Repensando el cielo, la resurrección y la vida eterna






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Sorprendidas por la esperanza

Repensando el cielo, la resurrección y la vida eterna

Contenido
Prefacio
PRIMERA PARTE
Preparando la escena
Cap. 1
¿Listos para salir y sin ningún lugar adónde ir?

  1. Introducción

  2. La confusión sobre la esperanza: el mundo más amplio

  3. Variedades de creencias


Cap. 2
¿Desconcertado sobre el paraíso?

  1. La confusión cristiana con respecto a la esperanza

  2. Exploración de las opciones

  3. Los efectos de la confusión

  4. Las implicaciones más amplias de la confusión

  5. Las preguntas clave


Cap. 3

La esperanza cristiana en los primeros tiempos dentro de su ambiente histórico

  1. Introducción

  2. La resurrección y la vida después de la muerte en el paganismo y en el judaísmo antiguos

  3. El carácter sorprendente de la esperanza de los primeros cristianos


Cap. 4

La extraña historia de la Pascua de Resurrección

  1. Historias sin precedente

  2. La Pascua y la historia

  3. Conclusión


SEGUNDA PARTE
El plan futuro de Dios

Cap. 5
Futuro cósmico: ¿progreso o desesperación?

  1. Introducción

  2. Opción 1: El optimismo evolutivo

  3. Opción 2: Almas en tránsito


Cap. 6
Aquello por lo que está esperando todo el mundo

  1. Introducción

  2. Estructuras fundamentales de la esperanza

  3. La siembra y la cosecha

  4. La batalla victoriosa

  5. Ciudadanos del cielo que colonizan la tierra

  6. Dios será todo en todo

  7. Un nuevo nacimiento

  8. El matrimonio del cielo y de la tierra

  9. Conclusión


Cap. 7
Jesús, el cielo y la nueva creación

  1. La ascensión

  2. ¿Qué es, entonces, la «segunda venida»?


Cap. 8
Cuando él aparezca

  1. Introducción

  2. La venida, la aparición, la revelación y la presencia real


Cap. 9
Jesús, el juez que viene

  1. Introducción

  2. La segunda venida y juicio


Cap. 10
La redención de nuestros cuerpos

  1. Introducción

  2. La resurrección: la vida después «de la vida después de la muerte»

  3. La resurrección en Corinto

  4. La resurrección: los debates posteriores

  5. Repensando la resurrección hoy: quién, dónde, qué, por qué, cuándo y cómo


Cap. 11
Purgatorio, paraíso, infierno

  1. Introducción

  2. El purgatorio

  3. El paraíso

  4. Más allá de la esperanza, más allá de la piedad

  5. Conclusión: las metas humanas y la nueva creación


TERCERA PARTE
La esperanza en la práctica: la resurrección y la misión de la Iglesia
Cap. 12
La reformulación de la salvación: el cielo, la tierra y el reino de Dios

  1. Introducción

  2. El significado de la «salvación»

  3. El reino de Dios


Cap. 13
La construcción del reino

  1. Introducción

  2. La justicia

  3. La belleza

  4. El evangelismo

  5. Conclusión


Cap. 14
La nueva forma que asume la Iglesia para su misión (1): raíces bíblicas

  1. Introducción

  2. Los evangelios y los Hechos de los Apóstoles

  3. Pablo


Cap. 15
La nueva forma que asume la Iglesia para su misión (2): viviendo el futuro

  1. Introducción

1.1 La celebración de la Pascua

2. El espacio, el tiempo y la materia: la creación redimida

3. La resurrección y la misión

4. La resurrección y la espiritualidad

4.1 El nuevo nacimiento y el bautismo

4.2 La eucaristía

4.3. La oración

4.4 Las escrituras

4.5. La santidad

4.6. El amor
Epílogo
Dos sermones de Pascua de Resurrección

Prefacio
¿Qué es lo que estamos esperando? ¿Y qué vamos a hacer al respecto mientras tanto?
Estas son las dos preguntas que le dan su configuración a este libro. En primer lugar, esta obra tiene que ver con la esperanza futura última que se establece en el Evangelio cristiano: nos referimos, claro está, a la esperanza de «salvación», de «resurrección», de «vida eterna» y de toda una serie de elementos similares con los que se relaciona. En segundo lugar, tiene que ver con el descubrimiento de la esperanza dentro del ámbito de nuestro mundo actual: a este respecto, hablamos sobre las maneras prácticas en las que la esperanza puede cobrar vida entre aquellas comunidades y personas que carecen de ella, por cualquiera que sea la razón. También tiene que ver con las formas en las que al adoptar la primera, se puede y debe generar y mantener la segunda.
Según mi experiencia, la mayoría de las personas, entre las que se cuentan muchos cristianos, no sabe verdaderamente lo que es la esperanza cristiana fundamental. La mayoría de las personas y, una vez más es lamentable que tenga que incluir en este grupo a muchos cristianos, no espera que los cristianos tengan mucho que decir sobre la esperanza en el mundo actual. La mayoría de las personas no imagina que estos dos elementos pudieran tener relación alguna entre sí. Es por ello que el título de este libro, la esperanza, los toma por sorpresa y esto sucede a varios niveles al mismo tiempo.
Sin lugar a dudas, en un primer nivel, el libro habla acerca de la muerte y de lo que puede decirse, desde la perspectiva cristiana, sobre lo que hay más allá de la misma. No voy a intentar hacer un análisis físico o médico de la muerte y del periodo posterior a la misma, así como tampoco daré una descripción psicológica o antropológica de las creencias y prácticas que tienen que ver con la muerte. Hay un número muy considerable de libros que se dedica a esos temas. Más bien voy a abordar este tema desde mi perspectiva de teólogo bíblico y recurriré a otras disciplinas, aunque siempre con la esperanza de brindar aquello de lo que, por lo general, éstas carecen y que es precisamente lo que yo creo que la Iglesia necesita recuperar: la respuesta cristiana clásica a la pregunta por la muerte y lo que hay después de la muerte. Es más, cabe mencionar que en estos tiempos no es tanto que no se crea en la vida después de la muerte (a nivel, tanto del mundo, como de la Iglesia), sino que no se conoce mayormente nada al respecto. Una encuesta sobre las creencias acerca de la vida después de la muerte que se llevó a cabo en Gran Bretaña en el año de 1995, permitió llegar a la conclusión de que, aunque muchas personas creían en algún tipo de vida que continuaba, sólo una muy pequeña minoría, incluso de practicantes, creía en la posición cristiana clásica, que es la de la resurrección corporal futura. En realidad, me he podido percatar con mucha frecuencia de que aunque los cristianos siguen utilizando el término resurrección, lo emplean como sinónimo de vida después de la muerte o de ir al cielo y que, cuando se ven contra la pared, a menudo comparten la confusión que tiene el mundo en general sobre este tema. De igual manera, algunos escritores cristianos que abordan el tema de la muerte logran marginar la resurrección y todo lo que ésta implica, sin suponer aparentemente que se está ocasionando algún daño con esta actitud.
A modo de descargo de responsabilidad, debería decir que a un nivel yo no estoy muy bien calificado para hablar acerca del tema de la muerte. Ahora que tengo más de cincuenta años, soy la persona de edad madura menos afligida que conozco. Mi vida ha estado excepcionalmente libre de tragedias. Casi todos mis parientes han vivido hasta una edad muy avanzada. En realidad, estoy tanto sorprendido como agradecido por ello y es algo que valoro. Lo que es más, aunque fui ordenado hace más de treinta años, el hecho de que mi vocación me haya llevado a las universidades, por un lado, y por el otro, al trabajo diocesano y de catedral, significa que he tenido que oficiar muchos menos entierros y funerales que la mayoría de los miembros del clero en sus dos o tres primeros años. Son muy pocas las veces en las que he tenido que acudir al lecho de muerte de una persona. Sin embargo, a pesar de que es evidente que es mucho lo que tengo que aprender de primera mano sobre estos aspectos, creo que esto lo he podido compensar ampliamente metiéndome de lleno, de una manera que muchos no hubieran tenido la oportunidad de hacer, en la vida y en el pensamiento de los primeros cristianos. Y cuando lo he hecho, por lo general, siempre me ha quedado la sensación de que no se trata de que no se haya creído lo que ellos manifestaron, sino que simplemente no se les ha escuchado en lo absoluto. El propósito que persigo en este libro es el de volver a sacar estas creencias a la luz y espero también que cobren vida puesto que estoy convencido de que ofrecerán no solo la mejor esperanza, sino la esperanza mejor fundada que podamos tener. Es más, será una esperanza que se una, tal como lo he mencionado con anterioridad, a la esperanza que deberá activar nuestro trabajo por el reino de Dios en el mundo actual.
Luego, en un segundo nivel, el libro tiene que ver con las bases de la teología práctica e, incluso, política, de lo que podríamos llamar la reflexión cristiana sobre la naturaleza de la tarea que enfrentamos cuando intentamos que el reino de Dios se haga sentir verdaderamente en el mundo real y doloroso en el que vivimos. (Me disculpo con los bibliotecarios en caso de que esto les cause alguna confusión: ¿se deberá catalogar este libro bajo la categoría de «escatología» (muerte, juicio, cielo o infierno) o de «política»?). También a este respecto se hace necesario otro descargo de responsabilidad. Debo aclarar que no soy político, aunque también es cierto que en virtud de mi cargo, soy miembro de la Cámara de los Lores de Gran Bretaña. Pero nunca me he inscrito como candidato a ninguna elección para desempeñar un cargo público, así como tampoco nunca he hecho campaña de forma activa en términos del trabajo arduo de hablar, escribir, marchar, tratar de convencer a nadie a favor de las múltiples causas en las que creo. He tratado de arrimar el hombro y dar mi contribución por otros medios. Sin embargo, en mí se ha ido fortaleciendo la convicción de que los temas en los que me he especializado y las situaciones pastorales que ahora enfrento todos los días en una diócesis, muchos de los cuales han sufrido de manera muy aguda las crueldades sin rostro de los últimos cincuenta años, nos imponen el reto de pensar y analizar, cuando menos, lo que todo cristiano debería estar diciendo y pensando sobre el redescubrimiento de la esperanza en el mundo público y político. En vista de que yo lo he hecho, he podido descubrir que estos dos temas sobre la esperanza se han unido una y otra vez. Les manifiesto libremente a cualesquiera críticos potenciales que puedan surgir estos dos descargos de responsabilidad: mi inexperiencia, tanto en el sufrimiento, como en la política, y espero que a pesar de ello, la sorpresa de la esperanza cristiana en ambas áreas les brinde una energía renovada y refresque a aquellos que trabajan, más de lo que yo he logrado hacerlo, tanto con los moribundos, como con los desposeídos.
En este punto, quisiera formular un comentario más a modo de introducción general. Tal como lo podrá afirmar cualquier economista o político, todas las palabras que se digan acerca del futuro son simplemente una serie de señales que apuntan hacia una niebla densa. Como dice San Pablo cuando analiza detenidamente lo que el futuro nos depara: es como mirar a través de un vidrio que sólo nos permite ver perfiles borrosos. Todo nuestro lenguaje sobre los estados futuros del mundo y de nosotros mismos consiste en imágenes complejas que pudieran o no corresponder muy bien a la realidad última. Sin embargo, eso no quiere decir que sea la adivinanza de alguien o que todas las opiniones tengan el mismo peso. ¿Y si suponemos que alguien sale de esa niebla espesa para darnos la bienvenida? Sin lugar a dudas, ésa es la creencia central, básica, aunque a menudo ignorada, del cristianismo.
Este libro surgió como resultado de una serie de charlas que di originalmente en la Abadía de Westminster durante el año de 2001. Algunas de éstas se reformularon y pasaron a constituir la Serie de Conferencias Stephenson que ofrecí en Sheffield en la primavera de 2003. Otras las di en la Iglesia La Santísima Trinidad de Guildford, también en la primavera de 2003. Algunas de ellas las volvía reformular para que formaran parte de la Serie de Charlas Didsbury que me invitaron a dar en el Colegio Nazareno de Manchester, en octubre de 2005. Otras forman parte de mis días de estudios religiosos en la Iglesia St. Andrew de Charleston, Carolina del Sur, en enero de 2005; en la Iglesia Episcopal St. Mark de Jacksonville, Florida, en marzo de 2005; en City Church, Newcastle, también en el año 2005; en el Centro Teológico St. Mark de Canberra, en abril de 2006; en un consorcio de iglesias de Roanoke, Virginia, en marzo de 2007 y (bajo el esquema de la Charla Faraday) en Cambridge, en el mes de mayo de 2007. Manifiesto mi más profundo agradecimiento a todos aquellos que me invitaron, me dieron la bienvenida y me recibieron en sus instalaciones en todas esas ocasiones y, muy especialmente, a quienes me formularon preguntas y me hicieron comentarios agudos que me ayudaron a pensar más aún en todos estos temas y a evitar, cuando menos, algunos errores. Le estoy también muy agradecido al sitio de la Web «Ship of Fools» por encargarme el artículo que aparece al final del libro y por haberme dado el permiso para incluir en esta obra la versión ligeramente corregida del mismo. También quisiera expresarle mi agradecimiento al Dr. Nick Perrin, quien durante el tiempo que estuvo en la Abadía de Westminster, leyó y corrigió el texto tal como estaba entonces y me hizo una serie de sugerencias muy útiles. Y mi agradecimiento, como siempre y en todo momento, a Simon Kingston, Joanna Moriarty y al personal incansable y atento a todos los detalles de SPCK.
N.T. Wright

Castillo Auckland
Primera parte
Preparando la escena

Capítulo 1
¿Listos para salir y sin ningún lugar adónde ir?

Introducción
Hay cinco imágenes que preparan la escena para las dos preguntas que aborda este libro.
En otoño de 1997, Gran Bretaña se vio sumida en una semana de luto nacional por la muerte de la princesa Diana, la cual llegó a su clímax con el extraordinario funeral cuyo servicio religioso se celebró en la Abadía de Westminster. La gente envió flores desde todos los rincones del país y de muchas partes del mundo, al igual que osos de peluche y otros objetos que fueron a parar a las iglesias, catedrales y alcaldías del país. También fue mucha la gente que hizo colas durante horas para escribir mensajes conmovedores aunque, a veces, de mal gusto, en los libros de pésame. Una manifestación similar de dolor público, aunque quizás de menores proporciones, fue la que se evidenció luego de los incidentes del desastre de Hillsborough que tuvo lugar en 1989 (cuando muchos aficionados al fútbol murieron aplastados), del mismo modo que después de las bombas que se detonaron en la ciudad de Oklahoma en el año de 1995. Todos estos acontecimientos demuestran una clara confusión de creencias, la sensación de que lo que ha sucedido no es posible, los sentimientos y las supersticiones sobre el destino de los muertos. Las reacciones de las iglesias demostraron cuanto terreno habíamos recorrido con respecto a lo que una vez habían sido las enseñanzas cristianas tradicionales sobre este tema.
La segunda escena fue una farsa, aunque tuvo su trasfondo serio. A principios de 1999, me acababa de despertar una mañana cuando, al escuchar la radio, me enteré de que habían destituido a una figura pública por sus declaraciones heréticas acerca de la vida después de la muerte. Escuché con mucha atención. ¿Se trataba quizás de un obispo o de un teólogo radical, quien por fin habría quedado expuesto a la luz pública? Pronto tuve la respuesta. Increíble, pero cierto. No, de quien se trataba era de un entrenador de futbol. Hablaban de Glenn Hoddle, el director técnico de la selección de Inglaterra que declaraba su creencia en una versión particular de la reencarnación, de conformidad con la cual los pecados que se cometen en una vida son castigados con las discapacidades que sufre la persona en su próxima vida. Los grupos que representan a las personas discapacitadas fueron los primeros en manifestar sus objeciones más rotundas y la federación terminó por despedir a Hoddle. Sin embargo, en esa época se comentaba que la reencarnación había adquirido mucha aceptación en nuestra sociedad y que sería muy extraño que los hindúes (muchos de los cuales tienen creencias similares) terminaran proscritos automáticamente de la posibilidad de ser entrenadores de la selección nacional de algún deporte de su país.
La tercera escena no ocupa un momento especifico del tiempo, sino que representa la “instantánea» de una acción que les será muy familiar a todos. Veinte o treinta personas llegan en automóviles que se desplazan lentamente y se detienen ante un edificio viejo y destartalado ubicado en las afueras de la ciudad. Un diminuto órgano electrónico toca música de supermercado. Se mencionan unas cuantas palabras, se presiona un botón, se aprecia la mirada solemne del encargado de la funeraria y todos vuelven a casa tranquilamente para tomar una taza de té y preguntarse de qué se trató todo eso que acaban de experimentar. La cremación, aunque era una práctica casi desconocida en el Reino Unido hace cien años, ahora es el método preferido de la gran mayoría. Bueno, eso es lo que se supone o lo es en realidad. Esta práctica refleja y genera cambios de actitud sutiles, aunque de amplio alcance, con respecto a la muerte y a cualquier esperanza que haya más allá de la misma.
Corría el año 2001 cuando escribí inicialmente estas descripciones de apertura del libro. Sin embargo, es necesario recordar que, a fines de ese mismo año, se había evidenciado un cuarto acontecimiento, uno que es ampliamente conocido, aunque también demasiado terrible como para describirlo o abordarlo con mayor grado de detalle. Se trata de los eventos que tuvieron lugar el 11 de septiembre de ese año y que todos llevamos grabados en la memoria global. Todos recordamos a los miles de seres que murieron y a las decenas de miles de familiares y amigos que quedaron desconsolados por la partida de sus seres queridos, a quienes tenemos presentes en nuestro amor y oraciones. No es mucho más lo que quisiera decir acerca de este día, aunque cabe afirmar que a muchas personas este acontecimiento les trajo a la mente, de una manera muy clara y aguda, por cierto, las preguntas que este libro tiene como propósito abordar. Este también fue el caso, aunque de diferentes maneras, de los tres grandes «desastres naturales» de 2004 y de 2005: el tsunami asiático de 2004 que tuvo lugar el día en que se celebra Boxing Day; los huracanes de la costa del Golfo de Estados Unidos del mes de agosto de 2005 que ocasionaron especialmente la devastación de Nueva Orleans, la cual ha tardado tanto en ser superada; y el terrible terremoto que sacudió a Pakistán y Cachemira en octubre de ese mismo año.
La quinta escena es un cementerio, aunque de corte diferente. Si uno visita la aldea histórica de Easington en el Condado de Durham y camina colina abajo hacia el mar, llegará hasta el pueblo que lleva por nombre Easington Colliery. El pueblo sigue teniendo ese nombre, aunque ya no opere en las afueras ninguna mina de carbón. Donde una vez se podía apreciar la boca de esta mina en la que trabajaban miles de personas, produciendo cada vez más carbón con mayor eficiencia y rapidez que en la mayoría de las otras minas, ahora no hay más que un terreno uniforme de grama sin ningún agujero. Es algo que nuestros ojos no pueden captar pero que está cargado de dolor y pesar. En toda la zona y a pesar de los esfuerzos inmensos que han hecho los líderes locales, se siguen apreciando los indicios de esa plaga postindustrial con todas las secuelas humanas de los juegos de poder de otras gentes. Y esa visión se mantiene en mi mente como un símbolo o, más bien, como una pregunta simbólica. ¿Qué esperanza les queda a las comunidades que han perdido su camino, que han perdido su forma de vida, su coherencia, su esperanza?
Este libro plantea dos preguntas que a menudo se abordan por separado, pero que yo creo con toda firmeza que deben ir unidas estrechamente. La primera es: ¿cuál es la esperanza cristiana fundamental? La segunda es: ¿qué esperanza hay de cambio, rescate, transformación y nuevas posibilidades dentro de nuestro mundo actual? Y la respuesta principal puede plantearse de la manera siguiente. Siempre y cuando veamos la «esperanza cristiana» en términos de «ir al cielo», de una «salvación» que básicamente está apartada de este mundo, terminará por parecer que las dos preguntas no están relacionadas. En realidad, algunos insisten con bastante fuerza en que el hecho de incluso formular la segunda pregunta implica ignorar la primera, la cual es verdaderamente la más importante. Esto, a su vez, hace que otros se molesten cuando la gente habla de resurrección, como si se pudiera apartar la atención de los aspectos que son verdaderamente importantes y los más urgentes en la preocupación social contemporánea. Ahora bien, si la «esperanza cristiana» es una esperanza por la nueva creación de Dios, por los «nuevos cielos y la nueva tierra» y si esta esperanza ya se ha hecho vida en Jesús de Nazaret, entonces no existe razón alguna por la que no podamos unir estas dos preguntas. Más aún, si lo hacemos nos percataremos de que, al responder la primera pregunta, también se le estará dando respuesta a la segunda. Me parece que en el caso de muchos, y por supuesto entre ellos se cuentan los cristianos, esto los toma por verdadera sorpresa: en el sentido de que la esperanza cristiana es sorprendentemente diferente a lo que habían supuesto y también en el sentido de que esta misma esperanza ofrece una base coherente y vigorizante para trabajar en el mundo actual.
En este primer capítulo, quiero preparar la escena y abrir el ámbito de las preguntas para analizar la confusión contemporánea que se aprecia en nuestro mundo sobre la vida después de la muerte, y me refiero en este caso al mundo más amplio que va más allá de las iglesias. A continuación, ya en el segundo capítulo, me dedicaré a analizar las iglesias en sí mismas, en las que me parece que hay una incertidumbre muy similar y que, por ende, es fuente de mucha preocupación. De esta manera, se resaltarán las preguntas clave que se tienen que formular y se podrá sugerir un marco de referencia sobre cómo vamos a hacer para responderlas.
Me he ido convenciendo poco a poco de que la mayoría de las personas, entre las que incluyo a muchos cristianos practicantes, están confundidas y equivocadas respecto a este tema y que esta confusión genera errores bastante graves en nuestra manera de pensar y en nuestra manera de rezar, al igual que en nuestras liturgias, en nuestra práctica y, quizás, en nuestra misión en el mundo. Lo que es más, tal como lo indican los ejemplos que presento al principio de este capítulo, el mundo no cristiano, del que no excluyo al mundo occidental contemporáneo, no solo está confundido sobre lo que debe creer por su propia cuenta, sino que también está confundido con respecto a lo que se supone que deben creer los cristianos. A menudo, la gente supone que los cristianos están comprometidos simplemente con una creencia en la «vida después de la muerte» en los términos más generales y que no tienen idea alguna sobre las nociones más específicas de la resurrección, el juicio, la segunda venida de Jesucristo y otros temas similares, así como en torno a la manera en la que todos encajan para tener sentido global. Tienen menor idea aún sobre la forma en la que todo esto se relaciona con las preocupaciones urgentes del mundo real que hoy enfrentamos.
No se trata, tampoco, de dedicarnos simplemente a clasificar en qué debemos creer cuando se trata de alguien que ha muerto, ni de ponernos a deliberar sobre el destino probable que cada uno tendrá luego de la muerte, por importantes que sean estos dos aspectos, como en realidad lo son. Más bien, de lo que se trata es de pensar con claridad acerca de Dios y sus propósitos con respecto al cosmos y sobre lo que Dios está haciendo precisamente ya desde ahora como parte de esos propósitos. Desde Platón hasta Hegel y aquellos que los siguieron, algunos de los filósofos más importantes han declarado que lo que uno piensa acerca de la muerte y de la vida que hay más allá de la muerte, es la clave para pensar con la debida seriedad sobre todo lo demás y que, en realidad, este pensamiento es lo que le da a uno las principales razones y fundamentos para pensar con la debida seriedad sobre cualquier tema o aspecto. Esto es algo con lo que cualquier teólogo cristiano debería estar totalmente de acuerdo.
Por consiguiente, y ya sin seguir hablando en términos generales, dediquémonos ahora a analizar la confusión que existe en torno a este tema en el mundo general, aquel mundo que está más allá de las puertas de nuestra Iglesia.
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