El huracán lleva tu nombre jaime bayly






descargar 1.06 Mb.
títuloEl huracán lleva tu nombre jaime bayly
página1/48
fecha de publicación01.09.2015
tamaño1.06 Mb.
tipoDocumentos
l.exam-10.com > Historia > Documentos
  1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   48


EL HURACÁN LLEVA TU NOMBRE - JAIME BAYLY

EDITORIAL PLANETA COLOMBIANA, S.A.

Autores Españoles e Iberoamericanos

Primera Edición, Enero, 2004

Impreso en Colombia

A Camila, mi hija, que me enseño a amar


El amor nunca trae nada bueno.

El amor siempre trae algo mejor.

Roberto Bolaño, Amuleto
Pensé que la fe era el primer requisito para amar.

Roberto Bolaño, Monsieur Pain
La vida no sólo es vulgar sino también inex­plicable.

Roberto Bolaño, Llamadas telefónicas
El amor y la tos no se pueden ocultar.

Roberto Bolaño, Los detectives salvajes

Me voy a ir a la cama contigo.

Esto es lo primero que pienso cuando la veo entre la pe­numbra y el humo de la discoteca. Es una mujer muy bella, más joven que yo, de ojos chispeantes y nariz angulosa. Me gusta como nadie me ha gustado nunca. Me aburro en una esquina de la barra tomando una coca-cola. Me acompaña Sebastián, mi amigo y, secretamente, mi amante. Sebastián es actor de telenovelas y obras de teatro; a mí me conocen por mi programa de televisión. A Sebastián le gusta bailar y por eso ha insistido en traerme esta noche al Nirvana, don­de se reúne la gente bonita y confundida de la ciudad, los que quieren irse del país pero no pueden y los que se fueron pero regresaron, las chicas rebeldes y los cocainómanos, los actores de pacotilla y los músicos fracasados, los tontos como yo, que no bailamos porque no tenemos suficiente coraje (ya bastante tengo con hacer el ridículo en la televisión), pero sí disfrutamos exhibiéndonos en ese enjambre de cuerpos ha­cinados que las luces de neón iluminan al azar. Yo no quiero bailar, sólo mirar a Sebastián, alto y orgulloso, apretado en sus jeans de actor que sueña con ser roquero famoso, lindo con su cara de niño bueno que, sin embargo, es un depreda­dor en la cama y yo lo sé bien, y por eso no puedo dejar de mirarlo, porque es el primer hombre que me ha hecho el amor con una ferocidad que no puedo olvidar y que me hace desearlo tan descaradamente como lo miro esta noche tumultuosa en la barra del Nirvana. Todo está bien entre Se­bastián y yo. Nos miramos con sigilo porque no es cosa de an­dar coqueteando como dos putos ardientes; hay que cuidar las formas y preservar la reputación en esta ciudad de descerebrados, energúmenos y cacasenos. Todo está bien porque, aunque rara vez nos miramos y nos hacemos un guiño co­queto, yo sé que Sebastián quiere acostarse conmigo más tar­de y que voy a gozar cuando me haga el amor con esa cara de niño bueno con la que sonríe en las telenovelas y con ese cuerpo soberbio que es mío, aunque también de su novia, la tontuela de Luz María. De pronto, Sebastián, que bebe una cerveza, me presenta a tres amigas suyas. Creo que una se lla­ma Mariana y la otra Lucrecia (pero no podría asegurarlo, porque no oigo bien sus nombres, y las dos son de una be­lleza promedio, tirando a feas, o será que la poca luz no les hace justicia o que simplemente Lima afea a la gente), y la otra, cuya mirada me hipnotiza en el acto, se llama Sofía y es la chica más linda que he visto nunca en este antro de mal vi­vir que indebidamente llamamos el Nirvana, en cuyos pasi­llos pueden verse parejas frotándose sin pudor, drogadictos colapsados, chicas besándose en la boca o algún despistado pidiéndome que le haga una entrevista en la televisión. Sofía me mira y quedo hechizado por ella, sacudido por una co­rriente que me estremece con una fuerza extraña. Nunca ha­bía sentido esto por una mujer, ni siquiera por Ximena, la chica de mi vida, la niña bien que se corrompió por mi cul­pa, me entregó su virginidad, fumó marihuana, se escapó conmigo al Caribe y lloró cuando se enteró de que me gus­taban los hombres, algo en lo que no podía complacerme, y por eso la pobre, muy juiciosa, terminó huyendo de Lima y de mí. Sofía es una mujer muy hermosa y la suya es una mi­rada perturbadora, cargada de promesas inquietantes. Me reconozco en ella, en sus ojos turbios, y sé de inmediato que esta noche no me iré del Nirvana con Sebastián, sino con Sofía, que yo sé bien qué clase de relación ha tenido con Sebastián, porque él me lo ha contado, sé que han sido aman­tes y no amantes de paso, sé que ella estuvo enamorada de él y le entregó su virginidad unos años atrás, porque Sofía, esta noche en el Nirvana, tiene ya veintidós años, y yo veintiséis, y ella viene de regreso de Filadelfia, donde ha pasado cuatro años estudiando historia, es decir, aburriéndose entre mon­jas amargadas y bibliotecarios tan maricas que no se atrevían a serlo, y yo no vengo de ninguna parte ni voy a ninguna par­te porque soy un perdedor más entre los muchos que pulu­lamos estas noches decadentes de Lima, soy apenas un chico confundido que ha tenido el buen gusto de mandar al diablo la universidad y que, sin embargo, se permite el mal gusto de salir todas las noches con corbata en la televisión. Sofía y yo nos miramos, sonreímos embobados y tratamos de hablar en esta esquina sobrepoblada y bulliciosa de la discoteca, pero no podemos, porque los parlantes escupen con estruendo una música histérica y yo sólo quiero llevármela lejos para perderme en sus encantos y hacerla mía. Sebastián se da cuenta de que sólo tengo ojos para Sofía y me dirige una mi­rada severa, como diciéndome no te metas con esta chica, que es mía, y no te hagas el hombrecito, que en un par de horas me vas a dar el poto como una hembrita, pero yo ignoro su mirada renco­rosa y la atribuyo al despecho, a los celos, a que no puede to­lerar que yo desee a nadie más que a él. Vámonos, que acá no se puede hablar y ni siquiera respirar; esta humareda me está ma­tando, le digo a Sofía, y la tomo del brazo, y ella asiente en­cantada, sin oponer resistencia, y luego secretea algo con sus amigas, las de la belleza promedio, que hablan entre sí y fu­man con el rencor de saberse ignoradas por los chicos más lindos de esta discoteca subterránea a la que se han aventu­rado en busca de amor o por lo menos de buen sexo. Yo no quiero emborracharme ni tomar siquiera un poco de whisky porque llevo meses sin meterme cocaína y quiero mantener­me lejos de ese polvillo traidor. No quiero tomar tragos, acer­carme a los cocainómanos ni seguir aspirando este humo viciado que luego me deja el pelo y la ropa apestando, sólo quiero irme con Sofía y besarla entera, volver a sentirme un hombre con ella, confesarle que sus embrujos me han sub­yugado y que la deseo con una desmesura que no había sen­tido por una mujer, y que incluso ha logrado apagar el ardor que Sebastián despierta en mí. Por suerte, Sofía tiene el buen juicio de no decirme que desea bailar esta canción pe­gajosa de Erasure, A little respect, cuando salimos de la disco­teca, salvándome de una escena grotesca, pues el baile en cualquiera de sus formas no ha sido nunca un pasatiempo que yo haya podido dominar, y quizá por eso soy un amante tan chapucero en la cama, aunque no estoy seguro de que exista una relación entre una cosa y la otra. Media hora más tarde, quizá menos, tras conducir mi automóvil por las calles mal iluminadas y llenas de mendigos de Miraflores, llegamos al departamento que he comprado gracias al dinero que gano sonriendo como un idiota en la televisión. Saludo al portero, que bosteza mientras mira un televisor diminuto en el que aparecen imágenes borrosas, y él me devuelve un sa­ludo amable, y Sofía y yo subimos al ascensor, cruzamos mi­radas en silencio y yo siento que ella me gusta porque no hace preguntas, no dice cosas estúpidas, no se hace la tonta ni la difícil, sabe exactamente por qué hemos salido de prisa del Nirvana y por qué subimos ahora al piso diez de este edi­ficio recién inaugurado, cerca del malecón, con una vista le­jana al mar que en realidad es un embuste porque casi nun­ca puede verse; lo único que atisbo a duras penas es una neblina espesa e impenetrable que le da a la ciudad este aire triste y fantasmal que suele acongojar al forastero y aturdir al nativo. En el ascensor, hechizado por sus ojos almendrados de rara ternura, comprendo que esta mujer es distinta, so­brenatural, una de esas criaturas que el destino te pone en­frente una sola vez en la vida, y que si la dejo pasar es porque soy un marica y un perdedor, cosas que sin duda soy, pero esta noche quiero escapar de la realidad y soñar, aunque sea un momento, que mi vida podría ser mejor con esta mujer, Sofía, que ahora se deja besar y me corresponde con una pa­sión rotunda, desenfrenada, con la certeza de saber que quiere meterse en mi cama sin hacer una sola pregunta boba ni un comentario estreñido de niña bien. Porque Sofía, y por eso me cae tan bien, no pide un trago, no me pregunta si el departamento es mío y tampoco si mis intenciones son serias u honorables, no menciona los programas de televisión en los que ciertamente me ha visto desde la confortable soledad de su casa en los suburbios, no dice una sola palabra, sim­plemente se entrega con más audacia que yo al acto de amor que se nos impone brutalmente esta noche. Así, en silencio, besándonos, sin música de fondo ni bebidas alcohólicas para perder las inhibiciones, terminamos en mi cama, desnudos, apenas encendida la luz de la sala, a oscuras mi habitación, y yo le digo eres la mujer más linda que he visto en mi vida, nunca voy a olvidar este momento, y ella me mira conmovida y creo que sabe que le hablo con el corazón, que no le miento como un oportunista sólo para irme a la cama con ella. Sofía sabe que me tiene derrotado, todo suyo, y lo sabe en silencio, y entonces me dice, sentándose a horcajadas sobre mí, yo sa­bía que iba a conocerte y que esto iba a pasar, y cuando lo dice me clava su mirada de bruja sabia y amante suicida y yo siento un ramalazo, un escalofrío, el presagio de que esta noche es sólo el principio de la aventura más peligrosa de cuantas he vivido. Luego es como un sueño, ella moviéndose sobre mí, yo tratando de estar a la altura de las circunstancias, hacien­do un esfuerzo para comportarme como un hombre y no de­fraudar a esta mujer que ha venido a mi cama sin hacer pre­guntas ni pedir promesas de amor. Entonces me siento un imbécil, un perdedor, porque, no puedo evitarlo, me vengo antes que ella, me vengo en seguida, no duro nada, y es ob­vio que ella quiere continuar, apenas comenzaba y ya me he rendido como un pobre diablo, he colapsado con muy poca hombría. Aunque trato de prolongar el combate, quedo inerme y abochornado por tan torpe exhibición de mis dotes amatorias. Por eso, mientras Sofía desmonta con gracia, me siento obligado a pedirle disculpas, me vine tan rápido porque me gustas muchísimo, y ella apenas sonríe con un pudor que me traspasa, y yo atrapo esa sonrisa y me quedo con ella, la sonrisa pudorosa y coqueta de Sofía, desnuda a mi lado, cuando la miro y le digo que no duré por su culpa, porque es demasiado linda. Luego suena una bocina abajo, en la calle, y me asomo en calzoncillos a la ventana y reconozco el auto de Sebastián, ¿qué diablos quiere?, si sabe que me he venido con Sofía, ¿para qué viene a hacerme esta escena de teleno­vela? Pero, además, hay otro auto y de él han bajado las dos chicas de la belleza promedio, Mariana y Lucrecia, las amigas de Sofía, que ¿a qué cono han venido también?, ¿a comer bo­caditos?, ¿a hablar de política?, ¿a hacer una orgía?, ¿a pedir­me el baño para cambiarse las toallas higiénicas? No me gus­ta que me toquen la bocina así, brutalmente y sin previo aviso, y menos a esta hora de la madrugada, cuando los veci­nos duermen y no merecen ver quebrantadas sus horas de reposo. Vístete rápido, que mis amigas han venido a recogerme para llevarme a mi casa, me dice Sofía, vistiéndose con apuro. Esta mujer tiene la cabeza de un hombre, pienso, será por eso que me ha gustado tanto. Yo me visto torpemente, tropezan­do, y luego salimos apurados, como si hubiésemos cometido un crimen, pero con unas caras de felicidad que nos delatan, y en el ascensor nos besamos fugazmente como nunca me había besado Sebastián, porque él dice que hay una cámara secreta en el ascensor, él siempre cuida su reputación, y sólo me besa como una bestia enjaulada apenas entra en mi de­partamento. Ahora salimos a la calle Sofía y yo sin siquiera tomarnos de la mano, sólo como buenos amigos, y sin em­bargo Sebastián me mira con despecho y rencor, como si lo nuestro fuese ya cosa del pasado, como nunca me había mi­rado, como diciéndome me has traicionado, te jodiste, ¿cómo pu­diste dejarme solo en el Nirvana para venir a tirar con mi amiga Sofía de toda la vida, que tú sabes que ha sido mi hembrita? Mientras tanto, las amigas de Sofía, que por suerte no me miran de mala manera, porque en realidad ni siquiera me dirigen la mirada, la invitan a subir al coche y no sé si están molestas o qué, pero me ignoran, fingen que no existo, que no ha pasa­do nada, sólo quieren que Sofía se monte en el auto para sa­lir de prisa las tres y seguro que acribillarla a preguntas, ¿qué pasó, qué pasó?, cuéntanos todo, por favor, eres una loca, cómo se te ocurre venir a su depa así de golpe, si recién lo habías conocido, ay, Sofía, no puedes con tu genio, eres incorregible, bueno cuenta, pues, qué pasó, pero bonito, ah, con lujo de detalles y todo. Sofía se va, no sin antes besarme en la mejilla y mirarme con una intensidad en la que me reconozco extrañamente y decirme al oído gra­cias, no te voy a olvidar y yo le digo te llamo y me siento un idio­ta porque ni siquiera le he pedido su teléfono y se va, ya se fue, te llamo, ¿no podría haberle dicho algo más romántico, más inspirado? Quien tampoco parece inspirado es Sebas­tián, que me mira con una cara de perro hambriento, pero no hambriento de mi cuerpo, que es suyo, sino hambriento de venganza. No deberías haber hecho eso, ella es una chica bien, es una amiga mía, ha sido mi hembrita, no es una chica para tener un agarre, me dice furioso, como si fuera a pegarme, como si le indignase que yo pueda ser un hombre con Sofía y no sólo el amante servicial y abnegado que él conoce cuando se acues­ta conmigo. No ha sido un agarre, huevón, ha sido algo increíble, le digo, pero no me cree, sigue mirándome mal, y yo tonta­mente pregunto si quiere subir a mi cama, pero Sebastián me castiga con estudiada indiferencia, por algo es actor, y dice jódete, esta noche no subo, eso te pasa por dejarme plantado en el Nirvana y levantarte a mi amiga, y yo le digo no te vayas, no seas huevón, y él me dice si yo te llevo al Nirvana, te quedas con­migo, no te vas con nadie, y luego sube de prisa a su auto, ya un tanto cochambroso en verdad, y yo me caliento de verlo así, tan celoso y posesivo, porque me encanta que sea tan apa­sionado y que le moleste que yo me haya permitido seducir a la más linda y memorable de sus amigas. Sebastián se va ma­nejando raudo y yo subo a mi cama y no me toco pensando en él porque es ella, Sofía, la que ha invadido mi corazón, y por eso busco su olor en mis sábanas y me pregunto si volve­ré a verla, si puede ser verdad tanta belleza, si estará pensan­do en mí con esta locura adolescente con la que, echado en mi cama, sin extrañar a Sebastián, revivo cada instante de mi encuentro con ella. Soy un tonto, debería haberle pedido el teléfono, pienso. Pero luego me digo: seguro que Sebastián lo tiene. y es raro, porque, por primera vez en mucho tiempo, desde que se fue Ximena a Austin hace ya un par de años, tengo ganas de estar en esta cama no con Sebastián, mi aman­te, sino con Sofía, la mujer que salió de las sombras de una discoteca para recordarme que aún puedo ser un hombre.
Me equivoqué: Sebastián no tiene el teléfono de Sofía o dice no tenerlo, porque en realidad no le creo, seguramente lo tiene pero no quiere dármelo por celos de galán de teleno­vela que no puede admitir que yo desee a alguien que no sea él. Lo he llamado al departamento que tiene frente al male­cón y me ha dicho con una voz cortante que no es mi agen­da telefónica, que no tiene ganas de hablar conmigo y que lo deje tranquilo porque está ensayando para la obra que va a estrenar pronto en un teatro incómodo al que irá a verlo su madre y con suerte sus hermanos, pero no yo, que detesto las butacas crujientes de los teatros pulgosos de esta ciudad.

Si Sebastián no quiere ayudarme a encontrar a Sofía, no debo desesperarme, ya daré con ella: esta ciudad es muy pequeña (al menos por las calles donde nos movemos ella y yo) y una mujer tan notable no se me puede perder fácilmente. Ahora tengo que apurarme porque me esperan en casa de mis pa­dres para una cena familiar, un espanto de reunión, una pe­sadilla, pero no tengo alternativa, tengo que ponerme lindo, dandi, regio, ganador, a la altura de las expectativas familia­res, y acudir con el debido sosiego a la casona estilo colonial que poseen mis padres en un barrio razonablemente aco­modado de la ciudad y a la que también han invitado, por ra­zones que desconozco, a la familia entera de mi padre. Me doy una ducha de prisa y mientras me enjabono escucho en­tre los ductos de aire del baño la conversación del vecino de arriba, un gerente de un canal de televisión, conversando con su amante, una locutora guapa, sobre las pequeñas in­trigas que azuzan sus minúsculas existencias. Me avergüenza trabajar en la televisión de este país, tan chirriante y descerebrada, y tener que fingir en cámaras que soy un macho pi­carón, rápido para la galantería, zalamero con las damas curvosas y las forasteras casquivanas, cuando en realidad, y esto lo sabe sólo Sebastián, tengo muy poco interés en seducir a las mujeres, pues lo que más me complace en la cama es que un varón debidamente dotado como él –dotado para el sexo, digo, pues sus dotes artísticas son menos conspicuas– me ame sin reservas, remilgos higiénicos ni prejuicios de ninguna índole. No sé hasta cuándo voy a sostener en pie este juego vicioso de la televisión, esta duplicidad entre lo que exhibo con impudicia y lo que escondo cobardemente, entre lo que pretendo ser y lo que en verdad soy, aunque me duela en el orgullo y ocasionalmente también en la baja es­palda. Por ahora me contento con cumplir mi contrato, ga­nar la plata decorosa que me pagan, contar los días para que­dar libre y sobrevivir en este arenal en el que nací y del que sueño con escapar.

Pienso todo esto mientras me ducho, me seco y me visto, eligiendo descuidadamente un pantalón arrugado, un saco azul, una camisa de cuadros y un pañuelo de Burberry que me regaló un tío refinado –tanto que di­cen que es bisexual en el clóset– al que seguramente veré esta noche en la cena de mis padres. Me miro al espejo y, no sé por qué, será por el recuerdo de Sofía, no me veo afemi­nado, no me veo tan gay como me hace sentir Sebastián cuando hacemos el amor, me veo viril y circunspecto, tal como me educó mamá que debía ser en público y más aún en privado. Es así, viril y circunspecto, como llego esta no­che, conduciendo mi automóvil, no demasiado lujoso pero apropiadamente sobrio, a la casona de mis padres, dispuesto a disimular con aplomo lo mucho que me gustan los hom­bres y a encubrir con elegancia lo poco que me gustan las mujeres. Mi padre, que se conduce como un general retira­do aunque nunca fue militar, me saluda marcialmente, ins­peccionándome con la mirada, y no me dice lo que puedo adivinar que está pensando un tanto adusto: ya tienes veinti­cinco años, manganzón, ¿cuándo vas a traer una chica a la casa? No me lo dice y seguramente piensa que soy un mari­cón perdido, acusación que yo no podría rebatir pero que él basa meramente en el hecho de que me gusta leer, ir al cine y ver películas viejas en blanco y negro. Papá no va al cine y sólo ve en la televisión los canales de noticias para regocijar­se con las últimas desgracias que azotan al mundo y, en especial, los canales del clima, para solazarse con los más recientes huracanes, tornados, sequías y terremotos. Por su­puesto, no ve mi programa, y así me lo ha dicho en varias ocasiones, porque no le interesa
  1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   48

Añadir el documento a tu blog o sitio web

similar:

El huracán lleva tu nombre jaime bayly iconMis cuatro noches con Jaime Bayly

El huracán lleva tu nombre jaime bayly icon¿por qué fernando rospigliosi, jaime bayly y aldo m también se afanan...

El huracán lleva tu nombre jaime bayly iconEusebio Da Guarda y el Grupo Escolar que lleva su nombre

El huracán lleva tu nombre jaime bayly iconGranada es la capital de la provincia que lleva el mismo nombre....

El huracán lleva tu nombre jaime bayly iconEl mayor de los cantares de gesta españoles de la Edad Media y una...

El huracán lleva tu nombre jaime bayly iconGÉnesis es una palabra griega, que significa "origen". El primer...

El huracán lleva tu nombre jaime bayly iconGÉnesis es una palabra griega, que significa "origen". El primer...

El huracán lleva tu nombre jaime bayly iconLas noticias más remotas que tengo de la persona que lleva este nombre...

El huracán lleva tu nombre jaime bayly iconResumen: se trata de unos jóvenes los cuales tal vez son científicos...

El huracán lleva tu nombre jaime bayly iconAnimex apoyará a damnificados del huracan 'alex'






© 2015
contactos
l.exam-10.com