Miguel de Unamuno niebla prólogo






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te hablé de Eugenia...

––¿De la pianista? Sí.

––Pues bien; estoy locamente enamorado de ella, como un...

––Sí, como un enamorado. Sigue.

––Loco, chico, loco. Ayer la vi en su casa, con pretexto de visitar a sus tíos; la vi...

––Y te miró, ¿no es eso?, ¿y creíste en Dios?

––No, no es que me miró, es que me envolvió en su mirada; y no es que creí en Dios, sino que me creí un dios.

––Fuerte te entró, chico...

––¡Y eso que la moza estuvo brava! Pero no sé lo que desde entonces me pasa: casi todas las mujeres que veo me parecen hermosuras, y desde que he salido de casa, no hace aún media hora seguramente, me he enamorado ya de tres, digo, no, de cuatro: de una, primero, que era todo ojos, de otra después con una gloria de pelo, y hace poco de una pareja, una rubia y otra morena, que reían como los ángeles. Y las he seguido a las cuatro. ¿Qué es esto?

––Pues eso es, querido Augusto, que tu repuesto de amor dormía inerte en el fondo de tu alma, sin tener donde meterse; llegó Eugenia, la pianista, te sacudió y re­mejió con sus ojos esa charca en que tu amor dormía: se despertó este, brotó de ella, y como es tan grande se ex­tiende a todas partes. Cuando uno como tú se enamora de veras de una mujer se enamora a la vez de todas las demás.

––Pues yo creí que sería todo lo contrario... Pero, entre paréntesis, ¡mira qué morena!, ¡es la noche luminosa! ¡Bien dicen que lo negro es lo que más absorbe la luz! ¿No ves qué luz oculta se siente bajo su pelo, bajo el aza­bache de sus ojos? Vamos a seguirla...

––Como quieras...

––Pues sí, yo creí que sería todo lo contrario; que cuando uno se enamora de veras es que concentra su amor, antes desparramado entre todas, en una sola, y que todas las demás han de parecerle como si nada fuesen ni valiesen... Pero ¡mira!, ¡mira ese golpe de sol en la ne­grura de su pelo!

––No; verás, verás si logro explicártelo. Tú estabas ena­morado, sin saberlo por supuesto, de la mujer, del abstrac­to, no de esta ni de aquella; al ver a Eugenia, ese abstracto se concretó y la mujer se hizo una mujer y te enamoraste de ella, y ahora vas de ella, sin dejarla, a casi todas las mu­jeres, y te enamoras de la colectividad, del género. Has pasado, pues, de lo abstracto a lo concreto y de lo con­creto a lo genérico, de la mujer a una mujer y de una mu­jer a las mujeres.

––¡Vaya una metafísica!

––Y ¿qué es el amor sino metafísica?

––¡Hombre!

––Sobre todo en ti. Porque todo tu enamoramiento no es sino cerebral, o como suele decirse, de cabeza.

––Eso lo creerás tú... ––exclamó Augusto un poco pi­cado y de mal humor, pues aquello de que su enamoramiento no era sino de cabeza le había llegado, doliéndole, al fondo del alma.

––Y si me apuras mucho te digo que tú mismo no eres sino una pura idea, un ente de ficción...

––¿Es que no me crees capaz de enamorarme de veras, como los demás...?

––De veras estás enamorado, ya lo creo, pero de ca­beza sólo. Crees que estás enamorado...

––Y ¿qué es estar uno enamorado sino creer que lo está?

––¡Ay, ay, ay, chico, eso es más complicado de lo que te figuras!...

––¿En qué se conoce, dime, que uno está enamorado y no solamente que cree estarlo?

––Mira, más vale que dejemos esto y hablemos de otras cosas.

Cuando luego volvió Augusto a su casa tomó en brazos a Orféo y le dijo: «Vamos a ver, Orfeo mío, ¿en qué se di­ferencia estar uno enamorado de creer que lo está? ¿Es que estoy yo o no estoy enamorado de Eugenia?, ¿es que cuando la veo no me late el corazón en el pecho y se me enciende la sangre?, ¿es que yo no soy como los demás hombres? ¡Tengo que demostrarles, Orféo, que soy tanto como ellos!»

Y a la hora de cenar, encarándose con Liduvina le pre­guntó:

––Di, Liduvina, ¿en qué se conoce que un hombre está de veras enamorado?

––Pero ¡qué cosas se le ocurren a usted, señorito...!

––Vamos, di, ¿en qué se conoce?

––Pues se conoce... se conoce en que hace y dice mu­chas tonterías. Cuando un hombre se enamora de veras, se chala, vamos al decir, por una mujer, ya no es un hombre...

––Pues ¿qué es?

––Es... es... es... una cosa, un animalito... Una hace de él lo que quiere.

––Entonces, cuando una mujer se enamora de veras de un hombre, se chala, como dices, ¿hace de ella el hombre lo que quiere?

––El caso no es enteramente igual...

––¿Cómo, cómo?

––Eso es muy difícil de explicar, señorito. Pero ¿está usted de veras enamorado?

––Es lo que trato de averiguar. Pero tonterías, de las gordas, no he dicho ni hecho todavía ninguna... me pa­rece...

Liduvina se calló, y Augusto se dijo: «¿Estaré de veras enamorado?»
XI
Cuando llamó aquel otro día Augusto a casa de don Fermín y doña Ermelinda, la criada le pasó a la salita di­ciéndole: «Ahora aviso.» Quedóse un momento solo y como si estuviese en el vacío. Sentía una profunda opre­sión en el pecho. Ceñíale una angustiosa sensación de so­lemnidad. Sentóse para levantar al punto y se entretuvo en mirar los cuadros que colgaban de las paredes, un re­trato de Eugenia entre ellos. Entráronle ganas de echar a correr, de escaparse. De pronto, al oír unos pasos menu­dos, sintió un puñal de hielo atravesarle el pecho y como una bruma invadirle la cabeza. Abrióse la puerta de la sala y apareció Eugenia. El pobre se apoyó en el respaldo de una butaca. Ella, al verle lívido, palideció un momento y se quedó suspensa en medio de la sala, y luego, acer­cándose a él, le dijo con voz seca y baja:

––¿Qué le pasa a usted, don Augusto, se pone malo?

––No, no es nada; qué sé yo...

––¿Quiere algo?, ¿necesita algo?

––Un vaso de agua.

Eugenia, como quien ve un agarradero, salió de la es­tancia para ir ella misma a buscar el vaso de agua, que se lo trajo al punto. El agua tembloteaba en el vaso; pero más tembló este en manos de Augusto, que se lo bebió de un trago, atropelladamente, vertiéndosele agua por la barba, y sin quitar en tanto sus ojos de los ojos de Eugenia.

––Si quiere usted ––dijo ella––, mandaré que le hagan una taza de té, o de manzanilla, o de tila... ¿Qué, se ha pa­sado?

––No, no, no fue nada; gracias, Eugenia, gracias ––y se enjugaba el agua de la barba.

––Bueno, pues ahora siéntese usted ––y cuando estuvie­ron sentados prosiguió ella––: Le esperaba cualquier día y di orden a la criada de que aunque no estuviesen mis tíos, como sucede algunas tardes, le hiciese a usted pasar y me avisara. Así como así, deseaba que hablásemos a solas.

––¡Oh, Eugenia, Eugenia!

––Bueno, las cosas más fríamente. Nunca me pude imaginar que le daría tan fuerte, porque me dio usted miedo cuando entré aquí; parecía un muerto.

––Y más muerto que vivo estaba, créamelo.

––Va a ser menester que nos expliquemos.

––¡Eugenia! ––exclamó el pobre, y extendió una mano que recogió al punto.

––Todavía me parece que no está usted en disposición de que hablemos tranquilamente, como buenos amigos. ¡A ver! ––y le cogió la mano para tomarle el pulso.

Y este empezó a latir febril en el pobre Augusto; se puso rojo, ardíale la frente. Los ojos de Eugenia se le borraron de la vista y no vio ya nada sino una niebla, una niebla roja. Un momento creyó perder el sentido.

––¡Ten compasión, Eugenia, ten compasión de mí!

––¡Cálmese usted, don Augusto, cálmese!

––Don Augusto... don Augusto... don... don...

––Sí, mi bueno de don Augusto, cálmese usted y ha­blemos tranquilamente.

––Pero, permítame... ––y le cogió entre sus manos la diestra aquella blanca y fría como la nieve, de ahusados dedos, hecha para acariciar las teclas del piano, para arrancarles dulces arpegios.

––Como usted quiera, don Augusto.

Este se la llevó a los labios y la cubrió de besos que apenas entibiaron la frialdad blanca.

––Cuando usted acabe, don Augusto, empezaremos a hablar.

––Pero mira, Eugenia, ven...

––No, no, no, ¡formalidad! ––y desprendiendo su mano de las de él prosiguió––: Yo no sé qué género de es­peranzas le habrán hecho concebir mis tíos, o más bien mi tía, pero el caso es que me parece que usted está enga­ñado.

––¿Cómo engañado?

––Sí, han debido decirle que tengo novio.

––Lo sé.

––¿Se lo han dicho ellos?

––No, no me lo ha dicho nadie, pero lo sé.

––Entonces...

––Pero es, Eugenia, que yo no pretendo nada, que no busco nada, que nada pido; es, Eugenia, que yo me con­tento con que se me deje venir de cuando en cuando a ba­ñar mi espíritu en la mirada de esos ojos, a embriagarme en el vaho de su respiración...

––Bueno, don Augusto, esas son cosas que se leen en los libros; dejemos eso. Yo no me opongo a que usted venga cuantas veces se le antoje, a que me vea y me re­vea, a que hable conmigo y hasta... ya lo ha visto usted, hasta a que me bese la mano, pero yo tengo un novio, del cual estoy enamorada y con el cual pienso casarme.

––Pero ¿de veras está usted enamorada de él?

––¡Vaya una pregunta!

––Y ¿en qué conoce usted que está de él enamorada?

––Pero ¿es que se ha vuelto usted loco, don Augusto?

––No, no; lo digo porque mi amigo mejor me ha dicho que hay muchos que creen estar enamorados sin estarlo...

––Lo ha dicho por usted, ¿no es eso?

––Sí, por mí lo ha dicho, ¿pues?

––Porque en el caso de usted acaso sea verdad eso...

––Pero ¿es que cree usted, es que crees, Eugenia, que no estoy de veras enamorado de ti?

––No alce usted tanto la voz, don Augusto, que puede oírle la criada...

––¡Sí, sí ––continuó exaltándose––, hay quien me cree incapaz de enamorarme de veras...!

––Dispense un momento ––le interrumpió Eugenia, y se salió dejándole solo.

Volvió al poco rato y con la mayor tranquilidad le dijo:

––Y bien, don Augusto, ¿se ha calmado ya?

––¡Eugenia, Eugenia!

En este momento se oyó llamar a la puerta y Eugenia dijo: «¡Mis tíos!» A los pocos momentos entraban estos en la sala.

––Vino don Augusto a visitaros, salí yo misma a abrirle, quería irse, pero le dije que pasara, que no tarda­ríais en venir, ¡y aquí está!

––¡Vendrán tiempos ––exclamó don Fermín–– en que se disiparán los convencionalismos sociales todos! Estoy con­vencido de que las cercas y tapias de las propiedades priva­das no son más que un incentivo para los que llamamos la­drones, cuando los ladrones son los otros, los propietarios. No hay propiedad más segura que la que está sin cercas ni tapias, al alcance de todo el mundo. El hombre nace bueno, es naturalmente bueno; la sociedad le malea y pervierte...

––¡Cállate, hombre ––exclamó doña Ermelinda––, que no me dejas oír cantar al canario! ¿No le oye usted, don Augusto?, ¡es un encanto oírle! Y cuando esta se ponía a aprender sus lecciones de piano había que oírle a un canario que entonces tuve: se excitaba, y cuanto más esta daba a las teclas, más él a cantar y más cantar. Como que se murió de eso, reventado...

––¡Hasta los animales domésticos se contagian de nuestros vicios! ––agregó el tío––. ¡Hasta a los animales que con nosotros conviven les hemos arrancado del santo estado de naturaleza! ¡Oh, humanidad, humanidad!

––Y ¿ha tenido usted que esperar mucho, don Au­gusto? ––preguntó la tía.

––Oh, no, señora, no, nada, nada, un momento, un re­lámpago... por lo menos así me lo pareció...

––¡Ah, vamos!

––Sí, tía, muy poco tiempo, pero lo bastante para que se haya repuesto de una ligera indisposición que trajo de la calle...

––¿Cómo?

––Oh, no fue nada, señora, nada...

––Ahora yo les dejo, tengo que hacer ––dijo Eugenia, y dando la mano a Augusto se fue.

––Y ¿qué, cómo va eso? ––le preguntó a Augusto la tía así que Eugenia hubo salido.

––Y ¿qué es eso?

––¡La conquista, naturalmente!

––¡Mal, muy mal! Me ha dicho que tiene novio y que se ha de casar con él.

––¿No te lo decía yo, Ermelinda, no te lo decía?

––Pues ¡no, no y no!, no puede ser. Eso del novio es una locura, don Augusto, ¡una locura!

––Pero, señora, ¿y si está enamorada de él...?

––Eso digo yo ––exclamó el tío––, eso digo yo. ¡La li­bertad, la santa libertad, la libertad de elección!

––Pues ¡no, no y no! ¿Acaso sabe esa chiquilla lo que se hace...? ¡Despreciarle a usted, don Augusto, a usted! ¡Eso no puede ser!

––Pero, señora, reflexione, fíjese... no se puede, no se debe violentar así la voluntad de una joven como Eugenia... Se trata de su felicidad, y no debemos todos preocuparnos sino de ella, y hasta sacrifcarnos para que la consiga...

––¿Usted, don Augusto, usted?

––¡Yo, sí, yo, señora! ¡Estoy dispuesto a sacrificarme por la felicidad de Eugenia, de su sobrina, porque mi feli­cidad consiste en que ella sea feliz!

––¡Bravo! ––exclamó el tío–– ¡bravo!, ¡bravo! ¡He aquí un héroe!, ¡he aquí un anarquista... místico!

––¿Anarquista? ––dijo Augusto.

––Anarquista, sí. Porque mi anarquismo consiste en eso, en eso precisamente, en que cada cual se sacrifique por los demás, en que uno sea feliz haciendo felices a los otros, en que...

––¡Pues bueno te pones, Fermín, cuando un día cual­quiera no se te sirve la sopa sino diez minutos después de las doce!

––Bueno, es que ya sabes, Ermelinda, que mi anar­quismo es teórico... me esfuerzo por llegar a la perfec­ción, pero...

––¡Y la felicidad también es teórica! ––exclamó Au­gusto, compungido y como quien habla consigo mismo, y luego––: He decidido sacrificarme a la felicidad de Eugenia y he pensado en un acto heroico.

––¿Cuál?

––¿No me dijo usted una vez, señora, que la casa que a Eugenia dejó su desgraciado padre...

––Sí, mi pobre hermano.

––... está gravada con una hipoteca que se lleva sus rentas todas?

––Sí, señor.

––Pues bien; ¡yo sé lo que he de hacer! ––y se dirigió a la puerta.

––Pero, don Augusto...

––Augusto se siente capaz de las más heroicas deter­minaciones, de los más grandes sacrificios. Y ahora se sa­brá si está enamorado nada más que de cabeza o lo está también de corazón, si es que cree estar enamorado sin estarlo. Eugenia, señores, me ha despertado a la vida, a la verdadera vida, y, sea ella de quien fuere, yo le debo gra­titud eterna. Y ahora, ¡adiós!

Y se salió solemnemente. Y no bien hubo salido gritó doña Ermelinda: ¡Chiquilla!
XII
––Señorito ––entró un día después a decir a Augusto Liduvina––, ahí está la del planchado.

––¿La del planchado? ¡Ah, sí, que pase!

Entró la muchacha llevando el cesto del planchado de Augusto. Quedáronse mirándose, y ella, la pobre, sintió que se le encendía el rostro, pues nunca cosa igual le ocurrió en aquella casa en tantas veces como allí entró. Parecía antes como si el señorito ni la hubiese visto si­quiera, lo que a ella, que creía conocerse, habíala tenido inquieta y hasta mohína. ¡No fijarse en ella! ¡No mirarla como la miraban otros hombres! ¡No devorarla con los ojos, o más bien lamerle con ellos los de ella y la boca y la cara toda!

––¿Qué te pasa, Rosario, porque creo que te llamas así, no?

––Sí, así me llamo.

––Y ¿qué te pasa?

––¿Por qué, señorito Augusto?

––Nunca te he visto ponerte así de colorada. Y además me pareces otra.

––El que me parece que es otro es usted...

––Puede ser... puede ser.. Pero ven, acércate.

––¡Vamos, déjese de bromas y despachemos!

––¿Bromas? Pero ¿tú crees que es broma? ––le dijo con voz más seria––. Acércate, así, que te vea bien.

––Pero ¿es que no me ha visto otras veces?

––Sí, pero hasta ahora no me había dado cuenta de que fueses tan guapa como eres...

––Vamos, vamos, señorito, no se burle... ––y le ardía la cara.

––Y ahora, con esos colores, talmente el sol...

––Vamos...

––Ven acá, ven. Tú dirás que el señorito Augusto se ha vuelto loco, ¿no es así? Pues no, no es eso, ¡no! Es que lo ha estado hasta ahora, o mejor dicho, es que he estado hasta ahora tonto, tonto del todo, perdido en una niebla, ciego... No hace sino muy poco tiempo que se me han abierto los ojos.
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