Miguel de Unamuno niebla prólogo






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títuloMiguel de Unamuno niebla prólogo
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decir con eso?

––Que usted no es uno de esos que están a robarle a uno lo último que le hayan oído y darlo como suyo...

––Pero ¿esas tenemos...?

––Ay, amigo Pérez, el erudito es por naturaleza un la­dronzuelo; se lo digo a usted yo, yo, yo que lo soy. Los eruditos andamos a quitarnos unos a otros las pequeñas co­sitas que averiguamos y a impedir que otro se nos adelante.

––Se comprende: el que tiene almacén guarda su gé­nero con más celo que el que tiene fábrica; hay que guar­dar el agua del pozo, no la del manantial.

––Puede ser. Pues bien, si usted, que no es erudito, me promete guardarme el secreto hasta que yo lo revele, le diré que he encontrado en un oscuro y casi desconocido escritor holandés del siglo XVII una interesantísima teoría respecto al alma de la mujer...

––Veámosla.

––Dice ese escritor, y lo dice en latín, que así como cada hombre tiene su alma, las mujeres todas no tienen sino una sola y misma alma, un alma colectiva, algo así como el entendimiento agente de Averroes, repartida en­tre todas ellas. Y añade que las diferencias que se obser­van en el modo de sentir, pensar y querer de cada mujer provienen no más que de las diferencias del cuerpo, debi­das a raza, clima, alimentación, etc., y que por eso son tan insignificantes. Las mujeres, dice ese escritor, se parecen entre sí mucho más que los hombres y es porque todas son una sola y misma mujer...

––Ve ahí por qué, amigo Paparrigópulos, así que me enamoré de una me sentí en seguida enamorado de todas las demás.

––¡Claro está! Y añade ese interesantísimo y casi des­conocido ginecólogo que la mujer tiene mucha más indi­vidualidad, pero mucha menos personalidad, que el hom­bre; cada una de ellas se siente más ella, más individual, que cada hombre, pero con menos contenido.

––Sí, sí, creo entrever lo que sea.

––Y por eso, amigo Pérez, lo mismo da que estudie us­ted a una mujer o a varias. La cuestión es ahondar en aquella a cuyo estudio usted se dedique.

––Y ¿no sería mejor tomar dos o más para poder hacer el estudio comparativo? Porque ya sabe usted que ahora se lleva mucho esto de lo comparativo...

––En efecto, la ciencia es comparación; mas en punto a mujeres no es menester comparar. Quien conozca una, una sola bien, las conoce todas, conoce a la Mujer. Ade­más, ya sabe usted que todo lo que se gana en extensión se pierde en intensidad.

––En efecto, y yo deseo dedicarme al cultivo intensivo y no al extensivo de la mujer. Pero dos por lo menos... por lo menos dos...

––¡No, dos no!, ¡de ninguna manera! De no conten­tarse con una, que yo creo es lo mejor y es bastante tarea, por lo menos tres. La dualidad no cierra.

––¿Cómo que no cierra la dualidad?

––Claro está. Con dos líneas no se cierra espacio. El más sencillo polígono es el triángulo. Por lo menos tres.

––Pero el triángulo carece de profundidad. El más sen­cillo poliedro es el tetraedro; de modo que por lo menos cuatro.

––Pero dos no, ¡nunca! De pasar de una, por lo menos tres. Pero ahonde usted en una.

––Tal es mi propósito.
XXIV
Cuando salió Augusto de su entrevista con Paparrigó­pulos íbase diciendo: «De modo que tengo que renunciar a una de las dos o buscar una tercera. Aunque para esto del estudio psicológico bien me puede servir de tercer término, de término puramente ideal de comparación, Li­duvina. Tengo, pues, tres: Eugenia, que me habla a la imaginación, a la cabeza; Rosario, que me habla al cora­zón, y Liduvina, mi cocinera, que me habla al estómago. Y cabeza, corazón y estómago son las tres facultades del alma que otros llaman inteligencia, sentimiento y volun­tad. Se piensa con la cabeza, se siente con el corazón y se quiere con el estómago. ¡Esto es evidente! Y ahora...»

«Ahora ––prosiguió pensando––, ¡una idea luminosa, luminosísima! Voy a fingir que quiero pretender de nuevo a Eugenia, voy a solicitarla de nuevo, a ver si me admite de novio, de futuro marido, claro que no más que para probarla, como un experimento psicológico y seguro como estoy de que ella me rechazará... ¡pues no faltaba más! Tiene que rechazarme. Después de lo pasado, des­pués de lo que en nuestra última entrevista me dijo, no es posible ya que me admita. Es una mujer de palabra, creo. Mas... ¿es que las mujeres tienen palabra?, ¿es que la mu­jer, la Mujer, así, con letra mayúscula, la única, la que se reparte entre millones de cuerpos femeninos y más o me­nos hermosos ––más bien más que menos––; es que la Mujer está obligada a guardar su palabra? Eso de guardar su palabra, ¿no es acaso masculino? Pero ¡no, no! Eugenia no puede admitirme; no me quiere. No me quiere y aceptó ya mi dádiva. Y si aceptó mi dádiva y la disfruta, ¿para qué va a quererme?»

«Pero... ¿y si, volviéndose atrás de lo que me dijo ––pensó luego––, me dice que sí y me acepta como novio, como futuro marido? Porque hay que ponerse en todo. ¿Y si me acepta?, digo. ¡Me fastidia! ¡Me pesca con mi pro­pio anzuelo! ¡Eso sí que sería el pescador pescado! Pero ¡no, no!, ¡no puede ser! ¿Y si es? ¡Ah! entonces no queda sino resignarse. ¿Resignarse? Sí, resignarse. Hay que sa­ber resignarse a la buena fortuna. Y acaso la resignación a la dicha es la ciencia más difícil. ¿No nos dice Píndaro que las desgracias todas de Tántalo le provinieron de no haber podido digerir su felicidad? ¡Hay que digerir la felicidad! Y si Eugenia me dice que sí, si me acepta, en­tonces... ¡venció la psicología! ¡Viva la psicología! Pero ¡no, no, no! No me aceptará, no puede aceptarme, aunque sólo sea por salirse con la suya. Una mujer como Eugenia no da su brazo a torcer; la Mujer, cuando se pone frente al Hombre a ver cuál es de más tesón y constancia en sus propósitos, es capaz de todo. ¡No, no me aceptará!»

––Rosarito le espera.

Con tres palabras, preñadas de sentimientos, interrum­pió Liduvina el curso de las reflexiones de su amo.

––Di, Liduvina, ¿crees tú que las mujeres sois fieles a lo que una vez hayáis dicho?, ¿sabéis guardar vuestra pa­labra?

––Según y conforme.

––Sí, el estribillo de tu marido. Pero contesta derecha­mente y no como acostumbráis hacer las mujeres, que rara vez contestáis a lo que se os pregunta, sino a lo que se os figuraba que se os iba a preguntar.

––Y ¿qué es lo que usted quiso preguntarme?

––Que si vosotras las mujeres guardáis una palabra que hubiéseis dado.

––Según la palabra.

––¿Cómo según la palabra?

––Pues claro está. Unas palabras se dan para guardar­las y otras para no guardarlas. Ya nadie se engaña, porque es valor entendido...

––Bueno, bueno, di a Rosario que entre.

Y cuando Rosario entró preguntóle Augusto:

––Di Rosario, ¿qué crees tú, que una mujer debe guar­dar la palabra que dio o que no debe guardarla?

––No recuerdo haberle dado a usted palabra alguna...

––No se trata de eso, sino de si debe o no una mujer guardar la palabra que dio...

––Ah, sí, lo dice usted por la otra... por esa mujer...

––Por lo que lo diga; ¿qué crees tú?

––Pues yo no entiendo de esas cosas...

––¡No importa!

––Bueno, ya que usted se empeña, le diré que lo mejor es no dar palabra alguna.

––¿Y si se ha dado?

––No haberlo hecho.

«Está visto ––se dijo Augusto–– que a esta mozuela no la saco de ahí. Pero ya que está aquí, voy a poner en juego la psicología, a llevar a cabo un experimento.»

––¡Ven acá, siéntate aquí! ––y le ofreció sus rodillas.

La muchacha obedeció tranquilamente y sin inmutarse, como a cosa acordada y prevista. Augusto en cambio quedóse confuso y sin saber por dónde empezar su expe­riencia psicológica. Y como no sabía qué decir, pues... hacía. Apretaba a Rosario contra su pecho anhelante y le cubría la cara de besos, diciéndose entre tanto: «Me parece que voy a perder la sangre fría necesaria para la investiga­ción psicológica.» Hasta que de pronto se detuvo, pareció calmarse, apartó a Rosario algo de sí y la dijo de repente:

––Pero ¿no sabes que quiero a otra mujer?

Rosario se calló, mirándole fijamente y encogiéndose de hombros.

––Pero ¿no lo sabes? ––repitió él.

––¿Y a mí qué me importa eso ahora ...?

––¿Cómo que no te importa?

––¡Ahora, no! Ahora me quiere usted a mí, me parece.

––Y a mí también me parece, pero...

Y entonces ocurrió algo insólito, algo que no entraba en las previsiones de Augusto, en su programa de expe­riencia psicológica sobre la Mujer, y es que Rosario, bruscamente, le enlazó los brazos al cuello y empezó a besarle. Apenas si el pobre hombre tuvo tiempo para pen­sar: «Ahora soy yo el experimentado; esta mozuela está haciendo estudios de psicología masculina.» Y sin darse cuenta de lo que hacía sorprendióse acariciando con las temblorosas manos las pantorrillas de Rosario.

Levantóse de pronto Augusto, levantó luego en vilo a Rosario y la echó en el sofá. Ella se dejaba hacer, con el rostro encendido. Y él, teniéndola sujeta de los brazos con sus dos manos, se le quedó mirando a los ojos.

––¡No los cierres, Rosario, no los cierres, por Dios! Ábrelos. Así, así, cada vez más. Déjame que me vea en ellos, tan chiquitito...

Y al verse a sí mismo en aquellos ojos como en un es­pejo vivo, sintió que la primera exaltación se le iba tem­plando.

––Déjame que me vea en ellos como en un espejo, que me vea tan chiquitito... Sólo así llegaré a conocerme... viéndome en ojos de mujer..

Y el espejo le miraba de un modo extraño. Rosario pensaba: «Este hombre no me parece como los demás; debe de estar loco.»

Apartóse de pronto de ella Augusto, se miró a sí mismo, y luego se palpó, exclamando al cabo:

––Y ahora, Rosario, perdóname.

––¿Perdonarle?, ¿por qué?

Y había en la voz de la pobre Rosario más miedo que otro sentimiento alguno. Sentía deseos de huir, porque ella se decía: «Cuando uno empieza a decir o hacer in­congruencias no sé adónde va a parar. Este hombre sería capaz de matarme en un arrebato de locura.» Y le brota­ron unas lágrimas.

––¿Lo ves? ––le dijo Augusto––, ¿lo ves? Sí, perdó­name, Rosarito, perdóname; no sabía lo que me hacía.

Y ella pensó: «Lo que no sabe es lo que no se hace.»

––Y ahora, ¡vete, vete!

––¿Me echa usted?

––No, me defiendo. ¡No te echo, no! ¡Dios me libre! Si quieres me ire yo y te quedas aquí tú, para que veas que no te echo.

«Decididamente, no está bueno», pensó ella y sintió lástima de él.

––Vete, vete, y no me olvides, ¿eh? ––le cogió de la barbilla, acariciándosela––. No me olvides, no olvides al pobre Augusto.

La abrazó y la dio un largo y apretado beso en la boca. Al salir la muchacha le dirigió una mirada llena de un misterioso miedo. Y apenas ella salió, pensó para sí Au­gusto: «Me desprecia, indudablemente me desprecia; he estado ridículo, ridículo, ridículo... Pero ¿qué sabe ella, pobrecita, de estas cosas? ¿Qué sabe ella de psicología?»

Si el pobre Augusto hubiese podido entonces leer en el espíritu de Rosario habríase desesperado más. Porque la ingenua mozuela iba pensando: «Cualquier día vuelvo a darme yo un rato así a beneficio de la otra prójima...»

Íbale volviendo la exaltación a Augusto. Sentía que el tiempo perdido no vuelve trayendo las ocasiones que se desperdiciaron. Entróle una rabia contra sí mismo. Sin saber qué hacía y por ocupar el tiempo llamó a Liduvina y al verla ante sí, tan serena, tan rolliza, sonriéndose ma­liciosamente, fue tal y tan insólito el sentimiento que le invadió, que diciéndole: «¡Vete, vete, vete!», se salió a la calle. Es que temió un momento no poder contenerse y asaltar a Liduvina.

Al salir a la calle se encalmó. La muchedumbre es como un bosque; le pone a uno en su lugar, le reencaja.

«¿Estaré bien de la cabeza?», iba pensando Augusto. «¿No será acaso que mientras yo creo ir formalmente por la calle, como las personas normales ––¿y qué es una per­sona normal?––, vaya haciendo gestos, contorsiones y pantomimas, y que la gente que yo creo pasa sin mirarme o que me mira indiferentemente no sea así, sino que están todos fijos en mí y riéndose o compadeciéndome...? Y esta ocurrencia, ¿no es acaso locura? ¿Estaré de veras loco? Y en último caso, aunque lo esté, ¿qué? Un hombre de corazón, sensible, bueno, si no se vuelve loco es por ser un perfecto majadero. El que no está loco es o tonto o pillo. Lo que no quiere decir, claro está, que los pillos y los tontos no enloquezcan.»

«Lo que he hecho con Rosario ––prosiguió pen­sando–– ha sido ridículo, sencillamente ridículo. ¿Qué habrá pensado de mí? Y ¿qué me importa lo que de mí piense una mozuela así?... ¡Pobrecilla! Pero... ¡con qué ingenuidad se dejaba hacer! Es un ser fisiológico, perfec­tamente fisiológico, nada más que fisiológico, sin psico­logía alguna. Es inútil, pues, tomarla de conejilla de In­dias o de ranita para experimentos psicológicos. A lo sumo fisiológico... Pero ¿es que la psicología, y sobre todo la feminidad, es algo más que fisiología, o si se quiere psicología fisiológica? ¿Tiene la mujer alma? Y a mí para meterme en experimentos psicofisiológicos me falta preparación técnica. Nunca asistí a ningún laborato­rio... carezco, además, de aparatos. Y la psicofisiología exige aparatos. ¿Estaré, pues, loco?»

Después de haberse desahogado con estas meditacio­nes callejeras, por en medio de la atareada muchedumbre indiferente a sus cuitas, sintióse ya tranquilo y se volvió a casa.
XXV
Fue Augusto a ver a Víctor, a acariciar al tardío hijo de este, a recrearse en la contemplación de la nueva felici­dad de aquel hogar, y de paso a consultar con él sobre el estado de su espíritu. Y al encontrarse con su amigo a so­las, le dijo:

––¿Y de aquella novela o... ¿cómo era?... ¡ah, sí, ni­vola!... que estabas escribiendo?, ¿supongo que ahora, con lo del hijo, la habrás abandonado?

––Pues supones mal. Precisamente por eso, por ser ya padre, he vuelto a ella. Y en ella desahogo el buen humor que me llena.

––¿Querrías leerme algo de ella?

Sacó Víctor las cuartillas y empezó a leer por aquí y por allá a su amigo.

––Pero, hombre, ¡te me han cambiado! ––exclamó Au­gusto.

––¿Por qué?

––Porque ahí hay cosas que rayan en lo pornográfico y hasta a las veces pasan de ello...

––¿Pornográfico? ¡De ninguna manera! Lo que hay aquí son crudezas, pero no pornografías. Alguna vez al­gún desnudo, pero nunca un desvestido... Lo que hay es realismo...

––Realismo, sí, y además...

––Cinismo, ¿no es eso?

––¡Cinismo, sí!

––Pero el cinismo no es pornografía. Estas crudezas son un modo de excitar la imaginación para conducirla a un examen más penetrante de la realidad de las cosas; es­tas crudezas son crudezas... pedagógicas. ¡Lo dicho, pe­dagógicas!

––Y algo grotescas...

––En efecto, no te lo niego. Gusto de la bufonería.

––Que es siempre en el fondo tétrica.

––Por lo mismo. No me agradan sino los chistes lúgu­bres, las gracias funerarias. La risa por la risa misma me da grima, y hasta miedo. La risa no es sino la preparación para la tragedia.

––Pues a mí esas bufonadas crudas me producen un detestable efecto.

––Porque eres un solitario, Augusto, un solitario, en­tiéndemelo bien, un solitario... Y yo las escribo para cu­rar... No, no, no las escribo para nada, sino porque me di­vierte escribirlas, y si divierten a los que las lean me doy por pagado. Pero si a la vez logro con ellas poner en ca­mino de curación a algún solitario como tú, de doble so­ledad...

––¿Doble?

––Sí, soledad de cuerpo y soledad de alma.

––A propósito, Victor...

––Sí, ya sé lo que vas a decirme. Venías a consultarme sobre tu estado, que desde hace algún tiempo es alar­mante, verdaderamente alarmante, ¿no es eso?

––Sí, eso es.

––Lo adiviné. Pues bien, Augusto, cásate y cásate cuanto antes.

––Pero ¿con cuál?

––¡Ah!, pero ¿hay más de una?

––Y ¿cómo has adivinado también esto?

––Muy sencillo. Si hubieses preguntado: pero ¿con quién?, no habría supuesto que hay más de una ni que esa una haya; mas al preguntar: pero ¿con cuál?, se entiende con cuál de las dos, o tres, o diez, o ene.

––Es verdad.

––Cásate, pues, cásate, con una cualquiera de las ene de que estás enamorado, con la que tengas más a mano. Y sin pensarlo demasiado. Ya ves, yo me casé sin pensarlo; nos tuvieron que casar.

––Es que ahora me ha dado por dedicarme a las expe­riencias de psicología femenina.

––La única experiencia psicológica sobre la Mujer es el matrimonio. El que no se casa, jamás podrá experi­mentar psicológicamente el alma de la Mujer. El único la­boratorio de psicología femenina o de ginepsicología es el matrimonio.

––Pero ¡eso no tiene remedio!

––Ninguna experimentación de verdad le tiene. Todo el que se mete a querer experimentar algo, pero guar­dando la retirada, no quemando las naves, nunca sabe nada de cierto. Jamás te fíes de otro cirujano que de aquel que se haya amputado a sí mismo algún propio miembro, ni te entregues a alienista que no esté loco. Cásate, pues, si quieres saber psicología.

––De modo que los solteros...

––La de los solteros no es psicología; no es más que metafísica, es decir, más allá de la física, más allá de lo natural.

––Y ¿qué es eso?

––Poco menos que en lo que estás tú.

––¿Yo estoy en la metafísica? Pero ¡si yo, querido Vic­tor, no estoy más allá de lo natural, sino más acá de ello!

––Es igual.

––¿Cómo que es igual?

––Sí, más acá de lo natural es lo mismo que más allá, como más allá del espacio es lo mismo que más acá de él. ¿Ves esta línea? ––y trazó una línea en un papel––. Pro­longada por uno y otro extremo al infinito y los extremos se encontrarán, cerrarán en el infinito, donde se encuentra todo y todo se lía. Toda recta es curva de una circunferen­cia de radio infinito y en el infinito cierra. Luego lo mismo da lo de más acá de lo natural que lo de más allá. ¿No está claro?

––No, está oscurísimo, muy oscuro.

––Pues porque está tan oscuro, cásate.

––Sí, pero... ¡me asaltan tantas dudas!

––Mejor, pequeño Hamlet, mejor. ¿Dudas?, luego piensas; ¿piensas?, luego eres.

––Sí, dudar es pensar.

––Y pensar es dudar y nada más que dudar. Se cree, se sabe, se imagina sin dudar; ni la fe, ni el conocimiento, ni la imaginación suponen duda y hasta la duda las destruye, pero no se piensa sin dudar. Y es la duda lo que de la fe y del conocimiento, que son algo estático, quieto, muerto, hace pensamiento, que es dinámico, inquieto, vivo.

––¿Y la imaginación?

––Sí, ahí cabe alguna duda. Suelo dudar lo que les he de hacer decir o hacer a los personajes de mi nivola, y aun después de que les he hecho decir o hacer algo dudo de si estuvo bien y si es lo que en verdad les corresponde. Pero... ¡paso por todo! Sí, sí, cabe duda en el imaginar, que es un pensar...
Mientras Augusto y Victor sostenían esta conversación nivolesca, yo, el autor de esta nivola, que tienes, lector, en la mano y estás leyendo, me sonreía enigmáticamente al ver que mis nivolescos personajes estaban abogando por mí y justijïcando mis procedimientos, y me decía a mí mismo: «¡Cuán lejos estarán estos infelices de pensar que no están haciendo otra cosa que tratar de justificar lo que yo estoy haciendo con ellos! Así cuando uno busca razones para justificarse no hace en rigor otra cosa que justijicar a Dios. Y yo soy el Dios de estos dos pobres diablos nivolescos.»
XXVI
Augusto se dirigió a casa de Eugenia dispuesto a tentar la última experiencia psicológica, la definitiva, aunque te­miendo que ella le rechazase. Y encontróse con ella en la escalera, que bajaba para salir cuando él subía para entrar.

––¿Usted por aquí, don Augusto?

––Sí, yo; mas puesto que tiene usted que salir, lo dejaré para otro día; me vuelvo.

––No, está arriba mi tío.

––No es con su tío, es con usted, Eugenia, con quien tenía que hablar. Dejémoslo para otro día.

––No, no, volvamos. Las cosas en caliente.

––Es que si está su tío.

––¡Bah!, ¡es anarquista! No le llamaremos.

Y obligó a Augusto a que subiese con ella. El pobre hombre, que había ido con aires de experimentador, sen­tíase ahora rana.

Cuando estuvieron solos en la sala, Eugenia, sin qui­tarse el sombrero, con el traje de calle con que había en­trado, le dijo:

––Bien, sepamos qué es lo que tenía que decirme.

––Pues... pues... ––y el pobre Augusto balbuceaba–– ­pues... pues...

––Bien; pues ¿qué?

––Que no puedo descansar, Eugenia; que les he dado mil vueltas en el magín a las cosas que nos dijimos la úl­tima vez que hablamos, y que a pesar de todo no puedo resignarme, ¡no, no puedo resignarme, no lo puedo!

––Y ¿a qué es lo que no puede usted resignarse?

––Pues ¡a esto, Eugenia, a esto!

––Y ¿qué es esto?

––A esto, a que no seamos más que amigos...

––¡Más que amigos...! ¿Le parece a usted poco, señor don Augusto?, ¿o es que quiere usted que seamos menos que amigos?

––No, Eugenia, no, no es eso.

––Pues ¿qué es?

––Por Dios, no me haga sufrir..

––El que se hace sufrir es usted mismo.

––¡No puedo resignarme, no!

––Pues ¿qué quiere usted?

––¡Que seamos... marido y mujer!

––¡Acabáramos!

––Para acabar hay que empezar.

––¿Y aquella palabra que me dio usted?

––No sabía lo que me decía.

––Y la Rosario aquella...

––¡Oh, por Dios, Eugenia, no me recuerdes eso!, ¡no pienses en la Rosario!

Eugenia entonces se quitó el sombrero, lo dejó sobre una mesilla, volvió a sentarse y luego pausadamente y con solemnidad dijo:

––Pues bien, Augusto, ya que tú, que eres al fin y al cabo un hombre, no te crees obligado a guardar la pala­bra, yo que no soy nada más que una mujer tampoco debo guardarla. Además, quiero librarte de la Rosario y de las demás Rosarios o Petras que puedan envolverte. Lo que no hizo la gratitud por tu desprendimiento ni hizo el despecho de lo que con Mauricio me paso ––ya ves si te soy franca–– hace la compasión. ¡Sí, Augusto, me das pena, mucha pena! ––y al decir esto le dio dos leves palmaditas con la diestra en una rodilla.

––¡Eugenia! ––y le tendió los brazos como para co­gerla.

––¡Eh, cuidadito! ––exclamó ella apartándoselos y hurtándose de ellos–– ¡cuidadito!

––Pues la otra vez... la última vez...

––¡Sí, pero entonces era diferente!

«Estoy haciendo de rana», pensó el psicólogo experi­mental.

––¡Sí ––prosiguió Eugenia––, a un amigo, nada más que amigo, pueden permitírsele ciertas pequeñas liberta­des que no se deben otorgar al... vamos, al... novio!

––Pues no lo comprendo...

––Cuando nos hayamos casado, Augusto, te lo expli­caré. Y ahora, quietecito, ¿eh?

«Esto es hecho», pensó Augusto, que se sintió ya com­pleta y perfectamente rana.

––Y ahora ––agregó Eugenia levantándose–– voy a llamar a mi tío.

––¿Para qué?

––¡Toma, para darle parte!

––¡Es verdad! ––––exclamó Augusto, consternado.

Al momento llegó don Fermín.

––Mire usted, tío ––le dijo Eugenia––, aquí tiene usted a don Augusto Pérez, que ha venido a pedirme la mano. Y yo se la he concedido.

––¡Admirable!, ¡admirable! ––exclamó don Fermín––, ¡admirable! ¡Ven acá, hija mía, ven acá que te abrace!, ¡ad­mirable!

––¿Tanto le admira a usted que vayamos a casarnos, tío?

––No, lo que me admira, lo que me arrebata, lo que me subyuga es la manera de haber resuelto este asunto, los dos solos, sin medianeros... ¡viva la anarquía! Y es lás­tima, es lástima que para llevar a cabo vuestro propósito tengáis que acudir a la autoridad... Por supuesto, sin aca­tarla en el fuero interno de vuestra conciencia, ¿eh?, pro formula, nada más que pro formula. Porque yo sé que os consideráis ya marido y mujer. ¡Y en todo caso yo, yo solo, en nombre del Dios anárquico, os caso! Y esto basta. ¡Admirable!, ¡admirable! Don Augusto, desde hoy esta casa es su casa.

––¿Desde hoy?

––Tiene usted razón, sí, lo fue siempre. Mi casa... ¿mía? Esta casa que habito fue siempre de usted, fue siempre de todos mis hermanos. Pero desde hoy... usted me entiende.

––Sí, le entiende a usted, tío.

En aquel momento llamaron a la puerta y Eugenia dijo:

––¡La tía!

Y al entrar esta en la sala y ver aquello, exclamó:

––Ya, ¡enterada! ¿Conque es cosa hecha? Esto ya me lo sabía yo.

Augusto pensaba: «¡Rana, rana completa! Y me han pescado entre todos.»

––Se quedará usted hoy a comer con nosotros, por su­puesto, para celebrarlo... ––dijo doña Ermelinda.

––¡Y qué remedio! ––se le escapó al pobre rana.
XXVII
Empezó entonces para Augusto una nueva vida. Casi todo el día se lo pasaba en casa de su novia y estudiande no psicología, sino estética.

¿Y Rosario? Rosario no volvió por su casa. La si­guiente vez que le llevaron la ropa planchada fue otra la que se la llevó, una mujer cualquiera. Y apenas se atrevié a preguntar por qué no venía ya Rosario. ¿Para qué, si le adivinaba? Y este desprecio, porque no era sino despre­cio, bien lo conocía y, lejos de dolerle, casi le hizo gracia, Bien. Bien se desquitaría él en Eugenia. Que, por su­puesto, seguía con lo de: «¡Eh, cuidadito y manos que­das!» ¡Buena era ella para otra cosa!

Eugenia le tenía a ración de vista y no más que de vista, encendiéndole el apetito. Una vez le dijo él:

––¡Me entran unas ganas de hacer unos versos a tus ojos!

Y ella le contestó:

––¡Hazlos!

––Mas para ello ––agregó él–– sería conveniente que tocases un poco el piano. Oyéndote en él, en tu instru­mento profesional, me inspiraría.

––Pero ya sabes, Augusto, que desde que, gracias a tu generosidad, he podido ir dejando mis lecciones no he vuelto a tocar el piano y que lo aborrezco. ¡Me ha costado tantas molestias!

––No importa, tócalo, Eugenia, tócalo para que yo es­criba mis versos.

––¡Sea, pero por única vez!

Sentóse Eugenia a tocar el piano y mientras lo tocaba escribió Augusto esto:
Mi alma vagaba lejos de mi cuerpo

en las brumas perdidas de la idea,

perdida allá en las notas de la música

que según dicen cantan las esferas;

y yacía mi cuerpo solitario

sin alma y triste errando por la tierra.

Nacidos para arar juntos la vida

no vivían; porque él era materia

tan sólo y ella nada más que espíritu

buscando completarse, ¡dulce Eugenia!

Mas brotaron tus ojos como fuentes

de viva luz encima de mi senda

y prendieron a mi alma y la trajeron

del vago cielo a la dudosa tierra,

metiéronla en mi cuerpo, y desde entonces

¡y sólo desde entonces vivo, Eugenia!

Son tus ojos cual clavos encendidos

que mi cuerpo a mi espíritu sujetan,

que hacen que sueñe en mi febril la sangre

y que en carne convierten mis ideas.

¡Si esa luz de mi vida se apagara,

desuncidos espíritu y materia,

perderíame en brumas celestiales

y del profundo en la voraz tiniebla!
––¿Qué te parecen? ––le preguntó Augusto luego que se los hubo leído.

––Como mi piano, poco o nada musicales. Y eso de «según dicen...» .

––Sí, es para darle familiaridad...

––Y lo de «dulce Eugenia» me parece un ripio.

––¿Qué?, ¿que eres un ripio tú?

––¡Ahí, en esos versos, sí! Y luego todo eso me parece muy... muy...

––Vamos, sí, muy nivodesco.

––¿Qué es eso?

––Nada, un timo que nos traemos entre Víctor y yo.

––Pues mira, Augusto, yo no quiero timos en mi casa luego que nos casemos, ¿sabes? Ni timos ni perros. Con­que ya puedes ir pensando lo que has de hacer de Orfeo...

––Pero ¡Eugenia, por Dios!, ¡si ya sabes cómo le en­contré, pobrecillo!, ¡si es además mi confidente...!, ¡si es a quien dirijo mis monólogos todos...!

––Es que cuando nos casemos no ha de haber monólo­gos en mi casa. ¡Está de más el perro!

––Por Dios, Eugenia, siquiera hasta que tengamos un hijo...

––Si lo tenemos...

––Claro, si lo tenemos. Y si no, ¿por qué no el perro?, ¿por qué no el perro, del que se ha dicho con tanta justicia que sería el mejor amigo del hombre si tuviese dinero...?

––No, si tuviese dinero el perro no sería amigo del hom­bre, estoy segura de ello. Porque no lo tiene es su amigo.

Otro día le dijo Eugenia a Augusto:

––Mira, Augusto, tengo que hablarte de una cosa grave, muy grave, y te ruego que me perdones de ante­mano si lo que voy a decirte...

––¡Por Dios, Eugenia, habla!

––Tú sabes aquel novio que tuve...

––Sí, Mauricio.

––Pero no sabes por qué le tuve que despachar al muy sinvergüenza...

––No quiero saberlo.

––Eso te honra. Pues bien; le tuve que despachar al ha­ragán y sinvergüenza aquel, pero...

––¿Qué, te persigue todavía?

––¡Todavía!

––¡Ah, como yo le coja!...

––No, no es eso. Me persigue, pero no ya con las in­tenciones que tú crees, sino con otras.

––¡A ver!, ¡a ver!

––No te alarmes, Augusto, no te alarmes. El pobre Mauricio no muerde, ladra.

––Ah, pues haz lo que dice el refrán árabe: «Si vas a detenerte con cada perro que te salga a ladrar al camino; nunca llegarás al fin de él.» No sirve tirarles piedras. No le hagas caso.

––Creo que hay otro medio mejor.

––¿Cuál?

––Llevar a prevención mendrugos de pan en el bolsillo e irlos tirando a los perros que salen a ladrarnos, porque ladran por hambre.

––¿Qué quieres decir?

––Que ahora Mauricio no pretende sino que le busque una colocación cualquiera o un modo de vivir y dice que me dejará en paz, y si no...

––Si no...

––Amenaza con perseguirme para comprometerme...

––¡Desvergonzado!, ¡bandido!

––No te exaltes. Y creo que lo mejor es quitámosle de en­medio buscándole una colocación cualquiera que le dé para vivir y que sea lo más lejos posible. Es, además, de mi parte algo de compasión porque el pobrecillo es como es, y...

––Acaso tengas razón, Eugenia. Y mira, creo que po­dré arreglarlo todo. Mañana mismo hablaré a un amigo mío y me parece que le buscaremos ese empleo.

Y, en efecto, pudo encontrarle el empleo y conseguir que le destinasen bastante lejos.
XXVII
Torció el gesto Augusto cuando una mañana le anunció Liduvina que un joven le esperaba y se encontró luego con que era Mauricio. Estuvo por despedirlo sin oírle, pero le atraía aquel hombre que fue en un tiempo novio de Eugenia, al que esta quiso y acaso seguía queriendo en algún modo; aquel hombre que tal vez sabía de la que iba a ser mujer de él, de Augusto, intimidades que este igno­raba; de aquel hombre que... Había algo que les unía.

––Vengo, señor ––empezó sumisamente Mauricio––, a darle las gracias por el favor insigne que merced a la me­diación de Eugenia usted se ha dignado otorgarme...

––No tiene usted de qué darme las gracias, señor mío, y espero que en adelante dejará usted en paz a la que va a ser mi mujer.

––Pero ¡si yo no la he molestado lo más mínimo!

––Sé a qué atenerme.

––Desde que me despidió, a hizo bien en despedirme, porque no soy yo el que a ella corresponde, he procurado consolarme como mejor he podido de esa desgracia y res­petar, por supuesto, sus determinaciones. Y si ella le ha dicho a usted otra cosa...

––Le ruego que no vuelva a mentar a la que va a ser mi mujer, y mucho menos que insinúe siquiera el que haya faltado lo más mínimo a la verdad. Consuélese como pueda y déjenos en paz.

––Es verdad. Y vuelvo a darles a ustedes dos las gra­cias por el favor que me han hecho proporcionándome ese empleíto. Iré a servirlo y me consolaré como pueda. Por cierto que pienso llevarme conmigo a una mucha­chita...

––Y ¿a mí qué me importa eso, caballero?

––Es que me parece que usted debe de conocerla...

––¿Cómo?, ¿cómo?, ¿quiere usted burlarse...?

––No... no... Es una tal Rosario, que está en un taller de planchado y que me parece le solía llevar a usted la plancha...

Augusto palideció. «¿Sabrá este todo?» , se dijo, y esto le azaró aún más que su anterior sospecha de que aquel hombre supiese de Eugenia lo que él no sabía. Pero repú­sose al pronto y exclamó:

––Y ¿a qué me viene usted ahora con eso?

––Me parece ––prosiguió Mauricio, como si no hu­biese oído nada–– que a los despreciados se nos debe de­jar el que nos consolemos los unos con los otros.

––Pero ¿qué quiere usted decir, hombre, qué quiere us­ted decir? ––y pensó Augusto si allí, en aquel que fue es­cenario de su última aventura con Rosario, estrangularía o no a aquel hombre.

––¡No se exalte así, don Augusto, no se exalte así! No quiero decir sino lo que he dicho. Ella... la que usted no quiere que yo miente, me despreció, me des­pachó, y yo me he encontrado con esa pobre chicuela, a la que otro despreció y...

Augusto no pudo ya contenerse; palideció primero, se encendió después, levantóse, cogió a Mauricio por los dos brazos, lo levantó en vilo y le arrojó en el sofá sin darse clara cuenta de lo que hacía, como para estrangularlo. Y entonces, al verse Mauricio en el sofá, dijo con la mayor frialdad:

––Mírese usted ahora, don Augusto, en mis pupilas y verá qué chiquito se ve...

El pobre Augusto creyó derretirse. Por lo menos se le derritió la fuerza toda de los brazos, empezó la estancia a convertirse en niebla a sus ojos; pensó: «¿Estaré so­ñando?», y se encontró con que Mauricio, de pie ya y frente a él, le miraba con una socarrona sonrisa:

––¡Oh, no ha sido nada, don Augusto, no ha sido nada! Perdóneme usted, un arrebato... ni sé siquiera lo que me hice... ni me di cuenta... Y ¡gracias, gracias, otra vez gra­cias!, ¡gracias a usted y a... ella! ¡Adiós!

Apenas había salido Mauricio, llamó Augusto a Lidu­vina.

––Di, Liduvina, ¿quién ha estado aquí conmigo?

––Un joven.

––¿De qué señas?

––Pero ¿necesita usted que se lo diga?

––¿De veras, ha estado aquí alguien conmigo?

––¡Señorito!

––No... no... júrame que ha estado aquí conmigo un jo­ven y de las señas que me digas... alto, rubio, ¿no es eso?, de bigote, más bien grueso que flaco, de nariz aguileña... ¿ha estado?

––Pero ¿está usted bueno, don Augusto?

––¿No ha sido un sueño...?

––Como no lo hayamos soñado los dos...

––No, no pueden soñar dos al mismo tiempo la misma cosa. Y precisamente se conoce que algo no es sueño en que no es de uno solo...

––Pues ¡sí, estése tranquilo, sí! Estuvo ese joven que dice.

––Y ¿qué dijo al salir?

––Al salir no habló conmigo... ni le vi...

––Y tú ¿sabes quién es, Liduvina?

––Sí, sé quién es. El que fue novio de...

––Sí, basta. Y ahora, ¿de quién lo es?

––Eso ya sería saber demasiado.

––Como las mujeres sabéis tantas cosas que no os en­señan...

––Sí, y en cambio no logramos aprender las que quie­ren enseñamos.

––Pues bueno, di la verdad, Liduvina: ¿no sabes con quién anda ahora ese... prójimo?

––No, pero me lo figuro.

––¿Por qué?

––Por lo que está usted diciendo.

––Bueno, llama ahora a Domingo.

––¿Para qué?

––Para saber si estoy también todavía soñando o no, y si tú eres de verdad Liduvina, su mujer, o si...

––¿O si Domingo está soñando también? Pero creo que hay otra cosa mejor.

––¿Cuál?

––Que venga Orfeo.

––Tienes razón; ¡ese no sueña!

Al poco rato, habiendo ya salido Liduvina, entraba el perro.

«¡Ven acá, Orfeo ––le dijo su amo––, ven acá! ¡Pobre­cito!, ¡qué pocos días te quedan ya de vivir conmigo! No te quiere ella en casa. Y ¿adónde voy a echarte?, ¿qué voy a hacer de ti?, ¿qué será de ti sin mí? Eres capaz de mo­rirte, ¡lo sé! Sólo un perro es capaz de morirse al verse sin amo. Y yo he sido más que tu amo, ¡tu padre, tu dios! ¡No te quiere en casa; te echa de mi lado! ¿Es que tú, el sím­bolo de la felicidad, le estorbas en casa? ¡Quién lo sabe...! Acaso un perro sorprende los más secretos pensamientos de las personas con quienes vive, y aunque se ca­lle... ¡Y tengo que casarme, no tengo más remedio que ca­sarme... si no, jamás voy a salir del sueño! Tengo que despertar.»

«Pero ¿por qué me miras así, Orfeo? ¡Si parece que lloras sin lágrimas...! ¿Es que me quieres decir algo?, te veo sufrir por no tener palabras. ¡Qué pronto aseguré que tú no sueñas! ¡Tú sí que me estás soñando, Orfeo! ¿Por qué somos hombres los hombres sino porque hay perros y gatos y caballos y bueyes y ovejas y animales de toda clase, sobre todo domésticos?, ¿es que a falta de animales domésticos en que descargar el peso de la animalidad de la vida habría el hombre llegado a su humanidad? ¿Es que a no haber domesticado el hombre al caballo no an­daría la mitad de nuestro linaje llevando a cuestas a la otra mitad? Sí, a vosotros se os debe la civilización. Y a las mujeres. Pero ¿no es acaso la mujer otro animal do­méstico? Y de no haber mujeres, ¿serían hombres los hombres? ¡Ay, Orfeo, viene de fuera quien de casa te echa! »

Y le apretó contra su seno, y el perro, que parecía en efecto llorar, le lamía la barba.
XXIX
Todo estaba dispuesto ya para la boda. Augusto la que­ría recogida y modesta, pero ella, su mujer futura, parecía preferir que se le diese más boato y resonancia.

A medida que se acercaba aquel plazo, el novio ardía por tomarse ciertas pequeñas libertades y confianzas, y ella, Eugenia, se mantenía más en reserva.

––Pero ¡si dentro de unos días vamos a ser el uno del otro, Eugenia!

––Pues por lo mismo. Es menester que empecemos ya a respetarnos.

––Respeto... Respeto... El respeto excluye el cariño.

––Eso creerás tú... ¡Hombre al fin!

Y Augusto notaba en ella algo extraño, algo forzado. Alguna vez parecióle que trataba de esquivar sus mira­das. Y se acordó de su madre, de su pobre madre, y del anhelo que sintió siempre porque su hijo se casara bien. Y ahora, próximo a casarse con Eugenia, le atormentaba más lo que Mauricio le dijera de llevarse a Rosario. Sen­tía celos, unos celos furiosos, y rabia por haber dejado pasar una ocasión, por el ridículo en que quedó ante la mozuela. «Ahora estarán riéndose los dos de mí ––se de­cía––, y él doblemente, porque ha dejado a Eugenia enca­jándomela y porque se me lleva a Rosario.» Y alguna vez le entraron furiosas ganas de romper su compromiso y de ir a la conquista de Rosario, a arrebatársela a Mauricio.

––Y de aquella mocita, de aquella Rosario, ¿qué se ha hecho? ––le preguntó Eugenia unos días antes del de la boda.

––Y ¿a qué viene recordarme ahora eso?

––¡Ah, si no te gusta el recuerdo, lo dejaré!

––No... no... pero...

––Sí, como una vez interrumpió ella una entrevista nuestra... ¿No has vuelto a saber de ella? ––y le miró con mirada de las que atraviesan.

––No, no he vuelto a saber de ella.

––¿Quién la estará conquistando o quién la habrá con­quistado a estas horas...? ––y apartando su mirada de Au­gusto la fijó en el vacío, más allá de lo que miraba.

Por la mente del novio pasaron, en tropel, extraños agüe­ros. «Esta parece saber algo», se fijo, y luego en voz alta:

––¿Es que sabes algo?

––¿Yo? ––contestó ella fingiendo indiferencia y volvió a mirarle.

Entre los dos flotaba sombra de misterio.

––Supongo que la habrás olvidado...

––Pero ¿a qué esta insistencia en hablarme de esa... chiquilla?

––¡Qué sé yo!... Porque, hablando de otra cosa, ¿qué le pasará a un hombre cuando otro le quita la mujer a que pretendía y se la lleva?

A Augusto le subió una oleada de sangre a la cabeza al oír esto. Entráronle ganas de salir, correr en busca de Ro­sario, ganarla y volver con ella a Eugenia para decir a esta: «¡Aquí la tienes, es mía y no de... tu Mauricio!»

Faltaban tres días para el de la boda. Augusto salió de casa de su novia pensativo. Apenas pudo dormir aquella noche.

A la mañana siguiente, apenas despertó, entró Lidu­vina en su cuarto.

––Aquí hay una carta para el señorito; acaban de traerla. Me parece que es de la señorita Eugenia...

––¿Carta?, ¿de ella?, ¿de ella carta? ¡Déjala ahí y vete!

Salió Liduvina. Augusto empezó a temblar. Un extraño desasosiego le agitaba el corazón. Se acordó de Rosario, luego de Mauricio. Pero no quiso tocar la carta. Miró con terror al sobre. Se levantó, se lavó, se vistió, pidió el de­sayuno, devorándolo luego. «No, no quiero leerla aquí», se dijo. Salió de su casa, fuese a la iglesia más próxima, y allí, entre unos cuantos devotos que oían misa, abrió la carta. «Aquí tendré que contenerme ––se dijo––, por­que yo no sé qué cosas me dice el corazón.» Y decía la carta:
«Apreciable Augusto: Cuando leas estas líneas yo estaré con Mauricio camino del pueblo adonde este va destinado gracias a tu bondad, a la que debo también poder disfrutar de mis rentas, que con el sueldo de él nos permitirá vivir juntos con algún desahogo. No te pido que me perdones, porque después de esto creo que te convencerás de que ni yo te hubiera hecho feliz ni tú mucho menos a mí. Cuando se te pase la primera impresión volveré a escribirte para explicarte por qué doy este paso ahora y de esta manera. Mauricio quería que nos hubiéramos escapado el día mismo de la boda, después de salir de la iglesia; pero su plan era muy complicado y me pareció, además, una crueldad inú­til. Y como te dije en otra ocasión, creo quedaremos ami­gos. Tu amiga.
Eugenia Domingo del Arco.
P.S. No viene con nosotros Rosario. Te queda ahí y puedes con ella consolarte.»
Augusto se dejó caer en un banco, anonadado. Al poco rato se arrodilló y rezaba.

Al salir de la iglesia parecíale que iba tranquilo, mas era una terrible tranquilidad de bochorno. Se dirigió a casa de Eugenia, donde encontró a los pobres tíos cons­ternados. La sobrina les había comunicado por carta su determinación y no remaneció en toda la noche. Había to­mado la pareja un tren que salió al anochecer, muy poco después de la última entrevista de Augusto con su novia.

––Y ¿qué hacemos ahora? ––dijo doña Ermelinda.

––¡Qué hemos de hacer, señora ––contestó Augusto––, sino aguantarnos!

––¡Esto es una indignidad ––exclamó don Fermín––; estas cosas no debían quedar sin un ejemplar castigo!

––Y ¿es usted, don Fermín, usted, el anarquista...?

––Y ¿qué tiene que ver? Estas cosas no se hacen así. ¡No se engaña así a un hombre!

––¡Al otro no le ha engañado! ––dijo fríamente Au­gusto, y después de haberlo dicho se aterró de la frialdad con que lo dijera.

––Pero le engañará... le engañará... ¡no lo dude usted!

Augusto sintió un placer diabólico al pensar que Eugenia engañaría al cabo a Mauricio. «Pero no ya conmigo», se dijo muy bajito, de modo que apenas si se oyese a sí mismo.

––Bueno, señores, lamento lo sucedido, y más que nada por su sobrina, pero debo retirarme.

––Usted comprenderá, don Augusto, que nosotros... ––empezó doña Ermelinda.

––¡Claro!, ¡claro! Pero...

Aquello no podía prolongarse. Augusto, después de breves palabras más, se salió.

Iba aterrado de sí mismo y de lo que le pasaba, o mejor aún, de lo que no le pasaba. Aquella frialdad, al menos aparente, con que recibió el golpe de la burla suprema, aquella calma le hacía que hasta dudase de su propia existencia. «Si yo fuese un hombre como los demás ––se decía––, con corazón; si fuese siquiera un hombre, si existiese de verdad, ¿cómo podía haber recibido esto con la relativa tranquilidad con que lo recibo?» Y empezó, sin darse de ello cuenta, a palparse, y hasta se pellizcó para ver si lo sentía.

De pronto sintió que alguien le tiraba de una pierna. Era Orfeo, que le había salido al encuentro, para conso­larlo. Al ver a Orfeo sintió, ¡cosa extraña!, una gran ale­gría, lo tomó en brazos y le dijo: «¡Alégrate, Orfeo mío, alégrate!, ¡alegrémonos los dos! ¡Ya no te echan de casa; ya no te separan de mí; ya no nos separarán al uno del otro! Viviremos juntos en la vida y en la muerte. No hay mal que por bien no venga, por grande que el mal sea y por pequeño que sea el bien, o al revés. ¡Tú, tú eres fiel, Orfeo mío, tú eres fiel! Yo ya supongo que algunas veces buscarás tu perra, pero no por eso huyes de casa, no por eso me abandonas; tú eres fiel, tú. Y mira, para que no tengas nunca que marcharte, traeré una perra a casa, sí, te la traeré. Porque ahora, ¿es que has salido a mi encuentro para consolar la pena que debía tener, o es que me en­cuentras al volver de una visita a tu perra? De todos mo­dos, tú eres fiel, tú, y ya nadie te echará de mi casa, nadie nos separará.»

Entró en su casa, y no bien se volvió a ver en ella, solo, se le desencadenó en el alma la tempestad que parecía calma. Le invadió un sentimiento en que se daban con­fundidos tristeza, amarga tristeza, celos, rabia, miedo, odio, amor, compasión, desprecio, y sobre todo ver­güenza, una enorme vergüenza, y la terrible conciencia del ridículo en que quedaba.

––¡Me ha matado! ––le dijo a Liduvina.

––¿Quién?

––Ella.

Y se encerró en su cuarto. Y a la vez que las imágenes de Eugenia y de Mauricio presentábase a su espíritu la de Rosario, que también se burlaba de él. Y recordaba a su madre. Se echó sobre la cama, mordió la almohada, no acertaba a decirse nada concreto, se le enmudeció el mo­nólogo, sintió como si se le acorchase el alma y rompió a llorar. Y lloró, lloró, lloró. Y en el llanto silencioso se le derretía el pensamiento.
XXX
Víctor encontró a Augusto hundido en un rincón de un sofá, mirando más abajo del suelo.

––¿Qué es eso? ––le preguntó poniéndole una mano sobre el hombro.

––Y ¿me preguntas qué es esto? ¿No sabes lo que me ha pasado?

––Sí, sé lo que te ha pasado por fuera, es decir, lo que ha hecho ella; lo que no sé es lo que lo pasa por dentro, es decir, no sé por qué estás así...

––¡Parece imposible!

––Se te ha ido un amor, el de a; ¿no te queda el de b, o el de c, o el de x, o el de otra cualquiera de las n?

––No es la ocasión para bromas, creo.

––Al contrario, esta es la ocasión de bromas.

––Es que no me duele en el amor; ¡es la burla, la burla, la burla! Se han burlado de mí, me han escarnecido, me han puesto en ridículo; han querido demostrarme... ¿qué sé yo?... que no existo.

––¡Qué felicidad!

––No te burles, Víctor.

––Y ¿por qué no me he de burlar? Tú, querido experi­mentador, la quisiste tomar de rana, y es ella la que te ha tomado de rana a ti. ¡Chapúzate, pues, en la charca, y a croar y a vivir!

––Te ruego otra vez...

––Que no bromee, ¿eh? Pues bromearé. Para estas oca­siones se ha hecho la burla.

––Es que eso es corrosivo.

––Y hay que corroer. Y hay que confundir. Confundir sobre todo, confundirlo todo. Confundir el sueño con la vela, la ficción con la realidad, lo verdadero con lo falso; confundirlo todo en una sola niebla. La broma que no es corrosiva y confundente no sirve para nada. El niño se ríe en la tragedia; el viejo llora en la comedia. Quisiste ha­cerla rana, te ha hecho rana; acéptalo, pues, y sé para ti mismo rana.

––¿Qué quieres decir con eso?

––Experimenta en ti mismo.

––Sí, que me suicide.

––No digo ni que sí ni que no. Sería una solución como otra, pero no la mejor.

––Entonces, que les busque y les mate.

––Matar por matar es un desatino. A lo sumo para li­brarse del odio, que no hace sino corromper el alma. Por­que más de un rencoroso se curó del rencor y sintió pie­dad, y hasta amor a su víctima, una vez que satisfizo su odio en ella. El acto malo libera del mal sentimiento. Y es porque la ley hace el pecado.

––Y ¿qué voy a hacer?

––Habrás oído que en este mundo no hay sino devorar o ser devorado...

––Sí, burlarse de otros o ser burlado.

––No; cabe otro término tercero y es devorarse uno a sí mismo, burlarse de sí mismo uno. ¡Devórate! El que de­vora goza, pero no se harta de recordar el acabamiento de sus goces y se hace pesimista; el que es devorado sufre, y no se harta de esperar la liberación de sus penas y se hace optimista. Devórate a ti mismo, y como el placer de devorarte se confundirá y neutralizará con el dolor de ser devo­rado, llegarás a la perfecta ecuanimidad de espíritu, a la ataraxia; no serás sino un mero espectáculo para ti mismo.

––Y ¿eres tú, tú, Víctor, tú el que me vienes con esas cosas?

––¡Sí, yo, Augusto, yo, soy yo!

––Pues en un tiempo no pensabas de esa manera tan... corrosiva.

––Es que entonces no era padre.

––Y ¿el ser padre...?

––El ser padre, al que no está loco o es un mentecato, le despierta lo más terrible que hay en el hombre: ¡el sen­tido de la responsabilidad! Yo entrego a mi hijo el legado perenne de la humanidad. Con meditar en el misterio de la paternidad hay para volverse loco. Y si los más de los padres no se vuelven locos es porque son tontos... o no son padres. Regocíjate, pues, Augusto, que con eso de ha­bérsete escapado te evitó acaso el que fueses padre. Y yo te dije que te casaras, pero no que te hicieses padre. El matrimonio es un experimento... psicológico; la paterni­dad lo es... patológico.

––¡Es que me ha hecho padre, Víctor!

––¿Cómo?, ¿que te ha hecho padre?

––¡Sí, de mí mismo! Con esto creo haber nacido de ve­ras. Y para sufrir, para morir.

––Sí, el segundo nacimiento, el verdadero, es nacer por el dolor a la conciencia de la muerte incesante, de que es­tamos siempre muriendo. Pero si te has hecho padre de ti mismo es que te has hecho hijo de ti mismo también.

––Parece imposible, Víctor, parece imposible que pa­sándome lo que me pasa, después de lo que ha hecho con­migo... ¡ella!, pueda todavía oír con calma estas sutilezas, estos juegos de concepto, estas humoradas macabras, y hasta algo peor...

––¿Qué?

––Que me distraigan. ¡Me irrito contra mí mismo!

––Es la comedia, Augusto, es la comedia que represen­tamos ante nosotros mismos, en lo que se llama el foro interno, en el tablado de la conciencia, haciendo a la vez de cómicos y de espectadores. Y en la escena del dolor representamos el dolor y nos parece un desentono el que de repente nos entre ganas de reír entonces. Y es cuando más ganas nos da de ello. ¡Comedia, comedia el dolor!

––¿Y si la comedia del dolor le lleva a uno a suici­darse?

––¡Comedia de suicidio!

––¡Es que se muere de veras!

––¡Comedia también!

––Pues ¿qué es lo real, lo verdadero, lo sentido?

––Y ¿quién te ha dicho que la comedia no es real y ver­dadera y sentida?

––¿Entonces?

––Que todo es uno y lo mismo; que hay que confundir, Augusto, hay que confundir. Y el que no confunde se confunde.

––Y el que confunde también.

––Acaso.

––¿Entonces?

––Pues esto, charlar, sutilizar, jugar con las palabras y los vocablos... ¡pasar el rato!

––¡Ellos sí que lo estarán pasando!

––¡Y tú también! ¿te has encontrado nunca a tus pro­pios ojos más interesante que ahora? ¿Cómo sabe uno que tiene un miembro si no le duele?

––Bueno, y ¿qué voy a hacer yo ahora?

––¡Hacer... hacer... hacer..! ¡Bah, ya te estás sintiendo personaje de drama o de novela! ¡Contentémonos con serlo de... nivola! ¡Hacer... hacer... hacer...! ¿Te parece que hacemos poco con estar así hablando? Es la manía de la acción, es decir, de la pantomima. Dicen que pasan muchas cosas en un drama cuando los actores pueden ha­cer muchos gestos y dar grandes pasos y fingir duelos y saltar y... ¡pantomima!, ¡pantomima! ¡Hablan dema­siado!, dicen otras veces. Como si el hablar no fuese ha­cer. En el principio fue la Palabra y por la Palabra se hizo todo. Si ahora, por ejemplo, algún... nivolista oculto ahí, tras ese armario, tomase nota taquigráfica de cuanto esta­mos aquí diciendo y lo reprodujese, es fácil que dijeran los lectores que no pasa nada, y sin embargo...

––¡Oh, si pudiesen verme por dentro, Víctor, te ase­guro que no dirían tal cosa!

––¿Por dentro?, ¿por dentro de quién?, ¿de ti?, ¿de mí? Nosotros no tenemos dentro. Cuando no dirían que aquí no pasa nada es cuando pudiesen verse por dentro de sí mismos, de ellos, de los que leen. El alma de un perso­naje de drama, de novela o de nivola no tiene más interior que el que le da...

––Sí, su autor.

––No, el lector.

––Pues yo te aseguro, Víctor...

––No asegures nada y devórate. Es lo seguro.

––Y me devoro, me devoro. Empecé, Víctor, como una sombra, como una ficción; durante años he vagado como un fantasma, como un muñeco de niebla, sin creer en mi propia existencia, imaginándome ser un personaje fantás­tico que un oculto genio inventó para solazarse o desaho­garse; pero ahora, después de lo que me han hecho, des­pués de lo que me han hecho, después de esta burla, de esta ferocidad de burla, ¡ahora sí!, ¡ahora me siento, ahora me palpo, ahora no dudo de mi existencia real!

––¡Comedia!, ¡comedia!, ¡comedia!

––¡,Cómo?

––Sí, en la comedia entra el que se crea rey el que lo representa.

––Pero ¿qué te propones con todo esto?

––Distraerte. Y además, que si, como te decía, un nivo­lista oculto que nos esté oyendo toma nota de nuestras palabras para reproducirlas un día, el lector de la nivola llegue a dudar, siquiera fuese un fugitivo momento, de su propia realidad de bulto y se crea a su vez no más que un personaje nivolesco, como nosotros.

––Y eso ¿para qué?

––Para redimirle.

––Sí, ya he oído decir que lo más liberador del arte es que le hace a uno olvidar que exista. Hay quien se hunde en la lectura de novelas para distraerse de sí mismo, para olvidar sus penas...

––No, lo más liberador del arte es que le hace a uno dudar de que exista.

––Y ¿qué es existir?

––¿Ves? Ya te vas curando; ya empiezas a devorarte. Lo prueba esa pregunta. ¡Ser o no sere, que dijo Ham­let, uno de los que inventaron a Shakespeare.

––Pues a mí, Víctor, eso de ser o no ser me ha parecido siempre una solemne vaciedad.

––Las frases, cuanto más profundas, son más vacías. No hay profundidad mayor que la de un pozo sin fondo. ¿Qué te parece lo más verdadero de todo?

––Pues... pues... lo de Descartes: «Pienso, luego soy.»

––No, sino esto: A = A.

––Pero ¡eso no es nada!

––Y por lo mismo es lo más verdadero, porque no es nada. Pero esa otra vaciedad de Descartes, ¿la crees tan incontrovertible?

––¡Y tanto...!

––Pues bien, ¿o dijo eso Descartes?

––¡Sí!

––Y no era verdad. Porque como Descartes no ha sido más que un ente ficticio, una invención de la historia, pues... ¡ni existió... ni pensó!

––Y ¿quién dijo eso?

––Eso no lo dijo nadie; eso se dijo ello mismo.

––Entonces, ¿el que era y pensaba era el pensamiento ese?

––¡Claro! Y, figúrate, eso equivale a decir que ser es pensar y lo que no piensa no es.

––¡Claro está!

––Pues no pienses, Augusto, no pienses. Y si te empe­ñas en pensar...

––¿Qué?

––¡Devórate!

––Es decir, ¿que me suicide...?

––En eso ya no me quiero meter. ¡Adiós!

Y se salió Víctor, dejando aAugusto perdido y confun­dido en sus cavilaciones.
XXXI
Aquella tempestad del alma de Augusto terminó, como en terrible calma, en decisión de suicidarse. Quería aca­bar consigo mismo, que era la fuente de sus desdichas propias. Mas antes de llevar a cabo su propósito, como el náufrago que se agarra a una débil tabla, ocurriósele con­sultarlo conmigo, con el autor de todo este relato. Por en­tonces había leído Augusto un ensayo mío en que, aunque de pasada, hablaba del suicidio, y tal impresión pareció hacerle, así como otras cosas que de mí había leído, que no quiso dejar este mundo sin haberme conocido y plati­cado un rato conmigo. Emprendió, pues, un viaje acá, a Salamanca, donde hace más de veinte años vivo, para vi­sitarme.

Cuando me anunciaron su visita sonreí enigmática­mente y le mandé pasar a mi despacho-librería. Entró en él como un fantasma, miró a un retrato mío al óleo que allí preside a los libros de mi librería, y a una seña mía se sentó, frente a mí.

Empezó hablándome de mis trabajos literarios y más o menos filosóficos, demostrando conocerlos bastante bien, lo que no dejó, ¡claro está!, de halagarme, y en se­guida empezó a contarme su vida y sus desdichas. Le atajé diciéndole que se ahorrase aquel trabajo, pues de las vicisitudes de su vida sabía yo tanto como él, y se lo de­mostré citándole los más íntimos pormenores y los que él creía más secretos. Me miró con ojos de verdadero terror y como quien mira a un ser increííble; creí notar que se le alteraba el color y traza del semblante y que hasta tem­blaba. Le tenía yo fascinado.

––¡Parece mentira! ––repetía––, ¡parece mentira! A no verlo no lo creería... No sé si estoy despierto o soñando...

––Ni despierto ni soñando ––le contesté.

––No me lo explico... no me lo explico ––añadió––; mas puesto que usted parece saber sobre mí tanto como sé yo mismo, acaso adivine mi propósito...

––Sí ––le dije––, tú ––y recalqué este tú con un tono autoritario––, tú, abrumado por tus desgracias, has conce­bido la diabólica idea de suicidarte, y antes de hacerlo, movido por algo que has leído en uno de mis últimos en­sayos, vienes a consultármelo.

El pobre hombre temblaba como un azogado, mirán­dome como un poseído miraría. Intentó levantarse, acaso para huir de mí; no podía. No disponía de sus fuerzas.

––¡No, no te muevas! ––le ordené.

––Es que... es que... ––balbuceó.

––Es que tú no puedes suicidarte, aunque lo quieras.

––¿Cómo? ––exclamó al verse de tal modo negado y contradicho.

––Sí. Para que uno se pueda matar a sí mismo, ¿qué es menester? ––le pregunté.

––Que tenga valor para hacerlo ––me contestó.

––No ––le dije––, ¡que esté vivo!

––¡Desde luego!

––¡Y tú no estás vivo!

––¿Cómo que no estoy vivo?, ¿es que me he muerto? ––y empezó, sin darse clara cuenta de lo que hacía, a palparse a sí mismo.

––¡No, hombre, no! ––le repliqué––. Te dije antes que no estabas ni despierto ni dormido, y ahora te digo que no estás ni muerto ni vivo.

––¡Acabe usted de explicarse de una vez, por Dios!, ¡acabe de explicarse! ––me suplicó consternado––, por­que son tales las cosas que estoy viendo y oyendo esta tarde, que temo volverme loco.

––Pues bien; la verdad es, querido Augusto ––le dije con la más dulce de mis voces––, que no puedes matarte porque no estás vivo, y que no estás vivo, ni tampoco muerto, porque no existes...

––¿Cómo que no existo? ––––exclamó.

––No, no existes más que como ente de ficción; no eres, pobre Augusto, más que un producto de mi fantasía y de las de aquellos de mis lectores que lean el relato que de tus fingidas venturas y malandanzas he escrito yo; tú no eres más que un personaje de novela, o de nivola, o como quieras llamarle. Ya sabes, pues, tu secreto.

Al oír esto quedóse el pobre hombre mirándome un rato con una de esas miradas perforadoras que parecen atravesar la mira a ir más allá, miró luego un momento a mi retrato al óleo que preside a mis libros, le volvió el color y el aliento, fue recobrándose, se hizo dueño de sí, apoyó los codos en mi camilla, a que estaba arrimado frente a mí y, la cara en las palmas de las manos y mi­rándome con una sonrisa en los ojos, me dijo lenta­mente:

––Mire usted bien, don Miguel... no sea que esté usted equivocado y que ocurra precisamente todo lo contrario de lo que usted se cree y me dice.

––Y ¿qué es lo contrario? ––le pregunté alarmado de verle recobrar vida propia.

––No sea, mi querido don Miguel ––añadió––, que sea usted y no yo el ente de ficción, el que no existe en realidad, ni vivo, ni muerto... No sea que usted no pase de ser un pretexto para que mi historia llegue al mundo...

––¡Eso más faltaba! ––exclamé algo molesto.

––No se exalte usted así, señor de Unamuno ––me re­plicó––, tenga calma. Usted ha manifestado dudas sobre mi existencia...

––Dudas no ––le interrumpí––; certeza absoluta de que tú no existes fuera de mi producción novelesca.

––Bueno, pues no se incomode tanto si yo a mi vez dudo
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