Jorge amado






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Elegías impuras - uno de los tres enviados gratuitamente por el poeta- en magnífica edición de lujo, con una tirada reducida de sólo cien ejemplares autografiados, ilustrados con xilografías de Calazans Neto, se volvió hacia Carlos Eduardo, y le pasó el precioso libro.

Estaban los dos amigos sentados en la misma sala de redacción en la cual, un día ya lejano, habían leído y discutido juntos la elegía. Sólo que ahora eran señores gordos y respetables - y ricos, muy ricos- , propietarios de colecciones y de inmuebles.

Odorico recordó:

- ¿No te lo dije en aquella ocasión? Era de él. - Y concluyó, con la misma sonrisa y con las mismas palabras de otrora- : «Viejo sinvergüenza...»

También Carlos Eduardo soltó su risotada cordial, de hombre realizado y tranquilo, mientras admiraba la primorosa edición. En la tapa, con letras grabadas en madera, el nombre del poeta: Godofredo Filho. Lentamente fue pasando las páginas y preguntándose (con cierta envidia): «¿Qué calles y laderas escondidas, qué oscuras sendas de crepúsculo, qué negras, fragantes grutas habían descubierto y amado juntos el poeta ilustre y el pobre vagabundo, hasta el punto de haber brotado entre ellos la rara flor de la amistad?» Pausadamente, reflexionando sobre tales enigmas, Carlos Eduardo tocaba el papel como si acariciase la suave epidermis de una mujer, acaso de piel negra, de nocturno terciopelo. La cuarta elegía, de las cinco que componían el tomo, era la dedicada a la muerte de Vadinho, «la ficha azul, olvidada en el tapete».

Queda así resuelto un problema, como se había prometido. Pero surge y se impone otro, y quién sabe si será posible encontrarle solución: es el «misterio Vadinho». Queda confiado a vuestra perspicacia.

¿Quién era Vadinho? ¿Cuál era su verdadero rostro? ¿Cuáles sus exactas proporciones? Su rostro de hombre ¿estaba bañado de sol o cubierto de sombra? ¿Quién era él, el juglar de la elegía, el machazo de la expresión de Paranaguá Ventura o el desaprensivo malandrín, el sablista incorregible, el mal marido según la voz de la vecindad, de las amistades de doña Flor? ¿Quién lo había conocido mejor y lo definía ahora mejor: los piadosos asistentes a la misa de las seis, en la iglesia de Santa Teresa, o los incorregibles habitúes del Tabaris («la bolilla girando en la ruleta, la baraja y los dados, la última apuesta»)?

II. Del tiempo inicial de la viudez, tiempo de

duelo de luto cerrado, con las

memorias de las ambiciones y los engaños,

del enamoramiento y las bodas,

de la vida matrimonial de Vadinho

y doña Flor, y de las fichas y dados

y la dura espera ahora sin esperanza

(y la molesta presencia de doña Rozilda)
(con Edgar Coco en el violín, Cayrnmi en la guitarra

y el doctor Walter de Silveyra con su flauta encantada)
ESCUELA DE COCINA

«SABOR Y ARTE»
Receta de doña Flor:

Cazuela de cangrejos
Clase teórica:
INGREDIENTES (para 8 personas): Una jícara de leche de coco pura, sin agua; una jicara de aceite de palma; un kilo de cangrejos tiernos. Para la salsa: 3 dientes de ajo; sal a gusto; el jugo de un limón; cilantro; perejil; cebollita de verdeo; dos cebollas; media jicara de aceite suave; un pimiento; medio kilo de tomate. Agregar después: 4 tomates, una cebolla y un pimiento.
Clase práctica:

Rallen 2 cebollas, machaquen el ajo en el mortero.

La cebolla y el ajo no apestan, no señoras,

son frutos de la tierra, perfumados.

Piquen el cilantro bien picado, así como el perejil, algunos tomates, la cebollita y medio pimiento.

Mezclen todo en aceite suave y aparte pongan esa salsa de tan rico aroma.

(«A estas locas les parece que huelen mal las cebollas, ¿qué saben ellas de los olores puros?

A Vadinho le gustaba comer cebolla cruda,

y sus besos eran ardientes.»)
Laven los cangrejos enteros en agua de limón,

hay que lavarlos bien, un poco más todavía,

para quitarles la suciedad, pero tratando de que no pierdan el perfume marino.
Y ahora, a condimentarlos; uno por uno,

sumergiéndolos en la salsa; después, a la sartén,

echándolos uno a uno, cada cangrejo con su condimento.

Con la salsa restante, rociar los cangrejos

con sumo cuidado, que este plato es muy delicado.

(«¡Ay, era el plato preferido de Vadinho!»)
Elijan ahora cuatro tomates, un pimiento

y una cebolla. Córtenlos en rodajas y pónganlos encima para dar un toque de belleza. Ponerlos en adobe durante dos horas hasta que se sazonen.

Después pongan al fuego la sartén.

(«Iba él mismo a comprar los cangrejos,

en el Mercado tenía un antiguo compinche...»)
Cuando estuviere casi cocido, y sólo entonces,

agregar la leche de coco, y, en el último instante,

el aceite de palma, poco antes de retirar del fuego.

(«Probaba la salsa a cada rato,

nadie tenía un gusto más exigente.»)
Y ahí está este plato fino, exquisito, de la mejor cocina;

quien lo hiciere puede alabarse con razón

de ser una cocinera de buena mano.

Pero, si no fuese competente, es mejor que no se meta,

no todo el mundo nace artista del fogón.

(«Era el plato predilecto de Vadinho,

nunca más lo he de servir en mi mesa.

Sus dientes mordían el tierno cangrejo,

el aceite de palma doraba sus dientes.

¡Ay, nunca más sus labios, su lengua;

nunca más su boca abrasada de cebolla cruda!»)

1
Ahora bien, en la misa del séptimo día, oficiada por don Clemente Nigra en la iglesia de Santa Teresa - envuelta la nave en la espléndida luz matinal, azulada y transparente, que venía del mar cercano, como si el templo fuera un navío dispuesto a zarpar- , la simpatía y la solidaridad manifestadas en los susurrados comentarios estaban dedicadas a doña Flor, arrodillada en primera fila, ante el altar, toda de negro, con una mantilla de encaje prestada por doña Norma, con la que ocultaba los cabellos y las lágrimas, y un tercio del rosario entre los dedos. Pero en los cuchicheos no se la compadecía por haber perdido al marido, sino por haberlo tenido. De rodillas en el reclinatorio, doña Flor nada escuchaba, como si no hubiera nadie en el santuario más que ella, el sacerdote y la ausencia de Vadinho.

Un rumor de beatas, viejas ratas de sacristía, rencorosas enemigas de la gracia y la risa, se elevaba junto con el incienso en enconado murmullo:

- No valía ni un centavo de rezos, el renegado.

- Si ella no fuese una santa, en vez de misa lo que daba era una fiesta. Con baile y todo...

- Para ella su muerte es como una carta de emancipación...

En el altar, celebrando misa por el alma de Vadinho, la tez macerada por las vigilias pasadas sobre antiguos libros, don Clemente sentía en la atmósfera mágica de la mañana, que apenas despuntaba, ciertas perturbaciones, maléficas auras, como si algún demonio, Lucifer o Exu, más probablemente Exu, anduviese suelto por la nave. ¿Por qué no dejaban en paz a Vadinho, por qué no le dejaban descansar? Don Clemente lo había conocido bien: a Vadinho le gustaba ir al patio del convento a charlar con él; se sentaba sobre el cerco y contaba historias que no siempre armonizaban con aquellas venerables paredes, pero que el fraile oía con atención, curioso y comprensivo ante cualquier experiencia humana.

Había en el corredor, entre la nave y la sacristía, una especie de altar, y en él un ángel tallado en madera, escultura anónima y popular, tal vez del siglo XVII, y parecía como si el artista hubiera tomado a Vadinho de modelo; la misma fisonomía inocente y desvergonzada, la misma insolencia, idéntica ternura. Estaba el ángel arrodillado ante la imagen, mucho más reciente y barroca, de Santa Clara, y extendía hacia ella las manos. En cierta ocasión don Clemente llevó a Vadinho hasta allí, para mostrarle el altar y el ángel, curioso por saber si el bohemio se daría cuenta del parecido. Éste se echó a reír en cuanto vio las imágenes.

- ¿Por qué se ríe? - preguntó el fraile.

- Que Dios me perdone, padre... Pero ¿no parece como si el ángel estuviese engatusando a la santa?

- ¿Estuviese qué? ¿Qué términos son ésos, Vadinho?

- Discúlpeme, don Clemente, pero es que ese ángel tiene una cara clavada de gigoló... Ni siquiera parece ángel..., observe la mirada..., es una mirada de cachondo...

Volviéndose hacia los fieles para dar la bendición, las manos alzadas, el sacerdote vio cómo refunfuñaban las beatas: allí estaba la perturbación, el maligno, ¡ah!, bocas de lodo y maldad, ¡ah!, hedientes y ácidas doncelleces, mezquinas y ávidas solteronas, bajo el comando de doña Rozilda... «¡Que Dios las perdone, en su infinita bondad!»

- Él incluso le bajó la mano a la pobrecita. Pasó las de Caín...

- Porque quiso. No porque le faltara mi consejo... Si no fuese tan calentona me hubiera hecho caso... Hice lo que estaba en mis manos...

Así peroraba doña Rozilda, madre de doña Flor, nacida para madrastra, intentando con denuedo cumplir su vocación.

- Pero a ella la había picado la tarántula..., le ardían las entrepiernas... Dios me libre..., no quiso oírme nada, se rebeló... Y encontró quien la apoyase..., casa donde esconderse...

Al decir esto miró hacia donde estaba arrodillada, rezando, doña Lita, su hermana, y agregó:

- Mandar decir una misa por ese inútil es tirar el dinero, es algo que sólo sirve para llenar la barriga del fraile...

Don Clemente tomó el turíbulo y echó incienso contra el fétido aliento del demonio, que salía por la boca de las beatas. Después descendió del altar, se detuvo ante doña Flor, puso afectuosamente una mano sobre su hombro y le dijo, para que lo oyeran las viejas ponzoñosas de aquel coro siniestro:

- Los ángeles extraviados también se sientan junto a Dios, en su gloria.

- Ángel... ¡Cruz Diablo!... Era un demonio del infierno... - rezongó doña Rozilda.

Don Clemente, la espalda algo encorvada, cruzó la nave, camino de la sacristía. En el corredor se detuvo a contemplar aquella extraña imagen en la que el artista anónimo había fijado a un tiempo la gracia y el cinismo. ¿Qué sentimientos lo habrían llevado a hacerlo, qué especie de mensaje había querido transmitir? Dominado por las pasiones humanas, el ángel devoraba con ojos lascivos a la pobre santa. Ojos de cachondo, como dijera Vadinho en su pintoresco lenguaje, y una sonrisa indecente una cara desvergonzada, alguien que no tenía arreglo. Igual a Vadinho, nunca se había visto tanto parecido. ¿No habría exagerado él, don Clemente; no habría hecho una afirmación precipitada, al poner a Vadinho junto a Dios, en su gloria?

Se aproximó a la ventana practicada en la piedra y contempló el patio del convento. Allí acostumbraba a sentarse Vadinho, sobre el muro, con el mar a sus pies, cortado por los saveiros. Una vez le dijo:

- Padre, si Dios quisiera mostrar su poder haría que el diecisiete se diera doce veces seguidas. Ése sí que sería un milagro famoso. Si ocurriera yo iba y cubría de flores toda la iglesia...

- Dios no se mete en el juego, hijo mío...

- Entonces no sabe lo que es bueno y lo que es malo. La emoción de ver la bolilla girando y girando en la ruleta y uno arriesgando la última ficha, con el corazón sobresaltado...

Y en tono de confidencia, como un secreto entre él y el sacerdote:

- ¿Cómo no va a saber eso Dios, padre? En el atrio, doña Rozilda elevaba la voz:

- Dinero tirado... No hay misa que salve a ese desgraciado. ¡Dios es justo!

Doña Flor, escondida la cara dolorosa bajo el chal, surgió en el fondo, apoyada en doña Gisa y en doña Norma. En la claridad azul de la mañana, la iglesia parecía un barco de piedra navegando.
2
Hasta el martes de carnaval por la noche no llegó la noticia de la muerte de Vadinho a Nazareth das Farinhas, en donde residía doña Rozilda en compañía del hijo casado, funcionario del Ferrocarril. Allí estaba amargándole la vida a la nuera, esclava de su mando dictatorial. Sin pérdida de tiempo, se fue a Bahía el miércoles de ceniza, día semejante a ella si se ha de creer a otro yerno suyo, Antonio Moráis: «Ésa no es una mujer, es un miércoles de ceniza, le quita la alegría a cualquiera.» El deseo de poner la mayor distancia posible entre su casa y la de la suegra fue sin duda uno de los motivos por el cual este Moráis vivía desde hacía varios años en los suburbios de Río de Janeiro. Hábil mecánico, aceptó la invitación de un amigo y allá se fue a probar suerte en el Sur, en donde prosperó. Se negaba a volver a Bahía, incluso de paseo, mientras «la arpía apestase el ambiente». Doña Rozilda, en cambio, no detestaba a Antonio Moráis, ni tampoco a su nuera. Pero sí detestaba a Vadinho, y jamás le perdonaría a doña Flor ese casamiento, resultado de una vil conspiración contra su autoridad y sus decisiones. En cuanto al casamiento de Moráis con Rosalía, la hija mayor, aunque no era lo que a ella le hubiera gustado, no se había opuesto al noviazgo ni había objetado el compromiso. No se llevaba bien ni con él ni con la nuera porque el carácter de doña Rosalía hacía que se consagrase a convertir la vida del prójimo en un infierno. Cuando no estaba llevándole la contraria a alguien, se sentía inútil y desdichada.

Con Vadinho era diferente: le tenía aversión desde los tiempos en que festejaba a doña Flor, cuando descubrió la red de engaños y trampas en que la enredara el indeseable pretendiente. Le había tomado odio para siempre, no podía siquiera oír su nombre. «Si en este país hubiera justicia ese canalla estaría en la cárcel», repetía, si le hablaban del yerno, si le pedían noticias del atorrante o le mandaban recuerdos para él.

Cuando visitaba a doña Flor, muy de cuando en cuando, era para estropearle el día, no hablando de otra cosa que de las trampas del mozo, su vida libertina, sus actos vergonzosos, sus escándalos cotidianos y permanentes.

Todavía estaba en la cubierta del barco y ya su boca había comenzado a despotricar, gritándole a doña Norma, que la esperaba en el muelle de la Bahiana a pedido de doña Flor:

- ¡Al fin estiró la pata el excomulgado!

El vapor estaba atracando, repleto de una impaciente multitud de viajeros sobrecargados de bultos, cestos, bolsos y los más diversos envoltorios con frutas, harina de mandioca, ñame y batata, charque, xuxu y zapallos. Doña Rozilda desembarcó vociferando:

- Le dio un ataque, ¿en?.., ¡ya debía haber reventado hace mucho tiempo!

Doña Norma se sentía derrotada; doña Rozilda tenía la virtud de dejarla sin fuerzas para reaccionar, en completo desánimo. La servicial vecina había amanecido en el pequeño muelle; su rostro bondadoso traslucía su afán de dar consuelo, de dar ánimo a una suegra enlutada y llorosa, estando dispuesta a lamentar a dúo la precariedad de las cosas de este mundo: hoy se está vivo y coleando y mañana en un cajón de difunto. Escucharía las lamentaciones de doña Rozilda, le ofrecería el consuelo de la resignación ante la voluntad de Dios, ¡Él sabe lo que hace!; y, juntas la madre y la amiga, conversarían sobre la nueva situación de doña Flor, viuda, sola en el mundo y tan joven todavía. Doña Norma iba preparada para eso: gestos, palabras, actitudes, todo sincero y sentido, nunca hubo en su modo de ser la menor parcela de hipocresía. Doña Norma se sentía un poco responsable por todo el mundo, era la providencia del barrio, una especie de socorro de urgencia de los alrededores. De toda la vecindad acudían a la puerta de su casa (la mejor casa de la calle: sólo la de los argentinos de la fábrica de cerámica, los Bernabós, podía compararse con ella y ser quizá algo más lujosa); todas venían a pedir algo en préstamo, desde la sal y la pimienta hasta la loza para los almuerzos y cenas y las prendas de vestir para las fiestas.

- Doña Norma, mamá me mandó a preguntar si usted podía prestarnos una jicara de harina de trigo, que es para una tarta que está haciendo. Después se la paga...

Era Anita, la hija menor del doctor Ives, un vecino cuya esposa, doña Emina, cantaba canciones árabes acompañándose al piano.

- Pero, nena, ¿tu mamá no fue ayer al mercado? ¡Hum...! ¡Qué mujer más olvidadiza...! ¿Una jicara basta? Dile que si quiere más que mande a buscarla.

O si no, era el negrito de la residencia de doña Amelia, con su voz chillona:

- Doña Norma, la patrona me mandó a pedir la corbata negra de don Sampaio, la del lazo de mariposa, que a la del señor Ruas se la comió la polilla...

Eso cuando no aparecía doña Risoleta, dramática, siempre con su aire de mortificada:

- Normita, acuda por el amor de Dios...

- ¿Qué pasa, mujer?

- Un borracho se plantó a la puerta de casa, no hay modo de hacerlo salir, ¿qué hago?

Allá se fue doña Norma, y cuando reconoció al hombre se echó a reír:

- Pero si es Bastiáo Cachaca, queridos... Vete, Bastiáo, sal de ahí, vete a echar un sueño en el garaje de casa...

Y así el día entero: cartas pidiendo dinero prestado, llamados urgentes para socorrer a un enfermo, y los parroquianos reclamando las inyecciones. Doña Norma les hacía competencia gratuita a los médicos y a las farmacias, para no hablar de los veterinarios, pues todas las gatas de los alrededores venían a dar a luz a los fondos de la casa, sin que allí les faltara jamás asistencia y alimento. Distribuía muestras de remedios, suministrados por el doctor Ives; cortaba vestidos y moldes (estaba diplomada en Corte y Confección); redactaba las cartas del personal doméstico, daba consejos, oía lamentaciones, secundaba proyectos matrimoniales, incubaba amores, resolvía los más diferentes problemas, y siempre alborozada. Por todo lo cual Zé Sampaio la definía así:

- Es una caga- volando, no tiene paciencia ni para sentarse en el artefacto... - y metía en la boca el dedo grande, resignado.

La buena vecina se había hecho a la idea de ir a recibir a una doña Rozilda apenada, a la que consolaría amparándola en su pecho. Y la otra le salía con esa absurda insensatez, como si la muerte del yerno fuese una noticia festiva. Ahí venía ahora, descendiendo por la escala, en una mano el clásico envoltorio de harina de Nazareth, bien tostada y olorosa, además de una cesta en la que se movían con impaciencia una sarta de cangrejos comprados a bordo, y en la otra una sombrilla y la maleta. Felizmente, pensó doña Norma, no se trataba de una maleta grande, de esas que anuncian la intención de quedarse, sino una pequeña, de madera, de las que se usan en las visitas breves, por unos pocos días - y- hasta- otra- vez. Se adelantó para ayudarla y darle el ceremonioso abrazo de los pésames; por nada del mundo hubiera dejado de cumplir el penoso deber de las condolencias.

- Mis condolencias...

- ¿Pésames? ¿A mí? No, querida mía, no desperdicie su cortesía. Por mí, ya podía haber espichado hace mucho tiempo, no lo echo de menos. Ahora puedo golpearme el pecho y decir de nuevo que en mi familia no hay ningún descastado. Y qué vergüenza, ¿eh?, eligió morir en medio del carnaval, disfrazado... a propósito...

Se detuvo junto a doña Norma y puso en el suelo la maleta, la cesta y el envoltorio para observar mejor a la otra, la midió de arriba abajo y le hizo un elogio intencionado:

- Pues sí señor..., no es por adularla, pero usted engordó una pizquita..., está lindaza, mozota, gordita, apetitosa, que Dios la bendiga y la libre del mal de ojo...

Arregló la cesta, de la que intentaban huir los cangrejos, e insistió con terquedad:

- Así me gusta: una mujer que no presta oídos a las estupideces de moda..., como ésas que andan por ahí haciendo régimen para adelgazar y que terminan tísicas... Señora mía...

- No diga eso, doña Rozilda. Y yo que pensé que estaba más delgada... Sepa que estoy siguiendo un régimen de los más severos. Suprimí la cena y hace un mes que no sé lo que es el gusto de los frijoles...

Doña Rozilda volvió a examinarla con ojo crítico:

- Pues no lo parece...

Con la ayuda de doña Norma volvió a hacerse cargo de los envoltorios, y ambas se encaminaron hacia el Elevador Lacerda mientras doña Rozilda ametrallaba:

- ¿Y don Sampaio? ¿Siempre metido en cama? Nunca vi un hombre con menos chispa. Parece un perro viejo...

A doña Norma no le gustó la comparación y sonrió con aire de reprobación:

- Es su carácter, él es así..., apagado... Doña Rozilda no era mujer capaz de disculpar las flaquezas humanas:

- Válgame Dios..., un marido tan encerrado en sí mismo como el suyo debe ser un castigo. El mío..., el finado Gil..., bueno, no voy a decir que valiese gran cosa, no era ningún santo..., pero, en comparación con el suyo..., un hombre que no sale, que no va a ninguna parte, siempre malhumorado, siempre en casa...

Doña Norma intentaba cambiar de conversación, llevarla por un camino lógico: después de todo, doña Rozilda había perdido un yerno y por eso venía a la capital; era sobre tan palpitante y dramático asunto de lo que debían hablar, y ésa había sido la intención de doña Norma cuando fue a buscarla al puerto:

- Flor anda muy triste y abatida. Lo sintió mucho.

- Porque es una pasmosa, una tonta. Siempre lo fue, no parece hija mía. Salió a su padre, señora mía, usted no conoció al finado Gil. No lo digo por alabarme, no, pero el hombre de la casa era yo. Él no decía ni pío, quien resolvía todo era esta servidora de usted. Flor tiró a él, salió floja, sin voluntad; si no, ¿cómo pudo aguantar tanto tiempo un marido tal como el que se consiguió?

Doña Norma pensó para sí que si el finado Gil no hubiese sido también una papilla, un flojo sin voluntad, ciertamente no hubiera soportado mucho tiempo a semejante esposa, y lamentó la suerte que le tocó al padre de doña Flor. Y también la de doña Flor, ahora amenazada por las constantes visitas de su madre, que incluso era capaz - ¿quién sabe?- de venir a residir con la hija viuda y corromper la atmósfera cordial del Sodré y sus alrededores.

En los tiempos de Vadinho, cuando doña Rozilda aparecía, lo hacía a la disparada, en rápidas visitas de paso, el tiempo indispensable para hablar mal del yerno y emprender el camino de vuelta antes de que el maldito apareciera con sus chacotas de mal gusto. Porque con Vadinho doña Rozilda nunca lograba ventaja; jamás lo había dominado, y ni siquiera había conseguido ponerlo alguna vez nervioso e irritarlo. Apenas la veía, generalmen­te murmurando, le daba un ataque de risa y el granuja se mostraba muy satisfecho, como si la suegra fuese su visita preferida.

- Pero miren quién está aquí: mi santa suegrecita, mi segunda madre, este corazón de oro, esta candida paloma. Y esa lengüita, ¿cómo está?, ¿bien afilada? Siéntese aquí, mi santa, junto a su yernecito querido, y pongamos al sol todos los trapos sucios de Bahía...

Y se reía, con aquella risa tan suya, sonora y alegre, de hombre astuto y satisfecho de la vida: si los vencimientos de tantos documentos, si tanta deuda por todas partes, tantos aprietos de dinero y tanta urgencia de efectivos no habían conseguido entristecerlo y exasperarlo, ¿qué esperanzas podría alimentar doña Rozilda de conseguirlo? Por eso lo odiaba, y por lo que él le hiciera en los primeros tiempos de las relaciones amorosas con su hija.

Entonces, en un rapto de ira, abandonaba el campo de batalla, y, espoleada por la risa del yerno, se vengaba en doña Flor, acusándola en plena calle, ante agitadas asambleas:

- Nunca más volveré a poner los pies en esta casa, ¡hija maldita! Quédate con tu perro marido, déjalo que insulte a tu madre, olvida la leche que mamaste... Me voy antes de que me pegue... No soy como tú, que te gusta la leña. - La risotada de Vadinho la perseguía por las esquinas y restallaba en las callejuelas como una carcajada burlona, y doña Rozilda perdía la cabeza. Cierta vez la perdió completamente, al punto de olvidarse de su condición de señora viuda y recatada: deteniéndose en la calle abarrotada de gente y volviéndose hacia la ventana, en la que su yerno se desternillaba de risa, con el brazo desnudo hizo el gesto de pelarle todo un racimo si no todo un cacho de bananas. Acompañaba el grosero gesto con maldiciones e insultos, desgañitándose:

- Tome, puerco, tome y métaselo en el... Los que pasaban se escandalizaron, entre ellos el grave profesor Epaminondas y la pulcra doña Gisa.

- Qué mujer más desaforada... - comentó el profesor.

- Es una histérica... - sentenció la profesora.

A pesar de conocer bien a doña Rozilda, pues había sido testigo de ése y de otros furores suyos; a pesar de estar familiarizada con su difícil carácter, aun así, mientras hacían cola para entrar al Elevador, volvía doña Norma a sorprenderse. Nunca pudo imaginar que pudiese persistir la inquina entre la suegra y el yerno más allá de la muerte, y que doña Rozilda no concediera al finado ni siquiera una palabra de aflicción, aunque fuese sin sentirla, sólo para guardar la forma, de labios afuera. Ni eso:

- Hasta el aire que se respira aquí es más suave desde que el desgraciado estiró la pata...

Doña Norma no pudo contenerse:

- ¡Ave María! Señora, qué rabia le tenía usted a Vadinho, ¿eh?

- ¡Vaya! ¿Acaso no era para tenérsela? Un atorrante que no poseía nada; ni para un remedio; una esponja, un jugador, no valía para nada... Y se metió en mi familia, la mareó a mi hija, sacó a la infeliz de la casa para vivir a costa de ella...

Jugador, borrachín, mal marido... Todo era verdad, reflexionó doña Norma. Pero ¿cómo se puede odiar más allá de la muerte? ¿Acaso en las exequias de los difuntos no se deben barrer y enterrar resentimientos y discordias? Mas no era ésa la opinión de doña Rozilda:

-Me llamaba vieja chismosa, nunca me respetó, se reía de mí en mis narices... Me engañó cuando me conoció, me tomó por idiota, me hizo pasar las de Caín... ¿Por qué voy a olvidarme? ¿Solamente porque está muerto, en el cementerio? ¿Sólo por eso?

3
Cuando el recordado Gil pasó a mejor vida, aquel papilla carente de energía dejó a la familia en medio de serias apreturas, en muy precaria situación. En este caso no se trata sólo de una frase hecha - «pasó a mejor vida»- , no se trata de un lugar común; es una expresión que refleja con exactitud la realidad. Fuese lo que fuere lo que lo esperara en los misterios del más allá, un paraíso de luz, de música, de ángeles luminosos, o un tenebroso infierno con calderas hirviendo; o un húmedo limbo; o peregrinaciones por los círculos siderales, o nada, sólo el no ser, cualquier cosa sería mejor si se la compara a la vida en común con doña Rozilda.

Flaco y silencioso, cada día más flaco y más silencioso, don Gil sustentaba su tribu con lo que le dejaban unas modestas representaciones comerciales, de productos de reducida aceptación, que le proporcionaban discretas ganancias, apenas lo suficiente para los gastos: los diarios garbanzos, el alquiler del primer piso en la Ladeira do Alvo, la ropa de los chicos, las pretensiones burguesas de doña Rozilda con sus manías de grandeza, su ambición de relacionarse con familias importantes y de penetrar en los círculos de gente bien forrada de dinero. Doña Rozilda no se daba con la mayoría de los vecinos, a los que no había favorecido la suerte: empleados de tiendas, almacenes, escritorios, cajeros y costureras. Despreciaba a esa gentuza incapaz de ocultar su pobreza; ella se daba aires, llena de jactancia, y sólo se trataba con algunos de los habitantes de la Ladeira, con las «familias representativas», como le insistía al finado Gil cuando lo pescaba en flagrante delito, sorbiendo una cervecita en la poca recomendable compañía de Cazuza Embudo, quinielero y sableador metido a filósofo, uno de los más discutibles locatarios del Alvo. ¿Será necesario aclarar que Embudo no era su apellido? No era más que un apodo significativo, que aludía a su gaznate siempre abierto, a su sed insaciable.

¿Por qué no frecuentaba Gil, en cambio, al doctor Carlos Passos, médico reputado; al ingeniero Vale, capo en la secretaría de Vialidad; al telegrafista Peixoto, señor entrado en años, en vísperas de ser jubilado, habiendo alcanzado la cumbre de la carrera postal; al periodista Nacife, todavía joven, pero que ya juntaba algún dinerito con
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