Entrevista completa con el escritor Martín Kohan






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títuloEntrevista completa con el escritor Martín Kohan
fecha de publicación30.06.2015
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Entrevista completa con el escritor Martín Kohan
-¿Qué le evocan estos 200 años de historia?

-Los 200 años de historia argentina me despiertan muchas cosas, algunas contradictorias. Pero si me pongo a pensar la historia argentina como un relato la veo en dos ciclos: el de los sueños, las ambiciones y los proyectos y el ciclo de la desilusión. Me parece que hay toda una curva de una argentina imaginando su grandeza, proyectándola y confiando en ella sin que nunca se terminara de ver exactamente por qué estábamos destinados a prevalecer en el mundo.

 

-¿Cuándo empieza la desilusión?

-Hay un quiebre a partir de 1930 con las intervenciones militares sobre el sistema político: ahí, el contraste entre la gran Nación y la republiqueta se hace patente.

 

-¿Cuáles son las principales deudas de este país?

-Las cuentas pendientes que puede tener un país se miden con sus propias expectativas. Si revisamos los grandes proyectos del siglo XIX o principios del XX, la Argentina me parece que tiene pendiente prácticamente todo, sobre todo porque apuntó alto, porque las ambiciones apuntaban a un país destinado a prevalecer en el mundo: José Ingenieros tenía esa idea de que íbamos a ser los EE.UU. de América del Sur.

 

-En su obra trabaja con personajes históricos: ¿Por qué le interesan?

-Me interesan menos por su realidad fáctica que por el tipo de significación de la que son portadores. Obviamente tienen un desempeño histórico, actuaron de una manera real y tuvieron su importancia como figuras: estoy pensando en Echeverría, San Martín, Eva Perón, pero son sobre todo productos de una maquinaria mitológica y, ellos mismos, usinas de mitos nacionales. Y a mí es ese universo simbólico, de la significación el que me interesa. Son figuras sobre las que he hecho, no tanto una investigación de tipo histórica para ver su verdad en su realidad, sino más bien una indagación literaria para conocer qué cosas significan, cómo llegaron a significar lo que significan, qué supone la inmortalidad. Figuras como Evita, esos personajes históricos que, cuando mueren, no sólo no mueren sino que dan un salto a la vida eterna y para una especie de arsenal de sentido que hace a l identidad nacional, eso siempre me interesó.

 

-Estudió el universo de significaciones de Evita, ¿qué le llamó más la atención?

-Trabajamos con la fotografía de Eva Perón y con la ficción que se escribió sobre ella. La idea era hacer un recorrido sobre su cuerpo y su apariencia, pero que siguiera, sobre todo, el trayecto que va de la vida, la enfermedad, la agonía, la muerte y la inmortalidad; es decir, cómo se resuelve sobre la materia concreta de un cuerpo la idea de la declinación de una enfermedad y este salto a la inmortalidad, que es lo propio del mito.

 

-¿Cree que esa muerte anticipada la convirtió en mito?

-Lo que pasó con ella es complejo y sin duda responde a factores múltiples. En parte, se dan en ella, en parte la exceden y conforma un engranaje de la propia maquinaria peronista, que fabrica mitos todo el tiempo, sólo que en Evita eso ha llegado al punto más alto, más alto incluso que con el propio [Juan Domingo] Perón. Los factores son múltiples, diversos: el rol que ella jugó, el rol político, su propio recorrido personal, su carga de resentimiento personal, esa especie de politización para traducirlo en una gesta de justicia social en el primer gobierno peronista, pero que después eso se interrumpe. Todo contribuye. La muerte joven a los 33 años, conservar el cuerpo –ya esta prolongación de la muerte en el más allá, luego ese cuerpo robado, escamoteado, reaparecido: el espectro de peripecias que realmente sucedieron más el cúmulo de sentidos que se depositaron sobre ese cuerpo antes de la muerte y después arma un universo complejísimo y muy interesante.

 

-Lo llevo al plano de la dictadura: ¿Cómo pesan en el escritor esos años? ¿y en la sociedad?

-A mí, en la literatura, me es tremendamente útil y tremendamente necesario a la vez;  me parece que hay algo del orden del mal, en algunos casos, de la opresión, en otros, del malestar, algo del autoritarismo instalado en una cultura -eso que se llamó cultura del miedo- para analizar los años de la dictadura, para analizar qué pasa con la potenciación del miedo, de la represión o de la obediencia para que cobre la dimensión de una cultura- todo un orden a hábitos, de valores, de respuestas, de conductas que ya están de alguna manera pautadas por el miedo o por la represión. Todo eso a mí en la literatura me resulta tremendamente fructífero: ya sea que los relatos hagan centro en alguna de esas cuestiones o que simplemente puedan servir para definir a un personaje, una situación o para interrogar ciertas situaciones. En ese sentido creo, al mismo tiempo, no estar repitiéndome. No estoy saldando cuentas con la dictadura a través de la literatura, porque no creo que la literatura tenga que ocuparse de ese tipo de cuestiones, sino más bien interrogar, acechar, indagar con matices distintos de libro en libro.

Si salgo de mi propia literatura y paso a pensar la dictadura sobre el presente de las sociedades me parece muy clara la tensión entre la exigencia de olvido, que es muy fuerte -ya sea de un modo puramente discursivo en la enunciación o con medidas o decisiones concretas como las leyes de impunidad o de perdón- y, por otro lado, la presión muy legítima y objetiva, que es que todo lo que la dictadura impuso hace tantos años no es sólo un hecho del pasado y no requiere sólo la discusión sobre cuánto vamos a volvernos al pasado o no, sino que hay resonancias y marcas sobre el presente y que la exigencia de que sobre la dictadura se vuelva al menos en algunos aspectos es una exigencia del presente y no sólo de una voluntad retrospectiva.

 

-¿Cuál es el rol de los escritores en una sociedad? ¿Acá, se los escucha?

-Hay un rol deseado para los escritores y una situación real para ellos, sobre todo si estamos pensando estrictamente en la literatura y en los escritores y no en la figura de los intelectuales, que en parte se superponen y en parte son distintos. La literatura tiene un lugar muy menor, muy postergado, muy relegado y muy marginal. Sobre todo si uno piensa que el discurso que un escritor pueda tener, la voz que pueda encarnar, lo que yo mismo estoy haciendo en este momento, cobra sentido fundamentalmente si tiene el correlato de los libros que escribimos. No tendría mucho sentido desligar esto, y en la cultura argentina hay una cierta tendencia a desligar y poder ir detrás del escritor como figura, o haciendo declaraciones, del escritor profiriendo opiniones y que entre eso y una lectura literaria de sus libros, cuentos o novelas pueda no haber ninguna conexión. El caso mayor, sin dudas, es el de Borges. Estando Borges vivo, no había una proporción entre la atención que se le podía prestar mediáticamente y la situación concreta de leer Ficciones o El Aleph o incluso sus ensayos. Entonces, me parece que puede haber un discurso de superficie donde los escritores pareceríamos ser importantes -como si lo que tuviéramos que decir pudiera llegar a interesar-, pero eso después no tiene un correlato en que haya verdaderamente un interés social por la lectura de los libros. Entonces termina siendo una cosa hueca. 

 

-¿Puede surgir un nuevo Borges?

-No y no habría por qué, me parece muy saludable que así sea, no lo veo como un déficit. Creo que hay figuraciones específicas que ocuparon un lugar que inventó él mismo y escribió un tipo de literatura que inventó él. Borges no solo ocupó un lugar sino que primero definió, inventó ese lugar. Entonces, ya nadie puede ser eso que hizo él. Igual que con su literatura: escribir a lo Borges sería lo peor que se pueda hacer si alguien quiere estar cerca de él. Ser borgiano es lo contrario de ser Borges.

 

-¿Hay escritores que se esfuerzan por ser Borges?

-Sí

 

-¿Y cómo les va?

-Mal. En realidad, en sentido les va muy bien, depende en qué estemos pensando cuando decimos que les va bien. Es más fácil lo borgeano que Borges, entonces en muchos casos puede ser más tentador, por fácil de digerir quiero decir, paladear un libro borgeano que degustar un libro de Borges; entonces, en algún sentido les va bien, pero a mí me parece un fracaso literario absoluto y un fracaso inexorable: no hay forma de que salga bien.

 

-¿Cuáles son las grandes obras literarias de estos 200 años? 

-En 200 años hay demasiado. En el siglo XIX, los clásicos: Facundo, de Sarmiento; El Matadero, de Esteban Echeverría, Martín Fierro [José Hernández], obviamente, Una excursión a los indios ranqueles, de Mansilla. Creo que el canon de clásicos ha hecho bastante justicia con la literatura argentina. Lo mismo si vamos al siglo XX: Borges, Arlt, Cortázar…me parece que es perfectamente adecuado el modo en que la centralidad del canon constituyó a sus figuras. Después, yendo un poco más a los bordes, si Bioy Casares o Sábato pueden estar en ese lugar o no son matices que se pueden discutir. Y de Borges hacia aquí hay muchos, desde luego, pero Juan José Saer es el primero que uno nombraría: si existe algo así como un panteón de grandes escritores argentinos tiene que estar ahí.

 

-El gran libro del Centenario fue, según Lugones, el Martin Fierro: ¿Cuál sería el del Bicentenario?

-La idea del gran libro del Bicentenario proyectada sobre la del Centenario probablemente no encuentre su correspondencia y creo que por razones objetivas, que hacen al valor social de la literatura. O sea, en el momento en que en 1810 [Leopoldo] Lugones, por razones de estrategia política, como una respuesta de un sector de tradición Patricia en la Argentina frente a la llegada masiva de inmigrantes decide que hay que inventar una mitología local para contrarrestar la llegada masiva de inmigrantes y que esa mitología va a provenir de la gauchesca encuentra un libro que puede cumplir esa función, porque la literatura, entiendo yo, incluso con un país en el que debe haber habido más analfabetismo que ahora, aun así la literatura podía formar parte del diseño de un proyecto político cultural con una fuerza, una significación que hoy en día la literatura no tiene; no porque haya un déficit en producción literaria misma, yo creo que hay varios libros u obras como textos de referencia para pensar la argentinidad hoy, pero si el gesto a lo Lugones no es posible es porque ese dispositivo político cultural del intelectual canonizando un texto para definir un paradigma de identidad para la Argentina no existe, la literatura ya ha perdido esa fuerza, lamentablemente.

 

-¿A qué escritores de su generación lee hoy?

-Trato de estar muy atento a la literatura argentina contemporánea, no solamente por una cuestión de prestación de servicio, sino porque hay un interés muy genuino en mí, en seguir con mucha atención lo que se está escribiendo en el mismo lugar, desde los mismos lugares, en el mismo momento en que estoy escribiendo yo. Así es que me considero un lector asiduo de la literatura de los últimos años. Si uno quiere considerar un corte de los años ‘90 hasta el presente hay varios escritores que me han interesado de manera especial. De la generación anterior a la mía: Sergio Chejfec, Alan Pauls, sin dudas. De los que tienen más o menos mi misma edad: Gustavo Ferreyra, Luis Sagasti,  Juan José Becerra son escritores extraordinarios que me interesan muchísimo. De los que fueron apareciendo con posterioridad hay muchos, algunos nombres me vienen y otros se me van y luego empiezo a pensar en los que no nombré. Matilde Sánchez, Oliverio Coelho, Hernán Arias, Marcos Herrera, César Aira…Aira ha producido algo impactante y es difícil cambiar un eje de rotación de toda una literatura; él lo consiguió, porque además de aquellos muchos textos que son realmente admirables, el proyecto conjunto de su obra, esa implementación vertiginosa y lanzada hacia delante le da un impacto de transformación.

 

-¿Cómo observa este período político?

-La situación política argentina actual tiene algunas particularidades de esta época y algunos vicios de la política que uno conoce desde siempre. Me parece que hay, sobre esta coyuntura, ciertas señales favorables sobre todo en función de lo que fueron los últimos años de la Argentina hasta 2002, 2003 señales claramente favorables en términos de criterios de gobierno, ciertas mínimas nociones de equidad social, los cambios en políticas de derechos humanos, y al mismo tiempo, los límites que en una transformación de fondo puede tener cualquier gobierno de origen peronista, incluso de uno que está más dispuesto a las transformaciones de fondo. Creo que hay un límite ideológico del propio peronismo aun en esos sectores más dispuestos a una mejor distribución y a cambiar un estado de cosas, es un techo que la propia ideología peronista pone y ese es un límite que hoy tenemos.

 

-¿Cómo se ve concretamente hoy ese límite?

-Hay una noción de justicia social ligada a una mejor distribución sin afectar en su verdadera raíz esos intereses. Hay sí, un Estado benefactor, la tradición peronista de ser un poco mas equitativos en términos de distribución, mejorar las condiciones o el acceso del trabajo, o prestar asistencia a aquellos que quedan fuera del universo laboral…todo eso es más apreciable que las políticas feroces de mercado en el neoliberalismo donde el que caía, caía y el Estado no se hacía cargo; pero, si lo que uno tiene como horizonte es una revisión de fondo de los intereses económicos de un país, hay que hacer más todavía que distribuir más equitativamente o paliar las consecuencias malas de la desigualdad.

 

-¿Cómo se relaciona la desigualdad en la distribución del ingreso con las oportunidades de acceso al conocimiento?

-Definitivamente creo que las desigualdades en el orden económico tienen un correlato en la distribución de lo que se llama capital cultural, o en el acceso a los bienes culturales. Creo que, sin caer en una concepción mecanicista de pensar que una cosa determina a la otra, me resulta casi imposible pensar que en una sociedad tan fuertemente desigual como ésta el acceso a los bienes culturales pueda ser, pese a eso, democrático, justo o equitativo. No es una relación mecánica: uno encuentra bolsones de ignorancia profunda en sectores donde el dinero abunda y, en algún sentido “son noches de ignorancia”, para decirlo con el Himno a Sarmiento, todavía peores, porque tampoco son sectores sociales sumergidos que a la vez tienen cierta creatividad para formulaciones, culturas o prácticas culturales de resistencia; en estos otros sectores de fuerte disponibilidad económica hay formas de ignorancia…bueno, se ve en el jefe de gobierno de la Ciudad de Buenos Aires [Mauricio Macri] donde hay limitaciones de orden intelectual muy notorias y bastante preocupantes. Pero, también es cierto que alguien que tiene que trabajar 16 horas por día o que vuelve rendido a su casa y con la plata justa para comer y nada más, pensar en un sobrante no sólo de dinero sino de tiempo, de disponibilidad temporal, afectiva y mental es difícil: alguien que está agobiado por la explotación en el trabajo no está ni siquiera en condiciones subjetivas de ser, como persona, alguien un poco más integral. Es muy feroz pero es así.

 

-¿El costo de los libros es una de las formas de exclusión?

-Es una de las formas de exclusión. Aún así, el caso de los libros no es el peor: si uno quiere estar al día o no perderse tal o cual novedad, sin duda, va a haber libros que van a exigir un esfuerzo importante y para amplísimos sectores de la población están fuera de sus posibilidades aun haciendo un esfuerzo; pero también es cierto, y en esto la literatura corre con cierta ventaja, que no es nada difícil conseguir muy buenos libros, mucho más baratos o eventualmente usados en buen estado. No hay ahí una correlación entre precio y calidad. Hay maneras de contrarrestrar lo económico de los libros siempre y cuando haya condiciones de accesibilidad que no se reducen sólo a la cuestión del dinero. Insisto: si alguien salió de su casa a las 5 de la mañana y vuelve a la casa a las 10 de la noche, no lo veo pasando a buscar libros por Parque Centenario.

 

-¿Cómo fue que se llegó a la actual decadencia de las bibliotecas populares?

-Entiendo que el daño que se fue infligiendo desde el Estado en todos los órdenes no puede haber dejado intacta la cuestión de las bibliotecas populares; en última instancia, ¿por qué se iban a deteriorar todas las facetas en las que con el Estado era sostén y no éste? Estoy pensando en espacios públicos, hospitales públicos, plazas públicas, educación pública. En el caso particular de la relación con los libros y las bibliotecas es muy evidente que hay hábitos, por eso hay que pensar en términos no estrictamente económicos, porque hay hábitos que se ejercitan o no y una vez que éstos fueron desactivados es muy difícil que se restablezcan. Esto es, una vez que uno ya no sabe donde está la biblioteca de su barrio, no forma parte de su repertorio de opciones para el tiempo libre que pueda tener y supone un esfuerzo grande restablecer esa relación.

 

-¿Qué lugar le asigna este Gobierno a la educación, a la cultura? ¿Tanto como le gustaría?

-La consideración sobre el actual Gobierno, en general, no puedo hacerla sin ponerla en relación con la historia inmediatamente anterior. Creo que había una situación muy grave a recomponer y a reconsiderar porque el ciclo de aniquilamiento de políticas sociales, el ciclo de deterioro fue tan largo y tan eficaz en su destrucción que todo lo que se ha ido haciendo en los últimos años no puedo sino percibirlo en el orden de la reparación. En términos de educación me parece que eso es particularmente claro: la reforma educativa produjo un efecto de devastación tal que todo lo bueno que se pueda ir haciendo va a tener el signo de una reparación, como quien toma un paisaje en ruinas y empieza una reconstrucción.

 

-¿Cómo se imagina la Argentina de los próximos 10 años?

-A mí me resulta siempre muy difícil pensar en la Argentina de los próximos años, siempre que sean más de 2. Me parece difícil por las propias características que tiene la Argentina y por el tipo de temporalidad que manejamos. Es una de las cosas más agobiantes de nuestra vida cotidiana: que nuestras perspectivas son tan cortas. Algo que nos pone límites a nuestra vida cotidiana, no sólo porque cada gobierno nuevo que asume deshace incluso lo bueno que se podría estar haciendo desde antes, sino que hay una inestabilidad estructural. Lo bajo de la escala del proyecto nacional: nuestras propias vidas, en el sentido más cotidiano, nuestras perspectivas de trabajo tienen plazos muy cortos, porque no hay maneara de saber qué va a pasar después. Hay una precarización: en el trabajo se ve mejor que nada, pero hay una inestabilidad en cualquier clase de proyecto, en cualquier clase de armado institucional. Realmente duran lo que duran y uno atraviesa esas instancias y las vive mientras duran y si quiere levantar la vista para ver hasta cuándo las cosas van a ser así ve un año o dos y después no sabe.
-Se habla mucho de la fragilidad de las instituciones: ¿como las ve?

-Depende cuáles y, otra vez, según con qué período lo comparemos. Me inclino hacia un cierto optimismo si contrasto los últimos 15 años con los 6 ó 7 más recientes; entonces, entiendo que hay un grado mucho mayor de respeto y una mecánica mucho más razonable para esa clase de instituciones de las que depende una sociedad. Al mismo tiempo, me parece que no deja de ser un país en el que todo es muy precario, también las instituciones.

 

-¿Cómo es producir con esa incertidumbre?

-A mí esa incertidumbre no me afecta en lo personal y, más allá de eso, lo que uno ve es que se sigue escribiendo, produciendo, filmando películas, montando obras de teatro, no porque crea que somos una Nación con una cultura extraordinaria, resistente ni que haya héroes con proezas a favor de la cultura; evidentemente lo que hay es vocación, fuerte deseo de hacer las cosas y probablemente la única ventaja de la lógica del ‘lo atamo con alambre’ tan propia de la cultura argentina, que, en definitiva, en muchísimos casos hace que nos arreglemos con poco.
-Si tuviera que imaginar un personaje de novela típicamente argentino: ¿Cómo sería?

-Haría una salvedad: estamos pensando en un estereotipo de porteño, porque sería más complejo hablar del argentino tipo. Si uno piensa en el porteño, hay un personaje que hacía Calabró que capta algo que es muy justo y que es El Contra: esa combinación de chantada extrema, de hablar de lo que no se sabe, de malhumor crónico, de ‘a mí me vas a decir’, combinado con ignorancia al mismo tiempo y con pifiarla siempre, me parece que es algo muy propio del temperamento de la clase media porteña, del porteño cancherito que se las sabe todas y no sabe nada. 

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