Prólogo






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Capítulo siete



Querida Charlotte:

No habéis mencionado la naturaleza de vuestra relación con el vizconde. Si mi opinión puede serviros de algo, os aconsejo que tengáis cuidado. Probablemente no os tomarías una aventura con la misma ligereza que él. En cuanto a la posibilidad de que el vizconde os lleve a descubrir mi identidad, ni os molestéis en intentarlo. Sólo sé de sus fiestas por los cotilleos.
Vuestro preocupado primo, Michael

Menos de una hora más tarde, entraron en tropel al salón de baile. Anthony observó a la señorita Prescott explicándole a la profesora de baile el nuevo plan. Por lo visto la mujer estaba encantada de que no la necesitaran, pues abandonó el barco en cuanto oyó que la señorita Prescott pensaba hacerse cargo de la lección de ese día.

Una de las chicas se dirigió hacia el piano.

-Toca un vals —le pidió Anthony—. Es el único baile adecuado para demostrar lo que es indecoroso.

La chica miró a la señorita Prescott, que dejó escapar un suspiro.

-Tiene razón, el vals facilita más oportunidades para tocar de forma inadecuada.

Y también le daría más oportunidades a él para poner a prueba la entereza de ella. Sí, es cierto que el público lo obligaría a contenerse, pero podría tocarla, y alterarla. Trataría de descubrir sus verdaderas razones para exigir una fiesta de óxido nitroso.

Eso era todo lo que quería. Y no ponerle las manos encima. O bailar con ella. O sentir cómo se movía bajo sus manos.

Contuvo una maldición. Es cierto, tal vez quería algo más aparte de incomodarla. Pero ¿quién podía culparlo? Sus miradas veladas y comentarios desafiantes lo estaban volviendo loco, por no mencionar su forma de moverse por la habitación y el modo en que dejaba asomar la punta de la lengua cuando escribía y otro millón de gestos atractivos que le hacían acordarse dolorosamente de aquel beso.

Incluso las miradas relativamente inofensivas a sus tobillos le hacían desear quitarle las medias y pasar los labios por todo lo largo de sus delgadas pantorrillas...

Maldición, no debía perder de vista su propósito. Y dicho propósito tenía que ver con asegurarse de que podía confiar en ella, estar seguro de que su conspiración no arruinaría su oportunidad de liberar a Tessa. No se trataba de seducirla.

—¿Vamos a la pista de baile? —preguntó la señorita Prescott, arrancándolo de sus pensamientos.

Él le ofreció el brazo, y ella apenas lo tocó. En cuanto ocuparon el centro y se miraron de frente, él le sonrió. —Yo estoy a punto, cuando usted quiera...

-Me atrevería a decir que usted siempre está a punto —murmuró ella.

Una respuesta maliciosa acudió a sus labios, pero se esforzó por reprimirla, pues no estaba seguro de que ella hubiera usado a propósito el doble sentido. No valía la pena provocarla innecesariamente arriesgándose a que diera por terminado el baile. Aunque dada su mención de los instintos animales de aparearse, sospechaba que la pequeña naturalista tenía las cosas muy claras.

La tomó en sus brazos y comenzó a bailar, tratando de no prestar atención a esa parte de él que estaba «siempre a punto». Las chicas a su alrededor los observaban, pero él no les prestó atención. Sólo podía pensar que la muñeca de la señorita Prescott era todavía más fina de lo que él suponía, que olía ligeramente a almendras y que necesitaría la mínima provocación para obedecer al impulso de llevársela a una habitación y violarla.

«Firmeza, no dejes que la bestia tome el control, por muy tentadora que sea esta mujer y el modo en que coquetea.»

Lamentablemente, la serenidad de su expresión parecía demostrar que en aquel momento no estaba de humor para coquetear. Y eso lo irritaba. Ahí estaba él, ardiendo en deseos de marcarla con su boca, mientras ella se comportaba como si ni siquiera notara que él la estaba abrazando.

—Desde luego es usted fría —le dijo Anthony por lo bajo.

—Alguno de los dos tiene que serlo. Y dado que usted no se cansa de hacer comentarios atrevidos y llamarme «querida» en momentos inoportunos...

—Pero usted encubrió muy bien mi error. Las chicas no sospecharon nada.

ELla miró con el ceño fruncido a sus alumnas, que estaban completamente atentas a sus susurros.

—No puedo entender qué lo llevó a hablarme de esa forma tan imprudente. Compartimos tan sólo un beso, probablemente menos de lo que comparte usted con sus criadas.

Él se encolerizó.

—Nunca he seducido a una criada. Usted debería saber mejor que nadie que una bestia no ensucia su propia cueva. Eso comportaría un enorme desorden. Y yo siempre evito los desórdenes.

—No me lo puedo creer —dijo ella con malicia—. ¿Está reconociendo que es usted una bestia?

—Usted parece decidida a creer que lo soy. Y yo puedo hacer ese papel. —Deslizando la mano más abajo en su espalda, la apretó contra él y se dirigió a las chicas, que soltaban risitas—. ¿Ven, señoritas? Este es un abrazo demasiado íntimo para un hombre que acaban de conocer.

Ella alzó una ceja, y luego le pellizcó el hombro. Con fuerza.

—¡Oh! —Él apartó el brazo.

—Y ésta, señoritas —le dijo ella—, es la manera de combatir tal atrevimiento.

—No es un gesto digno de una dama —se quejó él.

—No, pero es efectivo.

—Por ahora. —Le miró los labios y le habló en voz muy taja—. Cariño.

—¡Controle su lengua!

—¿Preferiría que la llamara Madeline? Es un nombre adorable.

Una sonrisa maliciosa asomó a los labios de ella.

—¿Ahora va a elogiar también mi elegancia?

¿A qué se refería? Oh, sí. Había olvidado su intercambio con la señorita Bancroft.

—Eso fue en la clase. Con usted, soy completamente honesto.

—No veo por qué iba a ser diferente con ellas que conmigo.

—Ya se lo dije... las colegialas virginales no son mi tipo. Me gustan las mujeres adultas. —Bajó la mirada hacia sus pechos y murmuró—. Y con más mundo.

Ella le dio un pisotón con sus zapatos de sorprendente tacón. Él lo notó incluso a través de la bota y se echó hacia atrás, perdiendo el paso.

—Y esto, señoritas —dijo a las chicas—, es lo que debéis hacer cuando un caballero no mantenga la mirada en vuestro rostro, como debe ser.

Las chicas se rieron mientras él recuperaba su posición para continuar bailando.

—¿Era necesario? —le gruñó por lo bajo.

—No quiero que las chicas piensen que estamos envueltos en algo escandaloso.

—Ah, pero sí lo estamos. —Ella la miró perpleja y él continuó—. Su fiesta, ¿recuerda? Si eso no es escandaloso no sé qué lo es.

A ella se le iluminaron los ojos.

—¿ Ya la ha organizado ?

—Todavía no. Aún tengo que decidir quién debería convocarla.

Al notar que sus alumnas soltaban risitas, frunció el ceño y se dirigió a ellas.

—Me temo que la música os impide oír lo que su señoría está diciendo, pero lo que hace es susurrarme tonterías como parte de vuestra lección. Recordad, es perfectamente aceptable mantener una conversación con un bribón siempre y cuando no permitáis que sus mentiras os afecten.

—Yo no estoy mintiendo —dijo él apretando los dientes.

—No, sólo está buscando entretenimiento para estas dos semanas —le susurró ella—. Me está viniendo a la cabeza la idea de decirle a la señorita Harris que está haciendo usted un trabajo muy pobre con estas leccio...

—Oh, por el amor de Dios, tendrá usted su fiesta. —La Inteligente jovencita no se dejaba distraer. Y él no se atrevía a poner en peligro la oportunidad de una plaza para Tessa—. Tendrá que confiar en mí.

—¿Por qué iba a hacerlo? —murmuró ella.

Enfadado, la hizo girar con brusquedad.

—¿Está poniendo en duda mi honor?

-Usted ha dejado muy claro que tiene poco honor que poner en duda, señor.

—Sin duda se dará cuenta de que únicamente estoy imitando a los hombres que he observado.

Ella alzó las cejas.

—Usted parece saber muy bien cómo ablandar a las chicas.

-Y usted parece saber muy bien cómo provocar los instintos animales de un hombre. Sin embargo, yo no he puesto en duda su honor.

Ella se ruborizó, luego bajó la mirada. La simple vista de ese rubor ganado con tanto esfuerzo le hizo desear besarla insensatamente.

Maldita sea, debería vigilar sus pasos. Ella le hacía olvidarse de dónde estaba, algo que nunca le había pasado con otra mujer. Se suponía que debía seducirla para descubrir sus secretos, y no ir tras ella deseándola con la finura de un toro lujurioso.

—No soy tan malvado como supone —dijo él, en parte para convencerse a sí mismo.

Sus miradas se encontraron.

—Nunca he dicho que sea malvado. Además, no es su malicia lo que me preocupa. —Ella volvió la cabeza hacia su público—. Se trata de la forma en que ellas nos observan, las sospechas que puede levantar su comportamiento imprudente conmigo, lord Norcourt.

Por alguna razón que no pudo entender, que ella usara su título de ese modo tan formal le dolió. Le resultaba poco familiar desde que lo había obtenido, un mes atrás, pero en sus labios sonaba retorcido, casi como un insulto.

Se inclinó hacia ella lo bastante como para susurrarle.

—Me comportaré bien con usted cuando ellas estén cerca, pero sólo si me llama Anthony en privado... Madeline.

—Dé un paso atrás, señor —exigió ella.

—Llámeme Anthony.

Él, más que ver notó su intento de volver a pisarlo. Anticipándose a su movimiento, la hizo girar, una tarea fácil, ya que no pesaba casi nada. En cuanto la tuvo de nuevo de frente, con el rostro encendido de ira, mantuvo la distancia pero bajó la mano a la parte más baja de su espalda.

Ella le pellizcó el hombro.

Él hizo un gesto de dolor, pero lo ignoró.

—Diga que me llamará Anthony en privado.

Ella le lanzó una mirada fulminante.

—Nunca estaremos en privado si puedo evitarlo.

Por Dios, sí lo estarían. Ese podría ser el único modo de forzarla a revelar sus secretos.

—¿Entonces por qué no usa mi nombre propio? Es un precio bastante pequeño.

—No si cometo un desliz y lo empleo delante de las chicas. No si ellas van corriendo a contarle historias a la señora Harris y pierdo mi puesto.

Su preocupación real lo hizo detenerse. Él dirigió la mirada hacia las chicas, que los observaban vorazmente, afortunadamente incapaces de oír nada por encima del sonido del piano.

—Ellas le adoran. No irían con chismes a su superiora.

Un dolor repentino apareció en sus dulces ojos de color ámbar.

—La gente te da sorpresas. Crees que conoces su verdadero carácter y entonces... —Se quebró y forzó una sonrisa—. Mis chicas estarían tan dispuestas a extender cotilleos como cualquier otro. Como decía usted ayer, el cotilleo es la moneda de cambio en nuestra sociedad. Incluso mis chicas tienen su precio.

La expresión perdida de su rostro hizo que algo se retorciera en su pecho, y sintió deseos de sacudirla para averiguar quién la había amenazado con cotilleos en el pasado. Le hizo sentir deseos de defender su honor.

Qué ridículo. Por lo que sabía, ella no tenía honor. Las mujeres bellas, incluso aquellas que no tienen fortuna, normalmente se casan en cuanto son lo bastante mayores como para dejar la escuela... al menos que haya alguna razón que les impida el matrimonio. Y sólo había una forma de que ése pudiera ser su caso.

Sin embargo, su mirada ansiosa lo angustió y de mala gana retiró la mano para colocarla en el lugar adecuado.

—Intentaré ser más cuidadoso cuando estén delante.

Una sonrisa de gratitud asomó a sus labios.

—Te lo agradezco... Anthony.

El sonido de ese nombre en sus labios despertó un revuelo de emoción en su interior, dulces recuerdos de sus padres cuchicheando juntos. Hasta que su madre murió, y la vida idílica que él había conocido tocó a su fin.

Dios santo, ¿de dónde había venido aquello? ¿Y por qué ahora, con aquella maestra de escuela? Tendría que mantener un control mucho más estrecho de sus emociones al estar con ella. Ella no era como las mujeres con la cabeza llena de plumas que habitualmente seducía... ella le llegaba más allá de la piel, y eso no debía pasar.

Especialmente con una mujer en la que no podía confiar. Era tan conspiradora como cualquier libertino, sólo que lo disimulaba mejor.

—¿Y ahora qué toco? —se oyó la voz de la chica que estaba al piano.

Maldición, la música se había detenido. Y ninguno de los dos lo había notado.

Madeline palideció, luego miró el reloj.

—Perderá la reunión con su administrador si permanece aquí más tiempo, lord Norcourt.

Lo estaba rechazando, y él sabía por qué. No podía soportar por más tiempo aquel encuentro casi privado. Y él tampoco.

—Sí, supongo que tengo que irme —dijo él.

Un coro de protestas siguió su declaración, y él se volvió sonriente hacia las chicas.

—Siempre hay un mañana. Y no tengo ninguna cita.

—Pero nosotras mañana estaremos fuera —se quejó la señorita Seton.

Madeline se sobresaltó.

—Dios, había olvidado por completo que vamos a visitar una reserva de animales salvajes. —Se volvió hacia él—. Va toda la escuela. Lo planeamos hace meses.

—¿Puedo acompañarlas?

—Es una idea excelente. —A él le sorprendió la respuesta—. A la señora Harris le gusta tener compañía masculina en esas salidas siempre que es posible. Así que doy por hecho que ella no pondrá ningún inconveniente. Nos encontraremos aquí a las ocho. —Una sonrisa burlona asomó a sus labios—. Si usted cree que puede madrugar dos mañanas seguidas, quiero decir.

—Yo puedo si usted puede, señorita Prescott —añadió él—. No se preocupe, puedo hacer cualquier cosa que me proponga.

Incluyendo seducir a cierta maestra de escuela ante las narices de su jefa.

La posibilidad lo asaltó y él no la dejó marchar. ¿Por qué no? Él la observó caminar hacia sus alumnas con el adorable balanceo de su trasero. Él había estado tratando de dilatar las cosas hasta averiguar por qué quería esa maldita fiesta, y eso sólo había servido para hacer crecer su determinación.

Entonces tal vez debería intentar seducirla. Eso podría servirle para asegurarse de que cumpliría su promesa, más allá de lo que ocurriera con la fiesta de óxido nitroso. Si ella sucumbía, él tendría algo con qué agarrarla, para asegurarse la apuesta.

«Tú dijiste que era de las que se casan —le recordó su adormecida conciencia—. Estabas seguro de que era una criatura virginal e inocente.»

Al principio sí, pero ahora ya lo dudaba. Su reacción cuando hablaron de los cotilleos, el hecho de que estuviera dispuesta a arriesgar su posición... lo poco que se ruborizaba demostraba que era una mujer con algún tipo de experiencia. Él podría jurar que escondía algo... un hecho desagradable del pasado, tal vez un amante irresponsable.

Ella había declarado que no se vería tentada por la seducción. ¿Y por qué no si la moralidad no era importante para ella, según había afirmado? La mayoría de las mujeres estarían entusiasmadas de recibir las atenciones de un lord. Flirtearían y tratarían de retenerlo, con la esperanza de conseguir el matrimonio. Si ella de verdad se creía inmune a la tentación, tenía que ser porque algún idiota la habría puesto en guardia contra los hombres intentando seducirla de manera chapucera.

No sería su caso.

Ante la imagen de la fría señorita Prescott tendida desnuda debajo de él, el demonio que había en él se puso a dar brincos. Cómo disfrutaría viendo esos ojos felinos ardiendo ante él durante los imprudentes placeres del amor.

«Sólo quieres llevártela a la cama —le dijo la misma voz en un tono más crítico—. Esa es la verdadera razón por la que estas decidido a creer que es una confabuladora... así tienes uno excusa para seducirla.»

Frunció el ceño. Nunca antes había necesitado una excusa; desde luego tampoco necesitaba una ahora.

«Seducirla es peligroso, y lo sabes. Sin embargo, estás dispuesto a arriesgarlo todo para tenerla. ¿Y por qué? Porque es la primera mujer con la que has disfrutado fuera de la cama.»

Esa posibilidad le hizo sentir un sudor frío.

Soltó una maldición y se dirigió hacia la puerta. Eso era absurdo. Puede que disfrutara de su ingenio, pero no era lo bastante tonto como para permitir que la dulce carita de una confabuladora le pusiera la vida patas arriba.

Llevársela a la cama era sólo una parte de su plan para conseguir que ella mantuviera la promesa de aceptar a Tessa. Nada más que eso.
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