Justo Serna y Anaclet Pons, historia cultural. Autores, obras, lugares, ediciones Akal, España, 2005






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Pontificia Universidad Javeriana

Maestría en Historia

Seminario Teórico de Énfasis II

Categorías y debates de la Historia Cultural

Profesora: Amada Carolina Pérez Benavidez
Justo Serna y Anaclet Pons, historia cultural. Autores, obras, lugares, ediciones Akal, España, 2005
Tatiana Bustos Ramírez

24 de febrero de 2013
Este documento pretende ser una guía de exposición y discusión del libro: historia cultural. Autores, obras, lugares de Justo Serna y Anaclet Pons, publicado por ediciones Akal en España, en 2005 y nuevamente publicado este mes de febrero de 2013 en una segunda edición por la misma editorial. En ese sentido, lo primero por decir será que dentro del programa del curso, éste libro permite hacer un cierre al componente propiamente introductorio con un panorama de las “aproximaciones a la historia cultural” que comenzamos con las lecturas de Darton y Chartier, antes de comenzar a desarrollar las categorías de cultura, prácticas, imaginarios, representaciones, producción de presencia y experiencia histórica que articulan todo el programa.
No es casual entonces que este libro nos ofrezca una posible entrada, una aproximación a historizar la historiografía que ha configurado la historia cultural en la segunda mitad del siglo XX, a partir de explorar algunos autores, obras y lugares relacionados entre sí, escogido como camino las tradiciones anglosajona y francesa, de suerte que como afirman los propios autores, este libro ofrezca un panorama de los antecedentes pioneros de lo que hoy es la historia cultural.

Para empezar, antes de entrar propiamente en el contenido del texto, vamos a intentar ubicar el contexto, el lugar de producción de la obra: este libro hace parte de una serie llamada Historia Contemporánea dirigida por Elena Hernández Sandoica y financiada con recursos públicos provenientes de la Generalitat Valenciana y de la Comisión Interministerial de Ciencia y Tecnología (CICYT), este último, un instituto que dirige la política científica y tecnológica española. Es decir, la producción y circulación de este libro es posible gracias a la larga y prestigiosa trayectoria de la Dra. Sandoica que le permite articular la producción académica desde prestigiosas universidades públicas en España con otros recursos públicos del mismo gobierno, y en general, le permite movilizar un importante aparato institucional estatal para lograr el resultado final. Los autores del libro, Justo Serna y Anaclet Pons1, al igual que la Dra. Sandoica son profesores de Historia Contemporánea, en este caso, desde otra Universidad pública, la de Valencia, España, y al igual que ella con una vastísima trayectoria profesional. Llama especialmente la atención que estos dos autores ofrecen la mayor parte de su producción académica como productos conjuntos entre ellos2.

El libro que nos convoca, está narrado a partir de una metáfora de un viaje a través del tiempo y el espacio que conecta a cinco historiadores pioneros de lo que hoy llamaríamos historia cultural, y que los conecta de tal manera personal y académicamente hablando, que Serna y Pons incluso aventuran una hipótesis en cuanto a que tales conexiones los configuran como una especie de “colegio invisible” en torno al cual se pueden trazar los hechos historiográficos más significativos que han forjado el camino para el estado actual de la historia cultural, siguiendo las historiografías anglosajona y de los Annales que atraviesa ese “colegio invisible”. En ésta línea, el texto se compone de tres partes principales divididas en siete capítulos:

una primera parte que consta de un capítulo, dedicada a sentar las bases y los indicios sobre los cuales hacen las elecciones de autores, obras y lugares que serán recorridos, metafóricamente hablando en lo que los autores llaman los preparativos del viaje;

una segunda parte compuesta de cinco capítulos es el recorrido o viaje propiamente dicho, donde van de Paris (EHESS) a Princeton, de los Annales y la historiografía marxista británica al giro lingüístico, de Le Goff a Lawrence Stone, y en general a una serie de situaciones que terminan de uno u otro modo intersectando a Natalie Zemon Davis, Robert Darton, Peter Burke, Carlo Ginzburg y Roger Chartier en lo que Serna y Pons han convenido llamar precisamente “colegio invisible” y en el cual Roger Chartier cumplirá una función articuladora muy importante, vinculando no sólo a estos autores y sus obras sino en general a la tradición anglosajona con la tradición francesa y desembocando en un punto de quiebre con el giro lingüístico;

y una tercera y última parte de un capítulo en la que presentan un balance de lo que fue el recorrido: de las elecciones, las ausencias, las justificaciones y el alcance del recorrido, en lo que llaman “el álbum” como haciendo alusión a esas fotos que quedan al final del ejercicio.

Desde el punto de vista metodológico, el trabajo evidencia un profundo conocimiento de los autores, sus obras y en general de la historiografía de la segunda mitad del siglo XX; una abundante consulta bibliográfica, y sobre todo un trabajo riguroso de análisis de fuentes, de entrevistas, de obras, y en el que vale la pena señalar que los autores de esta investigación incluso acudieron directamente a algunos de los historiadores a quienes se refieren en su libro, para contrastar con ellos su perspectiva, y en especial a Roger Chartier, Carlo Ginzburg y Natalie Zemon Davis. Por otra parte, para abordar la labor de identificar y ordenar un campo de investigación tan vasto, Serna y Pons debieron optar metodológicamente por asumir que la historia cultural es aquello que hacen los historiadores que se reclaman o son reconocidos como tales, basados en que este es un recurso frecuente en muchos ámbitos académicos cuando la definición y los criterios de jerarquía presentan ciertos obstáculos y se acude entonces a identificar el todo por una de sus partes.

  1. Primera parte. Sobre las bases del recorrido o preparativos del viaje

En el primer capítulo, Serna y Pons propondrán unos contenidos posibles del concepto de “cultura”, basados sobre todo en Freud y Weber, que consideran básicamente alineados con las concepciones que se han utilizado en la historiografía que se ha desarrollado desde finales de los setenta. Siempre asegurándose de ser cuidadosos con los matices o las reservas para que sus posiciones no se entiendan como propuestas de posiciones definitivas, postulan que hay un cierto grado de convención en los contenidos posibles de la cultura, y que el problema básico que permanece es en realidad sobre la jerarquía de esos múltiples contenidos.

Partiendo de ésta base, ese cierto grado de acuerdo es un punto de partida del libro y consiste en entender la “cultura” como un conjunto de herramientas, prótesis y significados; es decir, como el límite que los humanos imponen a la naturaleza (herramientas), pero también como su prolongación, como prótesis para llegar hasta donde no podemos por nuestros propios medios naturales o el instrumento que nos permite alterar el estado natural de las cosas (por ejemplo, el entorno trazando un camino en el bosque; ó el cuerpo protegiéndolo del clima, ocultando las vergüenzas o engalanándolo para asombro o reconocimiento de los semejantes); y finalmente, también como el otorgar significado, proceso de adentrarnos en el mundo, de averiguarlo, de enfrentarlo.

Y para resolver el problema de las jerarquías de los múltiples contenidos, y basados en que la inmensa variedad de trabajos existentes sobre historia cultural, los autores optan por aproximarse a este tema de las jerarquías a partir de reconocer como historia cultural lo que hacen los historiadores más reconocidos como historiadores culturales y que por tanto son los que marcan la jerarquía de objetos y procedimientos en historia cultural, en una selección de autores que resulta de rastrear tanto sus afinidades personales como sobre el modo de hacer historia cultural; estos historiadores son precisamente los que ellos inscriben en una especie de “colegio invisible”: Peter Burke, Robert Darton, Roger Chartier, Carlo Ginzburg y Natalie Zemon Davis. En el caso de estos autores, Serna y Pons encuentran las siguientes afinidades:

  • todos ellos son autores de libros que han influido decisivamente en la historia cultural hasta renovarla completamente.

  • todos ellos tienen algún volumen en el que tempranamente proponen un cambio más o menor radical o en el que muestran un atrevimiento que los distancia de sus colegas.

  • sus libros son productos hechos con la voluntad de cautivar, de atraer un público más vasto que el de los especialistas interesados por el tema y por la época.

  • en general, todos los libros de estos historiadores suelen centrarse en episodios o circunstancias que, al final, sólo son una pequeña parte de su sociedad y de su tiempo.

  • estos textos son producto de abordar de maneras creativas la escases de fuentes que implica tomar como objeto de estudio asuntos marginados, descentrados.

  • Estos libros dan especial importancia a las formas narrativas.

  • Más allá de la forma de las obras y del modo en que han enfocado los temas históricos, les caracteriza la diversidad de objetos que han tratado y que proponen en sus volúmenes.

  • Por ser historiadores de gran prestigio y reconocimiento dentro y fuera de la disciplina, por ser parte de ese colegio invisible diseminado aquí y allá, son reclamados continuamente para impartir conferencias o para dictar cursos en distintos lugares del mundo.

  • Son autores que han estado inmersos en continuo intercambio, debate, y amistad entre ellos, configurando por esta vía el ya mencionado “colegio invisible” como una “red textual” que se disemina en ambos continentes.



  1. Segunda parte. Sobre el recorrido (viaje) propiamente dicho

Partiendo de la hipótesis de que existe un “colegio invisible” en torno al cual se jerarquiza la historiografía de la historia, lo que los autores se proponen como desarrollo de su obra, es rastrear el recorrido que lleva a la constitución de ese grupo que integra de manera flexible a individuos de edad próxima, sin suponer más afinidades de las que efectivamente puedan documentar. Para eso, van a buscar rastros por un lado en la historiografía marxista británica y por otro lado en la tradición de los Annales fraceses.

  • En los marxistas británicos, Serna y Pons van a rastrear el relieve dado a lo popular, a lo bajo, a lo excluido, así como el peso que le confieren a la cultura (especialmente en el caso de E.P. Thompson), a partir de sucintas alusiones a Williams, Hobsbown y Thompson, como un mecanismo instrumental desde el punto de vista de la metodología de Serna y Pons, para señalar como puente entre la historiografía marxista y el “Colegio Invisible” a Natalie Zemon Davis, en quien sí se detendrán analizando su obra: El menu peuple y las mujeres [1975], consideradolo como “el primero de los libros en que es obligatorio detenerse”).

En El menu peuple y las mujeres, Serna y Pons ven un primer libro que tempranamente propone un cambio bastante radical a la demás historiografía del momento y en particular con asuntos que hoy resultan en gran medida comunes en la historia cultural. Una innovación que a juicio de los autores, es posible gracias a una gran apertura de esta autora para tomar referentes de diferentes tradiciones. Esto se verá evidenciado en que a pesar de la unidad de a obra, cada uno de los ensayos puede ser tratado a su vez de manera individual y en cada uno de estos, la autora seleccionará referentes de diferentes tradiciones: en uno de los ensayos, se decidirá por mayor peso específico en la historia social británica y particularmente en Thompson; en otro en cambio, a pesar de reconocer como grandes referentes a Hobsbawn y Thompson e incluso una cierta historiografía de los Annales, declarará su principal referente en la antropología de Van Gennep y en Keith Thomas como uno de los historiadores que más tempranamente comprendió la necesidad de intensificar los intercambios con la antropología; en otro evidencia un uso inusual para la época de las ideas de Mijaíl Bajtin, un autor que en el mundo anglosajón no tuvo mayor difusión hasta 1981, del que a Natalie Zemon Davis le interesó especialmente el estudio de la cultura popular a partir de aquellas manifestaciones que tenían un sesgo disolvente: la risa, la fiesta, el carnaval; en otro de los ensayos-capítulos mantendrá una fuerte referencia en la antropología pero esta vez en Victor Turner y finalmente; en otro más, abordará la relación entre cultura oral y escrita tomando como referentes a los franceses e incluso a los primeros trabajos de Rober Darton; y finalmente, en el último ensayo, apostará por una perspectiva diacrónica.

En última instancia, a través del juicioso análisis de una obra de Natalie Zemon Davis, los autores evidencian la existencia de una relación intelectual y personal de Natalie Zemon Davis con los historiadores marxistas británicos y en especial con E.P. Thompson, muestran las coincidencias en fechas y en lugares de publicación y las referencias que hacen el uno del otro en sus trabajos, al tiempo que señalan exactamente qué aspectos de los trabajos de estos historiadores fueron los que más llamaron la atención de Zemon Davis y se pueden trazar en su obra, así como el hecho de que ella siguió otras referencias también, especialmente de la antropología y que a partir de estos ejercicios ella fue especialmente innovadora en su momento con propuestas que hoy siguen vigentes en gran medida en la investigación que ha venido desarrollándose desde la historia cultural.

  • Por la otra vertiente, los autores evidencian que todos los autores que han agrupado en lo que llamaron un “colegio invisible” tienen como circunstancia común haberse inspirado en la historiografía francesa de los Annales, e incluso haber escogido la Francia moderna como el principal objeto de sus investigaciones. Una situación que no es casualidad sino que gira en torno al hecho de que la revista Annales y su entorno institucional se convirtieron en un polo de atracción y de difusión de debates historiográficos e intelectuales de gran repercusión, gracias sobre todo a un esfuerzo deliberado del gobierno francés para apoyar institucionalmente la investigación y difusión de las obras históricas sobre todo con la creación de la Sección VI de La École des Hautes Études que a partir de 1975 añadiría a ese nombre el predicado en Sciences Sociales (EHESS), como producto del lugar histórico y geopolítico en el que Francia se sitúa a sí misma como productora de pensamiento, de intelectuales y con el liderazgo mundial en estas materias. Así, brillantes historiadores como Natalie Zemon Davis, Peter Burke, Carlo Ginzburg o Rober Darton acudieron desde sus distintas ubicaciones a Francia en algún momento al mismo lugar que sería la base de la formación de Chartier desde 1975 en su calidad de Francés y donde todos ellos empezaron o acabaron inmersos en las discusiones que esta revista generaba y en las controversias en que el pensamiento francés se difundía; al mismo tiempo que historiadores franceses comenzaron a viajar comenzaron a viajar a EEUU y contribuyeron a crear centros de difusión de la tradición francesa, entre otros en PRINSTON como veremos más adelante.

A partir de ubicar este polo de atracción donde converge todo el “colegio invisible”, Serna y Pons comenzarán a hilar un poco más fino para identificar específicamente dentro de la tradición francesa de los Annales algunos puntos específicos de convergencia de los pioneros de la historia cultural de hoy, y señalan a Marc Bloch como el primero de estos nodos a partir de identificar una cierta unanimidad en su admiración hacia éste por haber sido un resistente que murió torturado ante el ocupante nazi y por ser el autor de Los Reyes Taumaturgos3, libro que de una u otra manera todos consideran una como un precedente de los estudios acerca de la cultura porque la conducta de los pueblos formaría parte de un concepto cada vez más laxo de cultura que la antropología se encargaría de dilatar aún más y que ubica a la obra más exactamente como antecedente de la antropología histórica; pero incluso más que eso, lo que más llama la atención de este libro es que el objeto del libro implica una necesaria escases de fuentes y esto a su vez obliga al historiador a recurrir permanentemente a hipótesis interpretativas que imponen un determinado tipo de estrategia en la escritura, es decir, lo que más les llama la atención del libro es su misma retórica expositiva.

Siguiendo en la pesquisa de esos elementos convergentes entre los miembros del “colegio invisible” dentro de la Escuela de los Annales, Serna y Pons pasan de Marc Block y Los Reyes Taumaturgos de 1924 a 1969, momento en que Jacques Le Goff asume la dirección de la revista tras la renuncia de Braudel y en el que cobra vigor la historia de las mentalidades, para señalar los cambios que se producen en la revista a partir de ese momento, así como el papel que desempeñará Roger Chartier como eficaz propagador de la “Nueva Historia” que caracteriza esta tercera generación de Annales. Para esto, Serna y Pons analizan detalladamente el libro Hacer la historia publicado primero en 1974 (antes de que Chartier ingresara a la revista) y luego en 1978 con el nombre de La Nueva Historia (esta segunda vez con una fuerte participación de Roger Chartier), en el cual, Le Goff y sus colaboradores proclaman los supuestos del cambio que proponían para pasar a hacer una “nueva historia” basada en “nuevos problemas”, “nuevos enfoques” y “nuevos temas”, una propuesta respaldada por productos que hay que difundir a través de editoriales como Gallimard y de la EHESS, y que trasciende los propios límites de la revista y se presenta antes que ligada a una Escuela como una redefinición disciplinar, aunque vista retrospectivamente continúa siendo bastante “afrancesada”. La propuesta manifiesto de 1978 giró en torno a la ampliación de los objetos de estudio; la fidelidad de los avances en la historia social, detallando ahora el análisis según las diferentes esferas; la coexistencia de métodos distintos que recorrerían de forma diversa lo que fue el antiguo dominio de las mentalidades (mismo al que se referían en otros términos tan solo cuatro años atrás el manifiesto que aún no participaba Roger Chartier); e incluía la perspectiva microanalítica, una reducción de la perspectiva de análisis y detallar el objeto en un contexto más local, personalizando esta forma de hacer en Natalie Zemon Davis, Carlo Ginzburg y Jaques Le Goff.

Por otra parte, analizar las diferencias entre los manifiestos de 1974 y 1978, permitirá a los autores emprender el camino para evidenciar el papel de Chartier como puente articulador entre los demás miembros del “colegio invisible” y como pionero de la historia cultural de hoy. En el manifiesto de 1978, gracias sobre todo a Roger Chartier, la diferencia fundamental con el de 1974 es la introducción de importantes matices al concepto de mentalidad que deja de ser colectiva y por tanto de lentos procesos y estudios de larga duración, para pasar a ser un concepto que se preocupe por aprehender el carácter de la propia época centrándose en las relaciones entre grupos e individuos, y atendiendo en particular a sus múltiples significados (ya no económicos sino simbólicos) desembocando en lo que Chartier denominará: “historia sociocultural”, un término que a pesar de lo ambiguo expresa ya un abandono de la mentalidad y un tránsito en la dirección anglosajona hacia la cultura, y más que eso muestra a un historiador que a pesar de su carácter francés y formación annalista mostrará siempre un interés extraordinario por la historiografía anglosajona, situación que reforzará sus lazos con Davis, Darton, Burke y Ginzburg, quién además será quien relacione a unos con otros creándose vínculos de amistad y camaradería académica entre ellos.

  • Una vez exploradas las raíces en las vertientes anglosajona y francesa, el viaje que nos proponen Serna y Pons continúa hacia Princeton: otro lugar donde convergerán Burke (finales de los 60), Darton (1968), Ginzburg (1973), Chartier (1976) y Davis (1987); un lugar donde se favorecerá una interdisciplinariedad que enriquecerá la historia cultural de hoy; y sobre todo un punto de encuentro entre las vertientes anglosajona y francesa.

Esto porque por un lado será un centro de difusión de la historiografía francesa hacia Norteamérica gracias a un programa de intercambio inaugurado en 1968 en el que el director de ese programa entre 1968 y 1990 es un británico, Lawrence Stone, proveniente justamente de Past and Present, y evidencia un profundo conocimiento de la investigación que adelantan tanto marxistas británicos como en Annales, a partir del cual hace una “deliberada” mezcla entre estas dos bajo la expresión “nueva historia” que describía fundamentalmente la investigación analista, es decir, llena las etiquetas “historia total” o “nueva historia” provenientes de la tradición francesa de un contenido más internacional que lo que Le Goff hacía.

El programa propuesto por Stone y publicado en 1981, está inscrito en un contexto de posguerra de la segunda guerra mundial, en el que los ideales e intereses individuales habrían acabado por imponerse sobre los asuntos públicos; en ese contexto se da un retornar al principio de indeterminación y foco en el ejercicio comprensivo que inevitablemente conduciría a privilegiar una escritura de tipo narrativo sobre una analítica, cobrarían fuerza los individuos (antes anónimos) y especialmente los subalternos, para lo cual sería necesario exhumar nuevas fuentes; habría una sustitución de la sociología y la economía por la etnología que reforzaría a su vez la necesidad de un retorno a la narrativa por el tipo de objeto que se trata pero también por un interés de llegar a un público cada vez más amplio; y hasta aquí el programa no parece tan distante del de los Annales, pero propone unas indicaciones diferentes a las que dan a la antropología los franceses basados en Levi-Strauss y prefiere apoyarse en E.E. Evans-Pritchard, Mary Douglas, Victor Turner o Clifford Geertz. Indicaciones estas que son confirmadas por Natalie Zemon Davis en El relato de Martin Guerre (1982) que sale publicado justamente un año después de que Stone publicara su artículo (1981) y rastreadas a partir de los referentes de esta autora, hasta El queso y los gusanos de Carlo Ginzburg, que por cierto fue presentó en una primera versión en un seminario en Princeton antes de ser publicado.

Así las cosas, Serna y Pons se detienen a analizar brevemente estos dos libros por su evidente conexión con Princeton y con el programa de Lawrence Stone, pero sobre todo para ir orientando la exposición hacia las nuevas formas narrativas que imponen el rumbo que está tomando la historiografía en ese punto y a resaltar la preponderancia de la influencia de la antropología en esta época.

Para empezar, llamará la atención de los autores que El queso y los Gusanos haya sido impreso y editado muchas veces sin ningún cambio con respecto a la primera edición como si se tratase de una obra literaria, así como el hecho de que resultaba especialmente vanguardista a mediados de los 70s un libro de historia que tratase una historia individual de un sujeto marginal que puede ser reconocido en su lugar a partir del distanciamiento, del extrañamiento del historiador de ese sujeto, a la manera propia de la antropología, del psicoanálisis y de la perspectiva bajtiniana. Pero más aun, este libro resulta ser un precursor de los estudios culturales en cuanto a que es un libro sobre el acto de la Lectura y apela a la narración conjetural. Por su parte, en El relato de Martin Guerre de Davis (1982), Serna y Pons exponen como aspectos claves del libro de Davis el tema de la identidad y la impostura de los individuos, la escases y casi inexistencia de fuentes que obligan a un análisis conjetural que y un privilegio de la forma narrativa sobre la analítica. En última instancia, los autores ven en estas obras y especialmente en la de Davis, algo similar a lo que está hablando también Clifford Geerts, quien también está en Princeton y quien será posteriormente tomado como referencia también por Darton y Chartier (aunque este no siempre le resultó tan afín), y que en general planteará de manera más explicita que otros antropólogos que al tomar “distancia” para comprender y traducir al nativo se debe realizar un trabajo interpretativo que se asemeja al del crítico literario, y por esta vía, sin mayor explicación, Serna y Pons terminan planteando una reflexión sobre las preocupaciones comunes a todos los miembros del “colegio invisible” con respecto a: i. los documentos, ii. escritura misma de la historia y iii. la práctica de literatura como objeto de análisis.

  • A partir de este punto, Serna y Pons comenzarán a guiar el viaje desde la influencia de la antropología y algunas preocupaciones por la forma narrativa hacia mayores profundidades en cuanto las dimensiones de lo literario en la historia cultural, y hacia evidenciar cada vez más una mayor internacionalización de este programan, articulando el camino a partir de un gran protagonismo de Roger Chartier en este aspecto, y hasta el giro lingüístico.

Serna y Pons han venido señalando como hipótesis y en este punto la desarrollan, que Chartier es el puente entre las distintas tradiciones atlánticas y los miembros del “colegio invisible”. Así como a Paris acudieron Davis, Ginzburg, Darton y Burke en el momento en que se estaba haciendo la nueva historia, por otro lado será Chartier quien responda desde la tradición Annalista a estos historiadores lo que posteriormente harán desde sus propias tradiciones; visto desde Estados Unidos, Roger Chartier era quien protagonizaba el tournante critique desde Francia y desde los Annales que continuará siendo el referente y por tanto el lugar desde donde se facultaba o se favorecería la corriente.

Para confirmar su hipótesis, los autores Empiezan con una breve presentación de La Gran Matanza de Gatos de Darton (1984), en la que destaca las similitudes con Natali Davis y Ginzburg desentrañando la voluntad de Darton no sólo de acoger un modelo etnográfico sino concretamente el de Geertz, así como la manera en que la investigación de Darton es también un acto de lectura y propone unas formas narrativas que despiertan mayor atención de la crítica literaria y una recepción masiva de la obra. Dos puntos a partir de los cuales aparecerá Chartier: en el primer caso controvirtiendo a Darton por acoger el modelo de Geetz, y por otro lado, con una cierta línea de continuidad con respecto a la preocupación por el acto de lectura implícito en el quehacer del historiador y las formas narrativas, que Chartier en las que Chartier ahondará.

La hipótesis queda confirmada para los autores, en cuanto que más allá del contenido de la controvierta de Chartier con Darton, esta sirve básicamente para señalar dos puntos: primero que a esta altura está más clara una cierta internacionalización del programa a partir de Stone en cuanto que intelectuales franceses se estarían ocupando de entrar en diálogo con un historiador foráneo; y por otro lado confirma a Chartier como aquel que responde desde la tradición Annalista a los historiadores que pasaron por París y que posteriormente harán desarrollos nuevos desde sus propias tradiciones, actuando así como un puente entre las distintas tradiciones atlánticas y los miembros del “colegio invisible”.

Pero por otro lado, como ya mencionamos, no todo es controversia sino que por el contrario existe nuevamente un punto de encuentro entre los miembros del “colegio invisible” sobre el que Chartier ahondará más que cualquiera, en cuanto a la preocupación cada vez mayor por las formas narrativas y por una reflexión sobre el oficio mismo del historiador como un acto de lectura.

Señalan entonces los autores que existe en todos los miembros del “colegio invisible” una reflexión por el propio que hacer y en particular por el tipo de escritura de sus propias investigaciones al punto que contrario a la tradición académica del momento, y sólo posible gracias al gran prestigio que han alcanzado todos, han privilegiado los ensayos y documentos cortos sobre la monografía, incluso en el caso de Burke si se considera sus monografías en conjunto, caso en el cual se pueden ver también como un gran mosaico incompleto; y esto n solo llevados por móviles mercantiles, sino también como una vía más adecuada para reflexionar sobre algunos objetos mostrando el proceso mismo de investigación, en la que seguramente confluyen en gran medida porque todos de una u otra manera la historia del libro y la lectura. Una reflexión que inquietará especialmente a Chartier.

Chartier entenderá el libro como un objeto material que está compuesto por un discurso lingüístico y por un envoltorio material con emisores que lo producen y con receptores que lo decodifican dentro de un espacio cultural saturado de múltiples objetos y actos significativos. A partir de esto, y en consonancia con Foucault y posteriores influencias de Norbert Elias (proceso de civilización) y de Michael de Certeau (prácticas sociales), especialmente de este último, el objeto de análisis de Chartier serán las “prácticas”. Por otra parte, es tal el interés que despierta lo literario en Chartier que ve incluso ve en Borges un anticipo de la historia cultural en la forma y el objeto de sus ficciones, anticipando ya una discusión sobre los modos de observación de lo real.

Desde esta posición de Chartier y los objetos de estudio e inquietudes generalizadas en el “colegio invisible”, se entiende cómo desde Annales, este historiador liderará un nuevo viraje, si se quiere una especie de cuarta generación de la revista (aunque los autores del libro no usan éste término, tal vez porque precisamente están planteando que el movimiento trasciende el marco de la revista), una proclama por la necesidad de “nuevos problemas”, “nuevos enfoques” y “nuevos temas”, pero con la diferencia de que en este caso la demanda será general, no habría fronteras insterdisciplinarias en esta declaración y tampoco habría fronteras nacionales y finalmente, una demanda asociada a un diagnóstico de la revista sobre los modos de observación de lo real.

Una declaración que fue publicada en la segunda entrega de Annales de 1988 y específicamente en el Editorial y en el último artículo que corre por cuenta de Chartier: “El mundo como representación”. En esta declaración, Chartier sobre todo recuperará la idea de “representación” que precisamente rotula el volumen.

“Representación” entendido como hacer visible algo que no está pero también mostrarse, denota una presencia, una materialidad, un artefacto que en sí mismo no es lo que representa y cuyo significado depende de quién lo emplee. Una dualidad que debe aplicarse tanto al objeto de estudio del historiador como al documento mismo del historiador. Con esto vuelve entonces al punto de partida, y reclama una historia cultural en la que los usos y prácticas sean el elemento constitutivo de la realidad, una realidad que tiene un significado sobre el que se negocia o por el que se combate.

No todos los historiadores comparten este punto y ni siquiera los otros cuatro que Serna y Pins convienen en agrupar en el “colegio invisible”, pero lo cierto es que todo historiador relevante tuvo que ver con esta nueva declaración de Annales y de Chartier en particular, y se pronunciaron al respecto. Burke indicaba al menos dos maneras distintas de proceder, Davis no asume una posición muy crítica pero tampoco acepta sin más el programa simplemente lo recibe con agrado como una voluntad de ofrecer una visión amplia de la variedad de hacer práctica histórica creativa, Ginzburg discrepa contundentemente puesto que este autor en ningún caso cuestiona la correspondencia de las fuentes con la realidad más allá de las dificultades para evidenciar dichas correspondencias. Y finalmente, no menos relevante resulta el hecho de que los pronunciamientos sobre esta proclama no solo provienen de estos autores en un sentido individual sino que se evidencia un grado cada vez mayor de internacionalización del proyecto conservando aún un gran más peso específico en Francia, con la publicación un año después, en 1989, de la University of California Press de: The New Cultural History como programa en la misma línea de Chartier, y esta vez a cargo de una alumna de Natalie Zemon Davies (Lynn Hunt).

  • Finalmente, los autores proponen como último punto del viaje la historia cultural como el punto donde desembocan la renovación de las tradiciones historiográficas de Annales y anglosajona, enmarcadas estas por un fenómeno de época que atraviesa la revisión y es la posmodernidad.

Por un lado, plantean que de acuerdo con Lynn Hunt, sería Hayden White quien más habría contribuido a la influencia de lo literario en el dominio de la historiografía, en lo que habría conducido a la idea de “tomar el lenguaje como metáfora y, en última instancia, reconocer la representación como concepto capital”, que es la discusión con la cual la historiografía se asomaba a la controversia sobre la postmodernidad. Sin embargo, Ginzburg uno de los pioneros en interesarse por la forma narrativa y el acto de leer, se distancia fuertemente de White, retomando al Momigliano de 1974 y afirmando que la historia no se reduce a su escritura, sino que, por el contrario, exige un depurado proceso de pruebas que permiten sostener un enunciado frente a otro. Críticas estas que en algún grado compartirán Davis y Chartier, este último en 1993 afirmando que el estudio de la escritura y el discurso histórico no impedían presentar la disciplina en términos de verdad.

Sin entrar en los detalles de la controversia de la posmodernidad, Serna y Pons señalan que para los postmodernos existe una imposibilidad de separar el objeto cognoscente y el objeto de observación; desde ese marco, para poder discernir entre verdadero y falso habría que tener un criterio universal que es imposible que exista y por tanto todo discurso entra en el ámbito de la ficción, y en lo que concierne a la historia, esta no produciría ciencia sino arte, un relato más o menos conmovedor acerca del pasado.

Ante esto, dicen Serna y Pons, estos historiadores no aceptan ni ser catalogados como “trogloditas” por no estar dispuestos a renunciar a las pocas certidumbres de la profesión y mucho menos a la existencia de la verdad, ni ser catalogados como postmodernos, y tampoco aceptan renunciar a seguir desplegando la gran osadía intelectual que contribuyó a generar las posiciones de las cuales luego se distancian, al convertir la obra histórica en objeto propio y privilegiado de la historia cultural. Un distanciamiento, que ilustra especialmente Lawrence Ston en 1991 desde Past and Present a través un intenso debate con Patrik Joyce, en el que incluso afirma que por esa vía la historia sería una especie en vía de extinción y el desacuerdo empieza desde que se define la realidad como lenguaje.

Una indefinición en la posición que a manera de ejemplo señalan los autores, en la obra de Ginzburg, Ojazos de madera. Nueve reflexiones sobre la distancia, que recopila textos escritos entre 1991 y 1996 y donde evidencian también por un lado una crítica implícita al giro lingüístico y una defensa de las reglas básicas de la historiografía, al tiempo que usa la forma de ensayo antiacadémico para su exposición. Un ejemplo que a juicio de los autores indica que tal vez el muro de contención que los miembros del “colegio invisible” trataron de anteponer al giro lingüístico no ha sido suficiente, y que en ese sentido no han podido contener lo que ellos mismos provocaron y siguen provocando, y que de hecho la inmensa miscelánea de títulos que hoy se inscriben en la historia cultural demostrarían el triunfo del giro lingüístico y la dificultad cada vez mayor de establecer jerarquías y relevancias. A juicio de los autores, se da entonces, una conversión de la propia disciplina en objeto cultural.
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