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fecha de publicación30.06.2015
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GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, “Cien años de soledad

TEMAS Y TÉCNICAS NARRATIVAS

Esta novela, como indica su título, gira en torno a DOS TEMAS OBSESIVOS: el tiempo y la soledad. El tiempo aparece en la obra de dos modos distintos y contrapuestos: por un lado, el tiempo cíclico, concebido de forma circular, donde los hechos parecen repetirse sin fin al modo en que lo hacen los fenómenos naturales, y ello desde los nombres mismos de los protagonistas –una casi interminable saga de José Arcadios y Aurelianos, cuya reiteración lleva hasta la confusión de las identidades de los propios personajes-. Unos personajes que reiteran las acciones de sus antepasados pero degradadas, como si el tiempo diera vueltas como una rueda (como las estaciones del año) pero desgastando el eje.

Este tiempo cíclico es un tiempo mítico, pues reproduce los mitos bíblicos como si el pueblo sudamericano, o la humanidad entera, viviese de nuevo la odisea del pueblo elegido hacia la tierra prometia. Por tanto, entre C.A.S. y la biblia se establece un paralelismo que evidencia el discurrir del tiempo mítico:

  • La fundación de Macondo (Génesis).

  • Desplazamiento de la pareja inicial (Éxodo).

  • Aparición del insomnio, pérdida de la memoria, irrupción de agentes externos, guerras, la compañía bananera (Plagas de los egipcios).

  • La lluvia (diluvio).

  • El viento que arrasa Macondo (Apocalipsis).

Apocalipsis que no sólo hace referencia a la destrucción del mundo… sino al desvelamiento y revelación de una verdad; en la novela, revelación de los manuscritos de Melquiades que contienen la historia de Macondo y de los Buendía, es decir, la propia novela, y que anuncia la destrucción de las estirpes condenadas a la SOLEDAD (el Enemigo en términos bíblicos) y abre las puertas a la esperanza de que los lectores construyan un nuevo Macondo donde no exista la soledad ni sus consecuencias… es decir, un paraíso de paz, libertad, igualdad y solidaridad en la tierra (Reino de los Cielos en la Biblia).

Por otro lado, un tiempo histórico, cronológicamente lineal, a travésd el cual se pasa desde el prehistórico y arcádico Macondo (no en vano se llama José Arcadio el fundador del pueblo), al primer Macondo todavía tribal y regido según el comunismo primitivo, que hacía que se dispusiera su construcción de modo que “ninguna casa recibiera más sol que otras a la hora del calor”, y a los posteriores Macondos: el feudal, bajo la férula de la familia soberana de los Buendía, con la inscripción legal de los grandes latifundios a nombre del hijo del fundador, el de la colinización española, con la llegada del corregidor y aún presente en los fosilizados nombres de personajes como la muy católica Fernanda del Carpio (hija significativamente de otro Carpio y una Argote); el de las luchas por la independencia del siglo XIX y el creciente poder de los militares frente a la autoridad civil; el de la prosperidad y vida rumbosa de la belle époque, cuando los Buendía dejan de ser patricios para transformarse en prósperos burgueses; y, en fin, el del desarrollo industrial con la llegada del ferrocarril y la definitiva invasión de las multinacionales yanquis que se acaban en el desastre final de la destrucción de Macondo. Por todo lo dicho, se explcia que se haya afirmado que Macondo es, en verdad, un microcosmos de América Latina.

De otra parte, la soledad es una característica permanente de los miembros varones de la familia de los Buendía, soledad que es, sobre todo, fruto de la incomunicación y el ensimismamiento, y, según explica el propio autor, de la ausencia de amor:

  • ¿De dónde proviene la soledad de los Buendía?

  • Para mí, de su falta de amor. En el libro se advierte que el Aureliano con la cola de cerdo era el único de los Buendía que en un siglo había sido concebido con amor. Los Buendía no eran capaces de amar, y ahí está el secreto de su soledad, de su frustración. La soledad, para mí, es lo contrario de la solidaridad.

[Plinio Apuleyo Mendoza y Gabriel García Márquez: El olor de la guayaba]

Precisamente, el descubrimiento de la solidaridad en el amor por parte de la última pareja de los Buendía cierra el ciclo de la soledad de la familia. Toda la estirpe de los Buendía mantiene relaciones incestuosas (desde la primera pareja que eran primos) que muestran la incapacidad de relacionarse con los otros, la incapacidad de comprender y de querer lo distinto a uno mismo… Pero la única relación vertical en toda la estirpe y donde realmente existe el amor es la que se da en la última pareja. Para Josefina Ludmer esta pareja es reflejo evidente del mito de Edipo que destruye las leyes morales, polícias y naturales de ese universo de soledad y que tiene la virtud de abrir la puerta a la creación de un nuevo mundo no ya de ficción. Es la muerte que engendra la vida, es la destrucción que engendra la creación… como en la propia naturaleza: sobre las cenizas del Macondo ficticio se abre la posibilidad de erigir un Macondo real.

Los temas de la soledad y el tiempo no aparecen de forma inconexa en la novela, sino que, por el contrario, están estrechamente vinculados. Hay, al respecto, un episodio crucial en la obra: el hallazgo de un viejo galeón español en medio de la selva amazónica. En este episodio aparece por primera vez el vocablo soledad en la novela, y es tanto una alusión metafórica a la historia real hispanoamericana como una demostración de los efectos del tiempo desgastado y estancado que mezcla y confunde atemporalmente Historia y Naturaleza y sume a los seres en la soledad y olvido absolutos: “Toda la estructura parecía ocupar un ámbito propio, un espacio de soledad y de olvido, vedado a los vicios del tiempo…” El tiempo también puede estancarse, detenerse (ucronía) y que realmente no pase nada. Es esta ausencia de tiempo y de memoria la que hace posible que muertos y vivos compartan el espacio pues hay una característica que los une: la soledad, la marginalidad con respecto a la vida que sufren los macondinos…

Este espisodio del galeón revela también una de las técnicas clave de la novela: la metamorfosis de un objeto común en algo extraordinario y, al revés, la conversión en cotidianos de sucesos o cosas absolutamente inverosímiles. Pero esta convivencia de lo normal con lo insólito no se produce sin más, sino que suele seguir el proceso de exagerar hasta el límite las propiedades de las cosas o hechos, que llegan a adquirir vida propia, para después describir objetivamente (de forma no muy distinta a ocmo hace convivir Cortázar lo fantástico y lo cotidiano) los efectos que lo exagerado produce en la realidad habitual. Y es que los personajes de C.A.S. no se alteran ante lo inverosímil, porque están acostumbrados a vivir una realidad increíble, una realidad que parece una pesadilla de violencia, crueldad y cinismo orquestados por el poder. Por ello, lo mágico (convivencia con los muertos, levitación de personajes como el cura que come chocolate o Remedios la Bella) convive con una verdad increíble (la masacre de la Compañía bananera y la negación de los hechos por parte del poder) en el universo de ficción, pues sólo desde la ficción es posible la denuncia y el testimonio de esta realidad.

Por ello lo mágico y lo real se funden en la obra de García Márquez con toda naturalidad. A ello no es ajeno el absoluto dominio del mundo narrado por parte de un narrador omnisciente, que abarca cuanto ocurre en la realidad situándose ubicuamente en todas las partes y momentos, para mezclarlos y recomponerlos con suma libertad. De ahí que sean frecuentes en la obra los más diversos juegos de perspectivas temporales y que abunden, por tanto, los anacronismos, las anticipaciones, los saltos narrativos, etc. Otros recursos habituales en Cien años de soledad son las enumeraciones, las repeticiones y las elipsis narrativas, así como la recurrente utilización simbólica de nombres de personajes, espacios físicos, actitudes, sucesos, etc.

Todo este gran rompecabezas narrativo acaba encontrando su sentido al finald e la novela, cuando la soledad de la saga de los Buendía concluye con su propia destrucción tras encontrar el amor, y cuando el tiempo histórico y el tiempo mítico se unen, pues, al descifrar el último Aureliano los pergaminos que cuentan la historia de la familia –es decir, la propia novela-, “concentró un siglo de episodios cotidianos, de modo que todos coexistieran en un instante”. Y ello ocurre no sin antes descubrir y pregonar a los cuatro vientos la verdad histórica que la historia oficial había ocultado: que en la represión de la huelga de los obreros de la compañía bananera “el ejército acorraló y ametralló a tres mil trabajadores, y que se llevaron los cadáveres para echarlos al mar en un tren de doscientos vagones”. Muestra, de este modo, García Márquez que

La capacidad de imponer el silencio y el discurso que sustituye la verdad histórica, es la unidad de medida del poder en una sociedad violenta. La violencia del poder siempre es semántica: masacrar a los rebeldes no sirve para nada si nos e mata a la vez la crónica de la masacre. […] Antes de desaparecer Macondo, haciendo desaparecer físicamente a lso trabajadores, la compañía bananera había proclamado la inexistencia legal de éstos. El discurso terrorista del Derecho, aquel “delirio hermenéutico” les había matado previamente. […] Cien años de soledad convoca, pues, desde el principio, la reflexión sobre el problema fundamental de la vida social de los hombres, sobre la misma esencia del poder, la Palabra inventada (La literatura), y los métodos que utiliza para imponerse y mantenerse en circunstancias históricas determinadas, la Palabra impuesta (La Historia oficial), el discurso que domina, oculta y mata otros discursos.

[Jacques Joset: Introducción a su ed. de Cien años de soledad]

De hecho, el poder del lenguaje es asunto central en la obra y los habitantes de Macondo sufren en un determinado momento una rara enfermedad que los lleva a olvidar los nombres de seres y objetos y a verse en la necesidad de pegar papeles a las cosas con sus nombres para poder acordarse de ellos. El olvido del lenguaje, el olvido del vehículo de transmisión y conservación de la CULTURA humana y humanista supone el principio del fin; el principio de la pérdida de la propia identidad, la deshumanización de Macondo y el zarpazo, que comienza a ser decisivo, de la SOLEDAD, la incomunicación y el ensimismamiento.

La relación del poder con el lenguaje y con la soledad es también evidente en otros episodios: por ejemplo, el coronel Aureliano Buendía, cuando se encuentra en la cima de su poder, traza en derredor suyo un círculo de tiza que lo aísla simbólicamente de los demás, y, cuando pierde el poder, se sume en la absoluta incomunicación, en la soledad del silencio. Hasta él mismo se ha deshumanizado en contacto con el poder. El silencio final de su soledad es consecuencia de saber que todo lo que le rodea está completamente podrido, incluído él mismo.

Así pues, el episodio fundamental de la última parte de la novela, la represión sangrienta de los trabajadores en huelga (trasunto literario de la huelga real contra la United Fruit Company que paralizó en 1928 las explotaciones bananeras de la costa atlántica colombiana), revela que, frente a la verdad oficial que afirma que “en Macondo no ha pasado nada”, se puede siempre alzar la verdad histórica que se halla en los pergaminos, es deicr, en la misma novela. La literatura es, en consecuencia, para García Márquz una forma privilegiada de conocimiento de la auténtica realidad al impugnar desde la ficción, las falsedades de tantos otros textos supuestamente reales, pero que sólo presentan la verdad de los poderosos. De este modo, como habían pedido desde tiempo atrás Asturias, Carpentier, o explícitamente Cortázar (“el primer deber del escritor revolucionario es ser revolucionario como escritor”), la imaginación y la fantasía complen un papel formal e ideológicamente revolucionario.

Sólo al hacer ficción de esa realidad, sólo al sobrepasar las fronteras de lo aceptable y creible en todas sus direcciones, puede ser rescatado un mundo que de otra manera no hubiera existido, (porque parece mentira su existencia…), réquiem resurreccionado de lo que no puede ser vencido.

José Arcadio Segundo dice que fueron doscientos vagones los que transportaron a los masacrados para ser arrojados al mar. Las informaciones oficiales aseguran que no hubo masacre, ni muertos, ni compañía bananera. Algún día se nos dirá que no existió Macondo, que los Buendía son una mera ficción, y por decreto se abolirá la humanidad.

García Márquez reacciona y no acepta la voz de la muerte. (Muerte que es eliminación y olvido)

Hasta se podría afirmar que no exagera lo suficiente. Doscientos vagones son pocos para todos los trabajadores asesinados de América.

[Ariel Dorfman: Imaginación y violencia en América]

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