Editorial Anagrama, Barcelona, 1971






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2. La distinción de fuerzas350

 

Al obedecer, las fuerzas inferiores no dejan de ser fuerzas351, distintas de las que mandan352. Obedecer es una cualidad de la fuerza como tal, y se relaciona con el poder igual que mandar353: «Ninguna fuerza renuncia a su propio poder.354 De la misma manera que el mando supone una concesión, se admite que la fuerza absoluta del adversario no es vencida, asimilada, disuelta. Obedecer y mandar son las dos formas de un torneo»355. Las fuerzas inferiores se definen como reactivas: no pierden nada de su fuerza, de su cantidad de fuerza, la ejercen asegurando los mecanismos y las finalidades, ocupándose de las condiciones de vida y de las funciones, las tareas de conservación, de adaptación y de utilidad356. Este es el punto de partida del concepto de reacción, cuya importancia en Nietzsche veremos más adelante: los acoplamientos mecánicos y utilitarios, las regulaciones que expresan todo el poder de las fuerzas inferiores y dominadas. Pues debemos constatar el gusto inmoderado del pensamiento moderno por este aspecto reactivo de las fuerzas. [62] Se cree siempre haber hecho bastante cuando se comprende el organismo a partir de fuerzas reactivas. La naturaleza de las fuerzas reactivas y su agitación nos fascinan. De este modo, en la teoría de la vida, mecanismo y finalidad se oponen; pero son dos interpretaciones que sirven únicamente para las propias fuerzas reactivas357. Es cierto que al menos comprendemos el organismo a partir de fuerzas. Pero también es cierto que no podemos considerar las fuerzas reactivas como lo que son, es decir como fuerzas y no como mecanismos o finalidades, más que relacionándolas con aquélla que las domina y que no es reactiva. «No se quiere ver la preeminencia fundamental de unas fuerzas de comportamiento espontáneo, agresivo, conquistador, usurpador, transformador y que proporcionan incesantemente nuevas direcciones358, estando la adaptación inicialmente sometida a su influencia; de este modo se niega la soberanía de las funciones más nobles del organismo»359.

Indudablemente caracterizar a estas fuerzas activas es más difícil. Ya que, por naturaleza, escapan a la conciencia360: «La gran actividad principal es inconsciente»361. La conciencia expresa solamente la relación de algunas fuerzas reactivas con las fuerzas activas que las dominan. La conciencia es esencialmente reactiva362; por eso no sabemos363 lo que puede un cuerpo364, de qué actividad es capaz. Y lo que decimos de la conciencia debemos también decirlo de la memoria y del hábito365. Aún más: debemos decirlo incluso de la nutrición, de la reproducción, de la conservación, de la adaptación. Son funciones reactivas, especializaciones reactivas, expresiones de tales o tales fuerzas reactivas366. Es inevitable que la conciencia vea al organismo desde su punto de vista y lo entienda a su manera, es decir, de manera reactiva. A veces367 la ciencia sigue los caminos de la conciencia, siempre apoyándose en otras fuerzas reactivas: el organismo siempre visto por el lado pequeño, por el lado de sus reacciones. Según Nietzsche el problema del organismo no tiene que debatirse entre el mecanismo y el vitalismo. [63] ¿Qué vale el vitalismo mientras cree descubrir lo específico de la vida en las fuerzas reactivas, las mismas que el mecanismo interpreta diversamente? El verdadero problema es el descubrimiento de las fuerzas activas, sin las que las propias reacciones no serían fuerzas368. La actividad de las fuerzas necesariamente inconsciente, esto es lo que hace del cuerpo algo superior a cualquier reacción, y en particular a esta reacción del yo llamada conciencia: «Todo el fenómeno del cuerpo, desde el punto de vista intelectual, es tan superior a nuestra conciencia, a nuestro espíritu, a nuestras maneras conscientes de pensar, de sentir y de querer, como el álgebra es superior a la tabla de multiplicar»369. Las fuerzas activas del cuerpo, he aquí lo que hace del cuerpo un «sí mismo»370 y lo que define a este «sí mismo» como superior y sorprendente: «Un ser más poderoso, un sabio desconocido - que tiene por nombre "sí mismo". Vive en tu cuerpo, es tu cuerpo»371. La verdadera ciencia es la de la actividad, pero la ciencia de la actividad es también la ciencia del inconsciente necesario. La idea de que la ciencia debe ir al mismo paso y en la misma dirección que la conciencia, es absurda. Se percibe en esta idea la presencia de la moral. De hecho sólo hay ciencia donde no hay conciencia y no puede haberla372.

«¿Qué es lo que es activo? Tender373 al poder»374. Apropiarse, apoderarse, subyugar, dominar, son los rasgos de la fuerza activa. Apropiarse quiere decir imponer formas, crear formas explotando las circunstancias375. Nietzsche critica a Darwin porque interpreta la evolución, e incluso el azar en la evolución, de una manera completamente reactiva. [64] Admira a Lamarck porque Lamarck presintió la existencia de una fuerza plástica verdaderamente activa, inicial en relación a las adaptaciones: una fuerza de metamorfosis. Se halla en Nietzsche como en la energética, donde se llama «noble» a la energía capaz de transformarse. El poder de transformación, el poder dionisíaco, es la primera definición de la actividad. Pero cada vez que señalamos así la nobleza de la acción y su superioridad frente a la reacción, no debemos olvidar que la reacción designa un tipo376 de fuerzas del mismo modo que la acción377: sencillamente, las reacciones no pueden captarse, ni comprenderse científicamente como fuerzas, si no las relacionamos con las fuerzas superiores que son precisamente de otro tipo. Reactivo es una cualidad original de la fuerza, pero que sólo puede ser interpretada como tal en relación con lo activo, a partir de lo activo378.
3. Cantidad y cualidad379

 

Las fuerzas poseen una cantidad, pero tienen también la cualidad que corresponde a su diferencia de cantidad: activo y reactivo son las cualidades de las fuerzas. Presentimos que el problema de la medida de las fuerzas es delicado, porque pone en juego el arte de las interpretaciones cualitativas. El problema se plantea así: 1º Nietzsche creyó siempre que las fuerzas eran cuantitativas y debían medirse cuantitativamente. «Nuestro conocimiento se ha hecho científico, dice, en la medida en que puede utilizar el número y la medida. Habría que intentar ver si no se podría edificar un orden científico de valores según una escala numeral y cuantitativa de la fuerza. Todos los demás valores son prejuicios, ingenuidades, malentendidos. En cualquier sentido son reducibles a esta escala numeral y cuantitativa»380381; 2º Sin embargo, Nietzsche no dejó de creer que una determinación puramente cuantitativa de las fuerzas resultaba a la vez abstracta, incompleta, ambigua. [65] El arte de medir las fuerzas hace intervenir toda una interpretación y una evaluación de las cualidades: «La concepción mecanicista no quiere admitir más que cantidades, pero la fuerza reside en la cualidad; el mecanicismo sólo puede describir los fenómenos, no aclararlos»382.383 «¿No sería posible que todas las cantidades fueran síntomas de cualidad?... Querer reducir todas las cualidades a cantidades es una locura»384.

¿Se contradicen ambos textos? Si una fuerza no es separable de su cantidad, tampoco lo es de las restantes fuerzas con las que se halla relacionada. La cantidad en sí no es, pues, separable de la diferencia de cantidad385. La diferencia de cantidad es la esencia de la fuerza, la relación de la fuerza con la fuerza386. Soñar en dos fuerzas iguales387, incluso si se les concede una oposición de sentido, es un sueño aproximativo y grosero, sueño estadístico en el que cae el viviente pero que la química disipa388. Y cada vez que Nietzsche critica el concepto de cantidad debemos entender: la cantidad como concepto abstracto tiende siempre, y esencialmente, a una identificación, a una igualdad de la unidad que la compone, a una anulación de la diferencia en esta unidad; lo que Nietzsche reprocha a cualquier determinación puramente cuantitativa de las fuerzas es que de este modo las diferencias de cantidad se anulan, se igualan o se compensan. Inversamente, cada vez que critica la cualidad debemos entender: las cualidades no son nada, salvo la diferencia de cantidad a la que corresponden en dos fuerzas al menos supuestas en relación. En resumen, lo que le interesa a Nietzsche no es nunca la irreductibilidad de la cantidad a la calidad; o mejor dicho, esto le interesa sólo secundariamente y como síntoma. Lo que le interesa principalmente, desde el punto de vista de la propia cantidad es la irreductibilidad de la diferencia de cantidad a la igualdad. [66] La cualidad se distingue de la cantidad, pero sólo porque es lo que hay de inigualable en la cantidad, de no anulable en la diferencia de cantidad. Así pues, la diferencia de cantidad es, en un cierto sentido, el elemento irreducible de la cantidad. Y en otro sentido el elemento irreducible a la propia cantidad389. La cualidad no es más que la diferencia de cantidad y le corresponde en cada fuerza en relación. «No podemos evitar apreciar las simples diferencias de cantidad como algo absolutamente diferente de la cantidad, es decir como cualidades que no son ya reducibles unas a otras»390. Y lo que es aún antropomórfico en este texto debe ser corregido por el principio nietzscheano, según el cual hay una subjetividad del universo que, precisamente ya no es antropomórfica sino cósmica391. «Querer reducir todas las cualidades a cantidades es una locura...».

Con el azar afirmamos la relación de todas las fuerzas. E indudablemente, afirmamos todo el azar de una sola vez en el pensamiento del eterno retorno. Pero todas las fuerzas no entran en relación a la vez, cada una por su cuenta. Su poder respectivo, efectivamente, es ocupado en la relación por un pequeño número de fuerzas. El azar es lo contrario a un continuum392. Los encuentros entre fuerzas de tal y tal cantidad son pues las partes concretas del azar, las partes afirmativas del azar, como tales extrañas a cualquier ley: los miembros de Dionysos. Y es en este encuentro donde cada fuerza recibe la cualidad que corresponde a su cantidad, es decir la afección que llena efectivamente su poder. Nietzsche puede entonces decir, en un texto oscuro, que el universo supone «una génesis absoluta de cualidades arbitrarias», pero que la propia génesis de las cualidades supone una génesis (relativa) de las cantidades393. El que ambas génesis sean inseparables significa que no podemos calcular las fuerzas abstractamente; en cada caso debemos valorar concretamente su respectiva cualidad y el matiz de esta cualidad.394

 

4. Nietzsche y la ciencia

 

[67] El problema de las relaciones de Nietzsche con la ciencia ha sido mal planteado. Se actúa como si estas relaciones dependiesen de la teoría del eterno retorno, como si Nietzsche se interesase por la ciencia (y aun así vagamente) cuando le favorecía el eterno retorno, y se desinteresase de ella cuando se le oponía. Y no es así; el origen de la posición crítica de Nietzsche en relación a la ciencia debe buscarse en una dirección completamente opuesta, aunque esta dirección nos abra un punto de vista sobre el eterno retorno. Es cierto que Nietzsche posee poca competencia y poco amor por la ciencia. Pero lo que le aparta de la ciencia es una tendencia, una manera de pensar. Con razón o sin ella, Nietzsche cree que la ciencia, cuando afronta la cantidad, tiende siempre a igualar las cantidades, a compensar las desigualdades. Nietzsche, crítico de la ciencia, jamás invoca los derechos de la cualidad frente a la cantidad; invoca los derechos de la diferencia de cantidad contra la igualdad, los derechos de la desigualdad contra la igualdad, los derechos de la desigualdad contra la igualdad de las candad de las cantidades. Nietzsche concibe una «escala numeral y cuantitativa», cuyas divisiones, sin embargo, no son múltiplos o divisores unas de otras. Esto es precisamente lo que denuncia en la ciencia: la manía científica de buscar compensaciones, el utilitarismo y el igualitarismo propiamente científicos395. Por eso toda su crítica está basada en tres planos: contra la identidad lógica, contra la igualdad matemática, contra el equilibrio físico. Contra las tres formas de lo indiferenciado396. Según Nietzsche, es inevitable que la ciencia falle y comprometa la verdadera teoría de la fuerza.

[68] ¿Qué significa esta tendencia a reducir las diferencias de cantidad? En primer lugar, expresa la forma en que la ciencia participa del nihilismo del pensamiento moderno. El esfuerzo para negar las diferencias forma parte de esta empresa más general consistente en negar la vida, en depreciar la existencia, en prometerle una muerte (calorífica o de otro tipo), donde el universo se abisma en lo indiferenciado. Lo que Nietzsche reprocha a los conceptos físicos de materia, pesadez y calor, es el ser también los factores de un igualamiento de cantidades, los principios de una «adiaphoria». En este sentido, Nietzsche demuestra que la ciencia pertenece al ideal ascético y le sirve a su manera397. Pero también nosotros debemos buscar cuál es el instrumento de este pensamiento nihilista. La respuesta es: la ciencia, por vocación, entiende los fenómenos a partir de las fuerzas reactivas y los interpreta desde este punto de vista. La física es reactiva, como lo es también la biología; siempre las cosas vistas desde el lado pequeño, desde el lado de las reacciones. El instrumento del pensamiento nihilista es el triunfo de las fuerzas reactivas. Y es también el principio de las manifestaciones del nihilismo: la física reactiva es una física del resentimiento, al igual que la biología reactiva, es una biología del resentimiento. Pero, porqué es precisamente la única consideración de las fuerzas reactivas la que conduce a negar la diferencia en la fuerza, de qué manera actúa como principio del resentimiento, no lo sabemos todavía.

Ocurre que la ciencia, según el punto de vista en que se coloca, afirma o niega el eterno retorno. Pero la afirmación mecanicista del eterno retorno y su negación termodinámica tienen algo en común: se trata de la conservación de la energía, siempre interpretada de tal manera que las cantidades de energía no sólo tienen una suma constante, sino que anulan sus diferencias. En ambos casos se pasa de un principio de finitud (constancia de una suma) a un principio nihilista (anulación de las diferencias de cantidades cuya suma es constante). La idea mecanicista afirma el eterno retorno, pero suponiendo que las diferencias de cantidad se compensan o se anulan entre el estado inicial y el estado final de un sistema reversible. [69] El estado final es idéntico al estado inicial que se supone indiferenciado en relación a los intermediarios. La idea termodinámica niega el eterno retorno, pero porque descubre que las diferencias de cantidad se anulan únicamente en el estado final del sistema, en función de las propiedades del calor. Se mantiene la identidad en el estado final indiferenciado, y se la opone a la diferenciación del estado inicial. Ambas concepciones tienen en común la misma hipótesis, la de un estado final o terminal, estado terminal del devenir. Ser o nada, ser o no-ser igualmente indiferenciados: las dos concepciones se reúnen en la idea de un devenir con estado final. «En términos metafísicos, si el devenir podía desembocar en el ser o en la nada...»398. Por eso el mecanicismo no consigue plantear la existencia del eterno retorno, como tampoco la termodinámica consigue negarla. Los dos la rozan, caen en la indiferencia, recaen en lo idéntico.

El eterno retorno, según Nietzsche, no es de ningún modo un pensamiento de lo idéntico, sino un pensamiento sintético, pensamiento de lo absolutamente diferente que reclama un principio nuevo fuera de la ciencia. Este principio es el de la reproducción de lo diverso como tal, el de la repetición de la diferencia: lo contrario de la «adiaphoria»399. Y, en efecto, no entendemos el eterno retorno hasta que no hacemos de él una consecuencia o una aplicación de la identidad. El eterno retorno no es la permanencia del mismo, el estado del equilibrio ni la morada de lo idéntico. En el eterno retorno, no es lo mismo o lo uno que retornan, sino que el propio retorno es lo uno que se dice únicamente de lo diverso y de lo que difiere.

 

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