Prólogo






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Capítulo dos



Querido primo:

No recuerdo haberos dicho que odie los números. ¿Cómo sabíais que prefiero fregar con un trapo y una palangana antes que hacer las cuentas de la escuela?

Vuestra asombrada allegada, Charlotte


Anthony miraba boquiabierto a la señorita Prescott, inseguro de qué hacer ante su propuesta. Por otra parte, ¿qué demonios eran las lecciones sobre libertinos?

—¿Estás sugiriendo que deje entrar al zorro en el gallinero para corromper a nuestras chicas? —replicó la señora Harris.

—Oh, por el amor de Dios... Yo no corrompo muchachas. ¿Por qué habría de hacer eso cuando el mundo está lleno de mujeres adultas ya corrompidas? Las escolares virginales con papás armados y las inseguridades infantiles causan demasiados problemas. Prefiero mujeres que saben lo que quieren y que no tienen vergüenza de tomarlo. —Miró a la señorita Prescott frunciendo el ceño—. Así que no tengo nada útil que enseñar a sus pupilas.

—Estoy segura de que las técnicas de seducción son las mismas para todas las mujeres —insistió la pequeña maestra—. Hay rumores de que usted ha disfrutado... los favores de varias viudas. Debe de tener algunos trucos para atraerlas, el mismo tipo de trucos que un hombre con menos escrúpulos podría emplear para seducir a una joven inocente. —La señorita Prescott le dedicó una sonrisa inocente que hizo brillar su piel color crema—. A menos que usted opine que las mujeres caen en sus brazos simplemente por su gallarda apariencia.

—Es una razón tan buena como cualquier otra —le devolvió él, preocupado por la clara inmunidad de la maestra ante su «gallarda apariencia»—. No tengo ni idea de qué es lo que lleva a las mujeres a escogerme como amante. Tal vez debería preguntárselo a ellas.

—Hágame una lista y lo haré. —Cuando él pestañeó, ella lanzó a la señorita Harris una mirada rápida y añadió en un tono de advertencia—: Aunque una investigación de ese calibre podría prolongar el proceso antes de inscribir aquí a su sobrina.

¿Aquella mujer estaba tratando de ayudarlo para burlar a la directora? Si era así debía de tener sus razones. Había conocido a un montón de maestras en su interminable expedición a través de los colegios de Londres como para saber que todas estaban ansiosas de escapar de su miserable existencia.

Y sin embargo...

Esta parecía diferente. Por un lado, era mucho más bonita que las demás. Por otro, iba vestida como alguien que disfruta lo que hace. La señorita Prescott no llevaba tejidos de lana grises. Su alegre vestido de muselina con topos amarillos resaltaba el bonito color de su piel y acentuaba su pequeña figura en los lugares adecuados.

Alguna gente consideraría a la señora Harris la más bella de las dos mujeres, por su exótico cabello rojizo y sus ojos azules, pero la rigidez de la viuda no lo convencía. Él encontraba a la señorita Prescott, con sus maneras abiertas y francas, mucho más atractiva. Le parecía más una granjera del campo, con sus rizos de un rubio miel y sus mejillas color manzana.

Excepto por aquellos excepcionales ojos de color ámbar. Ojos de gata. Tentadores ojos. Y era notable que esos ojos se posaran en él como podrían posarse en una escultura fascinante, sin ánimo de flirteo ni de censura. Las mujeres nunca lo miraban así. Eso lo llevaba a preguntarse si realmente ella estaba tratando de ayudarles a él y a Tessa.

No es que lo estuviera haciendo muy bien, dado lo absurdo de su propuesta.

—Yo no sabría cómo dar esas lecciones. No soy consciente de usar ningún «truco».

La señorita Prescott dejó escapar la risa desatada de alguien que nunca ha sido educada por una madre para estar en sociedad.

—Disculpe, pero ¿no dijo una vez que «donde hay una viuda hay un camino»? Eso implica cierta destreza para tratar con las mujeres.

Él se puso tenso. El comentario idiota que había hecho a sus amigos estando borracho lo había perseguido durante años. Qué inteligente por su parte usarlo para hacerle parecer un seductor calculador. Desde luego no era ningún santo, pero tampoco era como su amigo, el marqués de Stoneville, que se llevaba mujeres a la cama sólo para demostrar que podía hacerlo. Tal vez ella era más crítica con su carácter de lo que dejaba ver. Tal vez ella era como todas las demás.

Deliberadamente, él dejó que sus ojos se demoraran en sus bonitos labios.

—Tocado. Aunque, por el bien de mi propio orgullo, espero que reconozca que algo de mi talento con las mujeres pueda venir de mis encantos naturales.

La jovencita no se ruborizó lo más mínimo.

—Sin duda. Si usted reconoce que algunos hombres son más hábiles que otros a la hora de atraer a las mujeres y mantener su interés, con independencia de su aspecto. Del mismo modo que algunas mujeres son más hábiles atrayendo a los hombres.

Ella miró a la recelosa señora Harris.

—Nuestras jóvenes saben cómo atraer a los hombres. Pero si pudieran saber cómo tientan los hombres a las mujeres... si pudieran oírlo en boca de un hombre que es experto en ello... puede que sean capaces de reconocer cuándo el hombre que las corteja no es del todo sincero.

—Se refiere a los hombres como yo —dijo arrastrando las sílabas, todavía inseguro de qué hacer con ella—. ¿Cree que no soy sincero?

—De hecho, milord, es usted famoso por desconcertar a la gente con sus opiniones francas y escandalosas. —Ella arqueó una ceja—. Aunque sospecho que es más prudente con las mujeres que pretende seducir.

Él la miró fijamente.

—Eso depende de la mujer.

—Exactamente —dijo ella—. Y eso sería una muy buena lección para nuestras chicas... de qué manera un libertino puede adaptar sus estrategias de seducción para cada mujer en particular.

Él afiló la mirada. Así que eso era lo que entendía por lecciones sobre libertinos. ¿Pero por qué presionaba a su jefa? ¿ Únicamente por los pocos detalles que le había contado acerca de Tessa ?

Metió la mano en el bolsillo y de repente encontró la caja de papel maché para tabaco que su sobrina había hecho especialmente para su tío favorito. No se le había ocurrido que él nunca tomaba tabaco, y Dalton no se lo había hecho notar, especialmente después de ver el diminuto y a su vez encantador y torpe dibujo que había pintado en la tapa.

Le había entregado el regalo la última Navidad, antes de la prematura muerte de Wallace. Era la última vez que habían estado juntos. La última vez que la había visto sonreír.

Se enderezó. Puede que la propuesta de la señorita Prescott fuera extraña y hasta ofensiva, pero no podía rechazarla si servía para evitar el sufrimiento de Tessa.

—Si su señoría diera esas lecciones —preguntó quisquillosa la señora Harris—, ¿en qué sentido probaría eso que es aceptable como tutor?

Era una buena pregunta. Él miró expectante a la señorita Prescott.

—Eso nos permitiría observar cómo trata a las chicas. Seríamos testigos de primera mano de cómo controla su lenguaje ante ellas y de que se comporta como un caballero. Comprobaríamos si puede ser discreto, lo cual parece ser su principal preocupación.

La señora Harris suspiró.

—Bueno, reconozco que la idea tiene su mérito, Madeline, aunque me parece un poco peligrosa.

Para él, quizás. Aparte de malgastar su tiempo sin sacar nada a cambio, alguna de esas niñas tontas podría sostener que éI ha hecho algún intento de aprovecharse. Casarse con una criatura virginal que conspirase para convertirse en vizcondesa no estaba dentro de sus planes, especialmente teniendo en cuenta que el consiguiente escándalo arruinaría sus posibilidades de garlar la custodia de su sobrina.

—Yo misma supervisaré las lecciones —dijo la señorita Prescott a su jefa—. Me aseguraré de que su señoría se adhiere estrictamente a las reglas de la escuela, y...

—Un momento —la interrumpió él—. Si voy a hacer el tonto delante de sus jovencitas, necesito algo más que una vaga esperanza de que aceptarán a mi sobrina. Apostaría que no habrá ningún otro candidato dispuesto a hacer semejante estupidez.

—He rechazado cuatro jóvenes ricas la semana pasada, señor —dijo la directora arrastrando la voz—. Como le he dicho ya, no tengo plazas disponibles. Para aceptar a su sobrina tendré que hacerle un lugar, una proeza nada desdeñable en nuestra temporada de otoño. Y además acabamos de perder a nuestra cocinera...

—Estoy segura de que su señoría puede ayudarnos a encontrar otra. —La señorita Prescott lo miró de reojo—. Tan segura de eso como de que la señora Harris prometerá escribir una carta apoyando su solicitud como tutor si queda contenta con sus lecciones.

Él clavó la mirada en la señora Harris.

—¿Me haría usted esa promesa?

—Eso depende. La señorita Prescott me asegura que su sobrina recibirá malos tratos si permanece bajo el cuidado de sus parientes. ¿Usted cree eso honestamente?

Él asintió.

—Estoy completamente seguro de eso desde que vi a mi tía intimidando a la muchacha en el funeral de mi hermano para hacer que dejara de llorar. —Él tenía esperanzas de que su tía se hubiera suavizado con la edad, pero su comportamiento con Tessa había acabado con esa esperanza. Le llevó a recordar lo dolorosa que fue su propia adolescencia.

Para su sorpresa, la compasión iluminó el rostro de la señora Harris.

—Muy bien —dijo bruscamente—, quedan dos semanas de curso, durante las cuales podrá ofrecer lecciones sobre libertinos una hora al día bajo la supervisión de la señorita Prescott. Si al final de este periodo estamos satisfechas con su comportamiento y ha conseguido no salir en los periódicos por ningún escándalo, matricularé a su sobrina para el próximo curso y escribiré una carta al tribunal apoyando su petición. ¿Estamos de acuerdo?

Él dudaba de ponerse a merced de esa mujer cuyas estrictas ideas le hacían recordar a su detestable tía, y desconfiaba de estar bajo la supervisión de una mujer tan difícil de interpretar como la señorita Prescott.

Pero si les decía algo despreciable acerca de sus lecciones sobre libertinos, Tessa se quedaría sin escuela. Los tribunales decidirían que estaría mejor pasando sus días en el hogar de una pareja temida antes que en el de un calavera, y eso sería el fin de su aspiración a tutor.

La última carta de Tessa le había provocado escalofríos, pues era evidente que la tía Eunice la había estado intimidando. La niña le escribía desde que era capaz de sostener una pluma, y él conocía su estilo. Y el hecho de saber que la tía Eunice vigilaba su correspondencia lo aterrorizaba aún más, pues se preguntaba qué le habría escrito la chica de otra manera.

¿Cuánto empeorarían las cosas si tía Eunice ganaba la custodia legal de Tessa? ¿Qué tipo de horrores infligiría la vieja bruja si podía hacerlo sin restricciones? Recordaba las horas que su prima Jane había pasado cara a la pared sólo por sonreír a un muchacho atractivo. Y eso había sido un castigo muy leve comparado con...

Se estremeció, frotándose distraídamente la cicatriz de las cadenas en la muñeca. Haría cualquier cosa para evitar que Tessa tuviera que soportar lo mismo que él y Jane. Y una carta en apoyo a su petición por parte de una mujer de la reputación de la señora Harris le sería de suma utilidad.

Forzó una sonrisa y le ofreció la mano.

—Acepto, señora.

Cuando la señora Harris le dio la mano, el peso que cargaba sobre sus hombros desde la muerte de su hermano se aligeró. Maldito Wallace por morirse y dejar esa responsabilidad ante sus puertas. ¡Maldito sea!

Dada la poca sensatez de su hermano, probablemente habría provocado el incendio de la posada con un cigarrillo. Y ahora Anthony, después de años luchando por ignorar la forma en que ese hombre llevaba a la ruina la finca de la familia, tenía que arreglar el estropicio que Wallace y la extravagante loca de su mujer habían dejado tras ellos.

Sintió el agudo dolor de la culpa ante un pensamiento tan cruel. Si Wallace no hubiera muerto, él mismo le dispararía. ¿Cómo era posible que ese idiota no se hubiera asegurado de que Tessa tuviera un tutor adecuado?

Ahora esa pobre niña tendría que arreglárselas con el libertino de su tío hasta que pudiera casarse. Lo cual significaba que él tendría que vérselas con las maestras de la escuela superior, al menos durante un tiempo.

Y sería un periodo duro, a juzgar por las reglas que la señora Harris comenzaba a dictar.

Regla número uno: Tenía que llegar a caballo, con el objetivo de no provocar cotilleos en el vecindario con su coche.

Regla número dos: Debía entrar a la escuela por la misma puerta que empleaba el servicio.

Regla número tres: No debía hablar de su cometido a nadie.

Y a propósito de eso... ¿es que esa mujer había perdido el juicio? Si alguien llegara a saber que daba clases a jovencitas sobre cómo evitar ser seducidas se convertiría en el hazmerreír de Londres.

—Y jamás debe estar a solas con las chicas —dijo la señora Harris.

Por el amor de Dios, aquello era cada vez más ridículo.

—¿Que no debo? Es una lástima. Pensaba hacer mi trabajo con cada una de ellas por separado, mancillando su virtud y arruinando todas sus esperanzas de futuro. ¿De verdad no piensa permitírmelo?

El susto que reflejaba el rostro de la señora Harris no le complació tanto como la risita que se le escapó a la señorita Prescott.

—Lord Norcourt... —comenzó la señora Harris con tono de amenaza.

—No estar a solas con las chicas. Lo he entendido. —Su parte diabólica le hizo añadir algo—. ¿Y qué me dice de estar a solas con la directora de la escuela? ¿Eso está permitido? Podría traer champán, algunas fresas...

—Oh, Dios —dijo la viuda poniendo los ojos en blanco—. Que el cielo nos ayude, Madeline, conseguirá que todas las chicas se enamoren de él antes de que se acabe la semana.

—Eso no haría más que demostrar nuestra lección —replicó la señorita Prescott—. Que un libertino puede ser encantador y no hay que creerle una palabra.

—O que los libertinos son demasiado divertidos como para que convenga evitarlos.

Las dos mujeres fruncieron el ceño. Debía mantener la boca callada. Provocar a los pretenciosos funcionaba bien en el bar con sus amigos, pero no tan bien ante las maestras de escuela.

La señora Harris se volvió hacia la señorita Prescott.

—¿Y qué les diremos a los padres? No lo aprobarán.

—¿Por qué tenemos que decirles algo? — preguntó la señorita Prescott—. No estamos haciendo nada malo.

—Pero las chicas lo mencionarán.

—Sí, supongo que al menos debemos darles alguna explicación a ellas. —La maestra se dio unos golpecitos en la barbilla—. Les diremos que la sobrina de lord Norcourt pronto vendrá al colegio, y que por eso él ofrece unas lecciones de prudencia a modo de cortesía. Si las lecciones no cuentan con nuestra aprobación, simplemente les diremos que ha cambiado de idea respecto a inscribir a la señorita Dalton. Sea como sea, para cuando los padres hayan oído algo del asunto y protesten el problema ya estará resuelto. Les llevará algún tiempo relacionar a lord Norcourt con el sonado señor Anthony Dalton.

—Ustedes lo han hecho.

—Exacto—dijo la señora Harris—. Y la chica comparte su apellido, Madeline.

—Los padres envían aquí a sus hijas precisamente porque nuestro programa de estudios es excepcional. Si explicamos que estas lecciones están supervisadas y son apropiadas para jovencitas dudo que se preocupen. —La señorita Prescott deslizó su delicada mano por el brazo del joven—. Vamos, milord, permita que le lleve a hacer un recorrido por la escuela.

—Desde luego, señorita Prescott —dijo él, sorprendido por sus ganas de sacarlo del despacho—. Estaré encantado.

La señora Harris afiló la mirada, pero no dijo una palabra mientras su protegida metía prisas a aquel hombre y luego se encaminaba velozmente por el pasillo, segura de que él la seguiría.

Y en efecto él la siguió, aunque a un paso más relajado que le permitía apreciar bien su pequeño pero redondeado trasero, hecho para ahuecar las manos en torno a él, y para acariciarlo y estrujarlo. Sin duda eso lo pondría un poco colorado...

«¡Para, eres un cachondo gilipollas! —se dijo a sí mismo—. No puedes seducir a la señorita Prescott, no si quieres que Tessa consiga una plaza en la escuela.»

Además, naturalista o no, es una maestra de escuela, lo cual significa que es de las que se casan, y no de las que se dan un revolcón con un libertino. Probablemente era además tan virginal como una monja, lo cual la dejaba totalmente fuera de juego.

Hasta el momento nunca había arruinado a una mujer, y no pensaba empezar ahora. Era la forma segura de acabar atrapado en el matrimonio con una mujer virtuosa, lo cual sólo podía conducir al desastre. No, que otros hombres persiguieran esa escurridiza meta: el matrimonio feliz. A pesar de que a veces se permitía el dulce lujo de imaginarse uno para él, eso no podría pasar. Los hombres como él no podían atreverse a casarse.

Pero eso no significaba que no pudiera disfrutar contemplando lo inalcanzable, y su mirada experta se recreó en la bonita curva de la espalda de la señorita Prescott, los pequeños pero obstinados hombros y los elásticos rizos rubios.

Como si hubiera leído su mente perversa, la joven se volvió hacia él a una buena distancia del despacho.

—Verá, lord Norcourt, si quiere que esto funcione deberá seguir mis consejos. Cuando le dije que esperara mi regreso tenía mis razones.

—¿Cotillear sobre mí con la señor Harris ? No creo que eso ayudara a mi causa.

—Desde luego no ayudará a su causa decir cosas escandalosas delante de ella. Con cada comentario imprudente hacía más difícil que la convenciera de quedarse con usted.

—¡De quedarse conmigo! —La miró con desconfianza—. Parece que me está confundiendo con un perro faldero, querida.

—¡No soy su querida, maldita sea! —Lanzó una mirada furtiva hacia el despacho de la señora Harris—. Y ése es precisamente el tipo de comentario imprudente al que me estoy refiriendo. La señora Harris generalmente es amable, pero los hombres de su clase la irritan mucho.

—¿De mi clase? —repitió él.

—Los libertinos. Ya sabe a qué me refiero.

—Disculpe, estoy tratando de imaginarme a la señora Harris siendo amable.

La señorita Prescott suspiró y siguió avanzando por el pasillo.

—En su juventud —explicó ella mientras él caminaba a su lado—, se fugó para casarse con un apuesto mujeriego que resultó ser un cazador de fortunas. Así que no es nada extraño que le disgusten ese tipo de hombres.

—¿Y qué piensa usted de los mujeriegos y libertinos, señorita Prescott? —preguntó él, atento a su reacción.

—Dado que hoy he conocido al primero en mi vida, difícilmente podría expresar una opinión.

—La mayoría de la gente no se detiene por eso.

—La mayoría de la gente ha visto a un sinvergüenza en su hábitat natural. Yo no.

—¿Su hábitat natural?—El se rio—. Realmente es una amante de la naturaleza. —Se puso delante de ella, bloqueándole el paso—. Pero sé que tiene una opinión. Todo el mundo la tiene. No herirá mis sentimientos aunque me la haga saber. —De ese modo sabría qué podía esperar de ella.

Un suspiro escapó de sus labios.

—Muy bien.

«Ah, ahora vendrá el sermón.»

—Por lo poco que sé, los libertinos parecen ser un espécimen fascinante, que merece ser estudiado. —Pasó furtivamente a su lado y continuó avanzando por el pasillo.

Él consiguió cerrar la mandíbula un poco más tarde y corrió tras ella. ¿Un espécimen fascinante? ¿Qué merece ser estudiado? ¿Estaba hablando en serio?

Segundos más tarde, aparecieron en el vestíbulo por donde él había entrado. El sonido de risitas de niñas bajó en cascada por la impresionante escalera principal. Aquel edificio de la época isabelina por lo visto había sido una residencia privada antes de ser adaptado como colegio, y los altos techos amplificaban el ruido.

La señorita Prescott se detuvo ante una puerta blanca.

—¿Me permite que le muestre el comedor antes de que las chicas bajen para la hora del té? —Hablaba como si acabara de hacerle la proposición más extraña de su vida—. Luego podemos dar una vuelta por las aulas mientras las chicas no estén todavía en sus clases.

—Muy bien. —Entró tras ella en una espaciosa habitación con una mesa de madera de caoba donde cabían fácilmente una veintena de personas—. Dígame, señorita Prescott, ¿cómo puede pensar que los libertinos son dignos de estudio?

Ella se encogió de hombros y caminó a lo largo de la mesa, enderezando las sillas.

—Por su modo de vida peligroso, supongo. Me gustaría entender cómo pueden soportarlo.

—Yo quisiera entender por qué piensa que es peligroso —respondió él, sin estar muy seguro de si trataba de ofenderlo.

—¿No luchan en duelos?

Ah, se refería a ese tipo de cosas.

—Desde luego que no. Eso supondría levantarse al amanecer.

Ella afiló la mirada.

—¿Y no hace carreras con su carruaje?

Su sonrisa engreída se debilitó.

—Yo no tengo un carruaje. —Pero hacía carreras con su coche de dos caballos de tanto en tanto. No tenía sentido mencionarlo.

—Y supongo que tampoco toma bebidas fuertes.

—Bien, sí, pero...

—No es bueno para el organismo. De otra manera no haría que hombres en general sanos sufrieran de dolor de cabeza la mañana después de tomarlas o vomitaran en la calle. Sin duda habrá visto que esas reacciones le pasan una importante factura al cuerpo.

El extendió los brazos.

—¿Le parece que estoy al borde de la muerte?

La señorita Prescott lo miró con indiferencia.

—Ahora no, pero sospecho que tiene un aspecto muy diferente después de una noche de juerga.

—Me manejo perfectamente bien con mis bebidas —señaló él, inexplicablemente molesto ante su lógica observación—. Desde luego yo no diría que mis juergas son «peligrosas».

—Bien. —Ella se dirigió hacia una puerta en el otro extremo de la habitación—. ¿Practica apuestas?

—Por supuesto. —Aquella era la conversación más extraña que había tenido nunca con una mujer.

—Seguramente aceptará que eso es peligroso. Dado lo improbable que es ganar al lado de perder, cualquier buen matemático puede decirle que sería muy extraño que alguien viera incrementados sus ingresos a través del juego. Sin embargo, los libertinos insisten en arriesgarse a perder todas sus pertenencias.

—No existe tal riesgo si usas las ventajas de las matemáticas aplicadas al juego. Las probabilidades de ganar en el julepe son de cinco a una. Naturalmente depende de si juegas al julepe con tres o con cinco cartas, pero cuando tomas en cuenta la carta empleada al comienzo de cada juego, las posibilidades pueden variar de cinco a uno a diez contra cuatro. De acuerdo con mis cálculos.

La mirada sorprendida de ella rápidamente pasó a ser de admiración, y eso lo hizo sentirse más halagado que nunca. Siempre había sido excelente con las matemáticas, eso le había servido para aumentar su pequeña asignación de manera muy efectiva con las inversiones, pero las mujeres normalmente no se impresionaban por la habilidad de un hombre con las matemáticas.

Observar que ella lo miraba con nuevos ojos llenos de interés despertó sus instintos. Qué fácil sería acercarse unos pasos y besar esos tentadores y carnosos labios...

Eso sí sería peligroso.

—La cuestión, señorita Prescott, es que soy muy consciente de las probabilidades, por eso nunca arriesgo más de lo que puedo permitirme.

Ella colocó la mano en el pomo de la puerta y frunció el ceño.

—¿Pero por qué hay que arriesgar algo? No hace falta apostar para disfrutar jugando a las cartas.

Él se rio.

—Mis compañeros del club no compartirían su opinión, se lo aseguro.

Un estruendo sobre su cabeza la hizo sobresaltarse.

—Vienen las chicas. Rápido, por aquí. No queremos que nos acosen a preguntas y miradas indiscretas.

Él asintió y la siguió hacia el salón de baile. No prestó atención al suelo de roble que cubría una impresionante distancia bajo las arañas de cristal o a las filas de sillas blancas que flanqueaban las paredes cubiertas de una elegante tela verde. Tenía mucho más interés en saber por qué la señorita Prescott, que aparentemente desaprobaba la vida temeraria de los libertinos, le había propuesto dar lecciones a las alumnas que tenía a su cargo.

—Aquí tenemos clases de baile tres veces a la semana —dijo con el tono impersonal de una guía—. Cada sábado por la noche hacemos una asamblea con las chicas, y una vez al mes invitamos a jóvenes del vecindario o a algunos estudiantes para que puedan practicar sus habilidades con caballeros.

—¿Usted baila, señorita Prescott? —se aventuró él, con la intención de averiguar más acerca de ella.

—Cuando puedo. —Dio una vuelta por la habitación y se dirigió hacia las puertas acristaladas que se abrían a una galería donde había una vista privilegiada de los jardines llenos de rosas y de lilas. Cuando ella se detuvo ante la barandilla de mármol, el brillo dorado que el sol de la tarde arrojaba sobre sus magníficos rizos le provocó unas ganas imperiosas de tocarlos.

—Me sorprende que bailar no le parezca peligroso —dijo él, imaginando sus esbeltas caderas girando, sus pechos erectos con un vestido de noche y moviéndose arriba y abajo por el esfuerzo.

—Supongo que bailar puede ser peligroso. —Ella alzó la barbilla—. Si eso lleva a una mujer y a un hombre a hacer otras cosas.

Al menos habían alcanzado el corazón del asunto. Sabía que finalmente ella acabaría sacando a colación la cuestión de la moralidad, especialmente en referencia a las relaciones entre hombres y mujeres. Ese tipo de mujeres que son de las que se casan siempre hacen lo mismo.

—¿Qué otras cosas, señorita Prescott? —dijo él alargando las sílabas. Su parte diabólica lo empujaba a obligarla a decir las palabras en voz alta.

Ella lo miró como si fuera tonto.

—Ya sabe a qué me refiero. A la cópula.

—¿A la cópula? —El se echó a reír. Posee un vocabulario interesante para una maestra de escuela.

—La palabra viene de Shakespeare —dijo ella a modo de defensa—. Es perfectamente aceptable.

—Tal vez para una taberna en Spitafields, pero las mujeres educadas no emplearían la palabra «cópula».

—¡Oh, pero deberían! De ese modo aprenderían los peligros que implica. La cópula indiscriminada es la actividad más peligrosa de los libertinos. Propaga enfermedades, provoca caracteres cómo el de esa Harriette Wilson con sus memorias sobre como chantajear a un caballero con la amenaza de la ruina y puede conllevar el nacimiento de hijos ilegítimos...

—¿Enfermedades? —la interrumpió él, incrédulo—. Chantaje e hijos ilegítimos. ¿Eso es lo que la preocupa a usted del indiscriminado copular de los libertinos?

—Por supuesto. —Ella lo miraba con genuina sorpresa—. ¿Qué otra cosa podría ser?

—¿La virtud? ¿La moralidad?

Ella soltó un bufido.

—Eso es principalmente lo que hace que la cópula indiscriminada sea tan imprudente. La mujer se lleva la peor parte en todo esto. Además de perder su posición y probablemente su hogar, se arriesga a verse con niños y expulsada de una sociedad que la tacha de inmoral para excusar que no protege a las mujeres de...

—¿De hombres como yo?

—Bueno... sí.

La acusación apenas velada lo enervó. Era cierto que las mujeres podían caer en picado y pasar de ser respetables a ser despreciables a los ojos de la sociedad con mucha facilidad, incluso si fuera un hombre quien tuviera la culpa de eso, pero él nunca había cometido ese tipo de injusticia. Sus amantes siempre habían sido palomas manchadas o viudas que habían elegido divertirse con él. Ninguna de ellas parecía necesitar mucha protección.

Sin embargo, al considerar el futuro de su sobrina, ya no veía las perspectivas típicas de las mujeres de la misma manera. Y eso lo afectaba. Profundamente.

Y también estaba molesto. No se trataba de que él hubiera estado arruinando mujeres a diestro y siniestro. Y estaba tratando de hacer las cosas bien con Tessa, maldita sea, aunque eso pudiera significar años de largas noches solo en su cama, sin poder ahuyentar la oscuridad con la bebida o las mujeres.

Pensar en la renuncia que él estaba haciendo, el sacrificio que ella ni siquiera estaba teniendo en cuenta, lo incitó a intimidarla.

—Algunas personas, incluso mujeres, encuentran que merece la pena arriesgarse por los placeres de la cópula, señorita Prescott.

Aunque ella se quedó sin aliento, no se echó atrás.

—No puedo imaginar por qué. —Su limpia y dulce fragancia lo embriagó cuando él se encontró con su mirada—. Era sincero cuando aseguró que se comportaría como un caballero en la escuela, ¿verdad?

Él estuvo a punto de señalar que sólo se había comprometido a comportarse como un caballero con sus alumnas. Pero nada había cambiado... ella no era el tipo de mujer que podía seducir.

Con lo que él mismo consideró un admirable dominio, se echó hacia atrás.

—No tengo otra elección —soltó, todavía irritado ante esa verdad.

—Todo el mundo tiene elección, señor.

—¿Incluso aquellos que hemos nacido malvados?

—No sea tonto —lo reprendió—. La maldad es sólo una cuestión de mal comportamiento, de un hábito cultivado a lo largo del tiempo. Uno simplemente tiene que romper con el hábito.

—Pero ambos sabemos que los hábitos son difíciles de romper. —De pronto creyó comprender algo—. ¿Es eso lo que la preocupa? ¿Qué no pueda evitar ejercer mis malos hábitos con las chicas que tiene a su cargo?

Su franqueza ensombreció sus saludables facciones. Bajó la mirada.

—Por lo que he oído y usted sugería, decía la verdad cuando afirmaba que prefería a las mujeres experimentadas.

—Y como naturalista, realmente desea confiar en eso.— Buscó su rostro—. Pero una parte de usted todavía teme que tantas mujeres jóvenes y bellas puedan ser... demasiado... tentadoras para... mis hábitos de seductor.

Cuando se encontró con su mirada y vio la respuesta en su expresión, él se contrajo.

—No se preocupe, señorita Prescott. Mi seducción se limita a las mujeres adultas. No soy un corruptor de menores. Puede confiar en que me comportaré de manera totalmente apropiada con las jovencitas.

—Bien. —El alivio se reflejó en su rostro—. Necesito este puesto, sabe, y si usted intenta seducir a una sola de mis pupilas...

—¿O a usted?

Las palabras se le escaparon antes de poder detenerlas, y un destello de incertidumbre hizo su mirada más profunda. Lo disimuló con una risa temblorosa.

—Puede tratar de seducirme tantas veces como quiera. Será inútil. Soy demasiado consciente de los riesgos. Además, ese tipo de cosas no me tientan.

¡Cómo no la iban a tentar!

—Entonces será mejor que esté muy atenta si se me acerca, querida —dijo suavemente—. O le demostraré cuánto se equivoca.

Para su gran satisfacción, esas palabras consiguieron sonrojar sus mejillas.

—Ese no sería exactamente el modo de demostrar a la señora Harris su discreción, ¿no cree?

Sólo la leve nota de reprobación en su voz evitó que le demostrase hasta qué punto podía ser discreto seduciéndola.

Él se apoyó en la barandilla.

—Tengo que preguntarle, dadas sus opiniones respecto a los libertinos y su obvio escepticismo ante mi habilidad para comportarme, ¿por qué diablos ha sugerido que dé lecciones a sus estudiantes?

Con una expresión de pánico, ella se volvió de cara a los jardines.

—Yo... bueno... la verdad es que... espero que usted haga algo por mí a cambio.

La decepción que lo invadió fue mucho más profunda de lo debido. No esperaba que ella fuera exactamente igual que cualquier otro.

Tras heredar su título, personas prácticamente extrañas habían comenzado a declararse sus grandes amigos. Matronas de la alta sociedad que siempre lo habían desdeñado ahora lo invitaban a sus fiestas para mejorar su estatus social. Aduladoras que antes lo habían despreciado por ser sólo el segundo hijo ahora trataban de captar su atención en los bailes.

Los comerciantes eran los peores. De pronto no podía entrar en las tiendas sin que pusieran costosos objetos en sus narices para que los examinara. Todo aquello nunca le había ocurrido al joven señor Dalton. El peso de la herencia de su hermano le pareció ahora más pesado que nunca.

—¿Cuánto? —dijo él con tensión.

Ella volvió la cabeza.

—¿Cuánto qué?

—¿Cuánto dinero necesita?

Eso pareció encender su carácter, pues se plantó las manos en las caderas y lo miró con frialdad.

—Lo único que necesito es un favor. Uno que le costará muy poco, me atrevería a decir.

—Eso lo dudo —dijo él con sequedad.

—No es nada nuevo para usted... tan sólo una de esas fiestas de óxido nitroso que suele organizar.

—Que solía organizar —corrigió él—. No organizaré ninguna más.

—¡Oh, pero tiene que hacerlo! Ése es el favor que yo quiero. Verá... ¿puede invitarme a una de esas fiestas de óxido nitroso?

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