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TEMA


Tomando como base el enfrentamiento entre realidad y ficción del que ya hablamos, puede distinguirse en la obra un doble significado:

Político y literal: una meditación sobre la libertad y la esclavitud; sobre la opresión que los regímenes totalitarios ejercen sobre los individuos que no se pliegan a sus normas. La obra denunciaría la brutalidad de la tortura, la delación, la represión ideológica, la pena de muerte. Esta interpretación fue la que se hizo mayoritariamente en la época de su estreno.

Simbólico y permanente: en una línea existencial podemos considerar que la vida es también una cárcel sórdida en la que permanecemos secuestrados bajo la amenaza omnipresente de la muerte, a la espera de que el Ser Supremo o el caprichoso azar decida sacarnos de ella. De esa áspera realidad se evaden las personas mediante ensoñaciones; se dejan alienar por bienes de consumo o cosas amables y apetecibles que les hagan olvidar el destino inexorable.

Teniendo siempre en cuenta estas dos interpretaciones de carácter general, son muchos los subtemas planteados en la obra: la represión ideológica (Tomás detenido por repartir propaganda subversiva), la tortura, la delación, la pena de muerte, la violencia, la crueldad (Tomás le dice a Lino que hay que aprender a separar la violencia de la crueldad), la utopía, el amor ideal, el compañerismo, el pudor (Lino: «El pudor... ¡Je! Qué lujo») y otros más. Mención aparte merece la alienación: perder conciencia de la realidad y adoptar, sin ser consciente de ello, formas de vida alejadas de la verdad. (Asel: «Habrá que ser entonces muy inteligente para no olvidar que se es un prisionero»).

ESTRUCTURA


Buero Vallejo define su obra como fábula en dos partes. El término “fábula” es de inequívocas resonancias morales y carácter aleccionador. Pero también “fábula” se asocia a un significado de historia inventada, por oposición a historia real. Se subraya así el carácter simbólico y atemporal de la obra, evitando o suavizando posibles identificaciones con la situación española del momento.

La obra aparece organizada en dos partes, rotuladas “Primera” y “Segunda”; entre ambas han transcurrido tres días. A su vez, cada una de ellas se divide en dos partes simplemente numeradas con romanos. La función de estas subdivisiones es fundamentalmente escenográfica: en cada una de ellas se producen cambios en la decoración en ese laborioso itinerario desde la fundación a la cárcel o desde la alucinación a la verdad en la mente de Tomás.

La organización típica de la trama en exposición, nudo y desenlace queda sustituida por un avance gradual (en la mente de Tomás y en la de los espectadores) hacia la consciencia. En el primer acto o cuadro de la primera parte, los espectadores apreciamos elementos discordantes que no casan bien con la lujosa fundación, pero que o no sabemos aún interpretar o aceptamos la interpretación de Tomás; un Tomás que, por otro lado, se irá mostrando cada vez más inquieto. Pongamos algunos ejemplos. La sensación de angostura, de apiñamiento (mientras terminan los nuevos pabellones), el mal olor (cañerías del retrete), el hecho de que el enfermo no coma ni beba (prescripción del médico), el odio de Berta hacia la fundación, el que identifique a Tomás con el ratón que hay que salvar, el número que llevan en el traje, que Lino llame bazofia a la comida, la sutil sonrisa del encargado, la breve carcajada incluso de uno de los camareros, el whisky de Max, que sea Tulio el único que no sabe ayudar a poner la mesa, etc.

En el segundo acto o cuadro de la primera parte, el decorado se ha empobrecido: dos de los cinco elegantes sillones han sido sustituidos por dos viejas colchonetas, y las sábanas y la colcha de la cama han dejado su sitio a una manta pardusca. Los objetos parecen cambiar de sitio o perderse (la cajetilla de tabaco, la escoba, la lámpara, la televisión...). Tomás quiere creer que todo es una broma de sus compañeros, pero se muestra cada vez más inseguro, casi angustiado, a veces. (El encargado ha cerrado la puerta. –“¿Por qué ha cerrado sin pedir permiso” – pregunta Tomás. Tulio lo anima: -“Abre, novelista”-. Pero Tomás no lo hace: -“No me atrevo. ¿Por qué no me atrevo? ¿Qué estáis haciendo conmigo?”) Es consciente de que los demás saben algo que él ignora. A los espectadores nos ocurre lo mismo, aunque sospechamos que Tomás, más que ignorar, lo que quiere es no saber. El final de la primera parte es a este respecto muy significativo:

TOMÁS. - ¿Dónde estamos, Asel?

ASEL. – (Con dulzura) Tú sabes donde estamos.

TOMÁS.- (Sin convicción) No...

ASEL. – Sí. Tú lo sabes. Y lo recordarás.

En la segunda parte el empobrecimiento del decorado es general (más cárcel, menos fundación) y Tomás lo percibe, al igual que los espectadores. Es más, ya no busca posibles explicaciones y reconoce que muchas cosas fueron imaginaciones suyas; sin embargo, aún no acepta del todo la realidad. Los espectadores lo haremos algo antes que él. Tardará un poco más que nosotros en reconocer que Berta no lo visitó nunca en la cárcel, ya no fundación, y que están todos condenados a muerte. Más tarde recordará que fue él quien denunció a sus compañeros. Sorprendentemente, al final de la obra Tomás se hará fuerte y encarnará la trágica esperanza que se nos propone.

Tenemos, pues, una estructura externa clara: dos partes, Primera y Segunda, y cada una de ellas dividida en otras dos partes numeradas con romanos; y una estructura interna que, desde el comienzo de la acción in medias res, avanza gradualmente hacia el descubrimiento de la verdad. En este avance gradual es importante la alternancia entre momentos reflexivos y momentos más tensos, violentos incluso. Son pequeños clímax que mantienen vivo el interés de la obra y dan pasos adelante en el desenmascaramiento de la realidad. Ejemplos serían: el enfrentamiento entre Tulio y Tomás cuando aquél intenta poner la mesa o cuando se dispone a hacer una foto, los gritos “antes de morir” del hombre muerto, la pérdida del control por parte de Asel después de bajar Tomás a los locutorios, el momento en que Tomás reconoce que están en la cárcel, la violenta discusión entre Lino y Max, el suicidio de Asel y el asesinato de Lino...

Por último, hay otros dos elementos artísticos importantes en la estructura de la obra: la música de Guillermo Tell, de Rossini, y el interludio pictórico. La música de Rossini suena al principio y al final de la obra y crea, junto a otros elementos escénicos, una dimensión de estructura circular muy evidente en la pieza. La pastoral de la obertura de Guillermo Tell es una música grata que crea, cuando suena al principio, un ambiente adecuado para el comienzo de una alucinación y que puede significar, cuando vuelve a escucharse al final de la obra, que la historia se repite en ésa o en otras posibles cárceles, pues como dijo Asel: «vayas donde vayas, estás en la cárcel» y entonces «¡Entonces hay que salir a la otra cárcel! ¡Y cuando estés en ella, salir a otra, y de ésta, a otra!». Tampoco podemos olvidar que la figura de Guillermo Tell está fuertemente ligada a la idea de libertad. Es otro indicio que apunta a la esperanza trágica típica de Buero.

El interludio pictórico no es un capricho culturalista de Buero, sino que está perfectamente integrado en la trama. Tomás hojea y admira un libro de reproducciones en color, se detiene ante un cuadro conocido y lee, o cree leer, que es de Terborch; pero en realidad, es un conocido Vermeer y Tulio, por la descripción que de él hace Tomás, lo identifica fácilmente. Esta confusión de Tomás (y hay alguna otra en su alucinación bibliográfico-pictórica) desconcierta al espectador (¿se equivoca Tomás al leer?, ¿no lee?) y lo introduce en la dialéctica entre realidad y ficción. Importante es también la glosa que hace Tomás de los paisajes de Turner, casi tan espléndidos –llega a decir- como el que se contempla desde el imaginario ventanal. Naturaleza, arte y alucinación unidos. Por último, el intermedio pictórico se cierra con una referencia a un desconocido pintor llamado Tom Murray; en concreto, Tomás se detiene ante el cuadro «unos ratones en una jaula». La visión y comentario de este cuadro coinciden con una silenciosa aparición de Berta. La escena se integra plenamente en la alucinación de Tomás y el símbolo de los ratones en la jaula enlaza con el del portado por Berta al comienzo de la representación.

En definitiva, la contemplación de un libro de pintura, que se presenta como algo muy placentero para Tomás, acaba convirtiéndose en un motivo de inseguridad para él, su mundo idílico empieza a resquebrajarse.
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