Pruebas de gran agudeza Tercia. Donde Guillermo mantiene una instructiva conversación con el Abad






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títuloPruebas de gran agudeza Tercia. Donde Guillermo mantiene una instructiva conversación con el Abad
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UMBERTO ECO

EL NOMBRE DE LA ROSA

Traducción de Ricardo Pochtar

EDITORIAL LUMEN

EDICIONES DE LA FLOR




Indice

Naturalmente, un manuscrito
PROLOGO
PRIMER DIA
Prima. Donde se llega al pie de la abadía y Guillermo da pruebas de gran agudeza
Tercia. Donde Guillermo mantiene una instructiva conversación con el Abad
Sexta. Donde Adso admira la portada de la iglesia y Guillermo reencuentra a Ubertino da Casale
Hacia nona. Donde Guillermo tiene un diálogo muy erudito con Severino el herbolario
Después de nona. Donde se visita el scriptorium y se conoce a muchos estudiosos, copistas y rubricantes así como a un anciano ciego que espera al Anticristo
Vísperas. Donde se visita el resto de la abadía, Guillermo extrae algunas conclusiones sobre la muerte de Adelmo, y se habla con el hermano vidriero sobre los vidrios para leer y sobre los fantasmas para los que quieren leer demasiado
Completas. Donde Guillermo y Adso disfrutan de la amable hospitalidad del Abad y de la airada conversación de Jorge

SEGUNDO DIA
Maitines. Donde pocas horas de mística felicidad son interrumpidas por un hecho sumamente sangriento
Prima. Donde Bencio da Upsala revela algunas cosas, Berengario da Arundel revela otras, y Adso aprende en qué consiste la verdadera penitencia
Tercia. Donde se asiste a una riña entre personas vulgares, Aymaro d'Alessandria hace algunas alusiones y Adso medita sobre la santidad y sobre el estiércol del demonio. Después, Guillermo y Adso regresan al scriptorium, Guillermo ve algo interesante, mantiene una tercera conversación sobre la licitud de la risa, pero, en definitiva, no puede mirar donde querría

Sexta. Donde, por un extraño relato de Bencio, llegan a saberse cosas poco edificantes sobre la vida en la abadía
Nona. Donde el Abad se muestra orgulloso de las riquezas de su abadía y temeroso de los herejes, y al final Adso se pregunta si no habrá hecho mal en salir a recorrer el mundo
Después de vísperas. Donde, a pesar de la brevedad del capítulo, el venerable Alinardo dice cosas bastante interesantes sobre el laberinto y sobre el modo de entrar en él
Completas. Donde se entra en el Edificio, se descubre un visitante misterioso, se encuentra un mensaje secreto escrito con signos de nigromante, y desaparece, en seguida después de haber sido encontrado, un libro que luego se buscará en muchos otros capítulos, sin olvidar el robo de las preciosas lentes de Guillermo
Noche. Donde se penetra por fin en el laberinto, se tienen extrañas visiones, y, como suele suceder en los laberintos, una vez en él se pierde la orientación

TERCER DIA
Entre laudes y prima. Donde se encuentra un paño manchado de sangre en la celda del desaparecido Berengario, y eso es todo
Tercia. Donde Adso reflexiona en el scriptorium sobre la historia de su orden y sobre el destino de los libros
Sexta. Donde Adso escucha las confidencias de Salvatore, que no pueden resumirse en pocas palabras, pero que le sugieren muchas e inquietantes reflexiones
Nona. Donde Guillermo habla con Adso del gran río de la herejía, de la función de los simples en la iglesia, de sus dudas acerca de la cognoscibilidad de las leyes generales, y casi de pasada le cuenta cómo ha descifrado los signos nigrománticos que dejó Venancio
Vísperas. Donde se habla de nuevo con el Abad, Guillermo tiene algunas ideas sorprendentes para descifrar el enigma del laberinto, y consigue hacerlo del modo más razonable. Después, él y Adso comen un pastelillo de queso

Después de completas. Donde Ubertino refiere a Adso la historia de fray Dulcino, Adso por su cuenta recuerda o lee en la biblioteca otras historias, y después acontece que se encuentra con una muchacha hermosa y temible como un ejército dispuesto para el combate

Noche. Donde Adso, trastornado, se confiesa a Guillermo y medita sobre la función de la mujer en el plan de la creación, pero después descubre el cadáver de un hombre

CUARTO DIA
Laudes. Donde Guillermo y Severino examinan el cadáver de Berengario y descubren que tiene negra la lengua, cosa rara en un ahogado. Después hablan de venenos muy dañinos y de un robo ocurrido hace años
Prima. Donde Guillermo induce primero a Salvatore y después al cillerero a que confiesen su pasado, Severino encuentra las lentes robadas, Nicola trae las nuevas y Guillermo, con seis ojos, se va a descifrar el manuscrito de Venancio
Tercia. Donde Adso se hunde en la agonía del amor, y luego llega Guillermo con el texto de Venancio, que sigue siendo indescifrable aun después de haber sido descifrado
Sexta. Donde Adso va a buscar trufas y se encuentra con un grupo de franciscanos que llega a la abadía, y por una larga conversación que éstos mantienen con Guillermo y Ubertino se saben cosas muy lamentables sobre Juan XXII
Nona. Donde llegan el cardenal Del Poggetto, Bernardo Gui y los demás hombres de Aviñón, y luego cada uno hace cosas diferentes
Vísperas. Donde Alinardo parece dar informaciones preciosas y Guillermo revela su método para llegar a una verdad probable a través de una serie de errores seguros
Completas. Donde Salvatore habla de una magia portentosa
Después de completas. Donde se visita de nuevo el laberinto, se llega hasta el umbral del finis Africae, pero no se lo puede cruzar porque no se sabe qué son el primero y el séptimo de los cuatro, y al final Adso tiene una recaída, por lo demás bastante erudita, en su enfermedad de amor


Noche. Donde Salvatore se deja descubrir miserablemente por Bernardo Gui, la muchacha que ama Adso es apresada y acusada de brujería, y todos se van a la cama más infelices y preocupados que antes

QUINTO DIA
prima. Donde se produce una fraterna discusión sobre la pobreza de Jesús
Tercia. Donde Severino habla a Guillermo de un extraño libro y Guillermo habla a los legados de una extraña concepción del gobierno temporal .
Sexta. Donde se encuentra a Severino asesinado y ya no se encuentra el libro que él había encontrado

Nona. Donde se administra justicia y se tiene la molesta sensación de que todos están equivocados
Vísperas. Donde Ubertino se larga, Bencio empieza a observar las leyes y Guillermo hace algunas reflexiones sobre los diferentes tipos de lujuria encontrados aquel día

Completas. Donde se escucha un sermón sobre la llegada del Anticristo y Adso descubre el poder de los nombres propios

SEXTO DIA
Maitines. Donde los príncipes sederunt, y Malaquías se desploma
Laudes. Donde se elige un nuevo cillerero Pero no un nuevo bibliotecario
Prima. Donde Nicola cuenta muchas cosas, mientras se visita la cripta del tesoro
Tercia. Donde, mientras escucha el «Dies irae», Adso tiene un sueño o visión, según se prefiera
Después de tercia. Donde Guillermo explica a Adso su sueño
Sexta. Donde se reconstruye la historia de los bibliotecarios y se averigua algo más sobre el libro misterioso
Nona. Donde el Abad se niega a escuchar a Guillermo, habla del lenguaje de las gemas y manifiesta el deseo de que no se siga indagando sobre aquellos tristes acontecimientos


Entre vísperas y completas. Donde en pocas páginas se describen largas horas de zozobra
Después de completas. Donde, casi por casualidad, Guillermo descubre el secreto para entrar en el finis Africae

SEPTIMO DIA
Noche. Donde, si tuviera que resumir las prodigiosas revelaciones que aquí se hacen, el título debería ser tan largo como el capítulo, lo cual va en contra de la costumbre
Noche. Donde sobreviene la ecpirosis y por causa de un exceso de virtud prevalecen las fuerzas del infierno

ULTIMO FOLIO

NATURALMENTE UN MANUSCRITO

EI 16 de agosto de 1968 fue a parar a mis manos un libro escrito por un tal abate Vallet, Le manuscript de Dom Adson de Melk, traduit en français d'après 1'édition de Dom J. Mabillon (Aux Presses de I'Abbaye de la Source, Paris, 1842). El libro, que incluia una serie de indicaciones históricas en realidad bastante pobres, afirmaba ser copia fiel de un manuscrito del siglo XIV, encontrado a su vez en el monasterio de Melk por aquel gran estudioso del XVII al que tanto deben los historiadores de la orden benedictina. La erudita trouvaille (para mi, tercera, pues, en el tiempo) me deparó muchos momentos de placer mientras me encontraba en Praga esperando a una persona querida. Seis

días después las tropas soviéticas invadían la infortunada ciudad. Azarosamente logré cruzar la frontera austriaca en Linz; de allí me dirigí a Viena donde me reuní con la persona esperada, y juntos remontamos el curso del Danubio.

En un clima mental de gran excitación lei, fascinado, la terrible historia de Adso de Melk, y tanto me atrapó que casí de un tirón la traduje en varios cuadernos de gran formato procedentes de la Papeterie Joseph Gibert, aquellos en los que tan agradable es escribir con una pluma blanda. Mientras tanto llegamos a las cercanías de Melk, donde, a pico sobre un recodo del río, aún se yergue el

bellisimo Stijt, varias veces restaurado a lo largo de los siglos. Como el lector habrá imaginado, en la biblioteca del monasterio no encontré huella alguna del manuscrito de Adso.
Antes dc llegar a Salzburgo, una trágica noche en un pequeño hostal a orillas del Mondsec, la relación con la persona que me acompañaba se interrumpió bruscamente y esta desapareció llevándose consigo el libro del abate Vallet, no por maldad sino debido al modo desordenado y abrupto en que se había cortado nuestro vinculo. Así quedé con una serie de cuadernillos manuscritos de mi puño y un gran vacío en el corazón.
Unos meses más tarde, en Paris, decidí investigar a fondo. Entre las pocas referencias que había extraído del libro francés estaba la relativa a la fuente, por azar muy minuciosa y precisa:

Vetera analecta, sive collectio veterurn aliquot operum & opusculorum omnis generis, carminum, epistolarum. diplomaton, epitaphiorum, &, cum, itinere germanico, adnutationibus aliquot disquisitionibus R. P. D. Joannis Mabillon, Presbiteri ac Monachi Ord. Sancti Benedicti e Congregatione S. Mauri. - Nova Editio cui aecessere Mabilonii vita & aliquot opuscula, scilicet Dissertatio de Pane Eucharistico, Azymo et Fermentato, ad Eminentiss. Cardinalem Bona. Subjungitur opusculum Eldefonsi Hispaniensis Episcopi de eodem argumento Et Eusebii Romani ad Theophilum Gallum epistola. De cultu sanctorum ignotorum, Parisiis. apud Levesque, ad Pontem S. Michaelis, MDCCXX1, cum privilezio Regis.

Encontré en seguida los Vetera Analecta en la biblioteca Sainte Geneviève, pero con gran sorpresa comprobé que la edición localizada difería por dos detalles ante todo por el editor, que era Montalant, ad Ripam P. P. Augustinianorum (prope Pontem S. Michaelis), y, ademús, por la fecha, posterior en dos años. Es inútil decir que esos analecta no contenían ningún manuscrito de Adso o Adson de Melk; por el contrario, como cualquiera puede verificar, se trata de una colección de textos dc mediana y breve extensión, mientras que la historia transcrita por Vallet llenaba varios cientos de páginas. En aquel momento consulté a varios medievalistas ilustres, como el querido e inolvidable Etienne Gilson, pero fue evidente que los únicos Vetera Analecta eran los que había visto en Sainte Geneviève. Una visita a la Abbaye de !a Source, que surge en los alrededores de Passy, y una conversación con el amigo Dom Arne Lahnestedt me convencieron, además, de que ningún abate Vallet había publicado libros en las prensas (por lo demás inexistentes) de la abadía. Ya se sabe que los eruditos franceses no suelen esmerarse demasiado cuando se trata de proporcionar referencias bibliográficas mínimamente fiables pero el caso superaba cualquier pesimismo justificado. Empecé a pensar que me había topado con un texto apócrifo. Ahora ya no podía ni siquiera recuperar el libro de Vallet (o, al menos, no me atrevía a pedirselo a la persona que se lo había llevado). Sólo me quedaban mis notas, de las que ya comenzaba a dudar.
Hay momentos mágicos, de gran fatiga física e intensa excitación motriz, en los que tenemos visiones de personas que hemos conocido en el pasado (“en me retraçant ces details, j'en suis à me demander s'ils sont réels, ou bien si je les ai rêvés”). Como supe más tarde al leer el bello librito del Abbé de Bucquoy, también podemos tener visiones de libros aún no escritos.
Si nada nuevo hubiese sucedido, todavia seguiria preguntándome por el origen de la historia de Adso de Melk; pero en 1970, en Buenos Aires, curioseando en las mesas de una pequeña librería de viejo de Corrientes, cerca del más famoso Patio del Tango de esa gran arteria tropecé con la versión castellana de un librito de Milo Temesvar, Del uso de los espejos en el juego del ajedrez, que ya había tenido ocasíón de citar (de segunda mano) en mi Apocalípticos e integrados, al referirme a otra obra suya posterior, Los vendedores de Apocalipsis. Se trataba de la traducción del original, hoy perdido, en lengua georgiana (Tiflis 1934): allí encontré con gran sorpresa, abundantes citas del manuscrito de Adso: sin embargo, la fuente no era Vallet ni Mabillon, sino el padre Athanasíus Kircher (pero, ¿cuál de sus obras?). Más tarde, un erudito -que no considero oportuno nombrar- me aseguró (y era capaz de citar los indices de memoria) que el gran jesuita nunca habló de Adso de Melk. Sin embargo, las páginas de Temesvar estaban ante mis ojos, y los episodios a los que se referían eran absolutamente análogos a los del manuscrito traducido del libro de Vallet (en particular, la descripción del laberinto disipaba toda sombra de duda). A pesar de lo que más tarde escribiría Beniamino Placido,1 el abate Vallet había existido y, sin duda, también Adso de Melk.
Todas esas circunstancias me llevaron a pensar que las memorias de Adso parecían participar precisamente de la misma naturaleza de los hechos que narran: envueltas en muchos, y vagos, misterios, empezando por el autor y terminando por la localización de la abadía, sobre la que Adso evita cualquier referencia concreta, de modo Que sólo puede conjeturarse que se encontraba en una zona imprecisa entre Pomposa y Conques, con una razonable probabilidad de que estuviese situada en algún punto de la cresta de los Apeninos, entre Piamonte, Liguria y Francia (como quien dice entre Lerici y Turbia). En cuanto a la época en que se desarrollan los acontecimientos descritos, estamos a finales de noviembre de 1327; en cambio, no sabemos con certeza cuando escribe el autor. Si tenemos en cuenta que dice haber sido novicio en 1327 y que cuando redacta sus memorias, afirma que no tardará en morir, podemos conjeturar que el manuscrito fue compuesto hacia los últimos diez o veinte años del siglo XIV.
Pensándolo bien, no eran muchas las razones que podían persuadirme de entregar a la imprenta mi versión italiana de una oscura versión neogótica francesa de una edición latína del siglo XVII de una obra escrita en latín por un monje alemán de finales del XIV.
Ante todo, ¿qué estilo adoptar? Rechacé, por considerarla totalmente injustificada, la tentación de guiarme por los modelos italianos de la época: no sólo porQue Adso escribe en latín, sino también porque, como se deduce del desarrollo mismo del texto, su cultura (o la cultura de la abadía, que ejerce sobre él una influencia tan evidente) pertenece a un periodo muy anterior; se trata a todas luces de una suma plurisecular de conocimientos y de hábitos estilísticos vinculados con la tradición de la baja edad media latína. Adso piensa y escribe como un monje que ha permanecido impermeable a la revolución de la lengua vulgar, ligado a los libros de la biblioteca que describe, formado en el estudio de los textos patrísticos y escolásticos; y su historia (salvo por las referencias a acontecimientos del siglo XIV, que, sin embargo, Adso registra con mil vacilaciones, y siempre de oídas) habría podido escribirse, por la lengua y por las citas eruditas que contiene, en el siglo XII o en el XIII.
Por otra parte, es indudable que al traducir el latín de Adso a su francés neogótico, Vallet se tomó algunas libertades, no siempre limitadas al aspecto estilístico. Por ejemplo: en cierto momento los personajes hablan sobre las virtudes de las hierbas, apoyándose claramente en aquel libro de los secretos atribuido a Alberto Magno, que tantas refundiciones sufriera a lo largo de los siglos. Sin duda, Adso lo conoció, pero cuando lo cita percibimos, a veces, coincidencias demasiado literales con ciertas recetas de Paracelso, y, también, claras interpolaciones de una edición de la obra de Alberto que con toda seguridad data de la época Tudor2. Por otra parte, después averigüé‚ que cuando Vallet transcribió el manuscrito de Adso, circulaba en Paris una edición dieciochesca del Grand y del Petit Albert3, ya irremediablemente corrupta. Sin anbargo, subsiste la posibilidad de que el texto utilizado por Adso, o por los monjes cuyas palabras registró, contuviese, mezcladas con las glosas, los escolios y los diferentes apéndices, ciertas anotaciones capaces de influir sobre la cultura de épocas posteriores.
Por último, me preguntaba si, para conservar el espíritu de la época, no seria conveniente dejar en latín aquellos pasajes que el propio abate Vallet no juzgó oportuno traducir. La única justificación para proceder así podía ser el deseo, quizás errado de guardar fidelidad a mi fuente... He eliminado lo superfluo pero algo he dejado. Temo haber procedido como los malos novelistas que, cuando introducen un personaje francés en determinada escena, le hacen decir “parbleu!” y “la femme, ah! la femme!”
En conclusión: estoy lleno de dudas. No sé, en realidad, por qué me he decidido a tomar el toro por las astas y presentar el manuscrito de Adso de Melk como si fuese auténtico. Quizá  se trate de un gesto de enamoramiento. O, si se prefiere, de una manera de liberarme de múltiples obsesiones.
Transcribo sin preocuparme por los problemas de la actualidad. En los años en que descubrí el texto del abate Vallet existía el convencimiento de que sólo debía escribirse comprometiéndose con el presente, o para cambiar el mundo. Ahora, a más de diez años de distancia, el hombre de letra. (restituido a su altísima dignidad) puede consolarse considerando que también es posible escribir por el puro deleite de escribir. Así pues, me siento libre de contar, por el mero placer de fabular, la historia de Adso de Melk, y me reconforta y me consuela el verla tan inconmensurablemente lejana en el tiempo (ahora que la vigilia de la razón ha ahuyentado todos los monstruos que su sueño había engendrado). tan gloriosamente desvinculada de nuestra época, intemporalmente ajena a nuestras esperanzas y a nuestras certezas.
Porque es historia de libros, no de miserias cotidianas, y su lectura puede incitarnos a repetir, con el gran imitador de Kempis: “ln omnibus requiem quaesivi, et nusquam inveni nisi in angulo cum libro.”
5 de enero de 1980

NOTA
E1 manuscrito de Adso está dividido en seis días, y cada uno de éstos en períodos correspondientes a las horas litúrgicas. Los subtítulos, en tercera persona, son probablemente añadidos de Vallet. Sin embargo, como pueden servir para orientar al lector, y como su uso era corriente en muchas obras de la época escritas en lengua-vulgar, no me ha parecido conveniente eliminarlos.
Las referencias de Adso a las horas canónicas me han hecho dudar un poco; no sólo porque su reconocimiento depende de la localización y de la época del año, sino también porque lo más probable es que en el siglo xiv no se respetasen con absoluta precisión las indícaciones que San Benito había establecido en la regla.
Sin embargo, para que el lector pueda guiarse, y basándome tanto en lo que puede deducirse del texto como en la comparación de la regla ordinaria con el desarrollo de la vida monástica según la describe Edouard Schneider en Les heures bénédictines (París, Grasset, 1925), creo que podemos atenernos a la siguiente estimación:
Maitines (que a veces Adso llama también Vigiliae, como se usaba antiguamente). Entre las 2.30 y las 3 de la noche.

Laudes (que en la tradición más antigua se llamaban Matutini). Entre las 5 y las 6 de la mañana, concluyendo al rayar el alba.

Prima Hacia las 7.30, poco antes de la aurora.

Tercia Hacía las 9.

Sexta Mediodía (en un monasterio en el que los monjes no trabajaban en el campo, ésta era, en invierno, también la hora de la comida).

Nona Entre las 2 y las 3 de la tarde.

Vísperas Hacia las 4.30, al ponerse el sol (la regla prescribe cenar antes de que oscurezca del todo).

Completas Hacia las 6 (los monjes se acuestan antes de las 7).
Este cálculo se basa en el hecho de que en el norte de Italia, a finales de noviembre, el sol sale alrededor de las 7.30 y se pone alrededor de las 4.40 de la tarde.


PROLOGO


En el principio era el Verbo y el Verbo era en Dios, y el Verbo era Dios. Esto era en el principio, en Dios, y el monje fiel debería repetir cada día con salmodiante humildad ese acontecimiento inmutable cuya verdad es la única que puede afirmarse con certeza incontrovertible. Pero videmus nunc per speculum et in aenigmate y la verdad, antes de manifestarse a cara descubierta, se muestra en fragmentos (¡ay, cuán ilegibles!), mezclada con el error de este mundo, de modo que debemos deletrear sus fieles signáculos incluso allí donde nos parecen oscuros y casi forjados por una voluntad totalmente orientada hacia el mal.
Ya al final de mi vida de pecador, mientras, canoso y decrépito como el mundo, espero el momento de perderme en el abismo sin fondo de la divinidad desierta y silenciosa, participando así de la luz inefable de las inteligencias angélicas, en esta celda del querido monasterio de Melk, donde aún me retiene mi cuerpo pesado y enfermo, me dispongo a dejar constancia sobre este pergamino de los hechos asombrosos y terribles que me fue dado presenciar en mi juventud, repitiendo verbatim cuanto vi y oí, y sin aventurar interpretación alguna, para dejar, en cierto modo, a los que vengan después (si es que antes no llega el Anticristo) signos de signos, sobre los que pueda ejercerse la plegaria del desciframiento.
El señor me concede la gracia de dar fiel testimonio de los acontecimientos que se produjeron en la abadía cuyo nombre incluso conviene ahora cubrir con un piadoso manto de silencio, hacia finales del año 1327, cuando el emperador Ludovico entró en Italia para restaurar la dignidad del sacro imperio romano, según los designios del Altísimo y para confusión del infame usurpador simoníaco y heresiarca que en Aviñón deshonró el santo nombre del apóstol (me refiero al alma pecadora de Jacques de Cahors, al que los impíos veneran como Juan XXII).
Para comprender mejor los acontecimientos en que me vi implicado, quizá convenga recordar lo que estaba sucediendo en aquellas décadas, tal como entonces lo comprendí, viviéndolo, y tal como ahora lo recuerdo, enriquecido con lo que más tarde he oído contar sobre ello, siempre y cuando mi memoria sea capaz de atar los cabos de tantos y tan confusos acontecimientos.
Ya en los primeros años de aquel siglo, el papa Clemente V había trasladado la sede apostólica a Aviñón, dejando Roma a merced de las ambiciones de los señores locales, y poco a poco la ciudad santísima de la cristiandad se había ido transformando en un circo, o en un lupanar. Desgarrada por las luchas entre los poderosos, presa de las bandas armadas, y expuesta a la violencia y al saqueo, de república sólo tenía el nombre. Clérigos inmunes al brazo secular mandaban grupos de facinerosos que, espada en mano, cometían todo tipo de rapiñas, y, además, prevaricaban y organizaban tráficos deshonestos. ¿Cómo evitar que el Caput Mundi volviese a ser, con toda justicia, la meta del pretendiente a la corona del sacro imperio romano, empeñado en restaurar la dignidad de aquel dominio temporal que antes había pertenecido a los césares?
Pues bien, en 1314 cinco príncipes alemanes habían elegido en Frankfurt a Ludovico de Baviera como supremo gobernante del imperio. Pero el mismo día, en la orilla opuesta del Main, el conde palatino del Rin y el arzobispo de Colonia habían elegido para la misma dignidad a Federico de Austria. Dos emperadores para una sola sede y un solo papa para dos: situación que, sin duda, engendraría grandes desórdenes...
Dos años más tarde era elegido en Aviñón el nuevo papa, Jacques de Cahors, de setenta y dos años, con el nombre de Juan XXII, y quiera el cielo que nunca otro pontífice adopte un nombre ahora. tan aborrecido por los hombres de bien. Francés y devoto del rey de Francia (los hombres de esa tierra corrupta siempre tienden a favorecer los intereses de sus compatriotas, y son incapaces de reconocer que su patria espiritual es el mundo entero), había apoyado a Felipe el Hermoso contra los caballeros templarios, a los que éste había acusado (injustamente, creo) de delitos ignominiosos, para poder apoderarse de sus bienes, con la complicidad de aquel clérigo renegado. Mientras tanto se había introducido en esa compleja trama Roberto de Nápoles, quien, para mantener su dominio sobre la península itálica, había convencido al papa de que no reconociese a ninguno de los dos emperadores alemanes, conservando así el título de capitán general del estado de la iglesia.
En 1322 Ludovico el Bávaro derrotaba a su rival Federico. Si se había sentido amenazado por dos emperadores, Juan juzgó aún más peligroso a uno solo, de modo que decidió excomulgarlo; Ludovico, por su parte, declaró herético al papa. Es preciso decir que aquel mismo año, en Perusa, se había reunido el capítulo de los frailes -franciscanos, y su general, Michele da Cesena, a instancias de los «espirituales» (sobre los que ya volveré a hablar), había proclamado como verdad de la fe la pobreza de Cristo, quien, si algo había poseído con sus apóstoles, sólo lo había tenido como usus facti. Justa resolución, destinada a preservar la virtud y la pureza de la orden, pero que disgustó bastante al papa, porque quizá le pareció que encerraba un principio capaz de poner en peligro las pretensiones que, como jefe de la iglesia, tenía de negar al imperio el derecho a elegir los obispos, a cambio del derecho del santo solio a coronar al emperador. Movido por éstas o por otras razones, Juan condenó en 1323 las proposiciones de los franciscanos mediante la decretal Cum inter nonnullos.
Supongo que fue entonces cuando Ludovico pensó que los franciscanos, ya enemigos del papa, podían ser poderosos aliados suyos. Al afirmar la pobreza de Cristo, reforzaban, de alguna manera, las ideas de los teólogos imperiales, Marsilio de Padua y Juan de Gianduno. Por último, no muchos meses antes de los acontecimientos que estoy relatando, Ludovico, que había llegado a un acuerdo con el derrotado Federico, entraba en Italia, era coronado en Milán, se enfrentaba con los Visconti -que, sin embargo, lo habían acogido favorablemente , ponía sitio a Pisa, nombraba vicario imperial a Castruccio, duque de Luca y Pistoia (y creo que cometió un error porque, salvo Uguccione della Faggiola, nunca conocí un hombre más cruel), y ya se disponía a marchar hacia Roma, llamado por Sciarra Colonna, señor del lugar.
Esta era la situación en el momento en que mi padre, que combatía junto a Ludovico, entre cuyos barones ocupaba un puesto de no poca importancia, consideró conveniente sacarme del monasterio benedictino de Melk -donde yo ya era novicio- para llevarme consigo y que pudiera conocer las maravillas de Italia y presenciar la coronación del emperador en Roma. Sin embargo, el sitio de Pisa lo retuvo en las tareas militares. Yo aproveché esta circunstancia para recorrer, en parte por ocio y en parte por el deseo de aprender, las ciudades de la Toscana, entregándome a una vida libre y desordenada que mis padres no consideraron propia de un adolescente consagrado a la vida contemplativa. De modo que, por sugerencia de Marsilio, que me había tomado cariño, decidieron que acompañase a fray Guillermo de Baskerville, sabio franciscano que estaba a punto de iniciar una misión en el desempeño de la cual tocaría muchas ciudades famosas y abadías antiquísimas. Así fue como me convertí al mismo tiempo en su amanuense y discípulo; y no tuve que arrepentirme, porque con él fui testigo de acontecimientos dignos de ser registrados, como ahora lo estoy haciendo, para memoria de los que vengan después.

Entonces no sabía qué buscaba fray Guillermo y, a decir verdad, aún ahora lo ignoro y supongo que ni siquiera él lo sabía, movido como estaba sólo por el deseo de la verdad, y por la sospecha -que siempre percibí en él de que la verdad no era la que creía descubrir en el momento presente. Es probable que en aquellos años las preocupaciones del siglo lo distrajeran de sus estudios predilectos. A lo largo de todo el viaje nada supe de la misión que le habían encomendado; al menos, Guillermo no me habló de ella. Fueron más bien ciertos retazos de las conversaciones que mantuvo con los abades de los monasterios en que nos íbamos deteniendo los que me permitieron conjeturar la índole de su tarea. Sin embargo, como diré más adelante, sólo comprendí de qué se trataba exactamente cuando llegamos a la meta de nuestro viaje. Nos habíamos dirigido hacia el norte, pero no seguíamos una línea recta sino que nos íbamos deteniendo en diferentes abadías. Así fue como doblamos hacia occidente cuando, en realidad, nuestra meta estaba hacia oriente, siguiendo casi la línea de montañas que une Pisa con los caminos de Santiago, hasta detenernos en una comarca que los terribles acontecimientos que luego se produjeron en ella me sugieren la conveniencia de no localizar con mayor precisión, pero cuyos señores eran fieles al imperio y en la que todos los abades de nuestra orden coincidían en oponerse al papa herético y corrupto. El viaje, no exento de vicisitudes, duró dos semanas, en el transcurso de las cuales pude conocer (aunque cada vez me convenzo más de que no lo bastante) a mi nuevo maestro.
En las páginas que siguen no me permitiré trazar descripciones de personas –salvo cuando la expresión de un rostro, o un gesto, aparezcan como signos de un lenguaje

mudo pero elocuente , porque, como dice Boecio, nada hay más fugaz que la forma exterior, que se marchita y se altera como las flores del campo cuando llega el otoño. Por tanto, ¿qué sentido tendría hoy decir que el abad Abbone tuvo una mirada severa y mejillas pálidas, cuando él y quienes lo rodeaban son ya polvo y del polvo ya sus cuerpos tienen el tinte gris y mortuorio (sólo sus almas, Dios lo quiera, resplandecen con una luz que jamás se extinguirá)? Sin embargo, de Guillermo hablaré, una única vez, porque me impresionaron incluso sus singulares facciones, y porque es propio de los jóvenes sentirse atraídos por un hombre más anciano y más sabio, no sólo debido a su elocuencia y a la agudeza de su mente, sino también por la forma superficial de su cuerpo, al que, como sucede con la figura de un padre, miran con entrañable afecto, observando los gestos, y las muecas de disgusto, y espiando las sonrisas, sin que la menor sombra de lujuria contamine este tipo (quizás el único verdaderamente puro) de amor corporal.
Los hombres de antes eran grandes y hermosos (ahora son niños y enanos), pero ésta es sólo una de las muchas pruebas del estado lamentable en que se encuentra este mundo caduco. La juventud ya no quiere aprender nada, la ciencia está en decadencia, el mundo marcha patas arriba, los ciegos guían a otros ciegos y los despeñan en los abismos, los pájaros se arrojan antes de haber echado a volar, el asno toca la lira, los bueyes bailan, María ya no ama la vida contemplativa y Marta ya no ama la vida activa, Lea es estéril, Raquel está llena de lascivia, Catón frecuenta los lupanares, Lucrecio se convierte en mujer. Todo está descarriado. Demos gracias a Dios de que en aquella época mi maestro supiera infundirme el deseo de aprender y el sentido de la recta vía, que no se pierde por tortuoso que sea el sendero.

Así, pues, la apariencia física de fray Guillermo era capaz de atraer la atención del observador menos curioso. Su altura era superior a la de un hombre normal y, como era muy enjuto, parecía aún más alto. Su mirada era aguda y penetrante; la nariz afilada y un poco aguileña infundía a su rostro una expresión vigilante, salvo en los momentos de letargo a los que luego me referiré. También la barbilla delataba una firme voluntad, aunque la cara alargada y cubierta de pecas -como a menudo observé en la gente nacida entre Hibernia y Northumbria- parecía expresar a veces incertidumbre y perplejidad. Con el tiempo me di cuenta de que no era incertidumbre sino pura curiosidad, pero al principio lo ignoraba casi todo acerca de esta virtud, a la que consideraba, más bien, una pasión del alma concupiscente y, por tanto, un alimento inadecuado para el alma racional, cuyo único sustento debía ser la verdad, que (pensaba yo) se reconoce en forma inmediata.
Lo primero que habían advertido con asombro mis ojos de muchacho eran unos mechones de pelo amarillento que le salían de las orejas, y las cejas tupidas y rubias. Podía contar unas cincuenta primaveras y por tanto era ya muy viejo, pero movía su cuerpo infatigable con una agilidad que a mí muchas veces me faltaba. Cuando tenía un acceso de actividad, su energía parecía inagotable. Pero de vez en cuando, como si su espíritu vital tuviese algo del cangrejo, se retraía en estados de inercia, y lo vi a veces en su celda, tendido sobre el jergón, pronunciando con dificultad unos monosílabos, sin contraer un solo músculo del rostro. En aquellas ocasiones aparecía en sus ojos una expresión vacía y ausente, y, si la evidente sobriedad que regía sus costumbres no me hubiese obligado a desechar la idea, habría sospechado que se encontraba bajo el influjo de alguna sustancia vegetal capaz de provocar visiones. Sin embargo, debo decir que durante el viaje se había detenido a veces al borde de un prado, en los límites de un bosque, para recoger alguna hierba (creo que siempre la misma), que se ponía a masticar con la mirada perdida. Guardaba un poco de ella, y la comía en los momentos de mayor tensión (¡que no nos faltaron mientras estuvimos en la abadía!). Una vez le pregunté qué era, y respondió sonriendo que un buen cristiano puede aprender a veces incluso de los infieles. Cuando le pedí que me dejara probar, me respondió que, como en el caso de los discursos, también en el de los simples hay paidikoi, ephebikoi, gynaikeioi y demás, de modo que las hierbas que son buenas para un viejo franciscano no lo son para un joven benedictino.
Durante el tiempo que estuvimos juntos no pudimos llevar una vida muy regular: incluso en la abadía, pasábamos noches sin dormir y caíamos agotados durante el día,

y no participábamos regularmente en los oficios sagrados. Sin embargo, durante el viajé, no solí a permanecer despierto después de completas, y sus hábitos eran sobrios. A veces, como sucedió en la abadía, pasaba todo el día moviéndose por el huerto, examinando las plantas como si fuesen crisopacios o esmeraldas, y también lo vi recorrer la cripta del tesoro y observar un cofre cuajado de esmeraldas y crisopacios como si fuese una mata de estramonio. En otras ocasiones se pasaba el día entero en la gran sala de la biblioteca hojeando manuscritos, aparentemente sólo por placer (mientras a nuestro alrededor se multiplicaban los cadáveres de monjes horriblemente asesinados). Un día lo encontré paseando por el jardín sin ningún propósito aparente, como si no debiese dar cuenta a Dios de sus obras. En la orden me habían enseñado a hacer un uso muy distinto de mi tiempo, y se lo dije. Respondió que la belleza del- cosmos no procede sólo de la unidad en la variedad, sino también de la variedad en la unidad. La respuesta me pareció inspirada en un empirismo grosero, pero luego supe que, cuando definen las cosas, los hombres de su tierra no parecen reservar un papel demasiado grande a la fuerza iluminadora de la razón.
Durante el período que pasamos en la abadía, siempre vi sus manos cubiertas por el polvo de los libros, por el oro de las miniaturas todavía frescas, por las sustancias amarillentas que había tocado en el hospital de Severino. Parecía que sólo podía pensar con las manos, cosa que entonces me parecía más propia de un mecánico (pues me habían enseñado que el mecánico es moechus, y comete adulterio en detrimento de la vida intelectual con la que debiera estar unido en castísimas nupcias). Pero incluso cuando sus manos tocaban cosas fragilísimas, como ciertos códices cuyas miniaturas aún estaban frescas, o páginas corroídas por el tiempo y quebradizas como pan ácimo, Poseía, me parece, una extraordinaria delicadeza de tacto, la misma que empleaba al manipular sus máquinas. Pues he de decir que este hombre singular llevaba en su saco de viaje unos instrumentos que hasta entonces yo nunca había visto y que él definía como sus máquinas maravillosas. Las máquinas, decía, son producto del arte, que imita a la naturaleza, capaces de reproducir, no ya las meras formas de esta última, sino su modo mismo de actuar. Así me explicó los prodigios del reloj, del astrolabio y del imán. Sin embargo, al comienzo temí que se tratase de brujerías, y fingí dormir en ciertas noches serenas mientras él (valiéndose de un extraño triángulo) se dedicaba a observar las estrellas. Los franciscanos que yo había conocido en Italia y en mi tierra eran hombres simples, a menudo ¡letrados, y la sabiduría de Guillermo me sorprendió. Pero él me explicó sonriendo que los franciscanos de sus islas eran de otro cuño: «Roger Bacon, a quien venero como maestro, nos ha enseñado que algún día el plan divino pasará por la ciencia de las máquinas, que es magia natural y santa. Y un día por la fuerza de la naturaleza se podrán fabricar instrumentos de navegación mediante los cuales los barcos navegarán unico homine regente, y mucho más aprisa que los impulsados por velas o remos; y habrá carros "ut sine animali moveantur cum impetu inaestimabili, et instrumenta volandi et horno sedens in medio instrumenti revolvens aliquod ingenium per quod alae artificialiter compositae aerem verberent, ad modum avis volantis'. E instrumentos pequeñísimos capaces de levantar pesos inmensos, y vehículos para viajar al fondo del mar.»
Cuando le pregunté dónde existían esas máquinas, me dijo que ya se habían fabricado en la antigüedad, y que algunas también se habían podido construir en nuestro tiempo: «Salvo el instrumento para volar, que nunca he visto ni sé de nadie que lo haya visto, aunque conozco a un sabio que lo ha ideado. También pueden construirse puentes capaces de atravesar ríos sin apoyarse en columnas ni en ningún otro basamento, y otras máquinas increíbles. No debes inquietarte porque aún no existan, pues eso no significa que no existirán. Y yo te digo que Dios quiere que existan, y existen ya sin duda en su mente, aunque mi amigo de Occam niegue que las ideas existan de ese modo, y no porque podamos decidir acerca de la naturaleza divina, sino, precisamente, porque no podemos fijarle límite alguno.» Esta no fue la única proposición contradictoria que escuché de sus labios: sin embargo, todavía hoy, ya viejo y más sabio que entonces, no acabo de entender cómo podía tener tanta confianza en su amigo de Occam y jurar al mismo tiempo por las palabras de Bacon, como hizo en muchas ocasiones. Pero también es verdad que aquellos eran tiempos oscuros en los que un hombre sabio debía pensar cosas que se contradecían entre sí.
Pues bien, es probable que haya dicho cosas incoherentes sobre fray Guillermo, como para registrar desde el principio la incongruencia de las impresiones que entonces me

produjo. Quizá tú, buen lector, puedas descubrir mejor quién fue y qué hizo, reflexionando sobre su comportamiento durante los días que pasamos en la abadía. Tampoco te he prometido una descripción satisfactoria de lo que allí sucedió, sino sólo un registro de hechos (eso sí) asombrosos y terribles.
Así, mientras con los días iba conociendo mejor a mi maestro, tras largas horas de viaje que empleamos en larguísimas conversaciones de cuyo contenido ya iré hablando cuando sea oportuno, llegamos a las faldas del monte en lo alto del cual se levantaba la abadía. Y ya es hora de que, como nosotros entonces, a ella se acerque mi relato, y ojalá

mi mano no tiemble cuando me dispongo a narrar lo que sucedió después.

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