Miguel de Unamuno niebla prólogo






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títuloMiguel de Unamuno niebla prólogo
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...», empezó malhumorado el otro, y el primero le replicó: «No, tú no eras tú...» Augusto no quiso oír más; levantóse y se fue a otro banco. Y se dijo: «Así jugamos también los mayores; ¡tú no eres tú!, ¡yo no soy yo! Y estos po­bres árboles, ¿son ellos? Se les cae la hoja antes, mucho antes que a sus hermanos del monte, y se quedan en es­queleto, y estos esqueletos proyectan su recortada sombra sobre los empedrados al resplandor de los reverberos de luz eléctrica. ¡Un árbol iluminado por la luz eléctrica!, ¡qué extraña, qué fantástica apariencia la de su copa en primavera cuando el arco voltaico ese le da aquella apa­riencia metálica!, ¡y aquí que las brisas no los mecen ...! ¡Pobres árboles que no pueden gozar de una de esas ne­gras noches del campo, de esas noches sin luna, con su manto de estrellas palpitantes! Parece que al plantar a cada uno de estos árboles en este sitio les ha dicho el hombre: “¡tú no eres tú!” y para que no lo olviden le han dado esa iluminación nocturna por luz eléctrica... para que no se duerman... ¡pobres árboles trasnochadores! ¡No, no, conmigo no se juega como con vosotros! »

Levantóse y empezó a recorrer calles como un sonám­bulo.
XX
Emprendería el viaje, ¿sí o no? Ya lo había anunciado primero a Rosarito, sin saber bien lo que se decía, por de­cir algo, o más bien como un pretexto para preguntarle si le acompañaría en él, y luego a doña Ermelinda, para pro­barle... ¿qué?, ¿qué es lo que pretendió probarle con aquello de que iba a emprender un viaje? ¡Lo que fuese! Mas era el caso que había soltado por dos veces prenda, que había dicho que iba a emprender un viaje largo y le­jano y él era hombre de carácter, él era él; ¿tenía que ser hombre de palabra?

Los hombres de palabra primero dicen una cosa y des­pués la piensan, y por último la hacen, resulte bien o mal luego de pensada; los hombres de palabra no se rectifican ni se vuelven atrás de lo que una vez han dicho. Y él dijo que iba a emprender un viaje largo y lejano.

¡Un viaje largo y lejano! ¿Por qué?, ¿para qué?, ¿cómo?, ¿adónde?

Anunciáronle que una señorita deseaba verle. «¿Una se­ñorita?» «Sí ––dijo Liduvina––, me parece que es... ¡la pia­nista!» «¡Eugenia!» «La misma.» Quedóse suspenso. Como un relámpago de mareo pasóle por la mente la idea de des­pacharla, de que le dijeran que no estaba en casa. «Viene a conquistarme, a jugar conmigo como con un muñeco ––se dijo––, a que le haga el juego, a que sustituya al otro...» Luego lo pensó mejor. «¡No, hay que mostrarse fuerte!»

––Dile que ahora voy.

Le tenía absorto la intrepidez de aquella mujer. «Hay que confesar que es toda una mujer, que es todo un carácter, ¡vaya un arrojo!, ¡vaya una resolución!, ¡vaya unos ojos!; pero, ¡no, no, no, no me doblega!, ¡no me conquista!»

Cuando entró Augusto en la sala, Eugenia estaba de pie. Hízole una seña de que se sentara, mas ella, antes de ha­cerlo, exclamó: «¡A usted, don Augusto, le han engañado lo mismo que me han engañado a mí!» Con lo que se sin­tió el pobre hombre desarmado y sin saber qué decir. Sen­táronse los dos, y se siguió un brevísimo silencio.

––Pues sí, lo dicho, don Augusto, a usted le han enga­ñado respecto a mí y a mí me han engañado respecto a usted; esto es todo.

––Pero ¡si hemos hablado uno con otro, Eugenia!

––No haga usted caso de lo que le dije. ¡Lo pasado, pa­sado!

––Sí, siempre es lo pasado pasado, ni puede ser de otra manera.

––Usted me entiende. Y yo quiero que no dé a mi acepta­ción de su generoso donativo otro sentido que el que tiene.

––Como yo deseo, señorita, que no dé a mi donativo otra significación que la que tiene.

––Así, lealtad por lealtad. Y ahora, como debemos hablar claro, he de decirle que después de todo lo pasado y de cuanto le dije, no podría yo, aunque quisiera, pretender pa­garle esa generosa donación de otra manera que con mi más puro agradecimiento. Así como usted, por su parte, creo...

––En efecto, señorita, por mi parte yo, después de lo pa­sado, de lo que usted me dijo en nuestra última entrevista, de lo que me contó su señora tía y de lo que adivino, no po­dría, aunque lo deseara, pretender cotizar mi generosidad...

––¿Estamos, pues, de acuerdo?

––De perfecto acuerdo, señorita.

––Y así, ¿podremos volver a ser amigos, buenos ami­gos, verdaderos amigos?

––Podremos.

Le tendió Eugenia su fina mano, blanca y fría como la nieve, de ahusados dedos hechos a dominar teclados, y la estrechó en la suya, que en aquel momento tem­blaba.

––Seremos, pues, amigos don Augusto, buenos ami­gos, aunque esta amistad a mí...

––¿Qué?

––Acaso ante el público...

––¿Qué? ¡Hable!, ¡hable!

––Pero, en fin, después de dolorosas experiencias re­cientes he renunciado ya a ciertas cosas...

––Explíquese usted más claro, señorita. No vale decir las cosas a medias.

––Pues bien, don Augusto, las cosas claras, muy claras. ¿Cree usted que es fácil que después de lo pasado y sa­biendo, como ya se sabe entre nuestros conocimientos, que usted ha deshipotecado mi patrimonio regalándomelo así, es fácil que haya quien se dirija a mí con ciertas pretensiones?

«¡Esta mujer es diabólica!» , pensó Augusto, y bajó la cabeza mirando al suelo sin saber qué contestar. Cuando, al instante, la levantó vio que Eugenia se enjugaba una furtiva lágrima.

––¡Eugenia! ––exclamó, y le temblaba la voz.

––¡Augusto! ––susurró rendidamente ella.

––Pero, ¿y qué quieres que hagamos?

––Oh, no, es la fatalidad, no es más que la fatalidad; somos juguete de ella. ¡Es una desgracia!

Augusto fue, dejando su butaca, a sentarse en el sofá, al lado de Eugenia.

––¡Mira, Eugenia, por Dios, que no juegues así con­migo! La fatalidad eres tú; aquí no hay más fatalidad que tú. Eres tú, que me traes y me llevas y me haces dar vuel­tas como un argadillo; eres tú, que me vuelves loco; eres tú, que me haces quebrantar mis más firmes propósitos; eres tú, que haces que yo no sea yo...

Y le echó el brazo al cuello, la atrajo a sí y la apretó con­tra su seno. Y ella tranquilamente se quitó el sombrero.

––Sí, Augusto, es la fatalidad la que nos ha traído a esto. Ni... ni tú ni yo podemos ser infieles, desleales a no­sotros mismos; ni tú puedes aparecer queriéndome com­prar como yo en un momento de ofuscación te dije, ni yo puedo aparecer haciendo de ti un sustituto, un vice, un plato de segunda mesa, como a mi tía le dijiste, y que­riendo no más que premiar tu generosidad...

––Pero ¿y qué nos importa, Eugenia mía, el aparecer de un modo o de otro?, ¿a qué ojos?

––¡A los mismos nuestros!

––Y qué, Eugenia mía...

Volvió a apretarla a sí y empezó a llenarle de besos la frente y los ojos. Se oía la respiración de ambos.

––¡Déjame!, ¡déjame! ––dijo ella, mientras se arre­glaba y componía el pelo.

––No, tú... tú... tú... Eugenia... tú...

––––No, yo no, no puede ser..

––¿Es que no me quieres?

––Eso de querer... ¿quién sabe lo que es querer? No sé... no sé... no estoy segura de ello...

––¿Y esto entonces?

––¡Esto es una... fatalidad del momento!, producto de arrepentimiento... qué sé yo... estas cosas hay que poner­las a prueba... Y además, ¿no habíamos quedado, Au­gusto, en que seríamos amigos, buenos amigos, pero nada más que amigos?

––Sí, pero... ¿Y aquello de tu sacrificio? ¿Aquello de que por haber aceptado mi dádiva, por ser amiga, nada más que amiga mía, no va ya a haber quien te pretenda?

––¡Ah, eso no importa; tengo tomada mi resolución!

––¿Acaso después de aquella ruptura...? .

––Acaso...

––¡Eugenia! ¡Eugenia!

En este momento se oyó llamar a la puerta, y Augusto, tembloroso, encendido su rostro, exclamó con voz seca: «¿Qué hay?»

––¡La Rosario, que espera! ––dijo la voz de Liduvina.

Augusto cambió de color, poniéndose lívido.

––¡Ah! ––exclamó Eugenia––, aquí estorbo ya. Es la... Rosario que le espera a usted. ¿Ve usted cómo no pode­mos ser más que amigos, buenos amigos, muy buenos amigos?

––Pero Eugenia...

––Que espera la Rosario...

––Y si me rechazaste, Eugenia, como me rechazaste, diciéndome que te quería comprar y en rigor porque te­nías otro, ¿qué iba a hacer yo luego que al verte aprendí a querer? ¿No sabes acaso lo que es el despecho, lo que es el cariño desnidado?

––Vaya, Augusto, venga esa mano; volveremos a ver­nos, pero conste que lo pasado, pasado.

––No, no, lo pasado, pasado, ¡no!, ¡no!, ¡no! .. ––Bien, bien, que espera la Rosario...

––Por Dios, Eugenia...

––No, si nada de extraño tiene; también a mí me espe­raba en un tiempo el... Mauricio. Volveremos a vemos. Y seamos serios y leales a nosotros mismos.

Púsose el sombrero, tendió su mano a Augusto que, co­giéndosela, se la llevó a los labios y la cubrió de besos, y salió, acompañándola él hasta la puerta. La miró un rato bajar las escaleras garbosa y con pie firme. Desde un des­cansillo de abajo alzó ella sus ojos y le saludó con la mi­rada y con la mano. Volvióse Augusto, entró al gabinete, y al ver a Rosario allí de pie, con la cesta de la plancha, le dijo bruscamente: «¿Qué hay?»

––Me parece, don Augusto, que esa mujer le está enga­ñando a usted...

––Y a ti ¿qué te importa?

––Me importa todo lo de usted.

––Lo que quieres decir es que te estoy engañando...

––Eso es lo que no me importa.

––¿Me vas a hacer creer que después de las esperanzas que te he hecho concebir no estás celosa?

––Si usted supiera, don Augusto, cómo me he criado y en qué familia, comprendería que aunque soy una chiqui­lla estoy ya fuera de esas cosas de celos. Nosotras, las de rni posición...

––¡Cállate!

––Como usted quiera. Pero le repito que esa mujer le está a usted engañando. Si no fuera así y si usted la quiere y es ese su gusto, ¿qué más quisiera yo sino que usted se casase con ella?

––Pero ¿dices todo eso de verdad?

––De verdad.

––¿Cuántos años tienes?

––Diecinueve.

––Ven acá ––y cogiéndola con sus dos manos de los sendos hombros la puso cara a cara consigo y se le quedó rnirando a los ojos.

Y fue Augusto quien se demudó de color, no ella.

––La verdad es, chiquilla, que no te entiendo.

––Lo creo.

––Yo no sé qué es esto, si inocencia, malicia, burla, precoz perversidad...

––Esto no es más que cariño.

––¿Cariño?, ¿y por qué?

––¿Quiere usted saber por qué?, ¿no se ofenderá si se lo digo?, ¿me promete no ofenderse?

––Anda, dímelo.

––Pues bien, por... por... porque es usted un infeliz, un pobre hombre...

––¿También tú?

––Como usted quiera. Pero fíese de esta chiquilla; fíese de... la Rosario. Más leal a usted... ¡ni Orfeo!

––¿Siempre?

––¡Siempre!

––¿Pase lo que pase?

––Sí, pase lo que pase.

––Tú, tú eres la verdadera ––y fue a cogerla.

––No, ahora no, cuando esté usted más tranquilo. Y cuando no...

––Basta, te entiendo.

Y se despidieron.

Y al quedarse solo se decía Augusto: «Entre una y otra me van a volver loco de atar... yo ya no soy yo...»

––Me parece que el señorito debía dedicarse a la polí­tica o a algo así por el estilo ––le dijo Liduvina mientras le servía la comida––; eso le distraería.

––¿Y cómo se te ha ocurrido eso, mujer de Dios?

––Porque es mejor que se distraiga uno a no que le dis­traigan y... ¡ya ve usted!

––Bueno, pues llama ahora a tu marido, a Domingo, en cuanto acabe de comer, y dile que quiero echar con él una partida de tote... que me distraiga.

Y cuando la estaba jugando dejó de pronto Augusto la baraja sobre la mesa y preguntó:

––Di, Domingo, cuando un hombre está enamorado de dos o más mujeres a la vez, ¿qué debe hacer?

––¡Según y conforme!

––¿Cómo según y conforme?

––¡Sí! Si tiene mucho dinero y muchas agallas, casarse con todas ellas, y si no no casarse con ninguna.

––Pero ¡hombre, eso primero no es posible!

––¡En teniendo mucho dinero todo es posible!

––¿Y si ellas se enteran?

––Eso a ellas no les importa.

––¿Pues no ha de importarle, hombre, a una mujer el que otra le quite parte del cariño de su marido?

––Se contenta con su parte, señorito, si no se le pone tasa al dinero que gasta. Lo que le molesta a una mujer es que su hombre la ponga a ración de comer, de vestir, de todo lo demás así, de lujo; pero si le deja gastar lo que quiera... Ahora, si tiene hijos de él...

––Si tiene hijos, ¿qué?

––Que los verdaderos celos vienen de ahí, señorito, de los hijos. Es una madre que no tolera otra madre o que puede serlo, es una madre que no tolera que se les merme a sus hijos para otros hijos o para otra mujer. Pero si no tiene hijos y no le tasan el comedero y el vestidero, y la pompa y la fanfarria, ¡bah!, hasta le ahorran así molestias... Si uno tiene además de una mu­jer que le cueste otra que no le cueste nada, aquella que le cuesta apenas si siente celos de esta otra que no le cuesta, y si además de no costarle nada le produce en­cima... si lleva a una mujer dinero que de otra saca, en­tonces...

––Entonces, ¿qué?

––Que todo marcha a pedir de boca. Créame usted, se­ñorito, no hay Otelas...

––Ni Desdémonos.

––¡Puede ser...!

––Pero qué cosas dices...

––Es que antes de haberme casado con Liduvina y ve­nir a servir a casa del señorito había servido yo en mu­chas casas de señorones... me han salido los dientes en ellas...

––¿Y en vuestra clase?

––¿En nuestra clase? ¡bah!, nosotros no nos permiti­mos ciertos lujos...

=¿Y a qué llamas lujos?

––A esas cosas que se ve en los teatros y se lee en las novelas...

––¡Pues, hombre, pocos crímenes de esos que llaman pasionales, por celos, se ven en vuestra clase...!

––¡Bah!, eso es porque esos... chulos van al teatro y leen novelas, que si no...

––Si no, ¿qué?

––Que a todos nos gusta, señorito, hacer papel y nadie es el que es, sino el que le hacen los demás.

––Filósofo estás...

––Así me llamaba el último amo que tuve antes. Pero yo creo lo que le ha dicho mi Liduvina, que usted debe dedicarse a la política.
XXI
––Sí, tiene usted razón ––le decía don Antonio a Au­gusto aquella tarde, en el Casino, hablando a solas, en un rinconcito––, tiene usted razón, hay un misterio doloroso, dolorosisímo en mi vida. Usted ha adivinado algo. Pocas veces ha visitado usted mi pobre hogar.. ¿hogar?, pero habrá notado...

––Sí, algo extraño, yo no sé qué tristeza flotante que me atraía a él...

––A pesar de mis hijos, de mis pobres hijos, a usted le habrá parecido un hogar sin hijos, acaso sin esposos...

––No sé... no sé...

––Vinimos de lejos, de muy lejos, huyendo, pero hay cosas que van siempre con uno, que le rodean y envuel­ven como un ánimo misterioso. Mi pobre mujer...

––Sí, en el rostro de su señora se adivina toda una vida de...

––De martirio, dígalo usted. Pues bien, amigo don Au­gusto, usted ha sido, no sé bien por qué, por una cierta oculta simpatía, quien mayor afecto, más compasión acaso nos ha mostrado, y yo, para figurarme una vez más que me libro de un peso, voy a confiarle mis desdichas. Esa mujer, la madre de mis hijos, no es mi mujer.

Me lo suponía; pero si es ella la madre de sus hijos, si con usted vive como su mujer, lo es.

––No, yo tengo otra mujer... legítima, según se la llama. Estoy casado, pero no con la que usted conoce. Y esta, la madre de mis hijos, está casada también, pero no conmigo

––Ah, un doble...

––No, un cuádruple, como va usted a verlo. Yo me casé loco, pero enteramente loco de amor, con una mujer­cita reservada y callandrona, que hablaba poco y parecía querer decir siempre mucho más de lo que decía, con unos ojos garzos dulces, dulces, dulces, que parecían dor­midos y sólo se despertaban de tarde en tarde, pero era entonces para chispear fuego. Y ella era toda así. Su cora­zón, su alma toda, todo su cuerpo, que parecían de ordi­nario dormidos, despertaban de pronto como en sobre­salto, pero era para volver a dormirse muy pronto, pasado el relámpago de vida, ¡y de qué vida!, y luego como si nada hubiese sido, como si se hubiese olvidado de todo lo que pasó. Era como si estuviésemos siempre recomen­zando la vida, como si la estuviese reconquistando de continuo. Me admitió de novio como en un ataque epilép­tico y creo que en otro ataque me dio el sí ante el altar. Y nunca pude conseguir que me dijese si me quería o no. Cuantas veces se lo pregunté, antes y después de casar­nos, siempre me contestó: «Eso no se pregunta; es una tontería.» Otras veces decía que el verbo amar ya no se usa sino en el teatro y los libros, y que si yo le hubiese es­crito: ¡te amo!, me habría despedido al punto. Vivimos más de dos años de casados de una extraña manera, rea­nudando yo cada día la conquista de aquella esfinge. No tuvimos hijos. Un día faltó a casa por la noche, me puse como loco, la anduve buscando por todas partes, y al si­guiente día supe por una carta muy seca y muy breve que se había ido lejos, muy lejos, con otro hombre...

––Y no sospechó usted nada antes, no lo barruntó...

––¡Nada! Mi mujer salía sola de casa con bastante fre­cuencia, a casa de su madre, de unas amigas, y su misma extraña frialdad la defendía ante mí de toda sospecha. ¡Y nada adiviné nunca en aquella esfinge! El hombre con quien huyó era un hombre casado, que no sólo dejó a su mujer y a una pequeña niña para irse con la mía, sino que se llevó la fortuna toda de la suya, que era regular, des­pués de haberla manejado a su antojo. Es decir, que no sólo abandonó a su esposa, sino que la arruinó robándole lo suyo. Y en aquella seca y breve y fría carta que recibí se hacía alusión al estado en que la pobre mujer del raptor de la mía se quedaba. ¡Raptor o raptado... no lo sé! En unos días ni dormí, ni comí, ni descansé; no hacía sino pasear por los más apartados barrios de mi ciudad. Y es­tuve a punto de dar en los vicios más bajos y más viles. Y cuando empezó a asentárseme el dolor, a convertírseme en pensamiento, me acordé de aquella otra pobre víctima, de aquella mujer que se quedaba sin amparo, robada de su cariño y de su fortuna. Creí un caso de conciencia, pues que mi mujer era la causa de su desgracia, ir a ofre­cerla mi ayuda pecuniaria, ya que Dios me dio fortuna.

––Adivino el resto, don Antonio.

––No importa. La fui a ver. Figúrese usted aquella nuestra primera entrevista. Lloramos nuestras sendas des­gracias, que eran una desgracia común. Yo me decía: «¿Y es por mi mujer por la que ha dejado a esta ese hombre?», y sentía, ¿por qué no he de confesarle la verdad?, una cierta íntima satisfacción, algo inexplicable, como si yo hubiese sabido escoger mejor que él y él lo reconociese. Y ella, su mujer, se hacía una reflexión análoga, aunque invertida, según después me ha declarado. Le ofrecí mi ayuda pecuniaria, lo que de mi fortuna necesitase, y em­pezó rechazándomelo. «Trabajaré para vivir y mantener a mi hija», me dijo. Pero insistí y tanto insistí que acabó aceptándomelo. La ofrecí hacerla mi ama de llaves, que se viniese a vivir conmigo, claro que viniéndonos muy le­jos de nuestra patria, y después de mucho pensarlo lo aceptó también.

––Y es claro, al irse a vivir juntos...

––No, eso tardó, tardó algo. Fue cosa de la conviven­cia, de un cierto sentimiento de venganza, de despecho, de qué sé yo... Me prendé no ya de ella, sino de su hija, de la desdichada hija del amante de mi mujer; la cobré un amor de padre, un violento amor de padre, como el que hoy le tengo, pues la quiero tanto, tanto, sí, cuando no más, que a mis propios hijos. La cogía en mis brazos, la apretaba a mi pecho, la envolvía en besos, y lloraba, llo­raba sobre ella. Y la pobre niña me decía: «¿Por qué lloras, papá?», pues le hacía que me llamase así y por tal me tuviera. Y su pobre madre al verme llorar así lloraba también y alguna vez mezclamos nuestras lágrimas sobre la rubia cabecita de la hija del amante de mi mujer, del la­drón de mi dicha.

Un día supe ––prosiguió–– que mi mujer había tenido un hijo de su amante y aquel día todas mis entrañas se su­blevaron, sufrí como nunca había sufrido y creí volverme loco y quitarme la vida. Los celos, lo más brutal de los celos, no lo sentí hasta entonces. La herida de mi alma, que parecía cicatrizada, se abrió y sangraba... ¡sangraba fuego! Más de dos años había vivido con mi mujer, con mi propia mujer, y ¡anda!, ¡y ahora aquel ladrón...! Me imaginé que mi mujer habría despertado del todo y que vivía en pura brasa. La otra, la que vivía conmigo, cono­ció algo y me preguntó: «¿Qué te pasa?» Habíamos con­venido en tutearnos, por la niña. «¡Déjame!» , le contesté. Pero acabé confesándoselo todo, y ella al oírmelo tem­blaba. Y creo que la contagié de mis furiosos celos...

––Y claro, después de eso...

––No, vino algo después y por otro camino. Y fue que un día estando los dos con la niña, la tenía yo sobre mis rodillas y estaba contándole cuentos y besándola y di­ciéndola bobadas, se acercó su madre y empezó a acari­ciarla también. Y entonces ella, ¡pobrecilla!, me puso una de sus manitas sobre el hombro y la otra sobre el de su madre y, nos dijo: «Papaíto... mamaíta... ¿por qué no me traéis un hermanito para que juegue conmigo, como le tienen otras niñas, y no que estoy sola...?» Nos pusimos lívidos, nos miramos a los ojos con una de esas miradas que desnudan las almas, nos vimos estas al desnudo, y luego, para no avergonzarnos, nos pusimos a besuquear a la niña, y alguno de estos besos cambió de rumbo. Aque­lla noche, entre lágrimas y furores de celos, engendramos al primer hermanito de la hija del ladrón de mi dicha.

––¡Extraña historia!

––Y fueron nuestros amores, si es que así quiere usted llamarlos unos amores secos y mudos, hechos de fuego y rabia, sin ternezas de palabra. Mi mujer, la madre de mis hijos quiero decir, porque esta y no otra es mi mujer, mi mujer es, como usted habrá visto, una mujer agraciada, tal vez hermosa, pero a mí nunca me inspiró ardor de de­seos, y esto a pesar de la convivencia. Y aun después que acabamos en lo que le digo me figuré no estar en exceso enamorado de ella, hasta que pude convencerme de lo contrario. Y es que una vez, después de uno de sus partos, después del nacimiento del cuarto de nuestros hijos, se me puso tan mal, tan mal, que creí que se me moría. Per­dió la más de la sangre de sus venas, se quedó como la cera de blanca, se le cerraban los párpados... Creí per­derla. Y me puse como loco, blanco yo también como la cera, la sangre se me helaba. Y fui a un rincón de la casa, donde nadie me viese, y me arrodillé y pedí a Dios que me matara antes de que dejase morir a aquella santa mu­jer. Y lloré y me pellizqué y me arañé el pecho hasta sa­carme sangre. Y comprendí con cuán fuerte atadura es­taba mi corazón atado al corazón de la madre de mis hijos. Y cuando esta se repuso algo y recobró conoci­miento y salió de peligro, acerqué mi boca a su oído, se­gún ella sonreía a la vida renaciente tendida en la cama, y le dije lo que nunca le había dicho y nunca le he vuelto de la misma manera a decir. Y ella sonreía, sonreía, son­reía mirando al techo. Y puse mi boca sobre su boca, y me enlacé con sus desnudos brazos el cuello, y acabé llo­rando de mis ojos sobre sus ojos. Y me dijo: «Gracias, Antonio, gracias, por mí, por nuestros hijos, por nuestros hijos todos... todos... todos... por ella, por Rita...» Rita es nuestra hija mayor, la hija del ladrón... no, no, nuestra hija, mi hija. La del ladrón es la otra, es la de la que se llamó mi mujer en un tiempo. ¿Lo comprende usted ahora todo?

––Sí, y mucho más, don Antonio.

––¿Mucho más?

––¡Más, sí! De modo que usted tiene dos mujeres, don Antonio.

––No, no, no tengo más que una, una sola, la madre de mis hijos. La otra no es mi mujer, no sé si lo es del padre de su hija.

––Y esa tristeza...

––La ley es siempre triste, don Augusto. Y es más triste un amor que nace y se cría sobre la tumba de otro y como una planta que se alimenta, como de mantillo, de la podredumbre de otra planta. Crímenes, sí, crímenes aje­nos nos han juntado, ¿y es nuestra unión acaso crimen? Ellos rompieron lo que no debe romperse, ¿por qué no habíamos nosotros de anudar los cabos sueltos?

––Y no han vuelto a saber...

––No hemos querido volver a saber. Y luego nuestra Rita es una mujercita ya; el mejor día se nos casa... Con rni nombre, por supuesto, con mi nombre, y haga luego la ley lo que quiera. Es mi hija y no del ladrón; yo la he criado.
XXII
––Y bien, ¿qué? ––le preguntaba Augusto a Víctor ­¿cómo habéis recibido al intruso?

––¡Ah, nunca lo hubiese creído, nunca! Todavía la vís­pera de nacer nuestra irritación era grandísima. Y mien­tras estaba pugnando por venir al mundo no sabes bien los insultos que me lanzaba mi Elena. «¡Tú, tú tienes la culpa, tú! », me decía. Y otras veces: «¡Quítate de delante, quítate de mi vista! ¿No te da vergüenza de estar aquí? Si me muero, tuya será la culpa.» Y otras veces: «¡Esta y no más, esta y no más!» Pero nació y todo ha cambiado. Pa­rece como si hubiésemos despertado de un sueño y como si acabáramos de casarnos. Yo me he quedado ciego, tal­mente ciego; ese chiquillo me ha cegado. Tan ciego estoy, que todos dicen que mi Elena ha quedado con la preñez y el parto desfiguradísima, que está hecha un esqueleto y que ha envejecido lo menos diez años, y a mí me parece más fresca, más lozana, más joven y hasta más metida en car­nes que nunca.

––Eso me recuerda, Víctor, la leyenda del fogueteiro que tengo oída en Portugal.

––Venga.

––Tú sabes que en Portugal eso de los fuegos artificia­les, de la pirotecnia, es una verdadera bella arte. El que no ha visto fuegos artificiales en Portugal no sabe todo lo que se puede hacer con eso. ¡Y qué nomenclatura, Dios mío!

––Pero venga la leyenda.

––Allá voy. Pues el caso es que había en un pueblo portugués un pirotécnico o fogueteiro que tenía una mu­jer hermosísima, que era su consuelo, su encanto y su or­gullo. Estaba locamente enamorado de ella, pero aún más era orgullo. Complacíase en dar dentera, por así decirlo, a los demás mortales, y la paseaba consigo como diciéndo­les: ¿veis esta mujer?, ¿os gusta?, ¿sí, eh?, ¡pues es la mía, mía sola!, ¡y fastidiarse! No hacía sino ponderar las excelencias de la hermosura de su mujer y hasta preten­día que era la inspiradora de sus más bellas producciones pirotécnicas, la musa de sus fuegos artificiales. Y hete que una vez, preparando uno de estos, mientras estaba, como de costumbre, su hermosa mujer a su lado para ins­pirarle, se le prende fuego la pólvora, hay una explosión y tienen que sacar a marido y mujer desvanecidos y con gravísimas quemaduras. A la mujer se le quemó buena parte de la cara y del busto, de tal manera que se quedó horriblemente desfigurada, pero él, el fogueteiro, tuvo la fortuna de quedarse ciego y no ver el desfiguramiento de su mujer. Y después de esto seguía orgulloso de la hermo­sura de su mujer y ponderándola a todos y caminando al lado de ella, convertida ahora en su lazarilla, con el mismo aire y talle de arrogante desafío que antes. «¿Han visto ustedes mujer más hermosa?», preguntaba, y todos, sabedores de su historia, se compadecían del pobre fo­gueteiro y le ponderaban la hermosura de su mujer.

––Y bien, ¿no seguía siendo hermosa para él?

––Acaso más que antes, como para ti tu mujer después que te ha dado al intruso.

––¡No le llames así!

––Fue cosa tuya.

––Sí, pero no quiero oírsela a otro.

––Eso pasa mucho; el mote mismo que damos a alguien nos suena muy de otro modo cuando se lo oíamos a otro.

––Sí, dicen que nadie conoce su voz...

––Ni su cara. Yo por lo menos sé de mí decirte que una de las cosas que me dan más pavor es quedarme mirán­dome al espejo, a solas, cuando nadie me ve. Acabo por dudar de mi propia existencia a imaginarme, viéndome como otro, que soy un sueño, un ente de ficción...

––Pues no te mires así...

––No puedo remediarlo. Tengo la manía de la intros­pección.

––Pues acabarás como los faquires, que dicen se con­templan el propio ombligo.

––Y creo que si uno no conoce su voz ni su cara, tam­poco conoce nada que sea suyo, muy suyo, como si fuera parte de él...

––Su mujer, por ejemplo.

––En efecto; se me antoja que debe de ser imposible conocer a aquella mujer con quien se convive y que acaba por formar parte nuestra. ¿No has oído aquello que decía uno de nuestros más grandes poetas, Campoamor?

––No; ¿qué es ello?

––Pues decía que cuando uno se casa, si lo hace ena­morado de veras, al principio no puede tocar el cuerpo de su mujer sin emberrenchinarse y encenderse en deseo carnal, pero que pasa tiempo, se acostumbra, y llega un día en que lo mismo le es tocar con la mano al muslo des­nudo de su mujer que al propio muslo suyo, pero también entonces, si tuvieran que cortarle a su mujer el muslo le dolería como si le cortasen el propio.

––Y así es, en verdad. ¡No sabes cómo sufrí en el parto!

––Ella más.

––¡Quién sabe...! Y ahora como es ya algo mío, parte de mi ser, me he dado tan poca cuenta de eso que dicen de que se ha desfigurado y afeado, como no se da uno cuenta de que se desfigura, se envejece y se afea.

––Pero ¿crees de veras que uno no se da cuenta de que se envejece y afea?

––No, aunque lo diga. Si la cosa es continua y lenta. Ahora, si de repente le ocurre a uno algo... Pero eso de que se sienta uno envejecer, ¡quiá!; lo que siente uno es que envejecen las cosas en derredor de él o que rejuve­necen. Y eso es lo único que siento ahora al tener un hijo. Porque ya sabes lo que suelen decir los padres señalando a sus hijos: «¡Estos, estos son los que nos hacen viejos!» Ver crecer al hijo es lo más dulce y lo más terrible, creo. No te cases, pues, Augusto, no te cases, si quieres gozar de la ilusión de una juventud eterna.

––Y ¿qué voy a hacer si no me caso?, ¿en qué voy a pasar el tiempo?

––Dedícate a filósofo.

––Y ¿no es acaso el matrimonio la mejor, tal vez la única escuela de filosofía?

––¡No, hombre, no! Pues ¿no has visto cuántos y cuán grandes filósofos ha habido solteros? Que ahora re­cuerde, aparte de los que han sido frailes, tienes a Descar­tes, a Pascal, a Spinoza, a Kant...

––¡No me hables de los filósofos solteros!

––Y de Sócrates, ¿no recuerdas cómo despachó de su lado a su mujer Jantipa, el día en que había de morirse, para que no le perturbase?

––No me hables tampoco de eso. No me resuelvo a creer sino que eso que nos cuenta Platón no es sino una novela...

––O una nivola...

––Como quieras.

Y rompiendo bruscamente la voluptuosidad de la con­versación se salió.

En la calle acercósele un mendigo diciéndole: «¡Una limosna, por Dios, señorito, que tengo siete hijos...!» «¡No haberlos hecho!», le contestó malhumoradoAugusto. «Ya quisiera yo haberle visto a usted en mi caso ––re­plicó el mendigo, añadiendo––: y ¿qué quiere usted que hagamos los pobres si no hacemos hijos... para los ri­cos?» « Tienes razón ––replicó Augusto––, y por filósofo, ¡ahí va, toma!» , y le dio una peseta, que el buen hombre se fue al punto a gastar a la taberna próxima.
XXIII
El pobre Augusto estaba consternado. No era sólo que se encontrase, como el asno de Buridán, entre Eugenia y Rosario; era que aquello de enamorarse de casi todas las que veía, en vez de amenguársele, íbale en medro. Y Ilegó a descubrir cosas fatales.

––¡Vete, vete, Liduvina, por Dios! ¡Vete, déjame solo! ¡Anda, vete! ––le decía una vez a su criada.

Y apenas ella se fue, apoyó los codos sobre la mesa, la cabeza en las palmas de las manos, y se dijo: «¡Esto es terrible, verdaderamente terrible! ¡Me parece que sin darme cuenta de ello me voy enamorando... hasta de Lidu­vina! ¡Pobre Domingo! Sin duda. Ella, a pesar de sus cin­cuenta años, aún está de buen ver, y sobre todo bien me­tida en carnes, y cuando alguna vez sale de la cocina con los brazos remangados y tan redondos... ¡Vamos, que esto es una locura! ¡Y esa doble barbilla y esos pliegues que se le hacen en el cuello...! Esto es terrible, terrible, terrible...»

«Ven acá, Orfeo ––prosiguió, cogiendo al perro––, ¿qué crees tú que debo yo hacer? ¿Cómo voy a de­fenderme de esto hasta que al fin me decida y me case? ¡Ah, ya!, ¡una idea, una idea luminosa, Orfeo! Convirta­mos a la mujer, que así me persigue, en materia de estu­dio. ¿Qué te parece de que me dedique a la psicología femenina? Sí, sí, y haré dos monografías, pues ahora se lle­van mucho las monografías; una se titulará: Eugenia, y la otra: Rosario, añadiendo: estudio de mujer ¿Qué te pa­rece de mi idea, Orfeo?»

Y decidió ir a consultarlo con Antolín S. ––o sea Sán­chez–– Paparrigópulos, que por entonces se dedicaba a estudios de mujeres, aunque más en los libros que no en la vida.

Antolín S. Paparrigópulos era lo que se dice un eru­dito, un joven que había de dar a la patria días de gloria dilucidando sus más ignoradas glorias. Y si el nombre de S. Paparrigópulos no sonaba aún entre los de aquella ju­ventud bulliciosa que a fuerza de ruido quería atraer so­bre sí la atención pública, era porque poseía la verdadera cualidad íntima de la fuerza: la paciencia, y porque era tal su respeto al público y a sí mismo que dilataba la hora de su presentación hasta que, suficientemente preparado, se sintiera seguro en el suelo que pisaba.

Muy lejos de buscar con cualquier novedad arlequi­nesca un efímero renombre de relumbrón cimentado so­bre la ignorancia ajena, aspiraba en cuantos trabajos lite­rarios tenía en proyecto, a la perfección que en lo humano cabe y a no salirse, sobre todo, de los linderos de la sen­satez y del buen gusto. No quería desafinar para hacerse oír, sino reforzar con su voz, debidamente disciplinada, la hermosa sinfonía genuinamente nacional y castiza.

La inteligencia de S. Paparrigópulos era clara, sobre todo clara, de una transparencia maravillosa, sin nebulo­sidades ni embolismos de ninguna especie. Pensaba en castellano neto, sin asomo alguno de hórridas brumas se­tentrionales ni dejos de decadentismos de bulevar pari­siense, en limpio castellano, y así era como pensaba só­lido y hondo, porque lo hacía con el alma del pueblo que lo sustentaba y a que debía su espíritu. Las nieblas hiperbóreas le parecían bien entre los bebedores de cerveza encabezada, pero no en esta clarísima España de esplen­dente cielo y de sano Valdepeñas enyesado. Su filosofía era la del malogrado Becerro de Bengoa, que después de llamar tío raro a Schopenhauer aseguraba que no se le ha­brían ocurrido a este las cosas que se le ocurrieron, ni ha­bría sido pesimista, de haber bebido Valdepeñas en vez de cerveza, y que decía también que la neurastenia pro­viene de meterse uno en lo que no le importa y que se cura con ensalada de burro.

Convencido S. Paparrigópulos de que en última instan­cia todo es forma, forma más o menos interior, el uni­verso mismo un caleidoscopio de formas enchufadas las unas en las otras y de que por la forma viven cuantas grandes obras salvan los siglos, trabajaba con el esmero de los maravillosos artífices del Renacimiento el lenguaje que había de revestir a sus futuros trabajos.

Había tenido la virtuosa fortaleza de resistir a todas las corrientes de sentimentalismo neo-romántico y a esa moda asoladora por las cuestiones llamadas sociales. Convencido de que la cuestión social es insoluble aquí abajo, de que habrá siempre pobres y ricos y de que no puede esperarse más alivio que el que aporten la caridad de estos y la resignación de aquellos, apartaba su espí­ritu de disputas que a nada útil conducen y refugiábase en la purísima región del arte inmaculado, adonde no al­canza la broza de las pasiones y donde halla el hombre consolador refugio para las desilusiones de la vida. Abo­minaba, además, del estéril cosmopolitismo, que no hace sino sumir a los espíritus en ensueños de impotencia y en utopías enervadoras, y amaba a esta su idolatrada España, tan calumniada cuanto desconocida de no pocos de sus hijos; a esta España que le había de dar la materia prima de los trabajos sobre que fundaría su futura fama.

Dedicaba Paparrigópulos las poderosas energías de su espíritu a investigar la íntima vida pasada de nuestro pue­blo, y era su labor tan abnegada como sólida. Aspiraba nada menos que a resucitar a los ojos de sus compatriotas nuestro pasado ––es decir, el presente de sus bisabue­los––, y conocedor del engaño de cuantos lo intentaban a pura fantasía, buscaba y rebuscaba en todo género de vie­jas memorias para levantar sobre inconmovibles sillares el edificio de su erudita ciencia histórica. No había su­ceso pasado, por insignificante que pareciese, que no tu­viera a sus ojos un precio inestimable.

Sabía que hay que aprender a ver el universo en una gota de agua, que con un hueso constituye el paleontó­logo el animal entero y con un asa de puchero toda una vieja civilización el arqueólogo, sin desconocer tampoco que no debe mirarse a las estrellas con microscopio y con telescopio a un infusorio, como los humoristas acostum­bran hacer para ver turbio. Mas aunque sabía que un asa de puchero bastaba al arqueólogo genial para reconstruir un arte enterrado en los limbos del olvido, como en su modestia no se tenía por genio, prefería dos asas a un asa sola ––cuantas más asas mejor–– y prefería el puchero todo al asa sola.

«Todo lo que en extensión parece ganarse, piérdese en intensidad»; tal era su lema. Sabía Paparrigópulos que en un trabajo el más especificado, en la más concreta mo­nografía puede verterse una filosofía entera, y creía, sobre todo, en las maravillas de la diferenciación del trabajo y en el enorme progreso aportado a las ciencias por la abnegada legión de los pincha-ranas, caza-vocablos, barrunta-fechas y cuenta-gotas de toda laya.

Tentaban en especial su atención los más arduos y en­revesados problemas de nuestra historia literaria, tales como el de la patria de Prudencio, aunque últimamente, a consecuencia decíase de unas calabazas, se dedicaba al estudio de mujeres españolas de los pasados siglos.

En trabajos de índole al parecer insignificante era donde había que ver y admirar la agudeza, la sensatez, la perspicacia, la maravillosa intuición histórica y la penetra­ción crítica de S. Paparrigópulos. Había que ver sus cuali­dades así, aplicadas y en concreto, sobre lo vivo, y no en abstracta y pura teoría; había que verle en la suerte. Cada disertación de aquellas era todo un curso de lógica induc­tive, un monumento tan maravilloso como la obra de Lionnet acerca de la oruga del sauce, y una muestra, sobre todo, de lo que es el austero amor a la santa Verdad. Huía de la ingeniosidad como de la peste y creía que sólo acos­tumbrándonos a respetar a la divina Verdad, aun en lo más pequeño, podremos rendirle el debido culto en lo grande.

Preparaba una edición popular de los apólogos de Ca­lila y Dimna con una introducción acerca de la influencia de la literatura índica en la Edad Media española, y ojalá hubiese llegado a publicarla, porque su lectura habría apartado, de seguro, al pueblo de la taberna y de pernicio­sas doctrines de imposibles redenciones económicas. Pero las dos obras magnas que proyectaba Paparrigópulos eran una historia de los escritores oscuros españoles, es decir, de aquellos que no figuran en las histories literarias corrientes o figuran sólo en rápida mención por la supuesta insignificancia de sus obras, corrigiendo así la injusticia de los tiempos, injusticia que tanto deploraba y aun temía, y era otra su obra acerca de aquellos cuyas obras se hen perdido sin que nos quede más que la mención de sus nombres y a lo sumo la de los títulos de las que escribie­ron. Y estaba a punto de acometer la historia de aquellos otros que habiendo pensado escribir no llegaron a hacerlo.

Para el mejor logro de sus empresas, una vez nutrido del sustancioso meollo de nuestra literatura nacional, se había bañado en las extranjeras, y como esto se le hacía penoso, pues era torpe para lenguas extranjeras y su aprendizaje exige tiempo que para más altos estudios necesitaba, re­currió a un notable expediente, aprendido de su ilustre ma­estro. Y era que leía las principales obras de crítica a histo­ria literaria que en el extranjero se publicaran, siempre que las hallase en trances, y una vez que había cogido la opi­nión media de los críticos más reputados, respecto a este o aquel autor, hojeábalo en un periquete para cumplir con su conciencia y quedar libre para rehacer juicios ajenos sin mengua de su escrupulosa integridad de crítico.

Vese, pues, que no era S. Paparrigópulos uno de esos jóvenes espíritus vagabundos y erráticos que se pasean sin rumbo fijo por los dominios del pensamiento y de la fantasía, lanzando acaso acá y allá tal cual fugitivo chis­pazo, ¡no! Sus tendencies eran rigurosa y sólidamente iti­neraries; era de los que van a alguna parte. Si en sus estu­dios no habría de aparecer nada saliente deberíase a que en ellos todo era cima, siendo a modo de mesetas, tra­sunto fiel de las vastas y soleadas llanuras castellanas donde ondea la mies dorada y sustanciosa.

¡Así diera la Providencia a España muchos Antolines Sánchez Paparrigópulos! Con ellos, haciéndonos todos dueños de nuestro tradicional peculio, podríamos sacarle pingües rendimientos, Paparrigópulos aspiraba ––y as­pire, pues aún vive y sigue preparando sus trabajos–– a introducir la reja de su arado crítico, aunque sólo sea un centímetro más que los aradores que le habían precedido en su campo, para que la mies crezca, merced a nuevos jugos, más lozana y granen mejor las espigas y la harina sea más rice y comamos los españoles mejor pan espiri­tual y más barato.

Hemos dicho que Paparrigópulos sigue trabajando y preparando sus trabajos para darlos a la luz. Y así es. Augusto había tenido noticia de los estudios de mujeres a que se dedicaba por comunes amigos de uno y de otro, pero no había publicado nada ni lo ha publicado todavía.

No faltan otros eruditos que con la característica cari­dad de la especie, habiendo vislumbrado a Paparrigópu­los y envidiosos de antemano de la fama que preven le espera, tratan de empequeñecerle. Tal hay que dice de Paparrigópulos que, como el zorro, borra con el jopo sus propias huellas, dando luego vueltas y más vueltas por otros derroteros para despistar al cazador y que no se sepa por dónde fue a atrapar la gallina, cuando si de algo peca es de dejar en pie los andamios, una vez acabada la torre, impidiendo así que se admire y vea bien esta. Otro le llama desdeñosamente concionador, como si el de con­cionar no fuese arte supremo. El de más allá le acusa, ya de traducir, ya de arreglar ideas tomadas del extranjero, olvidando que al revestirlas Paparrigópulos en tan neto, castizo y transparente castellano como es el suyo, las hace castellanas y por ende propias, no de otro modo que hizo el padre Isla propio el Gil Blas de Lesage. Alguno le moteja de que su principal apoyo es su honda fe en la ig­norancia ambiente, desconociendo el que así le juzga que la fe es trasportadora de montañas. Pero la suprema injus­ticia de estos y otros rencorosos juicios de gentes a quienes Paparrigópulos ningún mal ha hecho, su injusticia notoria, se verá bien clara con sólo tener en cuenta que todavía no ha dado Paparrigópulos nada a luz y que todos los que le muerden los zancajos hablan de oídas y por no callar.

No se puede, en fin, escribir de este erudito singular sino con reposada serenidad y sin efectismos nivolescos de ninguna clase.

En este hombre, quiero decir, en este erudito, pues, pensó Augusto, sabedor de que se dedicaba a estudios de mujeres, claro está que en los libros, que es tratándose de ellas lo menos expuesto, y de mujeres de pasados si­glos, que son también mucho meños expuestas para quien las estudia que las mujeres de hoy.

A este Antolín, erudito solitario que por timidez de di­rigirse a las mujeres en la vida y para vengarse de esa ti­midez las estudiaba en los libros, fue a quien acudió a ver Augusto para de él aconsejarse.

No bien le hubo expuesto su propósito prorrumpió el erudito:

––¡Ay, pobre señor Pérez, cómo le compadezco a us­ted! ¿Quiere estudiar a la mujer? Tarea le mando...

––Como usted la estudia...

––Hay que sacrificarse. El estudio, y estudio oscuro, paciente, silencioso, es mi razón de ser en la vida. Pero yo, ya lo sabe usted, soy un modesto, modestísimo obrero del pensamiento, que acopio y ordeno materiales para que otros que vengan detrás de mí sepan aprovecharlos. La obra humana es colectiva; nada que no sea colectivo es ni sólido ni durable...

––¿Y las obras de los grandes genios? La Divina Co­media, la Eneida, una tragedia de Shakespeare, un cuadro de Velázquez...

––Todo eso es colectivo, mucho más colectivo de lo que se cree. La Divina Comedia, por ejemplo, fue prepa­rada por toda una serie...

––Sí, ya sé eso.

––Y respecto a Velázquez... a propósito, ¿conoce usted el libro de Justi sobre él?

Para Antolín, el principal, casi el único valor de las gran­des obras maestras del ingenio humano, consiste en haber provocado un libro de crítica o de comentario; los grandes artistas, poetas, pintores, músicos, historiadores, filósofos, han nacido para que un erudito haga su biografía y un crí­tico comente sus obras, y una frase cualquiera de un gran escritor directo no adquiere valor hasta que un erudito no la repite y cita la obra, la edición y la página en que la ex­puso. Y todo aquello de la solidaridad del trabajo colectivo no era más que envidia a impotencia. Pertenecía a la clase de esos comentadores de Homero que si Homero mismo redivivo entrase en su oficina cantando le echarían a empe­llones porque les estorbaba el trabajar sobre los textos muertos de sus obras y buscar un apax cualquiera en ellas.

––Pero, bien, ¿qué opina usted de la psicología feme­nina? ––le preguntó Augusto.

––Una pregunta así, tan vaga, tan genérica, tan en abs­tracto, no tiene sentido preciso para un modesto investi­gador como yo, amigo Pérez, para un hombre que no siendo genio, ni deseando serlo...

––¿Ni deseando?

––Sí, ni deseando. Es mal oficio. Pues bien, esa pre­gunta carece de sentido preciso para mí. El contestarla exigiría...

––Sí, vamos, como aquel otro cofrade de usted que es­cribió un libro sobre psicología del pueblo español y siendo, al parecer, español él y viviendo entre españoles, no se le ocurrió sino decir que este dice esto y aquel aquello otro y hacer una bibliografía.

––¡Ah, la bibliografía! Sí, ya sé...

––No, no siga usted, amigo Paparrigópulos, y dígame lo más concretamente que sepa y pueda qué le parece de la psicología femenina.

––Habría que empezar por plantear una primera cues­tión y es la de si la mujer tiene alma.

––¡Hombre!

––Ah, no sirve desecharla así, tan en absoluto...

«¿La tendrá él?» , pensó Augusto, y luego:

––Bueno, pues de lo que en las mujeres hace las veces de alma... ¿qué cree usted?

––¿Me promete usted, amigo Pérez, guardarme el se­creto de lo que le voy a decir?... Aunque, no, no, usted no es erudito.

––¿Qué quiere usted
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