De acuerdo con la «teoría de los ciclos historiográficos de Venezuela», período colonial, expuesta en Historiografía colonial de Venezuela, hemos dividido en 5






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La etapa presistemática de los estudios historiográficos se caracteriza por la elaboración de paisajes historiográficos, cuya generalización no se basa en el estudio metódico de toda la obra, o de la parte más significativa de ella, determinada según criterios expresos, de los autores abarcados. Por lo general estas revisiones se saldan con una conclusión radicalmente optimista o abrumadoramente pesimista, según venga al caso exaltar o deprimir el estado de la historiografía, para recomendar sobre esa base alguna disposición o nueva obra. Un ejemplo bien logrado es el discurso pronunciado por el presidente de la República Juan Pablo Rojas Paúl en la inauguración de la Academia Nacional de la Historia, el 8 de noviembre de 1889. Este discurso, juzgado por Antonio Álamo como «uno de los mejores que se han oído en su recinto», pasa revista a la historiografía venezolana a partir de 1830, para lo cual caracteriza obras y autores con extrema ligereza con el objeto de dejar sentado que «el tribunal de los tiempos y las generaciones», recién establecido, tendría como misión «reconstruir nuestra historia principiando por rectificar en mucho nuestro criterio histórico». Obviamente, estos paisajes historiográficos dan pie a muchas críticas, pues la calificación de los autores y aun de los momentos de la historiografía, no sólo se basa en la consideración de unas pocas obras, sino que suele atribuir una significación válida para la totalidad al pensamiento de tal o cual autor en un momento dado de su obra, es decir en ausencia de estudios que permitan seguir la evolución de ese pensamiento y por lo mismo, establecer con precisión su contenido y significado reales. La etapa presistemática se desenvuelve al amparo del poder público, en función de los objetivos políticos que conforman el proyecto nacional en su nivel ideológico, representado por la historia patria, la historia nacional y el culto a los héroes centrado en el rendido especialmente a Simón Bolívar. El punto crucial de este proceso es la formulación definitiva del proyecto nacional, contenido en la Constitución de 1864 y adelantado como programa del Partido Liberal durante el guzmanato. Es el momento cuando la historia patria, consagrada a justificar la emancipación, comienza a evolucionar hasta conformarse como historia nacional, en el sentido de estar orientada ahora hacia el desarrollo de la conciencia nacional como parte esencial de la instrumentación del proyecto nacional. El culto a Bolívar es el eje de esta conversión, en la medida en que Bolívar representa la nación y ésta homogeniza la sociedad desautorizando el espíritu provincial todavía presente en la historia patria.

La etapa sistemática de la historia de la historiografía venezolana se abre con la fundación de la Escuela de Historia de la Facultad de Filosofía y Letras, hoy de Humanidades y Educación, de la Universidad Central de Venezuela, en 1947. Constituida entonces como departamento, se convirtió en escuela en 1958 y se desarrolló, a partir de 1959, amparada en la autonomía universitaria, en medio del resurgir democrático del país. Esta conjunción de circunstancias significó, por una parte, la apertura de un nuevo campo para los estudios históricos, no supeditado a la historia oficial, es decir a la basada en los requerimientos ideológico-políticos del poder público; como significó igualmente la necesidad de estructurar el conocimiento de la disciplina impartida, y para ello fue necesario intentar hacer un balance metódicamente fundamentado. Al logro de este objetivo estuvieron dirigidas 3 actividades concomitantes: el desarrollo del seminario de historia de la historiografía venezolana, el inicio de una cátedra experimental sobre la misma materia y la formación y edición de la obra de Germán Carrera Damas Historia de la historiografía venezolana (textos para su estudio), todo simultáneamente, entre 1960 y 1961. El seminario se propuso definir y experimentar una metodología que sirviese para el estudio y la valoración crítica e historiográfica de la obra de un autor, tomada en su totalidad. Los resultados de los seminarios consagrados a José Gil Fortoul, Caracciolo Parra Pérez y Laureano Vallenilla Lanz, permitieron apreciar mejor los requerimientos de este tipo de estudio, y han estimulado la realización de otros semejantes. La cátedra experimental, creada por Germán Carrera Damas bajo el patrocinio de José Manuel Siso Martínez, primer director de la escuela, fue la ocasión para emprender la sistematización del conocimiento disponible en el campo de la historia de la historiografía venezolana, así como para incorporar a la docencia los resultados del seminario. Por su parte, la compilación de textos se propuso un triple objetivo: hacer el inventario de los textos más significativos, ponerlos al alcance del estudiante para facilitar el desenvolvimiento de la cátedra experimental y apoyar un intento de caracterización general de la historiografía venezolana que sirviese de punto de inicio de una tarea crítica al cabo de la cual fuese posible elaborar una caracterización más afinada.

Periodificación de la historia de la historiografía venezolana: La necesidad de fragmentar o dividir analíticamente el objeto de estudio para captar su naturaleza y sobre todo su evolución, es consubstancial con el método científico. Es requisito para ello el establecer criterios referenciales que den coherencia a tal construcción racional. Pero hay otras formas o modos de expresarse esa necesidad de dividir el objeto de estudio, pero ahora con el propósito de establecer hitos en la evolución del objeto de estudio, no tanto con el fin de fundamentar el conocimiento del mismo sino con el de recomendar una nueva proposición. Esta manera, no ya de periodificar sino de marcar el supuesto o pretendido inicio de una nueva orientación en el cultivo de la historia y, por ende, en el desenvolvimiento de la historia de la historiografía, se halla igualmente ejemplificado en el ya mencionado discurso de Rojas Paúl, el cual se inicia con esta sentencia: «La historia de Venezuela, la verdadera historia, la que con suficiente copia de hechos, probidad y doctrina filosófica debe pronunciar el fallo definitivo sobre los hombres, las instituciones y los principios que han tejido la trama de nuestra vida política y social, desde fines de la Colonia hasta hoy [8.11.1889], no está escrita todavía». Lo que equivalía, ni más ni menos, que a dividir la historia de la historiografía venezolana en 2 épocas: la de la historia posible, la cual ya contaba en sus filas, entre otros, a Rafael María Baralt, y la historia imposible, cuya elaboración quedaba a cargo de la corporación recién inaugurada. Medio siglo más tarde, realizando una operación crítica equiparable, José Luis Salcedo-Bastardo englobó en la denominación historiografía tradicional a toda la elaborada hasta el momento cuando expuso la que él llamó «nueva actitud» historiográfica y propuso «un plan definido para atacar el mal en sus propias raíces».

Quizá sea posible afirmar, dejando de lado las divisiones fundadas en propósitos reorientadores como las ejemplificadas, que los intentos de periodificación de la historia de la historiografía venezolana pueden agruparse en 2 denominaciones globales, sin que el hacerlo signifique la afirmación de que existe una nítida separación entre ambas, sino antes bien una imbricación de límites. Así, podría hablarse de los intentos de periodificación fundados en rasgos estilísticos y conceptuales, por una parte, y de los fundados en criterios históricos y propiamente historiográficos, por la otra. Esta evolución puede ser apreciada estudiando comparativamente los ensayos de periodificación realizados por Eloy Guillermo González, Mario Briceño Iragorry, Ramón Díaz Sánchez y Germán Carrera Damas. Respecto de los 3 primeros he expresado en el ensayo «Los estudios históricos en Venezuela» (en Cuestiones de historiografía venezolana) lo siguiente: «De excesiva generalización pecaría el juicio de Eloy G. González cuando, en 1916, creyó posible dividir la historia de la historiografía venezolana en dos grandes edades, la de la historia arte y la de la historia humana. Situado en uno de los momentos críticos de la evolución de los estudios venezolanos, le fue fácil a González advertir un marcado contraste entre el pasado y el presente de los mismos, que creyó seguro criterio para la periodificación. Del primero de los períodos nos dice: . De los autores representativos de esa edad asienta que [...] , y menciona entre ellos a José Domingo Díaz, Juan Vicente Gónzalez, Rafael María Baralt, Felipe Larrazábal y Eduardo Blanco. Fue una edad históricamente necesaria, según González, pues en [...] [...], incurriendo con ello en una franca exageración que resalta el cotejo de su dicho con la historia de la historiografía europea del siglo XIX». Del segundo período nos dice: «Lo que pudiéramos llamar edad humana de nuestra historia, como escritura, es de data muy reciente: la concepción y la intención del estudio filosófico o científico de nuestros anales parte de la generación que con el doctor Gil Fortoul produjo, en 1890 y 1891, la Filosofía constitucional y la Filosofía penal, anteriores a El hombre y la historia, en 1896». Para entonces, según Eloy G. González, los estudios históricos venezolanos habían recibido la contribución etnográfica de Gaspar Marcano; la metodología de López Baralt, Ricardo Becerra y Rafael Villavicencio; y la antropología de Samuel Darío Maldonado. Con todo, la «utilización de nuestra historia para los estudios sociológicos es todavía más reciente, añade González. Son muy pocos los investigadores y los estudiosos que se hallan preparados con los suficientes instrumentos de erudición científica, información histórica nacional, aptitud personal y elementos materiales de vida, para la consagración y formalización provechosa de estos estudios» y menciona a Laureano Vallenilla Lanz como el más cercano a reunir esas condiciones.

Cuarenta años más tarde, Mario Briceño Iragorry propuso la siguiente clasificación en ciclos de la historia de la historiografía venezolana: «1º: Ciclo de la Conquista y la Colonia. Lo representan el acervo de los primeros cronistas de tipo particular (Castellanos, Aguado, Simón, Piedrahita, Oviedo y Baños, etc.), las relaciones de tipo general indiano, los viejos relatos de viajeros, los documentos de los propios conquistadores (Federmann), las relaciones obandinas (1572-1585); las divulgaciones, los estudios etnográficos y lingüísticos de los misioneros, las visitas e informes generales (Mariano Martí, Pedro de Olavarriaga, José de Iturriaga, etc.) 2º: Ciclo heroico. De carácter literario y polémico, que tomó como centro de interés para el estudio del pasado la lucha de Independencia y la exaltación romántica de hombres (Yanes, Baralt, J.V. González, Larrazábal, etc.) 3º: Ciclo científico, cuyas realizaciones pudieran encuadrarse así: a) El estudio del hombre primitivo venezolano (Ernst, Marcano, Rojas, Lisandro Alvarado, Julio C. Salas, Alfredo Jahn, etc.) b) La historiografía con consulta documental (Rojas, Febres Cordero, etc.) c) La revisión crítica del proceso anterior a la Independencia y la aplicación de ideas positivas en la interpretación del hecho histórico venezolano (Alvarado, Ángel César Rivas, Pedro Manuel Arcaya, Laureano Vallenilla Lanz, etc.) d) La publicación oficial de grandes colecciones documentales (Blanco y Azpurúa, Anales de Venezuela, O'Leary, Cartas del Libertador, Archivo de Miranda, Archivo de Sucre, etc.) e) Las tentativas de organización archivística. f) El neorrevisionismo contemporáneo (Augusto Mijares, Santiago Key Ayala, Arturo Uslar Pietri, Ramón Díaz Sánchez, Enrique Bernardo Núñez, Cristóbal L. Mendoza, Mariano Picón Salas, Jesús Antonio Cova, Luis Beltrán Guerrero, Ambrosio Perera, Eduardo Arcila Farías, Juan Oropeza, Carlos Irazábal, Julio Febres Cordero, Mercedes Fermín, Héctor Parra Márquez, Casto Fulgencio López, Jesús Arocha Moreno, J.A. de Armas Chitty, Antonio Arellano Moreno, Rafael Ángel Rondón Márquez, José Nucete Sardi, Luis Acosta Rodríguez, Juan Liscano, Juan Saturno, Rafael Pinzón, José Manuel Siso Martínez, Pedro José Muñoz, Fernando Carrasquel, Joaquín Gabaldón Márquez, Ismael Puerta Flores, Carlos Felice Cardot, Tomás Polanco Martínez, Víctor Giménez Landínez, Manuel Montaner, etc.)»

Semejante clasificación exhibe, además de una extrema largueza en la inclusión de historiadores contemporáneos, marcadas imprecisiones cronológicas y conceptuales que no se salvan con la advertencia hecha por el propio Briceño Iragorry, al consignar que «aventurero y arbitrario sería pensar que entre el segundo y el tercer ciclo existe una separación ideológica que permita dar por abolido el criterio que inspiró a los historiadores de su tiempo. Aun en la etapa que nos atrevemos a llamar del neorrevisionismo, subsisten escritores de Historia que permanecen fieles a las líneas mentales que inspiraron a los románticos del siglo pasado».

Una década después, Ramón Díaz Sánchez elaboró una periodificación que podría resumirse así: arranca de una etapa revelatoria representada por los primeros cronistas, seguida de una etapa clasicista representada fundamentalmente por José de Oviedo y Baños con su Historia de la conquista y población de la provincia de Venezuela, aparecida en Madrid en 1723 y considerado por Díaz Sánchez el primer historiógrafo venezolano. A continuación, un período humanístico, representado por intelectuales de «espíritu liberal y enciclopédico», como Bello, Sanz, Simón Rodríguez, Cristóbal Mendoza, Yanes, Miguel Peña, etc. Le sigue el período romántico, en el cual «todo es informe y apasionado», representado por Baralt, Ramón Díaz, Codazzi, Juan Vicente González, Antonio Leocadio Guzmán, Felipe Larrazábal, etc. Por último, la etapa de la influencia positivista, con Vargas, Toro y Acosta como «precursores», que recibe la influencia de Adolfo Ernst y constituye el inicio de la «historiografía científica» vinculada con las ciencias auxiliares y afines.

A manera de elementales reparos a estos intentos de periodificación de la historia de la historiografía venezolana, que sirvan para prevenir al lector cuidadoso, podrían formularse 2, muy generales: en primer lugar, la confusa presentación de la más reciente etapa de la historiografía venezolana, y la manera por demás desenvuelta como se tratan las que hemos llamado cuestiones fundamentales de la periodificación en historia de la historiografía. En cuanto al primer reparo, que es falla no imputable a Eloy G. González, pero sí a Mario Briceño Iragorry y más todavía a Ramón Díaz Sánchez, en los 3 casos por razones cronológicas, diremos que la manera confusa como se presenta la etapa contemporánea de la historia de la historiografía venezolana coloca en igual plano secuelas de viejas corrientes y nuevas corrientes plenas de vigor histórico. Sobresale en este sentido la no identificación de la corriente historiográfica que nace hacia 1938 con las obras de Carlos Irazábal, Miguel Acosta Saignes y Manuel Matos Romero, las cuales constituyen intentos de interpretación de la historia de Venezuela inspirados en el materialismo histórico. Esta nueva corriente, claramente ejemplificada en esas obras, ya había alcanzado para 1946 y más aún para 1956, una audiencia y una fuerza considerables en el ámbito de los estudios históricos venezolanos, sin que haya proporcionalidad entre el número de autores que la cultivan, el de obras producidas y la amplitud de su esfera de influencia, apreciable esta última en el acentuamiento y desarrollo de la preocupación por las cuestiones económico-sociales, hasta el punto de poder ser considerada predominante, en el marco de la nueva historiografía científica. El segundo reparo se refiere al hecho de que tales intentos de periodificación están fundados en los que han sido denominados al comienzo como «paisajes historiográficos». Pero la observación fundamental consiste en que los autores mencionados no creyeron necesario deslindar el campo de la historia de la historiografía venezolana, e hicieron éste extensivo a todo el conocimiento histórico, formado desde la empresa de Colón, relacionado con lo que hoy es Venezuela. En 1961 elaboré una periodificación que sirvió de base a la estructuración del programa de la cátedra experimental de historia de la historiografía venezolana, en la Escuela de Historia de la Facultad de Humanidades y Educación. Dicha periodificación partió de la composición de una cuadro de las características más generales observables en la historiografía venezolana, considerada en su totalidad y en su evolución hasta el momento. Con ello se buscó no sólo reconocer el campo de trabajo, sino también y fundamentalmente articular el intento de periodificación con la presencia de constantes historiográficas, y de esta manera afinar los criterios de periodificación. El cuadro de las características es el siguiente: 1) relativa pobreza temática; 2) fuerte carga anecdótica; 3) muy escasa elaboración conceptual e inquietud filosófica; 4) metodología precaria y rudimentaria; 5) tenaz supervivencia de los «grandes nudos historiográficos»; 6) relegación de problemas básicos; 7) casi ninguna atención prestada a cuestiones metodológicas estructurales; 8) lento y tortuoso desarrollo de la crítica; 9) estrecha relación con el poder público; 10) desorbitado culto del héroe; 11) fuerte carga literaria; y 12) excepcionales realizaciones aisladas.
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