Jorge amado






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municipal, inspector...

- ¿Inspector de consumos?

La información estaba superando los sueños más temerarios de doña Rozilda.

- Inspector de juegos, ilustrísima señora - y, en voz susurrante- : Es la Inspección que deja más, una fortuna al mes, sin contar con las cortesías de la casa, una fichita aquí, otra allá... Y además, por si fuera poco, está encaramado en el Gabinete del gobernador...

Luego, sintiéndose generoso:

- La señora ¿no tiene algún pariente pobre que desee emplear? Si lo tuviera, basta con decirlo y dar el nombre... - Respiró hondo, contento de sí mismo, y prosiguió, indomable- : Ahí como lo ve usted bailando..., no se admire si en las próximas elecciones sale diputado...

- ¡Y tan joven todavía...!

- ¿Qué quiere usted, señora? Nació en cuna de oro, le dieron la papa en la boca, camina sobre rosas.

Aquella noche gloriosa Mirandao se sintió poeta, e improviso un discurso monumental que arrancó lágrimas incluso a la misma doña Aurora, la fiera de Río Vermelho.

Doña Rozilda entrecerró sus ojitos menudos para ver mejor mientras una llama de ambición, amarilla, le brillaba en la frente, Joáozinho Navarro finalizaba un tango floreado y Vadinho y Flor se sonreían. Doña Rozilda tembló de emoción: jamás había visto así la cara de su hija, y la conocía bien. Y el muchacho - se preguntaba- ¿también él había sido tocado y marcado para siempre? El rostro de Vadinho estaba rodeado como por un aire de inocencia, de candidez, de tanta sinceridad que la emocionó. ¡Ah, milagroso Señor del Bonfin! ¿Sería ése el yerno rico e importante que los cielos le habían destinado? Todavía más rico e importante que el paraense Pedro Borges, con todas sus lenguas de tierra y de río y sus docenas de criados. ¡Tener por yerno al nieto de un senador, que estaba en los secretos del Gobierno, que él mismo era Gobierno!: «¡Ay, válgame Nuestra Señora de Capistola! ¡Concédeme, Señor del Bonfin, la gracia de ese milagro, y seguiré descalza la procesión del lavatorio, llevando flores y un cántaro de agua pura!»

El mayor se estaba acercando. Doña Rozilda agradeció a Mirandáo su información y dirigiéndose al dueño de casa señaló al grupo formado por Vadinho, Flor, doña Lita y Porto en un rincón de la sala. Mirandáo, dándose cuenta de la maniobra de la vieja alcahueta, hizo un esfuerzo, se puso también de pie y fue a buscar una cerveza. Doña Rozilda le pidió al mayor:

- Mayor, presénteme a aquel joven...

- ¿No lo conoce? Pues es un pariente del doctor Airton Guimaráes, el delegado auxiliar, mi amigo del alma... - Sonrió vanidosamente y agregó- : Para los íntimos, Chimbo... Él me dijo: «Pergentino, llámame Chimbo, ¿somos o no somos amigos?» Es un hombre que no se anda con vueltas, derecho... me hizo un favorazo...

Hablaba en voz alta para que todos lo oyeran, haciendo alarde de su amistad con el delegado. Doña Rozilda estrechaba ya la mano del joven y Flor hacía las presentaciones.

- Mi madre..., el doctor Waldomiro...

- Vadinho para los amigos...

- El doctor Waldomiro vive a la sombra de nuestro eminente jefe, el gobernador. Trabaja en su Gabinete... - añadió el dueño de casa.

- El gobernador le tiene mucha simpatía, mayor. Hoy mismo me dijo: «Dale un abrazo al amigo Pergentino, amigo del alma...»

El mayor sentía una felicidad oprimente:

- Muchas gracias, doctor...

Porto, que se sentía un poco tímido ante tanta intimidad palaciega, comentó:

- Mucha responsabilidad... Pero también es muy importante...

Vadinho se hacía el modesto:

- Una sonsera... Ni siquiera sé si voy a continuar en Palacio...

- ¿Por qué? - preguntó doña Lita.

- Mi abuelo - dijo confidencialmente Vadinho- , el senador...

- El senador Guimaráes - susurró doña Rozilda.

Vadinho la miró, sonriéndole, mientras un aura de candor circundaba su rostro; luego le dedicó una sonrisa melancólica a Flor, que estaba lindísima:

- Mi abuelo quiere que vaya a Río, me ofrece un puesto...

- ¿Y usted va a aceptar? - preguntaba Flor, con la muerte en sus ojos de aceituna.

- Nada me retiene aquí... Nadie... Estoy tan solo...

Y Flor suspiraba a su vez: «Tan sola...»

Desde el comedor reclamaban al mayor, que no tenía un momento de descanso - como perfecto anfitrión- atendiendo a los invitados. Después apareció alguien dando unas palmadas y pidiendo silencio: el doctor Mirandáo iba a hacer un brindis por los dueños de casa. Se oyó el estampido de una botella de champaña al abrirse, saltando el corcho hasta el techo. Vadinho y Flor se encaminaron, sonrientes, hacia el lugar del discurso: «Un discurso de Mirandáo - le anunció Vadinho- es algo que no debe perder uno.» Doña Rozilda, dándole saltos el corazón al ver a la joven pareja en marcha hacia el idilio definitivo comentó, dirigiéndose a doña Lita y a Thales Porto:

- ¿No son una pareja perfecta? ¿No parecen nacidos el uno para el otro? Si Dios quisiera...

- ¡Calma, mujer! ¡Se acaban de conocer, señora mía, y ya estás tramando el casamiento! - dijo Lita, meneando la cabeza y pensando que su hermana estaba medio loca, con esa manía de encontrarle un novio rico a la hija.

Doña Rozilda, alzando el seco busto, contempló a la pesimista con arrogancia. Del comedor llegaba, rotunda, empapada en cerveza, la voz del orador, iniciando el brindis. Hacia allí se encaminó la viuda, llena de esperanzas. En ese momento los aplausos celebraban una frase feliz de Mirandáo, que proseguía impávido:

- «En las páginas inmortales de la Historia, señoras y señores, quedará grabado en refulgentes letras de oro el honorable nombre del mayor Pergentino, ciudadano de virtudes inconmensurables. (Dejó que la voz quedase vibrando en el aire un instante para subrayar la palabra feliz.) Y el nombre de su nobilísima esposa, este ornamento de la sociedad de la Boa Terra, doña Aurora, un ángel... Sí, señoras y señores míos, un ángel de impolutas (y repetía, con voz cantarina: «impolutas») cualidades, devota esposa, virgen de bronce...»

En el centro de la sala, el colado Mirandao, erguido el brazo y empuñando la copa de champaña, dominaba a los invitados y a los dueños de casa, todos pendientes de su elocuencia. El mayor sonreía con beatitud; la devota esposa, la virgen de bronce, bajaba los ojos, conmovida: jamás su fiesta alcanzara las alturas de ese triunfo.

- «... doña Aurora, ser amoroso, santa, santísima criatura...» Las lágrimas arrasaban los ojos de la santa criatura.
9
Los amores de Flor y Vadinho desembocaron directamente en el casamiento, pues no hubo noviazgo ni compromiso, como más adelante se verá cuando se explique la causa y la razón de esa anomalía que venía a romper con los procedimientos habituales, consagrados por todas las familias que se precian de tales. Unos amores, por lo demás, divididos en dos etapas distintas, perfectamente delimitadas y con sus características propias. La primera, plácida y risueña, toda azul y rosa, un cielo sin nubes, una verdadera fiesta, la armonía universal. La segunda, confusa y asediada, clandestina, color de vitriolo y de odio, el infierno en la tierra, el asco, la guerra declarada. Durante la primera fase, doña Rozilda era irreconocible, toda gentileza y comprensión, contribuyendo activa y devotamente al éxito del idilio. Pero después se vio a doña Rozilda repartir abominaciones, rencor y venganza - espectáculo tal vez pintoresco pero poco agradable- , dispuesta a emplear todos los medios para impedir el matrimonio de la hija con aquel tipo inmundo, «gusano, pústula, charca de pus». Toda esa podredumbre - «gusano, pústula, charca de pus»- era ahora Vadinho, antes el más perfecto joven soltero de Bahía, el pretendiente ideal, bello y simpático, un corazón generoso, una perla de muchacho, de carácter ejemplar, adamantino.

Mientras duró el inefable engaño originado por la enmarañada novela inventada por Mirandao en la fiesta del mayor Tiririca, confirmada y ampliada luego gracias a circunstancias imprevistas, doña Rozilda fue feliz. Durante casi dos meses, dos memorables meses de felicidad en los que pisoteó con el tacón de sus zapatos a toda la Ladeira do Alvo y alrededores, desde la negra Juventina con sus aires de señora hasta el doctor Carlos Passos con su creciente clientela. Exhibía su influencia e intimidad con los círculos gubernamentales, con las altas esferas; su intimidad con el poder, personificado en Vadinho. Y sobre todo exhibía al mozo enamorado de su hija, con su elegancia picara, su labia, su animada conversación, su prosopopeya. Veía en él a un Niño- Dios, lo era todo para ella. Y todo era poco para él. Doña Rozilda se deshacía en su afán de agradarle, de cautivar al muchacho, de amarrarlo.

Mucho contribuyó a que doña Rozilda se mantuviese en tan completa ceguera un curioso equívoco.

Entre las amigas de Flor había una ex compañera de colegio llamada Celia; la pobre Celia, además de pobre era lisiada, con una pierna defectuosa, coja. A duras penas - «a rastras y con la lengua fuera», como decía doña Rozilda- pudo cursar la Escuela Normal y diplomarse de maestra. Era aspirante a un nombramiento de maestra de escuela primaria provincial y hacía meses que luchaba por obtenerlo sin poder conseguir siquiera que la recibiese el director de Enseñanza. Doña Rozilda le tenía cariño y la protegía, quizá debido a que siendo la joven tan desdichada y humilde, a su lado ella y Flor parecían unas ricachonas. Oía con benevolencia a la cojita quejarse de la vida y de los grandes de este mundo, diciendo horrores de los funcionarios y denunciando sórdidos aspectos de esos «vampiros de la educación», como les llamaba con voz silbante que le salía de entre los dientes oscuros y podridos. Allí sólo conseguían nombramiento las que se entregaban, las que aceptaban invitaciones a paseos nocturnos por Amarelinha, Pituba, Itapoá, así como a fiestas íntimas..., ¡unas prostibularias! Una muchacha honesta no tenía posibilidades, se enmohecía en los sillones de cuero de las antesalas. De tanto enmohecerse en ellos, Celia se había convertido en un picante depósito de maliciosas anécdotas sobre funcionarios y jefes de sección, para no hablar del director de Enseñanza, invisible personaje sobre el cual, sin embargo, la rechazada postulante lo sabía todo: costumbres, bienes, preferencias, esposa, hijos, la amiguita. Nada se le escapaba. No obstante, jamás había conseguido ser recibida por él y exponerle su triste caso.

Fue entonces cuando, cierta noche en los primeros días del galanteo, la desesperada maestra (el plazo para la designación de nuevas pedagogas concluía esa semana) llegó a la casa de Flor coincidiendo con Vadinho y se la presentaron. A doña Rozilda le gustaría que la joven obtuviera su empleo, y más le hubiese gustado aún poder confirmar ante la vecindad la influencia del muchacho, del aspirante a yerno que disponía de nombramientos y de presupuestos, que tenía poder en la Administración del Estado, influencia que ella utilizaría con sumo placer.

Indudablemente la viuda estaba atrapada en una red de engaños con respecto a la personalidad del gavilán que rondaba a su hija; pero no estaba errada cuando, al describir a los conocidos su carácter intachable, elogiaba su buen corazón: para Vadinho todo sufrimiento era injusto y odioso. Así que apenas doña Rozilda le contó la historia de Celia, dramatizando los detalles, haciendo resaltar su lesión («incluso aunque quisiera no podría recibir las licenciosas invitaciones de los canallas de la repartición: carecía de atractivos para tanto»), exagerando las injusticias, multiplicando el hambre de la moza y de sus cinco hermanitos, de la madre reumática y del padre, que era sereno nocturno. Vadinho simpatizó en seguida con la noble causa y se convirtió en su campeón. Realmente decidido a hablar del asunto con sus conocidos de juego, algunos de los cuales tenían cierta influencia, juró con vehemencia a doña Rozilda y a Flor que al día siguiente por la mañana exigiría al director de Enseñanza, a la hora del despacho con el gobernador, el inmediato nombramiento de la maestra. No iba a pasar del día siguiente: que Celia fuese por la tarde a ver al director, que el nombramiento y el cargo eran para él coser y cantar.

- Déjalo de mi cuenta...

- Déjalo a él... - confirmaba doña Rozilda.

Flor no hizo ningún comentario, no le importaba si Vadinho gozaba o no de tanto prestigio, y hasta hubiese preferido que fuese menos influyente y por lo tanto menos ocupado. Pasaba días sin aparecer, sin venir a conversar con ella al pie de la escalera, y cuando venía tenía la cara abotargada, somnolienta (de pasar las noches en claro en el despacho del Gobernador).

Vadinho pidió el nombre completo y demás datos de la aspirante. Una vez más Celia hubo de redactar esa fría literatura en un pedazo de papel: sin esperanzas: ya lo había hecho muchas otras veces. ¿Por qué iba a conseguirle empleo ese atildado metido a picaflor, con su aspecto de villano, de vicioso, con seguridad un pobre diablo? Si hasta el padre Barbosa le había dado una carta para el director, y si el padre no había obtenido nada, ¿qué podía hacer el tal festejante de Flor? ¿A quién se le habría perdido la influencia para que él pudiera haberla encontrado? Se veía en seguida, en la cara trasnochada, que era un sinvergüenza. Celia había ido acumulando escepticismo y amargura, de tanto arrastrar la pierna zamba por las hostiles salas de la Dirección de Educación. No la enternecía la felicidad de los otros, ni siquiera la de aquellos pocos que deseaban ayudarla, compadecidos por su destino. Su corazón estaba seco, árido, y, al garabatear los nombres del padre y la madre, la fecha de nacimiento y el año en que se recibió, lo hacía con la certidumbre de perder el tiempo y el esfuerzo, pues ese mequetrefe no iba a dar un solo paso; ya estaba harta de esos cuenteros presumidos: puras promesas y se acabó. Pero ¿qué iba a hacer? Doña Rozilda estaba toda embobada con el vanidoso: doctor Waldomiro por aquí, doctor Waldomiro por allá, y ella, Celia, tendría que buscar quien le diera de comer. En cuanto al tipejo, bastaba verle la cara para comprender cuáles eran sus intenciones: comerle los ahorros a Flor, salir disparado y adiós para siempre.

Celia era injusta con Vadinho, pues el joven, para atender su pedido, hizo aquella noche el recorrido completo de las casas de juego, con doble mala suerte: perdió todo lo que llevaba en la cartera y no encontró un solo conocido importante al que exponer el pequeño drama de la maestra e interceder por ella. Ni Giovanni Guimaráes, ni Mirabeau Sampio, ni su tocayo Waldomiro Lins; ninguno de ellos apareció, como si todas sus relaciones influyentes se hubieran retirado del juego, abandonando la ruleta, el bacará, el punto y banca, la ronda y el veintiuno. Así fue pasando la noche, y la figura más ilustre que encontró fue Mirandáo, con el que terminó yendo a cenar un sarapatel de arromba en casa de Andreza, hija- de- Oxun y comadre del estudiante de agronomía.

- La tipa está verdaderamente maldita... - comentaba Vadinho contándole el caso a Mirandáo, camino del barracón de la negra de Oxun- . Patizamba, esmirriada, y encima de todo esa mala suerte...

Mirandáo le aconsejó a Vadinho que no se hiciera mala sangre; hay gente así, hermanada con la desgracia, y nada se adelanta con querer ayudarlos. Además, la preocupación quita el apetito, y el sarapatel de Andreza era un monumento, ensalzado hasta por el doctor Godofredo Filho, con toda su autoridad. Al día siguiente, ya Vadinho podría arreglar el asunto. Después de todo, la cargosa había esperado tanto que por un día más o menos no iba a suicidarse. En cuanto al sarapatel de su comadre Andreza, ¿cómo era la frase, mejor dicho, el verso del Maestro Godofredo?

¿Y a quién encontraron en la cena de la hija- de- santo? Pues allí estaba nada menos que el poeta Godofredo en persona, haciendo honor a la comida de Andreza, sin regatear elogios al condimento y a la cocinera, un pedazo real de negra, palmera imperial, brisa matutina, proa de navío. Andreza sonreía con toda su prosapia y realeza, mientras molía pimienta para el aderezo.

- ¡Pero mira quién está ahí! - exclamó Mirandáo, saludando- , mi inmortal, mi maestro, considéreme de rodillas ante su intelectualidad.

- Arrodillados estamos todos ante ese
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