Nació en Arequipa, Perú, 1936. Cursó sus primeros estudios en Cochabamba, Bolivia, y los secundarios en Lima y Piura. Se licenció en Letras en la Universidad de






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Cuando escuchó el grito del Boa, no se movió: era un pequeño ser adormecido en el fondo de una concha rosada, y ni el viento ni el agua ni el fuego podían invadir su refugio. Luego volvió a la realidad: el Boa tenía a Paulino contra el suelo y lo abofeteaba, gritando, "me mordiste, cholo maldito, serrano, voy a matarte". Algunos se habían incorporado y contemplaban la escena con rostros lánguidos. Paulino no se defendía y después de un momento, el Boa lo soltó. El injerto se levantó pesadamente, se limpió la boca, recogió del suelo la talega de monedas y la botella de pisco. Dio el dinero al Boa.

–Yo terminé segundo –dijo Cárdenas.

Paulino avanzó hacia él con la botella. Pero lo detuvo el cojo Villa, que estaba junto a Alberto.

–Mentira –dijo–. No fue él.

–¿Quién entonces? –dijo Paulino.

–El Esclavo.

El Boa dejó de contar las monedas y sus ojos pequeñitos miraron al Esclavo. Éste permanecía de espaldas, las manos a lo largo de su cuerpo.

–Quién lo hubiera dicho –dijo el Boa– Tiene una pinga de hombre.

–Y tú una de burra –dijo Alberto– Ciérrate el pantalón, fenómeno.

El Boa se rió a carcajadas y corrió por el reducto, sobre los cuerpos, con el sexo entre las manos, gritando "los orino a todos, me los como a todos, por algo me dicen Boa, puedo matar a una mujer de un polvo". Los otros se limpiaban y acomodaban la ropa. El Esclavo había abierto la botella de pisco, y después de tomar un trago largo y escupir, la pasó a Alberto. Todos bebían y fumaban. Paulino estaba sentado en un rincón, con una expresión marchita y melancólica. "Y ahora saldremos y nos lavaremos las manos, y después tocarán el silbato y formaremos y marcharemos al Comedor, un, dos, un, dos, y comeremos y saldremos del comedor y entraremos a las cuadras y alguien gritará un concurso y alguien dirá ya estuvimos donde el injerto y ganó el Boa, y el Boa dirá también fue el Esclavo, lo llevó el poeta y no dejó que nos lo comiésemos e incluso salió segundo en el concurso, y tocarán silencio y dormiremos y mañana y el lunes y cuántas semanas.
Emilio le dio un golpe en el hombro y le dijo: "ahí está". Alberto levantó la cabeza. Helena, con medio cuerpo inclinado sobre la baranda de la galería, lo miraba. Sonreía. Emilio le dio un codazo y repitió: "ahí está. Anda, anda". Alberto susurró: "cállate, hombre. ¿No ves que está con Ana?–. Junto a la cabeza rubia, suspendida sobre la baranda, había aparecido otra, morena: Ana, la hermana de Emilio. "No te preocupes, dijo éste. Yo me encargo de ella. Vamos.– Alberto asintió. Subieron la escalera del Club Terrazas. La galería estaba llena de gente joven; del otro lado del Club, de los salones, provenía una música muy alegre. “Pero no te acerques por nada del mundo, murmuraba Alberto mientras subían la escalera. No dejes que tu hermana nos interrumpa. Si quieres, sígannos, pero de lejos." Cuando se acercaron a ellas, las dos muchachas reían. Helena parecía mayor. Delgada, dulce, transparente, nada revelaba a primera vista su audacia. Pero los del barrio la conocían. Mientras las otras muchachas, al ser abordadas en media calle, se ponían a llorar, bajaban los Ojos y se cohibían o asustaban, Helena hacía frente a los asaltantes, los desafiaba como una fierecilla de ojos encendidos y su voz enérgica respondía uno por uno a los sarcasmos, o tomaba la iniciativa y llamaba a los muchachos por sus sobrenombres más ofensivos y los amenazaba y se la veía, el cuerpo firme y erguido, el rostro altanero, azotar el aire con sus puños, resistir el cerco, romperlo y alejarse con expresión triunfal. Pero eso era antes. Hacía un tiempo, ninguno sabía exactamente en qué estación del año, en qué mes (tal vez esas vacaciones de julio, cuando los padres de Tico celebraron su cumpleaños con una fiesta mixta), el clima de pugna entre hombres y mujeres comenzó a eclipsarse. Los muchachos ya no aguardaban el paso de las chicas para asustarlas y divertirse a su costa; al contrario, la aparición de una de ellas los complacía y despertaba una cordialidad tímida y balbuceante. Y a la inversa, cuando las chicas, desde el balcón de la casa de Laura o de Ana, veían pasar a alguno de ellos, dejaban de hablar en voz alta, cambiaban misteriosas palabras al oído, lo saludaban por su nombre, y él podía sentir, junto al halago íntimo que lo invadía, la excitación que su presencia suscitaba en el balcón. Tendidos en el jardín de la casa de Emilio, sus conversaciones tomaban otros rumbos. ¿Quién recordaba los partidos de fulbito, las carreras, las bajadas a la playa por el despeñadero? Fumando sin descanso (ya nadie se atoraba con el humo), estudiaban la manera de filtrarse en las películas para mayores de quince años, calculaban las posibilidades de una fiesta próxima: ¿permitirían los padres que pusieran el tocadiscos y bailaran?, ¿duraría como la última que terminó a medianoche? Y cada uno narraba sus encuentros, sus conversaciones con las chicas del barrio. Los padres habían cobrado una importancia excepcional; unos, como el padre de Ana y la madre de Laura gozaban del aprecio unánime, porque saludaban a los muchachos, permitían que conversaran con sus hijas, los interrogaban sobre sus estudios; otros, como el papá de Tico y la madre de Helena (estrictos, celosísimos) los atemorizaban y ahuyentaban.

–¿Vas a ir a la matiné? –preguntó Alberto.

Caminaban por el malecón, solos. Él sentía a su espalda, los pasos de Emilio y de Ana. Helena afirmó con la cabeza y dijo: "al cine Leuro". Alberto decidió esperar: en la oscuridad sería más fácil. Tico había explorado el terreno unos días atrás y Helena le había dicho: "no se puede saber nunca, pero si se me declara bien, tal vez lo aceptaría". Era una clara mañana de verano, el sol brillaba en un cielo azul, sobre el océano vecino y él se sentía animoso: los signos eran favorables. Con las chicas del barrio se mostraba siempre seguro, les hacía bromas ingeniosas o conversaba seriamente. Pero Helena no facilitaba el diálogo, discutía todo, aun las afirmaciones más inocentes, nunca hablaba por gusto y sus opiniones eran cortantes. Una vez, Alberto le contó que había llegado a misa después del Evangelio. "No te vale, repuso Helena, fríamente. Si te mueres esta noche te irás al infierno." Otra vez, Ana y Helena contemplaban desde el balcón un partido de fulbito. Después, Alberto le preguntó: "¿qué tal juego?–. Y ella le respondió: "juegas muy mal". Sin embargo, una semana antes, en el Parque de Miraflores se había reunido un grupo de muchachos y muchachas del barrio y habían paseado un buen rato, en torno al Ricardo Palma. Alberto caminaba junto a Helena y ésta se mostraba cordial; los otros se volvían a verlos y decían: "qué buena pareja".

Acababan de dejar el Malecón, avanzaban por Juan Fanning hacia la casa de Helena. Alberto ya no sentía los pasos de Emilio y de Ana. "¿Nos veremos en el cine?", le dijo. "¿Tú también vas a ir al Leuro?", preguntó Helena con infinita inocencia. "Sí, dijo él, también." "Bueno, entonces tal vez nos veamos." En la esquina de su casa, Helena le tendió la mano. La calle Colón, el cruce de Diego Ferré, el corazón mismo del barrio, estaba solitario; los muchachos seguían en la playa o en la piscina del Terrazas. ¿Vas a ir de todos modos al Leuro, no?", dijo Alberto. “Sí, – dijo ella. Salvo que pase algo” “¿Qué puede pasar?" "No sé, dijo ella muy seria; un temblor o algo así." "Tengo algo que decirte en el cine", dijo Alberto. La miró a los ojos; ella parpadeó y pareció muy sorprendida. "¿Tienes algo que decirme?, ¿Qué cosa?". "Te lo diré en el cine." "¿Por qué no ahora?, dijo ella; es mejor hacer las cosas lo antes posible." Él hizo esfuerzos para no ruborizarse. "Ya sabes lo que te voy a decir", dijo. "No, repuso ella, más sorprendida todavía. Ni se me ocurre qué puede ser." "Si quieres te lo digo de una vez", dijo Alberto. "Eso es, dijo ella. Atrévete. "
“Y ahora saldremos y después tocarán silbato y formaremos y marcharemos al comedor, un dos, un, dos, y comeremos rodeados de mesas vacías, y saldremos al patio vacío y entraremos a las cuadras vacías, y alguien gritará un concurso y yo diré ya estuvimos donde el injerto y ganó el Boa, siempre gana el Boa, el próximo sábado también ganará el Boa, y tocarán silencio y dormiremos y vendrá el domingo y el lunes y volverán los que salieron y les compraremos cigarrillos y les pagaré con cartas o novelitas." Alberto y el Esclavo estaban echados en dos camas vecinas de la cuadra desierta. El Boa y los otros consignados acababan de salir hacia "La Perlita". Alberto fumaba una colilla.

–Puede seguir hasta fin de año – dijo el Esclavo.

–¿Qué cosa?

–La consigna.

–¿Para qué maldita sea hablas de la consigna? Quédate callado o duerme. No eres el único consignado.

–Ya sé, pero tal vez nos quedemos encerrados hasta fin de año.

–Sí – dijo Alberto– Salvo que descubran a Cava. Pero cómo van a descubrirlo.

–No es justo – dijo el Esclavo– El serrano sale todos los sábados, muy tranquilo. Y nosotros, aquí adentro por su culpa.

–Qué fregada es la vida – dijo Alberto– No hay justicia.

–Hoy se cumple un mes que no salgo – dijo el Esclavo– Nunca he estado consignado tanto tiempo.

–Ya podías acostumbrarte.

–Teresa no me contesta – dijo el Esclavo– Van dos cartas que le escribo.

–¿Y qué mierda te importa? – dijo Alberto– El mundo está lleno de mujeres.

–Pero a mi me gusta ésa. Las otras no me interesan. ¿No te das cuenta?

–Sí me doy. Quiere decir que estás fregado.

–¿Sabes cómo la conocí?

–No. ¿Cón lo puedo saber eso?

–La veía pasar todos los días por mi casa. Y me la quedaba mirando desde la ventana y a veces la saludaba.

–¿Te hacías la paja pensando en ella?

–No. Me gustaba verla.

–Qué romántico.

–Y un día bajé poco antes de que saliera. Y la esperé en la esquina.

–¿La pellizcaste?

–Me acerqué y le di la mano.

–¿Y qué le dijiste?

–Mi nombre. Y le pregunté cómo se llamaba. Y le dije:"mucho gusto de conocerte".

–Eres un imbécil. ¿Y ella qué te dijo?

–Me dijo su nombre, también.

–¿La has besado?

–No. Ni siquiera he salido con ella.

–Eres un mentiroso de porquería. A ver, jura que no la has besado.

–¿Qué te pasa?

–Nada. No me gusta que me mientan.

–¿Por qué te voy a mentir? ¿Crees que no tenía ganas de besarla? Pero apenas he estado con ella, unas tres o cuatro veces, en la calle. Por este maldito colegio no he podido verla. Y a lo mejor ya se le declaró alguien.

–¿Quién?

–Qué sé yo; alguien. Es muy bonita.

–No tanto. Yo diría que es fea.

–Para mí es bonita.

–Eres una criatura. A mí me gustan las mujeres para acostarme con ellas.

–Es que a esta chica creo que la quiero.

–Me voy a poner a llorar de la emoción.

–Si me esperara hasta que termine la carrera, me casaría con ella.

–Se me ocurre que te metería cuernos. Pero no importa, si quieres, seré tu te9tigo.

–¿Por qué dices eso?

–Tienes cara de cornudo.

–A lo mejor no ha recibido mis dos cartas.

–A lo mejor.

–¿Por qué no quisiste escribirme una carta? Esta semana has hecho varias.

–Porque no me dio la gana.

–¿Qué tienes conmigo? ¿De qué estás furioso?

–La consigna me pone de mal humor. ¿0 tú crees que eres el único que está harto de no salir?

–¿Por qué entraste al Leoncio Prado?

Alberto se rió. Dijo:

–Para salvar el honor de mi familia.

–¿Nunca puedes hablar en serio?

–Estoy hablando en serio, Esclavo. Mi padre decía que yo estaba pisoteando la tradición familiar. Y para corregirme me metió aquí.

–¿Por qué no te hiciste jalar en el examen de ingreso? –Por culpa de una chica. Por una decepción, ¿me entiendes? Entré a esta pocilga por un desengaño y por mi familia.

–¿Estabas enamorado de esa chica?

–Me gustaba.

–¿Era bonita?

–Sí.

–¿Cómo se llamaba? ¿Qué pasó?

–Helena. Y no pasó nada. Además, no me gusta contar mis cosas.

–Pero yo te cuento todas las mías.

–Porque te da la gana. Si no quieres, no me cuentes nada.

–¿Tienes cigarrillos?

–No. Ahora conseguiremos.

–Estoy sin un centavo.

–Yo tengo dos soles. Levántate y vamos donde Paulino.

–Estoy harto de "La Perlita". El Boa y el injerto me dan náuseas.

–Entonces quédate durmiendo. Yo prefiero ir allá.

Alberto se puso de pie. El Esclavo lo vio colocarse la cristina y enderezar su corbata.

–¿Quieres que te diga una cosa? –dijo el Esclavo– Ya sé que te vas a burlar de mí. Pero no importa.

–¿Qué cosa?

–Eres el único amigo que tengo. Antes no tenía amigos, sino conocidos. Quiero decir en la calle, aquí ni siquiera eso. Eres la única persona con la que me gusta estar.

–Eso parece una declaración de amor de maricón –dijo Alberto.

El Esclavo sonrió.

–Eres un bruto –dijo– Pero buena gente.

Alberto salió. Desde la puerta, le dijo:

–Si consigo cigarrillos, te traeré uno.

El patio estaba húmedo. Alberto no se había dado cuenta que llovía mientras conversaban en la cuadra. Distinguió, a lo lejos, a un cadete sentado en la hierba. ¿Sería el mismo que hacía de vigía el sábado pasado? "Y ahora entraré donde el injerto, y haremos un concurso y el Boa ganará y habrá ese olor y luego saldremos al patio vacío y entraremos a las cuadras y alguien dirá un concurso y yo diré estuvimos donde Paulino y ganó el Boa, el próximo sábado también ganará el Boa, y tocarán silencio y dormiremos y vendrá el domingo y el lunes y cuántas semanas."
VI
Podía soportar la soledad y las humillaciones que conocía desde niño y sólo herían su espíritu: lo horrible era el encierro, esa gran soledad exterior que no elegía, que alguien le arrojaba encima como una camisa de fuerza. Estaba frente al cuarto del teniente, todavía no levantaba la mano para tocar. Sin embargo, sabía que iba a hacerlo, había demorado tres semanas en decidirse, ya no tenía miedo ni angustia. Era su mano la que lo traicionaba: permanecía quieta, blanda, pegada al pantalón, muerta. No era la primera vez. En el Colegio Salesiano le decían "muñeca"; era tímido y todo lo asustaba. "Llora, llora, muñeca”, gritaban sus compañeros en el recreo, rodeándolo. Él retrocedía hasta que su espalda encontraba la pared. Las caras se acercaban, las voces eran más altas, las bocas de los niños parecían hocicos dispuestos a morderlo. Se ponía a llorar. Una vez se dijo: "tengo que hacer algo”. En plena clase desafió al más valiente M año: ha olvidado su nombre y su cara, sus puños certeros y su resuello. Cuando estuvo frente a él, en el canchón de los desperdicios, encerrado dentro de un círculo de espectadores ansiosos, tampoco sintió miedo, ni siquiera excitación: sólo un abatimiento total. Su cuerpo no respondía ni esquivaba los golpes; debió esperar que el otro se cansara de pegarle. Era para castigar a ese cuerpo cobarde y transformarlo que se había esforzado en aprobar el ingreso al Leoncio Prado; por ello había soportado esos veinticuatro meses largos. Ahora ya no tenía esperanza; nunca sería corno el Jaguar, que se imponía por la violencia, ni siquiera corno Alberto, que podía desdoblarse y disimular para que los otros no hicieran de él una víctima. A él lo conocían de inmediato, tal como era, sin defensas, débil, un esclavo. Sólo la libertad le interesaba ahora para manejar su soledad a su capricho, llevarla a un cine, encerrarse con ella en cualquier parte. Levantó la mano y dio tres golpes en la puerta.

¿Había estado durmiendo el teniente Huarina? Sus ojos hinchados parecían dos enormes llagas en su cara redonda; tenía el pelo alborotado y lo miraba a través de una niebla.

–Quiero hablar con usted, mi teniente.

El teniente Remigio Huarina era en el mundo de los oficiales lo que él en el de los cadetes: un intruso. Pequeño, enclenque, sus voces de mando inspiraban risa, sus cóleras no asustaban a nadie, los suboficiales le entregaban los partes sin cuadrarse y lo miraban con desprecio; su compañía era la peor organizada, el capitán Garrido lo reprendía en público, los cadetes lo dibujaban en los muros con pantalón corto, masturbándose. Se decía que tenía un almacén en los Barrios Altos donde su mujer vendía galletas y dulces. ¿Por qué había entrado en la Escuela Militar?
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