Prólogo






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Capítulo ocho



Querido primo:

No bromearé más con vos a propósito de lord Norcourt, a pesar de que disfruto al veros contrariado. Sé que guardaréis el secreto: lord Norcourt quiere inscribir aquí a su sobrina, y por eso la señorita Prescott ha sugerido que en compensación imparta lecciones a mis alumnas para que aprendan a reconocer a un sinvergüenza. Él ha aceptado. Probablemente vos lo desaprobéis, pero después de oír a las alumnas explicando su primera lección, yo empiezo a pensar que se trata de una idea inspirada.

Vuestra juguetona amiga, Charlotte

Madeline se deslizó en el interior de la escuela y subió apresuradamente por las escaleras de atrás, agradeciendo que nadie la hubiera visto llegar por la parte trasera. Todo el mundo estaba reunido en el césped de la entrada, compartiendo un desayuno rápido a base de té y panecillos mientras esperaban la llegada de los coches.

Pero ella venía del bosque, pues había necesitado estar un momento a solas para ordenar sus pensamientos y prepararse para el día.

Tenía que estar en plena forma cuando llegase el vizconde, y mantenerse en perfecto control. Anthony no la sorprendería fuera de guardia sólo porque...

Se le escapó un gemido. ¡No debía llamarlo Anthony, ni siquiera en sus pensamientos! Esa era la forma más segura de cometer un desliz y dejar que se le escapara en presencia de las alumnas. Además, él se marcharía al cabo de dos semanas. No tenía sentido pensar que podía haber un futuro entre los dos.

Sin embargo, su nombre de pila le sentaba muy bien. Y él le había pedido que lo llamara Anthony. Recordaba el brillo que ardía en sus ojos en aquel momento en que ella sintió que se estaba derritiendo...

¿Se estaba derritiendo? ¡Esa expresión ni siquiera tenía sentido! Estaba siendo tan tonta como sus chicas, sucumbiendo a su coquetería porque le hacía perder la cabeza. Eso no era ni remotamente sensato.

Si al menos él no fuera un excelente seductor, con esa habilidad para saber exactamente dónde tocar a una mujer. Siempre que le rozaba la mano, a ella se le agitaba el pulso. Y precisamente, cuando el día anterior él había apoyado los dedos justo por encima de la curva de sus nalgas mientras bailaban ella las había imaginado deslizándose más y más abajo...

Una arruga apareció en su frente. ¿Por qué trataba de seducirla tan descaradamente? Otros caballeros nunca lo habían intentado, no después de descubrir sus peculiares intereses. Cuando la observaban contando los dientes de un erizo muerto generalmente se apagaba su ardor. Especialmente cuando notaban que ella demostraba tener el mismo entusiasmo por la historia natural que otras mujeres por el bordado.

Los hombres querían casarse con mujeres que disfrutaran haciendo bordados.

Claro que Anthony no la había visto más que dando clases y bailando, así que todavía no había sido testigo de su parte menos apta para el matrimonio.

Soltó un bufido y se dirigió al escritorio, para guardar algunas cosas en su cartera para la excursión. Como si sus coqueteos tuvieran algo que ver con el noviazgo... No eran más que una manera de mantener en forma sus habilidades de libertino. Por eso usaba esa mirada seductora que la desnudaba y la hacía sentirse expuesta... deseada. Estaba ejercitando su técnica, igual que un esgrimista práctica arremetidas para mantener sus músculos en forma, nada más.

A menos que...

Un escalofrío le recorrió la espina dorsal. A menos que no te creyera sus razones para desear la fiesta. A menos que sospechara que ella escondía otro motivo y estuviera usando su flirteo para descubrirlo.

Pero eso era absurdo. Por qué iba a pensar eso, no tenía ninguna razón. Ella había sido extremadamente precavida.

Algo hizo un ruido al golpear contra el suelo. Dios, en su agitación había dejado caer su libreta de notas.

Al agacharse para recogerla, advirtió que un recorte de prensa se había salido. La señora Jenkins, a quien ella había revelado el propósito que la trajo a Londres, se lo había dado esa mañana, y ella lo había guardado para poder leerlo más tarde.

Con la libreta bajo el brazo, se enderezó para leer el recorte:

De acuerdo con fuentes fidedignas, sir Humphry Davy, actual presidente de la Royal Society, y su esposa, lady Davy, están planeando trasladarse a Cornwall la próxima semana, para que él pueda recobrar la salud en la casa de campo de su madre durante la estación de otoño.

¡La próxima semana! ¡Eso apenas le dejaba tiempo! Debía convencer a Anthony de la importancia de organizar la fiesta cuanto antes.

—Has llegado temprano —dijo una voz desde el umbral de la puerta.

Ella se dio la vuelta para hallar al condenado vizconde allí mismo en persona.

—Siempre llego a esta hora —mintió ella.

—Excepto ayer.

Ella hizo una mueca.

—Ya te lo dije, me quedé dormida.

Él entró en la habitación y cerró la puerta, atrapándola allí como haría una bestia que persigue a su presa.

—¿Es por la enfermedad de tu padre?

Oh, Dios, ¿cómo contestar a eso? ¿Tenía alguna importancia que él lo supiera? Y aunque la tuviera, en realidad podía averiguar fácilmente la verdad si preguntaba a las chicas. Si ella le daba demasiada importancia sólo conseguiría avivar su interés.

—Sí. Él... tiene problemas por las noches.

—¿Qué tipo de problemas? ¿Le ha visitado un médico?

—No es el tipo de enfermedad que alguien puede curar. —No con medicina, en todo caso.

—¿Se está muriendo?

El tono de sincera preocupación en su voz la sorprendió, y lego despertó su alarma. No podía tenerlo ahí haciéndole preguntas sobre su padre.

—¿Querías alguna cosa?

El arqueó una ceja como reconociendo su rechazo a hablar el asunto y señaló su mano.

—¿Qué es eso?

Rápidamente, ella guardó el recorte en un bolsillo.

—Nada. Una receta.

—Ah. —A juzgar por la forma en que afiló la mirada, no la creyó.

—No deberías estar aquí a solas conmigo. Es peligroso.

Una sonrisa maliciosa curvó sus labios.

—Me gusta el peligro.

—No me sorprende —murmuró ella—. Pero a mí no. Y si alguien se diera cuenta de que estamos aquí solos...

—No ocurrirá. Fui por la parte trasera, y luego entré a los establos sin que me vieran. Todos estaban en la parte de delante demasiado ocupados como para verme. —Bajó la voz de un nodo muy sensual—. Quería tener unos minutos en privado contigo.

A ella se le aceleró el pulso de una manera de lo más irritante. Él la estaba provocando, lo cual era decididamente peligroso. Nadie sabía que estaban allí, así que él podía hacerle cualquier cosa y no habría nadie para detenerlo.

Pero ya que estaban solos, ¿qué mejor ocasión para pedirle lo que quería?

—De hecho, me alegro de que estés aquí. Necesito hablar de algo contigo.

—¿Ah, sí?—La alegría hizo resplandecer sus ojos, azules e intensos mientras se acercaba.

—Tenemos poco tiempo, así que debemos ser rápidos. Los demás se estarán preguntando por qué no he llegado todavía. Y probablemente también se preguntarán por ti.

—¿Entonces tu jefa ha aceptado incluirme en la excursión?

—Lo sugirió incluso antes de que se lo pidiera. Debió de pensar que sería útil tener a un hombre con nosotras.

Él bajó la mirada a sus labios.

—¿Y tú? ¿A ti te parece útil?

Ella lo encontraba estimulante.

—Es útil para las chicas.

—No he preguntado por las chicas. Te lo pregunto a ti. —Dio unos pasos para estar más cerca, demasiado cerca. Entonces, naturalmente su pulso se aceleró como un tambor enloquecido, y su vientre la traicionó poniéndose a temblar. Dios, era tan predecible como una oveja en celo.

Y él, como el carnero que era, dejó que una sonrisa de reconocimiento curvara las comisuras de sus labios, y luego avanzó hacia ella como si fuera a cogerla de la cintura. En lugar de eso, le quitó la libreta que aún sujetaba bajo el brazo.

Incómoda, ella trató de recuperarla, pero él se apartó para leer las palabras de la cubierta.

—Una historia natural de la fauna de Inglaterra, por Madeline Prescott. —Él levantó una ceja—. ¿Tú eres la autora?

Ella se ruborizó.

-Sin editor, me temo. Es sobre todo para uso propio. Una crónica sobre mi investigación acerca de los hábitos y costumbres de varios animales.

Para su mortificación, él hojeó la libreta leyendo en silencio hasta que encontró algo que lo hizo reír en voz alta.

—«Bestias del campo». —Alzó la mirada hacia ella, con los ojos brillantes—. Después de mis lecciones, deberías añadir un capítulo titulado «Bestias de salón». Seguro que entonces encontrarías quien lo publicara.

—O las «bestias» de tu clase me expulsarían de Londres por revelar sus artimañas —dijo ella secamente. Él seguía hojeando la libreta.

—No veo ninguna anotación para tu artículo sobre el óxido nitroso —comentó, aparentemente indiferente.

Que Dios la ayudara, estaba entrometiéndose de nuevo en sus cosas.

—Esas notas están en una libreta aparte. Una sobre química. —Ella trató una vez más de recuperar su libreta, pero él le cogió la mano con la que tenía libre. Cuando enlazó los dedos entre los suyos, ella tembló de arriba abajo—. Por favor, mi libreta, lord Norcourt.

—Creí que ibas a llamarme Anthony en privado —murmuró él, volviendo la palma de su mano hacia arriba para poder acariciarla con el pulgar.

Ella se sobresaltó y tuvo el impulso de apartar su mano, pero recordó su propósito y no lo hizo. En lugar de eso, dejó que él trazara círculos en su palma, a pesar de que sus caricias le provocaran un nudo dentro.

—Y yo creí que tú ibas a organizar una fiesta a la que pudiera ir.

—Lo haré.

—¿Cuándo?

Él se encogió de hombros.

—Veré a mi amigo esta tarde. Pero llevará unos días...

—El sábado. Quiero que se organice para el sábado.

—¿Este sábado? —se sobresaltó él—. ¿Estás loca? Hay que enviar las invitaciones, decidir el lugar...

Ella liberó la mano para recuperar el cuaderno de notas.

—El sábado —repitió—. Tiene que ser el sábado.

Él se negó a soltar la libreta y la miró detenidamente.

—¿Por qué?

—Porque no me fío de que cumplas con tu promesa, ese es el porqué.

—Sería estúpido si no lo hiciera —dijo él molesto—. Sé lo que ocurrirá dentro de dos semanas si no lo hago. Pero no dijimos nada de que hubiera que organizar la fiesta tan pronto.

Dándose cuenta de que no lo persuadiría sin una buena explicación, se estrujó el cerebro para encontrar algo convincente.

—El siguiente sábado es nuestra asamblea mensual, a la que tengo que asistir. No puedo ir a una fiesta nocturna en un día de obligaciones escolares...

—Yo lo hice.

—Tú no tienes que impartir varias lecciones y luego regresar a casa a cuidar de un padre enfermo. La única noche que alguien puede quedarse para cuidarle es el sábado, nuestro día habitual para la asamblea —dijo ella, teniendo que mentir—. No puedo dejarlo solo. —Eso al menos sí era cierto.

—Ah sí, el padre enfermo. —Una clara sospecha asomó a sus ojos mientras tironeaba de la libreta para obligarla a acercarse- . Muy bien, veré si puedo organizarlo para el sábado. Siempre y cuando tú me ofrezcas algo a cambio.

—¿Además de permitir que tu sobrina sea aceptada aquí, quieres decir? —preguntó ella de manera tajante.

—Algo para animarme a ir más allá de nuestro acuerdo inicial. —Deslizó una mirada calculadora hasta sus labios— Un incentivo adicional, podríamos llamarlo.

Tal vez no debería haberlo presionado para organizar la fiesta tan pronto.

—¿Qué tipo de incentivo?

Hubo un destello en su rostro.

—Sabes exactamente a qué tipo de incentivo me refiero.

Esa mirada no dejaba lugar a dudas. Era evidente lo que quería.

Fingiendo ignorancia, ella le sostuvo la mirada.

—Yo prefiero que me expliquen las cosas con todo detalle. Así ninguno de los dos podrá quejarse de haber sido engañado con los términos.

—Siempre estás pensando como una profesora de matemáticas. —La recorrió con la mirada como había hecho el día anterior. Sólo que esta vez sus ojos se recrearon en sus pechos, su vientre, sus caderas—. Por una vez trata de pensar como una mujer.

—Eso hago. —Luchó por ignorar el extraño cosquilleo que le provocaba su mirada—. Pienso con una mujer con el suficiente juicio como para saber cuándo se halla ante una bestia que trata de derribarla.

—Si yo soy una bestia, entonces tú eres una manipuladora.

—¡No lo soy!

Una fina sonrisa asomó a sus labios.

—Me chantajeaste para poder conseguir lo que querías. ¿Qué otra razón te llevaría a hacer eso?

«La desesperación.»

Pero no se atrevía a revelarlo. Si él conociera su situación nunca la ayudaría. Podría perjudicar a su causa si su tío lo descubría. La triste verdad era que ella lo necesitaba a él mucho más que él a ella. Así que simplemente debería encontrar una forma de obtener lo que necesitaba de él sin perder su virtud.

—¿Debo entender tu prolongado silencio como una prueba de que aceptas mi juicio sobre tu carácter? —dijo Anthony arrastrando las sílabas.

—Por supuesto que no. Tú dijiste a la señora Harris que preferías las mujeres que sabían lo que querían y no se avergonzaban de tomarlo. Eso es lo que yo estoy haciendo.

Mirándola con recelo, le quitó la libreta y fue a colocarla sobre el escritorio.

—Y lo único que yo estoy haciendo es asegurarme de que no me estás avasallando con tus exigencias.

—Me atrevería a decir que ninguna mujer te ha avasallado desde que eras un niño —se quejó ella.

El se quedó helado, luego se frotó la muñeca izquierda distraídamente. Era el mismo gesto que ella le había visto ya antes cuando se exaltaba.

—Te sorprendería. —Cuando volvió a mirarla, sus ojos brillaban como gemas heladas mientras recorrían su vestido de muselina verde con lunares—. Pero eso no significa que esté dispuesto a dejar que vuelva a ocurrir, contigo ni con nadie. Así que si voy a preparar la fiesta para ti este sábado espero una recompensa adicional.

Y había dejado perfectamente claro de qué tipo de recompensa se trataba.

Que Dios la ayudase, eso era por haberse comportado como una fulana cuando lo besó el día anterior. Eso, en combinación con su manera franca de expresarse y su maquinación por lo visto le había llevado a pensar que era más atrevida de lo que realmente era.

Pero si se delataba él perdería interés en ella, dado que las mujeres sin experiencia no lo atraían. Entonces no tendría nada que ofrecerle a modo de «incentivo».

Y si la fiesta de óxido nitroso no le servía para acceder a sir Humphry puede que continuara necesitando los contactos de Anthony. Como posible conquista tendría mejores posibilidades para el futuro. Después de todo, lo único que tenía que hacer era coquetear y permitir que él la besara o tal vez la tocara unas pocas veces. Nada demasiado arriesgado, sólo lo suficiente para conseguir lo que ella quería.

«Lo que te pasa es que quieres saber cómo es», la alertó una voz en el fondo de su mente. Ella la acalló. Un poco de curiosidad nunca hacía daño, siempre y cuando no la dejara llegar demasiado lejos. Cosa que no haría, dado todo lo que sabía acerca de los peligros. ¿Qué haría una mujer sensata e inteligente?

—Todavía no has especificado cuál es la recompensa.

La petulante curva de sus labios demostró que estaba esperando que ella se rindiese.

—Es simple. Después de la fiesta del sábado, pasarás el resto de la noche en mi cama.

Esa declaración directa la sorprendió tan desprevenida que dejó escapar un estallido de risa nerviosa.

—No seas absurdo.

Él levantó una ceja.

—¿La idea de compartir mi cama te parece absurda?

Le parecía alarmante, aterradora... y terriblemente tentadora también. Sin embargo no se atrevía a rechazarlo abiertamente. La clave era mantenerlo cerca pero no demasiado cerca hasta que lo ayudara a conocer a sir Humphry.

—Es simplemente tan previsible. —Deliberadamente usó un tono de desprecio—. Creía que eras más sutil cuando seducías. Ningún bribón que se precie se dedicaría a negociar para llevarse a una mujer a la cama.

Un ansia evidente apareció en su rostro.

—¿Me estás desafiando para que te seduzca?

—¡Desde luego que no!

—Pues yo creo que sí. Y me encantan los desafíos.

Oh Dios, aquello no estaba saliendo como esperaba.

—Si lo que necesitas es sutileza —continuó mientras se acercaba a ella—, acepto un incentivo menos previsible de tu parte.

—No podemos discutir esto ahora. Nos están esperando fuera. —Pasó por delante de él y guardó su cuaderno en la cartera, pero antes de que pudiera cerrarla, Anthony se le acercó por la espalda y la dejó atrapada contra el escritorio.

No poder verlo la ponía extremadamente nerviosa, pero cuando intentó escabullirse él la cogió por el fajín de muselina que rodeaba su cintura.

—No te escapes. —Inclinó la cabeza tan cerca que ella pudo sentir el aroma de su crema de afeitar—. Apenas necesito un momento para explicarte lo que quiero.

Cuando él deslizó los dedos arriba y abajo por su espalda a lo largo del fajín, ella tuvo que luchar contra el escalofrío de seda que sintió bailar en su piel. Pero no pudo reprimir la imagen que apareció en su mente: él desatándole el fajín y dejándolo caer para después proceder a desabrochar cada botón de su corpiño...

—Bien —dijo en tono cortante, ansiando librarse de él antes de volverse loca—. Dime cuál es el incentivo que quieres y así podremos reunimos con los demás.

—Entre hoy y el sábado deberás permitir que te dé una clase particular sobre la seducción. —Su voz ronca retumbó a lo largo de todos sus nervios—. Y ésta incluirá algo más que un simple beso.

Él acercó la nariz a su cuello y el pulso de ella triplicó su velocidad. Aquel hombre era un artista de la sensualidad. ¿Cómo diablos iba a poder sobrevivir a su lección de seducción?

Tratando de mantenerse fiel al papel que había escogido, ella dijo:

—¿Qué te hace pensar que necesito lecciones?

—Tú afirmas que los intentos de seducirte son inútiles porque esa clase de cosas no te tientan. Al menos, yo quiero demostrarte que pueden ser tentadoras.

—¿No se te ha ocurrido pensar, señor —atacó ella, molesta por su infalible habilidad para ver en su interior—, que puede que no me sienta atraída por ti? Tal vez tu arrogante confianza y tu imprudencia me resulten irritantes.

Para su sorpresa él se echó a reír.

—No, eso no se me había ocurrido. Especialmente después de ver cómo te derretías con mi beso.

¿Se había derretido? ¿Y él pudo notarlo? Ahora que lo pensaba sí era cierto que había experimentado un notable ablandamiento de sus miembros. Eso podría explicar la sensación de desvanecimiento. Y la decidida persecución de él.

Él movió la boca de su cuello hasta su oreja, lamiendo ésta última de un modo de lo más eficaz.

—Entonces tendremos nuestra lección. Luego, después de la fiesta, si continúas pensando que la idea de compartir mi cama es absurda consideraremos que nuestro acuerdo está completo. Acabaré mi segunda semana aquí, tú le hablarás de mí elogiosamente a la señora Harris y los dos habremos cumplido.

Le mordisqueó el lóbulo de la oreja, enviando pequeños temblores de excitación hasta la punta de sus pies.

—Sin embargo, me apuesto lo que quieras a que tu decisión estará muy lejos de ser esa.

Ella se temía lo mismo. Él era todavía mejor de lo que sospechaba, a juzgar por las astutas cosas que sus dientes le habían hecho en la oreja, cosas que otorgaban un nuevo significado a la palabra sutil.

Ella estaba a punto de armarse de valor para apartarse... realmente lo estaba... cuando él la hizo girar en sus brazos y bajó los labios hasta los de ella...

Dios santo...

La besó con un deleite lento y relajado que envió relámpagos a través de su piel. Se inclinó hacia ella dejándola atrapada entre el escritorio y su cuerpo tan viril e implacable y luego tomó su boca como si se estuviera cobrando una deuda. Y ella se derritió. No hay otra palabra más precisa. Como alimentándose de su reacción, Anthony saqueó su boca tan a fondo que ella llegó a olvidarse de dónde estaban. Las largas y adictivas caricias de su lengua hicieron que su pulso se acelerara de manera salvaje y sintió la piel a punto de estallar, ansiosa de su contacto, anhelándolo. Tal vez fue por eso que apenas notó que su mano se deslizaba hacia sus pechos, amasándolos a través del vestido.

Entonces sus pezones comenzaron a endurecerse y a dolerle. Era imposible no notarlo.

Trató de recordar lo que había leído acerca del apareamiento de los animales, pero su mente estaba demasiado aturdida por el aroma a loción de afeitar y a piel... por la crudeza posesiva de su lengua... por su otra mano, que se deslizaba por su garganta y bajo la tela de su vestido.

—¡Anthony! —Ella se apartó bruscamente, sujetándole la mano antes de que alcanzara a meterla por dentro de su vestido—. Tú no puedes... tenemos que...

—No tenemos que hacer nada. —La miró con los ojos brillantes—. Tú y yo, cariño, tenemos una lección pendiente.

—¿Pero aquí? ¿Ahora? Es demasiado peligroso.

—Nadie nos ha visto llegar. Está claro que no saben que estamos aquí arriba a solas.

Ella sabía que no debía escucharlo... era perfectamente probable que la señora Harris o cualquier otra maestra entraran a buscar algo. Pero ellos estaban en el último piso, lejos del despacho, y la puerta estaba cerrada, no había nadie alrededor, y...

Y ella quería saber qué era capaz de hacer él, cómo la haría sentir…

¡Maldito sea! La había contagiado de su imprudencia.

—Puede que no tengamos otra oportunidad, lo sabes -continuó diciéndole mientras llenaba su cuello de cálidos y embriagadores besos. Esta vez ella no hizo nada por detenerlo cuando deslizó la mano por dentro de su vestido para asir sus pechos, luego los acarició con lentos y sedosos movimientos que aliviaron el dolor de sus pezones, sólo para hacerlo aumentar de nuevo segundos más tarde.

Ella se agarró de sus hombros, más que nada para evitar desmoronarse y caer a sus pies, convertida en un charco informe. Los dedos de él le agarraban ahora los pezones... oh, cielos. Mas abajo, algún tipo de fluido se filtró a través del vello de su monte de venus y sintió en la carne de esa zona un hormigueo y un calor intenso.

Así que de eso se trataba la seducción, era... aquella hirviente necesidad de sentir las manos de él en sus pechos, sus pezones, en esa tensa y ardiente zona entre sus piernas...

¿Y ella le había dicho que era inmune a esas tentaciones?

No le extrañaba que él se hubiera reído.

Su boca buscó de nuevo la de ella, besándola tan a fondo que ella no notó hacia dónde se dirigía su otra mano hasta que ésta se deslizó por debajo de su vestido y se situó entre sus piernas. Cuando él frotó su monte de venus a través de las capas de tela de su ropa interior, ella instintivamente se arqueó y supo que estaba en un grave, gravísimo, problema.

Porque aquella era la sensación más exquisita que había sentido nunca. Con experto cuidado, él acarició esa parte de su cuerpo que se había tensado con la urgencia de ser tocada y que ahora latía con el estremecimiento de las escandalosas caricias. Las manos de él estaban en todas partes, su pulgar jugaba arriba con sus pezones y la otra mano la acariciaba abajo a través del vestido. Se le escapó un gimoteo que no logró reprimir y él en respuesta ahuecó la mano completamente entre sus piernas, tan completamente que ella estaba segura de que debía notar...

Luchó por liberarse.

—Por favor, Anthony, si sigues tocándome así a mi vestido le va a salir una mancha de humedad y no tengo otro para cambiarme.

—¿Una mancha de humedad? —Tras un segundo, él se rio—. Ah, sí, una mancha de humedad. Sólo tú podrías ponerte tan práctica en un momento como éste.

—No tengo más remedio.

—Hay una manera de evitar esa «mancha de humedad». —Dejó de acariciarla un momento, pero sólo para subirle el vestido—. Además, no hemos acabado con nuestra lección.

—¡Para! —gritó, deteniendo su mano—. No puedo arriesgarme a perder mi puesto de maestra. Si alguien nos encuentra juntos aquí...

—No ocurrirá —dijo con voz ronca mientras liberaba su mano.

—¿Cómo puedes estar seguro?

—La puerta está cerrada, los oiríamos llegar mucho antes de que nos vieran, y el espacio que hay debajo de tu escritorio es lo bastante amplio para que nos escondamos los dos.

Ver que lo había planeado cuidadosamente la hizo detenerse a reflexionar, sin embargo no podía resistir aquellas caricias en sus pechos.

—Apostaría a que has hecho este tipo de cosas antes —susurró.

—Una o dos veces.

—¿Tratando de evitar a maridos celosos?

Él soltó una risita.

—Eso sería si se levantaran de la tumba. Prefiero las viudas, ¿recuerdas?

—¿Entonces por qué quieres seducirme a mí?

Él roció de besos toda su mejilla.

—¿Por qué quieres cambiar los términos de nuestro acuerdo?

Ella se apartó para mirarlo fijamente y vio el matiz calculador en sus ojos antes de que él tuviera tiempo de enmascararlo.

Sintió una opresión y un súbito dolor en la garganta. No se había equivocado. Él no se creía sus razones para pedir una fiesta de óxido nitroso. Sólo la estaba tocando y besando para conseguir que confesara la verdad.

Y casi había conseguido adormecerla en una nube de olvido.

Con una fuerza surgida de la ira, lo empujó para apartarlo de ella.

-Ya te dije el porqué —contestó mientras él retrocedía pasmado, pillado por sorpresa—. Y la lección ha terminado. -Rápidamente, dio la vuelta al escritorio, ansiosa por interponerlo entre los dos antes de que él pudiera alcanzarla.

—Oh no. —Un intenso rubor de indignación asomó a sus mejillas, el ansia en su rostro puramente animal—. No hemos terminado. No hasta que te vea alcanzar la cumbre de tu placer.

—Como si eso te importara. —Dio vueltas en torno al escritorio para esquivarlo—. Lo que pasa es que piensas que estoy mintiendo sobre mi razón para querer la fiesta y crees que si me seduces te revelaré los secretos que en realidad no tengo. Es por eso que estás haciendo esto.

Aunque lanzó una ruda carcajada, la rigidez de su mandíbula delataba su ira.

—¿Ah, sí?

—¿Por qué otra razón ibas a querer llevarme a la cama?

—Te sorprenderías. —La miró con dureza—. O tal vez no. Pero de cualquier modo, quiero descubrir tus secretos, cariño. Y eso no es todo. Oh, no.

Con ojos ardientes de un azul intenso, él miró sus labios ligeramente separados, sus pechos agitándose con cada respiración y las manos temblorosas que trató de ocultar detrás de Ia falda. Se inclinó y plantó las manos sobre el escritorio, tan cerca de ella que retrocedió un paso reprimiendo un grito.

—Quiero tenerlo todo de ti —gruñó—. Quiero contemplar cómo llegas al éxtasis en mis brazos y quiero ser yo quien te lo provoque.

—¿Por qué?

—Porque una vez hayas probado la verdadera pasión, te morirás de ansias por ella día y noche hasta el sábado, sabiendo que sólo podrás volver a saborearla de nuevo en mi cama. Y entonces te tendré exactamente como quiero tenerte.

—Nunca me iré a la cama contigo —dijo con voz ronca con la esperanza de que él pudiera creerse ese juramento cuando en realidad cada palabra suya provocaba un coro de respuestas en su interior—. Es hora de que te vayas, lord Norcourt. Sugiero que vuelvas a los establos hasta que yo aparezca fuera junto a los demás.

—No voy a marcharme hasta que acabemos la lección —dijo él, con un gruñido amenazante.

—Entonces me iré yo.

Se lanzó como una flecha hacia la salida. Rápido como un halcón, él se abalanzó hacia ella y la detuvo ante la puerta, acorralándola. Atenazada por el miedo, ella le dio un codazo en las costillas lo bastante fuerte como para hacerlo gruñir y caer hacia atrás.

En ese instante, ella abrió la puerta. Estaba casi fuera cuando él le gritó:

—¡Espera!

Se volvió para mirarlo con odio, preparada para luchar.

—No hemos acabado, cariño —le juró—. Huye si quieres, pero finalmente te cogeré y terminaremos nuestra lección. O de lo contrario no tendrás tu fiesta el sábado.

—Bien, tendremos nuestra lección —respondió ella, demasiado consciente del delicado juego al que estaba jugando—. Pero más tarde, en un lugar seguro, a la hora que yo escoja. Y eso si eres capaz de salir de aquí sin levantar sospechas.

Se apresuró hacia las escaleras y salió disparada hasta asegurarse de estar fuera de la vista del piso superior y el inferior. Luego se detuvo en el descansillo para alisarse la falda, arreglarse el pelo y calmar los latidos salvajes de su corazón.

Había escapado por los pelos. Nunca lo había visto así... intentando sin piedad conseguir lo que quería.

Tampoco había imaginado que aquello iba a hacerla dejar toda precaución de lado y permitir que él hiciera con ella lo que quisiera. Aunque los latidos de sus pechos y de esa zona más abajo se habían atenuado, el ansia yacía justo bajo la superficie, como un picor que uno necesitara calmar. 116

«Una vez hayas probado la verdadera pasión, te morirás de ansias por ella día y noche hasta el sábado, sabiendo que sólo podrás volver a saborearla de nuevo en mi cama. Y entonces te tendré exactamente como quiero tenerte.»

Sólo pedía al cielo poder demostrar que se equivocaba.


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