos, me miró con tenaz fuerza, diciéndome al cabo:

—Acércame la ropa, que es muy tarde ya.

—Es de noche, señor —le respondí.

—¿Cómo de noche? Quiero levantarme.

—Es imposible —le observé suavemente—. ¿No ve usted que le causaría mucho daño?

Dejó caer otra vez la cabeza en los almohadones, y pronunciaba en voz baja palabras que no entendí, mientras movía las manos pálidas y enflaquecidas, cual si estuviese haciendo una cuenta. Viéndole buscar alguna cosa a su lado, le presenté mi pañuelo.

—Gracias —me dijo, cual si hablase con un extraño; y después de enjugarse los labios con él, buscó sobre la colcha que lo cubría, un bolsillo para guardarlo.

Volvió a quedarse dormido algunos momentos. Me acercaba a la mesa para saber la hora en que el delirio había empezado, cuando él, sentado en la cama y descorriendo las cortinas que le oculta­ban la luz, dejó ver la cabeza lívida y de asombrado mirar, diciéndome:

—¿Quién está ahí?... ¡Hola! ¡Hola!

Sobrecogido de cierto espanto invencible, a pesar de lo que prometía aquel delirio tan semejante a la locura, procuré redu­cirlo a que se acostara. Clavando él en mí una mirada casi terri­ble, preguntó:

—¿No estuvo él aquí? En este momento se ha levantado de esa silla.

—¿Quién?

Pronunció el nombre que yo me temía.

Pasado un cuarto de hora, incorporóse otra vez diciéndome con voz más vigorosa ya:

—No le permita que entre; que me espere. A ver la ropa.

Le supliqué que no insistiera en levantarse, pero en tono impe­rativo replicó:

—¡Oh! ¡Qué necedad!... ¡La ropa!

Se me ocurrió que María, que había ejercido sobre él en momentos semejantes tan poderosa influencia, podría ayudarme; mas no me resolví a separarme del lecho, temeroso de que mi padre se levan­tase. El estado de debilidad real en que se hallaba le impedía permanecer mucho tiempo sentado; y volvió a reclinarse aparente­mente tranquilo. Entonces me acerqué a María, y tomándole la mano que le pendía sobre la falda, la llamé muy quedo. Ella, sin apartar la mano de la mía, se incorporó sin abrir los ojos; mas luego que me vio se apresuró a cubrirse los hombros con el paño­lón, y poniéndose en pie me dijo:

—¿Qué se necesita, ah?

—Es —le respondí— que el delirio ha empezado, y deseo que me acompañes por si el acceso es muy fuerte.

—¿Cuánto tiempo hace?

—Va para una hora.

Se acercó al lecho casi contenta por la buena noticia que yo le daba, y alejándose en puntillas de él, vino a decirme:

—Pero está dormido otra vez.

—Ya verás que eso dura poco.

—¿Y por qué no me habías despertado antes?

—Dormías tan profundamente, que me dio pena hacerlo.

—¿Y Emma también? Ella tiene la culpa de que me haya dormido yo.

Se acercó a Emma y me dijo:

—Mira qué linda está. ¡Pobre! ¿La llamamos?

—Ya ves —le contesté— que da lástima despertar a quien duerme así.

Le tomó el labio inferior a mi hermana, y cogiéndole después con ambas manos la cabeza, la llamó inclinándose hasta que se tocaron sus frentes. Emma despertó casi asustada, pero sonriendo al punto, tomó en las suyas las manos con que María le acariciaba las sienes.

Mi padre acababa de sentarse con más facilidad de la que hasta entonces había tenido. Permaneció unos momentos silencioso y como espiando los ángulos oscuros del aposento. Las muchachas lo miraban aterradas.

—¡Voy allá! —prorrumpió él al fin—; ¡voy en este instante!

Buscó algo sobre la cama, y dirigiéndose de nuevo a quien creía lo esperaba, añadió:

—Perdone usted que lo haga esperar un instante.

Y dirigiéndose a mí:

—¡Mi ropa!... ¿Qué es esto? ¡La ropa!

María y Emma permanecían inmóviles.

—Es que no está aquí —le respondí— han ido a traerla.

—¿Para qué se la han llevado?

—La habrán ido a cambiar por otra.

—Pero ¿qué demora es ésta? —dijo enjugándose el sudor de la frente—. ¿Los caballos están listos? —continuó.

—Sí, señor.

—Vaya y diga a Efraín que lo espero para que montemos antes de que se haga tarde. ¡Muévase, hombre! Juan Angel, el café. ¡No, no... esto es intolerable!

Y se acercaba al borde de la cama para saltar al suelo. María aproximóse a él diciéndole:

—No, papá, no haga eso.

—¿Que no qué? —le respondió con aspereza.

—Que si se levanta se impacientará el doctor, porque le hará a usted mal.

—¿Qué doctor?

—Pues el médico que ha venido a verlo, porque usted está enfer­mo.

—Yo estoy bueno, ¿oyes? ¡Bueno!, y quiero levantarme. ¿Ese niño dónde está, que no aparece?

—Es necesario que yo llame a Mayn, dije al oído a María.

—No, no —me contestó, deteniéndome de una mano y ocultándole con su cuerpo aquel ademán a mi padre.

—Pero si es indispensable.

—Es que no debes dejarnos solas. Dile a Emma que vaya a desper­tar a Luisa para que lo llame.

Lo hice así, y Emma salió.

Mi padre insistía, irritado ya, en levantarse. Hube de alcanzar­le la ropa que pedía y me resolví a ayudarle a vestirse, cerrando antes las cortinas. Saltó de la cama inmediatamente que se creyó vestido. Estaba lívido, contraído el ceño; agitábale los labios un temblor constante cual si estuviese poseído de ira, y sus ojos tenían un brillo siniestro al girar en las órbitas buscando algo por todas partes. El pie sangrado le impedía andar bien a pesar de que había aceptado mi brazo para apoyarse. María, en pie, las manos cruzadas sobre la falda y dejando conocer en su rostro el afán y el dolor que la angustiaba, no se atrevía a dar un paso hacia nosotros.

—Abra esa puerta —dijo mi padre acercándose a la que conducía al oratorio.

Le obedecí. El oratorio estaba sin luz. María se apresuró a precedernos con una, y colocándola cerca de aquella bella imagen de la Virgen que tanto se le parecía, pronunció palabras que no oí, y sus ojos suplicantes se fijaron arrasados de lágrimas en el rostro de la imagen. Mi padre se detuvo en el umbral. Su mirada se hizo menos intranquila, y se apoyó con mayor fuerza en mi brazo.

—¿Desea usted sentarse? —le pregunté.

—Sí... bueno... Vamos —respondió con voz casi suave.

Lo había vuelto yo a acomodar en la cama cuando entró el doctor: se le refirió lo que había pasado y se mostró contento, después de pulsarlo.

A la media hora, se acercó Mayn otra vez a examinar al enfermo, que dormía profundamente: preparó una poción y entregándosela a María, le dijo:

—Usted va a darle esto, instándole para que lo tome con esa dulzurita que tenemos.

Ella tomó la copa con cierto temor, y nos acercamos a la cama llevando yo la luz. El doctor se ocultó tras de las cortinas para observar al enfermo sin ser visto.

María llamó a mi padre con su más suave acento. El, luego que despertó, se llevó la mano al costado, quejándose al mismo tiem­po; fijóse en María, que le instaba para que tomase la poción, y le dijo:

—Por cucharadas; no puedo levantarme.

Ella empezó a darle así la bebida.

—¿Está dulce? —le preguntó.

—Sí, pero basta con eso ya.

—¿Tiene mucho sueño?

—Sí. ¿Qué hora es?

—Va a amanecer.

—¿Tu mamá?

—Descansando un rato. Tome unas cucharadas más de esto y dormi­rá muy bien después.

El significó con la cabeza que no. María buscó los ojos del médico para consultarle, y él le hizo seña para que le diera más de la bebida. El enfermo se resistía y ella le dijo, haciendo ademán de que probara el contenido de la copa:

—Si es muy agradable. Otra cucharada, otra, y no más.

Los labios de mi padre se contrajeron intentando sonreír, y recibieron el líquido. María se los enjugó con su pañuelo, di­ciéndole con la misma ternura con que solía despedirse de Juan después de dejarlo acostado.

—Bueno, pues: ahora a dormir mucho.

Y cerró las cortinas.

—Con una enfermera como usted —le observó el doctor a tiempo que ella colocaba la luz sobre la mesa— no se moriría ninguno de mis enfermos...

—¿Es decir que ya?... —le interrumpió ella.

—Respondo de todo.

XXXVIII

Pasados diez días, mi padre estaba convaleciente, y la alegría había vuelto a nuestra casa. Cuando una enfermedad nos ha hecho temer la pérdida de una persona amada, aquel temor aviva nuestros más dulces afectos hacia ella, y hay en los cuidados que le prodigamos, alejado ya el peligro, una ternura capaz de desarmar a la muerte misma.

Había recomendado el médico que se procurase al espíritu del enfermo la mayor tranquilidad posible. Se evitaba cuidadosamente hablarle de negocios. Luego que pudo levantarse, le instamos que eligiera un libro para leer en algunos ratos y escogió el
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