Jorge amado






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El Tendero Moderno, publicación consagrada que podía acreditar en su haber «la defensa intransigente del comercio bahiano»? Todos ellos eran vecinos también de la Ladeira, y todos «representativos». El tonto del marido ni siquiera sabía elegir sus amistades; cuando no estaba con Embudo se metía en la casa de Antenor Lima para jugar al chaquete o a las damas, tal vez la única alegría verdadera de su vida. Antenor Lima, comerciante establecido en el Taboáo, era uno de los más destacados amigos de Gil, y merecería incluirse en la lista de los vecinos representativos si no fuese público y notorio su amancebamiento con la negra Juventina, que había comenzado siendo su cocinera. Ahora ella se instalaba en la ventana de la casa, propiedad del comerciante, y con criada para todo servicio, se había vuelto insolente y respondona; sus agarradas con doña Rozilda hicieron época en la Ladeira do Alvo. Pues bien: a la puerta de calle de esa basura se sentaba Gil, muy zalamero, tratando a esa ordinaria como si fuese una señora casada por el juez y el sacerdote.

De nada valían los esfuerzos de doña Rozilda para encaminarlo hacia amistades influyentes: la familia Costa, descendiente de un antiguo político, poseedora de un campo inmenso en el Matatu; el político hasta llegó a tener una calle con su nombre, y su nieto, Nelson, era banquero e industrial; los Marinho Falcáo, de Feira de Sant'Ana, en cuya tienda había hecho de joven su aprendizaje Gil (don Joáo Marinho fue quien le prestó dinero para iniciarse en la capital); el doctor Luis Henrique Dias Tavares, director de repartición - una cabeza privilegiada, que firmaba artículos en los diarios- , a doña Rozilda se le llenaba la boca cuando pronunciaba su sonoro apellido, sintiendo al hacerlo cierto sabor a parentesco: «es compadre mío, bautizó a mi Héctor».

Cuando citaba esas relaciones de categoría se ensañaba con las de Gil, y preguntaba teatralmente a los interlocutores, a la vecindad, a toda la Ladeira, a la ciudad y al mundo, qué mal le habría hecho ella a Dios para merecer el castigo de tener ese marido, incapaz de darle un nivel de vida digno, a la altura de su linaje y de su medio. Los otros representantes comerciales prosperaban, ampliaban la clientela y la oficina, aumentaban la cantidad de las ventas mensuales, obtenían nuevos y valiosos corretajes. Muchos de ellos llegaban a tener casa propia, y si no un terreno en el que más tarde la construirían. Algunos hasta se daban el lujo de poseer automóvil, como un conocido de ellos, Rosalvo Medeiros, alagoano llegado de Maceió hacía pocos años, con una mano delante y otra atrás, y ahora tenía las dos al volante de un Studebaker. Tan viva la Virgen se había vuelto este Rosalvo que llegó al punto de no reconocer a doña Rozilda cierto día en que casi la atropella, cuando ésta, peatona y amable, se puso delante del auto para saludar al próspero colega de su marido. El sujeto no sólo le dio un susto de todos los diablos con la explosión del bocinazo, sino que encima la insultó, gritándole atrocidades:

- ¿Quiere morir, piojo de víbora?

En tres o cuatro años, con productos farmacéuticos, labia y simpatía, aquel groserote había conseguido automóvil, era socio del Bahiano de Tenis, íntimo de políticos y ricachos, lo que se dice un hidalgo, señores míos, lleno de engreimiento, y con una barriga de rey. Doña Rozilda crujía los dientes y se preguntaba: ¿y en cambio el tarambana de Gil qué hace?

¡Ah! Gil vegetaba, yendo a pie o en tranvía, con sus muestras de géneros, suspensorios, cuellos y puños duros; era especialista en productos fuera de moda, y estaba reducido a una pequeña clientela de tiendas de barrio, de anticuadas mercerías. No salía de eso, marcando el paso la vida entera. Nadie creía en su capacidad, ni él mismo.

Un día se cansó de tanta queja y reclamación, de tanto esforzarse sin resultado ni alegría. Porto, cuñado de su mujer, marido de Lita, la hermana de Rozilda, también vivía a los apurones, enseñando dibujo y matemáticas a los chicos de un establecimiento provincial para artesanos, en las lejanías de Paripé. Se levantaba todas las mañanas, tempranito con el sol, regresando al caer la tarde. Pero los domingos salía por las calles de la ciudad con una caja de colores y pinceles a pintar los coloridos caseríos, y esa ocupación le daba tanta alegría que jamás se lo había visto de mal humor o melancólico. Claro que se había casado con Lita y no con Rozilda, y Lita, todo lo opuesto a su hermana, era una santa mujer cuyos labios jamás se abrieron para hablar mal de ninguna criatura o ser viviente alguno.

Gil no progresaba ni siquiera en el juego del chaquete o de las damas, y Antenor Lima sólo lo aceptaba como compañero cuando no aparecía otro más fuerte. Pero Zeca Serra, campeón de la Ladeira, ni siquiera en ese caso lo aceptaba, ni aun para matar el tiempo: no tenía gracia jugar contra un rival tan mediocre, descuidado y distraído. Y para colmo, doña Rozilda le exigió su ruptura definitiva con Cazuza Embudo, cuando el amigo - muy caído, recién salido de la gayola, perseguido y procesado por quinielero- más solidaridad necesitaba. Y Gil, un gallina, cruzaba la calle para no encontrarse con él, obediente a las órdenes de la esposa.

Finalmente sacó la conclusión de que nada adelantaba con su sacrificada faena y aprovechó unos días de invierno muy húmedos para contraer una vulgar pulmonía, «ni siquiera una pulmonía doble» - ironizó el doctor Carlos Passos- , emigrando a lo astral. Silenciosamente, con una tos discreta y tímida. Otro hubiera podido salvarse, haber vencido la enfermedad, que era poco más que una gripe. Pero Gil estaba cansado, ¡tan cansado!, y no quiso esperar una enfermedad seria y grave. Por lo demás, no tenía ilusiones: nunca tendría una enfermedad brillante, importante, de moda, cara, de la que hablasen los diarios: lo mejor era, sin más, contentarse con una mezquina pulmonía. Así fue, y desapareció sin despedirse. Descanso.
4
Hacía mucho tiempo que doña Rozilda venía controlando con mano de hierro el escaso dinero de las comisiones, entregándole semanalmente al representante comercial sólo los centavos, estrictamente contados, para el tranvía y el paquete de cigarrillos «Aromáticos» - un atado cada dos días-. Y, aun así, el dinero economizado apenas alcanzó para los gastos del entierro, el luto, los días de duelo. Casi no había comisiones a cobrar por las últimas ventas - una cifra ridícula- , y doña Rozilda se encontró con un hijo mozalbete, que seguía el bachillerato, y las dos hijas mocitas - Flor acababa de entrar en la adolescencia- y sin ninguna renta.

No por ser ella como era - agria y desabrida- , de trato desagradable y difícil, se deben negar u ocultar sus cualidades positivas, su decisión, su fuerza de voluntad y todo cuanto hizo para criar a los hijos y mantenerse por lo menos en la posición en que quedara a la muerte del marido, sin rodar por la Ladeira do Alvo abajo hacia cualquier rincón de la calle o hacia las sórdidas viviendas del Pelourinho.

Se agarró a la casa de altos con toda su violenta obstinación. Mudarse a una vivienda más barata significaba la terminación de todas sus esperanzas de ascenso social. Era necesario que Héctor continuara estudiando hasta terminar el bachillerato y buscarle después un empleo, y casar, a las chicas, casarlas bien. Para eso era preciso no descender, no dejarse arrastrar por la pobreza sin disfraz, franca y descarada, sin pudor ni vergüenza, como de un delito que mereciera castigo.

Tenía que seguir en el piso de la Ladeira do Alvo, costase lo que costase. Así se lo explicó al cuñado cuando éste vino a prestarle los ahorros de doña Lita (que doña Rozilda pagó luego centavo por centavo, dígase esto en su honor). Ni una casa de alquiler razonable en el fin del mundo, en la Plataforma, ni un sótano en la Lapinha, ni cuarto y sala subalquilados en las Portas do Carmo: se mantuvo plantada en la Ladeira do Alvo, en la casa de altos, de alquiler relativamente elevado, sobre todo para quien como ella no disponía de bienes, ni muchos ni pocos.

Desde allí, desde los amplios balcones del primer piso, podía mirar el futuro con confianza: no todo estaba perdido. Modificaría los planes anteriores, sin desistir de sus pretensiones. Si cedía de inmediato, abandonando aquella casa bien puesta, amueblada, con alfombras y cortinas, y se iba a un conventillo cualquiera, ya no le estarían permitidas ni siquiera las esperanzas y las ilusiones. Si hacía eso no tardaría en ver a Héctor detrás de un mostrador de boliche, o cuando mucho, de una tienda, convertido en un empleaducho para toda la vida; y a las nenas las esperaría un destino igual, si es que no terminaban siendo camareras de bares o cafés, a disposición de los patronos y de los clientes, camino directo a «la zona», siendo causa de escándalo en las calles de mujeres honradas. Desde allí, desde la casa de altos, podía enfrentar todas esas amenazas. Abandonarla era rendirse sin lucha.

Por eso rechazó la oferta de un empleo en una tienda que Antenor Lima había encontrado para Héctor. Así como tampoco quiso ni siquiera hablar con Rosalía cuando la hija se le presentó dispuesta a trabajar como una especie de recepcionista y secretaria en «La Foto Elegante», floreciente establecimiento de la Bajada de los Zapateros, en donde Andrés Gutiérrez, español moreno y de bigotito recortado, explotaba el arte fotográfico en sus más diversas modalidades; desde las instantáneas de tres por cuatro, para documentos de identidad y profesionales («entrega en veinticuatro horas»), hasta las «incomparables ampliaciones a todo color, verdaderas maravillas», pasando por los retratos de los más diversos tamaños y por los de las tomas de bautizos, matrimonios, primeras comuniones y otros acontecimientos festivos dignos de la amarillenta eternidad de los álbunes familiares. Dondequiera que fuese necesario hacer una fotografía allí surgía Andrés Gutiérrez con su máquina y su ayudante, un chino que de tan viejo no tenía edad, arrugado y sospechoso. Circulaban rumores, que habían llegado a oídos de doña Rozilda, siempre receptivos a las habladurías, sobre Andrés, su «Foto Elegante», su ayudante y la amplitud del negocio. Se decía que era obra suya ciertas postales vendidas por el chino en sobres cerrados, cumbre suprema del arte naturalista, «desnudos artísticos» de éxito garantizado. Para tales fotos, según las comadres, posaban muchachas pobres y fáciles, a cambio de unos pocos centavos. De paso, las usufructuaba Andrés y, quizá, el chino; las beatas contaban horrores acerca del estudio fotográfico. No hay que asombrarse de que doña Rozilda haya corrido a la hija cuando ésta, entusiasmada e ingenua, le comunicó la oferta del español:

- Si me vuelves a hablar de eso otra vez te despellejo, te doy una paliza que te van a salir ronchas...

A Andrés lo amenazó con la cárcel, tirándole a la cara todas sus relaciones influyentes: que se metiera con su hija y ya vería las consecuencias, gallego de m..., con sus inmundicias y su pornografía; ella, doña Rozilda, llamaría a la policía...

Andrés, que tampoco tenía pelos en la lengua, siendo español de mal hígado, retrucó en el mismo tono. Comenzó por decir que gallego sería el cornudo del padre de doña Rozilda. ¿Así que él, condolido por la situación de la familia después de la muerte de don Gil, hombre educado y bueno, merecedor de mejor esposa, le ofrecía un empleo a la muchacha, a quien apenas si conocía, con el único propósito de ayudarla, y toda la recompensa que obtenía era que esa vaca histérica se pusiera a gritar a la puerta de su establecimiento, amenazando a toda la corte celestial, inventando un montón de historias, de miserables calumnias? Si ella no cerraba esa letrina que tenía por boca que se fuese a reventar a los infiernos, y aprisa, que si no quien llamaría a las autoridades iba a ser él, un ciudadano establecido, respetuoso de las leyes y al día con los impuestos; él, un andaluz de buena cepa, iy aquella bruja lo motejaba de gallego...! El chino, indiferente a la disputa, se limpiaba con un fósforo las uñas, largas como garras; unas uñas que, según las malas lenguas...

Fuesen verdaderas o no aquellas excitantes historias, doña Rozilda no había criado a sus hijas, no las había educado, regaladas y gentiles, para capricho de ningún Andrés Gutiérrez, andaluz, gallego o chino, le daba lo mismo... Las hijas eran ahora su palanca para cambiar el rumbo del destino, su escalera para ascender, para elevarse. También rechazó otros empleos, éstos bien intencionados, para Rosalía y Flor; no quería que las chicas estuvieran expuestas al público y al peligro. El lugar de una doncella está en el hogar, su meta es el casamiento, pensaba doña Rozilda. Mandar las hijas a que estuviesen tras el mostrador de una tienducha, o a una boletería de cine, o a la sala de espera de un consultorio médico o dental, era entregarse, confesar la pobreza, ¡exhibir la llaga más repulsiva y purulenta! Haría trabajar a las muchachas, sí, pero en casa, para que perfeccionasen las virtudes domésticas que iban acumulando, pensando en el novio en el marido. Si antes las virtudes y el matrimonio ya eran detalles importantes en los proyectos de doña Rozilda, ahora se transformaban en la pieza fundamental de sus planes.

Mientras Gil vivía, doña Rozilda había proyectado que el hijo se recibiera, que fuese médico, abogado o ingeniero, y entonces ella, apoyada en el canudo de doctor, en el diploma de la Facultad, ascendería al lugar de los elegidos, brillaría entre los poderosos del mundo. El anillo de graduado, resplandeciendo en el dedo de Héctor, sería la llave que le iba a abrir las puertas de la gente de la «alta», de ese mundo cerrado y distante de la Vitoria, del Canela, de la Gracia, y junto con eso, como consecuencia, el casamiento conveniente de las hijas con colegas del hijo, doctores con linaje y futuro.

La muerte de Gil hacia imposible ese proyecto a largo plazo: Héctor estaba todavía en el bachillerato, faltándole dos años para terminar, pues estaba atrasado, lo habían aplazado en los exámenes. ¿Cómo iba a poder sostenerlo durante cinco o seis años en la Facultad, siguiendo una carrera larga y costosa? Con esfuerzo y sacrificio podía mantenerlo en el secundario - que cursaba en el Instituto de Bahía, un centro estatal y gratuito- hasta concluir el bachillerato. Poseyendo los estudios secundarios completos le sería posible librarse de los empleos miserables en el comercio, toda la vida marcando el paso, metro en mano. Tal vez consiguiera un puesto en algún banco, o, ¿por qué no?, alguna sinecura oficial, de empleado público, con garantías y derechos, gratificaciones y aumentos, promociones, anticipos y otros beneficios adicionales. Doña Rozilda contaba para conseguirlo con sus relaciones influyentes.

Pero ya no contaba más con el título de doctor - el anillo de graduado brillando, con una esmeralda o un rubí o un zafiro- para escalar las soñadas alturas. Era una lástima, pero nada se podía hacer; una vez más, el bosta del marido había arruinado sus proyectos con aquella muerte idiota.

Mas ahora ya no podría él arruinar sus nuevos proyectos, madurados en los días de duelo. En ellos, la llave maestra que abriría las puertas del confort y del bienestar era el casamiento, el de Rosalía y el de Flor. Casarlas («colocarlas», decía doña Rozilda) lo mejor posible, con jóvenes de apellido, vástagos de familias distinguidas, hijos de coroneles, hacendados o señores del comercio - de preferencia mayoristas- , establecidos, con dinero, con crédito en los bancos. Si ésta era la meta a lograr, ¿cómo iba a mostrar a las nenas en empleos mendicantes, exhibirlas como unas pobretonas mal vestidas, cuya gracia y juventud despertarían en los ricos e importantes sólo bajos instintos, pecaminosos deseos, que ciertamente les granjearían proposiciones, pero muy distintas a las del noviazgo y el matrimonio?

Doña Rozilda quería a las hijas en casa, recatadas, ayudándola, con su trabajo y comportamiento, a mantener la apariencia de bienestar y adornar esa ficción de gentes si no opulentas, por lo menos bien provistas y de esmerada educación. Cuando las muchachas salían a visitar a familias conocidas, o a una
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