Casi en oposición a todo patrón literario -en especial al Realismo y Naturalismo-, es esencialmente dialogal, el autor hace interpolación de relato






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títuloCasi en oposición a todo patrón literario -en especial al Realismo y Naturalismo-, es esencialmente dialogal, el autor hace interpolación de relato
fecha de publicación29.06.2015
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NIEBLA

MIGUEL DE UNAMUNO

Laura Quadrelli

10 / 6 / 98
Novela escrita en 1907 y publicada en 1914; es un relato muy significativo, considerando la narrativa española de comienzos de siglo. Unamuno crea su “nivola” casi en oposición a todo patrón literario -en especial al Realismo y Naturalismo-, es esencialmente dialogal, el autor hace interpolación de relato interviniendo con su personaje desde el prólogo hasta el epílogo. Carente de descripciones, (ni espacios, costumbres, o vestimentas), salvo aquellas que están ligadas a circunstancias que rodean al personaje y que serán las que definirán la personalidad del mismo.

Todos los nombres propios son significativos al personaje, desde el título se observa la intencionalidad del autor de dar un significado a cada vocablo utilizado, en el cap. XXX, pág. 254, se insinúa el título de la novela: “...confundir todo en una sola niebla.”, aquí se hace alusión, no solamente al título, sino a la intención de la novela, (ver cap. VII, pág. 170, mención al neologismo nivola).

En la niebla se confunden y desaparecen los límites de las cosas, Unamuno asocia esto con la existencia humana que “transita” en medio de una nebulosa, pues se cuestiona que, si todo termina con la muerte, la realidad del hombre no sería más convincente que la de sus personajes: un Dios que dice ¡basta! y morimos, y un lector que, con la misma autoridad, cierra el libro y pone fin al ser de ficción. En este punto, cabe agregar, que no sólo hace participar al lector comprometiéndolo en la perduración de Augusto Pérez como lo hace en el cap. XXXII, sino que el mismo autor actúa como una especie de Dios, tanto en su creación como en su desaparición. En el mismo cap. XXX, cuando ya se han desarrollado los acontecimientos necesarios para dudar junto al personaje de cuál es su intención de casarse, éste lee una carta, (en la iglesia), que desencadena el inicio su agonía de persona, un gradual descubrimiento de su nada existencial, que ya se había preanunciado en el cap. XXVI con las palabras de su “novia”.

Su técnica sería una especie de “desrealización”, donde el autor y lector, que se suponen reales, se confunden con los personajes ficcionales, al punto que éstos se van desprendiendo casi rebeldes y autónomos, cobran fuerza y personalidad para enfrentar y defender su “espacio creado”. Unamuno logra con esto, un extrañamiento particular en el lector, una invitación a que nos cuestionemos -como él- sobre la existencia y la realidad de nuestras vidas, y cómo se puede demostrar que las cosas existen fuera de nosotros mismos, al parecer “manejadas” sin el consentimiento o la voluntad del hombre. Tanto en el cap. XVIII, como en el XIX, el personaje nos presenta a través de sus monólogos, el estado de las cosas aparentes y una gran contradicción, (muy al gusto de Unamuno), en primer lugar plantea que existimos a partir de los “otros”, y luego que sólo él es él, si está solo, pues afuera pareciera no existir.

En el cap. X, ya habla del “yo” y del “otro”, y en una conversación con su amigo, éste le insinúa su verdadera identidad, pero este mensaje no es recepcionado por nuestro personaje, la mención de amar con la “cabeza” y no el corazón, el autor comienza a dar pautas de quienes son ambos: “entes de ficción”. Augusto es un ente agónico, se ha inventado para poder amar y sentir -lo que tal vez le permita ser real- tres diferentes miradas o perspectivas: imaginación, corazón y estómago, Eugenia, Rosarito, y Liduvina.

Pero veamos cómo utiliza a sus personajes principales para “entrelazar” la misma historia de quién nos irá narrando la vida de Augusto, los demás personajes, que en realidad no hacen más que darle “personalidad” a alguien que, al “nacer” en la novela, carece de sustancia y peso: “...los demás no me veían...yo no soy...” (cap. VII). Pero que luego, en el desarrollo de la historia irá cobrando cuerpo y alma, esencia y materia hasta enfrentarlo con nosotros mismos. Comienza con el recuerdo de su madre, que será relevante al significado que le imprime el autor, Soledad ya no existe, del padre quedan sólo las cenizas, lo que implica que el personaje estaría dentro de un ámbito inexistente, es casi ajeno a él; luego con la presencia “agregada” del perro Orfeo, (ver pág. 171), ahora sus monólogos se transforman en una especie de diálogo interno o autodiálogo, es con él con quien más deja manifiesta su duda existencial al “desnudar” su interior y siempre en privado.

Víctor Goti, amigo, pariente lejano y personaje de Unamuno, escribe el prólogo a pedido de éste; a su vez, dentro de la historia ficcional, también es un autor creador, pues él mismo va armando la novela y habla con el propio Augusto, por lo tanto es personaje, autor y amigo de ambos. Pero esto es sólo lo que el lector va “traduciendo” y pasando en limpio a partir de las pautas del autor, pues nuestro personaje principal -a pesar del intento de su amigo- no admite su identidad hasta el cap. XXXI, cuando se va a entrevistar con el propio Unamuno. Es a partir de aquí, donde entra en profunda crisis de existencia, (junto con nuestro estupor), el personaje se libera y toma parte activa en la novela interpretada por él mismo: ¡un protagonista vivo!, un protagonista que comienza a reflexionar de diferente manera, ya no es la identidad lo que lo perturba, ni siquiera ser un ente de ficción, ahora su lucha se “funde” con la del autor, su batalla se centra en lo que denomina la “burla ontológica”, ¿quién tiene tanta autoridad, que da vida para después quitarla?, ¿para qué se nace si después se muere?, son éstas las preguntas que quedan abiertas y sin respuestas, pero que llevan al personaje a no suicidarse, a querer ¡vivir!.

Pero igualmente muere, ¿quién o qué lo mató?..., probablemente la respuesta la tenga el mismo autor, o tal vez los últimos tres personajes que lo presenciaron, aquellos que hacen mención a lo mismo que encontró Augusto como “salida” a su sentimiento con las mujeres: quizás lo mató el corazón, o tal vez lo mató el estómago, ¿o habrá sido su propia cabeza?...

Entre el prólogo original, y el post-prólogo de su tercera edición, escrito en 1935, han pasado muchos años, pero lo significativo del mismo es la oposición que nos deja con respecto al prólogo: los finales son diferentes y cuestionan la temática del suicidio, y la autoridad del “Creador”.

Concluye su relato con un epílogo a modo de oración, pero por medio de un perro que reflexiona sobre el comportamiento humano, ¿humano?... Sin duda, si lo que Unamuno ha querido hacer con su “nivola” era insertarnos en su mundo y en su duda, considero que lo ha logrado, la incertidumbre que nos queda con su final abierto a nuevas reflexiones, a nuevas interpretaciones, que considero -a modo personal- seguirán siendo tema para nuevos y diferentes análisis.

Una novela “cargada” de ideas, diferentes pensamientos y teorías, corrientes filosóficas que el autor introduce a modo de cuestionamientos propios y compartidos con el lector a través de los personajes; profusa intertextualidad con escritos suyos y de otros autores, un juego impecable a “modo de novela”. Historias interpoladas que dan cuerpo a un personaje sin trascendencia, a un acontecimiento común y corriente -como enamorarse, o no- donde el personaje quizás esté inventando ese “amor”, pues debe luchar para “inventarse” una Eugenia de carne y hueso, como Unamuno lo hace con Augusto y Víctor, y tal vez, con nosotros mismos: los lectores, pues la duda y la incertidumbre de la existencia convive -consciente o inconscientemente- con el ser humano desde siempre.

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