Jorge amado






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Paréntesis con Chimbo

y con Rita de Chimbo



Aquel mismo día, al caer la tarde, cuando mayor era el bochorno, con una atmósfera pesada, de cemento armado, estando Vadinho y Mirandao en San Pedro, en el Bar Alameda, tomando las primeras cachacas del día y haciendo proyectos para la fiesta de la noche en Río Vermelho, he aquí que ven aparecer en la puerta del café la sudorosa cara de Chimbo, el pariente importante de Vadinho, que por entonces estaba adscrito como delegado auxiliar, o sea, la segunda autoridad de la policía.

Juez del Registro Civil e hijo de un prestigioso político oficialista, sin el menor respeto por la tradicional austeridad de su padre, y sin ninguna preocupación por las apariencias, este primo lejano del joven, un Guimaráes de los legítimos y ricos, era una bala perdida, un haragán inveterado, bueno para el trago, los dados y las putas; para decirlo de una vez: era un viva la pepa. En los últimos tiempos se contenía algo, procurando frenar sus naturales ímpetus en atención al cargo. Cargo que por esa misma razón pensaba conservar poco tiempo, pues prefería la libertad a cualquier posición, y no estaba dispuesto a cambiarla por la más alta distinción, por título alguno.

Ya antes había renunciado al gobierno de Belmonte, ciudad de su nacimiento, en el que fuera designado intendente por el padre, senador y señor feudal de la región, después de un simulacro de elecciones. Pronto abandonó cargo y título, deberes y privilegios: era demasiado el precio que debía pagar por ellos. Los belmonteses no se contentaban con sus reales cualidades administrativas, exigían de su gobernador costumbres sin mácula, y eso era un abuso intolerable.

Hubo un bla- bla- bla de todos los diablos, un escándalo descomunal, sólo porque él, audaz y progresista, importó de Bahía algunas negras amigas para acabar con la monotonía de la pequeña ciudad y de su soledad. Había llevado a Rita de Chimbo, prestigiosa animadora de las noches del Tabaris. La cual se llamaba de Chimbo debido a la antigua y persistente chifladura que los unía, una pasión cantada en prosa y verso por los bohemios. Reñían, se decían de todo, se separaban «para siempre» y a los pocos días hacían las paces, y continuaban su idilio, totalmente chiflados. Por eso Rita había unido a su nombre el sobrenombre de su amor, del mismo modo que la novia adopta el apellido del novio en el acto del matrimonio. Cuando supo que Chimbo era intendente, señor de horca y cuchillo, ejerciendo derechos de vida y muerte sobre la indefensa población, exigió, en mensaje telegráfico, compartir su autoridad. ¿Qué placer en el mundo se puede comparar al del mando, al del poder? La voluptuosa Rita también quería saborearlo. Chimbo, sintiéndose solo en las noches de Belmonte, más largas por no tener nada que hacer, sin ocupación alguna que las llenara, escuchó la ardiente súplica y mandó a buscar a la hetaira.

Siendo Chimbo el intendente, el rey de su ciudad, Rita de Chimbo no podía desembarcar allí como una cualquiera; era la favorita, la concubina real. De ahí que invitara para que ella tuviera su propia corte a tres beldades amigas, distintas entre sí, pero las tres excelentes: Zuleika Marrón, mulata de caprichos y relajos, que con sus caderas contoneantes paraba el tráfico y desplazaba a los peatones; Amalia Fuentes, enigmática peruana de voz suave, con inclinaciones místicas, y Zizi Culhudinha, una espiga de maíz, frágil y dorada, insinuante como ella sola. Esta breve y hermosa caravana - ¡da tristeza decirlo!- no tuvo en Belmonte la entusiasta acogida que merecía; por el contrario, fue blanco de la franca hostilidad de las señoras e incluso de los caballeros. Si se exceptúan ciertos grupos sociales - los estudiantes imberbes, los escasos noctivagos, los cachacistas en general- y ciertos individuos, puede afirmarse que la población se mantuvo distante y recelosa.

Además, Rita de Chimbo fue vista a medianoche, en la escalinata de la Intendencia, cayéndose de borracha y saludando a la ciudad con su inagotable colección de groseros calificativos. Circulaban noticias espantosas: el viejo Abraáo, comerciante y abuelo, se arrastraba ridículamente a los pies de Zuleika Marrón, dilapidando el patrimonio de los nietos en bacanales con la barragana. Y Berceo, un muchacho hasta entonces decente y casto, funcionario de Correos y presidente de las Obras Pías, se apasionó por Amalia Fuentes, habiendo descubierto en ella raíces de pureza y religiosidad. Llegó a ofrecerle un anillo de compromiso, causando la desesperación de su incomprensiva familia. Culminó el escándalo cuando la Culhudinha se convirtió en la bienamada de todos los colegiales, en su sueño y en su reina, en su bandera de lucha y su pulcro ideal. Ahí andaba ella, muy rubia en las noches de Belmonte, rodeada de adolescentes... Y el poeta Sosígenes Costa le dedicaba sonetos. ¡Oh ignominia!

El maricón del vicario, un sacerdote arrogante de voz chillona, llegó a pronunciar un sermón contra Chimbo, vehemente catilinaria contra su escandalosa incontinencia. Calificó a las tan queridas chicas como «basuras del meretricio metropolitano» y «secuaces del demonio... », ¡pobres chicas! ¡Qué sermón incendiario! ¡En la misa del domingo, con la iglesia repleta... ! y el reverendo acusando a Chimbo de estar transformando la pacata Belmonte en Sodoma y Gomorra: las casas arruinadas, deshechas las familias, urbe infeliz a la que le había caído la desgracia de aquel intendente depravado, ese «Nerón en calzoncillos». Chimbo tenía sentido del humor y le hizo reír la virulencia del padre. Pero las chicas lloraron, y Rita de Chimbo clamó venganza. Así que Manuel Turco, árabe exaltado y secretario de la Intendencia, incondicional de los Guimaráes y notorio pelotillero, se propuso satisfacerla: dos matones de confianza se encargarían de enseñarle buenas maneras al subversivo vicario, sacudiéndole el polvo de la sotana.

Chimbo enjugó las lágrimas de Rita, agradeció la dedicación del sirio y recompensó a los dos matachines, unos asesinos escapados de Ilhéus: bajo su aparente despreocupación, era un hombre prudente y hábil y no le faltaba astucia política. ¡Imagínese la reacción del viejo senador si lo viera a él en guerra con la Iglesia, zurrando a un cura para desagraviar a unas cortesanas! Además, el padre tenía sus razones para semejante tirria. Al calificarlo de Nerón en calzoncillos se refería a aquella noche en que lo contempló en ropas menores, listadas, cuando el intendente se vio obligado a cruzar la ciudad con esa indumentaria debido a que el cura acababa de sorprenderlo en avanzado idilio con la candida Maricota, estimable doméstica que cuidaba los servicios de cama y mesa del sacerdote, siendo su oveja favorita.

No le quedó a Chimbo otro remedio que reunir a las ofendidas huéspedes, y llevando del brazo a Rita de Chimbo embarcarse con ellas en un vapor de la Bahiana. Fue así como renunció al cargo, a las honras y a la abultada comisión de los quinieleros, quedando Belmonte huérfano de su capacidad administrativa y de la amabilidad de las beldades de la capital. De la eficiente administración de Chimbo daban testimonio la restauración del puente de desembarco, la ampliación del grupo escolar y el arreglo de los muros del cementerio. La fugaz visión de las cuatro rameras continuó perturbando por mucho tiempo el sueño de Belmonte.

Chimbo se replegó en el anonimato de su rendidor puesto de servidor de la justicia, en donde nadie vigilaba sus pasos. Se reintegró a la vida nocturna, desde el Tabaris (nuevamente reinado de Rita Chimbo) al Pálace, desde el Abaixadinho hasta la casa de Tres Duques, del burdel de Carla al de Helena Picaflor. De las noches de fiestas y del jugoso y anodino cargo - juez del Registro Civil- lo retiraba de cuando en cuando el padre senador para utilizarlo en sus maniobras políticas, concediéndole posiciones y honras que otros ambicionaban, pero no él, Chimbo, que sólo quería vivir libre según su capricho.

Chimbo apreciaba a Vadinho no sólo por el distante y espúreo parentesco, sino también por las cualidades del joven compañero de ruletas y cabarets. Por eso, oyendo en cierta ocasión a alguien tratar a Vadinho de vago, y calificarlo como un tipo sin oficio ni medios de vida, le consiguió el modesto empleo de inspector de Jardines de la Intendencia, «pues un Guimaráes debe tener una posición reconocida en la sociedad».

- Ningún Guimaráes es un vagabundo.

Estas contradicciones eran características del simpático Chimbo, tan poco dado a convencionalismos y protocolos y al mismo tiempo tan profundamente solidario con la familia, y velando por el poderoso clan de los Guimaráes.

Así, pues, aquella tarde Vadinho y Mirandáo encontraron a Chimbo en Sao Pedro, cuando el delegado auxiliar se dirigía a la Jefatura de Policía. Un Chimbo aburrido de la vida, metido en un traje oscuro y caluroso, de ceremonia: ropa de entierro o de bodas - cuello duro de palomita, plastrón, bastón de caña con empuñadura de oro- , un Chimbo de etiqueta, en aquel abrasador día de febrero, bochornoso y asfixiante, de canícula mortal, cuando todas las bocas estaban ávidas por una cerveza bien helada.

- Sólo nos puede salvar la vida un bufido polar... - dijo Vadinho abrazando al pariente protector.

Chimbo maldijo al destino con plástica y fuerte expresión, llamando a las cosas por su nombre, en un arranque de furia: «qué mierda la vida jodida ésta, qué empleo más hijo de puta, que lo obligaba a acompañar al intendente a todos los rincones, a todas las ceremonias, a todas esas mierdas y porquerías... ». ¿No veían cómo tenía que andar disfrazado de comendador portugués? Esa noche tenía que asistir, en razón de su cargo, a la solemne inauguración de un congreso científico - Congreso Nacional de Obstetricia- en la Facultad de Medicina, con discursos y tesis, debates y opiniones sobre partos y abortos, un latazo monumental. Chimbo tragaba aprisa su copa de cerveza, procurando aplacar el calor y la rabia... ¡Su padre siempre con aquella manía de utilizarlo en política... !

Y todavía encima - ¡imagínense la mala suerte!- el tal congreso decide inaugurarse, tan luego, en la noche de la fiesta del mayor Pergentino, el mayor Tiririca, de Río Vermelho. Seguro que ellos sabían de quién se trataba. Él le había hecho un favor al militar - soltó un pedo a pedido suyo- , y ahora el mayor no lo dejaba en paz, queriendo agasajarlo a toda costa, empeñado en rendirle un gran homenaje. Según se decía, la fiesta de Tinrica era fenomenal, algo que realmente valía la pena, se comía y se bebía hasta hartarse. Y él, Chimbo, era invitado de honor, ¡imagínense la juerga!

- Y en cambio voy a tener que oír a los médicos hablando de partos... ¡Mi padre me consigue cada prebenda... !

¿Cómo convencer al senador de que lo dejase en paz, si el viejo era un sátrapa ante el cual el mismo gobernador temblaba? Los ojos de Vadinho brillaron y Mirandáo se sonrió: Chimbo, sin saberlo, acababa de abrirles las puertas de la gloria y de la casa del mayor.
8
Por la noche, frente a la residencia en fiesta, los dos embusteros apostaron con otros dos granujas a que entrarían en el baile y serían recibidos en él como si fueran invitados de honor y entraron y fueron recibidos con todos los honores y tratados como los ángeles, pues Vadinho se presentó al mayor y a doña Aurora como sobrino del delegado auxiliar, quien no podía asistir, y a Mirandáo como poseedor del inexistente cargo de secretario privado de Chimbo.

- Mi tío, el doctor Airton Guimaráes, tuvo que acompañar al gobernador al Congreso de Obstetricia. Pero como estaba resuelto a no rechazar su invitación, nos envía a mí y a su secretario, el doctor Miranda, en representación suya. Yo soy el doctor Waldomiro Guimaráes...

El mayor se mostró conmovido con la gentileza del delegado al presentarle sus disculpas y hacerse representar. Lamentaba que no estuviera presente en la fiesta, pues su deseo hubiera sido agasajarlo, pero tanto él como su esposa recibían con los brazos abiertos al representante de su estimado amigo. Ya el mayor extendía su mano a Vadinho cuando Mirandáo puso las cosas en su punto:

- Perdóneme, mayor, la intromisión: el representante del doctor delegado auxiliar es esta modesta persona, yo, doctor José Rodrigues de Miranda, profesor suplente de la Escuela de Agronomía, pedido en comisión por el doctor Airton... Mi amigo, el doctor Waldomiro, aunque sobrino del delegado, no lo representa a él sino al señor gobernador...

- ¿Al gobernador? - exclamó el mayor, abrumado por tanto honor.

- Sí - engranó Vadinho- , cuando el gobernador oyó que el delegado auxiliar pedía a su secretario y a su sobrino que fuesen a la fiesta del mayor, le había ordenado, pues él formaba parte del Gabinete de Su Excelencia, abrazar a «su buen amigo Pergentino y presentar sus saludos a su digna esposa».

El mayor y doña Aurora, hinchados de vanidad, les abrieron paso, los presentaban y ordenaban copas y platos para ellos; todo era poco para Vadinho y Mirandáo.

Pasmados, los colegas de truhanerías que habían quedado afuera no podían creer a sus propios ojos. ¿Qué patraña habían inventado los dos cínicos para ser recibidos así? Nadie recordaba que jamás un colado hubiera logrado cruzar el umbral de la puerta del mayor, quien hacía cuestión de honor el limitar la fiesta estrictamente a sus invitados, sus amigos, que eran garantía de decencia y de buen nombre. Jurándolo por sus gloriosos galones, se enorgullecía: «¿Un colado en mi fiesta? ¡Sólo pasando sobre mi cadáver!» Y los más eximios coladizos de la ciudad, capaces de penetrar, y habiéndolo hecho en fiestas muy exclusivas e imponentes, custodiadas por la policía; incluso fiestas en el Palacio de Gobierno y en la casa del doctor Clemente Mariani; fiestas junto a las cuales la del mayor era un simple bailongo, un bailecito de pobre, una milonga de barrio, un arrastrapiés cualquiera; pues bien, esos famosos coladizos, todos, habían fracasado en sus intentos, renovados cada año, de colarse en la fiesta del mayor. Ninguno alcanzó a trasponer la prohibida entrada.

Decir que ninguno es una exageración. Edio Gantois, un ingenioso estudiante, se asoció cierta vez con otro no menos pícaro, el ya anteriormente citado Lev Lengua de Plata, por entonces todavía estudiante, y en esa ocasión los dos consiguieron colarse y permanecer en la fiesta durante media hora, más o menos. Pero fueron echados a empujones y bofetadas: el musculoso Edio luchando cuerpo a cuerpo con los invitados y el desgalichado Lev cambiando puntapiés con el mayor.

¿Cómo habían fracasado tan lamentablemente después de triunfar? Aunque ésta sea otra historia, vale la pena contarla para así poder valorar mejor la hazaña de Vadinho y Mirandáo. Por aquel entonces había arribado a Bahía, con mucha propaganda en los diarios, para realizar dos únicas funciones en el Conservatorio, un extravagante concertista que tocaba un instrumento aún más raro: el serrucho, tan melodioso como el piano mejor afinado. Se trataba de un ruso de nombre estrambótico, «El Ruso del Serrucho Mágico», como anunciaban los carteles de propaganda y las noticias de los diarios. Edio poseía un viejo serrucho de carpintero, y Lev, hijo de ruso, un nombre estrambótico. Como los dos se volvían locos por una buena broma, envolvieron el serrucho en papel madera, tragaron unas cachacas para animarse y se presentaron a la puerta del mayor como «El Ruso del Serrucho» y su empresario.

El mayor Tiririca tenía un sexto sentido cuando se trataba de colados: los olía de lejos. Nada más poner los ojos sobre Lev y Edio, sintió que una voz interior lo ponía alerta.

Mas los invitados, al anunciarse la presencia de «El Ruso del Serrucho Mágico», ya saludaban con entusiasmo la posibilidad de oírlo tocar. En silencio, asaltado por las dudas, el mayor abrió la puerta y permitió entrar a los dos malandrines. Pero se dedicó a vigilarlos. No dejó de registrar el mayor la avidez con que se dirigieron al comedor, luego de arrimar el serrucho a un mueble, apurándose a comer y beber. Cruzando una mirada con doña Aurora, a quien tampoco le parecía nada católica la escena, el mayor reclamó, con el apoyo de la totalidad de los ansiosos invitados, una inmediata demostración musical: primero el concierto, después la pitanza. Por más que Edio intentó con su parla engatusadora aplazar la hora del desastre, no pudo conseguirlo. No se le concedió plazo ni apelación.

Además, debido a alguna extraña metamorfosis, Lev se sintió inspirado y comenzó a vivir de tal forma su papel y con tanto realismo, que ya creía ser el mismo ruso de los conciertos. Así que, sin hacerse rogar más, tomó el viejo serrucho entre aplausos y bravos. Lo hizo con tanta perfección - inclinada en ángulo su magra y alta anatomía, despeinado, los ojos en el otro mundo, ¡un auténtico maestro!- que engañó a todos, haciendo incluso que el mayor y doña Aurora dudasen de sus sospechas; hasta que hirió con una cuchara de café la panza del serrucho. Porque apenas le aplicó el primer golpe - según contó Edio después- todos los presentes, sin excepción, comprendieron que se trataba de una farsa. Pero Lev persistía, cada vez más poseso y convencido, haciendo vibrar a cucharazos el serrucho sin que ni el mayor, ni la esposa, ni los invitados, demostrasen la menor simpatía por tanto empeño y arte.

Hasta que el mayor se adelantó seguido por algunos amigos, los más susceptibles a esas bromas de mal gusto. La marcha por el pasillo en camino a la puerta de calle fue lenta y épica, verdaderamente inolvidable, Edio y Lev lo recordarían toda su vida. Coscorrones, puntapiés, resbalones y caídas. Doña Aurora quería arrancarles los ojos, pero el mayor se contentó con tirarlos a la calle en medio de los mirones allí reunidos. (Y sobre los cuerpos caídos de los dos echaron el serrucho, cada vez menos sonoro.)

Nada de eso les sucedió a Vadinho y Mirandao; ni el mayor ni doña Aurora tuvieron la más leve sospecha. Comieron y bebieron de lo bueno y de lo mejor. Mientras Vadinho bailaba en la sala, Mirandao se preguntaba si debía o no hacer un brindis, en nombre de Chimbo, por el mayor y por doña Aurora. No pudo evitar una sonrisa al oír preguntar a doña Rozilda quién era el mozo bailarín que escoltaba a su hija. Para obtener mayor efecto respondió con otra pregunta:

- ¿No se lo presentó el mayor?

- No. Yo estaba adentro y no lo vi llegar.

- Pues, estimada señora, tengo el placer de informarle que se trata del doctor Waldomiro Guimaráes, sobrino del doctor Airton Guimaráes, delegado auxiliar, nieto del senador...

- No me diga que se trata del senador Guimaráes, ése de quien se habla tanto...

- Del mismo, distinguida señora. El mandamás, el capo, el que tiene la sartén por el mango, el Niño- Dios de la política, ése mismo, mi padrino...

- ¿Su padrino?

- De bautismo. Y abuelo de Vadinho..

- ¿Vadinho?

- Es su apodo, de cuando era chico. Es el nieto preferido del senador.

- ¿Es estudiante?

- ¿No le dije que es doctor? Recibido, señora mía, abogado, oficial del Gabinete del gobernador, alto funcionario
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