Prólogo






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Epílogo




Querido primo:

Hace unos meses, pontificabais en vuestra carta acerca de los préstamos, y debido a la ola de excitación que ha levantado la boda de la señorita Prescott con lord Norcourt, he olvidado responderos. Hoy he recibido un cheque bancario que me ha hecho recordarlo: se trata del pago del dinero que le presté a ella y a su padre meses atrás. Ahora os respondo que si vos no hubierais despreciado vuestro propio consejo acerca de no conceder préstamos hace once años, ahora mismo yo estaría en una situación nefasta. Gracias por ir en contra de vuestros propios principios.
Vuestra agradecida allegada, Charlotte

—Ya basta de risitas tontas, chicas —las reprendió Madeline—. O le contaré a mi marido de qué os estáis riendo.

Al tiempo que Anthony levantaba una ceja, Tessa, Lucy y Elinor se ruborizaron en sus asientos ante la mesa del comedor. Aunque Madeline adoraba tenerlas en Norcourt Hall para celebrar su cumpleaños, había olvidado cómo podían ser las chicas de esa edad. El asunto que las ocupaba en esa visita era el reciente baile de Harvest al que Lucy y Elinor habían acudido, ya que habían tenido su presentación en sociedad poco después de que Madeline dejara la escuela para casarse con Anthony.

Tessa llevaba bien la vida en la escuela, y para su segundo periodo estaba deseando vivir allí también, para poder estar cerca de su nueva amiga Elinor, que había vivido con un pariente cercano durante su debut. Madeline no podía dejar de admirar a Elinor y Lucy, que habían abandonado la escuela pero todavía acudían a tomar el té con las graduadas... ambas cuidaban tan bien de Tessa que ella se había convertido en una especie de hermana menor para ellas.

—Recuerdo cuando soltabas tus risitas tontas en la mesa, pequeña Maddie —dijo su padre guiñando el ojo a las chicas desde su asiento, al lado de la señora Jenkins, que pronto sería la señora Prescott.

—¡Yo no he soltado risitas tontas en mi vida! —protestó Madeline.

—A mí me parece recordar algunas risitas cuando probaste cierto gas... —bromeó Anthony.

Cuando eso suscitó unas cuántas preguntas entre las chicas, Madeline le lanzó una mirada que le advertía que le haría pagar por ese comentario más tarde. Escandalosamente malo como era, él se limitó a reír. Y a pesar de que llevaba casada con ese hombre casi cinco meses, ella todavía respondía a esa risa con una aceleración del pulso y un hormigueo en el vientre.

—Tío Anthony —gorjeó Tessa— Lucy tiene una pregunta que hacerte.

El pobre Anthony estaba desprevenido.

—Adelante, señorita Seton. Ya sabe que siempre estoy feliz de ayudarlas.

Lucy parecía dudar, luego levantó la barbilla.

—Si un caballero le pide a una dama encontrarse con ella… digamos que en el jardín, por la noche, para poder ver las constelaciones...

—¿Quién te ha pedido que te encuentres con él en el jardín? —gruñó Anthony, dejando caer el tenedor.

—Nadie en particular...

—¡Ha sido lord Westfield! —intervino Elinor—. Dijo que le enseñaría las estrellas.

Tessa y Elinor se rieron juntas.

—Yo sí que voy a enseñarle las estrellas —murmuró Anthony—. Westfield no es bueno para ninguna de vosotras, considerando que se pasa la mitad de las noches en...

—Anthony, querido. —Madeline lo interrumpió antes de que dijera el nombre del popular burdel—. Estoy segura de que lord Westfield no tuvo mala intención.

Anthony resopló, y luego dirigió a las chicas una mirada de advertencia.

—Manteneos alejadas de lord Westfield, ¿entendido? Es definitivamente una bestia disfrazada de caballero.

—¿Y su hermano menor? —preguntó Tessa con mirada inocente—. Le ha dicho a su hermana, que va al colegio conmigo, que él no puede esperar hasta que yo sea lo bastante mayor para bailar en nuestras reuniones porque quiere bailar conmigo ya.

Anthony se quedó boquiabierto, y a continuación le lanzó a Madeline una mirada de puro pánico.

—-¡Dios nos ampare, ya está juntando una cola de parejas de baile para las reuniones!

—No te preocupes, todavía quedan algunos años —dijo Madeline, reprimiendo una sonrisa—. Las chicas no van a bailar con chicos hasta que tengan dieciséis.

—Espero que la señora Harris añada a eso otros diez años —dijo él esperanzadamente.

—No seas tonto, tío Anthony. —Tessa le sonrió con displicencia—. Entonces tendría veintiséis años, sería demasiado vieja.

Cuando dijo eso con el débil tono de disgusto de quienes son muy jóvenes, Madeline estalló a reír, ya que ese día ella cumplía veintiséis años.

—Sí, querido —le dijo a Anthony—, nosotros los viejos no bailamos nunca. Estamos demasiado ocupados disimulando nuestras canas.

—Y tendidos en nuestras camas de inválidos —dijo la señora Jenkins con los ojos brillantes.

—Y roncando en la iglesia —respondió papá apretando la mano de la señora Jenkins.

Los cuatro se rieron a la vez mientras las chicas intercambiaban miradas de perplejidad.

Pero mucho más tarde, cuando todo el mundo se había retirado y Madeline acabó de arreglarse para ir a la cama, entró en el dormitorio y encontró a su marido frunciendo el ceño ante el espejo.

—¿Crees que estoy hecho un viejo, cariño? —preguntó mientras escudriñaba sus cabellos.

Ella se puso detrás de él y lo abrazó por la cintura.

—No especialmente. ¿Por qué?

—Me encontré una cana esta mañana.

Ella se rio.

—Retiro lo de antes. Estás senil y al borde de la tumba.

—No tiene gracia —refunfuñó él mirándola de frente. —Me siento viejo cuando Tessa y sus amigas se ponen a hablar de jóvenes caballeros. —Frunció el ceño—. ¡Caballeros, ah! Son un puñado de sinvergüenzas procaces que deberían ser azotados con un látigo antes de que se les permita estar cerca de nuestras jovencitas.

A ella se le escapó otra risa.

—¿Qué ha sido del libertino con quien me casé?

—Que ahora recuerda cada minuto de su juventud de crápula y teme por la seguridad de las mujeres que están cerca de hombres como él. —Suspiró—. Dios santo, escúchame hablar. Soy viejo. Me he convertido en un tipo pesado.

—Eso sería difícil —dijo ella, dándole un suave beso en los labios.

Sí, se había convertido en un caballero responsable decidido a construir una buena vida para su familia en Chertsey, pero estaba muy lejos de ser un pesado. Un hombre pesado no interrumpe lo que está haciendo para irse de picnic cuando su sobrina se lo pide. O no construye un laboratorio en su finca para que su esposa pueda proseguir sus estudios de naturalista para su satisfacción. O no persigue a su esposa alrededor de la mesa con imprudente despreocupación.

—Las chicas continúan haciéndote preguntas comprometidas sobre la seducción con total libertad —continué Madeline—. Sin duda te siguen viendo como una autoridad en la materia.

Él le dedicó una sonrisa compungida.

—Sabía que esas lecciones sobre libertinos serían la cruz de mi vida.

—Probablemente durante unos cuantos años. O al menos hasta que Tessa se case. —Ella se dirigió hacia la cama con una sonrisa—. Ahora soy yo quien tiene una pregunta que hacerle, lord Norcourt.

Su mirada se transformó inmediatamente para convertirse en la del libertino que ella conocía y amaba.

—¿Y de qué se trata, descarada?

Ella se apartó el chal de los hombros, dejándolo caer al suelo.

—Si un caballero le pide a una dama que se encuentre con él... digamos que en su dormitorio, por la noche, para mostrarle las estrellas...

—¿Agradecido hacia ella por ser indulgente con su naturaleza salvaje? —le dijo con voz ronca mientras la cogía de la cintura y la atraía hacia él—. ¿Encantado por haberse casado con una mujer tan sabia e inteligente? —Inclinó la cabeza hacia ella—. ¿Locamente, salvajemente y eufóricamente enamorado de ella?

—Lo que yo iba a decir era «con la intención de seducirla», pero me gusta más lo que has dicho tú.

—La respuesta es sí.

—¿A qué pregunta? —bromeó ella.

—A todas ellas. —Le rozó la mejilla y le susurró al oído—. Y ahora vamos, cariño, deja que te muestre las estrellas.

Y eso hizo.
Fin

Un granuja en mi cama - Sabrina Jeffries Página
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