Prólogo






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Capítulo cinco




Querida Charlotte:

¿Por qué diablos queréis saber algo acerca de lord Norcourt? Por favor, decidme que no habéis caído bajo su hechizo. Después de lo que os conté sobre sus escandalosas fiestas, creía que tendríais el suficiente juicio como para no sucumbir a su tan cacareado talento para seducir viudas.
Vuestro preocupado primo, Michael
Anthony caminaba arriba y abajo por el vestíbulo, poniéndose cada vez de peor humor. La criada le había asegurado que la señorita Prescott se reuniría con él enseguida, y sin embargo él seguía esperando impaciente fuera del aula. Una manada de chicas que venía de desayunar había pasado ante él hacía diez minutos soltando risitas. De vez en cuando se asomaba alguna, que luego volvía con las demás para cuchichear. Se sentía como una atracción de circo.

Maldita señorita Prescott... sin duda lo estaba haciendo esperar con algún propósito vil por su parte. Y él odiaba que lo tomaran por tonto.

¿Habría entendido mal sus indicaciones? Estaba claro que no le había dicho que empezara a dar esas estúpidas lecciones él solo. Ni siquiera estaba seguro de lo que quería que dijera. Precisamente cuando ya había decidido ir al despacho de la señora Harris, oyó que alguien subía las escaleras corriendo. Se giró a tiempo para ver a la señorita Prescott subir de un salto el último escalón. Luego se quedó helada al verle.

Su magnífico pelo estaba hecho un desastre, medio suelto sobre sus hombros, y sus mejillas brillaban con el mismo color rojo amapola de su vestido. Sus labios tartamudearon una serie de respiraciones entrecortadas.

—L...Lord... No... Norcourt—tartamudeó, tratando en vano de recobrar el aliento—. Bu... Buenos... días.

Su enfado se esfumó, dando paso a una satisfacción malévola. No la había entendido mal. Simplemente llegaba tarde.

Oh, era demasiado bueno como para expresarlo con palabras. Aquello lo resarcía de haberse levantado a una hora intempestiva, de la carrera frenética que le había obligado a hacer a su caballo y de haber renunciado a su juerga con Stoneville.

Apenas podía disimular su alegría.

—Señorita Prescott —le dijo alargando las sílabas—. La he estado esperando. —Sacó su reloj del bolsillo y lo observó con exagerado interés—. Dijo usted a las ocho, ¿verdad? ¿De la mañana?

Ella trató de recogerse bien el pelo mientras se apresuraba a acercarse a él.

—Hubiera jurado que dijo a las ocho. —Agitó su reloj, luego volvió a mirarlo—. O mi reloj está roto o usted no es precisamente...

—... puntual —terminó la frase apretando los dientes. Se detuvo a unos pasos de él—. Muy bien, lord Norcourt, ha demostrado que puede llegar a ser puntual.

Sin molestarse en ocultar su sonrisa, él volvió a guardarse el reloj en el bolsillo.

—Y usted, señorita Prescott, ha demostrado que no puede.

Si una mirada pudiera matar, él yacería en ese momento en el suelo. Pero ni siquiera sus ojos enfurecidos podrían estropearle la diversión. Entró a la clase tras ella de un humor excelente.

Las estudiantes, que se habían arremolinado, corrieron a saludarla.

—¿Se encuentra bien, señorita Prescott? —preguntó una de ellas.

—No estaba en el desayuno —dijo otra, mirándola con preocupación.

Ella las miró con cariño.

—Me encuentro perfectamente bien, de verdad.

—¿Su padre no estará de nuevo enfermo? —preguntó otra muchacha.

La diversión de Anthony por fin se empañó. ¿Acaso su interés por las fiestas de óxido nitroso tendría que ver con la salud de su padre?

Si ella ya había comenzado un artículo sobre el tema seguramente sabría que el gas no tenía propiedades curativas. Además, si ese era su propósito, ¿por qué no contárselo?

Ella le lanzó una mirada de reojo y respondió:

—Mi padre se encuentra bien. Simplemente me he dormido. Ha sido algo descortés por mí parte, y siento haberos asustado. —Una sonrisa genuina apareció en su rostro al contemplar a las chicas—. Agradezco vuestra preocupación.

Él tenía que admirarse de cómo trataba a sus estudiantes, un trato del todo diferente al que él había recibido a esa edad. Eso probablemente explicaba por qué se mostraban tan solícitas con ella.

Dio unas palmadas con las manos.

—Y ahora, señoritas, es hora de tomar asiento. Tenemos un invitado especial, así que espero que os comportéis muy bien esta mañana.

Treinta pares de ojos lo recorrieron con curiosidad, pero las chicas fueron a sus asientos sin demora. A regañadientes, tenía que reconocer que la señorita Prescott parecía buena en su profesión. Esa era otra razón para luchar por la admisión de Tessa, si es que las otras maestras eran tan competentes como ésta.

—Señoritas —dijo, tan pronto como estuvieron sentadas—, nos honra tener hoy con nosotros al vizconde Norcourt. La sobrina de lord Norcourt se matriculará pronto con nosotras, por eso él ha tenido la amabilidad de ofrecernos... es decir... él os demostrará a vosotras...

Sintiendo compasión ante la confusión de la señorita Prescott, Anthony avanzó un paso.

—Yo impartiré lecciones sobre hombres.

Eso captó su atención. Se enderezaron en sus asientos e intercambiaron miradas significativas que lo hicieron preguntarse qué demonios iba a decirles.

La señorita Prescott le sonrió agradecida.

—Lord Norcourt revelará lo que ha aprendido de su vasta experiencia en sociedad. Su enseñanza se centrará en cómo identificar a la clase de hombre que no conviene.

—Así cuando os encontréis con uno de ellos —añadió él—, sabréis cómo conseguir que os deje en paz.

Al fondo del aula alguien levantó la mano. El lanzó una mirada a la señorita Prescott, pero ella ya lo había dejado solo. Maldición. Esperaba que lo ayudara la primera vez.

Contuvo su irritación y sonrió a la muchacha que levantaba la mano.

-¿Sí?

La joven se puso en pie.

—Yo soy Lucinda Seton. —Mantenía la nariz alzada—. Mi padre es un coronel. Él dice que si un soldado o cualquier otro hombre trata de tocarme, debo darle una bofetada y decirle que mi padre le disparará al amanecer si vuelve a intentarlo.

La señorita Prescott murmuró que no era la primera vez que la señorita Seton hacía ese comentario. No era extraño que quisiera que las chicas recibieran clases.

—¿Esa estratagema es válida para usted? —preguntó él.

La señorita Seton pestañeó.

—No lo sé... Todavía no he tenido ocasión de ponerla en práctica.

—Con tantos soldados alrededor, ¿nunca se ha topado con alguno impertinente? —La miró atentamente—. ¿O acaso el que se mostró impertinente no le disgustaba?

Ella se puso colorada y se sentó.

Cuando las otras chicas soltaron risitas tontas y la señorita Seton se ruborizó aún más, él añadió:

—Pero su padre, señorita, tiene razón. Su táctica puede funcionar con cierto tipo de hombres.

Concentrándose en la materia, él comenzó a caminar por la habitación.

—Escuchen, señoritas. Hay tres clases de hombres: las bestias, los caballeros y las bestias que se hacen pasar por caballeros. En contra de lo que sus padres puedan decirles, ni los parientes, ni el rango ni el dinero de un hombre ayudan a distinguir a los unos de los otros. He visto a un herrero ofrecer su abrigo a una chica mendiga, y a un conde echando con rudeza a la viuda de un noble de su coche porque ella tosía en el asiento. Los hombres son un asunto delicado, no importa cuál sea su rango. No dejen que nadie las convenza de otra cosa.

Se detuvo para observar a las susceptibles jóvenes que tenía ante él y un pánico desconocido lo invadió al pensar que era responsable de las opiniones de esas jovencitas. Entonces, el rostro lleno de lágrimas de Tessa en el funeral acudió a su mente, y reflexionó acerca de qué le diría a ella. Instantáneamente, el pánico desapareció.

—Ese es precisamente el problema —continuó—. Una bestia es fácil de reconocer. Te lanza miradas lascivas o te manosea cuando baila contigo. Te agarra cuando estás a solas y te intenta besar aunque protestes. —Sonrió a la señorita Seton—. Abofetearlo y amenazarlo con la cólera de papá es totalmente adecuado. Darle con una maceta en la cabeza tampoco estaría mal.

Las chicas se rieron. Incluso a la señorita Prescott se le escapó una sonrisa.

—Pero todos aquellos que llamamos granujas o bestias disfrazados de caballeros tienen una cosa en común. Detestan ser descubiertos. No van lanzando signos que digan «estoy aquí para tentarte y corromperte». No, sonreirán y se mostrarán encantadores para caeros en gracia. Luego os tentarán para corromperos.

Las expresiones escépticas de las chicas lo llevaron a preguntarse cuan a menudo habrían oído eso de la señorita Harris y sus maestras, probablemente con una importante dosis de enseñanzas morales. ¿Y qué chica desearía creer que los hombres no son esos individuos encantadores con los que anhelan casarse? Especialmente cuando esos adorables individuos consiguen deliberadamente que los corazones de las damas se derritan y sus pulsos se aceleren.

Las jovencitas necesitaban algo más para poder convencerlas.

Esperó hasta que terminaran las risitas.

—Antes de continuar, quisiera saber algo más acerca de vosotras. —Señaló a una sencilla muchacha con gafas que estaba en la primera fila—. ¿Por qué no empezamos con usted, señorita...?

—Bancroft —dijo ella con cautela—. Elinor Bancroft.

—Es un nombre precioso. —Un nombre familiar, además. ¿Dónde lo había oído? —. Es apropiado para una chica con sus modales elegantes.

Las otras chicas soltaron risitas tontas y ella les lanzó una mirada de odio.

—Gracias, señor.

—¿Y de dónde es usted, señorita Bancroft?

—De Yorkshire, señor.

Ahora sabía quién era. Todo el mundo la consideraba claramente la heredera más rica del norte de Inglaterra.

—Oh, sí, se le nota. Tiene ese aire confiado que se aprecia en mucha gente de Yorkshire. Es por el aire vigorizante del norte... que fortalece a las personas. —Se acercó furtivamente a su escritorio y le sonrió—. Probablemente es también el responsable de su hermoso cutis.

Un poco ruborizada, ella se enderezó en su asiento.

—Gracias, señor.

El cogió el libro que tenía sobre su escritorio y echó una ojeada al título.

—¿Está leyendo los sonetos de Shakespeare?

—Es mi libro favorito —confesó ella.

—El mío también. Cómo es ese verso... «una rosa con cualquier otro nombre...»

—No, señor —protestó ella—, eso es de una obra de teatro, Romeo y Julieta.

Con una expresión de disgusto en su rostro él dijo:

—Tiene razón. —Bajó la cabeza—. No soy bueno recordando versos, señorita Bancroft. Siempre me avergüenzo. Usted debe de pensar que soy un completo estúpido.

—¡No, claro que no! —se apresuró a asegurarle.

—Oh, estoy seguro de que lo piensa, siendo una chica tan inteligente.

—De verdad, señor, cualquiera puede aprender a recitar poesía si practica.

—Ojalá fuera cierto. Mi pobre madre, que es ciega, siempre me pide que le recite versos, y yo nunca puedo complacerla a menos que tenga cerca una biblioteca. Odio tener que decepcionarla muy a menudo.

—Si quiere yo puedo enseñarle una manera muy fácil de aprender poemas.

—¿Lo haría? —Él tomó su mano—. Eso complacería mucho a mi madre.

Ella se ruborizó violentamente.

—Será un honor ayudarle.

El apretó su mano.

—Acepto su promesa, señorita Bancroft.

—Desde luego, señor.

Ella trató de liberar la mano, pero él la retuvo y la miró.

—Tiene tinta en los dedos. Me atrevería a decir que además escribe poesía.

La mano de ella se relajó en la de él.

—En efecto, así es.

—¿Me permitiría leer alguna cosa? —Él jugaba con sus dedos mientras las otras chicas se enderezaban para ver—. Disfruto tanto de la buena poesía.

—Le traeré algunos de mis poemas mañana, si quiere.

—Me encantaría. —Frunció el ceño—. Ah, lo olvidaba... mañana no estaré aquí. ¿Puedo ir más tarde a su habitación a recogerlos? Podemos encontrarnos en la biblioteca.

Ella agitó sus pestañas.

Él le soltó la mano, dio un paso atrás y miró a las chicas, que lo observaban conmocionadas.

—Éste, señoritas, es el ejemplo de una bestia disfrazada de caballero.

Lanzó una mirada a la señorita Prescott y la vio luchando por no sonreír. El le guiñó un ojo y ella sacudió la cabeza. Pero sus hermosos ojos danzaban, y eso le provocó una oleada de deseo que se esforzó en ignorar.

Lamentablemente, cuando se volvió hacia las estudiantes, vio que la señorita Bancroft estaba desolada.

—Debería haberme dado cuenta de que usted no podía considerarme elegante —dijo suavemente—. Nadie cree que yo sea elegante.

Su tono herido lo atenazó. A pesar de su riqueza, le recordaba a Tessa, y se llenó de compasión.

—Yo no la conozco, señorita Bancroft —le dijo suavemente—, por eso no puedo saber si es elegante o cualquier otra cosa. Pero nuestra conversación me ha dejado ver una cosa. Usted tiene un buen corazón. Y, créame, eso es mucho más importante para un hombre que toda la elegancia del mundo.

Cuando ella lo miró con agradecimiento, volvió a dirigirse a las otras.

—Lamentablemente, las muchachas con buen corazón son presa fácil de los sinvergüenzas. Semejantes individuos dirán cualquier cosa para convenceros de estar a solas con ellos, hablarán de sus pobres y santas madres si con eso se ganan vuestra simpatía. Os dirán, con aparente modestia, que han sido heridos en Francia, si eso les sirve para ablandar vuestro corazón.

Miró hacia el fondo de la habitación.

—Señorita Seton, si usted y yo hubiéramos tenido la misma conversación y yo hubiera tomado su mano de la misma manera, ¿me habría abofeteado y amenazado con enviar a su padre tras de mí?

La señorita Seton se mordió el labio inferior, obviamente debatiendo si decirle la verdad. Finalmente suspiró.

—Supongo que no. —Luego se quedó un momento mirándolo en actitud reflexiva—. Pero usted es mejor partido que la mayoría de soldados que conozco, así que no creo que a papá le pareciera tan terrible que yo lo alentara.

Él se rio.

—Eso depende de cuánto sepa acerca de mi reputación.

Una chica sentada en las filas de delante murmuró:

-Yo nunca me hubiera dejado enredar con una tontería así.

-Tal vez no —dijo él, dirigiéndose a ella—, pero eso es porque yo dije cosas adecuadas a la señorita Bancroft. Cualquier sinvergüenza que pretendiera seducirla a usted confeccionaría sus mentiras a su medida. Cuanto más inteligente sea el granuja, menos descarado se mostrará. Sus cumplidos serán sutiles, de esos que usted desearía mucho creer.

Él clavó la mirada en la señorita Bancroft.

—¿Qué fue lo primero que la llevó a ablandarse conmigo, señorita Bancroft?

Ruborizada, echó una mirada a las otras chicas.

—Su amor por el verso. Supongo que eso también se lo inventó, ¿verdad?

—No, en realidad no. Pero el tipo de poesía que me gusta no es adecuado para damas.

Oyó que la señorita Prescott hacía un sonido extraño y a mirarla vio que estaba luchando por no reírse.

—¿Tiene algo que añadir, señorita Prescott? —bromeó.

Ella agitó sus pestañas.

—No, lord Norcourt. Le ruego que continúe.

El señaló el libro de la señorita Bancroft.

—Yo dije que amaba la poesía porque deduje, por sus gafas y por su libro que usted la amaba. —Comenzó a pasear otra vez—. Recuerden, señoritas, un sinvergüenza se agarrará a cualquier pista para entablar un mayor conocimiento. Si una muchacha lleva un cesto de flores y tiene la piel morena, confesará que ama los jardines más que ninguna otra cosa. Si una chica se apellida McBride y lleva cintas de cuadros escoceses, ensalzará las virtudes de Escocia. Hará todo lo que crea necesario para hacer que una muchacha se sienta cómoda con él.

Una chica levantó la mano y él le hizo un gesto con la cabeza.

—¿Y qué pasa si el caballero de verdad tiene una madre ciega, señor? Y si es verdad que le gusta la poesía. ¿No es grosero dar por sentado desde el principio que es un sinvergüenza ?

—No dé por sentado que es un sinvergüenza. Dé por sentado que es un extraño. Porque hasta que lo conozca bien, eso es exactamente lo que es. Un caballero no necesita esforzarse con atenciones. Dejará que la amistad progrese de manera natural. Será paciente y permitirá que conozca mejor su carácter, presentándole a sus amigos y su familia antes de tratar de encontrarse a solas con usted en la biblioteca.

—La señorita Harris dice que si es un caballero —intervino la señorita Seton— no intentará estar a solas con una señorita en absoluto.

—Incluso un verdadero caballero desea estar a solas con la mujer que está cortejando. Eso no significa que ustedes deban permitírselo. Pero él lo intentará.

—¿Usted lo intentaría? —preguntó la señorita Seton, abriendo los ojos como platos.

—Todos los hombres lo intentan. —Pero...

—Lo que lord Norcourt quiere decir —señaló la señorita Prescott—, es que todo el mundo, hombre o mujer, sinvergüenza o caballero, ha nacido con el instinto animal de aparearse.

¿Instinto de aparearse? La miró de reojo y sonrió.

—Dejemos que la naturalista lo exprese de manera tan elocuente.

Pero ella no había acabado.

—La diferencia entre las personas y los animales es que las personas pueden domar esos instintos si así lo deciden.

Eso dependía de lo poderoso que fuera el instinto y de la fuerza de voluntad de la persona. Él conseguía mantener a raya sus propios apetitos voraces dejando que la bestia saliera fuera a jugar regularmente en encuentros muy controlados. Pero que Dios lo protegiera si alguna vez le soltaba del todo las cadenas. No estaba seguro de lo que sería capaz.

Claro que ella no estaba hablando de él. Estaba hablando del hombre promedio. Y de eso él también podía hablar.

—La señorita Prescott dice lo correcto. Un verdadero caballero decidirá gobernar sus deseos. Si ustedes rechazan estar a solas con él, entonces respetará su decisión. Y si llegan a estar a solas con él, se encontrarán a salvo, porque él se regirá por las normas que la sociedad dicta a su comportamiento.

No muy consciente de lo que hacía, frunció el ceño.

—Pero a la bestia no le importan las normas. Seguirá intentando estar a solas con ustedes, señoritas, hasta tener éxito. Y una vez lo consiga no se controlará. Tengan por seguro que no intentará controlarse. Esa es la razón por la que deben aprender a distinguir entre la bestia y el caballero. Porque es la única forma de que puedan evitar que les hagan daño.

Por alguna razón, eso provocó un frenesí de cuchicheos entre las chicas. Alentada por las otras, la señorita Seton levantó la mano otra vez.

—¿Sí, señorita Seton?

Se puso en pie con una expresión seria en su rostro.

—Nos preguntábamos, señor... bueno... usted parece estar actuando con sinceridad, y tiene un gran conocimiento de estas cuestiones y... —Miró a sus amigas y vaciló.

—Haga su pregunta, señorita Seton. Prometo no morder.

Con sus amigas riendo e incitándola, ella lo miró de forma directa.

—Lo que nos gustaría saber, señor, es de qué clase es usted. ¿Es un caballero? ¿O una bestia disfrazada de caballero?

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