Jorge amado






descargar 1.76 Mb.
títuloJorge amado
página3/51
fecha de publicación12.07.2015
tamaño1.76 Mb.
tipoDocumentos
l.exam-10.com > Finanzas > Documentos
1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   51

Intervalo



Breve noticia (aparentemente innecesaria)

de la polémica que se desató en torno

al posible autor de un poema anónimo,

que circulaba de cafetín en cafetín

y en el cual el poeta lloraba

la muerte de Vadinho - revelándose

aquí, al fin, la verdadera identidad

del ignoto bardo, sobre la base

de pruebas concretas
(declamación a cargo del inmenso Robato Filhol)

No. Ciertamente no se iba a transformar, con el transcurso del tiempo, en un misterio indescifrable de las letras, en otro oscuro enigma de la cultura universal que desafiase, siglos después, a universidades y sabios, estudiosos y biógrafos, filósofos y críticos, convirtiéndose en materia de investigaciones, comunicaciones, tesis para ocupación de becados, institutos, catedráticos, historiadores y bellacos varios en busca de existencia fácil y regalada. Éste no iba a ser un nuevo caso Shakespeare, no pasaría de convertirse en una duda tan insignificante como el pequeño acontecimiento que le servía de tema e inspiración al poema: la muerte de Vadinho.

No obstante, en los medios literarios de Salvador surgió una pregunta, y en torno a ella se desató la polémica: ¿cuál de los poetas de la ciudad había compuesto - y hecho circular- la Elegía a la irreparable muerte de Waldomiro Dos Santos Guimaraes, Vadinho para las putas y los amigos? La discusión fue adquiriendo rápidamente intensidad y no tardó en agudizarse, causando su actitud enemistades, represalias, epigramas y hasta algunas bofetadas. Sin embargo, todo - debates y rencores, dudas y certidumbres, afirmaciones y negaciones, insultos y sopapos- quedo circunscrito a las mesas de los bares, donde, alrededor de las heladas copas de cerveza, se juntaban hasta altas horas de la noche los incomprendidos talentos jóvenes (para demoler y arrasar toda la literatura y el arte anteriores a la feliz aparición de aquella nueva y definitiva generación), así como los escritorzuelos enconados, empedernidos, resistentes a todas las innovaciones, con sus retruécanos, epigramas y frases retumbantes; unos y otros - genios imberbes y literatos sin afeitar- enarbolaban con la misma violenta decisión sus últimas producciones en prosa y verso, todas y cada una de ellas destinadas a revolucionar las letras brasileñas, si Dios quisiera.

Mas no por limitarse la polémica al ámbito del estado de Bahía (del estado y no sólo de la capital), pues el debate repercutió en municipios de la región del cacao (en los anales de la Academia de Letras de Ilhéus pueden encontrarse referencias dignas de crédito a propósito de una velada que se dedicó al estudio del problema); ni por no haber obtenido espacio en los suplementos y revistas, agotándose en las discusiones orales; no por todo eso el curioso, y a veces agrio debate, puede dejar de merecer atención e interés a la hora de narrar la historia de doña Flor y de sus dos maridos, en la cual Vadinho es un personaje importante, un héroe situado en primer plano.

¿Héroe? ¿No será más bien el villano, el bandolero responsable de los sufrimientos de la muchacha, en este caso doña Flor, esposa dedicada y fiel? Ese es otro problema, desligado de la cuestión literaria, que preocupaba en aquella ocasión a poetas y prosistas: un problema quizá más difícil y grave, quedando a cargo vuestro el darle respuesta si una obstinada paciencia os hace llegar hasta el final de estas modestas páginas.

Pero nadie dudaba que Vadinho era el héroe indiscutible de la elegía: «jamás habrá otro mágico juglar que tenga tanta intimidad con las estrellas, los dados y las putas», retumbaban los versos en desmedida alabanza. Y si el poema - tal como sucedió con la polémica- no obtuvo espacio en las hojas literarias, no fue por falta de méritos. Un tal Odorico Tavares, poeta federal que estaba por encima de los chismes de los vates estatales (el déspota controlaba dos diarios y una estación de radio, y los tenía a todos en un puño), al leer una copia dactilografiada de la elegía se lamentó:

- Lástima que no se pueda publicar...

- Si no fuera anónimo... - reflexionó otro poeta, Carlos Eduardo.

El tal Carlos Eduardo, joven que se las daba de buen mozo, era un experto en antigüedades y socio de Tavares en un negocio un tanto oscuro de imágenes antiguas. Los más fracasados literatoides y los genios juveniles más vehementes, todos los que no tenían ninguna esperanza de ver estampados sus nombres en el suplemento dominical de Odorico, acusaban a éste y a Carlos Eduardo de negociar antiguas tallas de santos, robadas en las iglesias por un grupo de rateros especializados, bajo la jefatura de un tipo de dudosa reputación, un mentado Mario Cravo, amigo y cofrade de Vadinho. El astuto Cravo, flaco y bigotudo, vivía manipulando piezas de automóvil, chapas de hierro y máquinas averiadas: retorcía y remendaba toda esa chatarra y luego le atribuía valor artístico al resultado, entre los aplausos de los dos poetas y de otros entendidos, que unánimemente calificaban aquellos hierros como escultura moderna, afirmando que el fulano era una revelación, un artista notable y revolucionario. He ahí otro asunto cuyo análisis no tiene cabida en estas páginas: el del valor real del maestro Cravo, pues no es posible estudiar aquí su obra. Adelantemos, sólo a título de información, el dato de que la crítica consagró después su obra, e incluso algunos plumíferos extranjeros le dedicaron estudios. Pero en aquel entonces no era todavía un artista conceptuado, sólo estaba en los comienzos, y, si bien poseía cierta notoriedad, se la debía sobre todo a su discutible actuación en las sacristías y los altares. En cierta ocasión de extremada penuria el mismo Vadinho participó personalmente, según consta, en una sigilosa peregrinación nocturna a la iglesia de Recóncavo, romería organizada por el herético Mario Cravo. El saqueo de la iglesia dio que hablar debido a que una de las piezas birladas, un San Benito, era atribuida a Fray Agostinho da Piedades, y los frailes pusieron el grito en el cielo. Actualmente la valiosa imagen se encuentra en un museo del Sur, por obra y gracia - si hemos de creer a los maledicentes pseudoliteratos- de Odorico y Carlos Eduardo, que en aquellos días eran flacos y estaban asociados tanto en la musa lírica como en el devoto comercio.

Esa mañana, antes del almuerzo, estaban ellos conversando en la redacción sobre cosas de santos y de cuadros cuando Carlos Eduardo sacó del bolsillo una copia de la elegía y se la dio a leer al poeta Odorico.

Lamentando no poder publicarla - «no por anónima, pondríamos un pseudónimo cualquiera..., sino por las palabrotas»- , Tavares insistió: «Es una pena...», y volvió a leer en voz alta otro verso:

«Están de luto los jugadores y las negras de Bahía.»

Le preguntó al amigo:

- Habrás descubierto en seguida al autor, ¿no?

- ¿Crees que será de él? Sin embargo, me pareció...

- Está a la vista..., escucha: «Un momento de silencio en todas las ruletas, banderas a media asta en todos los mástiles de los burdeles, nalgas desesperadas que sollozan.»

- Es capaz...

- Es es capaz. Es, con seguridad - agregó riendo- . Viejo sinvergüenza...

En los medios literarios no estaban tan seguros. Atribuyeron la elegía a distintos poetas, unos, vates conocidos, otros, jóvenes principiantes. Fue adjudicada a Sosígenes Costa, a Carvalho Filho, a Alves Ribeiro, a Helio Simóes, a Eurico Alves. Muchos señalaron a Robato como el autor más probable. ¿Acaso no la declamaba él con entusiasmo, con toda su voz, rica en modulaciones?

«Con él partió la madrugada, cabalgando la luna.»

No podían creer que Robato recitase versos de otro, gesto poco habitual en esos medios; no tenían en cuenta el generoso carácter del sonetista, su predisposición a admirar y aplaudir la obra ajena.

Puede incluso afirmarse que el comienzo del éxito de la elegía, y el principio de la polémica suscitada por ella, ocurrió una alegre noche en el burdel de Carla, la «gorda Carla», competente profesional llegada de Italia, cuya cultura sobrepasaba la del «métier» (en el que, además, «descollaba», según Néstor Duarte, ciudadano de afamada inteligencia y que había corrido mundo, todo un conocedor); Carla había leído a D'Annunzio y se volvía loca por unos versos. «Romántica como una vaca», así la calificaba el bigotudo Cravo, con quien ella anduviera metida durante un tiempo. Carla no podía vivir sin una pasión dramática y navegaba de bohemio en bohemio, suspirando y gimiendo, muerta de celos, con sus inmensos ojos azules, sus senos de prima donna, sus muslos enormes. También Vadinho había merecido sus favores y algún dinero, si bien ella prefería a los poetas. Incluso versificaba en la «dulce lengua de Dante con mucho estro e inspiración», como decía el adulador Robato.

Todos los jueves por la noche Carla patrocinaba una especie de salón literario que se celebraba en sus amplios aposentos. Participaban en él poetas, artistas, bohemios y algunas figuras destacadas, como el magistrado Airosa, y las chicas del prostíbulo estaban siempre dispuestas a celebrar los versos y a reírse con las anécdotas mientras se servían bebidas y pasteles. Carla presidía la soirée, reclinada en un diván repleto de cojines y almohadones, vistiendo una túnica griega o simplemente cubierta de pedrerías: una ateniense de figurín o una egipcia de Hollywood recién salida de una ópera. Los poetas declamaban, intercambiaban frases ingeniosas, epigramas, retruécanos, y el magistrado sentenciaba algún axioma preparado durante la semana con duro esfuerzo. El momento culminante de la tertulia era cuando la dueña de la casa, la gran Carla, surgía de entre las almohadas, con su tonelada de carne blanca recubierta de falsa pedrería, y, con un hilo de voz, algo paradójico en mujer tan monumental, declamaba su amor al último elegido en azucarados versos italianos. Mientras esto sucedía, el artista Cravo y otros groseros materialistas se aprovechaban de la semioscuridad reinante en la sala - la luz estaba dispuesta así, para oír y sentir mejor la poesía en la penumbra- y, sin respetar una atmósfera de tan alta espiritualidad, de tan excelsos sentimientos, los infames toqueteaban descaradamente a las chicas, procurando conseguir favores gratuitos en perjuicio de la caja del prostíbulo.

Los saraos terminaban siempre deslizándose de la poesía a la pornografía hacia el final de la noche. Brillaban entonces Vadinho, Giovanni, Mirandáo, Carlinhos Mascarenhas y, sobre todo, Lev, un arquitecto que comenzaba su carrera, hijo de inmigrantes, galancete larguirucho como una jirafa, dueño de un repertorio inagotable y buen narrador. Soportaba un nombre ruso impronunciable y las chicas lo habían bautizado, Lev Lengua de Plata, quizá por sus cuentos. Quizá...

En uno de aquellos «elegantes encuentros de la inteligencia y la sensibilidad», declamó Robato, con voz trémula, la elegía a la muerte de Vadinho, prolongándola con algunas palabras emocionadas sobre el desaparecido, amigo de todos los que frecuentaban aquel «delicioso antro del amor y de la poesía». Hizo referencia, de pasada, al hecho de que el autor había preferido «las nieblas del anonimato al sol de la publicidad y de la gloria». El, Robato, había recibido una copia del poema de manos de un oficial de la Policía Militar, el capitán Crisóstomo, también amigo fraternal de Vadinho. Pero el militar carecía de otras informaciones sobre la identidad del poeta.

Muchos atribuyeron los versos al mismo Robato, pero, ante su rotunda negativa a aceptarlos como suyos, anduvieron señalando como autor a cuanto poeta versificaba en la ciudad, especialmente aquellos de condición noctámbula y de reconocida bohemia. Sin embargo, no faltó quien jamás creyese en las negativas de Robato, atribuyéndolas a modestia y persistiendo en señalarlo como autor del poema. Todavía hoy hay quienes piensan que las estrofas de la elegía fueron obra suya.

La discusión se fue agriando hasta tal punto que en cierta ocasión llegó a traspasar los límites de la literatura y de la civilidad, terminando el conflicto en bofetones cuando el poeta Clóvis Amorim, cuya lengua viperina le llenaba la boca de epigramas, chupando permanentemente el cigarro comprado en el Mercado Modelo, negó al bardo Hermes Climaco la menor posibilidad de ser el autor de los discutidos versos, pues carecía de genio y gramática para tanto.

- ¿De Climaco? No diga tonterías... Ése, con mucho esfuerzo, podrá hacer una cuartela de heptasílabos. Es un poeta constipado...

Quiso la mala suerte que en ese momento apareciera en la puerta del cafetín el poeta Climaco, con su eterno traje negro, llevando capa y paraguas, quien arremetió encolerizado:

- Constipada es la puta que te parió...

Y se agredieron a insultos y sopapos, con evidente ventaja de Amorim, mejor versificador y atleta más robusto.

También es curioso y digno de contarse lo sucedido con un individuo, autor de dos escuálidos cuadernos de versos, al que algunas personas menos avisadas le conferían la paternidad del poema. Primero, la negó con firmeza; luego, como insistieran, fue menos pertinaz en sus negativas, y por último sus palabras fueron tan confusas y tímidas que la negativa parecía más bien una avergonzada afirmación.

«Es de él, no hay duda», decían al verlo restregarse las manos, bajar los ojos y sonreír, mientras murmuraba:

- Es cierto que parecen versos míos. Pero no lo son...

Lo negaba siempre, pero al mismo tiempo jamás admitía que se le atribuyeran a otro las discutidas estrofas. Si lo intentaban, se desesperaba por demostrar la imposibilidad de semejante hipótesis. Y si algún obstinado insistía en sus argumentos, refunfuñaba, terminante y misterioso:

- Bueno..., ¿me lo van a decir a mí?.. Tengo razones para saberlo...

Y cuando las oía declamar acompañaba lentamente el recitado, corrigiéndolo en cuanto se alteraba una palabra, velando por la fidelidad del poema, celoso como si la obra fuera suya. Sólo más tarde, cuando se reveló el nombre del verdadero autor, se desprendió finalmente de esa gloria ilícita. Pasó entonces de inmediato a decir horrores de la elegía, negándole cualquier mérito o belleza: «poesía de prostíbulo y de estercolero».

En medio de tantas discusiones, la elegía continuaba su curso, leída y adornada, recitada en las mesas de los bares al caer la madrugada, cuando la cachaca hacía surgir los sentimientos más nobles. Los recitadores le cambiaban adjetivos y verbos y a veces trastocaban o se tragaban las estrofas. Pero, correcta o adulterada, mojada en cachaca, caída en el suelo de los cabarets, allá iba la elegía elogiando a Vadinho, entonando su alabanza. Quienquiera que la hubiese compuesto reflejaba el sentimiento general de aquel submundo en el que Vadinho se había movido desde la adolescencia y del cual terminó siendo una especie de símbolo. La elegía fue el punto más alto en el derroche de loas al mozo jugador. Si le fuera posible oír tantas expresiones elogiosas y nostálgicas no lo hubiera creído. Jamás fuera en vida blanco de tantos encomios y alabanzas; muy al contrario: vivió con los oídos zumbándole constantemente con el rumor de retos, consejos y sermones, referidos a su mala vida y a sus malos sentimientos.

Por otra parte, la indulgencia con respecto a sus fechorías y a esa exhibición pública de sus pretendidas cualidades, transformándole en héroe de poema y en figura casi legendaria, duró poco tiempo. Una semana después de su muerte ya comenzaban las cosas a ser puestas de nuevo en su punto, y la opinión de las clases conservadoras, responsables de la moral y la decencia, se manifestó por boca de las comadres y las vecinas, intentando imponerse al anárquico y disolvente panegírico trazado por la subversiva ralea de los burdeles y los casinos en un intento criminal de socavar las costumbres y el régimen. Se creaba así un nuevo y apasionante problema, como si no bastara con el de la propiedad de los versos. Con referencia a esta última, se prometieron pruebas de la verdadera identidad del autor, por fin revelada ahora e inscrita para siempre en el libro de oro de las letras patrias.

Cuando, años después de la muerte de Vadinho, el poeta Odorico recibió su volumen de las
1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   51

similar:

Jorge amado iconJorge amado

Jorge amado iconVamos a interpretar un fragmento de la obra Coplas por la muerte...

Jorge amado iconEn paz Amado Nervo

Jorge amado iconAutor: Nervo, Amado

Jorge amado iconLección cuatro juan “El Amado

Jorge amado iconPoesía Autor Amado Nervo

Jorge amado iconLa lengua y la literatura Amado Nervo

Jorge amado iconPorque no está el Amado en el Amante

Jorge amado icon“El ángel caído” de Amado Nervo o el mundo en armonía

Jorge amado iconEsta es una oración escrita pa ti padre amado






© 2015
contactos
l.exam-10.com