Miguel de Unamuno niebla prólogo






descargar 0.84 Mb.
títuloMiguel de Unamuno niebla prólogo
página7/11
fecha de publicación30.06.2015
tamaño0.84 Mb.
tipoDocumentos
l.exam-10.com > Historia > Documentos
1   2   3   4   5   6   7   8   9   10   11
ayudas, y ella decía: «¿Unas ayudas? ¡Uf, qué asco! ¿A ese tío carcamal? ¡Yo, no, yo no! ¡Si hubiese sido a alguno de los otros dos, a los que quería, con los que me casé por mi gusto! Pero ¿a este?, ¿unas ayudas? ¿Yo? ¡Como no...!»

––¡Todo esto es fantástico!

––No, es histórico. Y llegaron unos hermanos de don Eloíno, hermano y hermana, y él decía abrumado por la desgracia: «¡Casarse mi hermano, mi hermano, un Rodrí­guez de Alburquerque y Álvarez de Castro, con la pa­trona de la calle de Pellejeros!, ¡mi hermano, hijo de un presidente que fue de la Audiencia de Zaragoza, de Za-ra­-go-za, con una... doña Sinfo!» Estaba aterrado. Y la viuda del suicida y recién casada con el desahuciado se decía: «Y ahora verá usted, como si lo viera, ¡con esto de que somos cuñados se irán sin pagarme el pupilaje, cuando yo vivo de esto!» Y parece que le pagaron, sí, el pupilaje, y se lo pagó el marido, pero se llevaron un bastón de puño de oro que él tenía.

––¿Y murió?

––Sí, bastante después. Mejoró, mejoró bastante. Y ella, la patrona, decía: «De esto tiene la culpa ese don Va­lentín, que le ha entendido la enfermedad... Mejor era el otro, don José, que no se la entendía. Si sólo le hubiese tratado él, ya estaría muerto, y no que ahora me va a fasti­diar.» Ella, doña Sinfo, tiene, además de los hijos del pri­mer marido, una hija del segundo, del carabinero, y a poco de haberse casado le decía don Eloíno: « Ven, ven acá; ven, ven que te dé un beso, que ya soy tu padre, eres hija mía...» «Hija, no ––decía la madre, ¡ahijada!» «¡Hi­jastra, señora, hijastra! Ven acá... os dejo bien...» Y es fama que la madre refunfuñaba: «¡Y el sinvergüenza no lo hacía más que para sobarla...! ¡Habráse visto...!» Y luego vino, como es natural, la ruptura. «Esto fue un en­gaño, nada más que un engaño, don Eloíno, porque si me casé con usted fue porque me aseguraron que usted se moría y muy pronto, que si no... ¡pa chasco! Me han en­gañado, me han engañado.» «También a mí me han enga­ñado, señora. Y ¿qué quería usted que hubiese yo hecho? ¿Morirme por darle gusto?» «Eso era lo convenido.» «Ya me moriré, señora, ya me moriré... y antes que quisiera. ¡Un Rodríguez de Alburquerque y Álvarez de Castro!»

Y riñeron por cuestión de unos cuartos más o menos de pupilaje, y acabó ella por echarle de casa. «¡Adiós, don Eloíno, que le vaya a usted bien!» «Quede usted con Dios, doña Sinfo.» Y al fin se ha muerto el tercer marido de esta señora dejándola 2,15 pesetas diarias, y además le han dado 500 para lutos. Por supuesto, que no las ha em­pleado en tales lutos. A lo más le ha sacado un par de mi­sas, por remordimiento y por gratitud a los trece duros de viudedad.

––Pero ¡qué cosas, Dios mío!

––Cosas que no se inventan, que no es posible inven­tar. Ahora estoy recogiendo más datos de esta tragicome­dia, de esta farsa fúnebre. Pensé primero hacer de ello un sainete; pero considerándolo mejor he decidido meterlo de cualquier manera, como Cervantes metió en su Qui­jote aquellas novelas que en él figuran, en una novela que estoy escribiendo para desquitarme de los quebraderos de cabeza que me da el embarazo de mi mujer.

––Pero ¿te has metido a escribir una novela?

––¿Y qué quieres que hiciese?

––¿Y cuál es su argumento, si se puede saber?

––Mi novela no tiene argumento, o mejor dicho, será el que vaya saliendo. El argumento se hace él solo.

––¿Y cómo es eso?

––Pues mira, un día de estos que no sabía bien qué pa­cer, pero sentía ansia de hacer algo, una comezón muy ín­tima, un escarabajeo de la fantasía, me dije: voy a escribir una novela, pero voy a escribirla como se vive, sin saber lo que vendrá. Me senté, cogí unas cuartillas y empecé lo primero que se me ocurrió, sin saber lo que seguiría, sin plan alguno. Mis personajes se irán haciendo según obren y hablen, sobre todo según hablen; su carácter se irá for­mando poco a poco. Y a las veces su carácter será el de no tenerlo.

––Sí, como el mío.

––No sé. Ello irá saliendo. Yo me dejo llevar.

––¿Y hay psicología?, ¿descripciones?

––Lo que hay es diálogo; sobre todo diálogo. La cosa es que los personajes hablen, que hablen mucho, aunque no digan nada.

––Eso te lo habrá insinuado Elena, ¿eh?

––¿Por qué?

––Porque una vez que me pidió una novela para matar el tiempo, recuerdo que me dijo que tuviese mucho diá­logo y muy cortado.

––Sí, cuando en una que lee se encuentra con largas des­cripciones, sermones o relatos, los salta diciendo: ¡paja!, ¡paja!, ¡paja! Para ella sólo el diálogo no es paja. Y ya ves tú, puede muy bien repartirse un sermón en un diálogo...

––¿Y por qué será esto?...

––Pues porque a la gente le gusta la conversación por la conversación misma, aunque no diga nada. Hay quien no resiste un discurso de media hora y se está tres horas charlando en un café. Es el encanto de la conversación, de hablar por hablar, del hablar roto a interrumpido.

––También a mí el tono de discurso me carga...

––Sí, es la complacencia del hombre en el habla, y en el habla viva... Y sobre todo que parezca que el autor no dice las cosas por sí, no nos molesta con su personalidad, con su yo satánico. Aunque, por supuesto, todo lo que di­gan mis personajes lo digo yo...

––Eso pasta cierto punto...

––¿Cómo hasta cierto punto?

––Sí, que empezarás creyendo que los llevas tú, de tu mano, y es fácil que acabes convenciéndote de que son ellos los que te llevan. Es muy frecuente que un autor acabe por ser juguete de sus ficciones...

––Tal vez, pero el caso es que en esa novela pienso meter todo lo que se me ocurra, sea como fuere.

––Pues acabará no siendo novela.

––No, será... será... nivola.

––Y ¿qué es eso, qué es nivola?

––Pues le he oído contar a Manuel Machado, el poeta, el hermano de Antonio, que una vez le llevó a don Eduardo Benoit, para leérselo, un soneto que estaba en alejandrinos o en no sé qué otra forma heterodoxa. Se lo leyó y don Eduardo le dijo: «Pero ¡eso no es soneto! ...» «No, señor ––le contestó Machado––, no es soneto, es... sonite. » Pues así con mi novela, no va a ser novela, sino... ¿cómo dije?, navilo... nebulo, no, no, nivola, eso es, ¡ni­vola! Así nadie tendrá derecho a decir que deroga las le­yes de su género... Invento el género, a inventar un gé­nero no es más que darle un nombre nuevo, y le doy las leyes que me place. ¡Y mucho diálogo!

––¿Y cuando un personaje se queda solo?

––Entonces... un monólogo. Y para que parezca algo así como un diálogo invento un perro a quien el personaje se dirige.

––¿Sabes, Víctor, que se me antoja que me estás inven­tando?...

––¡Puede ser!

Al separarse uno de otro, Víctor y Augusto, iba dicién­dose este: «Y esta mi vida, ¿es novela, es nivola o qué es? Todo esto que me pasa y que les pasa a los que me ro­dean, ¿es realidad o es ficción? ¿No es acaso todo esto un sueño de Dios o de quien sea, que se desvanecerá en cuanto Él despierte, y por eso le rezamos y elevamos a Él cánticos a himnos, para adormecerle, para cunar su sueño? ¿No es acaso la liturgia de todas las religiones un modo de brezar el sueño de Dios y que no despierte y deje de soñarnos? ¡Ay, mi Eugenia!, ¡mi Eugenia! Y mi Rosarito...»

––¡Hola, Orfeo!

Orfeo le había salido al encuentro, brincaba, le quería trepar piernas arriba. Cogióle y el animalito empezó a la­merle la mano.

––Señorito ––le dijo Liduvina––, ahí le aguarda Rosa­rito con la plancha.

––¿Y cómo no la despachaste tú?

––Qué sé yo... Le dije que el señorito no podía tardar, que si quería aguardarse...

––Pero podías haberle despachado como otras veces...

––Sí, pero... en fin, usted me entiende...

––¡Liduvina! ¡Liduvina!

––Es mejor que la despache usted mismo.

––Voy allá.
XVIII
––¡Hola, Rosarito! ––exclamó Augusto apenas la vio.

––Buenas tardes, don Augusto ––y la voz de la mucha­cha era serena y clara y no menos clara y serena su mirada.

––¿Cómo no has despachado con Liduvina como otras veces en que yo no estoy en casa cuando llegas?

––¡No sé! Me dijo que me esperase. Creí que querría usted decirme algo...

«Pero ¿esto es ingenuidad o qué es?», pensó Augusto y se quedó un momento suspenso. Hubo un instante emba­razoso, preñado de un inquieto silencio.

––Lo que quiero, Rosario, es que olvides lo del otro día, que no vuelvas a acordarte de ello, ¿entiendes?

––Bueno, como usted quiera...

––Sí, aquello fue una locura... una locura... no sabía bien lo que me hacía ni lo que decía... como no lo sé ahora... ––e iba acercándose a la chica.

Esta le esperaba tranquilamente y como resignada. Au­gusto se sentó en un sofá, la llamó: ¡ven acá!, la dijo que se sentara, como la otra vez sobre sus rodillas, y la estuvo un buen rato mirando a los ojos. Ella resistió tranquila­mente aquella mirada, pero temblaba toda ella como la hoja de un chopo.

––¿Tiemblas, chiquilla...?

––¿Yo? Yo no. Me parece que es usted...

––No tiembles, cálmate.

––No vuelva a hacerme llorar...

––Vamos, sí, que quieres que te vuelva a hacer llorar. Di, ¿tienes novio?

––Pero qué preguntas...

––Dímelo, ¿le tienes?

––¡Novio... así, novio... no!

––Pero ¿es que no se te ha dirigido todavía ningún mozo de tu edad?

––Ya ve usted, don Augusto...

––¿Y qué le has dicho?

––Hay cosas que no se dicen...

––Es verdad. Y vamos, di, ¿os queréis?

––Pero, ¡por Dios, don Augusto...!

––Mira, si es que vas a llorar te dejo.

La chica apoyó la cabeza en el pecho de Augusto, ocultándolo en él, y rompió a llorar procurando ahogar sus sollozos. «Esta chiquilla se me va a desmayar» , pensó él mientras le acariciaba la cabellera.

––¡Cálmate!, ¡cálmate!

––¿Y aquella mujer...? ––preguntó Rosario sin levantar la cabeza y tragándose sus sollozos.

––Ah, ¿te acuerdas? Pues aquella mujer ha acabado por rechazarme del todo. Nunca la gané, pero ahora la he perdido del todo, ¡del todo!

La chica levantó la frente y le miró cara a cara, como para ver si decía la verdad.

––Es que me quiere engañar... ––susurró.

––¿Cómo que te quiero engañar? Ah, ya, ya. Conque esas tenemos, ¿eh? Pues ¿no dices que tenías novio?

––Yo no he dicho nada...

––¡Calma!, ¡calma! ––y poniéndola junto a sí en el sofá se levantó él y empezó a pasearse por la estancia.

Pero al volver la vista a ella vio que la pobre muchacha estaba demudada y temblorosa. Comprendió que se en­contraba sin amparo, que así, sola frente a él, a cierta dis­tancia, sentada en aquel sofá como un reo ante el fiscal, sentíase desfallecer.

––¡Es verdad! ––exclamó––; estamos más protegidos cuanto más cerca.

Volvió a sentarse, volvió a sentarla sobre sí, la ciñó con sus brazos y la apretó a su pecho. La pobrecilla le echó un brazo sobre el hombro, como para apoyarse en él, y vol­vió a ocultar su cara en el seno de Augusto. Y allí, como oyese el martilleo del corazón de este, se alarmó.

––¿Está usted malo, don Augusto?

––¿Y quién está bueno?

––¿Quiere usted que llame para que le traigan algo?

––No, no, déjalo. Yo sé cuál es mi enfermedad. Y lo que me hace falta es emprender un viaje. ––Y después de un silencio––: ¿Me acompañarás en él?

––¡Don Augusto!

––¡Deja el don! ¿Me acompañarás?

––Como usted quiera...

Una niebla invadió la mente de Augusto; la sangre em­pezó a latirle en las sienes, sintió una opresión en el pe­cho. Y para libertarse de ello empezó a besar a Rosarito en los ojos, que los tenía que cerrar. De pronto se levantó y dijo dejándola:

––¡Déjame!, ¡déjame!, ¡tengo miedo!

––¿Miedo de qué?

La repentina serenidad de la mozuela le asustó más aún.

––Tengo miedo, no sé de quién, de ti, de mí; ¡de lo que sea!, ¡de Liduvina! Mira, vete, vete, pero volverás, ¿no es eso?, ¿volverás?

––Cuando usted quiera.

––Y me acompañarás en mi viaje, ¿no es así?

––Como usted mande...

––¡Vete, vete ahora!

––Y aquella mujer...

Abalanzóse Augusto a la chica, que se había ya puesto en pie, la cogió, la apretó contra su pecho, juntó sus la­bios secos a los labios de ella y así, sin besarla, se estuvo un rato apretando boca a boca mientras sacudía su ca­beza. Y luego soltándola: ¡anda, vete!

Rosario se salió. Y apenas se había salido fue Augusto, y cansado como si acabase de recorrer a pie leguas por entre montañas se echó sobre su cama, apagó la luz, y se quedó monologando:

«La he estado mintiendo y he estado mintiéndome. ¡Siempre es así! Todo es fantasía y no hay más que fanta­sía. El hombre en cuanto habla miente, y en cuanto se habla a sí mismo, es decir, en cuanto piensa sabiendo que piensa, se miente. No hay más verdad que la vida fisiológica. La palabra, este producto social, se ha hecho para mentir. Le he oído a nuestro filósofo que la verdad es, como la pala­bra, un producto social, lo que creen todos, y creyéndolo se entienden. Lo que es producto social es la mentira...»

Al sentir unos lametones en la mano exclamó: «Ah, ¿ya estás aquí, Orfeo? Tú como no hablas no mientes, y hasta creo que no te equivocas, que no te mientes. Aunque, como animal doméstico que eres, algo se te habrá pegado del hombre... No hacemos más que mentir y darnos im­portancia. La palabra se hizo para exagerar nuestras sen­saciones a impresiones todas... acaso para creerlas. La pa­labra y todo género de expresión convencional, como el beso y el abrazo... No hacemos sino representar cada uno su papel. ¡Todos personas, todos caretas, todos cómicos! Nadie sufre ni goza lo que dice y expresa y acaso cree que goza y sufre; si no, no se podría vivir. En el fondo estamos tan tranquilos. Como yo ahora aquí, representando a solas mi comedia, hecho actor y espectador a la vez. No mata más que el dolor físico. La única verdad es el hombre fi­siológico, el que no habla, el que no miente ...»

Oyó un golpecito a la puerta.

––¿Qué hay?

––¿Es que no va usted a cenar hoy? ––preguntó Lidu­vina.

––Es verdad; espera, que allá voy.

«Y luego dormiré hoy, como los otros días, y dormirá ella. ¿Dormirá Rosarito? ¿No habré turbado la tranquili­dad de su espíritu? Y esa naturalidad suya, ¿es inocencia o es malicia? Pero acaso no hay nada más malicioso que la inocencia, o bien, más inocente que la malicia. Sí, sí, ya me suponía yo que en el fondo no hay nada más... más... ¿cómo lo diré?... más cínico que la inocencia. Sí, esa tranquilidad con que se me entregaba, eso que hizo me entrara miedo, miedo, no sé bien de qué, eso no era sino inocencia. Y lo de: “¿Y aquella mujer?”, celos, ¿eh?, ¿celos? Probablemente no nace el amor sino al nacer los celos; son los celos los que nos revelan el amor. Por muy enamorada que esté una mujer de un hombre, o un hom­bre de una mujer, no se dan cuenta de que lo están, no se dicen a sí mismos que lo están, es decir, no se enamoran de veras sino cuando él ve que ella mira a otro hombre o ella le ve a él mirar a otra mujer. Si no hubiese más que un solo hombre y una sola mujer en el mundo, sin más sociedad, sería imposible que se enamorasen uno de otro. Además de que hace siempre falta la tercera, la Celestina, y la Celestina es la sociedad. ¡El Gran Galeoto! ¡Y qué bien está eso! ¡Sí, el Gran Galeoto! Aunque sólo fuese por el lenguaje. Y por esto es todo eso del amor una men­tira más. ¿Y el fisiológico? ¡Bah, eso fisiológico no es amor ni cosa que lo valga! ¡Por eso es verdad! Pero... va­mos, Orfeo, vamos a cenar. ¡Esto sí que es verdad!»
XIX
A los dos días de esto anunciáronle a Augusto que una señora deseaba verle y hablarle. Salió a recibirla y se en­contró con doña Ermelinda, que al: «¿usted por aquí?» de Augusto, contestó con un: «¡como no ha querido volver a vemos... ! »

––Usted comprende, señora ––––contestó Augusto––, que después de lo que me ha pasado en su casa las dos úl­timas veces que he ido, la una con Eugenia a solas y la otra cuando no quiso verme, no debía volver. Yo me atengo a lo hecho y lo dicho, pero no puedo volver por allí...

––Pues traigo una misión para usted de parte de Eugenia...

––¿De ella?

––Sí, de ella. Yo no sé qué ha podido ocurrirle con el novio, pero no quiere oír hablar de él, está contra él fu­riosa, y el otro día, al volver a casa, se encerró en su cuarto y se negó a cenar. Tenía los ojos encendidos de ha­ber llorado, pero con esas lágrimas que escaldan, ¿sabe usted?, las de rabia...

––¡Ah!, pero ¿es que hay diferentes clases de lágrimas?

––Naturalmente; hay lágrimas que refrescan y desahogan y lágrimas que encienden y sofocan más. Había llorado y no quiso cenar. Y me estuvo repitiendo su estribi­llo de que los hombres son ustedes todos unos brutos y nada más que unos brutos. Y ha estado estos días de morro, con un humor de todos los diablos. Hasta que ayer me llamó, me dijo que estaba arrepentida de cuanto le había dicho a usted, que se excedió y fue con usted in­justa, que reconoce la rectitud y nobleza de las intencio­nes de usted y que quiere no ya que usted le perdone aquello que le dijo de que la quería comprar, sino que no cree semejante cosa. Es en esto en lo que hizo más hin­capié. Dice que ante todo quiere que usted le crea que si dijo aquello fue por excitación, por despecho, pero que no lo cree...

––Y creo que no lo crea.

––Después... después me encargó que averiguase yo de usted con diplomacia...

––Y la mejor diplomacia, señora, es no tenerla, y sobre todo conmigo...

––Después me rogó que averiguase si le molestaría a usted el que ella aceptase, sin compromiso alguno, el re­galo que usted le ha hecho de su propia casa...

––¿Cómo sin compromiso?

––Vamos, sí, el que acepte el regalo como tal regalo.

––Si como tal se lo doy, ¿cómo ha de aceptarlo?

––Porque dice que sí, que está dispuesta, para demos­trarle su buena voluntad y lo sincero de su arrepenti­miento por lo que le dijo, a aceptar su generosa donación, pero sin que eso implique...

––¡Basta, señora, basta! Ahora parece que sin darse cuenta vuelven a ofenderme...

––Será sin intención...

––Hay ocasiones en que las peores ofensas son esas que se infligen sin intención, según se dice.

––Pues no lo entiendo...

––Y es, sin embargo, cosa muy clara. Una vez entré en una reunión y uno que allí había y me conocía ni me sa­ludó siquiera. Al salir me quejé de ello a un amigo y este me dijo: «No le extrañe a usted, no lo ha hecho aposta; es que no se ha percatado siquiera de la presencia de usted.» Y le contesté: «Pues ahí está la grosería mayor; no en que no me haya saludado, sino en que no se haya dado cuenta de mi presencia.» «Eso es en él involuntario; es un distraí­do...» , me replicó. Y yo a mi vez: «Las mayores groserías son las llamadas involuntarias, y la grosería de las grose­rías distraerse delante de personas. Es, señora, como eso que llaman neciamente olvidos involuntarios, como si cu­piese olvidarse voluntariamente de algo. El olvido invo­luntario suele ser una grosería.»

––Y a qué viene esto...

––Esto viene, señora doña Ermelinda, a que después de haberme pedido perdón por aquella especie ofensiva de que con mi donativo buscaba comprarla forzando su agradecimiento, no sé bien a qué viene aceptarlo pero ha­ciendo constar que sin compromiso. ¿Qué compromiso, vamos, qué compromiso?

––¡No se exalte usted así, don Augusto...!

––¡Pues no he de exaltarme, señora, pues no he de exaltarme! ¿Es que esa... muchacha se va a burlar de mí y va a querer jugar conmigo? ––y al decir esto se acordaba de Rosarito.

––¡Por Dios, don Augusto, por Dios...!

––Ya tengo dicho que la hipoteca se deshizo, que la he cancelado, y que si ella no se hace cargo de su casa yo nada tengo que ver con ella. ¡Y que me lo agradezca o no, ya no me importa!

––Pero, don Augusto, ¡no se ponga así! ¡Si lo que ella quiere es hacer las paces con usted, que vuelvan a ser amigos... !

––Sí, ahora que ha roto la guerra con el otro, ¿no es eso? Antes era yo el otro; ahora soy el uno, ¿no es eso? Ahora se trata de pescarme, ¿eh?

––Pero ¡si no he dicho tal cosa...!

––No, pero lo adivino.

––Pues se equivoca usted de medio a medio. Porque precisamente después de haberme mi sobrina dicho todo lo que acabo de repetirle a usted, al insinuarle yo y aconse­jarle quc pues ha reñido con el gandul de su novio procu­rase ganar a usted como tal, vamos, usted me entiende...

––Sí, que me reconquistase...

––¡Eso! Pues bien, al aconsejarle esto, me dijo una y cien veces que eso no y que no y que no; que le estimaba y apreciaba a usted para amigo y como tal, pero no le gustaba como marido, que no quería casarse sino con un hombre de quien estuviese enamorada...

––Y que de mí no podrá llegar a estarlo, ¿no es eso?

––No, tanto como eso no dijo...

––Vamos, sí; que esto también es diplomacia...

––¿Cómo?

––Sí, que viene usted no sólo a que yo perdone a esa... muchacha, sino a ver si accedo a pretenderla para mujer, ¿no es eso? Cosa convenida, ¿eh?, y ella se resignará...

––Le juro a usted, don Augusto, le juro por la santa memoria de mi santa madre que esté en gloria, le juro...

––El segundo, no jurar...

––Pues le juro que es usted el que ahora se olvida, in­voluntariamente por supuesto, de quién soy yo, de quién es Ermelinda Ruiz y Ruiz.

––Si así fuese...

––Sí, así es, así ––y pronunció estas palabras con tal acento que no dejaba lugar a duda.

––Pues entonces... entonces... diga a su sobrina que acepto sus explicaciones, que se las agradezco profundamente, que seguiré siendo su amigo, un amigo leal y no­ble, pero sólo amigo, ¿eh?, nada más que amigo, sólo amigo... Y no le diga que yo no soy un piano en que se puede tocar a todo antojo, que no soy un hombre de hoy te dejo y luego te tomo, que no soy sustituto ni vicenovio, que no soy plato de segunda mesa...

––¡No se exalte usted así!

––¡No, si no me exalto! Pues bien, que sigo siendo su amigo...

––¿E irá usted pronto a vernos?

––Eso...

––Mire que si no la pobrecilla no me va a creer, va a sentirlo...

––Es que pienso emprender un viaje largo y lejano...

––Antes, de despedida...

––Bueno, veremos...

Separáronse. Cuando doña Ermelinda llegó a casa y contó a su sobrina la conversación con Augusto, Eugenia se dijo: «Aquí hay otra, no me cabe duda; ahora sí que le reconquisto.»

Augusto, por su parte, al quedarse solo púsose a pa­searse por la estancia diciéndose: «Quiere jugar conmigo, como si yo fuese un piano... me deja, me toma, me vol­verá a dejar... Yo estaba de reserva... Diga lo que quiera, anda buscando que yo vuelva a solicitarla, acaso para vengarse, tal vez para dar celos al otro y volverle al retor­tero... Como si yo fuese un muñeco, un ente, un don na­die... ¡Y yo tengo mi carácter, vaya si le tengo, yo soy yo! Sí, ¡yo soy yo!, ¡yo soy yo! Le debo a ella, a Eugenia, ¿cómo negarlo?, el que haya despertado mi facultad amo­rosa; pero una vez que me la despertó y suscitó no nece­sito ya de ella; lo que sobran son mujeres.»

Al llegar a esto no pudo por menos que sonreírse, y es que se acordó de aquella frase de Víctor cuando anunciándoles Gervasio, recién casado, que se iba con su mu­jer a pasar una temporadita en París, le dijo: «¿A París y con mujer? ¡Eso es como ir con un bacalao a Escocia!» Lo que le hizo muchísima gracia a Augusto.

Y siguió diciéndose: «Lo que sobran son mujeres. ¡Y qué encanto la inocencia maliciosa, la malicia inocente de Rosarito, esta nueva edición de la eterna Eva!, ¡qué encanto de chiquilla! Ella, Eugenia, me ha bajado del abstracto al concreto, pero ella me llevó al genérico, y hay tantas mujeres apetitosas, tantas... ¡tantas Eugenias!, ¡tantas Rosarios! No, no, conmigo no juega nadie, y me­nos una mujer. ¡Yo soy yo! ¡Mi alma será pequeña, pero es mía!» Y sintiendo en esta exaltación de su yo como si este se le fuera hinchando, hinchando y la casa le viniera estrecha, salió a la calle para darle espacio y desahogo.

Apenas pisó la calle y se encontró con el cielo sobre la cabeza y las gentes que iban y venían, cada cual a su nego­cio o a su gusto y que no se fijaban en él, involuntaria­mente por supuesto, ni le hacían caso, por no conocerle sin duda, sintió que su yo, aquel yo del « ¡yo soy yo!» se le iba achicando, achicando y se le replegaba en el cuerpo y aun dentro de este buscaba un rinconcito en que acurrucarse y que no se le viera. La calle era un cinematógrafo y él sen­tíase cinematográfico, una sombra, un fantasma. Y es que siempre un baño en muchedumbre humana, un perderse en la masa de hombres que iban y venían sin conocerle ni per­catarse de él, le produjo el efecto mismo de un baño en na­turaleza abierta a cielo abierto, y a la rosa de los vientos.

Sólo a solas se sentía él; sólo a solas podía decirse a sí mismo, tal vez para convencerse, « ¡yo soy yo!» ; ante los demás, metido en la muchedumbre atareada o distraída, no se sentía a sí mismo.

Así llegó a aquel recatado jardincillo que había en la solitaria plaza del retirado barrio en que vivía. Era la plaza un remanso de quietud donde siempre jugaban algunos niños, pues no circulaban por allí tranvías ni apenas co­ches, a iban algunos ancianos a tomar el sol en las tarde­citas dulces del otoño, cuando las hojas de la docena de castaños de Indias que allí vivían recluidos, después de haber temblado al cierzo, rodaban por el enlosado o cubrían los asientos de aquellos bancos de madera siem­pre pintada de verde, del color de la hoja fresca. Aquellos árboles domésticos, urbanos, en correcta formación, que recibían riego a horas fijas, cuando no llovía, por una reguera y que extendían sus raíces bajo el enlosado de la plaza; aquellos árboles presos que esperaban ver salir y ponerse el sol sobre los tejados de las casas; aquellos ár­boles enjaulados, que tal vez añoraban la remota selva, atraíanle con un misterioso tiro. En sus copas cantaban algunos pájaros urbanos también, de esos que aprenden a huir de los niños y alguna vez a acercarse a los ancianos que les ofrecen unas migas de pan.

¡Cuántas veces sentado solo y solitario en uno de los bancos verdes de aquella plazuela vio el incendio del ocaso sobre un tejado y alguna vez destacarse sobre el oro en fuego del espléndido arrebol el contorno de un gato negro sobre la chimenea de una casa! Y en tanto, en otoño, llovían hojas amarillas, anchas hojas como de vid, a modo de manos momificadas, laminadas, sobre los jar­dincillos del centro con sus arriates y sus macetas de flo­res. Y jugaban los niños entre las hojas secas, jugaban acaso a recogerlas, sin darse cuenta del encendido ocaso.

Cuando llegó aquel día a la tranquila plaza y se sentó en el banco, no sin antes haber despejado su asiento de las hojas secas que lo cubrían ––pues era otoño––, juga­ban allí cerca, como de ordinario, unos chiquillos. Y uno de ellos, poniéndole a otro junto al tronco de uno de los castaños de Indias, bien arrimadito a él, le decía: «Tú estabas ahí preso, te tenían unos ladrones ...» «Es que yo
1   2   3   4   5   6   7   8   9   10   11

similar:

Miguel de Unamuno niebla prólogo iconNiebla miguel de Unamuno prólogo

Miguel de Unamuno niebla prólogo iconNiebla. (Miguel de Unamuno)

Miguel de Unamuno niebla prólogo iconSe empeña don Miguel de Unamuno en que ponga yo un prólogo a este...

Miguel de Unamuno niebla prólogo iconAlgunas reflexiones críticas sobre Niebla de Unamuno (Mario J. Valdés)

Miguel de Unamuno niebla prólogo iconMiguel de unamuno

Miguel de Unamuno niebla prólogo iconAutor: Miguel e Unamuno (español)

Miguel de Unamuno niebla prólogo iconUnamuno, miguel ( 1864-Salamanca, 1936)

Miguel de Unamuno niebla prólogo iconMiguel de Unamuno del sentimiento trágico de la vida

Miguel de Unamuno niebla prólogo iconAmable sale en la mañana fresca y llena de niebla. La niebla moja...

Miguel de Unamuno niebla prólogo iconEl modernismo y la generación del 98
«Azorín». Tradicionalmente se suman a esta nómina Miguel de Unamuno, Antonio Machado y Valle-Inclán, aunque hoy se tiende a excluir...






© 2015
contactos
l.exam-10.com