Prólogo






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Capítulo tres



Querida Charlotte:

Sabéis perfectamente que no es necesario que me digáis las cosas para que las sepa. Antes de comenzar a dar apoyo a esta escuela, llevé a cabo una investigación sobre su directora. Además, al menos una vez al año os quejáis de tener que hacer las cuentas. Tendría que ser ciego, sordo y tonto para no notarlo.

Vuestro amigo, Michael

Madeline frunció el ceño. Probablemente no debería haber soltado de golpe su petición, pero debía dejar clara su posición desde el principio.

—¿Está usted loca? —le espetó el vizconde.

—En absoluto —replicó ella, tratando de no dejarse intimidar.

Así que estaba enfadado. Bueno, ella también estaba enfadada, enfadada y cansada de estar un paso por delante de sus acreedores, de ver a su padre deambular sin rumbo en su diminuta cabaña, de preocuparse por el futuro.

Lord Norcourt se inclinó hacia ella, frunciendo el ceño peligrosamente.

—¿Por qué demonios estaría usted interesada en una fiesta de óxido nitroso? Está muy lejos de ser el tipo de celebración respetable al que acude una dama.

Ella trató de parecer serena mientras le explicaba la historia que se apresuró a improvisar.

—Ya le he dicho que soy naturalista. Estudio el comportamiento humano. Estoy escribiendo un tratado sobre los efectos del óxido nitroso en las personas, pero mi conocimiento limitado de este gas dificulta mi investigación. Necesito ser testigo de sus efectos en una variedad de individuos.

— ¿Por eso quiere acudir a una fiesta de óxido de nitrógeno? –dijo él incrédulo- ¿Como investigación para un artículo científico?

—Sí —Unos años atrás eso podía haber sido cierto. Pero cuando el uso que su padre hizo del gas le causó la deshonra, investigar sus beneficios perdió todo su atractivo.

—Puedo satisfacer su deseo sin ninguna fiesta. Estoy dispuesto a contratar a un químico para que haga la mezcla. Luego usted misma podrá experimentar con quien quiera.

—¡Eso no funcionará!

Él afiló la mirada.

—¿Por qué no?

Porque eso no le serviría para conocer a sir Humphry. Cosa que necesitaba más que nunca ahora que su última carta le había sido devuelta.

Había estado tratando de penetrar en su enrarecido círculo desde que se había mudado con papá a Londres el pasado año. Visitar al famoso químico en su casa y en la Royal Society había demostrado ser tan inútil como escribirle. Y sin su ayuda papá nunca sería capaz de volver a su práctica.

Lo único que podría persuadir a sir Humphry para aparecer en sociedad esos días sería una fiesta de óxido nitroso. Y en una atmósfera tan distendida, sería fácil conseguir ser presentada.

—¿Y bien? — insistió lord Norcourt—. ¿Por qué no basta simplemente con que le proporcione óxido nitroso?

—¿Cómo podría encontrar gente para experimentar con él? Doy clases a jovencitas. Si intento usarlo con ellas perderé mi puesto.

—Es más probable que pierda su puesto acudiendo a una de mis fiestas —señaló él.

—No tiene por qué ser una de esas fiestas con mujeres dando brincos, por el amor de Dios —dijo ella con irritación—. Sólo una de esas fiestas por el bien de la investigación científica.

Él resopló.

—No puede ser tan ingenua. Las fiestas que yo organizaba no son diferentes que las que organizaría cualquier otro libertino. Si usted acudiera a una de ellas estaría arriesgando no sólo su posición, sino también su reputación y su futuro.

El hecho de que probablemente tuviera razón la preocupó.

—Si el mundo fuera justo, señor, acudir a una fiesta con propósitos científicos no sería un riesgo en absoluto. Las mujeres recibirían el mismo respeto que se les concede a los naturalistas varones. Podrían acudir a la universidad igual que cualquier hombre.

La mirada de él se suavizó.

—Pero el mundo no es justo. Al menos no todavía.

Ese juicio fue como una caricia para su alma. Otros hombres soltarían la habitual estupidez de que las mujeres necesitan protección y no tienen la inteligencia suficiente para manejarse con ese tipo de estudios. Pero él no. Era sorprendente. Especialmente tratándose de un libertino.

Él se echó hacia atrás para apoyar los codos en la barandilla, con los músculos flexionados por debajo de la chaqueta que le sentaba estupendamente, y la corriente eléctrica que ella sintió le hizo perder el equilibrio. Dios santo, se movía como un semental de crianza, con facilidad natural y confianza.

Pero era algo más que su atractivo poco común lo que la perturbaba. Estaba acostumbrada a contemplar animales bellos, para registrar sus características y detallar su comportamiento. Pero no estaba acostumbrada a codiciarlos.

¿Codiciarlo? Debería de haberse vuelto loca. Un hombre como él, acostumbrado a tener mujeres en su cama regularmente, no la miraría ni dos veces. Y casi deseaba que lo hiciera, desde que había demostrado ser tan inteligente.

Sin duda cultivaría tal impresión para poder seducir a las mujeres.

«Cuidado, aquí estás fuera de tu campo. Él es un libertino impenitente y un lord. No lo olvides nunca.»

Como si él recordara eso mismo de repente, volvió a ponerse frío de nuevo.

—Precisamente porque el mundo no es justo no puedo darle lo que quiere. Como usted ha señalado, que Tessa sea aceptada aquí depende enteramente de que demuestre que puedo ser discreto. Organizar una de mis famosas fiestas sería exactamente lo contrario.

Ella se endureció para mostrarse firme.

—Está olvidando, milord, que la aceptación de su sobrina también depende de que yo apruebe sus lecciones.

—Lo había olvidado —aceptó él—. Pídame otra cosa...

—¡Eso es lo único que quiero! —Ella se preguntó cómo convencer a ese miserable cabezota—. Puede ser una fiesta secreta. ¿Por qué iban a enterarse en la alta sociedad?

—Porque siempre se enteran.

—¡No sería así si usted no invitara a gente para escribir en los periódicos!

Una risa triste escapó de sus labios.

—Ojalá funcionara de esa manera. No hay duda de que ha pasado su vida en un tranquilo pueblo del campo, donde los cotilleos se limitan a señalar que la señora Prattling Squire organiza una cena, pero en Londres los cotilleos son malvados y locos, y escandalosos de oír.

—Créame, hay mucho cotilleo de ese tipo en Te... —Se interrumpió de golpe—. En el campo. —De otro modo, su padre no habría perdido sus pacientes. Ni su reputación.

—Sí, pero dudo que haya gente en el campo capaz de sobornar a los criados. Dudo que cuenten sus historias a la prensa o hagan chantaje a sus amigos para conseguir favores. —Su voz se volvió mordaz—. El cotilleo es la moneda corriente de una sociedad que finge despreciar el lucro excesivo. Basta con acudir a una fiesta de ese tipo para ser el blanco de los comentarios, pero organizar una... —Negó con la cabeza—. No puede ser.

—No lo creo —dijo ella desesperada.

—Incluso su superiora ha oído hablar de mis fiestas.

—¡Porque han salido en los periódicos!

—Debido a las «fuentes» de la señora Harris. Las fiestas que involucran a mujeres con poca ropa nunca se mencionan en los periódicos. Se organizan en el campo, en la cabaña de caza de algún amigo, y aún así la señora Harris consigue enterarse.

Sería por el primo Michael, sin duda. ¿Cómo conseguiría ese hombre ser invitado a esos eventos? Se suponía que era un solitario.

El vizconde se frotó la muñeca con aire distraído.

—Sin duda usted quedará satisfecha si puede emplear el óxido nitroso con su familia y sus amigos.

—No tengo amigos y tengo poca familia. —Además, eso no la ayudaría.

Él la contemplaba con extrañeza.

—¿Ningún amigo?

Ella se controló.

—Ninguno capaz de dejarme experimentar con él.

—Lo siento, tendrá que pedirme otro favor. —Su voz se volvió todavía más fría—. El dinero suficiente puede comprar una gran cantidad de amigos con los que poder experimentar.

Ella lo había puesto en guardia, maldita sea. Cómo deseaba contarle que el tío de él estaba presionando al párroco para presentar cargos contra su padre... pero eso sin duda lo haría salir corriendo. Su petición de tutoría ya estaba en un momento delicado, lo último que necesitaba era verse involucrado en el escándalo de su padre. Sir Randolph sin duda usaría esa sórdida asociación para desprestigiar a lord Norcourt como candidato.

¿Tal vez el vizconde sencillamente podría presentarle a sir Humphry?

Bien. Después de seis meses trabajando en la escuela de la señora Harris, sabía muy bien cómo funcionaba la alta sociedad de Londres. Una humilde maestra no podía suplicar ser presentada a un hombre como sir Humphry, especialmente ahora que el químico se había retirado de la vida pública. La esposa y los amigos de sir Humphry habían cerrado filas a su alrededor, protegiéndolo de cualquier intruso. Y Lord Norcourt era uno de esos amigos.

Incluso si el vizconde accedía a presentarla, tendría que hablar antes con sir Humphry para tener su permiso. Y dado que llevaba un tiempo persiguiendo a ese hombre, sir Humphry probablemente pensaría que estaba loca. No le diría a lord Norcourt lo que quería, pues eso podría terminar con su plan, o tal vez él podría rechazarla. De cualquier manera, otra puerta quedaría cerrada.

No, su mejor oportunidad era manipular las cosas para conseguir que se lo presentaran en sociedad. Lo cual era improbable que ocurriera excepto en una de esas fiestas de lord Norcourt.

Tenía que forzar al vizconde. Se apartó de la barandilla y se dirigió al salón de baile.

—No hay otro favor que me interese. Le diré a la señora Harris que he reconsiderado mi propuesta; esas lecciones sobre libertinos después de todo no funcionarán.

—Pequeña bruja intrigante —gruñó él mientras ella cruzaba las puertas.

Ella se obligó a darle la cara, aunque el brillo helado de sus ojos la hizo retroceder.

—Ojo, lord Norcourt, ese lenguaje no lo va a congraciar conmigo.

—No quiero congraciarme con usted, señora —le espetó él. A continuación, la adelantó y entró al salón de baile.

—¿Y su sobrina? —Ella tragó saliva, pero se obligó a continuar—. Creí que había dicho que tenía que sacarla de ese horrible lugar.

Él se detuvo de golpe, rígido de rabia.

—¿Una fiesta de óxido nitroso es el precio que pide para aceptar a Tessa?

—Sí. —Cuando él se volvió y se acercó a ella, ella tuvo que resistir el impulso de retroceder—. Usted convoca una fiesta. Yo asisto.

Clavó la mirada en ella.

—¿Si la llevo a una fiesta de óxido nitroso organizada por otra persona quedará satisfecha?

Sir Humphry ocasionalmente acudía también a otras fiestas. Pero era menos seguro.

—Es eso o nada —continuó él—. Porque si soy yo quien convoco una fiesta de óxido nitroso disminuirán las posibilidades de que Tessa pueda entrar aquí. Y sin duda se sabrá también en los tribunales, así que perdería también su custodia.

Ella pestañeó.

—Pero si usted acude a la fiesta de otro...

—Eso es más fácil de mantener en secreto. Puedo hacerla entrar furtivamente y permanecer fuera de la vista.

Ella no podía dejar de reconocer que era lógico.

—¿Pero jura que me llevará a una?

Su mandíbula estaba tensa.

—Lo juro.

—¿Y la mayoría de sus amigos estarán allí?

—¿Mis amigos? —Él afiló la mirada—. ¿Y eso qué importa?

Dios, engañarlo de ese modo era duro.

—Yo... simplemente quiero decir que debe ser concurrida. Supongo que usted no acudiría a ninguna fiesta que no tenga que ver con sus amigos.

Él la miró con odio.

—Bien, me aseguraré de que sea concurrida. Convenceré a alguien de mi confianza para que la organice.

Aun en caso de que sir Humphry no estuviera allí, ella conseguiría entrar en su círculo, lo cual significaba que podría ser invitada a otra fiesta donde sí acudiese.

—Muy bien, estoy satisfecha.

—Qué alentador —dijo él, con una nota sarcástica en su voz—. Estoy arriesgándolo todo para que usted pueda escribir un maldito panfleto, mientras que usted no piensa arriesgar nada.

—Yo arriesgo mi reputación y mi posición por el hecho de acudir —puntualizó.

—Lo cual no parece preocuparle mucho.

Porque si conseguía lo que quería en la fiesta, regresaría a Telford.

—Además —continuó él con el mismo tono resentido—, puesto que nadie la conoce nadie la descubrirá. Como le he dicho, es un riesgo muy pequeño para usted y uno muy grande para mí.

—Yo no tengo la culpa de que usted sea más conocido y tenga tanto que perder. —Ladeó una ceja—. Tampoco es culpa mía que haya llevado una vida temeraria. Otros caballeros generalmente no tienen necesidad de demostrar nada a nadie.

Frunció el ceño con una enorme ira.

—Sí, si me hubiera adherido a las estrechas reglas que se tienen por moral en la alta sociedad, no estaría en esta posición. Qué descuidado por mi parte.

—Yo no he dicho nada de moralidad. —Su tío se había refugiado tras la pretendida moralidad para condenar a su padre, y ella detestaba ser considerada de esa clase de personas.

—No tiene por qué hacerlo. La moralidad está implícita en toda esa cháchara acerca de conductas temerarias. Pero como quiere algo de mí no se atreve a ofenderme llamándome inmoral.

—No sea ridículo.

Sus ojos brillaban con un azul sobrenatural.

—No se preocupe; según la mayoría de criterios de la alta sociedad soy inmoral. Y si no fuera por mi sobrina, continuaría viviendo exactamente como me place porque no me importa lo que piense la alta sociedad. —Se inclinó hacía delante—. He sido honesto con usted. Lo mínimo que puede hacer es ser honesta conmigo.

—¡Lo soy! Siempre digo exactamente lo que pienso. —Por eso mismo ocultar las razones que tenía para querer ir a la fiesta le resultaba tan duro—. La moralidad no tiene nada que ver con mis opiniones, se lo aseguro.

—¿En serio? —Un brillo decididamente tremendo apareció en sus ojos—. Entonces, si yo le pidiera que selláramos nuestro trato con un beso, no pondría ninguna objeción moral.

¿Un beso? Ella sorteó como pudo la peculiar sacudida de excitación que la atravesó al pensarlo.

—Después de todo —continuó él fríamente—, no tengo enfermedades que transmitir, no puedo usarlo a modo de chantaje ya que se trataría de mi palabra contra la suya y sin duda de un beso no saldrán hijos ilegítimos. —Lanzó una mirada al salón vacío—. Además, sin testigos, ni su reputación ni su posición corren ningún riesgo.

La mirada que clavó en ella tenía un brillo desconocido que le aceleró el corazón. Ningún hombre la había mirado jamás así. Los pocos hombres solteros de Telford habían evitado a la extraña hija del médico.

—Así que si usted no tiene ninguna objeción moral —continuó él—, no veo razón para que no nos besemos. Especialmente dado que me ha dicho que puedo intentar seducirla todo lo que quiera porque esas cosas no son una tentación para usted.

Qué inteligente por su parte usar sus propias palabras en contra de ella. Lo más extraño era que estaba deseando que él la besara aunque sólo fuera para ver por qué todo el mundo hacía tanto alboroto por eso. Pero eso sería muy poco prudente, por muchas razones.

—Besarme no sería una buena manera de demostrar que está dispuesto a comportarse discretamente.

—Es lo más discreto que puedo llegar a ser, querida. —Le lanzó una mirada mordaz—. Además, a usted en realidad no le importa que sea sincero. Ha propuesto esas lecciones sobre libertinos sólo para que esté en deuda con usted y así poder pedirme un favor.

Oh, Dios, él la había calado bien. Pero no era ninguna «bruja intrigante», maldita sea, capaz de despreciarlo secretamente por su moral y de no decir nada con tal de obtener su favor.

—Bien —dijo ella, tratando de aparentar indiferencia—. Béseme si lo desea. Pero no aquí. —Girando sobre sus talones, se encaminó hacia una habitación cercana donde había menos posibilidades de que los encontrasen.

Se volvió para verlo boquiabierto, siguiéndola pero completamente helado. Estaba claro que esperaba que ella protestase afirmando que ese comportamiento era inmoral. De ese modo podría mostrarse satisfecho y engreído por haber desenmascarado su carácter mentiroso.

¡Ah! Ella había ganado la demostración.

—Bueno, ¿vamos a besarnos o no? Tengo cosas que hacer. No puedo estar aquí todo el día...

Las palabras murieron en su garganta al ver que él comenzaba a avanzar, como una enorme y espléndida bestia al acecho de su presa. Antes de que ella pudiera echarse atrás al ver las oscuras intenciones de su mirada, él le había cogido la cabeza con las manos y la estaba besando. Su boca no le demostró piedad, cubriéndola tan enteramente que apenas podía respirar, y luego parecía seda líquida moldeando y probando la de ella.

Una excitación extraña y desconocida se apoderó de sus miembros, debilitándole las rodillas y haciéndole cosquillas en el vientre. Si él no tenía ninguna enfermedad, ¿qué era aquella fiebre que la infectaba? Sentía calor en la frente, calor en las mejillas... calor en todas partes.

Ella le puso la mano en el pecho para apartarlo, pero el ritmo frenético de su corazón la hizo detenerse. Porque el suyo latía al mismo ritmo salvaje.

Aunque había leído algo acerca de los hábitos de apareamiento de los animales, sus fuentes no mencionaban el aumento del pulso y la temperatura. No era extraño que las mujeres hablaran de desmayarse por un beso. Ella pensaba que era una tontería, pero le parecía cada vez menos tonto.

Hasta que él ladeó la cabeza y deslizó la lengua a través de sus dientes.

Ella retrocedió bruscamente.

—A su lengua no le corresponde estar dentro de mi boca, señor.

Por un momento, él permaneció aturdido, como si el beso lo hubiera sorprendido tanto como a ella. Luego miró sus labios con avidez, provocándole a ella un extraño temblor a lo largo de la columna.

—Es parte del beso —dijo él, con la voz baja y ronca—. Nunca la habían besado, ¿verdad?

¿Tal vez él la consideraba poco atractiva como para gustar a un hombre? Odiaba la idea de que él pudiera considerarla una solterona patética a quien iniciar en el placer. Aunque lo fuera.

Ella alzó la barbilla.

—Yo no he dicho eso. Pero sabe perfectamente que es inapropiado besarme de ese modo.

—Pero si eso no hace más que añadirle placer. —Su sonrisa libertina no hacía juego exactamente con la expresión de sus ojos. El contraste entre su amabilidad y su mirada sombría la fascinaba.

¿En qué estaba pensando? Puede que no supiera nada de libertinos, pero sabía reconocer un lazo si lo veía, y ser atrapada por el incorregible lord Norcourt, por mucho que fuera una espléndida bestia, difícilmente podría ayudar a su propósito.

—Vamos, querida —le dijo con una voz suave que ella sintió resbalar sobre su piel como satén—, es sólo para sellar nuestro pacto. Déjame que te dé un beso de verdad. Sólo uno.

A pesar de que vacilaba, la curiosidad por ese beso de verdad venció su buen juicio.

—Sólo uno —accedió.

Esta vez, cuando él tomó su cabeza entre las manos, apretó los labios contra los suyos, obligándolos a separarse para deslizar su lengua dentro. Al principio la sensación fue extraña. Luego él retiró su lengua, sólo para volverla a meter una y otra vez, en un seductor movimiento que encendió de nuevo su fiebre.

El juego de las lenguas debería darle asco, pero no fue así. Esos empujones exigentes, el calor, el calor, sus labios deslizándose contra los de ella... era asombroso. Realmente sorprendente. Le recordaba a algo, ese rítmico ir y venir...

Oh, Dios.

Ella apartó su boca. Ese beso de verdad se parecía a la cópula, pero con las lenguas. Había visto suficientes animales en celo como para reconocerlo.

—Es suficiente, milord —dijo ella, sorprendida de su voz temblorosa—. Yo diría que nuestro pacto está perfectamente sellado.

Él respiró con dificultad, luego pasó el pulgar por los labios de ella.

—Sí, yo diría que sí.

Sus mejillas se ruborizaron mientras daba un paso atrás. Ella nunca se ruborizaba. ¡Era espantoso que un libertino pudiera provocarle eso! Nunca podría enseñar a las chicas cómo evitar relaciones imprudentes si caía tan fácilmente en los brazos de un descarado tan frívolo.

—Esto no puede volver a pasar.

El brillo especulativo de sus ojos le hizo sentir unos repentinos recelos.

—¿Teme que después de todo estas cosas sí le resulten tentadoras, señorita Prescott?

—Desde luego que no —-mintió—. Pero los dos perseguimos algo que no obtendremos si nos sorprenden besándonos.

Afortunadamente, recordarle eso lo hizo ponerse frío.

Necesitaba escapar de él, y miró su reloj de bolsillo.

—Disculpe, pero tengo que dar una clase. Debemos terminar nuestro recorrido.

—Bien. —El la observaba de cerca, como sopesando su carácter—. Yo tengo una cena con viejos amigos de Eton esta noche, así que será mejor que me marche.

—Le mostraré la salida. —Evitando su mirada, que la hizo sentirse incómoda, se dirigió hacia la puerta—. ¿Puede empezar las lecciones mañana?

—Desde luego.

—Entonces le veré a las ocho. A esa hora enseño a las chicas historia natural.

—¿A las ocho? —Él la miró incrédulo—. ¿A las ocho de la mañana?

—Lo siento —dijo ella con voz espesa—. ¿Es demasiado temprano para su señoría?

Sus labios se tensaron en una débil sonrisa.

—No, está bien.

Obviamente no estaba bien. Y ella no debería hacerle las cosas demasiado duras.

—Pero va a encontrarse con sus amigos para cenar, y probablemente beberán. —Especialmente teniendo en cuenta quiénes eran sus amigos.

Ella recordaba los cotilleos en Telford después de que él y otros estudiantes de Eton acabaran en problemas por haber organizado una bacanal, con vino, mozas de taberna y un chivo para montar. Agitó la mano.

—No importa. Puede llegar cuando quiera. Puedo adaptarme a su horario.

—Estaré aquí puntualmente a las ocho, señorita Prescott. —Hizo una reverencia seca—. Ahora, si me disculpa, ya conozco el camino. Nos veremos por la mañana.

Ella lo contempló alejarse, a pasos grandes y con la espalda erguida. Era una rara mezcla de arrogancia aristocrática y las brasas de un fuego apenas extinguido. Ella tenía la extraña sensación de que si atizaba demasiado fuerte esas brasas, los carbones ardientes se encenderían para quemarla.

Debería tener cuidado. El no era como los comerciantes ambiciosos y los urbanitas arrogantes que acudían allí a ver a sus hermanas o inscribir a sus hijas. Aquellos caballeros eran perfectamente capaces de permitir que la alta sociedad dictara su comportamiento.

Pero lord Norcourt, no. El no obedecía ninguna regla. Se había pasado la vida entregado a propósitos temerarios; no tendría escrúpulos en seducir a una colegiala si creyera que podía hacerlo. Y no significaría nada para él.

Sin embargo, ni siquiera darse cuenta de eso disminuía su tentador atractivo. Porque la idea de que el viril vizconde la iniciara en su feminidad...

Madeline gimió. ¿Quién estaba siendo ahora temeraria? Con su familia metida en un escándalo, permitir que él la arruinara quedaba fuera de toda cuestión. Eso desde luego no ayudaría a papá.

Pero que Dios la ayudara, pues iban a ser dos semanas muy largas.
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