Desde mediados del XIX hasta aproximadamente 1940






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fecha de publicación02.07.2015
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NARRATIVA HISPANOAMERICANA
La narrativa hispanoamericana esperará algunos decenios para acometer una renovación que, una vez llevada a cabo, revolucionará el género con hallazgos impensables. Así, podemos distinguir las siguientes etapas con los autores más representativos:

Desde mediados del XIX hasta aproximadamente 1940:

  1. Realismo de corte decimonónico europeo: Rómulo Gallegos.

  2. Novela de la revolución, Novela regionalista, Novela indigenista.

El Realismo, generalmente costumbrista. En Hispanoamérica reviste algunas características que lo hacen distinto al europeo, especialmente en lo que hace a los temas. Así, los personajes se mueven en medio de una naturaleza fogosa y exultante, son víctimas de dictadores o de una oligarquía opresiva y dominante o bien son marginados por su condición indígena.

Rómulo Gallegos (Venezuela, 1884-1969) con Doña Bárbara (1929), novela que recoge la dura vida de los llanos venezolanos, y que contiene todos los elementos comentados anteriormente.

Desde 1940 hasta 1960: El realismo mágico o lo real maravilloso

Se observan cambios importantes en la novelística hispanoamericana, que afectarán no tanto a un cambio de temática como a un tratamiento peculiar de ésta. Lo fantástico se entremezcla con los elementos reales, se considera que lo específicamente americano sólo tiene explicación desde una consideración fantástica, que roza, cuando no entra de lleno, en lo mágico y maravilloso. No desaparecen, en este sentido, las preocupaciones sociales, la ambientación naturalista ni las peculiaridades étnicas del territorio, sino que se amplía el territorio narrativo con la incorporación de lo urbano, la Naturaleza pasa a ser elemento crucial frente al decorado realista y se incorporan técnicas narrativas de vanguardia procedentes de Europa o de hallazgos propios (el desorden en la narración, el monólogo interior, elementos oníricos procedentes del surrealismo o un lenguaje propio y distinto que proporciona un ambiente peculiar a esta nueva novela).

Jorge Luis Borges (Argentina, 1899-1986): vive su adolescencia en Europa, a donde se traslada con su familia. De carácter culturalmente enciclopédico se empapa de vanguardias para crear, con otros escritores, el ultraísmo, que lleva a Argentina en 1921. Después de sus inicios como ensayista y poeta, se revela como un maestro del cuento, que cultivará en adelante casi como género único. A pesar de la brevedad del género, los cuentos de Borges son auténticas obras maestras. Los temas son generalmente intelectuales, y se proponen al lector juegos mentales que tienen como cuestiones fundamentales el tiempo, la identidad del hombre, los libros, el sueño, los límites entre realidad y fantasía, los laberintos, etc. Sólo podemos citar algunos títulos: Ficciones (1944), El Aleph (1949), El informe de Brodie (1970)...

Miguel Ángel Asturias, (Guatemala, 1899-1974) responde también, como Borges, a una formación europea que se traducirá en un riguroso dominio de las técnicas narrativas de principio del siglo XX y, en su caso, a la influencia del esperpento de Valle Inclán. Su obra maestra es El Señor Presidente (1946), en la que desarrolla el tema ya conocido, pero con una estilística y léxico revolucionarios, de las dictaduras americanas. Fue Premio Nobel de Literatura en 1967.

Alejo Carpentier (Cuba, 1904-1980) es también un gran renovador de la novela hispanoamericana del siglo XX. Los pasos perdidos (1953), El acoso (1958) o El siglo de las luces (1962) son algunos de sus títulos en los que coexiste una profunda reflexión sobre la realidad y la identidad de América así como una preocupación social intensísima. Es uno de los principales responsables del nuevo tono, ambiente y estilística de la nueva prosa, y el autor de la definición de esta nueva forma de ver y describir el mundo como lo real maravilloso, reconociendo la incapacidad de lo real para explicar la cotidianeidad americana.

Juan Rulfo (Méjico, 1918-1986), tras la publicación de El llano en llamas (1953), un extraordinario volumen de cuentos, revoluciona las técnicas de la narración con Pedro Páramo (1955). Se trata de la alucinada vuelta a los orígenes de Juan Preciado, hijo de Pedro Páramo -el cacique implacable de Comala, un pueblo imaginario del Jalisco mejicano. El lector asistirá asombrado a un diálogo de muertos que revive la historia mejicana desde el último tercio del XIX hasta los primeros decenios del XX. Ningún autor ha conseguido pasar a la historia de la literatura con tan pocas páginas escritas.

Desde 1960: El boom de la novela hispanoamericana

los escritores de este segundo grupo llevan al extremo la capacidad narrativa (García Márquez), la experimentación y el compromiso político y social (Julio Cortázar) o la reflexión sobre la patria (Vargas Llosa) de un modo que merece ser destacado de forma independiente.

Ernesto Sábato (Argentina, 1911), preocupado especialmente por la angustia del hombre contemporáneo, solo en medio de la multitud pero solidario al fin. Su novelística es ante todo intelectual, reflexiva, aunque no carente de propuestas formales innovadoras. Entre sus obras destacan El túnel (1948), inscrita en la filosofía del absurdo de la posguerra mundial, Sobre héroes y tumbas (1961) o Abaddón el exterminador (1974).

Carlos Fuentes (Méjico, 1928) es un ejemplo de narrador comprometido -como tantos escritores hispanoamericanos- con la historia de su país y en La muerte de Artemio Cruz (1962) reconstruye la historia de uno de los muchos oportunistas surgidos al calor de la revolución mejicana. Abundan también en su obra las referencias a personajes urbanos, una de las características de este último grupo de novelistas.

Julio Cortázar (Argentina, 1914-1984), aunque nacido en Bruselas, desarrolla su actividad literaria e intelectual entre Europa -París sobre todo- y Buenos Aires. Estas dos ciudades son igualmente el espacio vital en el que se mueven los personajes de su novela más significativa, Rayuela (1963). Es una obra revolucionaria en cuanto a la concepción narrativa, que admite literalmente distintas lecturas -depende del orden en que se lean los capítulos del libro-. La ficción recae en la vida cotidiana de personajes urbanos, generalmente asediados por la soledad, angustiados por la falta de comunicación, y ocasionalmente salvados de su fracaso existencial por el amor y la amistad. En títulos posteriores Cortázar ha insistido en las novedades formales y estructurales, como en 62, modelo para armar (1968), El libro de Manuel (1973), etc.
Cortázar es igualmente conocido -y reconocido mundialmente- como un extraordinario narrador breve. Sus cuentos sorprenden enormemente porque parten de lo cotidiano, de lo real, para saltar casi sin transición a situaciones inesperadamente fantásticas pero inequívocamente reales y creíbles, muestra de las múltiples caras de la realidad. Es el caso de Bestiario (1951), Todos los fuegos, el fuego (1966), etc. Tampoco elude lo fantástico, pero cercano y reconocible:

 Mario Vargas Llosa (Perú, 1936) es otro de los grandes renovadores de la novela hispanoamericana. Su producción novelística, variada y numerosa, da sobradas muestras de la temática y técnicas presentes en otros novelistas, a lo que habría que sumar distintos aciertos propios. Su obra maestra es Conversación en La Catedral (1969), en la que analiza otra de las numerosas dictaduras militares que en el siglo XX han desangrado los jóvenes países hispanoamericanos. Vargas Llosa sorprendió a la crítica y a los lectores con su primera novela, La ciudad y los perros (1962), un complejo relato muy exigente técnicamente y que recoge el habla coloquial limeña a partir de la vida diaria en un colegio militar. Posteriormente publicó otras novelas, algunas de ellas de tono más divertido y lúdico, como Pantaleón y las visitadoras (1973) o La tía Julia y el escribidor (1977). El tema de las dictaduras militares lo retomó en La fiesta del chivo (2000), un ejemplo de la pervivencia del tema en la novelística hispanoamericana.

Gabriel García Márquez (Colombia, 1928) es, ante todo, un gran narrador y contador de historias, tal y como él mismo ha dicho tantas veces. Se inició como periodista en distintos diarios colombianos, y no ha dejado de desempeñar este oficio junto con el de escritor, remarcando que la tarea de escribir es, junto a una íntima necesidad, un trabajo técnico riguroso que parte de la disciplina y el esfuerzo por encontrar nuevas fórmulas y aprender constantemente de los otros y de uno mismo. Nadie como García Márquez resume las cualidades de la narrativa hispanoamericana: imaginación poderosa, una gran habilidad narrativa, hallazgos técnicos sorprendentes, cultivo de un ambiente mágico y sobrenatural -que debe mucho a la cultura caribeña- pero profundamente real, literaturización de personajes históricos del Continente, el tratamiento de la naturaleza... Estamos, en fin, ante uno de los mejores narradores y novelistas de la novela en castellano de toda nuestra historia literaria. Se le concede el Premio Nobel en 1982. Sus aportaciones a los Congresos de la Lengua de las distintas Academias han amparado propuestas ortográficas revolucionarias y llenas de poesía y sentido común a partes iguales, pues ni siquiera en este tipo de foros parece poder abandonar el colombiano la calidad y calidez de su prosa.
La obra narrativa de García Márquez arranca con La hojarasca (1955) y con un relato periodístico, Relato de un náufrago (1955), seguidas de otras obras, como El coronel no tiene quien le escriba (1958), que la crítica ha solido ver como preámbulos de su gran obra maestra, Cien años de soledad (1967). La obra, ambientada en el pueblo imaginario de Macondo, que ya había aparecido en anteriores relatos, viene a ser una enorme y fantasiosa alegoría de los procesos históricos americanos, pues el pueblo fantástico atraviesa por algunas de las fases históricas más características de los países hispanoamericanos: fundación, colonización, guerra civil, dependencia del gran vecino del norte y, finalmente, decadencia. Su famosísimo comienzo da ya una idea al lector de lo que va a encontrarse en la obra, así como del ambiente mágico y alucinado que rodea a sus personajes:

-El amor en los tiempos del cólera (1985), El general en su laberinto (1989)-, así como la narración breve con algún ejemplo imperecedero, como la Crónica de una muerte anunciada (1981), cuya calidad técnica y léxica se ve potenciada por una estructura magistral y una acción que, aunque desvelada desde un principio, no pierde en nada su enorme intriga e interés:

Finalmente, García Márquez es también un celebrado cuentista, género que ha practicado con éxito -Los funerales de Mamá Grande (1962) o Doce cuentos peregrinos (1992)- siempre sin abandonar su estilo, su ambiente caribe o los inolvidables personajes que parecen debatirse contra destinos ya escritos y de los que intentan escapar amparándose en el amor y la solidaridad.

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