Jorge amado






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modinha.

Reclinada en la cabecera, semicubierta por una sábana, vestida con una bata de encaje, cuyo escote dejaba ver sus pechos colmados, la mulata Dionisia de Oxóssi sonreía cordialmente a las inesperadas visitas. En la comba del brazo, al calor de su seno, el hijo dormido. Era una criatura grandota, de un moreno subido. Debajo de una silla, un sahumador quemaba espliego, perfumando la ropita del recién nacido puesta sobre la paja del asiento. Más allá de la silla, dos latas de querosene, cubiertas con papel de seda, hacían la vez de taburetes. En un ángulo de la pared del fondo, el peji con las armas de Oxóssi, el arco y la flecha, el erukeré, una estampa de San Jorge matando el dragón, una piedra verde, probablemente fetiche, de Yemanjá, y un collar de cuentas azul turquesa.

- Don Joáo - pidió la mulata con su voz cadenciosa- , haga el favor, saque esa ropita de la silla y póngala en el ropero; es para mudar al nene después del baño. Y alcáncele la silla a esa joven - dijo señalando a doña Norma; luego, volviéndose a doña Flor, le dijo sonriendo- : Usted es más joven, disculpe, tendrá que sentarse en el cajón.

Reclinada en la cama, presidía los arreglos que se hacían en el cuarto, los movimientos del lustrabotas al trasladar la silla y las latas, tranquila y sonriente, sin preguntar siquiera por la causa de aquella inesperada visita. Quien la viera así, tan serena, comprendería por qué Carybé la retrató vestida de reina, en un trono de afoxé.

Doña Norma, adelantándose al negro, tomó la camisita y el pañal y puso todo en el ropero, al mismo tiempo que hacía un balance completo de los vestidos, las blusas, los zapatos y las sandalias de la mulata.

- Arrime una lata para usted también, don Joáo, y tome asiento.

- Yo me quedo de pie, Dió, así estoy bien.

- Lo mejor para hablar es hacerlo con calma y sentados, don Joáo, que estar de pie y con prisa no ayuda a entenderse.

El negro, sin embargo, prefirió recostarse en la ventana, vuelto hacia la mañana, cada vez más luminosa. Un fragmento de canción penetraba cuarto adentro, yendo a morir quejumbrosamente en la cama de Dionisia.
En las cadenas de tu amor,

esclavizada siervo,

mi señor.
Una vez sentadas doña Norma y doña Flor se hizo un momento de silencio, pero en seguida Dionisia lo cubrió con su voz cálida, volviéndose hacia la luz de aquel día tan hermoso, y lamentando no haber podido salir todavía a la calle:

- No me hallo en casa cuando la lluvia lava la cara del día y éste reluce como brote nuevo, juguetón...

A doña Norma le ocurría otro tanto, así que las dos continuaron hablando del sol y de la lluvia y del lunar en Itapoá o en Cabula, hasta que sin saber cómo desembocaron en Recife, donde vivía una hermana de doña Norma casada con un ingeniero pernambucano, y donde Dió residiera por unos meses antes:

- Me quedé más de siete meses. Llegué allí siguiendo a un polizón que me hizo perder la cabeza, un loco. Pero se fue por ahí...

¿Adonde no hubieran llegado las dos, a qué lejanos puertos, en ese diálogo intrascendente, sin motivo - hablar por el placer de hablar- , si doña Flor, al oír el carillón de una iglesia del Terreiro que anunciaba la hora del mediodía, no se alarmase e interrumpiese la amable plática?

- Normita, vamos a demorarnos mucho...

- Por mí no, a mí no me molesta, es un placer... - dijo Dionisia.

- En otra oportunidad vendremos con más tiempo - prometió doña Norma- . Hoy venimos con un propósito...

- Ustedes dirán...

- Esta amiga mía, doña Flor, no tiene hijos ni puede tenerlos. Está conformada así, en fin...

- ¡Ah, sí! Tiene los ovarios dados vuelta. ¿No?

- Más o menos...

- Pero puede arreglarse... Marildes, una conocida mía, los arregló.

- Pero Flor no tiene remedio, ya se lo dijo el médico.

- ¿El médico? - dijo, divertida, echando una carcajada- . Los médicos sólo saben decir palabras bonitas y escribir con mala caligrafía. Si la señora es joven debe ir a ver a Paizinho, él arregla eso en un dos por tres. ¿No le parece, don Joáo?

Joáo Alves asintió:

- ¿Paizinho? Él le hace unos pases en la barriga y usted comienza a tener hijos sin parar.

Doña Norma resolvió cambiar el tema, dejar al hechicero con toda su fama y su reputación de babalaó. Sus ojos no se apartaban de la criatura dormida. ¿No sería mejor poner antes en limpio el asunto, saber si era realmente hijo de Vadinho?

Desde luego, no parecía tan negrito. Pero doña Flor precipitó la conversación, alzando la voz con la obstinada decisión de los tímidos:

- Vine aquí para hablar de un asunto serio, para hacerle una proposición y ver si llegamos a un acuerdo...

- Pues hable, joven señora, que por mi parte haré lo que pueda por satisfacerla.

- El niño... - dijo doña Flor, y se quedó sin saber cómo proseguir.

Doña Norma retomó la palabra:

- Usted tuvo un niño hace unos días, no?

Dionisia miró al chico y sonrió, confirmando alegremente.

- Mi amiga vino aquí para hablar con usted... ¿Sabe? Ella hizo una promesa cuando estuvo a la muerte: su primer hijo sería cura si el Señor del Bonfim le devolvía la salud. - Doña Norma se demoraba, pues esa historia, tramada en la víspera, nunca la había convencido totalmente- . Y bien, Dios la oyó y ella se curó, algo milagroso.

La mulata la escuchaba, curiosa por descubrir el eslabón que unía la enfermedad de la joven y el milagro del Señor del Bonfim con su chico. Doña Norma se apresuró a cumplir la misión, la tan incómoda tarea:

- Pero no habiendo tenido el hijo, ¿qué hacer para cumplir la promesa? Únicamente adoptando una criatura, criándola como a un hijo propio para mandarlo después al seminario a estudiar... Le hablaron de su niño y lo eligió...

Dionisia sonrió dulcemente, ¿no era eso un elogio a su niño? Doña Norma interpretó la sonrisa como una aprobación y aclaró:

- Ella quiere adoptar al chico, pero adoptarlo de verdad, con documentos, todo legal y para siempre. Para llevarlo y criarlo como a un hijo.

Dionisia se quedó inmóvil, en silencio, los ojos entrecerrados. ¿Habría entendido bien las palabras de doña Norma o sólo estaba escuchando la canción lejana?
Quisiera

en tus brazos morir,

antes morir

que seguir viviendo así...
«Antes morir», murmuró para sí, y cuando volvió a abrir los ojos había desaparecido la cordialidad anterior y una nueva atmósfera surgía de su mirar vidrioso, del rictus formado en su boca.

- ¿Y por qué? - preguntó sin alzar la voz- . ¿Por qué escogió a mi hijo? ¿Por qué precisamente el mío?

El suyo debía ser un sufrimiento implacable, inhumano, pensó doña Norma. ¿Qué madre desea separarse de su hijo? Incluso siendo pobre, sin recursos, viviendo en la miseria, aun así, es como desgarrarse el corazón.

- Alguien habló de su nene, dijo que era fuerte y sano... y que usted no tenía medios para educarlo...

Si no fuese por el bien de la criatura - explicaba- , si no se tratase del hijo de Vadinho, con todas las implicaciones que eso entrañaba, doña Norma no estaría allí, haciendo de intermediaria para semejante proposición, arrancándose de la garganta las palabras. Pero ¿sería verdaderamente hijo de Vadinho? Esta Dionisia era una mujer de vientre sucio. El niño había salido todavía más oscuro que ella. ¿Dónde estaban los cabellos rubios de Vadinho? Doña Norma hizo un nuevo esfuerzo, sin embargo, pues para el niño eso era lo mejor, ya que tendría el futuro asegurado:

- El Terreiro está repleto de criaturas que andan por ahí, por las calles, y mi compadre Joáo Alves está lleno de nietos inventados, yo misma soy madrina de uno. Todos pasan hambre, todos viven en la inmundicia, pidiendo limosna, incluso robando... Mi amiga no es ninguna millonaria, pero tiene de qué vivir y puede darle al pobrecito otra situación, otra vida. No va a pasar hambre ni terminar en la cárcel, va a estudiar para padre y celebrar misa...

Como si oyera y entendiese el sermón de doña Norma, la criatura se despertó lloriqueando. Dionisia abrió la bata, dejó libre el pecho y, acomodando al niño, le dio de mamar. Escuchaba a la visita en silencio, como si estuviera pesando cada uno de sus argumentos. Doña Norma seguía pintándole el cuadro del futuro que tendría su hijo, rodeado de bienestar y de cariño, sin faltarle nada. Es cierto que para la madre sería un sacrificio, pero sólo una mujer egoísta condenaría el hijo al hambre, a un vida miserable, cuando una persona bondadosa estaba dispuesta... Doña Flor era buenísima, imposible encontrar un ser mejor...

Dionisia ajustó el seno en la boca del niño, ya casi saciado. Para dar la respuesta se volvió hacia la ventana en donde había permanecido el negro Joáo Alves, y se dirigió a él como si las dos mujeres no merecieran atención:

- ¿Ve usted, Joáo, cómo tratan a los pobres? Ésa que está ahí - dijo apuntando con el labio a doña Flor- no es mujer capaz de parir un hijo y como quiere cumplir una promesa averiguó dónde había nacido alguno últimamente. Supo que Dionisia de Oxóssi, ramera con mucha salud y más pobreza, había tenido uno, y sin más le dijo a la amiga: vamos allá a buscarlo... Ella hasta lo va a agradecer, la apestosa...

Doña Norma intentó interrumpirla:

- No sea injusta... No...

La perezosa voz de la mulata (impertérrita, amargada, entre olas de frío y de calor) prosiguió:

- Pero ni siquiera tuvo coraje para hablar ella misma; le pidió aquí a la señora, su comadre, que hiciera el pedido, que sirviera de abogada. «Vamos allá a buscar el hijo de Dió, que es un bítelo de grande y de bonito, y va a ser un sacerdote de categoría. La madre se está muriendo de hambre y lo da para toda la vida, con papeles firmados; y hasta se queda contenta por librarse del bulto. Y si no lo quiere dar, es porque no vale para nada, porque es una basura que sólo sirve para meretriz.» Esto es lo que dijo, señor Joáo, ya lo oyó usted. Ella piensa que una, como es pobre, no tiene sentimientos; piensa que una, como es ramera y vive haciendo esa vida atroz, perdió hasta el derecho de criar a sus hijos...

Doña Norma intentó de nuevo explicar:

- No diga eso...

El niño terminó de mamar, echando eructos de hartazgo, y Dionisia se puso de pie con el hijo en brazos. Erguida, con su belleza y su furia, una reina en toda su majestad. Mientras hablaba se movía, atendiendo a la criatura, lavándola en la palangana enlozada, cambiándole el pañal, poniéndole talco y vistiéndole con la camisita perfumada de espliego.

- Pero se equivocaron de dirección, soy una mujer para criar a mi hijo y hacer de él un hombre de respeto, y no necesito la limosna de nadie. Puede que no llegue a ser un padre con sotana, incluso puede que se convierta en ladrón. Todo puede suceder. Pero quien lo va a criar soy yo y como a mí me parezca. Va a ser el macho de «la zona». Nadie se va a burlar de él, y no se lo voy a dar a una ricacha que no quiso tomarse el trabajo de parirlo...

Se rió, mirando a la criatura y diciéndole suavemente:

- Sin olvidar que usted tiene padre para cuidarlo... Fue entonces cuando doña Flor explotó, casi gritando, inesperada y resuelta, con la fuerza de la desesperación:

- Sólo que su padre es mi marido... Yo no quiero a su hijo, quiero al hijo de mi marido... Usted no tenía derecho a tener un hijo de él, se metió con él porque quiso. Sólo yo tengo derecho a tener un hijo suyo.

Dionisia vaciló, como si hubiera recibido una bofetada en la cara:

- ¿Quiere decir que usted está casada con él...? ¿Verdaderamente casada?

Habiendo explotado y sintiendo aliviado su corazón lleno de congoja, doña Flor volvió a su timidez, diciendo en voz baja y sin esperanza:

- Casada hace tres años... Disculpe, fue sólo por eso por lo que pensé en criar al chico como si fuera hijo mío, ya que no le puedo dar un hijo..., pero ahora he visto que la señora tiene razón, quien debe criar al hijo es la señora, que es su madre... Además, ¿de qué serviría? Vine porque quiero demasiado a mi marido y tuve miedo que se fuera para siempre tras el hijo. Por eso vine. El resto es todo mentira. Pero después de verla a usted pienso que con hijo o sin hijo, él no va nunca a dejar a la señora...

- No soy ninguna señora, soy una mujer de la vida nada más. Pero le juro por la salud de mi hijo que no sabía que él era casado. Si lo supiera no iba a tener un hijo de él, ni a pensar en arrimarme a él, en dejar la vida para poner casa y vivir con él como marido y mujer...

Acabó de vestir al niño. Doña Norma recogió la toalla y la atmósfera se hizo menos tensa. Doña Flor murmuró:

- Le juro que Vadinho es mi marido, todo el mundo lo sabe...

- Nunca me dijo nada... - Dió recibió la camisita de manos de doña Norma y puso la criatura en la cama para vestirla- . ¿Por qué él no me lo dijo? ¿Por qué me engañó así? - dijo pensativa. De su rostro había desaparecido la rabia y se dirigió a doña Flor con suma cortesía, casi con respeto- . Todo el mundo sabe del casamiento, me dice la señora... Puede ser... ¿Pero cómo no me lo dijo nadie nunca? Y yo conozco a toda su gente, a toda, hasta la madre...

- ¿A la madre de Vadinho? La madre de él está muerta...

- Conozco a la madre, sí, y a la abuela... Conozco al hermano, Roque, uno que es carpintero de profesión...

- Entonces no es mi Vadinho... - y doña Flor se echó a reír, loca de alegría- . ¡Oh! Qué bobada, qué cosa más absurda y más linda...! Normita, ¡si es otro Vadinho...! Me dan ganas de llorar...

Al mismo tiempo Dionisia de Oxóssi puso al niño sobre la cama y se echó a danzar por la habitación, una danza de iawó en rueda de orixá, arrastrando al negro Joáo Alves con ella hasta el peji, para saludar y agradecer a Oxóssi. ¡Oké, mi padre, aró óké!

- ¡No es mi Vadinho! ¡Mi Vadinho no está casado! ¡La única mujer para él es Dionisia, su mulata Dió...!

De repente se detuvo, mirando a doña Flor. (Doña Norma había tomado la criatura y la mecía en sus brazos):

- No me diga que la señora es la mujer del tocayo...

- ¿Qué tocayo?

- Mi Vadinho y él sólo se tratan de ese modo, de tocayos, pues a los dos les llaman Vadinho. Sólo que el mío es Vadinho en vez de Valdemar, y el otro no sé de qué... Uno que es loco por el... - y no completó la frase.

Fue doña Flor quien la completó:

- ... por el juego... Pues es ése mismo. Vadinho en vez de Waldomiro, mi Vadinho...

- Y le fueron a decir a usted que yo tenía un hijo de él... Qué gente más ruin...

Se abrió la puerta y apareció en ella un negro macizo y joven, sonriendo y mostrando unos dientes blancos que le rasgaban la boca y unos ojos domingueros:

- Buen día a todos...

Todavía danzando, la mulata Dionisia de Oxóssi se lanzó hacia él, descansando contra su pecho después de tanto susto, de tanta ira. Extendió los brazos y doña Norma le dio la criatura, que ella puso en manos de su hombre, del padre.

- Éste es mi Vadinho, chófer de camión, padre de mi hijo

- dijo presentándolo a doña Norma y a doña Flor- . Aquélla es la comadre de don Joáo y la otra, ¿a qué no sabes quién es?

- ¿Y cómo lo voy a saber?

- Pues es la mujer del otro Vadinho, de aquél.

- ¿Del tocayo?

- Del mismo...

- Vino aquí creyendo que el chico era hijo de él, del marido de ella; vino a buscarlo, quería criar a nuestro bichito, iba a convertirlo en un padre con sotana... - Soltó una risotada, y concluyó, con voz todavía más perezosa- : ¿Cómo es su nombre? ¿Flor? Pues va a ser mi comadre, va a bautizar a mi hijo... Vino a buscar un hijo... No le puedo dar un hijo porque sólo tengo uno, pero puedo darle un ahijado...

- Mi comadre doña Flor... - dijo el chófer del camión.

Tomando al niño, Dionisia se lo entregó a doña Flor. Una bandada de pájaros en vuelo cruzó el cielo, yendo a posarse en los aleros del arzobispado.

17
En los primeros tiempos de su viudez, tiempos de duelo, de luto riguroso, doña Flor andaba siempre de negro, silenciosa, sumida en una especie de divagación entre el sueño y la pesadilla, entre el creciente murmurar de las comadres y los recuerdos de los siete años de casamiento. Las comadres eran diez, eran cien, eran mil, con una solidaridad rumorosa y constante y todas con igual lengua viperina; llegaban siguiendo el rastro de doña Rozilda, rodeándola con una corte de chismes, elevando las voces en un coro de acusaciones contra Vadinho. Doña Rozilda actuaba como solista del coro, seguida de cerca por doña Dinorá.

Doña Flor, encerrada en su pena, en su ansiedad, flotaba en el mundo de sus recuerdos, reviviendo los momentos de alegría y las horas de amargura, queriendo retener la imagen de Vadinho, su sombra todavía expandida por toda la casa, aunque con más densidad en el cuarto de dormir y yogar.

En último término, ¿qué deseaban ellas, las innumerables comadres? ¿Qué querían las vecinas, las conocidas, las alumnas, las amigas; qué quería su madre viniendo desde Nazareth para hacerle compañía en aquel trance; y hasta las personas extrañas, como cierta circunspecta doña Enaide, una conocida de doña Norma?, ¿qué querían? Esa digna señora se había descolgado del Xame- Xame, en donde vivía, como si no tuviera mari­do, hijos y tareas domésticas, para venir, muy amable, a criticar la mala conducta de Vadinho con el pretexto de dar el pésame. ¿Qué deseaban ellas? ¿Qué pretendían al remover las cicatriza­das heridas, al volver a encender las extinguidas hogueras del sufrimiento? ¿Por qué le decía en tono de confidencia doña Enai­de, como solidarizándose con ella, que conocía muy de cerca a aquella fatal Noémia, que ahora era una mujer gorda y casada (el marido escribía en los diarios), pero aún conservaba entre sus papeles un retrato de Vadinho?

Doña Flor vivía entre los buenos y los malos recuerdos: todos la ayudaban a llevar el luto, a atravesar ese tiempo gris de desesperación y ausencia, ese desierto de cenizas. Incluso cuan­do volvía sobre recuerdos e imágenes tan detestables como el de la ex alumna con su risa zumbona y su cinismo impúdico; incluso al herirse nuevamente con espinas como ésa, al rememorar tales humillaciones sentía una especie de agrio consuelo, como si las imágenes y los recuerdos, las espinas y las humilla­ciones, todo cuanto había vivido con él, fuera un lenitivo para este sufrimiento, el de ahora, inmenso e irremediable. Porque, finalmente, ¿quién había vencido, quién había salido triunfante de la apuesta, quién se había quedado con él? ¿Por quién se había decidido Vadinho, cuando un día doña Flor, habiendo lle­gado al último límite, le había dado un ultimátum? O ella, o la otra. Las dos, no: que se fuese con la tipa si quería (la inmunda daba a los cuatro vientos la noticia de su próximo amanceba­miento con Vadinho); pero que se fuera cuanto antes, que se decidiese ya... ¿Y qué pasó, cuál fue su decisión? Noémia fue a aprender arte culinaria. Estaba en vísperas de casarse y el novio exigía una esposa con teoría y práctica de condimentos. El tal novio era un
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