Leonardo padura adiós hemingway esta novela, como las ya venidas y creo que todas las por venir, Es para Lucía, con amor y escualidez






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Fiesta. Sin las heridas de Fossalta, el hospital de Mi­lán y su amor desesperado por Agnes von Kuroswsky, jamás habría imaginado Adiós a las armas. Sin el safa-ri de 1934 y el sabor amargo del miedo sentido ante la proximidad letal de un búfalo herido, no hubiera po­dido escribir Las verdes colinas de África, ni dos de sus mejores relatos, «La breve vida feliz de Francis Macomber» y «Las nieves del Kilimanjaro». Sin Cayo Hueso, el Pilar, el Sloopyjoe's, el contrabando de al­cohol y algunas historias contadas por Calixto, no hu­biera nacido Tener y no tener. Sin la guerra de España y los bombardeos y la violencia fratricida y su pasión por la desalmada Martha Gelhorn no hubiera escrito jamás La quinta columna y Por quién doblan las campa­nas. Sin la segunda guerra mundial y sin Adriana Ivan-cich no existiría Al otro lado del río y entre los árboles. Sin todos los días invertidos en el Golfo y sin las agujas que pescó y sin las historias de otras agujas tremendas y plateadas que oyó contar a los pescadores de Cojí-mar nunca hubiera nacido El viejo y el mar. Sin la «fá­brica de truhanes» que le acompañaron a buscar sub­marinos nazis, sin Finca Vigía y sin el Floridita y sus tragos y sus personajes, y sin los submarinos alemanes que alguien en Cuba reabastecía de petróleo, no hubie­ra escrito Islas en el Golfo. ¿Y París era una fiesta? ¿Y Muerte en la tarde? ¿Y los cuentos de Nick Adams? ¿Y esta maldita historia de El jardín del Edén que se nie­ga a fluir como debe y se alarga y se pierde?... Él sí lo sabía: debía hacerse de una vida para hacerse de una literatura, tenía que luchar, matar, pescar, vivir para poder escribir.

—No, coño, no me inventé una vida —dijo en voz alta y no le gustó su propia voz, en medio de tanto silencio. Y vació hasta el final la copa de vino.

Con la botella de Chianti bajo el brazo y la copa en la mano caminó hasta la ventana de la sala y miró hacia el jardín y hacia la noche. Esforzó los ojos, casi hasta sentir dolor, tratando de ver en la oscuridad, como los felinos africanos. Algo debía existir, más allá de lo previsible, más allá de lo evidente, capaz de po­ner algún encanto a los años finales de su vida: todo no podía ser el horror de las prohibiciones y los me­dicamentos, de los olvidos y los cansancios, de los dolores y la rutina. De lo contrario la vida lo habría vencido, destrozándolo sin piedad, precisamente a él, que había proclamado que el hombre puede ser destruido, pero jamás derrotado. Pura mierda: retóri­ca y mentira, pensó, y se sirvió otra copa del vino.

Necesitaba beber. Aquélla amenazaba ser una mala noche.

Pero fue dos años después cuando al fin com­prendió que si Miss Mary hubiera estado en casa, qui­zás aquella noche de miércoles no hubiera sido la no­che que dio inicio al final de su vida.

Sobre el viejo portón de madera habían colgado un cartel, sucio y de letras desvaídas, que advertía: CERRADO POR INVENTARIO. DISCULPEN LAS MOLESTIAS. ¿De dónde cono lo habrán sacado?, se preguntó el Conde, también intrigado por el destino del cartel original mandado a colocar por Hemingway sobre aquel mismo portón de Finca Vigía: UNINVITED VISI-TORS WILL NOT BE RECEIVED, así, tajante y en inglés, como si sólo del mundo angloparlante pudieran llegar a aquel remoto paraje habanero visitantes no invita­dos. Los que hablaban otras lenguas, ¿qué eran?, ¿ali­mañas? El Conde empujó una de las puertas de la finca convertida en museo y comenzó su ascenso ha­cia la casa donde más años habían vivido el escritor y su fama, y por donde pasaron algunos de los hombres más célebres de su tiempo y algunas de las mujeres más bellas del siglo.

Nada más poner un pie en aquel territorio entra­ñablemente literario, inaugurado por una manga y va­rias palmeras sin duda nacidas antes que la casa, Mario Conde sintió que volvía a un santuario de su memo­ria que hubiera preferido mantener enclaustrado, a la custodia de una nostalgia amable y contenida. Más de veinte años llevaba sin visitar -siempre sin ser invita­do— aquel lugar, al cual, decenas de veces, había as­cendido en casi solemne procesión: eran los tiempos ya remotos en que se empeñaba también él en ser es­critor y el mito del viejo leopardo de la montaña, con sus historias de guerras y cacerías a cuestas, con sus cuentos afilados como navajas y sus novelas cargadas de vida, con sus diálogos tan aparentemente simples y a la vez tan profundos, fueron el modelo ideal de lo que podía ser la literatura y de lo que debía ser un hombre con una vida hecha por y para esa literatura. En aquellos días había leído cada uno de sus libros, va­rias veces, y otras muchas se había asomado a las ven­tanas de ía casona habanera convertida en museo poco después de la muerte de su propietario, para perseguir el espíritu del hombre entre los pequeños y grandes trofeos de los cuales se rodeó a lo largo de los años. De todas las excursiones emprendidas a la casa de Hemingway durante aquellos tiempos empeñados en parecer mejores, el Conde recordaba con dolor espe­cial la que organizó con sus amigos del preuniver­sitario. En su mente sobrevivían aún detalles muy precisos: había sido un sábado, por la mañana, y el punto de cita fue precisamente la escalinata del Pre. El flaco Carlos, cuando todavía era flaco; Dulcita, que era la novia del Flaco; Andrés, que era un buen pelotero y ya soñaba con ser médico y no soñaba si­quiera con la posibilidad de que alguna vez decidiría irse de Cuba; el Conejo, con su manía de reescribir la historia; Candito el Rojo, con su afro azafranado y re­luciente, dueño ya de la sabiduría vital que le hizo lle­var dos litros de ron en la mochila; y Támara, tan her­mosa que dolía, convertida ya en el amor de la vida y de la muerte de Mario Conde. Sus viejos y mejores amigos fueron la corte del aprendiz de escritor en aquella peregrinación y todavía él disfrutaba reme­morando el asombro de Támara por la belleza del lu­gar, la alegría de Andrés por la vista de La Habana que se obtenía desde la torre de la casa, el disgusto del Co­nejo por la cantidad de trofeos de caza colgados de las paredes, y la admiración de Candito el Rojo al ver que un solo hombre podía tener tanta casa cuando él tenía tan poca. Y también recordaba, con dolor y ale­gría, la nada misteriosa desaparición de Carlos y Dul­cita, quienes media hora después de separarse del gru­po brotaron de un matorral felices y sonrientes, recién cumplida la que entonces era su primera misión en la vida: templar siempre que hubiera un chance. Fue una mañana hermosa y el Conde, impertinente y en­terado, adorador a fondo del escritor, sentó a sus ami­gos alrededor de la piscina y, haciendo circular las bo­tellas de ron, les leyó completo «El gran río de los dos corazones», su preferido entre todos los cuentos de Hemingway.

Mientras ascendía el camino sombreado por el tu­pido follaje de palmas, ceibas, casuarinas y mangos, el Conde trató de despojarse de aquel recuerdo agridulce del cual apenas quedaba la persistencia adolorida de su memoria y la certeza de cómo el tiempo y la vida podían matarlo casi todo, pero sólo consiguió des­prenderse de sus tentáculos cuando pudo distinguir al fin la estructura blanca de la casa y de la torre que Mary Hemingway había ordenado construir para que en ella trabajara su marido y que terminó siendo la cue­va de los cincuenta y siete gatos contabilizados en la finca. A su izquierda, detrás de la hondonada donde estaba la piscina, trató de entrever algún detalle de la figura del Pilar, sacado del agua más de treinta años atrás y convertido también en pieza de museo. La casa, con todas sus puertas y ventanas cerradas, sin turistas ni curiosos ni aprendices de cuentista asoma­dos a la intimidad detenida del escritor, le pareció al Conde un fantasma blanco, salido del mundo de los muertos. Pero apenas la miró un instante, y siguió la estrecha ruta de asfalto hacia la parte alta de la pro­piedad, de donde le llegaban voces y el murmullo arrítmico de picos y palas empeñados en interrogar a la tierra.

Lo primero que vio fueron las raíces de la manga derribada. Eran como los cabellos de Medusa, hirsu­tos y agresivos, clamando al cielo inalcanzable de donde le había llegado la muerte y por la cual se ha­bía revelado otra muerte. Un poco más allá, en una fosa que ya se extendía varios metros, descubrió las cabezas de tres hombres, sobre las cuales se levanta­ban el pico y las palas, para que la tierra volara hacia una pequeña montaña oscura que amenazaba tra­garse una fuente de donde no brotaba agua hacía mi­les de años. El Conde se acercó en silencio y reconoció a dos de sus antiguos compañeros policías, Cres­po y el Greco, propietarios de las palas y enfrascados en un intenso diálogo, mientras un hombre para él desconocido era el encargado de cavar con ei pico.

—La última vez que los vi también estaban en un hueco.

Los hombres, sorprendidos por la voz, se volvieron.

—Pa' su madre —dijo el Greco—, pero mira quién está ahí.

El hombre del pico también había detenido su trabajo y miraba con curiosidad al recién llegado, ha­cía el cual ya se dirigían sus dos compañeros, luego de soltar sus palas.

—No me digas que volviste —se asombró Crespo, mientras trataba de salir del hoyo. Para ellos los años habían pasado a igual velocidad que para el Conde y ahora eran unos policías cuarentones y con barriga, que quizás deberían estar echados al sol en una playa.

—Ni que yo estuviera loco —dijo el Conde mientras les daba una mano para auxiliarlos en el ascenso.

—¿Cuántos años, Conde? —el Greco lo miraba, como si el Conde también fuera una pieza del museo.

—Una pila. Ni los cuentes.

—Cono, qué bueno verte. Manolo nos dijo...

—¿Y quién es ese que está en el hueco? —pregun­tó el Conde.

—El cabo Fleites.

—¿Tan viejo y nada más es cabo?

—Imagínate, es cojo y miope. Y escribe poesías, pero agarra unas curdas de apaga y vamos...

—Menos mal que llegó a cabo —dijo el Conde y le hizo un saludo con la mano: si era tan borracho y hasta medio poeta como decían, el cabo Fíeites era de los suyos—. ¿Ya encontraron algo?

—Aquí no hay ni cuero, Conde —protestó Crespo.

—¿No me digas que fue a ti al que se le ocurrió esto de abrir más huecos? —lo increpó el Greco.

—Eh, tranquilo ahí: eso es cosa de tu jefe. Yo aquí no mando un carajo...

-Así que Manolito... Buena mierda de jefe.

—A ver, díganme la verdad: ¿quién era mejor jefe, Manolo o yo?

El Greco y Crespo se miraron un instante. Pare­cían dudar. Fue Crespo quien habló.

—Eso ni se discute, Conde: Manolo es panetela comparado contigo —y los dos rieron.

—Malagradecidos que son...

—Oye, Conde, tú que eres tan sabido y medio es­critor... —el Greco le puso una mano sucia en el hom­bro y miró con sorna hacia el cabo Fleites—, dice acá el colega que un día Jemingüéy le dio dos patadas en el culo a su mujer porque sin pedirle permiso cortó una mata aquí en la finca..., ¿es verdad eso?

-No fueron dos patadas..., fueron tres y un sopapo.

Desde su sitio el cabo Fleites sonrió, orgulloso.

-Ese tipo estaba loco -aseguró Crespo.

—Sí, un poco..., pero no tanto: yo leí un libro muy serio donde se dice que de vez en cuando darle unas patadas por el culo a la mujer de uno es un acto de sanidad matrimonial.

—Para saber eso no hace falta leer —comentó el Greco.

—Bueno, ¿y entonces aquí no aparece nada?

—Después que sacaron todos los huesos, un poco de tela y lo que quedaba de los zapatos, aquí nada más hay piedras y raíces.

—Pero tiene que haber algo más. Tengo ese pre­sentimiento. Miren, aquí me lo siento —y el Conde se tocó debajo de la tetilla izquierda, metiendo los de­dos hacia el dolor del presentimiento—. Así que bus­quen más. Busquen hasta que aparezca algo.

—¿Y si no aparece nada? —la voz del cabo Fleites llegó desde el fondo del hoyo.

—La finca es grande. Algo va a aparecer —fue la res­puesta del Conde—, Voy a ver al director del museo, tengo que entrar en la casa... Y por cierto, ¿de dónde sacaron el cartel que pusieron allá fuera?

—De la pizzería del pueblo. Pero es prestado —ad­virtió el Greco.

—Bueno, los veo cuando terminen el hueco —y el Conde inició la retirada.

—Oye, Conde —le gritó Crespo—, mejor sigue sin ser policía, ¿sabes?

El Conde sonrió y avanzó hacia el antiguo garaje de la finca, donde ahora funcionaba la dirección del mu­seo. El director, un mulato algo más joven que el Conde, se presentó como Juan Tenorio, y resultó ser feo, amable y latoso. El ex policía trató inmediata­mente de evitar su verborrea: como buen director, Te­norio quería demostrar cuánto sabía sobre Hemingway, todo lo que conocía sobre Finca Vigía y volun­tariamente se propuso para servirle de guía. Del modo más amable y claro que pudo, el Conde rechazó la oferta: aquélla, su primera visita al interior de la casa del escritor, era un problema entre Hemingway y él, y necesitaba dirimirlo con tranquilidad y sin testigos.

-Son las diez... ¿Hasta qué hora puedo estar allá dentro? —le preguntó el Conde, después de obtener las llaves de la casa.

-Bueno, nosotros terminamos a las cuatro. Pero sí usted...

—No, yo salgo en un rato. Pero necesito que nadie me moleste. Y no se preocupe, no me voy a robar nada. Gracias.

Y le dio la espalda al director del museo.

El Conde subió los seis escalones que separaban el camino de los autos del rellano sobre el que se ele­vaba la casa y respiró profundamente. Venció los otros seis pasos que morían en la puerta principal, metió la llave y abrió. Cuando colocó un pie dentro de la casa, sintió que si movía el otro píe ya no ten­dría posibilidades de retroceso y deseó, en ese instan­te, cerrar la puerta y largarse de allí.

Pero movió el pie, estiró un brazo y halló un in­terruptor: encendió la luz de la sala. Ante sus ojos volvió a estar el panorama, tétricamente detenido en el tiempo, de lo que fue una casa en donde vivieron personas, durmieron, comieron, amaron, sufrieron. Pero no sólo por la evidencia de haber sido conver­tido en un museo aquel sitio tenía un aire definitivamente irreal: la casa de Vigía siempre fue una especie de capilla consagrada, de puesta en escena, hecha a la medida del personaje, más que del hombre. Para em­pezar, al Conde le resultaba demasiado insultante la existencia de miles de libros y decenas de pinturas y dibujos, dispuestos en amarga competencia con fusi­les, balas, lanzas y cuchillos, y con las cabezas inmó­viles y acusadoras de algunas víctimas de los actos de hombría del escritor: sus trofeos de caza, cobrados sólo por el placer de matar, por la fabricada sensación de vivir peligrosamente.

Ahora en la casa faltaban muchos de los cuadros, los más valiosos, sacados de Cuba por Mary Welsh; faltaban algunos papeles y cartas que se aseguraba ha­bían sido quemados por la viuda en su último regre­so a la finca, apenas muerto el escritor; y faltaban las personas capaces de darle un poco de realidad al lu­gar: los dueños, los sirvientes, los invitados habituales y los invitados especiales, y algún que otro periodista capaz de traspasar la barrera de uninvited, para tener algunos minutos de conversación con el dios vivo de la literatura norteamericana. También faltan los gatos, recordó Conde. Pero sobre todo faltaba luz. El ex po­licía fue abriendo una por una las ventanas de la casa, comenzando por la sala y llegando hasta la cocina y los baños. El resplandor caliente de la mañana bene­fició el sitio, el olor de las flores y de la tierra penetró en la casa, y por fin el Conde se preguntó qué bus­caba allí. Sabía que no se trataba de alguna pista ca­paz de aclararle la identidad del muerto aparecido en el patio, y mucho menos la evidencia física de alguna culpabilidad asesina. Buscaba algo más distante, ya perseguido por él alguna vez y que, unos años atrás, había dejado de buscar: la verdad —o quizás la men­tira verdadera— de un hombre llamado Ernest Miller Hemingway.

Para comenzar aquel entendimiento difícil, el Conde cometió un sacrilegio museográfico: se descal­zó de sus propios zapatos y metió los píes en los vie­jos mocasines del escritor, varios puntos más grandes que los requeridos por el ex policía. Arrastrando los pies volvió a la sala, encendió un cigarro y se acomo­dó en la poltrona personal del hombre que se hacía llamar Papa. Cometiendo a gusto y conciencia aque­llos actos de profanación que jamás imaginó pudiera realizar, el Conde estudió los óleos con escenas tauri­nas y, sin proponérselo, recordó cómo su idilio con el escritor había tenido su epílogo con la revelación de ciertas verdades sobre el fin de la vieja amistad entre Hemingway y Dos Passos. En realidad el Conde no había dejado de amar a Hemingway de un solo golpe, cuando entró en posesión de aquella información. La distancia se había ido forjando mientras el romanti­cismo dejaba espacios al escepticismo y el entonces ídolo literario se le fue convirtiendo en un ser prepo­tente, violento e incapaz de dar amor a quienes lo amaban; cuando entendió que más de veinte años conviviendo con los cubanos no bastaron para que el artista comprendiera un carajo de la isla; cuando asi­miló la dolorosa verdad de que aquel escritor genial era también un hombre despreciable, capaz de trai­cionar a cada uno de los que lo ayudaron: desde Sherwood Anderson, el hombre que le abrió las puertas de París, hasta «el pobre» Scott Fitzgerald. Pero la copa rebosó cuando supo del modo cruel y sádico en que se había portado con su antiguo camarada y amigo John Dos Passos durante los días de la guerra civil es­pañola, cuando Dos insistía en investigar la verdad so­bre la muerte de su amigo español José Robles, y He­mingway le restregó en la cara, en medio de una reunión pública, que Robles había sido fusilado por espía y traidor a la causa de la República. Luego, para traspasar todos los límites, con malignidad y alevosía, hizo de Robles el modelo del traidor en
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