Scheherezade era una reina persa protagonista de la historia principal de la célebre recopilación de cuentos árabes Las mil y una noches. La fábula de






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CRÍTICAS DE LA PELÍCULA EN LA CASA


Adri   Barcelona (España)

Su valoración:

8 de Noviembre de 2012


EN LA CASA (2012), cuando realidad y ficción son sólo una

Scheherezade era una reina persa protagonista de la historia principal de la célebre recopilación de cuentos árabes Las mil y una noches. La fábula de Scheherezade nos cuenta la leyenda del sultán Schariar, un rey que al descubrir que su esposa le engañaba con un esclavo negro, decidió desposar a una virgen cada día para luego decapitarla a la mañana siguiente. Scheherezade, la hija del visir (ayudante del rey), se ofreció voluntariamente como esposa del sultán para, una vez llegada la noche, contarle un cuento. El relato mantuvo al rey entusiasmado toda la noche y, al llegar al alba, la muchacha se detuvo justo antes del final prometiéndole explicárselo a la noche siguiente. El sultán la perdonó esperando saber el final de aquella historia que le había tenido entusiasmado toda la noche. Al día siguiente, volvió a hacer lo mismo y, después de repetirse esa situación durante mil noches, el sultán se dio cuenta de que no sólo había sido entretenido sino que también había sido enseñado y educado sabiamente en moralidad y amabilidad por Scheherezade, quien, finalmente, se convirtió en su reina.

En la casa, la última película del cineasta francés François Ozon (que adapta la obra teatral de Juan Mayorga, “El chico de la última fila”), Germain es un profesor de lengua francesa que, tras comprobar el pésimo nivel de sus estudiantes y su desinterés por el aprendizaje, ha perdido la motivación por enseñar. Un día en el comedor de su casa, repartiendo suspensos cual sultán Schariar decapitando esposas, se cuela un escrito entre los trabajos de sus alumnos que le llama la atención por su calidad y agudeza. El escrito es de un estudiante llamado Claude que cuenta con sarcasmo y perspicacia el día a día de la familia de otro alumno de su clase llamado Rapha. El escrito se detiene justo cuando se pone más interesante, dejando a Germain con la intriga de cómo continuará la historia, por ello, decide contactar personalmente con Claude para ayudarle y aconsejarle y así poder desarrollar el enorme talento creativo que el chico atesora. En cada reunión extraescolar, Claude le entrega la continuación del anterior escrito deteniéndose justo en la parte más interesante del mismo, manteniendo, a Germain, cada vez más intrigado por saber el devenir de la historia, hasta llegar al punto en el que ambos se verán envueltos en una espiral de dependencia recíproca que desembocará en un mar de sucesos impredecibles.

He querido empezar con este símil literario porque ¿es casualidad que, de entre las numerosas referencias culturales que tiene el filme, una de ellas sea a Scheherezade? Creo que no. En la casa es una especie de ingeniosa, morbosa y satírica actualización de la historia Las mil y una noches donde Ozon, en un ejercicio de virtuosismo narrativo (y de montaje), alterna realidad y ficción como si de un mago se tratase. Un juego de espejos muy “woodyallenesco” en el que las fronteras entre lo real y lo imaginario (que no fantástico) se confunden cada vez más a medida que nos acercamos al final de la película.
El personaje de Claude se convierte en la Scheherezade de Germain pero, a la vez, se convierte en la nuestra. En un estupendo juego metalingüístico, el devenir de su relato trasciende gradualmente del papel para cobrar vida en la pantalla y repercutir en la historia del filme, de tal manera que ambos se funden en uno sólo siendo, el propio Claude, el que juega simultáneamente con los personajes y el propio espectador.

Con tan ocurrente recurso narrativo, que demuestra lo poco exploradas que están algunas fórmulas de contar historias en el cine, Ozon navega entre el voyeurismo de Hitchcock y la turbia seducción del visitante de Teorema (1968) de Pasolini para manipularnos (en el sentido más positivo del término) y mantener nuestro interés centrado en la pantalla.

La película transita por una vía que empieza en la inocencia de un simple alumno ávido de aprendizaje, prosigue por la comedia inteligente que, luego, muta en drama sentimental y acaba en una suerte de maquiavélico final un tanto abrupto y atropellado y es que, al contrario de una de las frases que el personaje de Germain cita sobre los finales de las novelas, este final no te lo esperas, pero podría haber acabado de otra manera.

A lo largo de ese trayecto vemos el proceso de aprendizaje que experimenta tanto Germain como Claude, porque ambos aprenden el uno del otro en esa reflexión que Ozon hace sobre el proceso de creación y sobre la relación entre el autor y su público. Un proceso que tanto se puede aplicar a la literatura, al cine, al teatro o a cualquier medio o expresión que implique crear. La relación que se establece entre ambos protagonistas va más allá de profesor/alumno. En realidad, se trata de una dependencia artística entre dos personas en diferentes momentos vitales y separadas por varias generaciones pero que viven por y para la ficción, que canalizan sus deseos, sus miedos y sus inquietudes a través de la literatura y ahí los tenemos, al final, sentados en un banco el uno al lado del otro, cual sultán Schariar doblegado por su retorcida Scheherezade particular, imaginando historias para sentirse vivos.

En la casa viene avalada por la Concha de Oro del Festival de San Sebastián pero es una película que no necesita aval ninguno, ella sola tiene la calidad suficiente como para hacer las delicias tanto de los cinéfilos empedernidos como de aquél que le guste el cine y busque pasar un buen rato viendo un producto entretenido, divertido, emocionante y que apunta directamente al intelecto del espectador pero, también, a su corazón.


http://bigkahuna3.blogspot.com.es/
Adrián Peña



Solidad   santiago de compostela (España)

Su valoración:

11 de Noviembre de 2012


Yo fui una Scheherezade adolescente

Con un inicio que podría recordar a la divertidísima saga literaria protagonizada por ese frustrado novelista y profesor de literatura llamado Henry Wilt, En la casa nos sitúa en un instituto cualquiera repleto de típicos alumnos cuyas inquietudes se centran más en protagonizar escarceos sexuales con el sexo contrario o en ser protagonistas de hazañas deportivas que en tratar de discernir la magia oculta tras la prosa de James Joyce, Shakespeare o Cervantes. La empatía con el profesor Germain (interpretado magníficamente por Fabrice Luchini) es casi inmediata, su resignación ante la apatía que provoca sus frustrados intentos de embutir el amor por las letras a ese grupo de hormonados adolescentes es también la nuestra, como lo es la fascinación que siente ante la lectura de la redacción, cruel y ferozmente divertida, de uno de esos muchachos donde cuenta como pasó su fin de semana en el burgués domicilio de uno de sus compañeros de aula.

Esa fascinación hace que la película de François Ozon se adentre en un nuevo territorio, en el de la Scheherezade de Las mil y una noches, el de Alfonso Van Worden de El manuscrito encontrado en Zaragoza, el de Geoffrey Chaucer de Los cuentos de Canterbury es decir, el irrefrenable interés que nos provocan las historias y sus protagonistas y saber como van a desarrollarse aquéllas: ¿será una comedia? ¿una tragedia? ¿una cruenta fábula de terror? Al igual que el Sultán se veía incapaz de cumplir la diaria promesa de decapitar a su joven desposada transportado por sus exóticas narraciones, asido en volandas por las alas de la fantasía, el profesor Germain (y nosotros con él) se ve arrastrado por el maelstrom de saber que pasará luego, como discurrirá la próxima aventura del joven Claude García en la casa de esa familia con el inconfundible olor de la clase media. Quizás en la película de Ozon este poder de fascinación se acrecienta al ser el propio profesor un novelista frustrado que verá en Claude una oportunidad de revolverse contra su destino, de parir no sabemos bien si un Pigmalión o un Doppelgänger y es que, abriendo un nuevo camino de todos por los que transita En la casa, aquí cada personaje tiene unas motivaciones diferentes.

Esta pluralidad de motivos para justificar los actos de los protagonistas cubre un amplio abanico; desde las mencionadas anteriormente para el profesor a las de Claude, en el que la creación literaria parece en muchos casos más un medio que un fin. En él la prosa es una vía de escape que le ayuda a fugarse de una realidad cotidiana poco agradable, una carretera de un solo sentido que le aleja de la mugre diaria y le acerca a la normalidad burguesa representada por la familia de su amigo Rapha. Su interés erótico por la madre de éste es más bien fruto de su obsesión proletaria que un impulso genuinamente sexual. Esta diferenciación clasista le permite a Ozon adentrarse en el terreno de la sátira social para burlarse abiertamente de las obsesiones pequeñoburguesas tan frecuentes en la historia de la cinematografía francesa: su desmedida aparición por aparentar, su frívolo y superficial acercamiento al arte, la búsqueda de escarceos sexuales como vía de escape a sus frustraciones vitales, etc. Todo este juego cruel, que alguien podría considerar excesivamente cínico, queda atemperado por un final (no vamos a revelar ningún detalle argumental, tranquilos) en el que en una nueva vuelta de tuerca nos retrotrae a la idea del ser testigos de las historias, aquéllas que nos narran las novelas, el teatro, el cine… es la válvula de escape que nos permite huir de nuestros propios fantasmas interiores.

En la casa es por tanto un fabuloso plato que puede degustarse en muchas de sus facetas y que es apto para diversos paladares: en el de los interesados por ver en pantalla un ensayo sobre las causas que originan y delimitan el proceso creativo, en el de aquéllos que disfrutan con la sátira social entendida como una falsa comedia o incluso también para ser vista como un thriller con sus momentos de intriga y tensión. Un apetitoso menú que Ozon, como buen chef, cocina a fuego lento, alejándolo de la rigidez teatral que podía esperarse dados sus orígenes y al que finalmente convierte en algo tan genuinamente cinematográfico como indudablemente gozoso, sin duda una de las películas del año.

Reseña escrita originalmente para http://cinemaadhoc.info


Pulpfictioner   Murcia (España)

Su valoración:

1 de Diciembre de 2012


Las mil y una redacciones

¿Por qué era Tom Sawyer amigo inseparable de Huckleberry Finn? ¿Porqu compartían la devoción aventurera? ¿Porqu tenían la misma capacidad para atraer toda clase de problemas? ¿Porque en definitiva eran almas gemelas? Desde luego. Pero al principio de todo, ¿por qué decidió Tom Sawyer acercarse a Huckleberry Finn? Fácil, porque su tía le había prohibido terminantemente que tuviera relación alguna con él. Mark Twain lo sabía: para un crío, no existe en este mundo un imán tan potente como una prohibición. Si ésta viene de la autoridad, la que sea, mucho mayor es el poder de atracción. No falla. Para los niños se trata de algo así como una regla dorada... para los adultos, también.

El razonamiento tiene su lógica, y no es tan contradictorio como pudiera parecer en un principio. Al fin y al cabo, si se nos prohíbe una actitud, o una sustancia, o tocar determinado utensilio, es precisamente porque el objeto normativamente fuera de nuestro alcance nos afectará de alguna manera. Presuntamente repercutirá en nosotros de forma negativa, de ahí la prohibición, claro está... o no tanto. ¿Y si el que prohíbe no es más que un egoísta que no quiere que nos fijemos en un tesoro al que nadie parece hacerle caso? ¿Y si, de alguna manera, podemos evitar que caiga sobre nosotros la maldición que se nos ha vaticinado? ¿Y si...? Ya estamos perdidos. François Ozon, muy consciente del poder que tiene sobre cualquier ser humano aquello que le ha sido denegado, estableció a partir de este punto los pilares para construir la que sería la gran triunfadora de una de las ediciones más lustrosas en la historia del Festival de San Sebastián.

Basada en la obra de Juan Mayorga, 'En la casa' habla precisamente de lo comentado hasta ahora... y de mucho más. Planteada como una simple anécdota (un profesor se queda sorprendido por la redacción de uno de sus jóvenes alumnos, y le pide a continuación a éste que siga escribiendo para él), la trama va evolucionando rápidamente en un juego cada vez más maligno y del que es imposible salir (adicción patrocinada de nuevo por el encanto de lo prohibido). El mero apunte a pie de página se va ramificando a ritmo endiablado y toca cada vez más y más temas, gozando todos ellos de un trato excepcional, incisivo y por encima de todo, estimulante. La violación de la intimidad, el filtro por el que toda realidad pasa antes de convertirse en obra de arte, la(s) mentira(s) sistemática(s) en cada narración, la relación entre el espectador y la obra, el efecto adictivo de lo morboso (más cuando éste parece ser real), -una vez más- lo seductor de lo prohibido...

En estas mil y una noches perversamente contemporáneas y que potencian al máximo el factor adictivo, cada actor, del más joven al más adulto (de Fabrice Luchini a Kristin Scott Thomas pasando por la revelación Ernst Umhauer), se luce, dando más poso emocional y dramático a un relato que en este sentido ya se valía por sí mismo. Pero si una luz brilla con más fuerza que ninguna otra, ésta es sin duda la del imprevisible Ozon, que en esta ocasión se supera a sí mismo (incluso se rehace de sus propios errores, como el de un final un tanto precipitado... pero excelentemente maquillado por un epílogo hitchcockiano perfecto para cerrar su relato), exponiendo con incontestable clarividencia un discurso enfocado a mirar al espectador a los ojos y, a ser posible, a hacerle sentir partícipe.

Se siente uno ciertamente incómodo (por intuirse en muchos casos que la pantalla no muestra, sino más bien refleja, y por alcanzar la empatía hacia los diversos personajes niveles vertiginosamente altos) viendo cómo el incauto profesor de literatura va siendo irremediablemente absorbido por una creación que él creía propia y plenamente controlada. En momentos como éste es cuando más se agradece estar en una sala de cine, ese lugar sagrado y que parece avocado a la extinción, pero que mientras exista, y mientras en él se proyecten películas como 'En la casa' se producirá algo de valor incalculable: que una obra de arte, al igual que las mejores clases, haga sentir, haga experimentar, haga dudar... haga pensar, todo esto sin que el receptor siquiera se dé cuenta. Magia.

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