Richard Hoggart: The Uses of Literacy






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fecha de publicación05.07.2015
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Richard Hoggart: The Uses of Literacy
Hoggart y Williams tuvieron el mérito de dirigir sus métodos de crítica textual a la «lectura» de formas culturales «diferentes» de las literarias: la cultura popular se eleva a objeto de investigación científica.
El trabajo de Richard Hoggart, sobre todo The Uses of Literary (1958), una ruptura drástica con las investigaciones precedentes sobre la cultura, presentaba una cuidadosa aplicación de las técnicas analíticas de los estudios literarios a un amplio espectro de productos culturales -sobre todo música, periódicos diarios, revistas periódicas y ficción popular- con el fin de trazar las relaciones entre el lenguaje, los valores, la vida familiar y privada de la clase obrera británica y las instituciones de dicha clase, como los pub, las organizaciones obreras, las manifestaciones deportivas etc. En estas investigaciones, en las que ordenaba los acontecimientos para dar una forma narrativa a las conexiones entre vida privada e historia pública, Hoggart también adoptaba una mirada nostálgica en relación a una supuesta «cultura orgánica» definitivamente perdida, como consecuencia de la tendencia a ser asimilada por la cultura popular estadounidense, que se estaba difundiendo con enorme rapidez por toda Inglaterra.
En el prefacio a su The Uses of Literary, Hoggart aclara, de modo quizás un tanto snob, la «distancia literaria» adoptada para afrontar problemas sociológicos, utilizando la categoría de experiencia que a continuación pasará a ser relevante en el ámbito de los Estudios culturales:
"... este libro se basa en buena parte en experiencias personales y no pretende poseer el carácter científicamente experimentado de la investigación sociológica. [...] Hay incluso momentos en los que otros piensan de modo diferente a partir de experiencias semejantes a las mías".
Con la publicación de esta investigación, Hoggart "influenció la «construcción de la agenda» de temas referidos al cambio cultural nacional y a la relación entre la educación, la clase social y las estructuras y las formas emergentes del entretenimiento popular" (Comer 1991:137), Pero, como recuerda Dick Hebdige (1987a), también acentuó la presencia, visible desde los años treinta -por ejemplo en las publicaciones de Evelyn Waugh o George Orwell- de un creciente rechazo hacia la arquitectura moderna, la publicidad, el plástico y el cliché, en cuanto imágenes de la «vida fácil» que amenazaba con ahogar la identidad cultural británica.

Edward Thompson: The Making of the English Working Class
Edward Thompson influenció profundamente los estudios de historia social británica con su libro The Making of the English Working Class (1963), así como las investigaciones sobre cultura popular y las subculturas realizadas en el ámbito de la sociología, la antropología y la etnografía.
Thompson desarrolló su teoría de la cultura en el seno de tradiciones marxistas y contrapone su propia definición de cultura a la de Williams -«un modo de vida completo»-: un antagonismo entre dos modos de vida, en el que la cultura popular se identificaba como cultura del pueblo.
Al volver a escribir la historia de esa cultura, con el fin de equilibrar de nuevo la representación ofrecida por las historias «oficiales», Thompson se detuvo especialmente en las primeras décadas del siglo XIX, cuando la clase obrera británica adquirió conciencia de sí misma en la conciencia de una identidad de intereses en el seno de diversos grupos de la clase obrera y por oposición a los intereses de otras clases [...] mediante el crecimiento de formas correspondientes de organización política e industrial. A partir de 1832 se constituyeron instituciones de la clase obrera, conscientes y con una sólida base -sindicatos, sociedades de mutuo socorro, movimientos educativos y religiosos, organizaciones políticas, periódicos- tradiciones intelectuales obreras y una estructura obrera del sentir» (Thompson 1963:51).
Si bien la bibliografía sobre el desarrollo de los Estudios culturales ha tendido a subrayar las semejanzas entre los padres fundadores en detrimento de sus divergencias, sobre todo en relación a la noción de cultura, quizás sea más útil volver a leer estas últimas a partir del ejemplo de las tesis de Chris Jerks: el concepto de cultura de Hoggart es más bien pasivo, el de Williams es más bien voluntarista y dinámico, pero su radicalismo está frenado por una visión de la cultura total y global, mientras que, por el contrario, el concepto de cultura de Thompson rechaza cualquier tipo de "noción de una cultura común y subraya la autonomía, el desafío, el conflicto y, sobre todo, la lucha de clases".

Raymond Williams: cultura, sociedad, flujo, experiencia
La obra de Raymond Williarns es mucho más extensa que la de Hoggart, tanto a nivel temporal como en términos cuantitativos.
En Culture and Society (1958) aborda las relaciones entre los textos y la sociedad y en The Long Revolution (19ól) el impacto cultural de los medios: el tono que adopta es pesimista, pero de un pesimismo distinto al de Hoggart, ya que no se funda en un terreno estético, sino en el análisis de las instituciones culturales y de los productos de los medios.
A pesar de sus numerosas contradicciones internas, la publicación de estos dos ensayos fue un "acontecimiento preñado de consecuencias para la vida intelectual inglesa de la posguerra", porque volvió a proponer el discurso y la exigencia de una cultura común, adoptando un punto de vista antropológico sobre la misma cultura. En efecto, a diferencia de cuanto pensaban Arnold y F. R. Leavis, Williams no considera la cultura común como un conjunto de valores que han de ser impuestos por una elite intelectual, sino como un concepto que asume en calidad de componente interno específico de la «cultura cotidiana de la gente ordinaria». Por tanto, hablar de cultura común significa afirmar que «aquella cultura comprende el modo de vida total de un pueblo» y que «la idea de un elemento común de la cultura -que constituye una comunidad- es un modo de criticar esa cultura dividida y fragmentada que tenemos hoy día (Williams 1989b:35 en Featherstone 1991:132»). En mi opinión, Williams no consigue huir, sin embargo, de la ilusión humanista según la cual la cultura individualista dominante se combate apelando a un concepto de cultura común capaz de acoger en su mismo seno la expresión de todas las diferentes experiencias.
Y así vuelve el discurso sobre la experiencia. La experiencia popular pertenecía a las comunidades campesinas transformadas en clase obrera; hoy día la experiencia se articula mediante la relación entre formaciones sociales, colectividades, individuos y modos de pensar: es el modo mediante el que el individuo da sentido a su relación con las instituciones, dentro de su propio modo de vida.
El papel central de la categoría de experiencia en los Estudios culturales nace, por tanto, de esa irrupción del sujeto que propone Williams.
Dado que no hay coincidencias comunes respecto a los marcos teóricos, ni categorías de universales que nos permitan comprender e interpretar tanto nuestra vida como la de los otros, la experiencia, en toda su intensa y diferenciada subjetividad, constituye la única medida de lo que tiene valor a la que podemos remitimos (Inglis 1993:52).
La actividad publicista de Williams prosiguió con Communications (1961), donde desplazó su propio interés por el contenido de los medios al análisis del rol de las instituciones, tarea que afrontó con una profunda investigación sobre los efectos de la publicidad, llegando incluso a proponer una clasificación de los tipos ideales de sistemas comunicativos: autoritario paternalista, comercial y democrático.
Contemporáneamente a la redacción de ensayos que desarrollaban sus intereses literarios, fue invitado a escribir un artículo mensual para comentar la programación televisiva en el periódico The Listener, hoy desaparecido. Esta actividad, que duró desde 1968 a 1972, le facilitó la ocasión de acercarse a la televisión, partiendo de si mismo en cuanto espectador y, por tanto, de reflexionar sobre la experiencia del «ver la televisión»: una vez más, vuelve el concepto de experiencia.
Hacer reseñas televisivas le permitió a Williams - cito textualmente- tanto "recoger los pensamientos sobre ciertos tipos y formas de producción televisiva" como explorar "la integración de ese amplio y variado conjunto de programación televisiva en la atareada vida cotidiana, a la que hace referencia en sus formas específicas" (Williams 1989b). Así pues, hacer recensiones significó "una oportunidad ideal para producir sentido a partir de una experiencia televisiva más general", proporcionado a la investigación sobre los medios la ocasión de profundizar en el análisis de la experiencia del ver la televisión, implicaba "en muchos sentidos, insertar el término que faltaba, situado entre la comprensión de los temas institucionales y del contexto que circundaban la televisión y los métodos de análisis de films específicos o de textos dramáticos ya adquiridos" (Laing 1991:157).
Si bien es cierto que es importante distinguir entre una experiencia y la experiencia televisiva, es precisamente esta última la que nos lleva a entrar en el terreno de las cualidades intrínsecas del medio que subyacen a las diferencias sociales e históricas.
Williams publicó Television: Technology of Cultural Form en 1974, en donde, entre otras cosas, corrigió mediante dos puntos calificativos cuanto había afirmado en Communications: "primero, rechaza las descripciones del desarrollo de las tecnologías y de sus efectos sociales facilitados por las investigaciones estadounidenses sobre comunicación de masas; segundo, en vez de centrarse sólo en el contenido de los programas televisivos, analiza también las estructuras tecnológicas del medio y las modalidades operativas que determinan las formas características de la televisión" (Tumer 1990:62).
Pero quizás la aportación más innovadora entre todas las de este texto, aunque la más criticada sucesivamente, al análisis de los medios se refiera a la elaboración del concepto de «flujo», en estrecha relación con el de «experiencia del ver la televisión» al que ya hemos aludido: "en tactos los sistemas desarrollados de radiodifusión, la organización característica, y por tanto la experiencia característica, es la de secuencia o flujo. Este fenómeno de un flujo programado es sin embargo quizá la característica que define a la radiodifusión, en cuanto tecnología y en cuanto forma cultural a la vez [...]; los gestores y, por tanto, los espectadores, planifican «una velada televisiva» de muchas formas como un flujo único [...]" (Williams 1974:139-144). Pero, como recuerda el mismo Williams, también es verdad que muchas de las características particulares del flujo se pueden localizar en los imperativos económicos de una sociedad particular, pero también es verdad que el «flujo» es algo más, «tan cierto que para muchos de nosotros es difícil apagar la televisión».
En Marxism and Literature (1977), Williams explica, por el contrario, su nueva relación con el marxismo. La lectura de Lucas, Goldman, Althusser y, sucesivamente, de Gramsci, lo había llevado a descubrir un enfoque marxista critico, que se alejaba del irracionalismo economicista: la economía ya no se consideraba tanto un sistema de producción sino más bien un sistema de conservación, que jugaba un papel dentro de la red de control propia del capitalismo occidental, junto con otros componentes.
Williams no sólo se abrió y abrió la reflexión británica a las nuevas corrientes del marxismo, sino también a la semiótica, a la que entendía como un método de análisis textual, a la obra de Saussure -aunque fuera tachada de determinismo- y a investigaciones sobre influencias económicas de la cultura.

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