Para el III encuentro de neúrologos jóvenes aragoneses






descargar 72.97 Kb.
títuloPara el III encuentro de neúrologos jóvenes aragoneses
página2/3
fecha de publicación30.06.2015
tamaño72.97 Kb.
tipoDocumentos
l.exam-10.com > Historia > Documentos
1   2   3

EPICURO y sus seguidores defendían la búsqueda del placer y la huida del dolor como la forma ideal de vida, fundando estas opiniones en la observación de la naturaleza. Pero lejos de tratarse de unos hedonistas desmadrados nos encontramos, si leemos atentamente sus textos ( como advirtió Quevedo en “ Defensa de Epicuro”) con unos señores muy austeros que predican la eliminación de los falsos deseos, que son casi todos, y el control de las emociones por medio del entendimiento calculador. En todo caso diríamos que son defensores de afectos suaves y duraderos como el de la amistad, cosa que valoran por encima de cualquier otra. Los epicúreos eran además unos materialistas empedernidos, tanto los griegos como los latinos (Lucrecio), y conciben el alma de forma material según la doctrina atomista. Tanto la vida emocional como la sensibilidad se explican según parámetros puramente mecanicistas.

Con estos precedentes y teniendo en cuenta lo bien que encajó el dualismo platónico y el ascetismo estoico en la filosofía de corte cristiano no es de extrañar que desde San Agustín hasta la modernidad las pasiones se trataran como el elemento humano a dominar. Quizás el autor más significativo es Sto. Tomás, que hace la clasificación de las pasiones (que para él son paradójicamente acciones): amor, odio, alegría, tristeza, esperanza, desesperación, audacia, temor e ira. Y añade, y eso es sorprendente, que el origen de todas es el amor. Además cree que muchas enfermedades del cuerpo proceden de determinados estados emocionales: el pathos patológico si se me permite la expresión.

En el Renacimiento el humanista español Juan Luís Vives se ocupó ampliamente de las pasiones, a las que ve algún aspecto positivo: “sirven de acicate para el alma”-dice- y bien educadas engendran fortaleza y virtud. Lo de siempre. Huarte de San Juan añadió la importancia de los humores (hoy diríamos sistema endocrino) en la constitución del carácter y vinculó el alma con la víscera del cerebro.
La época más interesante para ir redondeando los dos temas que nos ocupan es precisamente la Edad Moderna, el periodo que abarca los siglos XVII y XVIII.

Y es importante por varias razones.

La primera es que en ella conviven de manera desgarradora la tradicición mecanicista procedente de los atomistas (convertida ahora en una doctrina física fundamentada en la geometría) con la tradición dualista procedente de Platón. Lo que nos encontramos es una filosofía que acaba ahogada en sus propias contradicciones, que da a luz doctrinas tan chocantes como la que defiende Descartes con la glándula pineal por medio, o la que defienden los ocasionalistas y los materialistas puros. La segunda es que en esta época se alcanza el punto álgido de esa escisión que mencionábamos al principio, ese extrañamiento total entre le cuerpo y el alma. Así que a partir de aquí el círculo empieza a cerrarse con la aparición de doctrinas que sólo pueden intentar el acercamiento, es decir la integración de lo somático en lo psíquico y viceversa, o incluso la negación del alma como entidad diferenciada, porque la separación total ya se ha producido y no ha conducido a nada.

El primer autor de que nos vamos a ocupar es Descartes. Tanto el asunto de la relación entre el cuerpo y el alma, como el de las emociones están muy presentes en su obra.

DESCARTES tenía todas las papeletas para haber elaborado la primera antropología totalmente materialista de la Edad Moderna. Y lo podría haber hecho con una coherencia intelectual más que notable. Pero no pudo o no supo o no quiso hacerlo, a pesar de que formación científica no le faltaba. ¿Fue cobardía? ¿le pesaron demasiado los prejuicios metafísicos heredados de la escolástica medieval…?

Con Descartes el dualismo que se inicia en Platón llega casi –sólo casi- a límites extremos. Es mecanicista con respecto al cuerpo (o lo corpóreo en general), que él llama res extensa. El cuerpo de los animales es semejante a los autómatas que tanto fascinaban por aquellos años. Los animales sencillamente no tienen alma. El término “alma” ya ha sido desprovisto de toda connotación vital y se reserva exclusivamente para el ser humano. Ni un atisbo de esa idea originaria de alma que, a su manera, aún se conservaba en los sistemas de Platón y Aristóteles, como ligada a las funciones del cuerpo. La vida orgánica es reducida a pura extensión, a pura materia que se mueve según las sencillas leyes de la mecánica, solo que aplicadas a máquinas –los cuerpos- de una complejidad enorme.

Curiosamente el término “espíritu”, que en su origen es prácticamente sinónimo de alma, ahora se aplica a los animales y al cuerpo humano, como parte integrante de esa materia sutil que circula por los tubos finísimos de los nervios y actúa a través de resortes. Descartes y otros autores de la época hablan profusamente de “los espíritus animales”, pero esos espíritus son res extensa, pura materia y por tanto nada tienen que ver con el alma. Los espíritus son el equivalente de la concepción primitiva del alma. O sea, que para eliminar el alma en su acepción originaria lo que se hace es reconstruirla desde un punto de vista fisiológico, aunque sin mantener el nombre primero que ahora se emplea para otra cosa: la res cogitans.

El gran problema que se le plantea a Descartes tiene que ver con el hombre. El hombre no es un animal más, un mero autómata [Esta doctrina del automatismo de las bestias la encontramos antes que en Descartes en el español Gómez Pereira, aunque se ha discutido la influencia que pudo tener en el francés] sino un ser privilegiado en el que confluyen las dos sustancias primordiales de que está compuesta la realidad no divina. Ni una sola característica de una de ellas se encuentra en la otra, excepto el hecho de ser sustancias, es decir el hecho de no necesitar de otra cosa para existir (sin contar a Dios). Nos encontramos ante la máxima heterogeneidad, ante la máxima diferencia concebible. Sin embargo, según Descartes alma y cuerpo se relacionan. La cuestión es ¿cómo? Y la respuesta: en la glándula pineal.

Las partes del cerebro se observan dobles, excepto esta glándula. Eso le hizo pensar que era ahí donde el Alma se comunicaba con el cuerpo. No es raro que Descartes diera una solución anatómica al problema, dada su gran formación como médico y su experiencia en disecciones. Pero es una falsa solución, porque un problema metafísico no puede solucionarse con una observación anatómica. Decir dónde se relacionan la res cogitans con la res extensa no es decir cómo es posible esa relación, que es de lo que se trata. Si una es material y la otra inmaterial y nada tienen en común ¿cómo pueden coordinarse?

Algunos contemporáneos de Descartes se dieron cuenta enseguida de la trampa.

La solución más brillante desde el punto de vista metafísico la dieron los llamados ocasionalistas, como MALEBRANCHE. Esta es la teoría que vamos a colocar en la parte superior del círculo del que hemos hablado al principio, pues con ella se consuma la historia de esa escisión, que ahora ya no es casi completa, sino totalmente completa: cuerpo y alma, en virtud de sus naturalezas dispares, no pueden relacionarse. Son tan contrarios el uno del otro que realmente son mundos paralelos. Pero entonces ¿por qué los actos psíquicos del hombre parecen traducirse inmediatamente en acontecimientos físicos? ¿por qué cuando quiero levantar el brazo, el brazo se levanta?. Según Malebranche todo es una ilusión: mi mente no mueve el brazo, es Dios, que con ocasión (de ahí el nombre de ocasionalistas) de que yo quiero levantarlo, él me lo levanta. Con ocasión de que recibo una pedrada él me provoca el disgusto, y así… Con salidas como esta no es de extrañar que haya gente que no se toma en serio la filosofía. Sin embargo, aunque la teoría resulte un tanto estrambótica, es coherente con el punto de partida, a saber: la diferencia absoluta entre las dos naturalezas, y desde luego coherente con la idea de un Dios omnipotente que, eso sí, está ocupadísimo, pendiente de que millones de acontecimientos psíquicos aparenten coordinarse con millones de acontecimientos físicos ¡una locura¡

Solución parecida dio LEIBNIZ, también en la misma época, pero dejando a Dios un poco más tranquilo. Para Leibniz Dios puso a ambos mundos en marcha desde el principio, de tal manera que uno fuera el reflejo del otro, como dos relojes puestos en hora que siendo independientes funcionan al unísono. Así Dios quedaba exonerado de la tediosa faena de estar pendiente de todo. ¿Es Dios un buen relojero o un mal relojero? Aunque parezca mentira esta era una de las discusiones típicas del momento, como si ahora discutiéramos si Dios es un buen programador informático o un simple vendedor de ordenadores.

Buen relojero o mal relojero, para los ocasionalistas y para Leibniz la interacción alma –cuerpo es sencillamente imposible. El hombre ya no es un ser escindido que hace un esfuerzo por superar esa escisión, el hombre es pura apariencia de unidad, un alma que vive engañada por un cuerpo que parece propio pero que en realidad es una marioneta cuyos hilos los mueve un Dios incomprensible.

¿ y qué pasa en esta época con la escisión entre el pathos y el logos? Pues que también es máxima, por cuanto el logos, sólo atribuible a los humanos , pertenece al alma, mientras que el pathos, las pasiones y emociones, pertenecen exclusivamente al cuerpo, y tienen que ver con esos fluidos aéreos llamados “espíritus animales” que , como ya queda dicho, no pertenecen al alma. Aunque aquí habría que matizar.

El “Tratado de las Pasiones” es una obra cartesiana dedicada exclusivamente a la mecánica afectiva y emocional en los seres humanos. Aquí expone con toda claridad su punto de vista, que es el de un auténtico fisiólogo, algo esperable en un hombre de su formación. Admitida la interacción entre cuerpo y alma Descartes puede afirmar que el alma padece las emociones, que a su vez proceden de una acción del cuerpo. Involucra en estos procesos al cerebro, al hígado, al corazón…y sobre todo a los nervios, que son conductos finísimos por los que circulan los espíritus.

Encuentra que las pasiones y emociones tienen una función positiva casi siempre. Del amor, por ejemplo, dice que “es útil para la salud porque la digestión de las comidas se hace antes”. El miedo nos ayuda a sobrevivir, pero también el odio, la alegría, la tristeza son útiles respecto al cuerpo.

Las emociones dejan de verse como enfermedades pasajeras para ser consideradas parte de nuestra salud corporal, algo muy reseñable.

Descartes habla de seis pasiones primitivas: apetito, amor, aversión, odio, alegría y pena. Las complejas surgen por combinación de las primitivas. Una clasificación parecida haría en esta misma época el materialista inglés HOBBES.
Hemos dicho que llegados a este punto de la escisión máxima entre el cuerpo y el alma la filosofía y la ciencia sólo podían avanzar ya en el sentido de un regreso más o menos acusado hacía las posiciones originarias, con la salvedad de que ese regreso tenía que hacerse desde la contestación a las posiciones dualistas y en todo caso apelando a posturas científicas y metafísicas de nuevo cuño. Pero no iba a ser fácil.

Ya en la mismo siglo XVII nos encontramos con un autor que merece una mención aparte por la originalidad y profundidad de sus planteamientos. Me refiero al autor de la “Etica demostrada según un orden geométrico”, al judío holandés de origen español Spinoza.

SPINOZA, o ESPINOSA, más que resolver el problema de la relación entre el alma y el cuerpo lo que hace es disolverlo. Para este autor alma y cuerpo no son sustancias distintas, sino aspectos, modos, dice él, de una realidad única. Literalmente afirma “el alma y el cuerpo son una sola y misma cosa”. De un plumazo regresa por la vía de la metafísica monista y panteista a la posición 0 de nuestro asunto.

Las pasiones surgen todas de dos emociones básicas: la alegría, que aumenta nuestra tendencia a perseverar en el ser, y la tristeza que la disminuye. El esfuerzo o conatus, la tendencia innata a perseverar en el ser, es la esencia misma del hombre. En su sentido negativo Spinoza afirma que las pasiones dependen de “ideas inadecuadas”. Hace un estudio pormenorizado, un análisis casi mecánico, y por supuesto deductivo, del origen y naturaleza de todas las pasiones, que es también un estudio de las virtudes.

Sin abandonar el siglo tenemos que detenernos ahora en Pascal.

PASCAL es el primer autor que atribuye una lógica propia al corazón. Aunque en ningún momento afirma que tengamos que entregarnos a las emociones lo cierto es que la letra de su discurso parece un reconocimiento al papel que estas juegan en una vida humana plena, incluso un reconocimiento a los aspectos cognitivos de la vida afectiva, que ahora aparece como autónoma. La célebre frase “el corazón tiene sus razones que la razón no entiende” no es un simple juego de palabras, sino toda una declaración de guerra a la clásica dicotomía entre el pathos y el logos, un intento claro de superación de esa segunda escisión de que venimos hablando. Se aduce que para Pascal el corazón no sólo es emoción, sino también intuición, voluntad e instinto, frente a una razón meramente deductiva. Sin embargo es imposible no ver en esta frase un homenaje a la vida emocional del hombre como portadora de conocimientos y hasta de trascendencia. Como mínimo habría que reconocerle como el antecedente inmediato de lo que hoy se llama inteligencia emocional.

En el siglo XVIII dos nombre van a centrar nuestra atención por razones distintas. El primero es La Mettrie, el segundo Hume

LA METTRIE, muy influido por las descripciones anatómicas que Descartes hace del cuerpo humano, es justamente el materialista puro que Descartes pudo haber sido pero no fue. La Mettrie es médico y filósofo ¡buena combinación¡ Su formación procede de los estudios médicos basados en la práctica de la disección. Ni que decir tiene que estas prácticas están en la base de los derroteros que cogió parte de la filosofía de su tiempo. El título de una de sus principales obras no puede ser más expresivo: “El hombre máquina”. En ese libro hace una descripción del hombre con categorías anatómicas y fisiológicas, siguiendo las pautas del mecanicismo de la época. El modelo es el autómata, aunque más tarde se apartaría un poco de este camino para abrazar concepciones más organicistas, casi hilozoistas.

La Mettrie tiende a borrar, con todos los argumentos que están a su alcance, la idea de alma como algo diferente del cuerpo. El hombre es un ser unitario y esa unidad se la da su cuerpo. Cuando este autor utiliza el término “alma” lo hace para referirse a “los movimientos del cuerpo”, en un sentido muy parecido al de la idea primitiva, pero, eso sí, con un fuerte carácter científico y filosófico de corte materialista (de hecho propuso algo parecido a lo que hemos hecho hoy en esta charla, a saber, que hay dos sistemas del alma: el sistema antiguo, materialista, y otro espiritualista, que es el que él rechaza). Acusa a Descartes, y con razón, de haber desalmado a las bestias por miedo a que se parecieran al hombre. Ahí está la valentía de La Mettrie: entre el hombre y las bestias no hay ningún salto cualitativo, en todo caso cuantitativo, de grado. El cuerpo es una “máquina que se da cuerda a sí misma”.

Las pasiones son modificaciones habituales de los espíritus animales, movimientos del “jugo nervioso”. Las alegrías provocan dilatación del corazón; la cólera aumenta la circulación de la sangre, calienta y enrojece al cuerpo; el terror provoca parálisis repentina, y el miedo enfriamiento, palidez y relajación de los esfínteres. El esquema es bien sencillo: los nervios actúan sobre la sangre, por eso están presentes en la carótida, la arteria temporal, la gran meninge, etc. Sin embargo La Mettrie sigue pensando que estas manifestaciones corporales en forma de alteración son la consecuencia de las emociones, no las emociones mismas, cuyo origen está en el cerebro. Su materialismo hubiera sido redondo de haber propuesto esa identificación entre las agitaciones corporales y las emociones, pero prefirió seguir el modelo clásico según el cual las emociones proceden de procesos cognitivos.
En las islas británicas la Ilustración estaba en su apogeo desde principios del siglo XVIII. Allí, el que sería considerado como el más grande de los empiristas ingleses si no fuera porque es escocés, Hume, practicaba ya una suerte de psicología asociacionista de cuyo influjo todavía no nos hemos librado.

Para HUME las pasiones y emociones no son más que “impresiones de reflexión” que aparecen en el alma a partir de las percepciones llamadas ideas. De nuevo la mente como origen de la vida afectiva. Pero lo importante es que las emociones tienen su vida propia y son por sí solas nada más y nada menos que el fundamento de todos nuestros juicios de valor. Nunca en la historia de la filosofía se había concedido tanta importancia a los afectos, hasta el punto que Hume dio lugar a toda una doctrina que toma el nombre de las emociones mismas: el emotivismo, cuya aplicación más inmediata son los campos de la moral y de la estética. En efecto, cuando decimos que algo es bueno o malo, bello o feo, en el fondo no estamos hablando de propiedades objetivas de ese algo, sino de las emociones que provoca en mí cuando lo contemplo. Básicamente esas emociones son dos: el agrado y el desagrado. [El emotivismo tiene su antecedente en Hutcheson , cincuenta años más viejo que Hume, y su continuador más ilustre en el estadounidense Stevenson, muerto en 1979]

Esta filosofía se basa en una mecánica sencilla, “una fuerza suave” pero no de fluidos o resortes, sino de impresiones (percepciones fuertes) e ideas (percepciones débiles) que se atraen o repelen según leyes simplísimas como la contigüidad, la semejanza o la relación causa efecto

El alma está en decadencia. Estamos en una época en la que los términos “mente” y “conciencia” o “subjetividad” toman el relevo del término “alma”. Cada vez se habla menos del alma, y cuando se hace es para denostarla, para relegarla en el baúl de las viejas construcciones metafísicas. Hume es un escéptico convencido, valga la paradoja, que no ve forma de que podamos tener experiencias que justifiquen nuestra creencia en el alma, o en el “yo” particular. Por la misma razón tritura todos los conceptos metafísicos procedentes de la filosofía griega y cristiana.
1   2   3

similar:

Para el III encuentro de neúrologos jóvenes aragoneses iconLa Asociación para el Desarrollo Campesino – adc, adelanta el III encuentro Internacional de

Para el III encuentro de neúrologos jóvenes aragoneses iconIi encuentro de jóvenes creadores

Para el III encuentro de neúrologos jóvenes aragoneses iconEl encuentro (poema III)

Para el III encuentro de neúrologos jóvenes aragoneses iconIv encuentro Nacional – III internacional y Certamen

Para el III encuentro de neúrologos jóvenes aragoneses iconProgramación III encuentro de Poesía Visual

Para el III encuentro de neúrologos jóvenes aragoneses iconOn gran esperanza presentamos el Manual de Pastoral Juvenil Parroquial,...
«Encuentro», para que sea como un dar continuidad a ese deseo de cambio y de seguimiento que se despierta en los jóvenes

Para el III encuentro de neúrologos jóvenes aragoneses iconPrograma encuentro nacional de escritores jóvenes Tlaxcala 2011

Para el III encuentro de neúrologos jóvenes aragoneses iconLos jesuitas promueven encuentro con 2 mil jóvenes de 50 países

Para el III encuentro de neúrologos jóvenes aragoneses iconParis en el bachibac 2013, Paris (1900-1925) en el III encuentro...

Para el III encuentro de neúrologos jóvenes aragoneses iconInvolucrando jovenes en las misiones cómo inspiramos a los jóvenes...






© 2015
contactos
l.exam-10.com