Celebrada por escritores de registros tan dispares como Rubén Darío, Unamuno y Borges, la casi unánime consideración que la crítica ha tenido con María es tan






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Imitación de la Virgen o enseñando oraciones a los niños.

Parecíale tan natural que me fuese necesario pasar a su lado unos momentos en esa hora, que me los concedía como algo que no le era permitido negarme. En el salón o en el comedor me reservaba siempre un asiento inmediato al suyo, y un tablero de damas o los naipes nos servían de pretexto para hablar a solas, menos con palabras que con miradas y sonrisas. Entonces sus ojos, en arro­badora languidez, no huían de los míos.

—¿Viste a tu amigo esta mañana? —me preguntó procurando hallar respuesta en mi semblante.

—Sí: ¿por qué me lo preguntas ahora?

—Porque no he podido hacerlo antes.

—¿Y qué interés tienes en saberlo?

—¿Te instó él a que le pagaras la visita?

—Sí.

—Irás a pagársela, ¿no?

—Seguramente.

—El te quiere mucho, ¿no es así?

—Así lo he creído siempre.

—¿Y lo crees todavía?

—¿Por qué no?

—¿Lo quieres como cuando estábais ambos en el colegio?

—Sí; pero ¿por qué hablas hoy de esto?

—Es porque yo quisiera que tú fueses siempre su amigo, y que él siguiese siéndolo tuyo... Pero tú no le habrás contado nada.

—¿Nada de qué?

—Pues de eso.

—¿Pero de qué cosa?

—Si sabes qué es lo que digo... No le has dicho ¿no?

Yo me complacía en la dificultad que ella encontraba para pregun­tarme si había hablado de nuestro amor a Carlos, y le respondí:

—Es la primera vez que no te entiendo.

—¡Avemaría! ¿Cómo no has de entender? Que si le has hablado de lo que...

Y como me quedase mirándola al propio tiempo que me sonreía de su infantil afán, prosiguió:

—Bueno; ya no me digas; —y se puso a hacer torrecillas con las fichas del tablero en que jugábamos.

—Si no me miras —le dije— no te confieso lo que he dicho a Carlos.

—Ya, pues... a ver, di —respondióme tratando de hacer lo que yo le exigía.

—Se lo he contado todo.

—¡Ay!, no; ¿todo?

—¿Hice mal?

—Sí así debía ser... Pero entonces, ¿por qué no se lo contaste antes de que viniera?

—Mi padre se opuso a ello.

—Sí, pero él no habría venido; ¿no hubiera sido mejor? —Sin duda, pero yo no debía hacerlo, y hoy él está satisfecho de mí.

—¿Seguirá pues siendo tu amigo?

—No hay motivo para que deje de serlo.

—Sí, porque yo no quiero que por esto...

—Carlos te agradecerá tanto como yo ese deseo.

—¿Conque te separaste de él como de costumbre?. Y él ¿se ha ido contento?

—Tan contento como era posible conseguirlo.

—Pero, yo no tengo la culpa, ¿no?

—No, María, ni él te estima menos que antes por lo que has hecho.

—Si te quiere de veras, así debe ser. ¿Y sabes por qué ha pasado todo así con ese señor?

—¿Por qué?

—¡Pero cuidado con reírte!

—No me reiré.

—Pero si ya estás riéndote.

—No es de lo que vas a decirme sino de lo que ya has dicho; di María.

—Ha sido porque yo le he rezado mucho a la Virgen para que hiciera suceder todo así, desde ayer que mamá me habló.

—¿Y si la Virgen no te hubiera concedido lo que le pedías?

—Eso era imposible: siempre me concede lo que le pido, y como esta vez yo le rogaba tanto, estaba segura de que me oiría. Mamá se va —agregó— y Emma se está durmiendo. Ya ¿no?

—¿Quieres irte?

—¿Y qué voy a hacer?... ¿Mucho escribirán mañana también?

—Parece que sí.

—¿Y cuando Tránsito venga?

—¿A qué horas viene?

—Mandó decir que a las doce.

—A esa hora habremos concluido. Hasta mañana. Respondió a mi despedida con las mismas palabras; pero admirándose de que me quedase con el pañuelo que ella tenía en la mano que me dio a estrechar. María no comprendía que ese pañuelo perfumado era un tesoro para una de mis noches. Después se negó casi siempre a concederme tal bien, hasta que vinieron los días en que se mez­claron tantas veces nuestras lágrimas.

XXX

En la mañana siguiente, mi padre dictaba y yo escribía, mientras él se afeitaba, operación que nunca interrumpía los trabajos empezados, no obstante el esmero que en ella gastaba siempre. Su cabellera rizada, abundante aún en la parte posterior de la cabeza, y que dejaba inferir cuán hermosos serían los cabellos que llevó en su juventud, le pareció un poco larga. Entreabriendo la puerta que caía al corredor, llamó a mi hermana.

—Está en la huerta —le respondió María desde el costurero de mi madre—. ¿Necesita usted algo?

—Ven tú, María —le contestó a tiempo que yo le presentaba algu­nas cartas concluidas para que las firmase—. ¿Quieres que bajemos mañana? —Me preguntó firmando la primera.

—Cómo no.

—Será bueno, porque hay mucho que hacer: yendo ambos, nos des­ocuparemos más pronto. Puede ser que el señor A... escriba algo sobre su viaje en este correo: ya se demora en avisar para cuándo debes estar listo. Entra, hija —agregó volviéndose a María, la cual esperaba afuera por haber encontrado la puerta entornada.

Ella entró dándonos los buenos días. Sea que hubiese oído las últimas palabras de mi padre sobre mi viaje, sea que no pudiese prescindir de su timidez genial delante de éste, con mayor razón desde que él le había hablado de nuestro amor, se puso algo pálida. Mientras él acababa de firmar, la mirada de María se paseaba por las láminas del cuarto, después de haberse encontrado furtivamente con la mía.

—Mira —le dijo mi padre sonriendo al mostrarle los cabellos—¿no te parece que tengo mucho pelo?

Ella sonrió también al responderle:

—Sí, señor.

—Pues recórtalo un poco. —Y tomó para entregárselas las tijeras de un estuche que estaba sobre una de las mesas—. Voy a sentarme para que puedas hacerlo mejor.

Dicho esto, acomodóse en la mitad del cuarto dando la espalda a la ventana y a nosotros.

—Cuidado, mi hija, con trasquilarme —dijo cuando ella iba a empezar—. ¿Está principiada la otra carta? —añadió dirigiéndose a mí.

—Sí, señor.

Comenzó a dictar hablando con María mientras yo escribía.

—¿Conque te hace gracia que te pregunte si tengo muchos cabe­llos?

—No, señor —respondióle consultándome si iba bien la operación.

—Pues así como los ves —continuó mi padre— fueron tan negros y abundantes como otros que yo conozco.

María soltó los que tenía en ese momento en la mano.

—¿Qué es? —le preguntó él, volviendo la cabeza para verla.

—Que voy a peinarlos para recortar mejor.

—¿Sabes por qué se cayeron y encanecieron tan pronto? —le pre­guntó después de dictarme una frase.

—No, señor.

—Cuidado, niño, con equivocarse.

María se sonrojó, mirándome con todo el disimulo que era necesa­rio para que mi padre no lo notase en el espejo de la mesa de baño que tenía al frente.

—Pues cuando yo tenía veinte años —prosiguió— es decir, cuando me casé, acostumbraba bañarme la cabeza todos los días con agua de colonia. Qué disparate, ¿no?

—Y todavía —observó ella.

Mi padre se rió con aquella risa armoniosa y sonora que acostum­braba.

Yo leí el final de la frase escrita, y él, dictada otra, continuó su diálogo con María.

—¿Está ya?

—Creo que sí; ¿no? —añadió consultándome.

Cuando María se inclinó a sacudir los recortes de cabellos que habían caído sobre el cuello de mi padre, la rosa que llevaba en una de las trenzas le cayó a él a los pies. Iba a alzarla, pero mi padre la había tomado ya. María volvió a ocupar su puesto tras de la silla, y él le dijo después de verse en el espejo detenida­mente:

—Yo te la pondré ahora donde estaba, para recompensarte lo bien que lo has hecho; —y acercándose a ella, agregó, colocando la flor con tanta gracia como lo hubiera podido hacer Emma—: toda­vía se me puede tener envidia.

Detuvo a María, que se mostraba deseosa de retirarse por temor de lo que él pudiera añadir, besóle la frente y le dijo en voz baja:

—Hoy no será como ayer; acabaremos temprano.

XXXI

Serían las once. Terminado el trabajo, estaba yo acodado en la ventana de mi cuarto.

Aquellos momentos de olvido de mí mismo, en que mi pensamiento se cernía en regiones que casi me eran desconocidas; momentos en que las palomas que estaban a la sombra en los naranjos agobiados por sus racimos de oro, se arrullaban amorosas; en que la voz de María, arrullo más dulce aún, llegaba a mis oídos, tenían un encanto inefable.

La infancia, que en su insaciable curiosidad se asombra de cuanto la naturaleza, divina enseñadora, ofrece nuevo a sus miradas; la adolescencia, que adivinándolo todo, se deleita involuntariamente con castas visiones de amor... presentimiento de una felicidad tantas veces esperada en vano; sólo ellas saben traer aquellas horas no medidas en que el alma parece esforzarse por volver a las delicias de un Edén —ensueño o realidad— que aún no ha olvi­dado.

No eran las ramas de los rosales, a los que las linfas del arroyo quitaban leves pétalos para engalanarse fugitivas; no era el vuelo majestuoso de las águilas negras sobre las cimas cercanas, no era eso lo que veían mis ojos; era lo que ya no veré más; lo que mi espíritu quebrantado por tristes realidades no busca o admira únicamente en sus sueños: el mundo que extasiado contemplé en los primeros albores de la vida.

Divisé en el negro y tortuoso camino de las lomas a Tránsito y a su padre, quienes venían en cumplimiento de lo que a María tenían prometido. Crucé el huerto y subí la primera colina para aguar­darlos en el puente de la cascada, visible desde el salón de la casa.

Como estábamos al raso, todavía no eran cortos los montañeses para conmigo; me dijeron todas aquellas cosas que solían en pasándose algunos días sin vernos.

Pregunté por Braulio a Tránsito.

—Se quedó aprovechando el buen sol para la revuelta.2l ¿Y la Virgen de la Silla?

Tránsito acostumbraba preguntarme así por María desde que advir­tió la notable semejanza entre el rostro de la futura madrina y el de una bella Madona del oratorio de mi madre.

—La viva está buena y esperándote —le respondí—; la pintada, llena de flores y alumbrada para que te haga muy feliz.

Así que nos acercamos a la casa, María y Emma salieron a recibir a Tránsito, a la cual dijeron, entre otros agasajos, que estaba muy buena moza; y era cierto, pues la felicidad la embellecía.

José recibió, sombrero en mano, los cariñosos saludos de sus señoritas; y zafándose la mochila que traía a la espalda llena de legumbres para regalo, entró con nosotros, instado por mí, al aposento de mi madre. A su paso por el salón, Mayo, que dormía bajo una de las mesas, le gruñó, y el montañés le dijo riendo:

—¡Hola, abuelo! ¿Todavía no me quieres? Será porque estoy tan viejo como tú.

—¿Y Lucía? —preguntó María a Tránsito— ¿por qué no quiso acompa­ñarte?

—Si es tan floja que no, y tan montuna.

—Pero Efraín dice que con él no es así —le observó Emma. Trán­sito se rió antes de responder.

Con el señor es menos vergonzosa, porque como va tantas veces allá, le ha ido perdiendo el miedo.

Tratamos de saber el día en que hubiera de efectuarse el matrimo­nio. José, para sacar de apuros a su hija, contestó:

—Queremos que sea de hoy en ocho días. Si está bien pensado, lo haremos así: en casa madrugaremos mucho, y no parando, llegaremos al pueblo cuando asome el sol; saliendo ustedes de aquí a las cinco, nos alcanzarán llegando; y como el señor cura tendrá todo listo, nos despacharemos temprano. Luisa es enemiga de fiestas, y las muchachas no bailan pasaremos, pues, el domingo como todos, con la diferencia de que ustedes nos harán una visita; y el lunes cada cual a su oficio: ¿no le parece? —concluyó dirigiéndose a mí.

—Sí; pero, ¿irá a pie Tránsito al pueblo?

—¡Eh! —exclamó José.

—¿Pues cómo? —preguntó ella admirada.

—A caballo, ¿no están ahí los míos?

—Si a mí me gusta más andar a pie; y a Lucía no es sólo eso, sino que les tiene miedo a las bestias22.

—¿Pero por qué? —preguntó Emma.

—Si en la provincia solamente los blancos andan a caballo; ¿no es así padre?

—Sí; y los que no son blancos, cuando ya están viejos.

—¿Quién te ha dicho que no eres blanca —pregunté a Tránsito—; y blanca como pocas.

La muchacha se puso colorada como una guinda, al responderme:

—Las que yo digo son las gentes ricas, las señoras.

José, luego que fue a saludar a mi padre, se despidió prometién­donos volver por la tarde, a pesar de nuestras instancias para que se quedase a comer con nosotros.

A las cinco, como saliese la familia a acompañar a Tránsito hasta el pie de la montaña, María, que iba a mi lado, me decía:

—Si hubieras visto a mi ahijada con el traje de novia que le he hecho, y los zarcillos y gargantilla que le han regalado Emma y mamá, estoy segura que te habría parecido muy linda.

—¿Y por qué no me llamaste?

—Porque Tránsito se opuso. Tenemos que preguntarle a mamá qué dicen y qué hacen los padrinos en la ceremonia.

—De veras, y los ahijados nos enseñarán qué responden los que se casan, por si se nos llegare a ofrecer.

Ni las miradas ni los labios de María respondieron a esta alusión a nuestra futura felicidad; y permaneció pensativa mientras andábamos el corto trecho que nos faltaba para llegar a la orilla de la montaña.

Allí estaba esperando Braulio a su novia, y se adelantó risueño y respetuoso a saludarnos.

—Se les va a hacer de noche para bajar —nos dijo Tránsito.

Se despidieron cariñosamente de nosotros los montañeses. Se habían internado algún espacio en la selva cuando oímos la buena voz de Braulio que cantaba vueltas23 antioqueñas.

Después de nuestro diálogo, María no había vuelto a estar risue­ña. Inútilmente trataba yo de ocultarme la causa; bien la sabía por mi mal: ella pensaba al ver la felicidad de Tránsito y Brau­lio, en que pronto íbamos nosotros a separarnos, en que tal vez no volveríamos a vernos... quizá en la enfermedad de que había muerto su madre. Y no me atrevía a turbar su silencio.

Bajando las últimas colinas, Juan, a quien ella llevaba de la mano, me dijo:

—María quiere que yo sea guapo para caminar, y ella está cansa­da.

Ofrecíle entonces mi brazo para que se apoyara, lo que no había podido hacer por atención a Emma y a mi madre.

Estábamos ya a poca distancia de la casa. Se iban apagando los arreboles que al ocultarse el Sol había dejado sobre las sierras de occidente; la luna, levantándose a nuestra espalda sobre las montañas de que nos alejábamos, proyectaba las inquietas sombras de los sauces y enredaderas del jardín en los muros pálidamente iluminados.

Yo espiaba el rostro de María, sin que ella lo notase, buscando los síntomas de su mal, a los cuales precedía siempre aquella melancolía que de súbito se había apoderado de ella.

—¿Por qué te has entristecido? —le pregunté al fin.

—¿No he estado pues como siempre? —me respondió cual si desper­tase de un ligero sueño—. ¿Y tú?

—Es porque has estado así.

—Pero, ¿no podría yo contentarte?

—Vuelve pues a estar alegre.

—¿Alegre? —preguntó como admirada—; ¿y lo estarás tú también?

—Sí, sí.

—Mira: ya estoy como quieres —me dijo sonriente—; ¿nada más exiges?...

—Nada más... ¡Ah! Sí: aquello que me has prometido y no me has dado.

—¿Qué será? ¿Creerás que no me acuerdo?

—¿No? ¿Y los cabellos?

—¿Y si lo notan al peinarme?

—Dirás que fue cortando una cinta.

—¿Esto es? —dijo— después de haber buscado bajo el pañolón, mostrándome algo que le negreaba en la mano y que ésta me ocultó al cerrarse.

—Sí, eso; dámelos ahora.

—Si es una cinta —contestó volviendo a guardar lo que me había mostrado.

—Bueno; no te los exigiré más.

—¡Conque bueno! ¿Y entonces para qué me los he cortado? Es que falta componerlos bien; y mañana precisamente...

—Esta noche.

—También; esta noche.

Mi brazo oprimió suavemente el suyo, desnudo de la muselina y encajes de la manga; su mano rodó poco a poco hasta encontrarse con la mía; la dejó levantar del mismo modo hasta mis labios; y apoyándose con más fuerza en mí para subir la escalera del corre­dor, me decía con voz lenta y de vibraciones acalladas:

—¿Ahora sí estás contento? No volvamos a estar tristes.

Quiso mi padre que en aquella noche le leyese de sobremesa algo del último número de
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