Cuando quiero llorar no lloro






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Cuando quiero llorar no lloro mejor conocida como Los Victorinos fue una serie colombiana emitida entre abril1 y agosto2 de 1991. Fue producida por R.T.I. Televisión y basada en la novela homónima del escritor venezolano Miguel Otero Silva. Generó una enorme polémica y fue a la vez un gran éxito, que años después inspiró un remake, titulado Los Victorinos, producido para Telemundo en 2009, y en 2010 Tres Milagros, de RCN, contando en esta ocasión la vida de tres mujeres de diferentes clases sociales.

Sinopsis

El 8 de noviembre de 1963, nacen en Bogotá tres niños, uno rico, uno de clase media, y otro pobre. A la mamá del niño de clase alta, doña Sara Koppel de Umaña, un famoso mentalista, conocido como el Profesor Reinhart le había pronosticado meses atrás que iba a quedar embarazada, que su hijo se llamaría Victorino, y que ese día nacerían otros dos bebés a los que bautizarían con el mismo nombre. Reinhart sentenció además el destino trágico que les esperaba: "Cuando Victorino se encuentre con Victorino y Victorino, Victorino morirá..." En la sesión en la que el vidente hizo aquel terrible vaticinio, predijo también que el presidente de Estados UnidosJohn F. Kennedysería asesinado antes de que terminara el año.

Victorino Umaña Koppel nace prematuramente el 8 de noviembre, en una elegante clínica del norte de la ciudad, debido a que su madre tuvo un accidente automovilístico mientras espiaba a su esposo Rodrigo, que se fugaba con una amante en un supuesto viaje de trabajo. El niño es bautizado de inmediato pues se teme que muera, y Sara descubre aterrada al volver en sí que le han puesto el nombre profetizado por Reinhart.

A la misma hora nace Victorino Perdomo Rangel, en un hospital público del centro de la capital, sus padres son Rómulo Perdomo, un peluquero de barrio, ferviente militante de la ANAPO, y Consuelo Rangel, una ama de casa. Los Perdomo ya tienen dos niñas, Carola y María Eugenia, bautizadas así en honor a la esposa y a la hija del general Gustavo Rojas Pinilla. Cuando se produce el parto, se aprecia que doña Consuelo Rangel es la misma mujer que estaba en el público de la sesión en la que el vidente Reinhart hizo sus predicciones.

Simultáneamente nace Victorino Moya en un tugurio en los cerros de la ciudad. Su mamá, Rubelia, es empleada doméstica en la casa de los Umaña. El padre del bebé, Ceferino, la abandonó para irse a buscar guacas en los Llanos Orientales, y ella actualmente vive con otro hombre, Facundo, un obrero que la golpea cada que llega borracho. Con él tiene luego dos hijos más, Mireya y Guillermo.

Con el pasar de los años, cada familia vive realidades completamente distintas. Victorino Umaña goza de todos los privilegios de haber nacido en la alta sociedad. Estudia en los mejores colegios, se gradúa en la universidad más costosa, viaja por todo el mundo, va de fiesta en fiesta, y derrocha lujos en compañía de su prima Ana María Londoño y de su amigo "Juancho" Álzate. A pesar de que Sara ha guardado celosamente el secreto de la profecía de Reinhart, Victorino logra enterarse, al descubrir un papel en el que el mentalista la escribió y se la dio a su madre. De allí en adelante hace todo lo que está a su alcance para buscar y encontrar a los otros dos Victorinos, desafiando al destino. Luego de muchas averiguaciones, los localiza, pero no alcanzan a reunirse los tres en un solo lugar. Entretanto, se mete en una serie de problemas y escándalos, se casa con Ana María (que luego le es infiel con Juancho Alzate), y se involucra en negocios ilegales con un narcotraficante.

Victorino Perdomo muestra desde niño grandes habilidades artísticas, y una vez ingresa a estudiar al seminario (pues su padre no tiene recursos para pagarle un colegio privado), es apoyado por el padre Lajarreta. Debido a su espíritu inconforme, se ve envuelto en polémicas con las directivas de la institución y finalmente es expulsado, a tiempo que Rómulo Perdomo es enviado a la cárcel por persecuciones políticas. Victorino obtiene un cupo para estudiar arquitectura en la Universidad Nacional. Allí, entra en contacto con las ideas de izquierda y debido a la influencia de su novia, María Helena -alias "Rosana", ingresa a un grupo guerrillero llamado Defensa Popular. Uno de los planes de los guerrilleros es el de asaltar un banco.

Victorino Moya crece en medio de la miseria, y sin oportunidades de estudiar, se convierte en delincuente, junto con su entrañable amigo El Negro. Al no ser capaz de soportar las golpizas que le propina Facundo a Rubelia y los abusos sexuales a Mireya, Victorino asesina a su padrastro. Ya adolescente, hace parte de la pandilla de Carroloco, y es objeto de una violación. Después se une a la banda de criminales comandada por El CiegoRapidol y El Ganso. Como una prueba de lealtad, los jefes le ordenan a Moya que mate a su amigo El Negro, Victorino se niega, pero poco después aparece muerto El Negro. Victorino es arrestado, y en la prisión se encuentra con su padre, Ceferino, quien lo ayuda a sobrevivir en ese lugar. Una vez queda en libertad, le es encomendada la misión de asesinar a un reconocido narcotraficante.

En 1983, cuando los tres Victorinos ya han cumplido 20 años, se produce el fatal encuentro. Victorino Umaña, Juancho Alzate y el pez gordo del narcotráfico acuden al "Banco Coreano" a gestionar un crédito que cubra la pérdida por un embarque de drogas que no llegó a su destino. Coincidencialmente, ese el mismo banco al que llegan Victorino Perdomo y otros guerrilleros con la intención de robar la caja fuerte, y allí aparece también Victorino Moya a matar al narcotraficante. En el intercambio de disparos entre los guardias de seguridad, la Policía, los guerrilleros y el sicario, perecen el mafioso, Juancho Alzate, varios clientes y Victorino Perdomo. Victorino Moya es herido mortalmente, y aunque escapa con vida, muere desangrado mientras trata de llegar a su casa. Victorino Umaña sale ileso. Al volver a su apartamento le confirma a Ana María que Juancho Alzate murió en el tiroteo, y le cuenta además que los dos deben huir porque están en bancarrota. Ella se enfurece, le confiesa que le fue infiel con el difunto y le dice no lo ama. Inmediatamente sale del apartamento. Victorino, desilusionado, saca un arma de fuego y se suicida, en el preciso instante en que Ana María regresa, aparentemente arrepentida de lo que había dicho, pero ya es demasiado tarde para evitar la tragedia.

El sepelio de los tres Victorinos se lleva a cabo el mismo día en el Cementerio Central, sin que ninguna de las tres familias sepa lo que le ha sucedido a las otras. Victorino Umaña es sepultado en un lujoso mausoleo, Victorino Perdomo en una bóveda de alquiler, "escoltado" por una docena de guerrilleros encapuchados, y Victorino Moya en una fosa del sector más pobre del camposanto. A la salida, las tres madres se encuentran en la puerta.

Acogida y controversia

Si bien la serie tuvo altos índices de sintonía, fue objeto de encendidas polémicas y miles de críticas por parte de los expertos y de los televidentes, debido a la crudeza de las escenas de sexo y violencia que se presentaron. Luego de dos meses, y con nueve capítulos emitidos, el Consejo Nacional de Televisión (transformado después en Comisión Nacional de Televisión) determinó su salida del aire durante cuatro semanas, contadas a partir del 30 de junio de 1991.3 Se permitió que el programa regresara el 28 de julio, pero un horario más adecuado para su temática (de 9:45 a 10:45 pm, por la Cadena Uno). El último episodio se emitió el 18 de agosto de 1991.

PREFACIO

La aparición de una novela tan curiosa y provocativa como Cuando quiero llorar no

Lloro, fue una especie de sorpresa para los contingentes de lectores que se incorporaron

Entonces al conocimiento de la literatura venezolana. Quienes frecuentaban a Otero

Silva desde antes, desde el año 1939, época de su primera ficción narrativa, se

interesaron principalmente en lo evidente, en que la obra giraba sobre la violencia, las

varias violencias separadas por clases sociales. Otros entendieron que había algo más

complejo. De pronto, el escritor reconocido por todo el mundo como un hombre afiliado

a la revolución política, la cual pasaba sin ninguna dificultad a la visión de mundo que

expresaban sus novelas, sin abandonar su tema político de siempre, como que aceptaba

una herejía literaria prácticamente opuesta a sus convicciones.

Desde hacía unos años venía ganando terreno una postura estética en parte contraria al

modo de pensar de MOS y para finales de los años 60 del siglo XX copaba, en el mundo

occidental, en Latinoamérica y en Venezuela, todos los ámbitos hasta afectar e influir

incluso en quienes la combatían, llegando a imponerse como el dogma artístico de una

época, el patrón o molde que debía seguirse de una manera inexorable. Era lo moderno,

lo contemporáneo, lo que dejaba atrás el pasado y lo daba por superado: no una moda

sino una necesidad de los nuevos tiempos. Esta tendencia, pues no es sino una de las

tantas manera de entender las cosas que ha habido y habrá en la historia de las artes,

tenía un aspecto polémico y había salido de los pequeños círculos de intelectuales para

ganar el interés de los lectores generales, convertidos ahora en "el público" gracias a

hábiles aparatos de la industria editorial, desconocidos hasta entonces, muy nuevos en

Venezuela. Es el momento en que Otero Silva concibe, escribe y publica, exactamente

en 1970, su nueva novela.

Esta doctrina artística proponía que había un tipo de revolución paralela y hasta ajena a

la política, que ser revolucionario en las artes consistía, entre otras cosas, en

abandonarse a las energías del lenguaje, a la fuerza de la palabra, a un universo de

símbolos propios del ser humano pero hasta cierto punto ajenos a su control. El lenguaje

es el mensaje, aseguraban. Los partidarios de tal tendencia llegaban también al extremo

de afirmar que una obra podía ser revolucionaria en el terreno estético, por innovadora,

por romper los moldes y fracturar las convenciones y, simultáneamente, sin que tuviera

importancia, reaccionaria en el campo político. Jorge Luis Borges, por ejemplo.

Pero también escritores comprometidos con la izquierda como García Márquez, se

afiliaban a esa tendencia y pensaban que no traicionaban la causa. Es más, el escritor

colombiano afrontaba en su libro más famoso las horribles y prolongadas guerras civiles

y guerrillas que han sido la maldición secular de esa nación. El tema no podía ser

políticamente más explícito. La novedad estaba en el modo literario, distinto a la

tradición novelesca que enfrentaba estos temas. Vargas Llosa, un muchacho para

entonces, en medio de una fiebre cubanófila ciega, se entregaba a los requerimientos de

esa nueva doctrina literaria. En su primera novela, referida a los padecimientos de un

chico en la vida en un colegio, revelaba sin tapujos la violencia sádica propia de

cualquier militarismo, o en otro libro, exploraba la atmósfera dantesca de la explotación

de los indios peruanos del Amazonas. No podía quedar ninguna duda de que el gran

problema de la novela moderna no estaba en la realidad que reflejaba, a la que no dejaba

de aludir, sino en la perspectiva artística que reelabora estos materiales brutos de la vida

en una visión superior. El asunto estaba en que los grandes problemas no se resuelven

artísticamente reproduciendo los discursos que hacen los políticos en sus mítines o las

discusiones que sostienen los profesores teóricos en sus universidades: la novela debe

ser una ficción, es decir, un elemento nuevo que se añade a la realidad, no la realidad tal cual. Esto contradecía el concepto de escritor como alguien que controla la palabra, la

pone a su servicio, se vale de ella para expresar lo que tiene la deliberación de decir, la

hace un simple instrumento o vehículo sometido a su dominio y voluntad. Frente a

conceptos que fueron la manera de entender las artes durante unos doscientos años de

historia cultural en el mundo occidental, ahora ganaba terreno la posición contraria,

marginada antes, reducida a élites despreciadas por los políticos, una postura que

privilegia lo artístico sobre otros factores.

Otero Silva había acostumbrado a sus lectores a la fórmula de una novela reportaje en la

que los contenidos eran manifiestos, la organización de los elementos estaba hecha

según el modo acostumbrado de hacer novelas con mucha aceptación en Venezuela y

Latinoamérica, y la lectura podía transcurrir con la confianza de que se seguían los

mejores parámetros de la escuela realista. El periodista que era MOS sobre todo,

imponía a sus obras la eficacia comunicativa que debe tener el periodismo, la audacia

interpretativa que revela aspectos ocultos de la realidad o disimulados por intereses

sociales. El autor no se apartaba de una tradición artística de la que se sentía orgulloso y

que consideraba el modo natural de abordar lo literario, modo que, por otra parte,

correspondía legítimamente a su manera de ser y a los requisitos que consideraba

indispensables para que la ficción cumpliera sus cometidos de manera responsable. Era

una novelística que con Fiebre, Casas muertas, Oficina N9l, o La muerte de Honorio no

había fallado en investigar la realidad del país, en escribir volúmenes decididamente

característicos por su contenido social, en proponer incluso esquemas de interpretación

que no dejaban dudas respecto a sus intenciones: la lucha contra la dictadura gomecista,

el petróleo, la vida de un pueblo rural condenado a muerte, las persecuciones políticas

del perejimenismo. Así lo percibían los lectores y con las mismas convicciones

trabajaron quienes comentaron, estudiaron y analizaron su obra durante los treinta años

que llevaba de su carrera de novelista. Todo marchaba dentro de lo aceptado y de lo

aceptable. Era la muy respetada tradición que tenía a Gallegos como fuente y había

logrado mejorar y renovar sus esquemas sin causar el cortocircuito cultural que se

produjo en los años 60 respecto a los escritores anteriores.

Pero era imposible que alguien inteligente y sensible no entendiera que la empresa del

arte no puede quedar estacionada en lo que se ha hecho siempre y en un solo tipo de

parámetros. Entonces MOS, que por otra parte ha debido observar que la nueva ola

criticaba su obra y lo estaba condenando a ser un escritor del pasado, renueva

enérgicamente sus fuerzas y se lanza a redactar un libro que tiene todas las

peculiaridades de ser una obra a lo moderno. Si para Cuando quiero llorar no lloro cabe

alguna denominación, sería la que empleaba la crítica exactamente en aquella época: es

una novela de lenguaje, sus protagonistas no son tanto los famosos personajes en el

sentido teatral y psicológico sobre los que se ha hecho una película y hasta una

telenovela, sino que quien preside la obra y da coherencia a lo que pasa es la fuerza del

lenguaje. Es evidente que leyó cuidadosamente lo que estaban haciendo los innovadores

de la literatura latinoamericana, hasta los escritores de moda y los noveleros, y no tuvo

reparos en ponerse al día, a su manera, desde luego.

Lo nuevo y lo viejo se juntan. Otero Silva emplea también en esta obra el método que le

ha servido antes: realiza una investigación de campo, conoce los lugares en los que

trascurrirá la acción de la novela, toma notas, estudia, se documenta, conversa, se acerca

a personas reales que luego se transfigurarán en el libro, emplea tranquilamente noticias

de las páginas políticas, rojas y sociales que han aparecido ya en los periódicos. Lo más

importante: investiga con la paciencia de un filólogo cómo habla la gente y deben hablar

los posteriores personajes de la ficción. Nada de esto era nuevo en el autor ni un invento

de MOS pues así han trabajado por siglos cientos de escritores. Lo capital ahora en el autor venezolano, que ha llegado a los sesenta años y tiene más de la mitad de su vida

escribiendo, es que el modo de hablar, las fichas en la que reúne las palabras peculiares

construyen por dentro la manera con que se organiza Cuando quiero llorar no lloro y la

forman en su esencia. No es un problema de glosarios, de acumulación de sinónimos

para inventariar cómo es llamada por ejemplo la marihuana y cuántas acepciones tiene

la palabra, de una compilación del inventivo léxico que en todas las generaciones han

usado los jóvenes para distinguirse de los adultos y funcionar como tribus aparte: el

santuario de un lenguaje como secreto que había la necesidad de incorporar a la

literatura. Operación que no hace un muchacho, un coetáneo de los personajes, sino un

escritor venerable, de otra generación: es un esfuerzo, no algo espontáneo. Por esa

misma época el para entonces joven escritor mexicano José Agustín publicaba novelas

fundadas prioritariamente en lo oral y en lo cotidiano. Es famoso y ejemplar lo que Julio

Cortázar hizo con los argentinismos y el lunfardo cuando pone a personajes franceses a

hablar y pensar como argentinos.

Como se sabe, la obra de Otero Silva cuenta la vida de tres jóvenes venezolanos que

nacen casualmente el mismo día de 1948, el año en que los militares tumbaron al

presidente Rómulo Gallegos. Los tres mueren el mismo día de 1966, todavía época de la

violencia política que singularizó a Venezuela durante esa década. El esquema, por otra

parte, combina y alterna secuencias que son casi fílmicas o por lo menos muy plásticas

y gráficas pues se quedan grabadas en la retina del lector. En ellas se desarrolla la vida

de estos tres mozos prematuramente muertos. Uno es el muchacho pobre, el marginal

del cerro, condenado por las condiciones sociales a ser un delincuente. Es un gran tema

que el cine venezolano de esos tiempos llega a explorar incluso con enorme éxito de

taquilla. El otro joven es un tipo de clase media, estudiante de sociología, que se

incorpora a la lucha armada de la época. No hubo una sino varias maneras de realizar

esta lucha, del terrorismo a la oposición parlamentaria, y había además diversas

corrientes teóricas dentro del marxismo armado capaces no sólo de discutir sino de

pelearse a tiros entre sí. Este tema, presente desde los tempranos años 60, dio origen a

un completo capítulo de la historia literaria venezolana, reunió varias docenas de

cuentos y novelas etiquetadas bajo el rótulo de literatura de la violencia. El otro

personaje es un chico de la jailaif, entre cuyos privilegios de clase se encuentra el

haberse acostumbrado a ser lo que le da la gana, cosa que lo convierte en un patotero, en

un practicante de la violencia gratuita.

Como si fuera poco, la novela tiene una parte introductoria llamada prólogo, que se

desarrolla en la época romana y en el tiempo en que los cristianos eran perseguidos y

martirizados. Entre ellos hay un Victorino, que será el nombre común de los tres

jóvenes protagonistas. Acerca del significado de esta parte de Cuando quiero llorar no

lloro han corrido ríos de interpretaciones. Una de las más comunes dice que se trata de

una alegoría y un alegato político contra el gobierno de Rómulo Betancourt. Desde

luego, este capítulo está lleno de trampas y equívocos pues hechos y lenguaje no son

precisamente fíeles al ambiente antiguo que dice reconstruir.

Para que el lector tenga acceso a los hechos del resto de la obra, se suministran ciertas

necesarias informaciones contextúales, pero lo de más peso es que el contacto ocurre a

través del lenguaje, del modo de hablar del malandro, el izquierdista de los sesenta, el

patotero rico. Numerosos lectores y críticos han opinado y hasta han luchado entre sí

por saber cuál de estos tres tipos de lenguaje resulta más convincente en la novela y,

lógicamente, cuál de los tres personajes está mejor hecho, fue mejor captado por el

autor, es más representativo, etc. Lo esencial pareciera ser sin embargo que por

momentos, en circunstancias indispensables para el desarrollo de la obra, las frases de la

novela se interrumpen y no concluyen, son dejadas mochas de una manera deliberada, se cambia el punto de vista de lo que se venía exponiendo, se altera el orden del

discurso y su discurrir por lo que viene a ser más interesante lo que se insinúa que lo

que se dice directamente. Este intento de reproducir hablas y lenguajes, de edificar un

universo mental, oral, puede llegar a tener su momento cumbre y antológico en la

reconstrucción que se hace en la novela de una conversación telefónica entre dos pavas.

Leída a luz de en una sola perspectiva podría resultar que superficialmente la obra

seduzca al lector, primero que todo por su aspecto evidentemente jocoso e ingenioso

cuando ataca a la clase alta especialmente, aunque la palabra sea también portadora de

ideas, mensajes, convicciones, intenciones. Cuando quiero llorar no lloro, sin dejar de

ser dramática pues el desenlace es la muerte y la muerte prematura y hasta injusta, es

una novela que se aprovecha de la otra gran experiencia de Otero Silva, la de humorista.

Por ella se adscribe también a una tradición cultural venezolana muy vinculada a la

lucha antigomecista y a todos los esfuerzos que hubo y habrá que hacer siempre en

Venezuela por imponer la libertad de expresión y el derecho a contrariar a los

gobernantes. El humorismo, en Inglaterra o en Paraguay, es un instrumento de lucha

política. El humor era, por otra parte, en los años 70 del siglo XX, una especie de

adquisición más o menos reciente de la literatura latinoamericana que había aprendido a

decir lo importante apartándose de la solemnidad discurseadora.

Pero si la palabra sobrevalora el enfoque, el humor es mucho más que sí mismo en su

mero aspecto chistoso y paródico para ser crítica. Desde los antiguos griegos y romanos

la sátira es un vigoroso instrumento de estudio de la realidad. Lo agudo, lo picante y

mordaz censura los defectos, las ridiculeces, los errores y crímenes humanos. Burla

efectiva que penetra la realidad dejándola en los huesos, a la intemperie, despojándola

de su empacadura de cosa seria. La deja desnuda en medio de la calle y la expone al

desprecio público.

A la sátira se une otro factor que es imposible no tomar igualmente en cuenta: la novela

se ofrece como una parodia de otra cosa. La literatura moderna suele presentarse como

imitación jocosa de otros libros y autores, su representación burlesca. Esto corresponde

también a una vieja tradición de la cultura occidental que en los tiempos presentes se ha

renovado porque desacraliza las enormes capas de falsa seriedad que se han acumulado

sobre la cultura y los productos culturales. No ha faltado quien piense que Otero Silva,

en esta obra de invención lingüística, en el fondo, no dejaba de hacer burla y parodia de

la literatura contemporánea entendida como acontecimiento principalmente artístico. Es

la travesura y venganza de un insobornable escritor de la escuela realista. Sea lo que

sea, el experimento le resultó satisfactorio. Al leer Cuando quiero llorar no lloro no se

debe perder de vista que el escritor parece haberse liberado de las ataduras que lo

amarraban a una sola posición, sacudida que le permitió dar el paso cuando ya era un

hombre de setenta años para conseguir su mejor propuesta literaria con la novela Lope

de Aguirre, príncipe de la libertad, el año 1979. Ahora sí, sin ninguna vacilación, se

coloca entre los "modernos" y los maestros modernos de la literatura latinoamericana.

Oscar Rodríguez Ortiz-

La emblemática novela de Miguel Otero SilvaCuando quiero llorar no lloro, publicada en 1970, es decir, hace 43 años, sigue vigente como testimonio de la contradictoria realidad social venezolana y latinoamericana.
En el marco de aquella Venezuela que en 1958 emprendía con optimismo su camino hacia la democracia, el  vertiginoso proceso de modernización, merced a la bonanza petrolera, agudizó las tremendas desigualdades sociales entre los "pequeños seres", como diría Garmendia, que pueblan la urbe.
Es el enfrentamiento entre los diferentes modos de vida que conviven, y mal viven, en el mismo espacio urbano. Son esas vidas concretas que apenas se cruzan, vidas que van desgranando su propio imaginario cultural, y humano, sus propios sueños y sus propias tragedias.
Muchas cosas han cambiado en estos últimos cuarenta años: la caída de los socialismos reales, la globalización, los embates de la posmodernidad, los avances tecnológicos, ...y, sin embargo, los tres jóvenes Victorinos siguen transitando las calles de nuestras capitales latinoamericanas, testigos, cada uno a su modo, de los privilegios de una clase social adinerada; de las frustraciones de una clase media e intelectual continuamente golpeada por las recurrentes crisis; de la violencia y la exclusión social que soporta esa inmensa masa empobrecida de nuestro continente. 
Si, como decía Sartre, la literatura es revelación de lo humano, la novela Cuando quiero llorar no lloro da cuenta de la paradoja de vivir en sociedades que preconizan la democracia como valor, pero que engendran modos de vida fundamentados en la desigualdad social.
Desde el punto de vista literario, uno de los logros de la novela, a mi juicio, es esa exploración en la conciencia de los personajes, el torrente de pensamientos desvelado en párrafos intensos, trepidantes, donde la experiencia de los sentidos, se entremezcla con las impresiones, las ideas, los anhelos,... en definitiva, el mundo interior de cada uno de los Victorinos.
Literatura, política, psicología, sociedad, todo es aquí conocimiento de lo humano. Una propuesta estética saturada de realidad, un leer y un escribir para comprender la realidad, amar la realidad, y, si fuera posible, cambiar la realidad.
Un libro que leído desde una perspectiva cristiana sacude nuestra conciencia de creyentes, pues la flagrante desigualdad entre las personas atenta contra la dignidad humana, se opone al proyecto de fraternidad y justicia que anunció Jesús, ese Reino de Dios que pedimos, y anhelamos, cada vez que rezamos el Padrenuestro.
Obras literarias como estas nos ayudan a mantenernos "despiertos", a no aceptar como si fuera "normal" la opresión y la desigualdad, a vencer las tentativas de ciertas ideologías que pretenden disfrazar la realidad, justificando y ocultando las injusticias sociales que ofenden a nuestro Señor y desfiguran su bella imagen en el rostro de nuestros hermanos y hermanas.

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