Resumen ángela Carballino (narradora) escribe la historia de don Manuel Bueno (protagonista), párroco de su pueblecito, Valverde de Lucerna. Múltiples hechos lo muestran como






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fecha de publicación30.06.2015
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“SAN MANUEL BUENO, MÁRTIR”, MIGUEL DE UNAMUNO

1. GÉNESIS DE LA OBRA

Unamuno escribió San Manuel Bueno, mártir en noviembre de 1930. El manuscrito de esta primera versión presenta numerosas correcciones y añadidos, que se hicieron para la primera edición en la revista «La Novela de Hoy» en 1931. La edición definitiva apareció en Espasa-Calpe en 1933, junto con otras tres historias (La novela de don Sandalio, jugador de ajedrez y Un pobre hombre rico o el sentimiento cómico de la vida, más Una historia de amor, que había sido escrita en 1911 y había quedado inédita hasta entonces). Algunos datos permiten afirmar que Unamuno había estado pensando desde hacía años una novela cuyo tema fuera el de un sacerdote que había perdido la fe. Sin embargo, no será hasta después de determinadas lecturas y visitas a ciertos lugares cuando consiga dar cuerpo novelesco a esta idea.

Curiosamente, la novela considerada más autobiográfica (en el sentido de autobiografía espiritual: «tengo la sensación de haber puesto en ella todo mi sentimiento trágico de la vida») se inspira en otras fuentes. Pero esto «nada prueba contra su objetividad, su originalidad», Unamuno ha tenido en cuenta una novela italiana: El santo (1905-), de Antonio Fogazzaro (1842-1911). Fogazzaro era un católico convencido que, como Lázaro en los primeros momentos de su “conversión”, intentó conciliar su fe con las ideas de progreso social y científico. En la novela citada, el escenario (Vasolda de Lugano y su lago) está tomado de la misma leyenda en su versión italiana. El protagonista también está asistido por dos hermanos. Pero la obra de Fogazzaro no tiene el espíritu de la obra unamuniana. Y esa paradoja tan unamuniana a la que aludíamos (el que haya tantas fuentes en una obra tan profundamente personal) nos da un poco la clave del hacer literario del pensador vasco: lo que Unamuno toca lo convierte en creación absolutamente individual, en «hija de su espíritu», como lo era Ángela del de don Manuel. De ahí que el mismo autor parezca encarnarse en sus personajes.

2. RESUMEN

Ángela Carballino (narradora) escribe la historia de don Manuel Bueno (protagonista), párroco de su pueblecito, Valverde de Lucerna. Múltiples hechos lo muestran como “un santo vivo, de carne y hueso”, un dechado de amor a los hombres, especialmente a los más desgraciados. Sin embargo, algunos indicios hacen adivinar a Ángela que algo lo tortura interiormente.

Un día, vuelve al pueblecito el hermano de Ángela, Lázaro. De ideas progresistas y anticlericales, comienza por sentir hacia don Manual una animadversión que no tardará en trocarse en la admiración más ferviente al comprobar su vivir abnegado. Pues bien, es precisamente a Lázaro a quien el sacerdote confiará su terrible secreto: no tiene fe, no puede creer en Dios, ni en la resurrección de la carne, pese a su vivísimo anhelo de creer en la eternidad. Y si finge creer ante sus fieles es por mantener en ellos la paz que da la creencia en otra vida, esa esperanza consoladora de la que él carece. Lázaro, que confía el secreto a Ángela, convencido por la actitud de don Manuel, abandona sus anhelos progresistas y, fingiendo convertirse, colabora en la misión del párroco. Y así pasará el tiempo hasta que muere don Manuel, sin recobrar la fe, pero considerado un santo por todos, y sin que nadie, fuera de Lázaro y de Ángela, haya penetrado en su íntima tortura.

Más tarde morirá Lázaro, y Ángela se interrogará acerca de la salvación de los seres queridos.

3. TEMAS

La novela gira en torno a las grandes obsesiones unamunianas: la inmortalidad y la fe. Pero se plantean ahora con un enfoque nuevo en él: la alternativa entre una verdad trágica y una felicidad ilusoria. Y Unamuno parece optar ahora por la segunda. Él quiere hacer a los hombres felices: “Que se sueñen inmortales.” Y sólo las religiones, dice, “consuelan de haber tenido que nacer para morir”.

Por una parte, San Manuel es también la novela de la abnegación y del amor al prójimo. Paradoja muy unamuniana: precisamente un hombre sin fe ni esperanza es quien se convierte en ejemplo de caridad.

Por otra parte queda el problema de la salvación. El enfoque de la cuestión es complejo, por la ambigüedad que introduce el desdoblamiento entre autor (Unamuno) y narrador (Ángela). Unamuno, en el epílogo toma la palabra y, en sus reflexiones finales, podría verse una voluntariosa apuesta por la esperanza. Pero es un punto que queda abierto a la discusión.

4. ESTRUCTURA

Desdoblamiento entre autor y narrador: Destaca el recurso a la técnica del “manuscrito encontrado”, de estirpe cervantina. Este recurso le permite a Unamuno poner una narradora entre él y el lector y todo nos llega desde el punto de vista de Ángela.

Estructura Externa: La novela está dividida en 25 fragmentos que llamaremos secuencias. Las 24 primeras secuencias son el relato de Ángela, la última es una especie de epílogo del autor.

Estructura Interna: Si atendemos al desarrollo de la historia, cabe distinguir tres partes, seguidas de un epílogo del autor.

- Secuencias 1-8: son las noticias preliminares sobre don Manuel, que Ángela nos transmite de oídas o partiendo de ciertas notas de su hermano.

- Secuencias 9-20: Es el cuerpo central del relato, a partir del regreso de Ángela al pueblo, primero, y de Lázaro, después. Con ello la narración recibe un nuevo impulso que nos lleva hasta el descubrimiento del secreto del “santo”. Termina esta parte con la muerte del sacerdote.

- Secuencias 21-24: Final del relato de Ángela. Secuencia 25: Epílogo del autor.

Tiempo: Una cuestión particular dentro de la estructura interna es el tiempo. Al hilo de la lectura se irán observando todas aquellas anotaciones con las que se nos da la idea del paso de los años, en particular, las que se refieren a la edad de Ángela. Por lo demás, y entre otras cosas, es curioso señalar la existencia de algunas elipsis narrativas o saltos en el tiempo. El personaje principal (Ángela) nos cuenta primero algo de su infancia en el pueblo y de sus recuerdos sobre el párroco. Después de un salto en el tiempo, se refiere a su época en el colegio. Para después dar otro salto de 8 años, que es cuando vuelve a Valverde (Ángela estuvo en el colegio de la ciudad de los 16 años hasta los 24, que es cuando vuelve).

5. PERSONAJES

A los pocos meses de aparecer la primera edición de San Manuel Bueno, mártir, Gregorio Marañón publica un artículo en el diario «El Sol» en el que ya se analizan algunos de los aspectos más significativos de la obra. En él dice: «Personajes, lo que se dice personajes de carne y hueso, ninguno. Almas, cuatro: un cura, una muchacha, un hombre y un idiota. Almas que pasan sin vestimenta humana. No nos dice el autor si sus cuerpos eran altos o bajos, fuertes o débiles. Pueden ser como se quiera. Apenas nos dice tampoco el sexo, porque en esta ficción de Unamuno, como en casi todas las suyas, las personas no son hombres y mujeres, sino padres e hijos; y ésta es una de las características de su obra. A menudo llama maternal al alma de un hombre [...]».

Así, a don Manuel se le llama «aquel varón matriarcal»: hombre a la vez que «madre» de sus hijos espirituales de Valverde de Lucerna; «madre» porque la función educadora del espíritu está asignada en la familia tradicional cristiana a la madre. Pero como veremos estos papeles (madre/padre/hijo, -a) pueden conmutarse.

Don Manuel: Don Manuel, por sobrenombre Bueno (como Alonso Quijano antes y después de ser don Quijote; es decir, cuando está “en su sano juicio”, cuando no “sueña”), párroco de Valverde de Lucerna, es el personaje central de la obra. La novela se organiza en torno a su lucha interior y su comportamiento para con el pueblo. La clara contradicción que se manifiesta entre estos dos aspectos de su personalidad hace que podamos considerar al personaje como la personificación de la suprema paradoja unamuniana. Esta contradicción, asumida por el personaje y motor de toda la trama novelesca, se produce por la voluntad de vivir como creyente y la imposibilidad de creer. Personaje y vida agónicos: la vida la siente el personaje como un continuo combate “sin solución ni esperanza de ella” entre la realidad y su deseo, entre la razón y la fe; y, aceptando como única verdad sólida el amor al semejante (es decir, la caridad), imponiendo esta verdad sobre todas las demás verdades en su conciencia: “aunque el consuelo que les doy no sea el mío”.

Razón y fe: verdad frente a vida: Éste es, sin duda, el tema central sobre el que se construye toda la novela. Don Manuel no es creyente, pero actúa como si lo fuera, y comunica al pueblo la fe que él no tiene o, según las palabras finales de Ángela, que cree creer que no tiene.

Don Manuel y Cristo: En numerosas ocasiones a lo largo de la novela se establece el paralelismo, cuando no identificación simbólica, entre don Manuel y Cristo. Los dos tienen el mismo nombre: Manuel (o Emmanuel), que en hebreo significa “Dios con nosotros”. Aplicado ese significado a la figura del sacerdote parece querer indicar que su presencia entre el pueblo de Valverde equivale a la de Cristo entre los hombres. Efectivamente, esta identificación alcanza su sentido pleno en la secuencia en la que don Manuel le pide a Ángela que rece “también por Nuestro Señor Jesucristo”: al llegar a su casa, ésta recuerda las palabras “de nuestros dos Cristos, el de esta tierra y el de esta aldea”

Estas palabras son las que se han venido repitiendo a lo largo de la narración. La voz de don Manuel, a la que ya se ha calificado de “divina” , exclama con especial énfasis, durante el Viernes Santo: “¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has abandonado?” Entonces, cuenta Ángela, “era como si oyesen a Nuestro Señor Jesucristo, como si la voz brotara de aquel viejo crucifijo”. Las mismas palabras se van repitiendo como el eco en la voz de Blasillo el bobo. Y para reforzar la identificación, cuando Lázaro está a punto de revelar a Ángela el secreto de don Manuel, es interrumpido por la voz de Blasillo, que va gritando por las calles dicha frase. “Lázaro se estremeció creyendo oír la voz de don Manuel, acaso la de Nuestro Señor Jesucristo”.

Por último, debe tenerse muy en cuenta la confesión de don Manuel a Lázaro, que éste cuenta a su hermana después de la muerte del sacerdote: “creía [don Manuel] que más de uno de los más grandes santos, acaso el mayor, había muerto sin creer en la otra vida”. Naturalmente la referencia es Cristo. Con ello, se pretende destacar la naturaleza humana de Cristo sobre la divina, en la que don Manuel no creía, que queda subrayada por la interrogación “¿Por qué me has abandonado?”, que para don Manuel vendría a significar la pérdida de la fe del mismo Jesucristo.

Don Manuel y Moisés: En varias ocasiones se hace referencia en la novela a la figura de Moisés: él condujo a su pueblo hacia la tierra prometida, aunque murió a sus puertas, sin llegar a entrar en ella por no haber creído la promesa de Dios. El paralelismo con don Manuel es evidente, él mismo lo recuerda antes de morir y lo había puesto ya de manifiesto Ángela al comienzo de su narración.

Ángela: La presencia de los hermanos Ángela y Lázaro en la obra actúa como dos polos contrapuestos que van acercándose a la figura central de don Manuel. Ángela parte de una fe firme. Lázaro, como veremos, desde el ateo convencido que es, además, anticlerical. Siempre hay que tener en cuenta su posición subordinada al protagonista. No es que sean menos “importantes“. Importan —y mucho— porque sólo a través de ellos podemos conocer al protagonista.

En cuanto a Ángela, la etimología de su nombre nos pone en la pista de una de las funciones que desempeña en la novela. “Ángel” proviene del griego “ánguelos”, que significa “mensajero”. Uniendo el prefijo “eu-” formamos “evangelista”; es decir, “el buen mensajero”, “el mensajero de la buena nueva”. Ángela narra la vida de un hombre al que se pretende beatificar. Es, pues, su “evangelista”, Las distintas funciones que desempeña Ángela se entrecruzan en la narración, pero son separables en el análisis:

- Mensajera o evangelista: la transmisora de la “buena nueva” de la vida del santo.

- Narradora: como tal aparece desde el comienzo. No omnisciente, sino limitada a lo conocido por su experiencia. Se dirige a un lector indeterminado (“sólo Dios sabe, que no yo, con qué destino...”).

- Testigo: refiere lo visto y oído, formando ella misma parte de lo narrado. Pero también refiere lo sentido, incorporándolo a su testimonio. Así, lo objetivo de su narración se mezcla con lo subjetivo. Además, su narración tiene lugar mucho después de que ocurran los hechos, con lo que sus recuerdos mezclan sucesos en el tiempo y no le ofrecen garantía de objetividad.

- Ayudante: como personaje que no sólo participa de lo narrado, sino que interviene como parte activa en ello: “le ayudaba en cuanto podía en su ministerio”.

- Confesante y confesora: Al comienzo de su relato, declara que quiere que su narración lo sea “a modo de confesión”, con lo que su punto de vista, si no objetivo, se supone que parte de la sinceridad, de querer contar lo que se cree que es la verdad. También nos cuenta su papel de confesante con don Manuel en el sacramento de la confesión. Pero este papel de confesante poco a poco se va invirtiendo (“volví a confesarme con él para consolarlo”) para convertirse en confesora de don Manuel. Ella es la que hace la pregunta fundamental a don Manuel: “¿cree usted?”.

- Hija-madre del protagonista. Ya hacíamos mención a la relación paterno-filial o materno-filial de los personajes de Unamuno. Como hija, don Manuel es su “padre espiritual”, padre de su espíritu, en el sentido de formarlo. Pero, conforme va introduciéndose en los recovecos del espíritu del sacerdote, va sintiendo un afecto maternal.

Lázaro: El simbolismo de este nombre resulta bien claro: Unamuno lo escogió para recordar al Lázaro del Evangelio, a quien Cristo resucita. Don Manuel “resucita” el espíritu de Lázaro a su “fe”, para su “religión”. El personaje de Lázaro opone al principio su razón a la fe que predica don Manuel. Su reacción inicial al conocer y oír a don Manuel es de asombro desconfiado. Pero porque don Manuel sabe que Lázaro no se dejará engañar es la razón por la que le confesará la verdad que le atormenta. Y le convencerá también de que al pueblo hay que dejarle en paz —en fe— para que viva feliz; incluso manteniéndole en sus creencias supersticiosas que para ellos, los del pueblo, son verdaderas. Con Lázaro se introduce en la novela un nuevo tema: el de si es útil (para la felicidad del pueblo) preocuparse de los problemas sociales.

Blasillo: Blasillo representa el grado máximo de la fe ciega, inocente, que don Manuel desea y predica para su pueblo. Blas, el bobo, viviente en la inconsciencia, repite como un eco palabras del párroco, cuyo sentido ignora. Así, lo racional - en sentido estricto, la negación de la divinidad de Cristo - desciende a lo irracional de la fe popular encarnada en Blasillo.

Cuando don Manuel muere, Blasillo muere —en el manuscrito de 1930 no ocurría así; la muerte de Blasillo se añade en la última redacción—. De esta forma, se culmina simbólicamente la identificación del pueblo con su párroco. Al faltar la voz “divina”, el eco carece de función, pues el vacío no admite resonancia.

6. ESPACIO: VALVERDE DE LUCERNA: (PAISAJE Y SIMBOLISMO).

Ya hemos dicho que ésta es la única novela —si exceptuarnos Paz en la guerra (1897), en la que el escenario es real, el Bilbao de su infancia— en que Unamuno enmarca la acción en un lugar, un paisaje concretos. Emplea Unamuno los elementos de este paisaje concreto para convertirlos en símbolos relacionados con los temas y, por lo tanto, con los personajes de esta novela.

Unamuno utiliza la leyenda de la ciudad sumergida en una doble intención simbólica: Por una parte, es símbolo de la intrahistoria del pueblo. Representa el recuerdo de los muertos de la aldea, de los antepasados que hicieron posible la vida que hoy tiene el pueblo. Para Unamuno, los muertos forman parte de la existencia de los vivos, viven en ellos. Eso es lo que se nos quiere decir con la leyenda del sonido de las campanas de la aldea sumergida, que ellos pueden escuchar. Para el pueblo, el lago azul refleja el cielo de la vida eterna prometida, vida eterna de la que ya gozan los antepasados.

En segundo lugar, la leyenda de la villa sumergida en el lago tiene un simbolismo distinto en el plano individual de la conciencia del protagonista. No se nos dice de forma explícita, al describirlo físicamente al comienzo de la narración, que sus ojos sean azules, sino que «había en sus ojos toda la hondura azul de nuestro lago». Más adelante, y utilizando nuevamente el lago como término dé comparación, sí se dice: «Leí no sé qué honda tristeza en sus ojos, azules como las aguas del lago», uniendo este rasgo a un estado interior cuyo origen todavía no puede explicarse. Obsérvese que esto lo escribe la narradora al contar cómo ella había expuesto al sacerdote sus dudas sobre la existencia del infierno. Este lago —insistamos: el de la villa sumergida de los antepasados muertos— refleja el azul del cielo en los ojos azules de don Manuel, que no cree en él. Por esto la tentación del suicidio, que dice haber heredado de su padre —o la equivalente de «dormir, dormir sin fin, dormir por toda una eternidad y sin soñar», que dirá después, al llegar su hora— es mayor a orillas del lago.

A partir del lago surgen otros símbolos. La montaña, símbolo de la fe firme del pueblo, se eleva hacia el cielo. Sus nieves blancas son como agua quieta fuera del tiempo, símbolo de la vida eterna en que confían los habitantes de la aldea. Pero, para don Manuel, el mayor misterio es el de «la nieve cayendo en el lago y muriendo en él mientras cubre con su toca la montaña». El misterio de la nieve es el misterio de la fe: para unos, firme; para él, diluida en la conciencia de la muerte. Obsérvese el sentido que puedan tener estas palabras de Ángela, cuando al comienzo de su narración describe el rezo en coro del Credo: «y no era un coro, sino una sola voz, una voz simple y unida, fundidas todas las voces en una y haciendo como una montaña, cuya cumbre, perdida a las veces en nubes, era don Manuel. Y al llegar a lo de “creo en la resurrección de la carne y la vida perdurable”, la voz de don Manuel se zambullía, como en un lago, en la del pueblo todo, y era que él se callaba.» En otro momento dice Lázaro, dirigiéndose a su hermana: «Creo que en el fondo del alma de nuestro don Manuel hay también sumergida, ahogada, una villa y que alguna vez se oyen sus campanadas.»

7. LA TÉCNICA NARRATIVA

El perspectivismo. Unamuno pretende distanciarse de lo narrado escogiendo a Ángela para que sea ella la que cuente la historia. Unamuno podía haber utilizado distintos procedimientos para escribir la novela. Podía, por ejemplo, haber utilizado un narrador omnisciente y haber narrado en tercera persona, que es el modo tradicional de la narración. Sin embargo ha acudido al punto de vista del narrador-testigo (narradora, en este caso).

Hablamos de perspectivismo porque no conocemos al protagonista de una forma “objetiva”, sino a través del punto de vista de la narradora que, además, escribe en un tiempo alejado de los hechos, en que, como hemos visto, la memoria nivela los hechos recordados. También hay que tener en cuenta que en numerosas ocasiones ella cuenta hechos que le fueron narrados, a su vez, por otra persona (bien su hermano Lázaro, bien alguien indeterminado —«se decía que...»—). O bien, Ángela cuenta que su hermano le contó que don Manuel le dijo que...

Además, el hecho de que haya dos modos de concebir la realidad tan distintos como el del creyente y el del no creyente (decimos modos distintos de concebir la realidad en cuanto a que esa realidad de la que se habla es fundamentalmente la realidad existencial de los personajes principales) ofrece una doble perspectiva. Antes de morir, Lázaro, por ejemplo, ofrece su visión no creyente de la “verdad”: la religión y, con ella, la fe en una vida perdurable son una ilusión en la que hay que mantener al pueblo. Ángela encuentra una solución creyente a su “verdad”: «Y es que creía y creo que Dios Nuestro Señor, por no sé qué sagrados y no escudriñadores designios, les hizo creerse incrédulos. Y que acaso en el acabamiento de su tránsito se les cayó la venda» (pero, para mayor confusión del lector, escribe inmediatamente a continuación: «¿Y yo, creo?).

Unamuno ha elegido, como acabamos de decir, la forma narrativa del narrador-testigo para distanciarse de lo narrado y no comprometerse. Sólo habla al final para comentar la ficción del manuscrito encontrado (que ya utilizara, por ejemplo, Cervantes en el Quijote) y decir únicamente lo que él cree que hubiera ocurrido en caso de que don Manuel hubiera revelado su secreto al pueblo.

¿Qué es lo que debe el lector entender? Lógicamente, que no debe condenar a don Manuel por predicar (como Moisés) lo que no creía. El autor toma al final partido; asume su función de creador y, como tal, juzga a su criatura para salvarla. De esta forma separa más claramente las figuras de autor-creador y personaje.

Así, salvando el juicio moral sobre su personaje, deja en libertad al lector, aceptando de antemano las múltiples lecturas que pueda generar su obra.

El tiempo. Valverde de Lucerna no es un lugar histórico, sino intrahistórico, como lo es el tiempo en que transcurre la acción. Ésta no tiene lugar hoy, ni lo tiene ayer, sino que se va desarrollando en un tiempo que está fuera de esas coordenadas temporales. Un tiempo al que podríamos llamar siempre.

El relato está enmarcado por la palabra ahora:

Ahora que el obispo de la diócesis de Renada, a la que pertenece esta mi querida aldea de Valverde de Lucerna, anda, a lo que se dice, promoviendo el proceso para la beatificación de nuestro don Manuel [...].

Y al escribir esto ahora, aquí, en mi casa materna, a mis más de cincuenta años [...].

El tiempo de la novela transcurre entre esos dos momentos (que en realidad son el mismo) tan inconcretos. Esta inconcreción temporal se ve reflejada además en el uso frecuente del pretérito imperfecto, que no da referencia temporal precisa, sin indicar tampoco el final de la acción, situando al lector en su desarrollo. De esta forma los hechos narrados —exceptuando lógicamente los que son imprescindibles para entender la trama argumental— parecen desarrollarse en ese largo e impreciso transcurso temporal al que hemos llamado siempre. De don Manuel se dice que trabajaba, solía hacer, se interesaba, solía acompañar, hacía, consolaba, decía...

Así, observamos las acciones de don Manuel como algo cotidiano, que no se realiza en un momento concreto, sino frecuentemente, adquiriendo de esta forma el carácter de ejemplaridad.

La aparente sencillez. Desde que empezamos la lectura nos llama la atención la gran sencillez de la prosa de este relato, su aparente carencia de recursos retóricos. Prosa, al parecer, sin pretensiones, dirigida exclusivamente a narrar con fidelidad ciertos hechos tal y como han sucedido. El estilo parece adecuado al personaje, que no duda en usar en ocasiones el léxico rural o arcaico que suponemos natural a quien vive en tan recóndita aldea.

¿Primitivismo natural o influencia de aquellos clásicos que leía el padre de la narradora y, después, ella misma? En seguida pueden apreciarse ecos de Santa Teresa quien, como Ángela, había tenido amistad con una joven que se le «aficionó desmedidamente» y que también había «leído historias» y «devorado ensueños» en ellas. Poco más adelante, ya propósito de ciertos pensamientos complejos que ella quiere consultar con don Manuel, éste le aconseja que no pierda el tiempo en sutilezas, que «todo eso es literatura». «No te des demasiado a la lectura, ni siquiera a Santa Teresa». El parentesco entre la prosa autobiográfica de ésta y la de Ángela Carballino es evidente desde el principio en el estilo sencillo, en la frase lacónica, ceñida a lo esencial; pero que, como vimos al hablar del simbolismo, guarda significaciones más profundas que las que puedan observarse en una primera lectura.

Situándonos de nuevo al comienzo del relato resulta evidente que la narradora nos supone partícipes de algún secreto en el cual todavía no hemos entrado. Es curiosa, por ejemplo, la naturalidad con que nos dice que a nuestro personaje sería mejor llamarle «San Manuel Bueno» que «Don Manuel». Y en seguida insiste al decir que «llevaba la cabeza» como «nuestra Peña del Buitre» y que sus ojos eran como «nuestro lago». Pero el hecho es que esa montaña y ese lago no son nuestros, no los conocemos, puesto que no nos han sido descritos. Evidentemente, aunque ella declara desconocer el destinatario de sus memorias, supone que dicho destinatario está al corriente de hechos y circunstancias.

Si ahora nos situamos al final del relato, de aquella transparente sencillez de estilo del principio pasamos a una extraña complejidad en la que los juegos de palabras y las paradojas, como en Santa Teresa, como en los místicos en general —recordémosle vivo sin vivir en mí—, ocupan un lugar principal:

¡Hay que vivir! y él me enseñó a vivir, él nos enseñó a vivir, a sentir la vida, a sentir el sentido de la vida, a sumergirnos en el alma de la montaña, en el alma del lago, en el alma del pueblo de la aldea, a perdernos en ellas para quedar en ellas. Él me enseñó con su vida a perderme en la vida del pueblo de mi aldea, y no sentía yo más pasar las horas, y los días y los años, que no sentía pasar el agua del lago. Me parecía como si mi vida hubiese de ser siempre igual. No me sentía envejecer. No vivía yo ya en mí, sino que vivía en mi pueblo y mi pueblo vivía en mí. Yo quería decir lo que ellos, los míos, decían sin querer. [...]

Y al escribir esto ahora, aquí, en mi vieja casa materna, a mis más que cincuenta años, cuando empiezan a blanquear con mi cabeza mis recuerdos, está nevando, nevando sobre el lago, nevando sobre la montaña, nevando sobre las memorias de mi padre, el forastero; de mi madre, de mi hermano Lázaro, de mi pueblo, de mi San Manuel, y también sobre la memoria del pobre Blasillo, de mi San Blasillo, y que él me ampare desde el cielo. Y esta nieve borra esquinas y borra sombras, pues hasta de noche la nieve alumbra. Y yo no sé lo que es verdad y lo que es mentira, ni lo que vi y lo que soñé —o mejor lo que soñé y lo que sólo vi—, ni lo que supe ni lo que creí. No sé si estoy traspasando a este papel, tan blanco como la nieve, mi conciencia que en él se ha de quedar, quedándome yo sin ella. ¿Para qué tenerla ya...? ¿Es que sé algo?, ¿es que creo algo? ¿Es que esto que estoy aquí contando ha pasado y ha pasado tal y como lo cuento? ¿Es que pueden pasar estas cosas? ¿Es que todo esto es más que un sueño soñado dentro de otro sueño?

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